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7 de abril de 2004


Tribuna de opini�n

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CARLOS CASTILLA DEL PINO: (tercera parte) (parte uno y dos)
Tres formas de reflexi�n
 

Reflexi�n, reflexionar
Conciencia de si mismo
Versatilidad

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Reflexi�n, reflexionar

De hecho, si cada vez que reflejamos nuestras actuaciones reflexion�ramos sobre ellas, otro gallo nos cantara. Porque esa es la forma m�s eficaz de aprendizaje del adulto. Las actuaciones se reflejan para que reflexionemos, para que aprendamos de ellas, de nuestra experiencia en la realidad, pero convertida ahora en imagen, en un fen�meno estrictamente mental. Pero no siempre lo hacemos: algunas de las actuaciones son de tal �ndole que una vez reflejadas, para usar de otra met�fora, nos escupen a la cara, de p�simas que fueron. Y evitamos reflexionar sobre ellas, como si huy�ramos o escap�ramos de nuestra propia imagen. Estamos ahora en condiciones de formular el siguiente principio: La reflexi�n de nuestras actuaciones es condici�n necesaria, pero no suficiente, para reflexionar.

Ahora bien, esta consideraci�n �la de que el reflexionar se hace sobre lo reflejado� nos lleva de la mano a una perspectiva distinta de lo que llamamos realidad, contexto, situaci�n, palabras que parecen denotar un contexto f�sico del que derivar�amos nuestra experiencia. Cualquier situaci�n, si es externa a m�, es, desde luego, una realidad f�sica, pero lo que determinar� mi actuaci�n no deriva de los supuestos rasgos f�sicos de la realidad, sino de lo que �sta significa para m�. La realidad es siempre un contexto cognitivo, es decir, significativo, semi�tico, simb�lico. Lo que calificamos como una situaci�n solo es significante en la medida en que la dotamos de significado. Lo que reflejamos en nuestra mente tras nuestras actuaciones en un contexto determinado no son objetos f�sicos, datos, sino "objetos", es decir, cosas con significado, simb�licas, de la misma manera que cuando leemos reflejamos en nuestra mente el significado de la palabra escrita y no la palabra escrita, que puede contener alguna errata, pero desde la que nosotros, sin advertir el error, saltamos directamente al significado. Por eso, cuando en un contexto familiar aparece algo ins�lito, por ejemplo, la presencia en el comedor de nuestra casa, junto a los platos, cubiertos, servilletas, etc�tera, de un calcet�n, nos preguntamos de inmediato: �qu� significa esto aqu�? Pues bien, esta indagaci�n que nos provoca el objeto que nos sorprende la resolvemos de inmediato, "como si tal cosa", autom�ticamente, con los objetos habituales.

El problema es de una importancia extraordinaria, como vamos a ver a continuaci�n, porque el sujeto actor no est� fuera del contexto, sino dentro, formando parte de �l y, en consecuencia, la pregunta que impl�cita o, a veces, expl�citamente nos planteamos es esta: �qu� significo yo en esta situaci�n?

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Conciencia de s� mismo

El reflexionar permite no solo la posibilidad de corregir nuestras actuaciones futuras a partir del desafortunado reflejo de las pasadas, sino la de corregir la totalidad o una buena parte �un m�dulo, por decirlo as� del sujeto de la actuaci�n; es decir, corregirse uno a s� mismo. La relaci�n de causalidad es obvia: la actuaci�n que se me refleja me pertenece, es m�a; reflexionar sobre ella es, pues, conocimiento de m� mismo. �Soy capaz?, �no lo soy?, �cu�les son mis posibilidades y l�mites?, �por qu� actu� as�?... Son juicios sobre uno mismo como sujeto actor que derivan del juicio que nos mereci� la actuaci�n que ahora reflejamos. Conocer lo que se hace y, a�n m�s, por qu� se hizo, es conocerse a s� mismo. La reflexi�n, adem�s de la perfecci�n del entendimiento de que hablaba Spinoza con respecto a la actuaci�n exterior, concierne tambi�n a la realidad interna, a la imagen de uno mismo, a la conciencia de s�. Solo en la medida en que el hombre es contumaz y se empecina en el error de no reflexionar, huyendo de la deplorable imagen que le devuelve el espejo interior, la conciencia de s� mismo deja de constituir una fuente de autorreflexi�n positiva, una v�a de autoaprendizaje, para convertirse justamente en lo contrario, en autoenga�o. El escarmiento no sirve para nada si no nos mejora. Recordemos el tan citado aforismo de Federico Nietzsche en Humano, demasiado humano: "Lo hice yo, dice mi memoria; no lo pude hacer yo, dice mi orgullo. Y vence el orgullo" 16 .

