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15 de junio de 2005


Tribuna de opini�n

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JOS� G. MORENO DE ALBA

this site y this site del espa�ol: el l�xico

Introducci�n
Abundantes diferencias en el l�xico regional y rural
Pocas diferencias en el l�xico fundamental
Notables diferencias en el proyecto Varilex
No tan importantes diferencias en los l�xicos disponibles de los diversos dialectos
El concepto de variaci�n l�xica es algo necesariamente relativo

Bibliograf�a

Notas
 

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1. Introducci�n

 

Es interesante constatar que la frecuencia de aparici�n de tal o cual lexema en la lengua hablada o escrita es inversamente proporcional a la riqueza de la clase a la que pertenece: evidentemente las m�s frecuentes son las palabras gramaticales1; por lo contrario, las voces m�s raras, m�s especializadas, las que aparecen muy de vez en cuando en un texto oral o escrito, pertenecen a las clases m�s ricas (los verbos, los adjetivos, y, sobre todo, los sustantivos). La funci�n del l�xico tiene que ver con un proceso de designaci�n, que se aplica a entidades de la experiencia, mientras que la gram�tica trata con madalidades agregadas o conferidas a esas entidades. Los nombres sustantivos son sin duda las palabras l�xicas (en cuanto no gramaticales) m�s representativas. La clase de los sustantivos es tan extensa porque a ella pertenecen no s�lo esos pocos nombres que todos conocemos y empleamos cotidianamente, sino tambi�n los muchos millares de palabras raras. Son los sustantivos, sobre todo lo llamados comunes, los que nos permiten organizar el mundo en grupos, en clases, en taxonom�as, de conformidad con las necesidades que va se�alando la experiencia.

 Ya sea por el frecuente recurso de la derivaci�n y composici�n, ya sea mediante la combinaci�n de ra�ces griegas y latinas, ya sea por la penetraci�n de extranjerismos provenientes de otras lenguas modernas, continuamente llegan a los l�xicos generales de cada idioma vivo palabras nuevas, que se incorporan a esos acervos no por casualidad o por capricho de tal o cual hablante, sino por imperiosas necesidades de designaci�n. En un mundo cambiante, donde cada d�a hay novedades en todos los terrenos, tambi�n los nombres que sirven para designarlas nacen exactamente con la misma velocidad. Cualquier objeto o concepto nuevo requiere de inmediato ser nombrado; son los nombres, los sustantivos neol�gicos los que cumplen, siempre a tiempo, esta funci�n designadora.2

 Ciertamente la lengua espa�ola parece tender hoy m�s a la this site que a la this site. Es innegable empero que en un idioma extendido por tan extensos territorios y con tantos millones de hablantes debe haber diferencias internas m�s o menos acusadas. En los profundos niveles ling��sticos correspondientes a la fonolog�a y a la gram�tica estas divergencias no son particularmente graves; en la fon�tica y, sobre todo, en el vocabulario son f�cilmente perceptibles para cualquiera. Hace a�os, Rosenblat (1971:11 y ss.) explicaba que son muy diferentes las opiniones que sobre la this site del espa�ol pueden dar los turistas, los puristas o los fil�logos. A un turista espa�ol que llegue a M�xico --escrib�a-- le sorprender� que en el desayuno le ofrezcan bolillos (cierto tipo de pan blanco), que en la calle pueda abordar un cami�n (autob�s) o pedir un avent�n (autostop), que sea un bolero el que le bolee (asee) los zapatos, que en el tel�fono le contesten �bueno!, que ah� las casas se renten (se alquilen), que pueda acompa�ar sus bebidas con botanas (tapas), que haya establecimientos como las loncher�as (cierto tipo de cafeter�as modestas), tlapaler�as (ferreter�as donde se venden tambi�n pinturas), miscel�neas (peque�as tiendas de comestibles), rosticer�as (asadores), etc. Algo semejante le pasar� a cualquier otro turista que llegue a las dem�s ciudades del extenso mundo hispanohablante porque hay ah� necesariamente diferencias l�xicas, aunque sin duda es una tarea pendiente determinar si �stas afectan o no a la esencia misma de la lengua o si impiden de manera notable la comunicaci�n entre los diversos grupos.

