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21 de abril de 2004


Tribuna de opini�n

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CARLOS CASTILLA DEL PINO: (quinta parte) (partes 1, 2, 3 y 4)
Tres formas de reflexi�n 

Desdoblamiento: delirio
Dos experimentos naturales: Juego, lenguaje
Ep�logo

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Desdoblamiento: delirio

Cuando se ha perdido la conciencia de s� mismo y el sujeto es incapaz de jugar a ser como si fuera P o Q, y cree, err�nea pero verazmente, ser el que no es, decimos que el sujeto delira. Delirar no es solo una interpretaci�n err�nea de la realidad exterior con un grado de certeza tal como para que se torne evidencia; antes de eso es una alteraci�n de la conciencia de s� mismo, porque el delirio es una alteraci�n del que delira, y con ella se acerca a la realidad para verla e interpretarla. Si mentir no implica ser siempre mentiroso, porque, a rengl�n seguido, el mismo sujeto puede decir verdad, delirar implica ser delirante: delirar es ser delirante. Un delirio de persecuci�n requiere la identidad de perseguido; un delirio de salvaci�n del mundo, la de mes�as, y as� sucesivamente. De Alonso Quijano, Cervantes, por boca del narrador, nos dice que "se cre�a don Quijote". Alonso Quijano, en efecto, no hac�a de don Quijote, porque ni era actor ni impostor, ni jugaba, como podr�a jugar alg�n ni�o de su tiempo, a caballero andante o, como los de hoy, a sheriff o pistolero. Alonso Quijano dej� de ser tal para ser don Quijote. A diferencia del ni�o que se desinstala de su representaci�n de sheriff cuando le reclaman para comer o estudiar, el delirante no se desinstala de ser aquel en el que lo ha transformado su delirio. El delirante se ha proyectado de manera irreversible en ese otro, el delirado, y as� seguir� hasta que recupere �si la recupera� su anterior identidad. Don Quijote consigue esa recuperaci�n: vuelve a ser Alonso Quijano poco antes de morir. As� se cuenta en ese �ltimo y pat�tico cap�tulo final de la novela: "Acabose la confesi�n, y sali� el cura, diciendo: Verdaderamente se muere, y verdaderamente est� cuerdo Alonso Quijano el Bueno; bien podemos entrar para que haga su testamento" 51 . Porque solo entonces pudo testar y su testamento ser v�lido ante el escribano y, por extensi�n, para los que, entre gozosos por la herencia y apenados por su muerte inminente, esperaban ante el dormitorio del ya ex caballero andante. Nada de eso hubiera sido factible de firmar como "don Quijote". No se precisa ser notario para advertir que un testamento firmado hoy d�a por un Napole�n debe estar entre nuestros historiales cl�nicos de psiquiatra, no en el archivo de protocolos 52 .

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El delirante ostenta un d�ficit cognitivo consistente en su incapacidad para la identificaci�n, es decir, para ponerse virtualmente en el lugar del otro. El delirante no se puede poner en el lugar de aquel que, expl�cita o impl�citamente, rechaza, niega su identidad de perseguido, mes�as o caballero andante. �C�mo aceptar el punto de vista de aquellos que pretenden convencerle de su pat�tico error, que a mayor abundamiento implica su locura? No hay demente que lo haga; y si lo hiciera, dejar�a de serlo de inmediato, en una especie de milagrosa curaci�n. El delirante no puede, pues, identificarse con su interlocutor: le va en ello algo de tanta importancia como es la identidad asumida. Ese interlocutor es m�s bien su enemigo, uno m�s de sus perseguidores, alguien que le crucificar�a si pudiera. Al delirar sobre s� mismo ha de delirar sobre los dem�s, a los que convierte en personajes necesarios, en cuanto le confirman su identidad. Los que viven en comunidad con el delirante son, en alg�n sentido, dobles suyos, creaciones suyas, figuras de su mundo delirado 53 . El delirante incorpora a su delirio el rechazo de los dem�s, y esa es la raz�n por la que el delirio se extiende, cualquiera que sea el lugar donde el delirante est� y las personas que le rodeen. Las actuaciones del delirante, por graves que sean las consecuencias que comporten, no le sirven para corregir el delirio, sino �como a don Quijote las burlas y palizas� todo lo contrario, para realimentar su error, para reafirmarse en esa verdad solo suya, que nadie m�s comparte. Como dice Torrente Ballester, "don Quijote se realiza lo mismo en la aventura que en la derrota" 54 .