Emilio Lled� ha dedicado un agudo trabajo a la hermen�utica de aquel mandato inscrito en el friso del santuario de Delfos: Con�cete a ti mismo 17 . Para Lled� esta prescripci�n se dirige a todos, lo que viene a significar que, en principio, todos, capacitados para ello, podr�amos obedecerla. Lled� supone que este es el momento en el que se configura en Occidente una nueva forma de aparici�n de la intimidad. "Conocerse a s� mismo �dice� es reconocerse, encontrar en el complejo buceo de la intimidad elementos que indiquen el sustrato coherente que articula cada personalidad [...] Y eso es resultado de la memoria". Y m�s adelante a�ade: "El conocimiento de la mismidad supone que por los complejos vericuetos del lenguaje en el que nos hablamos a nosotros mismos podemos atisbar, desde la memoria que nos ilumina, la peculiaridad que constituye cada biograf�a". Tambi�n Miguel de Cervantes deb�a de pensar que el conocerse a s� mismo era facultativo de todo ser humano, en el doble sentido, primero, de ser posible y, despu�s, de impon�rsele como un imperativo moral. As� lo deducimos del consejo que don Quijote da a Sancho: "Has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el m�s dif�cil conocimiento que pudo imaginarse" 18 .

Los procesos de reflexi�n prospectiva, actualizada y retrospectiva son, es obvio decirlo, de �ndole cognitiva; la autorreflexi�n, el autoconocimiento, es una metacognici�n. Creo que fueron los metaf�sicos alemanes, el primero de ellos Kant, seguido de Fichte 19 , quienes acu�aron el t�rmino Selbsbewustsein, 'conciencia de s� mismo'. Se trata de un enfoque m�s ontol�gico que epistemol�gico, pero como mera f�rmula es como la traigo aqu�. En uno u otro sentido, no derivar del reflexionar sobre nuestras actuaciones un juicio sobre nosotros en tanto sujetos de ellas es una forma nietzscheofreudiana de resistencia, la negativa a verse, el rechazo a saber de s� en la medida en que se vislumbra y se teme la depreciaci�n de la propia imagen que resultar�a de ello. El trabajo de Freud, La negaci�n, constituye hasta ahora el m�s l�cido an�lisis del proceso de resistencia al autoconocimiento 20 .

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Versatilidad

Las tres formas de reflexi�n que he descrito se llevan a cabo desde etapas muy tempranas de nuestro desarrollo; y, adem�s, con excepcional competencia. Como con la gram�tica, las usamos sin saber c�mo. Una cuesti�n es saber qu� hacemos (knowing that); otra, saber c�mo lo hacemos (knowing how). Como monsieur Jourdain, que hablaba en prosa sin saberlo, somos usuarios de la reflexi�n y el reflexionar sin saber c�mo adquirimos conciencia de lo que aqu� pasa y c�mo dispondremos de nuevo de ella en su evocaci�n ulterior. En las �ltimas d�cadas se han alcanzado notables precisiones acerca del c�mo de la reflexi�n y el reflexionar, gracias a la psicolog�a cognitiva y a la pragm�tica y, en otro orden, a la psicopatolog�a psicoanal�tica.

He de aludir a una cuesti�n interesante. Las tres formas de reflexi�n alternan a veces, otras se simultanean y, en ocasiones, a�n no culmina una cuando se pasa a cualquiera de las otras dos, en funci�n de los requerimientos y exigencias del momento. Una propiedad del sistema cognitivo, m�s incluso que del emocional, es la versatilidad, que convierte en enormemente veloces las complicadas redes neurales mediante las cuales logramos ajustarnos a una realidad interior o exterior, al tiempo que la controlamos de cara a los dem�s y a nosotros mismos, la matizamos o corregimos en funci�n de los rendimientos, etc�tera. De hecho, nuestro cerebro se ajusta a la realidad exterior y tambi�n a s� mismo gracias a la posibilidad de efectuar lo que en el lenguaje computacional se denomina multitarea. No se trata tan solo de que los procesos de transmisi�n neural sean veloces, sino tambi�n vers�tiles.

