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26 de febrero de 2002 | |
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| Tribuna de opini�n | ||
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JOS� MANUEL SANCH�Z RON | ||
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El electromagnetismo decimon�nico es otro ejemplo magn�fico de mestizaje cient�fico. Un mestizaje entre ciencia y tecnolog�a, que preludiaba la tecnociencia a la que enseguida me referir�. Michael Faraday (1791-1867), no menos gigante cient�fico que Helmholtz o Pasteur, aunque sus dominios fueran otros, muestra con grandeza la permeabilidad de las fronteras entre la ciencia y la tecnolog�a. Fue uno de los padres de la moderna teor�a electromagn�tica (que James Clerk Maxwell [1831-1879] llev� a su expresi�n m�s acabada), al igual que de la industria que se apoya en la inducci�n electromagn�tica. Por otra parte, �fue William Thomson (1824-1907), otro gigante de la ciencia, m�s conocido por su t�tulo tard�o, lord Kelvin, lo que algunos llaman un cient�fico, o un ingeniero? Las dos cosas. M�s a�n: con frecuencia las dos cosas al mismo tiempo. Y es que la teor�a del campo electromagn�tico que surgi� durante la segunda mitad del siglo XIX fue el resultado de una cultura mestiza tecnocient�fica. Ciencia y tecnolog�a avanzaban a la vez, y ambas dieron a luz una s�ntesis te�rica y operacional sin la cual el mundo del siglo XX habr�a sido muy diferente. Habr�a sido un mundo sin telegraf�a, sin radio, tel�fonos e innumerables artilugios electr�nicos. Y en la medida que fue estudiando fen�menos electromagn�ticos como se descubrieron los rayos cat�dicos; que estudiando �stos se descubri� la primera part�cula elemental, el electr�n; que analizando los rayos cat�dicos se encontraron los rayos X, y que investigando �stos se hall� la radiactividad, un fen�meno que no tiene explicaci�n fuera de la f�sica cu�ntica, rama de la f�sica que, como ya dije, cambi� el mundo; en la manera, digo, en que estas conexiones son v�lidas (y lo son), vemos la fecundidad de la cultura tecnocient�fica de los cient�ficos decimon�nicos que construyeron el universo del electromagnetismo. XIIINo obstante semejante fecundidad, es cierto que durante una buena parte del siglo XX se contempl� (a�n tendemos a hacerlo as�) a la ciencia de otra manera, de una forma ajena al mestizaje. Las razones de tal hecho tienen que ver tanto con la personalidad y logros de algunos de los grandes h�roes de esa centuria, los Einstein, Planck, Bohr o Heisenberg, como con la naturaleza de las teor�as que subyacen detr�s de las dos grandes revoluciones cient�ficas �la relativista y la cu�ntica� que se produjeron entonces. Pero no es, como dec�a al principio, mi prop�sito negar ni la existencia ni la importancia de �pocas o momentos en los que las ciencias florecen aisladas en ciertos sentidos de otras culturas, sino defender la utilidad de lo interdisciplinar, del mestizaje cultural cient�fico, as� que �nicamente me es necesario se�alar que el siglo XX, esa centuria a la que en cierta ocasi�n he llamado �El Siglo de la Ciencia�, no estuvo en modo alguno vac�a de mestizajes. Y hay uno al que quiero referirme especialmente; uno que no es en realidad sino continuaci�n, aunque muy reforzada, de lo que acabo de mencionar a prop�sito de Faraday, Kelvin y el electromagnetismo: el desarrollo de una profunda cultura tecnocient�fica. | ||
Y otro tanto sucede cuando consideramos otras disciplinas cient�ficas. Si la astrof�sica y la cosmolog�a est�n desarroll�ndose tan vigorosamente como lo est�n haciendo en las �ltimas d�cadas es por la alianza que han establecido con la tecnolog�a. �Qu� es, por ejemplo, el sat�lite espacial �Hubble� sino una maravilla tecnol�gica que nos est� permitiendo estudiar todo tipo de fen�menos y objetos c�smicos, encontrar planetas que acaso alberguen vida como la nuestra, fotografiar nacimientos de estrellas o dirigir nuestras miradas hacia los misteriosos centros de galaxias, ocupados, parece, por los denominados agujeros negros? Incluso la matem�tica, la m�s independiente de las ciencias, est� sufriendo (perd�n, �sufriendo� no, �benefici�ndose�) de este nuevo esp�ritu y posibilidades de los tiempos: la disponibilidad de esos artilugios tecnocientificos llamados ordenadores afecta a su propio avance; hace posible plantear y resolver problemas nuevos, inaccesibles a los m�todos anal�ticos. Algunos llaman a esto �matem�tica aplicada�o �matem�tica experimental�, pero se la denomine como se la denomine es una matem�tica que puede llegar a ser tan b�sica como la que m�s, y no s�lo esto, puede llegar a abrir puertas antes insospechadas a nuevos mundos matem�ticos. Este mestizaje entre ciencia y tecnolog�a, del que podr�a continuar ofreciendo ejemplo tras ejemplo, es tan importante y penetrante que incluso se ha acu�ado un nuevo t�rmino, �tecnociencia�, que m�s pronto que tarde se abrir� camino en las p�ginas de nuestro Diccionario, como ya lo ha hecho en el Oxford English Dictionary Online, en donde se define como �Tecnolog�a y ciencia consideradas como disciplinas que interaccionan mutuamente, o como dos componentes de una misma disciplina�.[i] | ||
Los mestizajes tecnocient�ficos que acabo de mencionar son �nicamente un ejemplo �estoy tentado de decir, un �t�mido ejemplo�� de los que podemos encontrar en el mundo actual. Y aunque a�n de manera tenue, ya aparece por el horizonte un mestizaje que en mi opini�n caracterizar� acaso lo mejor de la ciencia de este siglo XXI que ya nos acoge: la interdisciplinariedad. La naturaleza es, como es obvio, una y �nica. No establece fronteras o etiquetas llamadas f�sica, qu�mica, geolog�a, biolog�a, matem�tica, ingenier�a de esto o de aquello. Somos nosotros los que, a la fuerza, imponemos semejantes separaciones. Y bastante �xito hemos tenido hasta el momento con tales especializaciones y separaciones. Pero parece evidente pensar que algo �bastante� hemos de esperar cuando podamos reunir lo que nuestras limitadas, aunque tambi�n extraordinarias, habilidades han separado. De hecho, ya disponemos de ejemplos que revelan lo mucho que se puede esperar de la reuni�n de disciplinas antes diferenciadas; ejemplos como la qu�mico-f�sica (o f�sico-qu�mica), la geof�sica o la bioqu�mica, ciencias mestizas sin las cuales nuestros conocimientos sobre las reacciones entre elementos y compuestos qu�micos, procesos que se dan en nuestro planeta (y en otros que ya comenzamos a poder investigar) as� como en las entra�as de las maquinarias