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11 de febrero de 2004


Tribuna de opini�n

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JOS� MANUEL S�NCHEZ RON
Elogio del mestizaje: historia, lenguaje y ciencia
(Primera parte)

 

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Recuerdo, yo que tan mala memoria tengo para tantas cosas, haber le�do, siendo un muchacho, una entrevista que alg�n peri�dico realiz� a Jos� Mart�nez Ruiz, miembro que fue de esta Corporaci�n (la RAE). Por entonces, el inolvidable Azor�n era un hombre muy mayor y no pod�a salir de su casa. Una de las preguntas del periodista que le entrevistaba �la �nica que yo recuerdo� fue la de a qu� dedicaba sus d�as, cuesti�n a la que el anciano maestro contest� diciendo que le�a el diccionario de la Real Academia Espa�ola, palabra por palabra, y meditaba acerca de lo que representaba cada una de ellas. Que un hombre que encaraba irremediablemente el final de sus d�as, que se encontraba incapacitado, de puro viejo, para casi todo, salvo para pensar y para leer; que un hombre as� se sirviese de su cerebro, del pensamiento, y de un diccionario para vivir, para, mejor dicho, revivir, me pareci� tan hermoso, tan digno de encomio, que no lo he olvidado. Supongo que desde entonces me viene esa idea tan arraigada en m�, de que un diccionario, un buen diccionario, no es sino vida en su esencia m�s pura; vida depurada, estilizada, vida al alcance de todos, independientemente de cuales sean las circunstancias en las que uno se halle.

Y ahora me encuentro en un lugar, que, como se�al� hace poco, en una ocasi�n similar a la presente, Gregorio Salvador, �concentra sus tareas en el registro y descripci�n de los empleos de cada palabra de hoy o de ayer�; en el lugar cuya tarea preferente es precisamente la de cuidar, revisar y actualizar el diccionario m�s respetado de la lengua espa�ola. Me dais, queridos compa�eros, la oportunidad no s�lo de compartir vuestro prestigio y el de todos aquellos que pronto har� tres siglos se han esforzado por servir a nuestro idioma, sino tambi�n algo m�s valioso que el prestigio: el poder servir, de la forma m�s distinguida y eficaz que imaginarse uno pueda, a la Vida, a la vida de todos y de todos los d�as, porque la Casa de la Palabra, la Real Academia Espa�ola, es tambi�n la Casa de la Vida, vida que se expresa y condensa en palabras.

Gracias os debo por este honor y esta oportunidad. P�blicamente declaro que me esforzar� en corresponder con mi trabajo. Hasta ahora he sido una persona ego�sta con su tiempo, no demasiado predispuesta a ofrecer mucho de �l a la comunidad, m�s que de esa forma indirecta que es el propio trabajo, que puede, tal vez, encontrar eco en otros. Hora va siendo ya de contribuir de manera m�s directa al bien p�blico, y no puedo imaginar mejor forma que hacerlo a trav�s de las tareas de esta Casa.

Aun cuando mi agradecimiento primero vaya dedicado, muy sinceramente, a todos los miembros de la Real Academia Espa�ola, no puedo, ni quiero, dejar pasar esta oportunidad para agradecer de una forma especial a su Director, V�ctor Garc�a de la Concha, que con tanto afecto me ha recibido, y a los tres acad�micos que tuvieron la generosidad de proponer mi nombre: Antonio Colino, Emilio Lled� y Juan Luis Cebri�n. S�lo aquellos que laboran cotidianamente en esta Corporaci�n saben lo mucho que Antonio Colino, protagonista �l mismo de instituciones cuya historia yo me he esforzado en reconstruir, ha aportado durante d�cadas a que la terminolog�a cient�fica y t�cnica se encuentre recogida en nuestro Diccionario. Que Emilio Lled�, en quien el saber y la palabra se re�nen con una precisi�n, gracia, sutilidad y profundidad incomparables, fuese uno de los firmantes de mi candidatura, es algo que me enorgullece. De Juan Luis Cebri�n podr�a decir muchas cosas, y buenas, como periodista, ensayista o novelista que es, pero no se me ocurre ninguna que yo aprecie m�s que el manifestar cu�nto valoro haber tenido el apoyo �y hoy tambi�n su voz para ser recibido en esta Casa� de quien hizo que el peri�dico (otra Casa de la Palabra) que entonces dirig�a saliese a la calle una tarde-noche de un 23 de febrero de infame recuerdo, ayudando de esta forma no en peque�a medida a que mis hijas hayan crecido en un pa�s muy diferente a aquel en el que crecieron su madre y su padre. No conozco de mejor servicio a una lengua que el de utilizarla en defensa de la libertad.