Esta idea del delirio como transformaci�n de s� mismo �una metamorfosis, en el sentido impl�cito en la conocida narraci�n de Kafka 55 � y, de inmediato, de los dem�s, que desde mi punto de vista es tan fecunda para la teor�a del sujeto, no ha sido suficientemente considerada hasta ahora. Pero es de enorme valor heur�stico. El delirante precisa que los otros confirmen su delirio. Si no lo hacen es porque mienten, y mienten porque le envidian, porque le odian. �No negaron a Cristo ser hijo de Dios? Su identidad delirada se consolida tanto cuando le niegan como cuando le confirman. Los psiquiatras tenemos experiencia de una forma de delirio que describieron psiquiatras franceses de la segunda mitad del XIX: la folie � deux, la mal llamada locura inducida. En tales casos, el delirante ha conseguido que alguien �a veces algunos� comparta su delirio y lo considere de verdad mes�as o perseguido u objeto de injusticias. Hoy, al disponer de f�rmacos que, o hacen desaparecer el delirio, o impiden su progresi�n, los psiquiatras tienen menos ocasiones de observar estas formas expansivas del delirio, pero nuestros archivos contienen historiales cl�nicos de delirantes estrafalarios, alejados hasta el l�mite en el que la fantas�a parece no contener componente alguno de la realidad. No es el lugar para extenderme en esta cuesti�n, pero s� puedo poner un ejemplo que ilustra cuanto acabo de decir. Un paciente de hace muchos a�os, una persona muy correcta, seria, en absoluto violenta, ten�a el delirio de estar muerto, pero comprend�a que los dem�s no le creyeran, puesto que se mov�a, hablaba, com�a, dorm�a, incluso dirig�a la banda municipal. Hab�a decidido, por tanto, no hablar m�s del asunto y no tratar de persuadir a nadie. Pero �y ese fue su error desde el punto de vista pragm�tico�, de vez en vez, en la habitaci�n de la planta baja de su casa, se hac�a el muerto: extend�a una s�bana en el suelo, en cada una de las esquinas colocaba una vela encendida, se enredaba un rosario entre las manos y se tend�a, r�gido como un cad�ver, y as� se exhib�a ante los ni�os de la vecindad que se sub�an a la reja para verlo (dejaba a prop�sito la ventana entreabierta). "Yo lo que trato de que se convenzan de que estoy muerto, porque para ellos un muerto es solo el que no se mueve, el que est� tieso en el suelo con cuatro cirios, a la espera de que le metan en el ata�d... 10 . No entienden que, aunque me mueva, estoy muerto, y tengo que ponerme como ellos ven que est�n los muertos para que me crean" 56 .

Advi�rtase que la incapacidad de realizar procesos de identificaci�n y reducirse solo a los de proyecci�n, como le ocurre al delirante, empobrece al sujeto. Al considerar a todos bajo el �nico prisma del delirio, e incapacitado para asumir la enorme pluralidad de identidades de sus interlocutores, su mundo pierde complejidad, se simplifica, se empobrece. M�s dram�ticamente sucede en el alucinado: cada parte de s� mismo que expulsa y sit�a en el mundo exterior y reconoce ajena a �l, le vac�a. En su estado final, el esquizofr�nico ha sido comparado con un huevo de c�scara intacta pero vac�o por dentro.

XI

Dos experimentos naturales: Juego, lenguaje

Volvamos finalmente a los comportamiento como si. Contamos en este sentido con dos experimentos, por llamarlo as�, naturales, que nos ilustran de manera fundamental: el primero de ellos es el lenguaje; el segundo, el juego.

La experiencia del como si aparece muy prematuramente en el desarrollo humano. El lenguaje mismo es ya un comportamiento como si, cuando menos en el uso del sustantivo. Un sustantivo es referente de algo si y solo si puede sustituir a lo referido, y hablamos as� de la mesa o la estufa con palabras que sustituyen a los objetos que designan, aunque no los tengamos delante. Con el sustantivo ejercemos una funci�n referencial, se�aladora, aunque m�s precisa que con el pronombre demostrativo "eso", "aquello", etc�tera. Cuando el ni�o comienza a usar del lenguaje y sustituye la deixis extraverbal, el se�alamiento con el dedo o con la mirada, su mente ha elaborado un instrumento capaz para el uso simb�lico y, por tanto, para una forma de abstracci�n. Volver� luego sobre esta cuesti�n.

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La otra experiencia del como si que tambi�n acaece precozmente, m�s aun incluso que la del lenguaje, es la del juego. En el juego, Piaget y colaboradores lo han inferido de manera convincente. "En J (una ni�a) el s�mbolo l�dico con todas las apariencias externas de la conciencia del 'como si' comenz� al a�o, 3 meses y 12 d�as", cuando con un trozo de tela hace como habitualmente hace con su almohada; o, en el caso de otro ni�o de la misma edad, cuando una caja reemplaza a un plato. "Es tambi�n claro �sigue diciendo Piaget� que el simbolismo l�dico es posible porque sin �l no habr�a ni representaci�n de los objetos ausentes ni la consecuente ficci�n o sentimiento del �como si�" (el subrayado es m�o). En otras observaciones, tambi�n en ni�os de poco m�s de un a�o, Piaget nos informa de que "el ni�o se limita a hacer 'como si ' ejerciera una de sus acciones habituales [...], 'como si' durmiera, se lavara, se meciera, comiera [...] �y a�ade� esquemas que ejerce simb�licamente, puesto que act�a en ausencia de los objetivos habituales de estas acciones y de todo objeto real" (los subrayados son m�os). A los dos a�os, cuando el lenguaje ha alcanzado un nivel superior de desarrollo, "un ni�o deslizaba el dedo sobre la mesa al tiempo que dec�a 'el dedo pasea, caballo trota' y, colocando una tarjeta sobre la mesa, dijo �auto�".

No cabe duda de que en todos estos casos el ni�o ha sido capaz de operar con el reflejo de sus actuaciones mentales y pasar a convertirlas, sin abandonar el tipo de comportamiento como si, en actuaciones exteriores (el dedo que pasea, la tarjeta-autom�vil, etc�tera).