celulares, ser�an mucho m�s pobres. Y no olvidemos lo mucho que la f�sica de altas energ�as dio a partir de, sobre todo, la d�cada de 1970 a la astrof�sica y cosmolog�a. Pues bien, estas tendencias de reunificaci�n, hibridaci�n, interdisciplinaridad o, como yo lo estoy denominando aqu�, mestizaje se intensificar�n a lo largo del presente siglo. La ciencia de este siglo XXI, y m�s a�n la de los que le sigan, ser� ciencia interdisciplinar, mestiza. Pero para explorar nuevos continentes se necesitan nuevos instrumentos. Naves como las que utiliz� Crist�bal Col�n para llegar a Am�rica, veh�culos espaciales como los que llevaron en julio de 1969 a Neil Armstrong y Edwin Aldrin a pisar la Luna. Para esa ciencia interdisciplinar a la que me refiero, un instrumento indispensable ser�, es, la ciencia de lo no lineal, que, afortunadamente, ya ha comenzado su andadura hace alg�n tiempo. La vida, uno de los productos m�s refinados de la evoluci�n c�smica y uno de los que m�s retos cient�ficos plantean todav�a, es, al igual por supuesto que muchos otros fen�menos naturales, un ejemplo paradigm�tico de proceso no lineal. La riqueza de los sistemas no lineales es extraordinaria; la riqueza y las novedades que aportan con respecto a los lineales. Desde el punto de vista matem�tico (que con frecuencia encuentra su correlato en dominios reales), las ecuaciones-sistemas no lineales pueden mostrar transiciones de comportamientos regulares a aparentemente arbitrarios; pulsos localizados, que en sistemas lineales producen perturbaciones que decaen m�s pronto que tarde, mantienen su individualidad en los no lineales; esto es, dan lugar a estructuras localizadas y altamente coherentes, con las obvias implicaciones que este fen�meno puede tener en la aparici�n y mantenimiento de estructuras relacionadas con la vida (desde las c�lulas y organismos pluricelulares hasta incluso, aunque pueda parecer una idea peregrina, pensamientos). El mundo cient�fico de lo no lineal es tambi�n el universo de la termodin�mica de los procesos alejados del equilibrio e irreversibles, en cuyo desarrollo intervino de manera destacada el qu�mico-f�sico belga de origen ruso Ilya Prigogine (1917-2003). La termodin�mica cl�sica, centrada fundamentalmente en los sistemas en equilibrio, nos sirvi� y sirve de mucho, pero m�s interesante (y m�s dif�cil, naturalmente) es la de los procesos alejados del equilibrio, puesto �qu� es la vida sino un sistema abierto, en permanente intercambio (energ�tico) con el medio que le rodea, y en este sentido un sistema alejado del equilibrio? Tanto el origen de estructuras y su evoluci�n en el universo, como el origen de la vida han tenido lugar fuera de un equilibrio termodin�mico, en, por tanto, sistemas que intercambian o energ�a, o materia o informaci�n con lo que les rodea; son, por consiguiente, sistemas mestizos. Los sistemas no lineales son, asimismo, los hogares m�s adecuados para la ciencia de lo complejo, la ciencia �de lo emergente�, en la que los proyectos de investigaci�n son, muy preferentemente, de naturaleza multidisciplinar. Proyectos que rompen barreras entre las disciplinas tradicionales. Proyectos cuyas �reas de inter�s incluyen disciplinas tan diversas como inform�tica, f�sica, qu�mica, biolog�a de poblaciones, biolog�a del desarrollo, inmunolog�a, arqueolog�a, paleontolog�a, ling��stica, ciencias pol�ticas, econom�a e historia. Es tambi�n el cosmos de lo no lineal el del caos; esto es, el de los sistemas cuyas soluciones son fuertemente sensibles a las condiciones iniciales (si se cambian un poco, min�sculamente, esas condiciones, entonces la soluci�n �la trayectoria que sigue el objeto descrito por la soluci�n� se ve modificada radicalmente, siguiendo un camino completamente diferente). El tiempo meteorol�gico constituye uno de los grandes ejemplos de sistemas ca�ticos; de hecho, fue estudi�ndolo cuando se descubri� realmente el caos: peque�as perturbaciones en la atm�sfera pueden cambiar el clima en proporciones enormes, como expresa la celebrada frase de su descubridor, Edward Lorenz: �El aleteo de una mariposa en Brasil puede producir un tornado en Texas�.[ii] |
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Promete el t�tulo de mi discurso que el lenguaje tiene un lugar en �l. Ha llegado el momento de cumplir con semejante promesa. Si la ciencia es, entre otras cosas, fruto de todo tipo de mestizajes, de un sin fin de intercambios, �c�mo no lo va ser tambi�n el lenguaje que la expresa? Porque, como no pod�a ser de otra forma, la ciencia se expresa con palabras, esos �s�mbolos que postulan una memoria compartida�, como dec�a Alejandro Ferri, el protagonista del relato de Borges titulado �El Congreso�.[iii] Se expresa, s�, con t�rminos y conceptos, no s�lo con n�meros o expresiones matem�ticas. El vocabulario cient�fico y t�cnico es un inmenso dep�sito de palabras formado por la amalgama de todo tipo de materiales, una extra�a, y no siempre construida seg�n criterios fijos o racionales, amalgama. Un inmenso dep�sito que contiene, como el f�sil o el estrato geol�gico m�s rico y transparente, la huella de la historia, el paso de las civilizaciones, el uso de lenguas, creencias, estilos o modas que una vez imperaron, as� como ilusiones que florecieron y se marchitaron. En los t�rminos cient�ficos, al igual que en cualquier otro recoveco de las lenguas, filolog�a e historia se dan la mano. Cu�ntas palabras no contendr� nuestro querido idioma que denotan, con la nitidez del cristal m�s puro, su origen griego, latino, �rabe, franc�s o ingl�s. El t�rmino, por ejemplo, "�lcali" da fe del papel que desempe�� el mundo �rabe en el desarrollo y transmisi�n del conocimiento cient�fico y m�dico durante siglos. Procede, en efecto, de la palabra �rabe "al-quali" (c�niza de plantas alcalinas); y sin el art�culo, "quali" condujo al s�mbolo qu�mico del potasio, K (de "ka�lium"). De forma parecida, "alcohol" procede de ""alkuh'i" (sutil), "az�car" de "assukkar" y "jarabe" de "sarab" (bebida). La tabla peri�dica de los elementos es un monumento no s�lo a la capacidad que poseen los humanos para desvelar las entra�as de la naturaleza, sino tambi�n de sus muy diversas historias, aficiones o pasiones. Existe un elemento llamado niobio, en honor de N�obe, hija de T�ntalo, personaje que a su vez ha sido honrado con otro elemento, el tantalio. Hay escandio, por Escandinavia, lutecio siguiendo el nombre latino de Par�s, polonio, gracias al patriotismo de uno de sus descubridores, la polaca afincada en Francia Marie Sklodowska-Curie; einsteinio, por Albert Einstein, lawrencio en honor a Ernest Lawrence, que introdujo los ciclotrones en la f�sica de altas energ�as. Y podr�a continuar la lista de ejemplos durante bastante tiempo. La historia de la ciencia es �o deber�a serlo, ya que no se presta a este apartado la atenci�n necesaria� en buena medida tambi�n una historia del lenguaje y de la nomenclatura cient�fica, y ello no s�lo en las ciencias m�s descriptivas, como la zoolog�a, bot�nica, mineralog�a, estratigraf�a o geolog�a hist�rica, sino tambi�n en la qu�mica, biolog�a y f�sica.