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S� muy bien, por supuesto, que mi elecci�n como miembro de esta Corporaci�n tiene que ver, tiene todo que ver, con mi relaci�n con la ciencia; que no es sino una manifestaci�n de la preocupaci�n de la Real Academia Espa�ola por la ciencia y la tecnolog�a, por que el lenguaje cient�fico y tecnol�gico est� lo m�s completa y cabalmente recogido en su Diccionario. Si la palabra, si el lenguaje, cualquier lenguaje, es manifestaci�n y veh�culo de la vida, y si la ciencia y la tecnolog�a figuran entre las habilidades m�s caracter�sticas y distinguidas de nuestra especie, hasta tal punto que no es posible reconstruir cual ha sido el camino que hemos seguido desde nuestros primeros pasos como Homo sapiens hasta hoy mismo sin tener en cuenta la ciencia y la t�cnica que hemos creado; si no es posible, digo, entender la raz�n de las enormes diferencias que existen entre c�mo viv�an y c�mo pensaban los primeros ejemplares de nuestra especie, o, no nos remontemos tan atr�s, entre los humanos de, por ejemplo, los siglos XVII o XVIII y los de hoy sin tener en cuenta a la ciencia y a la tecnolog�a, �c�mo iban �stas a estar ausentes de las preocupaciones de una agrupaci�n dedicada a limpiar, fijar y dar esplendor a un idioma? M�s a�n, �c�mo iban a estar ausentes hoy, en un mundo que cambia trepidantemente debido al desarrollo tecnocient�fico, cambios que no s�lo advertimos sino que nos afectan cada vez m�s directa, r�pida y frecuentemente; que nos afectan, se podr�a decir, hasta la medula de los huesos?

La Real Academia Espa�ola conoce bien la relaci�n entre la ciencia, la tecnolog�a y el mundo. Y no es un conocimiento de ahora, sino que viene de antiguo. Entre sus fundadores se encontraba uno con no peque�as artes cient�ficas: el padre Jos� Cassani, S. J. (1673-1750), matem�tico y profesor del Colegio Imperial, autor, entre otras obras, de un Tratado de los cometas, escrito en 1703 y publicado en 1737.[i] Me llena de satisfacci�n que el sill�n que ocup� este hombre fuese el correspondiente a la letra G, la misma que me ha tocado en suerte a m�. De hecho, al pasar revista a la lista de antiguos miembros de esta Real Academia me he encontrado en ella con un n�mero importante de personajes que aparecen con frecuencia en las obras que he dedicado a la historia de la ciencia espa�ola. He hallado al matem�tico Benito Bails (1730-1797), al ingeniero de Caminos y arabista Eduardo Saavedra (1829-1912), al ingeniero de Caminos, matem�tico, f�sico-matem�tico, pol�tico y dramaturgo Jos� Echegaray (1833-1916), al gran hist�logo, gloria de la ciencia universal, Santiago Ram�n y Cajal (1852-1934), aunque es cierto que nunca lleg� a tomar posesi�n del sill�n I para el que fue elegido, al qu�mico y farmac�utico Jos� Rodr�guez Carracido (1856-1928), al ingeniero de Caminos Leonardo Torres Quevedo (1852-1936), al entom�logo Ignacio Bol�var (1850-1944), a los f�sicos Blas Cabrera (1878-1945) y Julio Palacios (1891-1970), al ingeniero, matem�tico y f�sico Esteban Terradas (1883-1950) y al matem�tico Julio Rey Pastor (1888-1962). Precisamente por estar familiarizado con sus vidas y obras, por saber lo mucho que aportaron a la ciencia y tecnolog�a espa�olas, valoro a�n m�s el honor que me hab�is hecho eligi�ndome para esta Casa.

No quiero ocultar que me siento todav�a m�s honrado por pasar a formar parte de una instituci�n que tan noblemente se comport� con un cient�fico al que he dedicado no pocos esfuerzos y escritos, y con el que tengo, desde hace m�s tiempo del que quiero recordar, la cuenta pendiente de dedicar un libro al estudio de su vida, su obra y su mundo: Blas Cabrera, el f�sico canario, especialista en magnetismo, que tanto hizo por que la f�sica espa�ola abandonase el oscuro nicho en el que se encontraba a comienzos del siglo XX. Quiero recordar hoy, en esta ocasi�n tan solemne para m�, que la Real Academia Espa�ola, que recibi� a Cabrera el 26 de enero de 1936, en esta misma sala en la que ahora me encuentro, en este mismo lugar (me emociona pensarlo), desoy� el oficio que recibi� del Ministerio de Educaci�n Nacional el 5 de junio de 1941, en el que se ordenaba la destituci�n, por razones pol�ticas, de seis de sus miembros: Ignacio Bol�var, Niceto Alcal� Zamora, Tom�s Navarro Tom�s, Enrique D�ez Canedo, Salvador de Madariaga y Blas Cabrera. Un Cabrera que hab�a abandonado Espa�a en fecha tan temprana como septiembre de 1936 y que nunca pudo regresar a su patria, aunque lo intent� despu�s del t�rmino de aquella incivil contienda que nos obstinamos en continuar llamando Guerra Civil. Falleci�, transterrado de su pa�s, en la ciudad de M�xico el 1 de agosto de 1945, sabiendo, debi� ser una de sus pocas alegr�as, que, al contrario que otras corporaciones a las que tambi�n perteneci�, la Real Academia Espa�ola, la instituci�n m�s prestigiosa de su patria, no le hab�a abandonado ni repudiado.