M�s tarde, entre los 4 y los 7 a�os, aparecen los juegos sociales. Piaget, siguiendo en esto a Ch. B�hler, sostiene que son juegos con reglas, y la regla es un elemento nuevo cuya violaci�n representa una falta. En estos juegos sociales es el ni�o, y no un objeto externo a �l, el que se comporta como si. Piaget habla del "socio imaginario" de que se vale el ni�o, pero hay que advertir que cada uno de los protagonistas es para s� mismo un ser imaginario 57. Quien propone a otro que haga de caballo parte de que �l har� de jinete: ambos imaginan sobre el otro e imaginan sobre s� mismos. En un juego de esta �ndole, en tanto uno sabe que hace, pongamos por caso, de jinete, el verbo es reflexivo; pero al saber que el otro hace de caballo, el verbo es rec�proco, de manera que en el juego no se trata de una alternativa, como se�alan Alcina y Blecua que ocurre en la gram�tica, sino de ambas cosas a la vez y de modo s�ncrono 58 .

Desde el punto de vista ling��stico, el como si es el subjuntivo. "Si yo trabajara m�s, ser�a feliz". El subjuntivo, dicen los gram�ticos, expresa una acci�n de car�cter eventual. Eventual es sin�nimo de posible, "dependiente de cualquier evento o contingencia". Pero los eventos o contingencias a que se refieren los gram�ticos son externos al sujeto, los que le han de facilitar u obstaculizar la actuaci�n. Sin embargo, en este ejemplo que acabo de poner �y como este, innumerables �, no hay evento alguno: es una fantas�a en la que me veo con una laboriosidad y una felicidad incrementadas. Lo eventual, pues, no es la acci�n (trabajar) sino la representaci�n (me veo como si trabajara) de una acci�n (que no hago) y experimentando una felicidad (que no tengo). Es obvio que al decir "si yo trabajara" no me refiero a una acci�n que podr�a hacer, sino que puedo hacer, si trabajar fuera una de mis cualidades. Por esta raz�n, el subjuntivo se aproxima en ocasiones al potencial. Desde el punto de vista en que sit�o mi exposici�n �que, como dije anteriormente, no es la del gram�tico, sino la del psicoling�ista�, el subjuntivo es ante todo la expresi�n de una actuaci�n, o no realizada, pero que podr�a serlo, o no realizada por irrealizable. En ambos casos se trata de una actuaci�n imaginaria. "Si yo volara, me posar�a en el Mulhac�n" no es eventual porque no es posible; "si yo hubiera ido a Nueva York en su momento, quiz� hubiera visto a Greta Garbo" es eventual porque podr�a haber sido realizable. Las formulaciones en subjuntivo son todas imaginadas, y una de dos: o son fant�sticas y no pueden, por definici�n, convertirse en emp�ricas, o son proyectos que pueden o hubieran podido convertirse en actuaciones emp�ricas. Por eso, Navas Ruiz, en la compilaci�n que sobre indicativo y subjuntivo ha coordinado Ignacio Bosque 59 , nos recuerda que "indicativo y subjuntivo se oponen" y que "la marca modal del subjuntivo es la irrealidad", idea ya recogida por esta Real Academia en su Esbozo de una nueva gram�tica de la lengua espa�ola 60 , y por Alarcos Llorach, cuando escribe que indicativo y subjuntivo se oponen, y estima el subjuntivo como una de las formas verbales que indican irrealidad 61 . El subjuntivo, pues, se beneficia del hecho de que las actuaciones puramente mentales, al no estar, por una u otra circunstancia, en la realidad exterior, se reflejan tambi�n sobre el sujeto, y de aqu� que impliquen el pronombre personal /se/, es decir, el reflexivo, que tan meticulosamente estudi� tambi�n Alarcos Llorach 62 .

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La reflexi�n anticipada se expresa en futuro: "Yo har� ma�ana por verlo". La retrospectiva, en pret�rito: "Hab�a estado en el cine". La actualizada, en presente de indicativo, pero en la forma pronominal: "Me veo ante la multitud". Juego y lenguaje. El lenguaje es un juego, como se ha dicho hasta la saciedad desde que Wittgenstein lo calific� as� en Cuadernos azul y marr�n, pero no en su acepci�n l�dica, sino en la de un conjunto de posibilidades regladas que en ocasiones pueden merecer incluso el calificativo de juegos malabares. Por eso uno y otro son modelos de mente 63 . Como dice Jos� Luis Pinillos, "la mente humana puede ser todas las cosas porque puede represent�rselas" 64 . Por eso usamos de modelos, que son representaciones, v�lidas en tanto dan cuenta de nuestras actuaciones.

Juego y lenguaje son dos modelos id�neos, porque ellos mismos son resultado de nuestras propias actuaciones mentales. En otro pasaje del mismo texto, Pinillos a�ade: "El lenguaje de hechos internos dice referencias a experiencias privadas que se supone que son semejantes en todos los sujetos, en la medida en que son expresadas por frases o palabras semejantes, que pronuncian personas de la misma especie y que hablan el mismo idioma". A conclusi�n an�loga llega Hilary Putnam al afirmar que nuestro pensamiento se hace siempre dentro de un lenguaje posible para el ser humano 65 . Para usar de una met�fora, juego y lenguaje son como filiales de nuestra mente o, si se quiere, como delegaciones de ella.

