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24 de marzo de 2004


Tribuna de opini�n

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CARLOS CASTILLA DEL PINO
Reflexi�n, reflexionar, reflexivo
(Primera parte)

 

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Los seres humanos disponemos de dos biograf�as, dispares entre s�, pero dependientes una de otra. A lo largo de nuestra existencia biol�gica construimos ambas alternativamente. La primera de ellas es la biograf�a p�blica, la que se escenifica ante los dem�s, pocos, varios o muchos. La compone el conjunto de nuestras actuaciones observables y observadas. Es la que err�neamente consideramos la �nica vida real.

La segunda la constituye nuestra biograf�a �ntima: la fantaseada, la de nuestros deseos a�n o quiz� por siempre insatisfechos, la de los sue�os y ensue�os, la de nuestros sentimientos ocultos hacia personas que nos rodean: una vida secreta (�y qu� bien que lo sea!, como viene a decir Jonathan Franzen). Secreta porque es inobservable. De vez en cuando, sacamos al exterior, aunque, eso s�, convenientemente acicalado, un segmento de esa vida oculta y lo convertimos en p�blico. Ahora bien, esta vida �ntima no es menos real que la otra, la vida emp�rica, aunque es puramente mental. Pero la mente forma parte de la Naturaleza, como las dem�s funciones de nuestro organismo (la circulaci�n, la respiraci�n, el metabolismo de los hidratos de carbono, la s�ntesis de la dopamina, etc�tera), como tambi�n los otros que con nosotros est�n, o el paisaje que contemplamos, o las palabras que escuchamos... Anton Ch�jov hace decir a un personaje �una vez le�do, me pareci� una obviedad� en respuesta a otro que alucinaba: "Es una alucinaci�n, pero la alucinaci�n es real porque forma parte del ser humano y, por tanto, de la Naturaleza" .

Esta vida de la fantas�a, la vida �ntima a la que me estoy refiriendo, tiene una propiedad formidable: hace al sujeto omnipotente en esa realidad. Ya lo se�al� Sigmund Freud, y muchos otros antes que �l, aunque no, desde luego, en el corpus de una teor�a. A diferencia de lo que ocurre en la vida exterior, en la �ntima los deseos se satisfacen de manera inmediata; y esa y no otra es su funci�n, esencial, por cierto, para la econom�a del sujeto �como lo es el dormir y el so�ar�: la sustituci�n pasajera de la vida emp�rica. �C�mo sobrevivir a�os y a�os en prisiones horribles �esa es o ha sido la vida emp�rica de muchos� sin la vida fantaseada, por fortuna inaccesible e inexpugnable para el verdugo de turno? Gracias a la vida de la fantas�a, forma figurada del deseo, podemos soportar esa otra vida a la que habitualmente reservamos el calificativo de real, la externa a nosotros, la vida social, pre�ada de frustraciones, errores, desenga�os y sufrimientos, aunque a veces, entreverada de �xitos, depare pasajero j�bilo. La fantas�a, que nadie lo dude, es la ortopedia del sujeto.

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Pues bien, ni en mi fantas�a me hab�a mentalmente "visto" miembro de esta Real Academia Espa�ola. Ni aun cuando hace seis a�os se me pidi�, por decirlo as�, el pl�cet por parte de algunos miembros de esta Casa para, en su momento, proponer mi candidatura a los restantes acad�micos. La desmesura de la realidad de hoy excede con mucho a los obsequios que mi fantas�a me otorgaba. Y aqu� estoy ante ustedes de esta guisa, apabullado aunque lo disimule y me controle, dispuesto a cumplir este rito de iniciaci�n indispensable que es la lectura de mi discurso, y en el que antes que nada quiero hacer constar mi agradecimiento por la forma como ustedes �colegas a partir de ahora� me abrieron tan generosamente la puerta de esta Casa de las Palabras. Y perm�tanme que mencione especialmente a Jos� Luis Pinillos, a Jos� Luis Sampedro y a Emilio Lled�, que firmaron mi candidatura, el primero de los cuales, adem�s, pronunci� en su momento la laudatio y hoy me contesta.