Aceptando que existen diferencias considerables en el l�xico de las diversas regiones del extenso mundo que habla espa�ol, a las que adem�s deben sumarse las que se originan por razones sociales, es asimismo indudable que hay tambi�n un enorme caudal l�xico com�n a todos los hispanohablantes, observable por ejemplo en la literatura. Esto no quiere decir de ninguna manera que est�n desapareciendo las diferencias regionales. Lo que habr�a que determinar es si ten�a o no raz�n el mismo Rosenblat (1971:32) cuando escrib�a aquello de que las designaciones b�sicas (parentesco, partes del cuerpo, objetos m�s comunes, f�rmulas de la vida social...) son comunes a todos:

Al pan lo seguimos llamando pan, y al vino, vino. Por encima de ese fondo com�n las divergencias son s�lo peque�as ondas en la superficie de un oc�ano inmenso.

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2. Abundantes diferencias en el l�xico regional y rural

En el pr�logo al poema Nastasio de Soto y Calvo, el gran fil�logo colombiano Rufino Jos� Cuervo, a fines del siglo XIX, escrib�a lo siguiente:

Hoy sin dificultad y con deleite leemos las obras de los escritores americanos sobre historia, literatura, filosof�a; pero en llegando a lo familiar o local, necesitamos glosarios.

En efecto, no es el vocabulario culto, bastante estandarizado, sino el popular y, sobre todo, el rural, el regional, el que hace ver a la lengua espa�ola (igual que a cualquier otra) como un inmenso mosaico constituido por infinidad de vocablos y acepciones de muy reducida extensi�n geogr�fica pero de hondo arraigo entre los hablantes de tal o cual pueblo o regi�n. Fuentes confiables de este tipo de diferencias son sin duda los atlas ling��sticos, que no s�lo organizan conceptos en campos sem�nticos sino tambi�n muestran la distribuci�n geogr�fica de los vocablos en una zona determinada. Imposible en una comunicaci�n como �sta detenerme a ejemplificar con detalle la enorme this site l�xica del espa�ol reginal y rural en el mundo. Basten algunos pocos conceptos y vocablos tomados de cuatro atlas: el de Andaluc�a (ALEA), el de Canarias (ALEICan), el de Colombia (ALEC) y el de M�xico (ALM).

Un concepto (y sus designaciones) tomado del mundo de la fauna: a la luci�rnaga, en Andaluc�a se le llama, predominantemente, bichito de luz pero tambi�n: candilico, gusanito de luz, linterna, bichuchico, reluzangana...; en Canarias sobresale la designaci�n cucuyo y, secundariamente: luci�rnaga, salvaja, fuego fatuo, fuego salvaje, mi�oca, yuy�...; en Colombia predomina el vocablo candelilla y tambi�n se emplean: luci�rnaga, alumbraculo, cocuy, cocuyo, laga�a de perro, manzana...; la voz preferida en M�xico es luci�rnaga, que alterna con: cocay, cocuyo, lucerna, alumbrador, linterna, copeche, chupiro, cucayo, chilasca, churrupitente, santamarta, tag�inche, gusanito, moscaque, cacusagui, pilil, pil�n, arlomo, caballero, chupamecha, chuperete, currupete, lucecita, marticuil, martita, prendedor, prendeyapaga, santiaguillo, tachinole, trencito, viejita... En s�lo cuatro regiones del mundo hisp�nico se registran, para este concepto, m�s de 50 designaciones.

 Suele pensarse que las partes del cuerpo humano se designan de manera uniforme porque se trata de las llamadas designaciones b�sicas. F�cilmente se encuentran contraejemplos. V�ase el caso del concepto 'dedo me�ique'. En Andaluc�a se le llama, preferentemente, me�ique, aunque tambi�n, como secundarias, se dan las siguientes designaciones: chico, margarito, chiquit�n, miche, t�tere, tete, chiqueni�o, chipil�n, garite... En Canarias se prefiere margarito, que alterna con: m�rgaro, me�ique, mangari�o, peque�o, meringui�o... En Colombia parecen prevalecer los vocablos me�ique y chiquito, aunque tambi�n es frecuente tientagallinas. En M�xico, finalmente, como en Andaluc�a y Colombia hay predominio de me�ique y, como designaciones secundarias: chiquito, ni�o chiquito (y bonito), chocoyote (de origen n�huatl), menor, peque�o, quinto, tup (o tupito), de origen maya, de la gallina, desconsolado... M�s de 20 designaciones para un concepto de designaci�n b�sica.