Las investigaciones de Piaget sobre la formaci�n del s�mbolo en los ni�os 66  muestran que con algo m�s de un a�o pueden hacer de algo informe lo que quieran (la fantas�a, repito, es omnipotente). La ni�a no necesita ni siquiera de una mu�eca para re�irle o ponerle el chupete; le basta un bulto; o ni eso, como advierte el propio Piaget: simplemente acercar sus brazos al regazo en donde puede hacer como que la ni�a est�, y a la cual habla, canta, ri�e, alimenta o duerme. �Qu� significa esto? Significa que es capaz de construir realidades fant�sticas que anticipan en muchos a�os realidades emp�ricas que acontecer�n (si es que acontecen). No se trata, pues, de anticipar tan solo realidades inmediatas, como aquellas de las que antes he hablado, sino a largo plazo, y eso tiene su importancia, por cuanto, hasta que lleguen (repito: si es que llegan), las anticipamos en la realidad de nuestra vida mental e introducimos modificaciones en ese borrador, en esa plantilla de que puede llegar a ser en el futuro una realidad emp�rica, pero que de momento es tan solo una fantas�a reiterada un d�a tras otro.

Los psic�logos del lenguaje saben que el ni�o usa muy precoz y competentemente del subjuntivo y del reflexivo, y debo mucho a las precisas e inteligentes consideraciones que a este respecto desarrolla Mercedes Belinch�n 67 . Desde un punto de vista psicol�gico o, si se quiere, pragm�tico, indicativo, potencial y subjuntivo se usan, si es el caso, con el modo reflexivo.

Esa imitaci�n mental de la realidad es tan solo un pr�stamo de la realidad emp�rica para que en la estrategia de anticipaci�n no tengamos que poner todo de nuestra parte. Con otras palabras, imitamos la realidad para aprender de ella. Ya no necesitamos del escarmiento, sino de la imaginaci�n. La novela, el cine, las figuras ejemplares �en el sentido que sea� nos regalan un material que incorporamos a nuestro mundo interior, del que aprendemos sin necesidad de escarmentar, porque aprendemos ahora de otro modo: imit�ndolos. De esta forma, no solo anticipamos realidades por venir, sino algo de suma importancia, la realidad que como objeto de nuestra reflexi�n quisi�ramos ser, el ideal del Yo de que hablaba Sigmund Freud 68 . Se fantasea imitando a Cajal o a Einstein, a I�igo de Loyola o a Hern�n Cort�s, a Shakespeare o a Miguel de Cervantes... No hemos tropezado con la realidad, sino que la hemos conformado de antemano in mente. Con esta realidad mental vamos ahora a la realidad exterior para tratar de hacer en esta aquello que imagin�bamos. Nada menos que el proyecto de nosotros mismos.

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Ep�logo

Se�oras y Se�ores:

Anoche yo tambi�n imaginaba c�mo se iniciar�a, transcurrir�a y concluir�a este acto. No les voy a contar las posibilidades que baraj�; ser�a una indiscreci�n. Al aparecer en mi mente las preve�a y me preven�a. De esta manera, llegu� aqu� adiestrado para salir al paso de imprevistos. A partir de ahora vendr�n mis reflexiones retrospectivas acerca de c�mo ha ido la cosa.

Para terminar quiero decir que tengo dudas sobre la validez del modelo que he expuesto sobre la reflexi�n y el reflexionar. Un modelo es una construcci�n mental, que se mantiene mientras es �til. Ren� Descartes inaugur� esta forma de raciocinio, al considerar que a los procesos mentales se les pueden aplicar las mismas reglas y preceptos que a los procesos geom�tricos. He aqu� sus palabras: "Esas largas cadenas de razones, completamente simples y f�ciles, de que los ge�metras suelen servirse para llegar a sus demostraciones m�s dif�ciles, me hab�an dado ocasi�n de pensar que todas las cosas que pueden caer bajo el conocimiento de los hombres se encadenan de igual forma y que, con tal de abstenerme de admitir por verdadera una que no lo sea y de mantener siempre el orden preciso para deducirlas unas de otras, no puede haber ninguna, por m�s lejos que se halle situadas, a la que no se llegue en �ltima instancia, ni tan oculta que no se descubra" 69 . Hoy d�a, aunque por otros conceptos no seamos cartesianos, somos metodol�gicamente deudores de �l, y su modelo geom�trico lo seguimos todos, desde Baruch Spinoza hasta nuestros d�as. Las palabras que acabo de citar constituyen, pues, un imperativo epistemol�gico: se puede saber m�s y se puede saber todo. Frente al ignoramus, ignorabimus �"ignoramos, ignoraremos"� del gran fisi�logo alem�n Du Bois-Reymond, el matem�tico David Hilbert �lo ha recordado hace poco S�nchez Ron 70  en su lecci�n inaugural de este curso en su Universidad� ofreci� un imperativo y una profec�a, ambos grabados en su tumba en el cementerio de G�ttingen: Wir m�ssen wissen �"Debemos saber"�; Wir werden wissen �"Sabremos"�.