CAMILO JOS� CELA

A este hecho, sorprendente para m�, se une otro, de distinta �ndole, deparado por el azar. Voy a ocupar el sill�n Q may�scula, que durante muchos a�os aloj� a Camilo Jos� Cela.

Conoc� a Camilo Jos� Cela en 1946 en el Caf� Gij�n, donde yo, en una de las mesas, traduc�a, de la mano del insustituible Slaby-Grossmann, a un autor alem�n muy sobresaliente por entonces en mi disciplina: Viktor von Weizs�cker. Todos los d�as, sin faltar uno, llegaba Cela hacia las cuatro de la tarde. Era imposible no verle desde el momento en que, apartando con la mano izquierda el pesado cortin�n de cuero acolchado de la puerta, entraba solemne, pausadamente, y se dirig�a a la derecha y al fondo, hacia su tertulia. Era de los �ltimos en llegar. Sol�an estar all� Jos� Garc�a Nieto, V�ctor Ruiz Iriarte, Salvador P�rez Valiente, alguna vez Juan Antonio Garc�s, Pedro de Lorenzo, Eugenia Serrano y alg�n que otro actor de teatro y cine. Cela no dirig�a su mirada a las dem�s tertulias, la de Buero Vallejo, la de Ledesma Miranda, a pocos metros de la suya. Iba directamente hacia su grupo y se sentaba en el lugar de siempre. Hab�a publicado ya La familia de Pascual Duarte, Pabell�n de reposo y Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes (este �ltimo no hab�a sido del agrado de los PP. Jesuitas de Madrid, y se lo hicieron saber en un art�culo de una revista editada por ellos y que yo le�. Se titulaba, como una admonici�n, "Un libro que no nos gusta").

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Cela era ya, perm�tanme la expresi�n, de bronce. Pas� al bronce sin el intermedio del barro o la escayola. Era de bronce, desde luego, en su morfolog�a, pese a ser �sta, por entonces, m�s bien escu�lida; y lo era en su voz, una voz de bajo profundo (si hubiera sido cantante hubiera hecho a la perfecci�n esa escena sobrecogedora de la muerte de Boris Godunov, en la �pera de Moussorsky). Su palabra, emitida adem�s con voz tronante, resultaba, por su propia sonoridad, indiscutible. El habla, como la escritura de Camilo Jos� Cela, eran ya contundentes, y esa es la raz�n de que su identidad como personaje del universo literario que le toc� vivir, y que �l mismo contribuy� a configurar, alcanzara proporciones inusuales.

Un d�a trabajaba yo en una mesa junto a la que �l ocup� al llegar. Algunos de sus contertulios se hab�an marchado. En un determinado momento, mirando hacia m� al tiempo que yo me enderezaba por unos segundos, me habl� de esta manera: "�Puedo preguntarle, joven, si no es indiscreci�n, qu� es lo que hace usted tan afanosamente?". Le dije lo que hac�a. A continuaci�n me espet�, sin duda no solo a m�, sino a una multitud imaginaria: "Me parece muy bien que trabaje. Como usted sabe �y si no lo sabe, se lo hago saber yo�, este es un pa�s de holgazanes; aqu� no trabaja ni Dios, porque el que trabaja es considerado imb�cil. Siga trabajando". No me habl� m�s. A todo esto, debo advertir que Camilo Jos� Cela ten�a seis a�os m�s que yo, es decir, veintisiete, pero se dirigi� a m� desde una mayor�a de edad representada a la perfecci�n. Luego nos encontramos bastantes veces m�s, en Madrid, en Barcelona, incluso en C�rdoba, en donde ya viv�a yo. Le segu� al principio con regularidad en su vida de escritor; luego, no tanto.

"Yo, se�or, no soy malo, aunque no me faltar�an motivos para serlo". Con estas palabras, que inicia el Pascual Duarte, Camilo Jos� Cela se inici� a su vez en la literatura, y salt� directamente hacia los cl�sicos. Esa fue, creo yo, su vocaci�n: ser un cl�sico. Lo es, desde luego, en Viaje a la Alcarria, pero tambi�n consigue serlo en una novela tan experimental en estructura y dise�o como La colmena, que �l mismo presentaba como "un trozo de vida narrado paso a paso, sin reticencias, sin extra�as tragedias, sin caridad, como la vida discurre". Hay en Cela una consciente asimilaci�n de nuestra mejor tradici�n narrativa, desde la picaresca y Cervantes hasta Baroja y Valle-Incl�n, que fecunda su potente imaginaci�n verbal para crear una escritura absolutamente suya, en la que nos sorprende la combinaci�n ins�lita de tremendismo y lirismo, de expresionismo y melancol�a.