Por �ltimo, en lo que respecta a l�xico regional y rural, consid�rese un concepto cuyo referente no pertenece ni a la flora, ni a la fauna, ni al cuerpo humano. Aludo a 'diablo'. Llama la atenci�n que, mientras en Andaluc�a y Canarias s�lo se documentan dos designaciones (diablo y demonio), en M�xico y, sobre todo, en Colombia, adem�s de esas dos, se registren muchas m�s. Designaciones secundarias en M�xico son: satan�s, lucifer, chamuco (de origen n�huatl), pingo, chango, luzbel, sat�n, el enemigo, cam�ndula, jud�o... Sorprende que, en el mapa del ALEC correspondiente a este concepto, se documenten m�s de 100 formas de llamar al diablo en Colombia, algunas de las cuales son: barrab�s, busiraco, cach�n, cachudo, caif�s, capataz, compadre, cuco, chiras, di�nchiro, diantre, enemigo malo, gato negro, guain�s, judas, jud�o (errante), luzbel, mahoma, mandingas, malingno, ma�oco, perro negro, tentaci�n, trampas, u��n, viru�as...

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3. Pocas diferencias en el l�xico fundamental

El corpus que se viene utilizando para el importante proyecto del "Diccionario del espa�ol de M�xico"3consta de 1,891,045 vocablos;4de �l se obtuvo un vocabulario constituido por 64,183 palabras. Ahora bien, cuando se prepar� el Dfem (1982), "al acumular los vocablos que constituyen el 75 % de todas las emisiones ling��sticas cultas en el espa�ol de M�xico, se comprob� que est�n formadas por 1,451 palabras. Esta acumulaci�n es el vocabulario fundamental" ("Introducci�n" del Dfem 1982:11). �sas son las entradas del Dfem (1982). Es posible que, a primera vista, parezcan pocas palabras. Sin embargo, como se se�ala en esa misma "Introducci�n" (p. 11),

una constante entre muchas lenguas del mundo parece ser que su vocabulario fundamental se aproxime a esa cifra y no pase de dos mil palabras. As� lo han demostrado las investigaciones hechas sobre lenguas tan diferentes como el chino, el japon�s, el franc�s o el ingl�s

Puede muy bien, por tanto, tomarse este l�xico fundamental del espa�ol mexicano como ejemplo, pues muy probablemente la constituci�n de otros vocabularios fundamentales, correspondientes a otros dialectos (espa�ol europeo, argentino, puertorrique�o...) no variar�a mucho, ni en el n�mero ni en el tipo de vocablos. Si se revisan las entradas de este diccionario, si se revisa este l�xico fundamental, con facilidad podr� comprobarse que casi no contiene mexicanismos.5La casi totalidad de entradas corresponde al espa�ol general. V�anse, sea por caso, las 47 entradas que comienzan por b: b, bailar, baile, bajar, bajo1, bajo2, banca1, banca2, banco1, banco2, banco3, ba�ar, ba�o, barco, barrio, basar, base, b�sico, basta, bastante, bastar, batir, beber, belleza, bello, beneficiar, beneficio, besar, beso, bien1, bien2, bilabial, blanco, boca, bolsa1, bolsa2, bonito, brazo, breve, buen, bueno, burgu�s, burgues�a, burocracia, bur�crata, buscar, b�squeda. Ninguna de estas voces puede ser considerada mexicanismo; lo mismo puede decirse de las diversas acepciones de cada una de ellas. Algo similar puede afirmarse del resto de las entradas, aunque no faltan algunos pocos mexicanismos (chile, tortilla [de masa de ma�z]...). En este Diccionario no tienen cabida numerosos mexicanismos que aparecer�n en los otros dos, sobre todo en el Deum (1996), como atole, banqueta ('acera'), bolear, bolero, camote, comal, elote, nopal, petate, tamal...

Es muy probable que, si revis�ramos los vocabularios fundamentales de los dem�s dialectos del espa�ol, formados con t�cnicas estad�sticas semejantes, encontrar�amos lo mismo: la casi totalidad de vocablos y acepciones corresponder�a al espa�ol general y ser�an muy pocas las palabras y acepciones propias de cada uno de los dialectos. M�s a�n: quiz� sea �sta una de las peculiaridades de los vocabularios fundamentales de los dialectos: las diferencias entre vocablos y acepciones entre unos vocabularios y otros es m�nima. Evidentemente, "a partir del l�mite trazado para el vocabulario fundamental [75 % de todas las emisiones ling��sticas cultas] el l�xico aumenta en relaci�n con la enorme variedad de temas especializados..." (Dfem 1982:11). En esa misma proporci�n aumentar�n tambi�n las diferencias en relaci�n con el espa�ol general y con el espa�ol de cada uno de los dem�s dialectos.