[iv] Ahora bien, sabemos perfectamente que la historia no desvela reglas universales, comportamientos o creencias inquebrantables a lo largo del tiempo y el espacio. Lo que la historia ense�a es que existe una l�gica (incluso dentro de la irracionalidad) en todo aquello que sucedi� en el pasado, una l�gica que los historiadores se afanan en identificar. Y si los lenguajes han evolucionado con el tiempo, si son el producto de mestizajes de culturas, �es razonable pensar que la l�gica que subyace en la formaci�n de nuevos t�rminos �cient�ficos, por ejemplo� no haya variado tambi�n de acorde con el esp�ritu de la �poca en que estos se acu�an?[v] Que esto es as�, es algo que se comprueba con cierta facilidad en la ciencia contempor�nea. |
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Hasta las primeras d�cadas del siglo XX, persisti� con fuerza la tradici�n de construir neologismos sobre ra�ces griegas, ra�ces que entre otros atractivos inclu�an cierta facilidad para recoger esos neologismos en las lenguas occidentales, as� como la neutralidad que transmit�an con respecto al significado de los fen�menos expresados en tales t�rminos. Al igual que en el tercer tomo de sus Principles of Geology, publicado en 1833, Charles Lyell propuso dividir el Terciario en tres Series: el Eoceno (del griego eos, aurora, comienzo, y kain�s, reciente), Mioceno (de meios, menos, reciente) y Plioceno (de pleios, m�s, reciente), nomenclaturas que a�n persisten,[vi] los nombres que se asignaron a las primeras part�culas elementales descubiertas fueron: �electr�n�, significando �this site de electricidad�; �prot�n�, de la ra�z griega que significa �primero� (el hidr�geno, el primero �esto es, el m�s ligero� de los elementos est� formado por un prot�n en su n�cleo); �neutr�n�, part�cula neutra, y �neutrino�, peque�o neutr�n (como �ste no lleva carga). Comparemos este tipo de asignaci�n de denominaciones con las que comenzaron a inundar la f�sica de altas energ�as (entonces la m�s prospera rama de las ciencias) a partir de la segunda mitad del siglo XX. La terminolog�a que apareci� entonces renunciaba habitualmente a criterios hist�ricos o filol�gicos, bas�ndose en consideraciones de todo tipo, las m�s de las veces buscando im�genes con cierta gracia. El ejemplo de los �quarks�, con sus variados tipos de �colores� y �sabores�, es paradigm�tico en este sentido. Como es bien sabido, el t�rmino fue introducido por el f�sico Murray Gell-Mann. Veamos c�mo ha descrito �l mismo lo que hizo:[vii] �En 1963, cuando bautic� con el nombre de �quark� a los constituyentes elementales de los nucleones, part� de un sonido que no se escrib�a de esa forma, algo parecido a �cuorc�. Entonces, en una de mis lecturas ocasionales de Finnegans Wake, de James Joyce, descubr� la palabra �quark� en la frase �Tres quarks para Muster Mark�. Dado que �quark� (que se aplica m�s que nada al grito de una gaviota) estaba para rimar con �Mark�, ten�a que buscar alguna excusa para pronunciarlo como �cuorc�. Pero el libro narra los sue�os de un tabernero llamado Humphrey Chipden Earkwicker. Las palabras del texto suelen proceder simult�neamente de varias fuentes, como las �palabras h�bridas� en A trav�s del espejo, de Lewis Carroll. De vez en cuando aparecen frases parcialmente determinadas por la jerga de los bares. Razon�, por tanto, que tal vez una de las fuentes de la expresi�n �Tres quarks para Muster Mark� podr�a ser �Tres cuartos para Mister Mark� (cuarto en ingl�s es quart) en cuyo caso la pronunciaci�n �cuorc� no estar�a totalmente injustificada. En cualquier caso, el n�mero tres encaja perfectamente con el n�mero de quarks presentes en la naturaleza.� Como se ve, la l�gica de los razonamientos de Gell-Mann es, por decirlo de alguna manera, personal e intransferible, ajena al desarrollo hist�rico-filol�gico de los lenguajes, que este f�sico, por otra parte, tan bien conoce. Y no se trata �nicamente del t�rmino quark: tambi�n est� la cromodin�mica cu�ntica, que por supuesto no es ninguna teor�a del color, sino de la fuerza que une los quarks, los �sabores� (como el u, de up, y el d, de down) de los quarks, que tampoco tienen nada que ver con los sabores en su sentido estricto.[viii] Como mucho se trata de met�foras, que los no especialistas dif�cilmente pueden apreciar.[ix] |
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Es evidente, por tanto, que la nueva qu�mica, el edificio te�rico que Lavoisier estaba constru�yendo, necesitaba para su consolidaci�n elaborar un idioma propio, que fuese met�dico y preciso. Un idioma que Lavoisier y sus colegas lograron crear, sin m�s que recurrir al instrumento de la raz�n, la mejor herramienta de comunicaci�n universal. Claro que estamos hablando de una �poca en la que floreci� un esp�ritu universalista e ilustrado, una de cuyas pretensiones era suprimir los obst�culos que separaban, artificialmente, a los pueblos y a los hombres. Obst�culos como los derechos feudales referentes a pesos y medidas, que se abolieron el 15 de marzo de 1790. Todav�a resuenan a trav�s del tiempo aquellas hermosas palabras que Bureaux de Pussy pronunci� el 6 de mayo, en la Asamblea: �La this site g�tica de nuestras medidas se ha perpetuado, convierte en extranjeras, las unas con respecto a las otras, a las Provincias de un mismo imperio, las Villas y las Aldeas de una misma Provincia, algunas veces hasta a los diferentes barrios de una misma Ciudad; y en la Era de las Luces, todav�a nos encontramos gobernados por instituciones absurdas, humillantes, contra las que nuestros antepasados ya hab�an comenzado a rugir en siglos de ignorancia y tosquedad�. Dos d�as m�s tarde, la Asamblea encargaba la reforma m�trica a la Academia de Ciencias, una reforma que Condorcet, poco despu�s v�ctima �l mismo �como Lavoisier� del Terror, dedic� �A todos los pueblos, a todos los tiempos�. En lugar de �medidas�, leamos �lenguas� y comprenderemos el esp�ritu que animaba con su reforma terminol�gica a Lavoisier y a sus colegas. En una �poca como es la nuestra en la que en dominios cada vez m�s extensos los idiomas se degradan, siendo objeto de un descuido tal que m�s cabr�a emplear la expresi�n �desprecio�, merece la pena recordar algunas de las manifestacio�nes que Lavoisier emple� al presentar la nueva nomenclatura qu�mica en una Junta p�blica de la Academia de Ciencias parisina celebrada el 18 de abril de 1787:[xi] | ||