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II

Es tradici�n venerable en esta Casa que los nuevos acad�micos recuerden en sus discursos de entrada a quienes les precedieron en el sill�n del que van a tomar posesi�n. Este deber, de tan agridulce sabor, en el que el desconsuelo al recordar al compa�ero ausente se ve atenuado al rememorar el ejemplo que nos dej�, constituye en mi caso doble y muy honrosa tarea.

Doble porque debo referirme a dos personas: al �ltimo que tom� posesi�n de este sill�n G, Jos� Mar�a de Areilza, y al que elegido para sucederle no pudo llegar a pronunciar el preceptivo discurso de entrada porque la muerte se lo llev�, Jos� Hierro.

Jos� Mar�a de Areilza y Mart�nez Rodas naci� en Portugalete en 1909. Estudi� ingenier�a industrial en Bilbao y Derecho en Salamanca. Alcalde de Bilbao entre 1937 y 1938, y Director General de Industria en el primer Gobierno del general Franco (hasta 1939), fue ejerciendo la carrera diplom�tica cuando encontr� un campo de acci�n especialmente adecuado para desarrollar algunas de sus habilidades, como fueron la perspectiva hist�rica, el don de gentes, la previsi�n, la constancia y la paciencia. Fue primero embajador de Espa�a en Buenos Aires (1947-1950), despu�s en Washington (1954-1960) y finalmente en Par�s entre 1960 y 1964, a�o en el que dimiti� y que marc� un punto de inflexi�n en su relaci�n con la pol�tica espa�ola. Embajadas todas ellas cruciales, tanto en cuanto a lugar como a momento. Efectivamente, sus a�os en Argentina coincidieron con los de las ayudas del Gobierno del general Per�n a Espa�a; en Estados Unidos, Areilza fue uno de los principales responsables, probablemente el principal, en las iniciativas y actuaciones que condujeron a que Espa�a entrase oficialmente en la Organizaci�n de Naciones Unidas en diciembre de 1955. Por �ltimo, en Francia fue �l quien entreg� al ministro galo de Asuntos Exteriores, el 9 de febrero de 1962, la carta oficial del ministro Castiella en la que se ped�a, en nombre del Gobierno espa�ol, la apertura de negociaciones con vistas a examinar la posibilidad de establecer v�nculos entre Espa�a y la Comunidad Econ�mica Europea, el primer paso que llevar�a, a�os despu�s, en otro universo pol�tico, a nuestra entrada en la Uni�n Europea.

Areilza fue un magn�fico diplom�tico, una persona particularmente dotada para ese dif�cil arte. Cuando en la actualidad contemplamos tanto apresuramiento, tanta rudeza, tanto, me atrever�a a decir, matonismo en la diplomacia internacional, con consecuencias que s�lo el futuro podr� juzgar debidamente, reconforta releer lo que Jos� Mar�a de Areilza entend�a por diplomacia:[ii]

�Diplomacia es el arte de servir los intereses nacionales en el exterior, de conocer y estudiar al detalle los prop�sitos e intenciones exteriores ajenas que puedan interferir las necesidades o aspiraciones propias; de buscar soluci�n a las cuestiones que tienen salida y evitar que se enconen hasta la violencia los problemas insolubles; de ponerse en el lugar y en la mente del interlocutor for�neo para que el di�logo con �l sea coherente y fruct�fero; de aprovechar intuitivamente cuantos resquicios ofrezcan las circunstancias de cada momento para avanzar las posiciones propias; y de analizar con exactitud la relaci�n de fuerzas entre el pa�s que se representa y la naci�n ante la que se act�a, entendiendo por fuerzas todos los elementos que integren la verdadera potencia de un Estado�.

No es extra�o que una persona de tal calibre fuese nombrado (en 1976) ministro de Asuntos Exteriores en el primer Gobierno de la Monarqu�a, ni que ocupase la Presidencia, entre 1981 y 1983, de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, un buen puesto para quien hab�a escrito apenas dos a�os antes:[iii] ��Qu� es hoy Europa?... Europa es, ante todo, libertad y cultura. Libertad como inspiraci�n de la vida p�blica, cultura como elevaci�n del hombre hacia la exaltaci�n de lo mejor de �l mismo�.

Fue un ensayista notable y memorialista activo. Autor de obras como Reivindicaciones de Espa�a (1941), en colaboraci�n con Fernando Mar�a Castiella, que recibi� el Premio Nacional de Literatura, Embajadores sobre Espa�a (1947), Escritos pol�ticos (1968), Figuras y pareceres (1973), As� los he visto (1974), Diario de un ministro de la monarqu�a (1977), La Europa que queremos (1986), por el que recibi� el Premio Espasa-Calpe de Ensayo, y A lo largo del siglo (1992), su autobiograf�a. En 1966 ingres� en la Real Academia de Ciencias Morales y Pol�ticas, y veinte a�os despu�s, en 1987, en la Casa que hoy nos acoge. Falleci� en 1998.

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III

Hay personas a las que respetamos por lo que terminaron siendo, por c�mo se fueron forjando en ese complicado crisol que es la vida; por lo que llegaron a ser y por c�mo nos ayudaron a ser mejores. Y otros a los que amamos por lo que siempre fueron: el caso de Jos� Hierro, poeta.