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4. Notables diferencias en el proyecto Varilex 6

Como se ve, no es inter�s de los trabajos sobre vocabularios fundamentales la b�squeda de diferencias l�xicas entre las variedades ling��sticas. Hay empero investigaciones l�xicas que ponen �nfasis, precisamente, en las diferencias de vocabulario existentes entre los diversos dialectos. Los instrumentos de consulta, en este caso, est�n pensados no para encontrar el l�xico fundamental de tal o cual dialecto ni tampoco los vocablos que son comunes a todos los hispanohablantes sino que les interesan, casi exclusivamente, aquellos conceptos que se manifiestan por diversas palabras y frases en los diferentes dialectos geogr�ficos y sociales de la lengua espa�ola. Normalmente no es sino hasta que se concluyen las encuestas, cuando los investigadores se dan cuenta de la medida en que el cuestionario fue �til para sus fines (descubrir diferencias l�xicas). A ello se debe que, en este tipo de investigaciones, se vayan depurando y perfeccionado sucesivamente los interrogatorios, hasta que se tiene la seguridad de que la casi totalidad de preguntas obtendr� una aceptable variedad de respuestas.

En VARILEX (1994:XVII-XIX), en la lista de "Las palabras encuestadas", en el campo sem�ntico de la ropa, no aparecen, sea por caso, 'pantal�n', 'camisa' o 'zapatos', conceptos que dif�cilmente ser�an redituables para encontrar diferencias; pero s� est�n los conceptos de los que se tiene cierta garant�a de variaci�n l�xica, por ejemplo: 'chaqueta' (americana, chaqueta, saco, vest�n...), 'cremallera' (cremallera, cierre, cierre rel�mpago, z�per, cierre �clair...) o 'gafas' (gafas, anteojos, lengtes, espejuelos...). De esta forma, la 'lista 2' (VARILEX 1994:XXIV-XXVIII) contiene las 919 paralabras que se obtuvieron como respuestas a las 219 preguntas de ese cuestionario, correspondientes a 14 ciudades. Eso quiere decir que, en promedio, cada concepto se manifest� en cuatro vocablos diferentes. Unos pocos tienen s�lo dos respuestas ('abrigo': abrigo y tapado) pero hay otros que obtuvieron m�s de diez ('palomitas de ma�z': palomitas, cabritas de ma�z, popcorn, cotufas, pop, poror�, copos de ma�z, pachocle, canguil, cancha, rosita de ma�z...).

Conforme va avanzando la investigaci�n, en los a�os siguientes, se llevan a cabo dos importantes modificaciones de m�todo. Por una parte, se van eliminando de la lista de conceptos aquellos que no se muestran suficientemente productivos de variantes l�xicas. Por otra parte, se van a�adiendo cada vez m�s ciudades y, por ende, mayor n�mero de sujetos encuestados.7Estos dos ajustes llevan a resultados sorprendentes, en lo que toca a la productividad de vocabulario por concepto. En Varilex (1999), por ejemplo, se ofrecen, para las mismas preguntas (Serie "A"), respuestas correspondientes no ya a 14 ciudades sino a 44. El cuestionario, por su parte, se redujo a s�lo 150 preguntas. Esto quiere decir que se suprimieron 69 conceptos, que representan m�s de la tercera parte de los que aparec�an en la lista de Varilex (1994). El resultado de la aplicaci�n de estas medidas, entre otras, es observable en el alt�simo n�mero de "palabras" o respuestas "diferentes" para un mismo concepto. Cont� estas respuestas y obtuve como resultado un total de 2,288. El promedio de variantes por concepto, pasa de cuatro, en la lista que aparece en uno de los art�culos de Varilex (1994:XXIV-XXVIII), a 15, en los resultados de la investigaci�n de 1999.