En un hermoso escrito no demasiado conocido, titulado Defensa del lenguaje, Pedro Salinas dec�a m�s o menos lo mismo:[xii] �El lenguaje es necesario al pensamiento. Le permite cobrar conciencia de s� mismo... El pensa�mien�to hace el lenguaje, y al mismo tiempo se hace por medio del lenguaje... El pensamien�to se orienta hacia el lenguaje como hacia el instrumen�to universal de la inteligen�cia�. Cuando ahora vemos quarks u o d, colores, sabores, cuerdas, p-branas y tantas otras denominaciones parece como si hubi�semos retrocedido en el tiempo, a las �pocas de la tinta simp�tica, la sal de J�piter o el agua mercurial. O, mejor, �no es todo esto sino una manifestaci�n m�s de una mezcla, una extra�a y desordenada mezcla, de esp�ritu posmodernista y de cultura que no comparte demasiado de los valores y tradiciones de la vieja cultura europea, y que se ha impuesto a ella, y que acaso busca distinguirse de ella precisamente en la adopci�n de criterios cuanto m�s alejados de la cultura cl�sica mejor? La manifestaci�n de una mezcla que tiene su h�bitat, paradoja entre las paradojas, en la m�s racional y ordenada de las creaciones del hombre, la ciencia. Desde esos, posmodernos, puntos de vista, �qu� m�s da que �quark� signifique �reques�n� en alem�n y nada realmente en ingl�s? No puedo tampoco dejar de mencionar los acr�nimos que tanto abundan en la ciencia; en, por ejemplo, la f�sica, incluyendo la rama a la que ahora me estoy refiriendo, la f�sica de altas energ�as. Acr�nimos como GUT (de Grand Unified Theories) y TOE (de Theories Of Everything), de los que el historiador de la ciencia John Heilbron ha se�alado:[xiii] �los GUTs [procurando ser delicados, podr�amos traducir gut como �agallas� o �coraje�] y TOEs [toe es �dedo del pie�] no son partes del cuerpo sino Teor�as de Gran Unificaci�n y Teor�as del Todo. �Revela el humor de sus nombres la confianza de personas que se sienten pr�ximas a finalizar la f�sica? Ciertamente demuestra que el sobrio conservadurismo de los cient�ficos europeos de los siglos XIX y comienzos del XX ha dejado su lugar a la desenfadada igualdad de los americanos durante su momento de dominio mundial. Los juguetones nombres acu�ados por los f�sicos de altas energ�as han sido criticados como faltos de elegancia, no antiguos, caprichosos y equ�vocos.� XVIISi la f�sica de altas energ�as ha sido una de las ramas de la ciencia que m�s se desarrollaron a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, a la biolog�a molecular le corresponde ese honor en la actualidad. Vivimos, en efecto, sumergidos en una aut�ntica revoluci�n cient�fica, que tiene en su epicentro a las ciencias biom�dicas en general, y a la biolog�a molecular en particular. Y si hay algo que caracteriza a las situaciones revolucionarias es la creaci�n de nuevo conocimiento, lo que significa nuevos entes, miles y miles de nuevos entes, que hay, evidentemente, que nombrar. No es la primera vez, naturalmente, que nos encontramos en esta situaci�n. Recordemos el caso de la qu�mica org�nica, disciplina que experiment� un crecimiento gigantesco a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, gracias sobre todo a las t�cnicas introducidas por Justus Liebig (1803-1873). Pues bien, ese desarroll� se plasm� en que en 1888 se conoc�an las f�rmulas estructurales de 20.000 compuestos org�nicos, por 74.000 en 1899 y cerca de 140.000 en 1910. M�s de 100.00 nuevos compuestos que hubo, claro est�, que bautizar. Sucede, no obstante, que las reglas terminol�gicas introducidas por Lavoisier y sus colegas a finales del siglo anterior eran lo suficientemente poderosas como para poder acometer tal tarea de una forma ordenada. �Ocurre lo mismo hoy, cuando los bi�logos moleculares, biotecn�logos e ingenieros gen�ticos descubren constantemente nuevas piezas (como genes o prote�nas) de la vida? Que descubren o que fabrican. | ||
En la misma l�nea, Smaglick citaba a un bi�logo molecular de la Universidad de Alberta, Lawrence Puente: �Existen m�ltiples nombres para la misma cosa, los mismos nombres para diferentes cosas, nombres que conducen a error, y nombres que son claramente dif�ciles de recordar�. Y a un miembro del Comit� de Nomenclatura de la Organizaci�n del Genoma Humano, Julia White, que se�alaba que aunque el Comit� pretende eliminar el caos ling��stico, �se queda detr�s como resultado de la velocidad y envergadura del Proyecto Genoma Humano. Con cientos de miles de genes y prote�nas todav�a por bautizar, la biolog�a molecular tiene una necesidad angustiosa de una regulaci�n de nomenclatura.� El toque personal que permiti� la denominaci�n de los elementos de la tabla peri�dica de los elementos ya no es posible: el n�mero de elementos qu�micos apenas supera el centenar; por el contrario el n�mero de genes (30.000 en una sola especie, la nuestra) y de prote�nas es radicalmente mayor. Y no olvidemos todos esos acr�nimos que se utilizan para designar linajes celulares, procesos metab�licos, etc. Citando de nuevo de otro art�culo:[xv] �En los primeros tiempos de la bioqu�mica y biolog�a molecular, cuando se hab�an descubierto pocos genes y las prote�nas que los expresan, todos pod�an recordar, m�s o menos, los nombres de las entidades macromoleculares que estaban siendo estudiadas por los colegas de al lado. Esos d�as han pasado, y se han hecho m�s extra�os por la tendencia de muchos bi�logos moleculares de escoger nombres ad hoc que a menudo son m�s agudos que t�cnicamente pertinentes, y de ofuscar sus art�culos de investigaci�n con acr�nimos por docenas en un solo trabajo. Conocemos de al menos el ejemplo de un acr�nimo para un linaje celular que aparec�a en un art�culo de un grupo de los Institutos Nacionales de la Salud estadounidenses y que no se encontraba definido en ning�n lugar del trabajo; llamadas telef�nicas a bi�logos moleculares no permitieron hallar a alguno que supiese de qu� l�nea celular se trataba, y cuando se consult� a los autores del art�culo no se recibi� una respuesta durante casi tres semanas. Como dijo un cient�fico recientemente: �Si haces que tu art�culo sea dif�cil de leer, al menos nadie podr� llamarte est�pido�.