Si es dif�cil no sentirse casi como un furtivo ante el honor de ser elegido miembro de la Real Academia Espa�ola, mayor es esta sensaci�n cuando se sustituye a un grand�simo poeta; m�s a�n, cuando se ocupa el lugar de un grand�simo poeta al que la muerte se llev� antes de que pudiese hacer lo que estoy haciendo yo hoy: cumplir con el �ltimo tramite para ser miembro de pleno derecho de esta hist�rica Corporaci�n, y ocupar el sill�n con la letra que le ha correspondido. La letra G en el caso de Jos� Hierro, una letra que �l glos� como yo nunca podr� hacer. �Gracias, gracias, gracias�, escribi�, �lo canto con mi guitarra de Agua de G, con mi garganta engalanada �ga, go, gu� con los gangosos gorgoritos, con galanuras de gallo, con insistencia de grillo, con ferocidad de tigre�.[iv]

Jos� Hierro Real naci� en Madrid en 1922, aunque pronto hizo de Santander su patria chica. Su primer poema, �Una bala le ha matado�, apareci� en el n�mero 26 de la revista CNT, de Gij�n, en enero de 1937. Detenido el 13 de septiembre de 1939, acusado de pertenecer a una organizaci�n clandestina de ayuda a presos y de ser miembro de la �Uni�n de Escritores y Artistas Revolucionarios�, ingres� en la Prisi�n Provincial de Santander. Con la excepci�n de unos pocos meses de libertad condicional en 1940, no saldr�a de la c�rcel, despu�s de peregrinar por diversos presidios, hasta enero de 1944. Motivos tuvo, pues, para ser rencoroso, para encarar la vida con recelo y tristeza, pero nada m�s lejos de su personalidad. Fue uno de esos raros alquimistas que conocen el secreto de la transmutaci�n del resentimiento en generosidad para con los dem�s.

�Llegu� por el dolor a la alegr�a
Supe por el dolor que el alma existe�,

rezan los versos iniciales de uno de sus poemas tempranos, incluido en su primer libro, Alegr�a, publicado en 1947.

Si ganarse la vida es para un escritor con demasiada frecuencia tarea complicada, m�s lo es para el escritor-poeta. No debe, por tanto, sorprender que Jos� Hierro desempe�ase empleos muy diversos, como, y menciono solamente algunos: listero en un taller metal�rgico, corrector de pruebas e ilustrador de cubiertas en la Editora Nacional, miembro del equipo de promoci�n de la editorial Reader�s Digest, y colaborador de Radio Nacional de Espa�a desde 1966 hasta 1980, a�o en que pas� a formar parte de la plantilla fija del Ente P�blico RTVE, hasta su jubilaci�n en 1987.

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Tanta precariedad laboral no le impidi� hacer aquello que siempre quiso hacer, aquello que sab�a hacer: ser poeta. Entre sus libros quiero hoy recordar obras como Tierra sin nosotros (1947), Quinta del 42 (1953), Cuanto s� de m� (1957), Libro de las alucinaciones (1964) o Cuaderno de Nueva York (1998). Y tambi�n mencionar que este pa�s nuestro no le neg� sus mejores reconocimientos: fue, en efecto, Premio Juan March  en 1957, Premio de la Cr�tica en 1958 por Cuanto s� de m�, en 1965 por El libro de las alucinaciones y en 1999 por Cuaderno de Nueva York, Premio Pr�ncipe de Asturias de las Letras en 1981, Premio de las Letras Espa�olas en 1990, doctor honoris causa por la Universidad Internacional Men�ndez Pelayo en 1995, Premio Cervantes en 1998 y Premio Nacional de Poes�a en 1999, por Cuaderno de Nueva York, el mismo a�o que fue elegido para la Real Academia Espa�ola. Falleci� el 21 de diciembre de 2002.

Hasta aqu� algunos datos, pero �qu� decir de su obra, de su poes�a? �Tal vez, como se ha se�alado, no sin raz�n, que fue un poeta de grandes conjuntos, �que se prestan mal a la cita del verso o versos aislados�?[v] �Tratar de profundizar en lo que el propio Hierro manifest� en cierta ocasi�n: �Ahora, cuando los que creen en las modas, piensan que la poes�a social ha pasado de moda, afirmo orgullosamente �aunque sigo son entender cu�les son exactamente los l�mites de lo social� mi condici�n de poeta social�?[vi] Comprender�is que no me atreva yo a introducirme en los procelosos terrenos de la cr�tica literaria, m�s a�n en presencia de algunos de los m�s distinguidos conocedores de la obra de este poeta. Como historiador prefiero dar, siempre que es posible, la palabra a mis personajes, y hay unas l�neas de Jos� Hierro que en mi opini�n reflejan muy bien la esencia de su obra. Son estas:[vii] �Todo poeta, al perennizar las cosas, debe someterlas a un orden. Mi poes�a carece de �l, es una poes�a sin soluci�n de continuidad. M�s que armon�a, conscientemente, he pretendido ser caos. He expuesto lo que yo cre�a del alma m�a sin buscar una compensaci�n en otro plano. Es una poes�a rota, que huye de la m�sica de los o�dos, acaso porque cree tanto en ella que piensa que es preciso llegar a su lado con toda pureza, limpio de sentimientos turbios; he pretendido, ante todo, ser honrado, ser sincero. Y mi honradez y mi sinceridad consisten en mostrarme tal cual soy. He querido cantar, d�a a d�a, lo que hay en m�, en vez de resumir mis experiencias en un solo poema que ya estuviese prendido a la armon�a. Creo en la vida ante todo�.