Pero al mismo tiempo, en el plano personal, a uno le asaltan las dudas; el propio Hilbert, pese a su genialidad, dej� sin resolver problemas que �l mismo plante�. En el plano personal, repito, no puedo sustraerme a toda suerte de indecisiones y, en ocasiones como la presente, se me vienen a la memoria las palabras de una mujer, precartesiana desde luego, que se llam� Teresa de Cepeda y Ahumada, conocida tambi�n como Teresa de �vila, a�n m�s como Teresa de Jes�s. Escribi� mucho sobre cuestiones mentales, las suyas, claro est�, y las puso sobre el papel para que los dem�s las ley�ramos. Teresa de �vila, dicho sea de paso, es una de las descubridoras de ese continente que llamamos intimidad, y sus Moradas son modelos de descripci�n del espacio �ntimo. Con su l�mpida sencillez calificaba esas cuestiones mentales como "cosas interiores". A poco de iniciar el cap�tulo segundo de Moradas primeras escribi� lo que sigue: "Son tan escuras de entender estas cosas interiores, que quien tan poco sabe como yo forzado habr� de decir muchas cosas superfluas y aun desatinadas, para decir alguna que acierte". Y contin�a: "Es menester tenga paciencia quien lo leyere" 71 .

Dos advertencias. Una para m�: decir alguna que acierte; otra, se�oras y se�ores acad�micos, para ustedes: es menester tengan paciencia conmigo.

Muchas gracias.