�[xvi] XVIII Nos guste o no, hemos de aceptar que muchos de estos t�rminos, tan ca�tica o idiosincr�sicamente forjados, terminaran encontrando su camino hacia las entra�as de nuestro idioma. No los hemos creado, pero s� los utilizaremos. No nos libraremos, no desde luego completamente, de este nuevo mestizaje. Y digo �no nos libraremos� porque aunque este discurso m�o pretenda ser un elogio del mestizaje, os confieso que no es este del que ahora os estoy hablando un mestizaje al que yo de la bienvenida sin m�s: me gusta demasiado el orden como para no sentir una cierta desaz�n ante ese con demasiada frecuencia desordenado mundo terminol�gico que procede, mayoritariamente, del ingl�s. Y la invasi�n hace tiempo que ya ha comenzado, con el vigor y poder que posee el conocimiento cient�fico nuevo, y ayudada por instrumentos recientes tan poderosos y penetrantes como la Red o Internet, que ya ha recorrido el extra�o camino que le ha llevado desde el Pent�gono y el CERN hasta nuestro hogares, pasando por Google o Amazon. Nuestro Diccionario da acogida a cada vez m�s neologismos cient�ficos, que no podemos ignorar. �Traducirlos? En alguna ocasi�n, cuantas m�s veces mejor, s�, pero �qui�n puede oponerse a la fuerza del agua de la torrentera que estalla imprevista, s�bita e imparable? Esta Casa ha aceptado e incluido en su diccionario, voces como big bang, que, por cierto, introdujo el astrof�sico brit�nico Fred Hoyle para ridiculizar la teor�a cosmol�gica que ahora caracteriza tan gr�ficamente; una voz que podr�amos traducir sin dificultad (como �gran estallido�), pero que si lo hici�semos nos estar�amos apartando de un cauce no s�lo cient�fico sino de la cultura mundial. Una Academia de la lengua no es, no puede ser, normativa (la lengua es de todos), sino espejo de la comunidad a la que sirve y del mundo en el que existe. Espejo de y ejemplo para. |
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Hasta ahora he estado hablando sobre todo a vuestra raz�n, tratando de desarrollar argumentos y desvelar procesos hist�ricos que sirviesen para iluminar vuestro entendimiento. Ahora querr�a partiros el coraz�n. Pero me faltan las palabras. Querr�a, s�, partiros el coraz�n; ser capaz de crear con mis palabras mundos que hicieran que vuestros corazones reventaran de dolor, de angustia, de ansia; que lloraran de tristeza y se rebelaran. Querr�a poseer ese inabarcable arte del que sois maestros tantos miembros de esta Academia. Querr�a producir en todos vosotros, con los frutos de mi palabra y mi pensamiento, reacciones similares a las que sin duda produjeron �y continuar�n produciendo en el futuro� en todos sus lectores personajes literarios como Azar�as, aquel de �milana bonita, milana bonita�, al que dio vida nuestro compa�ero Miguel Delibes.[xvii] Romperos el coraz�n igual que a Azar�as se lo rompi� el se�orito Iv�n, incapaz de escuchar, �l que como todos los de su cala�a �nicamente saben escucharse a s� mismos, la voz implorante de Azarias: ��se�orito, por sus muertos, no tire!�. Hacer que vuestros corazones sufran tanto como sufr�a el de la Julieta de Shakespeare cuando clamaba: ��No queda ya piedad en los cielos? �Nadie puede llegar hasta el pozo de mi dolor?�; o como sufri� el de Sancho Panza cuando don Quijote se volvi� loco crey�ndose Alonso Quijano, y termin�, claro, muri�ndose (de pena), sin hacer caso de los cuerdos consejos y lamentos de su fiel escudero, que gritaba: �No se muera vuestra merced, se�or m�o... no sea perezoso... lev�ntese desa cama, y v�monos al campo vestidos de pastores... Si es que se muere de pesar de verse vencido, �cheme a m� la culpa, diciendo que por haber cinchado mal a Rocinante le derribaron�. �Y por qu�, para qu�, querr�a partiros el coraz�n? La respuesta no es dif�cil de entender. Permitirme que la explique. He estado habl�ndoos de mestizajes cient�ficos, pero me falta referirme a uno m�s, el �ltimo, pero en muchos aspectos el m�s importante: aquel que implica la reuni�n de dos culturas que deber�an encontrarse unidas, pero que desgraciadamente no lo est�n: la �cultura human�stica�, como se suele denominar, aunque sea �ste un t�rmino que yo tienda a rechazar, porque se basa en un limitado, err�neo, concepto de �humanidad�, y la �cultura cient�fica�. Estoy hablando, claro, del problema de las �dos culturas�, una expresi�n populari�zada por Charles Snow en 1959, en el curso de una importante conferencia (la Rede Lecture) que pronunci� en Cambridge. �La vida intelectual de toda sociedad occidental�, sostuvo en aquella ocasi�n Snow, �se divide cada vez m�s en dos grupos... Los intelectuales litera�rios en un polo, y en el otro los cient�fi�cos... Entre los dos grupos existe un golfo de mutua incompren�si�n, en ocasiones (especialmente entre los j�venes) de hostili�dad y antipat�a, pero sobre todo de falta de entendimiento�.[xviii] Y �c�mo lograr superar esa falta de entendimiento, ese abismo de incomprensi�n? Durante mucho tiempo cre� que la forma de superar tal abismo, la manera de reunir esas dos culturas, no pod�a ser otro que la educaci�n, que ense�ar a los legos qu� es la ciencia y cuales son sus contenidos. Educar a todos y a todas las edades, aunque sobre todo a los m�s j�venes, a los ni�os y ni�as de ense�anza primaria y de secundaria. Y divulgarla tambi�n. Hoy, sin embargo, creo que esto, aunque necesario no es suficiente. Si s�lo ense�amos los m�todos y los contenidos de la ciencia, dif�cilmente penetrar� �sta realmente en las mentes y esp�ritus de las personas. Sabr�n algo de ella, pero continuar� siendo para ellos, que no la viven diariamente, un cuerpo extra�o. �Por qu�? Porque le faltar� vida. Los humanos, nunca es ocioso recordarlo, no somos s�lo cerebro racional, l�gico, cognitivo, sino tambi�n sentimientos, emociones, y por ello nunca podr� darse un hermanamiento completo, una comprensi�n profunda, entre la ciencia y la �humanidad�, si no sabemos llevar la ciencia al coraz�n de las personas. Es necesario educar en la ciencia, s�, pero tambi�n conmover con la ciencia. No son muchos los cient�ficos que son capaces de educar y conmover. Es preciso ir m�s all� de la mera divulgaci�n, penetrar en los ricos y alambicados dominios en los que se funden el ensayo, la divulgaci�n y la literatura. Esta tarde yo quiero rendir aqu� tributo de admiraci�n y agradecimiento a dos grandes maestros de ese dif�cil y humanitario arte: el astrof�sico Carl Sagan (1934-1996) y el paleont�logo y bi�logo evolutivo Stephen Jay Gould (1941-2002).