En Tierra sin nosotros hay un poema que Hierro dedic� a la �Luna�, un poema que quiero utilizar hoy para finalizar este breve recuerdo m�o de un poeta que nunca pudo disfrutar del honor de ocupar el sill�n para el que esta Casa tan merecidamente le nombr�:[viii]

��rboles, puentes, torres, montes, mares, caminos.
Y todo a la deriva se ir� desvaneciendo.
Cuando ellos ya no vivan, en el espacio, libre,
T� seguir�s viviendo. 

Y cuando nos cansemos (porque hemos de cansarnos).
Y cuando nos vayamos (porque te dejaremos).
Cuando nadie recuerde que un d�a nos morimos
(porque nos moriremos),
pandereta de siglos para dormir al hombre,
media manzana de oro que mide nuestro tiempo,
cuando ya no sintamos, cuando ya no seamos,
t� seguir�s viviendo�.

             Jos� Hierro, estoy seguro, seguir� viviendo en nuestra memoria incluso cuando nadie recuerde el hombre bueno que fue.

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IV

Elogio del mestizaje. Historia, lenguaje y ciencia, es el t�tulo que he elegido para el discurso con el que debo cumplir el requisito que la Real Academia Espa�ola impone a sus nuevos miembros. �Elogio del mestizaje�, pero entendiendo por �mestizaje� no la primera acepci�n que recoge nuestro Diccionario, �cruzamiento de razas diferentes�, un concepto �ste peligroso, por cierto, cuando se quiere aplicar a nuestra especie. Y es que no hay �razas puras� y �si se tratara de crearlas podr�an resultar muy poco atractivas�, como se�al� el eminente bi�logo molecular y de poblaciones Luca Cavalli-Sforza.[ix] Cuando se estudia cualquier sistema gen�tico, siempre se encuentra un alto grado de polimorfismo, esto es, de variedad gen�tica. De hecho, las diferencias entre individuos son m�s importantes que las que se aprecian entre grupos raciales. Para intentar conseguir la �pureza gen�tica� habr�a que evitar que se produjesen, durante muchas generaciones, cruzamientos que no fuesen entre parientes cercanos. Esto es algo que se hace, es cierto, con algunas especies animales, pero se sabe que los riesgos de esterilidad son muy altos. El beneficio �el exagerado, anormal, desarrollo de una, o unas pocas, facultades� suele ser poco �til fuera de escenarios como hip�dromos o can�dromos, esto es, cuando se trata de defenderse en la complejidad de la vida. Por el contrario, la fertilidad y la salud tienen entre sus pilares preferentes los cruzamientos entre individuos de distinto origen.

No hay, pues, �razas� sino �especies�, aunque nos empe�emos en levantar fronteras gen�ticas, fronteras imaginarias basadas a la postre no en el conocimiento cient�fico sino en nuestros deseos por diferenciarnos, cuando no, seamos francos, de rechazar a �los otros�. Si se quiere persistir en continuar utilizando el t�rmino �raza�, podr�amos emplearlo en un sentido cultural, no biol�gico, o al menos destacar la importancia de este aspecto. Aplicado a los humanos, esto quiere decir que lo que une a grupos biol�gicos es sobre todo, por encima de algunos rasgos f�sicos comunes, la cultura, el pasado y las tradiciones compartidas, la historia, en definitiva. Y tambi�n quiere decir, que no debemos ver en los cruzamientos de razas, esto es, de culturas, algo perjudicial, peligroso, sino, las m�s de la veces, algo enriquecedor, saludable, vital. La �pureza�, concepto peligroso donde los haya, no se encuentra en la gen�tica, desde luego, pero tampoco en el aislamiento, en extra�arse de los otros; es, por el contrario, un camino, un camino que, como dijo el poeta, �se hace al andar�; una senda que vamos construyendo al vivir. La pureza no es una realidad que nos preceda o subsuma, no es una meta preestablecida, es un compromiso con la vida, con el trabajo bien hecho y con la decencia. Es abrirse a los dem�s, no cerrarse a los otros.

Es por esto que hoy he elegido elogiar el mestizaje, pero entendido seg�n la tercera de las acepciones de nuestro Diccionario, aquella que reza: �Mestizaje: mezcla de culturas distintas, que da origen a una nueva�.