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Notas

1 He desarrollado la tesis de que hay tres escenarios de la vida humana: el p�blico, de actuaciones observables y hechas para ser observadas; el privado, de actuaciones observables pero "marcadas" con el impl�cito "prohibido observar"; el �ntimo, de actuaciones inobservables porque son estricta y �nicamente mentales. Cf. CASTILLA DEL PINO, C.: Temas: Hombre, Cultura, Sociedad. 2.� ed., Barcelona: Pen�nsula, 2002. Tambi�n "Teor�a de la intimidad". Revista de Occidente, julio-agosto 1996, p�gs. 182-183. 
2 FRANZEN, Jonathan: C�mo estar solos, trad. cast. Barcelona: Seix Barral, 2003. 
3 CH�JOV, Anton: "El monje negro". En La se�ora del perro y otros cuentos, trad. cast. Madrid, 1940. 
4 Freud habla insistentemente de la omnipotencia de la fantas�a. Debe consultarse a este respecto el magn�fico �ndice alfab�tico de la edici�n de sus obras completas de la editorial Amorrortu (Buenos Aires). Pero, cuando menos, debe verse en La interpretaci�n de los sue�os y en El creador literario y la fantas�a, fundamental este �ltimo para el tema al que hago referencia.
5 WEIZS�CKER, Viktor von: Der Gestaltkreis: Theorie der Einheit von Wahrnehmen und Bewegen. Stuttgart: Thieme, 1940. (Trad. cast. con el t�tulo El c�rculo de la forma. Teor�a de la this site de la percepci�n y el movimiento. Madrid: Morata, 1962). 
6 BENJAMIN, W.: Ensayos escogidos, trad. cast. Buenos Aires: Sur, 1967. 
7 La prolepsis la consider� Weizs�cker ante todo en la esfera sensoriomotora, que hoy calificar�amos de neuropsicol�gica. Pon�a el ejemplo de la persecuci�n con la mirada de una mariposa en vuelo zigzagueante: no es posible sin la anticipaci�n. 
8 Real Academia Espa�ola. Diccionario de la lengua castellana. 2.� ed., Madrid: Ibarra, 1783; Diccionario de la lengua castellana. 8.� ed., Madrid: Imprenta Nacional, 1837. 
9 COROMINAS, J. y PASCUAL, J. A.: Diccionario cr�tico etimol�gico castellano e hisp�nico. 5 vols. Madrid: Gredos, 1980. 
10 SPINOZA, B.: L'Ethique, II, XXI, scolio, p�g. 380; y especialmente el Trait� de la r�forme de l'entendement, 38, p�g. 14. En Oeuvres compl�tes. Par�s: Pleiade, 1962. [VOLVER 1.� ref] [VOLVER 2.� ref]
11 RUIZ-VARGAS, J. M.: Memoria y olvido. Madrid: Trotta, 2002. 
12 RORTY, R.: Consciousness, intencionality and pragmatism. En PINILLOS, J. L.: Modelos de la mente. Cursos de Verano de El Escorial, 1989. 
13 LOCKE, J.: Ensayos sobre el entendimiento humano, trad. cast. 2 vols. Madrid: Editora Nacional, 1980. 
14 HUME, D.: Tratado de la Naturaleza humana, trad. cast. 2 vols. Madrid: Calpe, 1923. 
15 KANT: Kritik der reinen Vernunft. 3 vols. Frankfurt: Suhrkamp, 1977, p�gs. 260- 316. Trad. cast. Madrid, Victoriano Su�rez, 1928. 
16 NIETZSCHE, F.: Humano, demasiado humano, trad. cast. Madrid: Aguilar, 1932. 
17 LLED�, E.: Con�cete a ti mismo (Una interpretaci�n del "Alcib�ades I" plat�nico). En La Filosof�a en el fin de siglo: balances y perspectivas. Sociedad Castellano-Leonesa de Filosof�a, n.� 15, 2001. 
18 CERVANTES, Miguel de: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (II, 42). Edici�n, introducci�n y notas de Mart�n de Riquer. Barcelona: Planeta, 1980. 
19 HEIMSOETH, H.: Fichte, trad. cast. Madrid: Revista de Occidente, 1931. 
20 FREUD, S: La negaci�n. En Obras Completas, vol. II, p�g. 1042. Madrid: Biblioteca Nueva, 1931. 3 vols. Breve pero fundamental trabajo. 
21 CASTILLA DEL PINO, C.: Fisiolog�a y patolog�a de la percepci�n �ptica del movimiento. Publicada primero en Revista de psicolog�a general y espa�ola, apareci� despu�s en la compilaci�n Cuarenta a�os de Psiquiatr�a. Madrid: Alianza, 1987.
22 BRENTANO, F.: Psicolog�a desde el punto de vista emp�rico, trad. cast. 2.� ed., Madrid: Revista de Occidente, 1935. Especialmente las p�gs. 27-31. Un punto de vista interesante, a este respecto, en SEARLE, J. R.: Intentionality (trad. franc.: L'Intentionalit�, especialmente el cap. 1, �3 y el cap. 5, introducci�n), en donde se sostiene la tesis de que los estados intencionales ante una direcci�n de ajuste tienen un contenido que determina sus condiciones de satisfacci�n. Es decir, que el estar dirigido a, entra�a estarlo de una manera que permita el acoplamiento del acto al fin. 
23 PINILLOS, J. L.: Lo f�sico y lo mental. Bolet�n Informativo de la Fundaci�n Juan March, 71, mayo 1978. 
24 ALCINA, J. y BLECUA, J. M.: Gram�tica espa�ola. Barcelona: Ariel, 1975. 
25 TERRACINI, B.: Sobre el verbo reflexivo y el problema de los or�genes rom�nicos. Revista de Filolog�a Hisp�nica, a�o VII, 1, 1945. 
26 ALARCOS LLORACH, E.: "Valores del /se/". En Estudios de gram�tica funcional del espa�ol. Madrid: Gredos, 1970. 
27 BELINCH�N, M.; RIVIERE, A. e IGOA, J. M.: Psicolog�a del lenguaje. Investigaci�n y teor�a.Madrid: Trotta, 1992. Cf. los caps. 1 y 2 redactados por M. Belinch�n. 
28 B�HLER, K.: Teor�a del lenguaje, trad. cast. Madrid: Revista de Occidente, 1950. 
29 Cf. para este problema de la delimitaci�n que acabo de rese�ar mi libro Introducci�n a la hermen�utica del lenguaje. Barcelona: Pen�nsula, 1972. 
30 RIVIERE, A.: Objetos con mente. Madrid: Alianza, 1991.  
31 DENNET, D.: The Intentional Stances. Cambridge, MA.: The MIT Press, 1978. 