Ambos
fueron, sin duda, magn�ficos cient�ficos, pero no del calibre de aquellos
cuyos nombres recordar�n generaciones y generaciones futuras. Sin embargo,
alcanzaron la fama y recibieron nuestra admiraci�n, y ello porque supieron
utilizar sus conocimientos profesionales para escribir libros maravillosos
que no s�lo nos educaron en la ciencia, sino que tambi�n conmovieron
nuestras almas. En sus libros supieron engranar de mil maneras la ciencia
con todo aquello m�s primitiva y sinceramente humano, con eso que hace que a
veces hablemos de �la condici�n humana�. Fueron maestros en el arte de
hablarnos como iguales, sin establecer fronteras entre el cient�fico y el
lego. Sab�an decir cosas del tipo de, citando ahora a Sagan:[xix]
�En una vida corta e
incierta, parece cruel hacer algo que pueda privar a la gente del consuelo
de la fe cuando la ciencia no puede remediar su angustia. Los que no pueden
soportar la carga de la ciencia son libres de ignorar sus preceptos. Pero no
puede servirse la ciencia en porciones aplic�ndola donde nos da seguridad e
ignor�ndola donde nos amenaza... porque no somos bastante sabios para
hacerlo. Excepto si se divide el cerebro en compartimentos estancos, �c�mo
es posible volar en aviones, escuchar la radio o tomar antibi�ticos
sosteniendo al mismo tiempo que la Tierra tiene unos diez mil a�os de
antig�edad y que todos los sagitario son gregarios y afables?�. |
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Necesitamos m�s cient�ficos-escritores como estos. Los necesitamos porque, no nos enga�emos, la ciencia, su esp�ritu al igual que su letra, es todav�a un ser extra�o para la mayor�a de la humanidad, independientemente de que esa misma mayor�a de la humanidad se relacione cada vez con mayor frecuencia e intensidad con la ciencia; no importa que vayan introduci�ndose, subrepticia o violentamente, nuevos t�rminos de �ndole cient�fica o tecnol�gica en los idiomas que esas mismas personas hablan. Y necesitamos a esos autores en todos esos idiomas, incluyendo, c�mo no, en el nuestro: el espa�ol. Espa�a es todav�a hoy un pa�s en el que la ciencia se encuentra en una situaci�n insatisfactoria. Nuestros investigadores se esfuerzan �bendito sea ese esfuerzo�, y en ocasiones logran �xitos significativos, pero no es suficiente: la distancia que nos separa de otras naciones no disminuye, o no disminuye lo necesario. En un mundo en el que la ciencia no s�lo es conocimiento o cultura, sino tambi�n poder �poder econ�mico, industrial, pol�tico, militar�, esta situaci�n representa una grave limitaci�n de presente y de futuro. No es que para un pa�s no exista futuro si no es una potencia cient�fica internacional. Siempre hay un futuro. Pero �qu� futuro? �El futuro de ser un pa�s de servicios, aunque sea en el m�s moderno sentido de la palabra? Cada uno es libre de elegir qu� futuro desea intentar conseguir. Mi elecci�n es clara: quiero que mi pa�s aporte en el futuro, de forma sistem�tica, algo sustancial a la ciencia internacional. Que no seamos meros invitados, sino anfitriones tambi�n en esa empresa varias veces milenaria que llamamos ciencia, una empresa que merece la pena continuar aunque s�lo fuese para, como dijo en cierta ocasi�n el matem�tico Carl Gustav Jacobi (1804-1851), �rendir honor al esp�ritu humano�.[xxi] No basta con que haya ciencia �poco o mucho, siempre se hace algo de ciencia en un pa�s�, tiene que hacerse ciencia de primer nivel. No es la primera vez que en esta Casa se defiende el papel de la ciencia en el futuro de Espa�a. En su discurso de entrada en nuestra Academia, que tuvo lugar el 14 de junio de 1908, Jos� Rodr�guez Carracido manifestaba, esperanzado:[xxii] �Mi creencia, quiz� sugerida por la pasi�n del especialista, es que la hegemon�a intelectual la ejercer�n en las edades futuras los reveladores del c�digo constituido por las leyes naturales, y en esa era hist�rica, cuando las dos Espa�as, las cisatl�ntica y la trasatl�ntica, sean campos de la espl�ndida producci�n cient�fica que en mi optimismo espero, una y otra, al contemplarse amistosamente en posesi�n de la propia personalidad, celebrar�n, con esplendor en d�as se�alados y con �ntima devoci�n cotidianamente, fiestas de familia en las que la lectura de sus cl�sicos ser� deleite del alma, generadora de veneraci�n que habr� de tributarse en los mismos lares solariegos a los que son simult�neamente autoridades de la ciencia y del habla castellana�.
Poco menos de
un siglo despu�s, esos tiempos que Carracido aventuraba todav�a, �ay!, no
han llegado. Y no s�lo sufre por ello nuestra cultura, nuestro poder�o
econ�mico-industrial y nuestro bienestar social, sino tambi�n nuestro
idioma. �La ciencia matem�tica nada nos debe�, declaraba con su habitual
�nfasis Jos� Echegaray al entrar, en 1866, en la Real Academia de Ciencias,
�no es nuestra; no hay en ella nombre alguno que labios castellanos puedan
pronunciar sin esfuerzo�[xxiii] | ||
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Con la excepci�n de Cajal, no hemos tenido grand�simos cient�ficos, ni tampoco otros que aunque no fuesen tan excepcionales dejaron no obstante recuerdo en la historia y en el lenguaje; cient�ficos como Volta, Galvani, Ohm, Amp�re, Watt o Joule en cuya memoria se han construido t�rminos como voltio, galvanizar, ohmio, amperio, vatio o julio. Si en nuestros laboratorios de la segunda mitad del siglo XX hubiese florecido la f�sica del estado s�lido, tal vez el mundo no hablar�a de chips, sino de �obleas�, �fichas�, �tabletas�, o qui�n sabe qu� otra expresi�n. Y bit ser�a dib (de digito binario). Si nuestros astr�nomos hubieran competido realmente con los de otros pa�ses �tarea en la que ahora se afanan� acaso hablar�amos, como this site astron�mica de distancia, de p�rseg y no de p�rsec, t�rmino que procede de �paralaje por segundo�, pero segundo en ingl�s (second), de ah� su �c� final y no una �g�. �El mundo hisp�nico�, escribi� Emilio Lorenzo, �ha contribuido a la cultura universal con santos, h�roes, grandes artistas de la pluma, del pincel, del pentagrama y de la danza. Si se examina el vocabulario y la presencia de nombres hisp�nicos en otras lenguas, es en estos campos donde nuestra comunidad descuella. Tambi�n, por desgracia, en una serie de expresiones que sirven para alimentar la leyenda negra y que revelan la baja opini�n que el llamado gran p�blico tiende a adoptar sobre lo hisp�nico: machismo, pronunciamiento, cacique, junta, garrote, incomunicado, quinta columna, autodaf� (del portugu�s, pero referido a la Inquisici�n espa�ola)�.