V

Qu� tiene que ver, podr�ais decirme, el mestizaje con la ciencia, que tambi�n figura en el t�tulo de mi exposici�n de hoy. Pues mucho. Como ver�is, mi intenci�n es situar a la ciencia dentro de la vida, en la historia, no �de la ciencia�, sino en la historia a secas. Quiero hablaros esta tarde de domingo madrile�o de lo mucho que la ciencia ha recibido y puede recibir del mestizaje, de la mezcla de culturas, de los cruces de caminos.  No ignoro, por supuesto, que la ciencia es un hogar con muchos escondrijos, que dentro de eso que llamamos ciencia se encuentran m�ltiples tradiciones, orientaciones, estilos, m�todos, personalidades, pretensiones o problem�ticas. As�, podemos encontrar en ella modos de investigar y de pensar que se complacen en el aislamiento disciplinar; modos en los que domina el pensamiento abstracto, sometido a sus propias y exclusivas reglas l�gico-mentales, y en los que es dif�cil hablar de �mestizaje�. La matem�tica ha sido un dominio en el que tales comportamientos han sido frecuentes, aunque bien es cierto que no tanto, o de manera tan exclusiva, como muchos pretenden. El matem�tico brit�nico Godfrey Harold Hardy fue uno de los que con m�s vehemencia defendi� la �pureza� de las matem�ticas, su extra�amiento de culturas, de mundos que no son el suyo propio. En este sentido en su c�lebre y conmovedora Apolog�a de un matem�tico (1940) escribi�:[x] �un matem�tico trabaja con su propia realidad matem�tica... las matem�ticas puras me parecen como una roca en la que cualquier tipo de idealismo zozobra: 317 es un n�mero primo no porque lo pensemos nosotros o porque nuestras mentes hayan sido predispuestas a ello de una forma o de otra, sino porque as� es, porque la realidad matem�tica est� construida de esta forma�. Esto es verdad, ciertamente, y negarlo ser�a de necios, pero argumentar� m�s adelante que la matem�tica tambi�n es otras cosas.[xi]

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Tambi�n en la f�sica podemos encontrar esos ensimismamientos intelectuales fecundos. Algo, o mucho, de esto hubo en el Albert Einstein de la relatividad general, la teor�a de la interacci�n gravitacional que logr� completar en noviembre de 1915, despu�s de varios a�os de intensos esfuerzos. En efecto, cuando indagamos en el camino que le llev� a esa teor�a, encontramos unas pocas y bastante aut�nomas l�neas directrices: el hecho (descubierto por Galileo) de la identidad entre masa inercial y masa gravitacional, la equivalencia local de gravitaci�n y sistemas no inerciales (principio de equivalencia), y el principio de relatividad general.

Existen, por tanto, situaciones, episodios de la ciencia en los que el grado de mestizaje es, en el sentido que yo pretendo dar a este t�rmino hoy, peque�o, si no insignificante. Aceptemos esto sin ning�n problema (en la this site �que es otro tipo de mestizaje� reside la fecundidad), y vayamos ya a explorar las ben�ficas consecuencias del mestizaje en la ciencia, a la luz del an�lisis hist�rico.

VI

Antes, no obstante, permitidme se�alar que aunque voy a tratar de ciencia, me gustar�a que mis palabras no fuesen o�das o le�das s�lo bajo esa luz. Creo firmemente, y me interesa dejarlo claro en esta ocasi�n, �nica para m�, que el conocimiento cient�fico constituye uno de los valores m�s firmes de nuestra especie, uno de sus atributos m�s nobles y distintivos. Creo que las vidas de todos aquellos ignorantes de los conocimientos y valores cient�ficos son existencias limitadas, desprovistas de un instrumento maravilloso de liberaci�n, material e inmaterial, que hemos construido nosotros mismos, los Homo sapiens sapiens, esto es, los �humanos que saben que saben�. Lo que m�s nos distingue de otras especies no es �saber� � �no saben acaso tambi�n otras especies?�, sino �saber que sabemos�. Y en este saber que sabemos, la ciencia desempe�a un papel si no crucial, s� muy distinguido.

Creo en todo esto, s�, en el valor liberador y depurador de la ciencia, pero tambi�n creo �no creo, s� con igual firmeza que la vida no se reduce totalmente a la ciencia; que pobre vida ser�a aquella que �nicamente viese la realidad con los ojos del an�lisis y la s�ntesis cient�fica. Precisamente por esto, me gustar�a que escuchaseis, que interpretaseis, mis disquisiciones de esta tarde en favor del mestizaje en la ciencia tambi�n como una defensa de la tolerancia, como un alegato en pro del respeto e inter�s por �los otros� y por sus culturas, como una manifestaci�n de mi convicci�n racional �y compasiva al mismo tiempo� de que adentrarse desde la cultura propia en otras no puede acarrear sino beneficios; cuando menos el beneficio de la comprensi�n.