32 SPERBER, D. y WILSON, D.: Relevance. Harvard University Press, 1986. Hay traducci�n castellana en Visor (Madrid, 1994). La distinci�n entre confirmar y probar es importante, porque en ocasiones se identifican impropiamente. La intenci�n de una primera actuaci�n se supone; si la intenci�n de la actuaci�n segunda abunda en la misma intenci�n de la primera actuaci�n, se confirma. Pero las intenciones de la primera y la segunda siguen siendo supuestos, que pueden confirmarse (o desconfirmarse) en la actuaci�n tercera. En ning�n caso las actuaciones prueban respecto del sujeto de la intenci�n, sino del int�rprete. 
33 Las obras fundacionales del cognitivismo propiamente dicho son A Study of Thinking, de Bruner, Goodnow y Austin; Plans and the Structure of Behavior, de Miller, Galanter y Pribram, y Psychology Cognitive, de Neisser, que se editan entre los a�os 1957 y 1968. 
34 El concepto de proyecci�n es neta y originalmente freudiano. Para Anna Freud, la proyecci�n es un mecanismo de defensa del yo. Cf. FREUD, A.: El Yo y los mecanismos de defensa, trad. cast. Buenos Aires: Paid�s, 1954. Al atribuir al otro lo que piensa de �l y no identificarlo con lo que piensa de s� mismo, se defiende al yo de la autoagresi�n o el autorreproche, y se erige en reproche o inculpaci�n del otro y solo del otro (aloagresi�n). Proyecci�n, de pro ('por delante') y jacere ('echar'). El que se proyecta (en otro) expulsa de s� lo que le perturba y lo sit�a en ese otro, sin tener en cuenta en ning�n momento lo que ese otro pueda pensar, proceso que se lleva a cabo con la convicci�n inherente al car�cter de evidencia que posee lo pensado por uno. Por eso, el que proyecta asegura, afirma indebidamente del otro, cuando en verdad solo podr�a afirmar de ese modo de s� mismo. Sabido es, por otra parte, que la certidumbre solo se obtiene de lo evidente. Esta es la raz�n por la que el proceso de proyecci�n es el que fundamenta todo delirio. 
35 Me parece que se trata de una inferencia interesante que hasta aqu� no hab�a sido hecha. En la proyecci�n, el otro es su doble porque piensa de �l como �l mismo, aunque soslaye esto �ltimo, no lo reconozca y acepte solo la primera, es decir, la versi�n que atribuye al otro. 
36 Desde la primera edici�n del Diccionario de la RAE, reflejo y reflexi�n fueron considerados met�foras, seg�n hemos dicho con anterioridad. 
37 Para esta cuesti�n v�ase CASTILLA DEL PINO, C.: "El Sujeto como sistema". Isegor�a, 20, mayo de 1999. Es un resumen de las Conferencias Aranguren pronunciadas en el Instituto de Filosof�a del CSIC ese mismo a�o. 
38 AZA�A, M.: Diarios robados. Barcelona: Cr�tica, 1997, p�g. 137. 
39 JAMES, W.: Compendio de Psicolog�a, trad. cast. Daniel Morro. Madrid, 1916, cap. 12. 
40 MEAD, G. H.: Esp�ritu, persona, sociedad, trad. cast. Buenos Aires: Paid�s, 1953. 
41 GARFINKEL, H.: "On Formal Structures of Practical Actions". En McKinney, J. y Tirgakian, E. (eds.): Theoretical Sociology. New York: Appleton, 1970. 
42 ORTEGA Y GASSET, J.: Sobre la expresi�n fen�meno c�smico, Espectador, VII, y tambi�n Vitalidad, alma, esp�ritu, en Espectador, V. Ambos en Obras completas, vol. II. Madrid: Revista de Occidente, 1954. 
43 VAIHINGER, H., en FERRATER MORA, J.: Diccionario de Filosof�a. Madrid: Alianza, 1979. 
44 BLEULER, E.: Demencia precoz o el grupo de las esquizofrenias, trad. cast. Buenos Aires: Horm�-Lumen, 1993. En la disociaci�n esquizofr�nica �que solo ha sido bien interpretada por la psicolog�a de orientaci�n psicoanal�tica a partir de la obra inicial de C. G. JUNG: La psicolog�a de la demencia precoz (1905)�, el sujeto se vac�a a medida que se fragmenta en los yoes alucinados y delirados que considera ajenos a �l. JUNG, C. G.: The Psycology of Dementia Praecox, trad. ing. Bollingen Series, Princeton University Press, 1974.
45 CASTILLA DEL PINO, C.: Teor�a de la alucinaci�n. Madrid: Alianza, 1984. 
46 Para la funci�n diacr�tica y la perturbaci�n adiacr�tica (a, part�cula negativa) y su relevancia para la psicopatolog�a, cf. CASTILLA DEL PINO, C.: Introducci�n a la Psiquiatria. 2 vols. Madrid: Alianza, 1978. Vol 1: Psiquiatr�a general. Psico(pato)log�a. 
47 En el juego ocurre lo que en la novela, aunque sea hist�rica. El novelista no miente; bajo el t�tulo nos advierte y escribe la palabra novela. A partir de entonces el novelista entra en el juego de hacer creer y el lector, en el de creer. Por eso, en el tratamiento que Mario Vargas Llosa ha hecho de este problema no puedo estar de acuerdo cuando define la novela como la verdad de la mentira. Cf. VARGAS LLOSA, M.: La verdad de las mentiras. Madrid: Alfaguara, 2002; y CASTILLA DEL PINO, C.: Paradojas en la novela, en Temas, ob. cit. 
48 La "suspensi�n de la incredulidad" de que hablaba Coleridge. 
49 DIDEROT, D.: La paradoja del comediante, trad. cast. Madrid: Calpe, 1920. 
50 El castellano viejo, en Mariano Jos� de Larra, Art�culos varios, Castalia, Madrid, 1982. 
51 CERVANTES, Miguel de: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (II, 74). Edici�n dirigida por Francisco Rico. Barcelona: Cr�tica, 1998. 