[xxiv] Tambi�n, como sabemos, otros como sangr�a, siesta, gazpacho, tortilla, flamenco o fiesta. No reniego de ninguna de estas expresiones: todas son hijas de nuestro pasado, tanto las que condensan en ellas lo peor de nuestra historia como aquellas que destilan lo mejor que hemos hecho, o, simplemente, c�mo somos o hemos sido. Pero deseo, permitirme que lo repita una vez m�s, que aportemos tambi�n algo al universo de la ciencia, aportaciones que, inevitablemente, aunque estemos dominados por el ingl�s, se traducir�n en que el espa�ol tenga alguna presencia en la nomenclatura cient�fica. Y no olvidemos, como bien escribi� hace no mucho Miguel Garc�a Posada, que �la talla de una lengua se mide tambi�n por su presencia en los foros internacionales, en los congresos cient�ficos, en las bibliograf�as especializadas�.[xxv] Debemos, pues, producir ciencia, ciencia de primer�sima l�nea, s�, pero tambi�n debemos introducir la ciencia hasta en el �ltimo escondrijo de la sociedad, hacer que no sea considerada como una cultura b�rbara todav�a no agraciada por el lenguaje escrito; lograr despertar en todas las conciencias sentimientos de angustia, de ansia ante la ignorancia cient�fica. Es por todo esto que querr�a ser capaz de romperos el coraz�n. Con ello, familiariz�ndoos con la ciencia, no os prometo que recibir�is seguridades de que os espera un destino eterno, o la demostraci�n de que pertenec�is a una especie elegida, ni respuestas para todas las preguntas que pod�is imaginar, ni siquiera virtud moral, pero s� os prometo respuestas fiables, entretenimiento (la ciencia es divertida) y, sobre todo, dignidad. |
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XX Llego ya al final. Y tengo que confesaros que cuando pensaba en la manera de finalizar mi exposici�n de hoy dud� c�mo hacerlo. Acabar algo es una cuesti�n tan delicada como comenzarlo; recordad el valor de una buena obertura (�En un lugar de la Mancha...�). Pens�, por ejemplo, utilizar la dedicatoria con la que Carl Sagan abri� uno de sus libros, y desearos a todos vosotros, mi paciente audiencia, lo mismo que deseo en el fondo de mi pensamiento, todos los d�as de mi vida, aunque no se lo diga, a mis dos queridas hijas, lo �nico que verdaderamente me une con el futuro que nunca conocer�; desearos �un mundo libre de demonios y lleno de luz�.[xxvi] Tambi�n pens� en dirigir mis palabras finales de manera que pudiese utilizar las frases con las que ese maestro de historiadores que es Eric Hobsbawn puso t�rmino a su autobiograf�a. Unas frases que siempre deber�an estar presentes en nuestros pensamientos y actuaciones, hablemos de lo que hablemos, incluyendo, por supuesto, cuando hablamos de ciencia, una actividad que da poder y que como tal afecta profundamente a los humanos. Unas frases cuya esencia me recuerda constantemente mi leal compa�era de ya casi una vida, mi esposa, que se esfuerza en hacerme m�s compasivo y solidario. Unas frases que honran a cualquier idioma en que se pronuncien, no importa bajo qu� gram�tica se articulen: �La injusticia social debe seguir siendo denunciada y combatida. El mundo no mejorar� por s� solo�.[xxvii] Pens� en todo esto, pero a la postre me dije a m� mismo que, rodeado como estoy hoy de tantos familiares y amigos de los que tanto he recibido, a los que tanto debo, no hay palabra ni m�s apropiada ni m�s hermosa, en cualquier idioma y desde luego en el nuestro, en la lengua que ennoblecieron Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Teresa de Jes�s, Francisco de Quevedo, Santiago Ram�n y Cajal, Antonio Machado, Miguel de Unamuno, Jos� Ortega y Gasset, Pablo Neruda, Federico Garc�a Lorca y tantos otros, que �gracias�. Gracias, pues, a todos, queridos amigos. Muchas gracias. |
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| [i] No existe un consenso generalizado acerca de cuando comenz� a utilizarse el t�rmino �tecnociencia�, y qui�n lo acu��. Bruno Latour, en uno de sus libros (Science in Action; 1987) se adjudica la responsabilidad (y el m�rito, claro): �Resumiendo�, escribe en la p�gina 29, �la construcci�n de hechos y m�quinas es un proceso colectivo... Esto es tan esencial para continuar nuestro viaje a trav�s de la tecnociencia* [y aqu� a�ad�a la siguiente nota a pie de p�gina: �*Para evitar un sin fin de �ciencia y tecnolog�a� he acu�ado esta palabra...] que lo llamar� nuestro primer principio�. A pesar de tal manifestaci�n, el t�rmino �tecnociencia� no vuelve a aparecer hasta la p�gina 159. Existen, no obstante, indicios de que antes, a primeros de la d�cada de 1980, el t�rmino ya se utilizaba ampliamente. [ii] En realidad, la frase original es algo diferente: �Predictibilidad. �El aleteo de una mariposa en Brasil produce un tornado en Texas?�. Apareci� como el t�tulo de la primera secci�n de una conferencia que Lorenz dict� el 29 de diciembre de 1972 en una sesi�n dedicada al Programa de Investigaci�n Atmosf�rica Global dentro de la 139� Reuni�n de la American Association for the Advancement of Science. Se distribuy� en una nota de prensa y s�lo se public� bastantes a�os m�s tarde, en 1993, como ap�ndice a un libro de Lorenz titulado The Essence of Chaos. Antes, sin embargo, hab�a adquirido ya celebridad, a trav�s de una obra que fue un �xito de ventas: Chaos: Making a New Science (1987), de James Gleick, cuyo primer cap�tulo se titula �El efecto de la mariposa�. A partir de entonces, el �efecto mariposa� se convirti� en un visitante frecuente en todo tipo de escenarios culturales: desde las explicaciones del matem�tico de Parque Jur�sico, de Michael Crichton, hasta el relato de Antonio Tabucchi titulado ��El aleteo de una mariposa en Nueva York puede provocar un tif�n en Pek�n?