Yo mismo soy �y todos los somos en una medida u otra� fruto de muy diversos mestizajes, y con orgullo me presento as� ante vosotros. Mi patria es el pa�s del Toledo de las tres culturas, la musulmana, la jud�a y la cristiana. El Toledo de las tres lenguas, �rabe, hebreo y lat�n. La ciudad que m�s hizo por llevar a Europa los contenidos de la vieja, m�tica, biblioteca de Alejandr�a, el mejor ejemplo temprano de mestizaje: �no hab�a sido construida precisamente para llevar a Alejandr�a los libros de todos los pueblos del mundo? El Toledo al que llegaban eruditos de todas partes de Europa para acometer la hermosa y gigantesca tarea de verter la ciencia, t�cnica y filosof�a del idioma �rabe a una lengua, la latina, que hab�a estado durante siglos al margen de esos temas. Gentes cuyos nombres revelan, con la claridad del agua m�s transparente, el car�cter internacional y multicultural de aquella empresa: Plat�n de Tivoli, Gerald de Cremona, Adelardo de Bath, Robert de Chester, Hermann el D�lmata, el jud�o converso hispano Mos� Sefard� de Huesca �quien tom�, al ser bautizado, el nombre de Pedro Alfonso�, Rodolfo de Brujas o Juan de Sevilla.

Quien os habla es tambi�n, como vosotros, fruto de mestizajes. Soy un espa�ol y europeo, natural y habitante de ese crisol de culturas que llamamos Madrid, descendiente de hombres y mujeres que vinieron, unos del norte, de Galicia, y otros del sur, de Andaluc�a, y antes �qui�n sabe de d�nde? Del centro de �frica, en �ltima instancia, lugar en el que creemos surgi� hace alrededor de 100.000 a�os (no mucho, aproximadamente unas 4.000 generaciones humanas) y comenz� su, no demasiada larga en t�rminos biol�gicos pero s� intensa, andadura nuestra especie. Estudi� F�sica, y durante algunos a�os ejerc� el duro empe�o del investigador en esa ciencia, hasta que lo troqu� por la historia, por la historia de la ciencia. Me gusta pensar que algo he retenido de las culturas cient�fica e hist�rica, y que me esfuerzo por reunirlas y no por separarlas. No soy ajeno tampoco a la cultura de los ensayistas ni a la de los divulgadores de la ciencia. Si alguno de estos, f�sicos e historiadores de la ciencia, en particular, cient�ficos e historiadores en general, ensayistas y divulgadores, se sienten hoy representados por m�, lo considerar� un honor. En cualquier caso, que no dude ninguno de ellos que me afanar� porque sus preocupaciones sean tambi�n las de esta Casa.

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VII

La historia de la ciencia, dec�a hace un instante, es reconstruida con frecuencia buscando h�roes individuales y purezas disciplinares. Pero, �qu� queda de esa pretendida pureza en tantos y tantos casos, cuando se mira el pasado empleando los finos �tiles que suministra la historia? A continuaci�n analizar� algunos ejemplos, que dan testimonio de lo mucho que el mestizaje ha dado a la ciencia. Comenzar� por Arist�teles (384-322 a. C.), el pensador sin el cual la historia intelectual de Occidente se escribir�a de otra manera, el autor de una obra que atraves� sociedades y pueblos tan diferentes como la Atenas hel�nica, la Roma imperial, el Islam y la Europa renacentista. Durante m�s de dos mil a�os, desde el siglo IV a. de C. hasta el siglo XVII de nuestra era, Arist�teles ejerci� un ascendiente sin precedentes ni paralelo sobre la ciencia y la filosof�a, sobre el pensamiento, en general, universal.

Arist�teles parece, en efecto, un moj�n p�treo en el horizonte de los tiempos y de las culturas, una figura transcultural y no un hijo del mestizaje. La realidad es, sin embargo, completamente diferente: en m�s de un sentido se puede decir que como autor Arist�teles probablemente no existi�; s� el hombre llamado Arist�teles, por supuesto. La evidencia de que ahora disponemos muestra que las obras que se le adjudican fueron, en sus inicios, recopilaciones de notas, conjuntos de hechos y otros fragmentos de las clases que dictaba en el Liceo, que fueron reunidos, corregidos y a menudo escritos por sus estudiantes; esto es, creaciones comunales, que nunca fueron pensadas como definitivas y que eran revisadas continuamente. Pero esto no es m�s que el principio de una larga historia que s�lo puedo esbozar aqu�.[xii]

A la muerte de Arist�teles, sus papeles, �sus obras�, pasaron a manos de uno de sus amigos, Neleo, su m�s probable sucesor en la direcci�n del Liceo, algo que no lleg� a suceder ya que por motivos pol�ticos tuvo que abandonar Atenas. A la muerte de Neleo, sus herederos enterraron los papeles de Arist�teles, con la intenci�n de salvaguardar tan valioso tesoro. Al hacer esto, condenaron a los documentos a los efectos de la descomposici�n, aunque se salvasen de la destrucci�n total. Sacados de nuevo a la luz, el corpus aristot�lico fue vendido a un bibli�filo romano, que intent� repararlo y editarlo para convertirlo en un conjunto armonioso. Vinieron despu�s una serie de propietarios que encargaron a diversos eruditos nuevas correcciones e interpretaciones, incluyendo llenar los huecos f�sicos que hab�a dejado su enterramiento. Uno de esos propietarios, el anticuario ateniense Apelic�n, llev� los escritos aristot�licos de vuelta a Atenas, restaur�ndolos de una forma que ha pasado a los anales como especialmente desafortunada. El a�o 86 a. de C., cayeron en manos de Sila, cuando �ste conquist� Atenas, regresando a Roma con ellos, en donde de nuevo fueron manipulados, esta vez por manos m�s competentes, pero tambi�n copiados pobre y repetidamente. Porfirio, en su Vida de Plotino, relata que fue Andronico de Rodas quien dividi� el corpus aristot�lico en libros distintos, agrupados en temas.[xiii] Fueron copias de esta edici�n de Andronico las que sobrevivieron hasta el siglo II ya en la era cristiana, cuando se reaviv� el inter�s por Arist�teles. Por entonces, los papeles originales del maestro y de sus disc�pulos hab�an desaparecido, y con ellos cualquier intento de entrar en contacto con �el verdadero Arist�teles�.