52 Es interesante la observaci�n de Torrente Ballester de que en la primera parte, cap. 25, cuando don Quijote escribe la misiva sobre la entrega de los pollinos a Sancho, no la firma, a pesar de la insistencia de este. En efecto, si la firma como don Quijote, no es v�lida, porque solo �l se reconoce como tal; pero como Alonso Quijano no tiene por qu� hacerlo, porque es �l el que no se reconoce ya en este. Sin embargo �l es el due�o de los pollinos, que puede enajenar, vender, etc�tera. Pero, en ese momento, �qui�n de los dos es �l ? �Es que a�n no estaba del todo convencido de haber dejado de ser Alonso Quijano y, en consecuencia, de ser don Quijote? Cf. TORRENTE BALLESTER, G.: El Quijote como juego. Madrid: Guadarrama, 1975, p�gs. 125 y sigs. Una situaci�n distinta se ofrece en el cap�tulo �ltimo, en el que se describe la muerte de Alonso Quijano, porque don Quijote no puede morir. Por eso, firma su testamento como Alonso Quijano, una vez que renuncia, por as� decirlo, a ser don Quijote. Creo haber sido el primero en advertir que don Quijote como tal no pod�a testar, ni tampoco morir, y as� lo ha hecho notar B. V. Wardropper en las notas a dicho cap�tulo en la edici�n del Instituto Cervantes, dirigida por F. Rico (Barcelona: Cr�tica, 1998, p�g. 246). Sobre este punto, v�ase CASTILLA DEL PINO, C.: La muerte de don Quijote. Anthropos, 100, 1989. 
53 Un caso extremo de desdoblamiento es el delirio de doble, las m�s de las veces de otro (por ejemplo, del padre, que no es tal, sino alguien que se hace pasar por �l), muy raramente de s� mismo. En un caso de mi experiencia, para el delirante exist�a alguien que se hac�a pasar no por �l, sino que era �l mismo, que se separaba de �l y se hac�a otro, sin dejar de ser �l. Es una forma, delirada, de esa situaci�n en la que se encuentra quien metaf�ricamente no se reconoce en un acto tan reprobable como para pensar que no puede haber sido �l quien lo haya hecho ("�c�mo he podido haber hecho eso? No puedo haber hecho eso"). Para el tema del delirio, de gran valor heur�stico para una epistemolog�a del sujeto, v�ase CASTILLA DEL PINO, C.: El delirio, un error necesario. Oviedo: Nobel, 1998. Debo advertir que, si bien no he cambiado mi punto de vista nuclear sobre el delirio, lo he ampliado y matizado. 
54 TORRENTE BALLESTER, G.: ob. cit., p�g. 67. 
55 La metamorfosis la experimenta todo delirante �de ser fulano de tal pasa a ser caballero andante, perseguido, hacedor de milagros, etc�tera�, pero la analog�a con la metamorfosis de la narraci�n kafkiana es mayor en los delirios que afectan a la corporalidad del paciente, aquellos en los que el sujeto se cree invadido por gusanos, insectos (los delirios denominados de dermatozoos, que describi� el psiquiatra sueco Ebkom), o en los que asegura que le han desaparecido las v�sceras (el llamado delirio de Cottard) o que los huesos se le tornan quebradizos, como en El licenciado Vidriera, de Miguel de Cervantes. 
56 De hecho, el tema de los muertos que se mueven y se comportan, aunque de una manera singular, como vivos es frecuente en la novel�stica y en el cine. La noche de los muertos vivientes es quiz� la m�s lograda de las pel�culas en la pretensi�n de aterrorizar. En el filme, aunque los muertos salen de sus tumbas y andan y hasta matan, no por eso dejan de ser muertos, y es en eso en donde reside lo terror�fico y lo siniestro. Cf. a este respecto FREUD, S.: Lo siniestro, en ob. cit. Una salvedad: Freud habla de lo siniestro como sentimiento surgido ante un percepto que no sigue las reglas previstas (un l�piz que se mueve sin que nadie lo toque, etc�tera.). Pero en el cine de terror la cosa es m�s complicada, porque el percepto es la imagen que se nos ofrece en la pantalla, pero lo dado en ella es una fantas�a, y en ella s� cabe que los muertos anden, persigan y maten. Por eso es m�s f�cil de lograr el terror en el cine que en la novela. El cine de terror, sobre todo el cl�sico, es una puerta abierta a nuevas formas de planteamiento de lo siniestro. 
57 PIAGET, J.: ob. cit. 
58 ALCINA Y BLECUA: ob. cit. 
59 NAVAS RUIZ, R.: El subjuntivo castellano. Teor�a y bibliograf�a cr�tica. En Bosque, I. (ed.). Indicativo y subjuntivo. Madrid: Taurus Universitaria, 1990. 
60 Real Academia Espa�ola. Esbozo de una nueva gram�tica de la lengua espa�ola. Madrid: Gredos, 1973. 
61 ALARCOS LLORACH, E.: Estudios de gram�tica funcional del espa�ol. Madrid: Gredos, 1970. 
62 ALARCOS LLORACH, E.: ob. cit. 
63 WITTGENSTEIN, L.: Cuadernos azul y marr�n, trad. cast. Madrid: Tecnos, 1968. 
64 PINILLOS, J. L.: El lenguaje de la ciencias humanas. Discurso de recepci�n en la RAE. Madrid, 1988. 
65 PUTNAM, H.: Mente y cerebro, en Raz�n, verdad e historia, trad. cast. Madrid: Tecnos, 1988. 
66 PIAGET, J.: ob. cit. 
67 BELINCH�N, M.; RIVIERE, A. e IGOA, J. M.: ob. cit. 
68 Sobre el concepto de ideal del yo, que debe diferenciarse claramente del concepto del superyo, la edici�n ya citada de Amorrortu en su �ndice anal�tico. Se hace referencia a �l en muchos lugares de su obra, a partir de que promulgase la denominada "segunda t�pica" (Yo, Ello, Superyo).
69 DESCARTES, R.: Discurso del m�todo, trad. cast. 1938. Buenos Aires, Austral. 
70 S�NCHEZ RON, J. M.: El tri�ngulo m�gico: F�sica, Matem�ticas y Filosof�a. A prop�sito de Albert Einstein. UAM. Curso acad�mico 2003�2004. 
71 TERESA DE JES�S: Las moradas. Moradas Primeras, cap. segundo. Ed. Tom�s Navarro Tom�s. Cl�sicos Castellanos. Madrid: La Lectura, 1910



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Quinta y �ltima parte del discurso pronunciado por el acad�mico Carlos Castilla del Pino al ingresar en la Real Academia Espa�ola, el siete de marzo de 2004).

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