� (incluido en A. Tabucchi, El �ngel negro [Anagrama, Barcelona 1993]). [iii] Jorge Luis Borges, �El Congreso�, incluido en El libro de arena (Alianza Editorial, Madrid 2003), p. 53. [iv] Sobre la importancia de la nomenclatura en las ciencias geol�gicas, ver los atinados comentarios de Carmina Virgili en El fin de los mitos geol�gicos. Lyell (Nivola, Madrid 2003), pp. 111-116 [v] Es cierto que durante un tiempo se pens� (es una idea que se remonta cuando menos a la Ilustraci�n) que la ciencia deb�a �hablar� (esto es, expresarse, ser escrita) una lengua �bien hecha�, una lengua libre de toda ambig�edad sem�ntica, de toda contaminaci�n cultural. Matem�ticos y l�gicos como David Hilbert o Bertrand Russell se esforzaron en esta direcci�n, como un medio para resolver la crisis de fundamentos que surgi� en la matem�tica a finales del siglo XIX. Sus programas, sin embargo, no pudieron nunca llevarse a t�rmino. Ver, en este sentido, los comentarios que se efect�an en Jean-Marc L�vy-Leblond, �La langue tire la science�, en Roger Chartier y Pietro Corsi, Sciences et langues en Europe (Centre Alexandre Koyr�, Par�s 1996), pp. 235-245. [vi] Una muestra (a imitar) del respeto que Lyell sent�a por su propio idioma es lo que escribi� en una nota a pie de p�gina en este volumen tercero de los Principles, inmediatamente despu�s de introducir las Series del Terciario: �Estoy muy agradecido a mi amigo, el Rev. W. Whewell, por ayudarme a inventar y traducir al ingl�s estos t�rminos, y deseo sinceramente que los numerosos diptongos extranjeros, terminaciones b�rbaras y plurales latinos, que tan abundantemente han sido introducidos durante los �ltimos a�os en nuestro idioma, hayan sido evitados con tanto �xito como lo han hecho los naturalistas franceses, y como lo hicieron los primeros escritores ingleses, cuando nuestro lenguaje era m�s flexible de lo que es ahora.� Charles Lyell, Principles of Geology, vol. III (John Murray, Londres 1833), p. 53. [vii] Murray Gell-Mann, El quark y el jaguar (Tusquets, Barcelona 1995; versi�n original en ingl�s de 1994), p. 198. [viii] Aunque por el momento con poco �xito entre los profesionales, alguna publicaci�n peri�dica espa�ola traduce los t�rminos up y down, empleando: �quark arriba� y �quark abajo�. Ver, por ejemplo, Gordon Kane, �M�s all� del modelo est�ndar de la f�sica�, Investigaci�n y Ciencia (agosto de 2003), pp. 48-55. [ix] Es interesante en este sentido, citar lo que dice Gell-Mann al respecto (El quark y el jaguar; p. 199): �Se dice que u y d son diferentes �sabores� de quark. Adem�s del sabor, los quarks tienen otra propiedad a�n m�s importante llamada �color�, aunque no tiene que ver con los colores reales m�s que el sabor en este contexto con el sabor de un helado. Aunque el t�rmino �color� es m�s que nada un nombre gracioso, sirve tambi�n como met�fora. Hay tres colores, denominados rojo, verde y azul a semejanza de los tres colores b�sicos en una teor�a simple de la visi�n humana del color (en el caso de la pintura, los tres colores primarios suelen ser el rojo, el amarillo y el azul, pero para mezclar luces en vez de pigmentos, el amarillo se sustituye por el verde). La receta para un neutr�n o un prot�n consiste en tomar un quark de cada color, es decir, uno rojo, uno verde y uno azul, de modo que la suma de colores se anule. Como en la visi�n el color blanco se puede considerar una mezcla de rojo, verde y azul, podemos decir metaf�ricamente que el neutr�n y el prot�n son blancos.� [x] Estoy empleando la traducci�n que del M�thode realiz� en 1788 Pedro Guti�rrez Bueno, profesor de Qu�mica del Real Laboratorio de Madrid: M�todo de la nueva nomenclatura qu�mica, propuesto por M.M. de Morveau, Lavoisier, Bertholet, y de Fourcroy, a la Academia de Par�s (Madrid 1788). [xi] Lavoisier, �Sobre la necesidad de perfeccionar y reformar la nomenclatura de la qu�mica�; incluido en M�todo de la nueva nomenclatura qu�mica, op. cit., pp. 1-16; cita en pp. 4, 8. [xii] Pedro Salinas, Defensa del lenguaje (Alianza Editorial, Madrid 1992), p. 18. [xiii] J. L. Heilbron, �Coming to terms. Caloric, cathode, curium and quark � coinage from the mint of science�, Nature 415, 585 (2002). [xiv] Paul Smaglik, �Creativity, confusion for genes�, The Scientists 12 (30 de marzo de 1998); �On linguistic chaos in molecular biology�, ScienceWeek. An Online research Digest published weekly since 1997, vol. 6, n�. 32 (9 de agosto de 2002). [xv] �More discussion of acronym anarchy in molecular biology,� Nature 390, 329 (1997). [xvi] Tampoco escasean en la f�sica los acr�nimos. Recordemos: m�ser (de Microwave Amplification by Stimulated Emisi�n of Radiation), l�ser (de Light Amplification by Stimulated Emisi�n of Radiation], SQUID (de Supercon�ducting Quantum Interference Device), bit (de binary digit) o qubit (de quantum bit). [xvii] Me estoy refiriendo, por supuesto, al personaje de Los santos inocentes (1981). [xviii] C. P. Snow, The Two Cultures (Cambridge University Press, Cambridge 1993), pp. 3-4. De hecho, Snow hab�a utilizado la idea de las dos culturas con anterioridad a su Rede Lecture, en un breve art�culo que public� en 1956 en The New Statesman. [xix] Carl Sagan, El mundo y sus demonios (Planeta, Barcelona 1997; versi�n original en ingl�s de 1995), p. 323. [xx] Stephen J. Gould, La falsa medida del hombre (Cr�tica, Barcelona 1997; edici�n revisada; versi�n original en ingl�s de 1996; primera edici�n de 1981), p. 50. [xxi] �M. Fourier�, escribi� Jacobi a otro matem�tico, Legendre, el 2 de julio de 1830, �opinaba que la finalidad primordial de las matem�ticas consist�a en su utilidad p�blica y en la explicaci�n de los fen�menos naturales; pero un fil�sofo como �l deber�a haber sabido que la finalidad �nica de la ciencia es la de rendir honor al esp�ritu humano y que, por ello, una cuesti�n sobre n�meros vale tanto como una cuesti�n sobre el sistema del mundo�. C. G. Jacobi, Gesammelte Werke, vol. I (Reimer, Berl�n 1881), p. 454. [xxii] Jos� Rodr�guez Carracido, �Valor de la literatura cient�fica hispano-americana�. He utilizado su reproducci�n en: Discursos le�dos en las recepciones p�blicas de la Real Academia Espa�ola, serie tercera I (Real Academia Espa�ola, Madrid 1964); cita en la p. 31. [xxiii] Jos� Echegaray, Historia de las matem�ticas puras en nuestra Espa�a (Real Academia de Ciencias Exactas, F�sicas y Naturales, Madrid 1866), p. 28 [xxiv] Emilio Lorenzo, El espa�ol en la encrucijada (Espasa, Madrid 1999), pp. 198-199. [xxv] Miguel Garc�a Posada, �Defensa no patri�tica de la lengua�, El Pa�s; reproducido en M. Garc�a-Posada, Las ramas de oro, op. cit., pp. 107-108. [xxvi] C. Sagan, El mundo y sus demonios, op. cit. [xxvii] Eric Howbsbawn, A�os interesantes (Cr�tica, Barcelona 2003; versi�n original en ingl�s de 2002), p. 379. |
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Jos� Manuel S�nchez Ron es miembro de la Real Academia Espa�ola (RAE). Ley� �ste, su discurso de ingreso, el 19 de octubre de 2003. | ||
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