Tampoco la historia se acaba en este punto. Tendr�a ahora que comentar las peripecias que la edici�n de Andronico experiment�, durante los siglos V y VI, al ir desplaz�ndose hacia el este, conviviendo con persecuciones y traducciones: al siriaco, al �rabe y al persa, hasta llegar a ser absorbida por la cultura isl�mica en los siglos VIII y IX. A partir de entonces, las obras �de Arist�teles� se copiaron, editaron y probablemente reorganizaron durante centurias, hasta penetrar en la Europa, vertidas al lat�n del �rabe, durante los siglos XI y XII.

A este mestizaje de culturas y de siglos, es a lo que llamamos Arist�teles.

Continuemos avanzando en el tiempo, y veamos otros ejemplos, tomados de diferentes disciplinas cient�ficas y �pocas, aunque todos de personajes tan conocidos como mitificados. Comenzando por Isaac Newton (1642-1727), el �Grande entre los Grandes�. (Continuar�).

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  • [i] Para m�s detalles acerca de Cassani, consultar Constantino Eguia, �El P. Jos� Cassani cofundador de la Academia Espa�ola�, Bolet�n de la Real Academia Espa�ola 22, 7-30 (1935), y Juan Vernet Gines, Historia de la ciencia espa�ola (Instituto de Espa�a, Madrid 1975), p. 159.

  • [ii] Jos� Mar�a de Areilza, Memorias exteriores, 1947-1964 (Planeta, Barcelona 1984), p. 13.

  • [iii] Jos� Mar�a de Areilza, �La Europa de Estrasburgo�, ABC, 13 de mayo de 1979. Reproducido en Jos� Mar�a de Areilza, Prosas escogidas (Espasa-Calpe, Madrid 1986), pp. 337-341; cita en p. 340.

  • [iv] Jos� Hierro, �G may�scula. Memorial de agravios de la letra G�, en Al pie de la letra. Geograf�a fant�stica del alfabeto espa�ol que escriben los miembros de la Real Academia Espa�ola, inspir�ndose en la letra del sill�n que en ella ocupan (Caja Duero, 2001), p. 101.

  • [v] Miguel Garc�a-Posada, Las ramas de oro (Pen�nsula, Barcelona 2002), p. 92.

  • [vi] Jos� Hierro, en 13 poetas testimoniales, antolog�a de Segismundo Lince (Editorial Edaf, Madrid 2000), pp. 123-124.

  • [vii] Jos� Hierro, �Sobre teor�a po�tica y poes�a de su tiempo�, en Guardados en la sombra, edici�n de Luce L�pez-Baralt (C�tedra, Madrid 2002), pp. 42-43. Seg�n L�pez-Baralt, posiblemente Hierro ofreci� este texto como conferencia hacia 1952.

  • [viii] Jos� Hierro, �Luna�, poema de Tierra sin nosotros, recogido en De Cantabria, del mar y otras nostalgias, edici�n de Aurelio Garc�a Cantalapiedra (Ediciones de Librer�a Estudio, Santander 2001), p. 11.

  • [ix] Luca y Francesco Cavalli Sforza, Qui�nes somos. Historia de la this site humana (Cr�tica, Barcelona 1994; versi�n original en italiano de 1993), p. 255.

  • [x] Godfrey H. Hardy, Apolog�a de un matem�tico (Nivola, Madrid 1999; versi�n original inglesa de 1940), p. 119.

  • [xi] La dimensi�n pura, ajena a mestizajes, de la matem�tica se ve favorecida por tratarse de una disciplina en la que las mentes muy j�venes son (o han sido) capaces de grandes aportaciones, y cuanto m�s joven m�s inmune se es a mestizajes culturales. Galois, por ejemplo, muri� a los 21 a�os, Abel a los 27 y Ramanujan a los 33.

  • [xii] Para m�s detalles, consultar R. Shute, On the History of the Process by which the Aristotelian Writings Arrived at Their Present Form (Clarendon Press, Oxford 1888), y Scott L. Montgomery, Science in Translation (The University of Chicago Press, Chicago 2000), pp. 5-10

  • [xiii] Porfirio, Vida de Plotino (Editorial Gredos, Madrid 1982), pp. 167-168.

 


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Jos� Manuel S�nchez Ron es miembro de la Real Academia Espa�ola (RAE) y ley� �ste, su discurso de ingreso, el 19 de octubre de 2003..

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