La realidad exterior y a�n m�s la interior (nuestro pensamiento, nuestras evocaciones, junto a percepciones, representaciones, interpretaciones y juicios) es tan vers�til, se sucede tan velozmente, se incorporan a cada momento tantos elementos nuevos, que si nuestro cerebro no poseyera una versatilidad equiparable no podr�amos aprehenderla, mucho menos adecuarnos a ella mediante nuestras actuaciones adecuadas, ni siquiera seguir su secuencia. La realidad desaparecer�a antes de ser aprehendida en sus dos pasos b�sicos: uno, el de la aprehensi�n propiamente dicha de la realidad como significante; otro, el de la interpretaci�n, es decir, la inferencia de su significado. Cuando por las razones que sean (la fatiga, la intoxicaci�n, las lesiones difusas del c�rtex cerebral), nuestros procesos cognitivos se lentifican, decimos que "la realidad nos supera" o "nos desborda". En condiciones normales no es as�, y nos sobra capacidad para captar las modificaciones que se suceden tanto en nuestra mente cuanto en la realidad exterior. Bastar�a para ello contemplar una ejecuci�n al viol�n de un concierto de Paganini para darnos cuenta no tanto de la maestr�a prodigiosa del violinista cuanto de que sean posibles procesamientos informativos y mn�sticos, sensoriales y motores, tan complejos y veloces.

En m�ltiples ocasiones los neuropsiquiatras detectamos el enlentecimiento de los procesos cognoscitivos como �nico signo de afectaci�n de ese sistema del sujeto (el l�bulo prefrontal, que como rector del denominado "pensamiento abstracto" parece instrumentalizar la totalidad del resto del c�rtex cerebral), mediante el cual es factible el acoplamiento sujeto/realidad exterior y del sujeto consigo mismo al ritmo requerido. En estos casos, la realidad, como dec�a antes, sobrepasa al sujeto, transcurre a mayor velocidad que la de los procesos de aprehensi�n y enjuiciamiento, de modo que no puede ni anticiparla ni acompasarse a su ritmo. No hace falta una exploraci�n espec�fica, de laboratorio, para la detecci�n de este trastorno, de tan graves consecuencias. La vida cotidiana proporciona demostraciones elegantes: ante la televisi�n las escenas se suceden una tras otra. Cuando el sujeto necesita ir por sus pasos, denotar los componentes de una escena e interpretarla despu�s, antes de que sea sustituida por la siguiente, de ninguna manera logra enterarse de la trama y abandona el seguimiento. O se acompasa nuestro ritmo al de la pel�cula o no se entiende nada.

Hace muchos a�os redact� mi tesis doctoral sobre las alteraciones de la percepci�n �ptica del movimiento en lesionados del l�bulo occipital 21 . Ante un objeto en movimiento, los pacientes no ve�an al objeto desplazarse, sino ahora aqu�, ahora all�, sin la percepci�n del tr�nsito. No es el momento para ofrecer m�s detalles. Pero s� quiero se�alar que para contrastarlos eleg� a pacientes con lesiones de �reas muy lejanas al occipital, pensando que en ellos la percepci�n �ptica del movimiento estar�a intacta. No fue as�. Para este tipo de rendimientos (los Leistungen de los neur�logos alemanes) de acoplamiento a la realidad, que cuando se alteran se caracterizan por el retardo ante la aprehensi�n del objeto, seguido de la incapacidad para captar la continuidad, se precisan condiciones �ptimas de la totalidad del c�rtex cerebral. Si Weizs�cker us� del t�rmino prolepsis para designar la anticipaci�n del sujeto a la realidad, para este llegar tarde a ella sin lograr atraparla desde el punto de vista cognitivo, es decir, sin conseguir saber qu� es, y que detect� en estos pacientes, acu�� el t�rmino histerolepsis (de h�steron, 'detr�s de'). Veamos ahora el c�mo de la reflexi�n.

(Tercera parte del discurso pronunciado por el acad�mico Carlos Castilla del Pino al ingresar en la Real Academia Espa�ola, el siete de marzo de 2004).

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