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Camilo Jos� Cela fue un constante y compulsivo trabajador, como lo demuestra su amplia y diversa producci�n literaria. Seriamente comprometido con la literatura y siempre en "mantenida pelea" con ella, nunca se conform� con lo obtenido. Desde V�speras, festividad y octava de San Camilo del a�o 1936 en Madrid, publicada en 1969, pasando por Oficio de tinieblas 5 o Cristo versus Arizona, Mazurca para dos muertos hasta Madera de boj, de 1999, hay una sostenida b�squeda de nuevos caminos expresivos para dar forma a visiones de la realidad que ya no pueden acomodarse a los viejos modelos del realismo tradicional. Cada novela parece un desaf�o a s� mismo, a sus facultades como narrador, pero tambi�n un desaf�o al propio g�nero, a sus l�mites y convenciones. "La novela", dice Cela, en Palabras para Madera de boj "es un g�nero que no se acaba de escribir jam�s y como la vida y el amor y la imaginaci�n no se est� quieta hasta la muerte".

Tampoco sus lectores pueden vivir de rentas. El abandono de la trama cerrada, y lineal, que pone orden y argumento en el caos indomable de la vida, y su preferencia por estructuras fluidas y abiertas, siguiendo, como ha se�alado V�ctor Garc�a de la Concha, en el pr�logo a Madera de boj, el patr�n combinatorio de la salmodia o la letan�a (como ocurre, por ejemplo, en su �ltima novela), rompe nuestros h�bitos interpretativos y nos obliga a ensayar otras v�as de lectura y comprensi�n.

La calidad de la aportaci�n de Camilo Jos� Cela a la tradici�n literaria espa�ola y al patrimonio de la cultura universal qued� justamente reconocida con la concesi�n del premio Nobel.

Quiero a�adir algo m�s. En la d�cada de los cincuenta, Cela fund� Papeles de Son Armadans. Pod�a haber sido una revista literaria m�s. No lo fue por muchas razones, y una de ellas la marc� de manera indeleble. En Papeles de Son Armadans hubo por primera vez, tras nuestra b�rbara guerra incivil, un lugar para la literatura del exilio, un sitio para el escritor exiliado. Los que seguimos desde el principio el itinerario de esta revista vimos este gesto con estupor: �podr�a sobrevivir?; luego, lo agradecimos. La presencia de los exiliados no fue solo un acto que enriqueci� a la revista y a sus lectores. Fue, tambi�n, un destacado acto moral, y me complazco en subrayarlo.

En una obra tan extensa y varia como la de Cela cada lector puede encontrar su lugar y elegir lo que m�s le complace seg�n sus preferencias. Yo me quedo con el que considero mejor, con aquel que, como con mis cl�sicos, cada vez que me aproximo y lo releo aprendo a sentir el mundo y los seres que lo habitan de una forma insospechada. Recuerdo ahora la impresi�n que me produjo la lectura de un breve relato suyo titulado "El hombre al que se le vaci� la cabeza", y que se public�, en 1995, en El Extramundi, la revista que Cela fund� y dirigi� al amparo de la Fundaci�n que lleva su nombre en Iria Flavia. Transcribo, como final de esta semblanza, un fragmento:

  "La lluvia lava los cristales de las ventanas; a veces, sobre todo al principio, en vez de lavarlos, los mancha con unos churretones p�lidos y grises, que parecen las arrugas que se le pintan alrededor de la boca a los hombres con la cabeza vac�a. Dentro de la cabeza, igual que dentro de los montes, duerme el agua que lava la memoria y que va vaciando, poco a poco, la cabeza. Hay quien no se da cuenta, y hay quien s�. Estos son los que lo pasan peor."


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(Primera parte del discurso pronunciado por el acad�mico Carlos Castilla del Pino al ingresar en la Real Academia Espa�ola, el siete de marzo de 2004). 

 

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