Evidentemente que, si uno estudia con atenci�n las respuestas a cada concepto, se encuentra con que no pocas de ellas son incorrectas por muy diversas razones (mala pregunta del encuestador, falta de comprensi�n o desconocimiento del concepto por parte del encuestado --a pesar de lo cual proporciona una respuesta inventada, equivocada o imprecisa-- pregunta especialmente dif�cil o confusa, etc�tera).8Tambi�n habr�a que determinar hasta qu� punto ciertas respuestas no son sino variantes poco significativas de otra: en la cuesti�n 8 (jeans), por ejemplo, que produjo 22 t�rminos, se anotan, como respuestas diferentes: blue jean y blue jeans, pantalones de mezclilla y pantal�n de mezclilla, tejano y tejanos, pantal�n de jean y pantal�n de jeans... Pues bien, a�n suprimiendo muchas de las respuestas, por estos u otros semejantes motivos, no cabe duda de que subsistir� la mayor�a y desde luego, una cantidad muy superior a la obtenida en las primeras listas de 1994. T�ngase en cuenta, adem�s, que fueron consideradas, en las listas de Varilex (1999), despu�s de suprimir los menos rendidores, s�lo 150 conceptos en apenas 44 ciudades. Imaginemos cu�nto crecer� todav�a el n�mero de variantes si, por una parte, se encuestan m�s ciudades y si, por otra, se construye otro tipo de listas con preguntas igualmente ricas en respuestas diferentes.9

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5. No tan importantes diferencias en los l�xicos disponibles de los diversos dialectos

La lexicoestad�stica se ha centrado en el estudio de la frecuencia de las palabras. Sobre esa base, desde hace algunos a�os vienen determin�ndose, para diversos dialectos (geogr�ficos y sociales) y para determinados conjuntos de hablantes (agrupados por edad, por sexo, por escolaridad, etc.) �ndices de disponibilidad l�xica referidos a diversos campos nocionales o culturales. Se trata de fijar la probabilidad de aparici�n de las palabras que se asocian a un determinado centro de inter�s. Es una manera de relacionar la l�xicoestad�stica con la b�squeda del l�xico fundamental. Se han publicado ya numerosos trabajos de disponibilidad l�xica para diversos dialectos y grupos de hablantes de lengua espa�ola. Para ejempificar la manera en que puede observarse la this site o this site del vocabulario espa�ol en estos �ndices de disponibilidad l�xica me limitar� a valerme de los resultados de la reciente investigaci�n de Valencia y Echeverr�a (1999), que tuvo como sujetos a 2,052 estudiantes chilenos (de todas las regiones del pa�s) cuando asist�an al curso terminal de su ense�anza media. Hubo equilibrio proporcional entre los dos sexos y los tres niveles socioecon�micos establecidos (bajo, medio y alto). Se distinguieron 18 centros de inter�s.10; Las instrucciones fueron muy sencillas. Por ejemplo, en relaci�n con el primer centro de inter�s ("Las partes del cuerpo"), a cada estudiante se le ped�a simplemente que escribiera todas las palabras que pudiera sobre el cuerpo humano y sus partes. As� se procedi� con los dem�s centros de inter�s. El corpus se presenta en cuatro columnas: vocablo, �ndice de disponibilidad l�xica,11 frecuencia absoluta y frecuencia relativa.

En VALENCIA y ECHEVERR�A (1999:258 y ss.) se proporcionan listas con los cien vocablos m�s frecuentes de cada centro de inter�s. Se trata, en total, de 1800 vocablos que, con un m�todo diferente del explicado en el apartado anterior, pueden constituir el l�xico fundamental de ese muy representativo grupo de hablantes chilenos. El vocabulario fundamental establecido sobre la base de disponibilidad l�xica es ciertamente diferente del que se obtiene mediante la selecci�n de los m�s frecuentes vocablos que aparecen en un corpus de textos orales y escritos.12 Se�al� antes que en el l�xico fundamental de M�xico, contenido en el DFEM (1982), casi no hab�a mexicanismos. Por lo contrario, no son pocos los chilenismos que pueden detectarse entre las 1,800 voces que se enlistan en la investigaci�n chilena sobre disponibilidad l�xica que estoy comentando. Revis� con cuidado esos 1,800 vocablos y separ� aquellos que, casi seguramente, no forman parte del vocabulario activo (y, muy probablemente, tampoco del pasivo) de los mexicanos. Si este ejercicio lo lleva a cabo un peruano, un espa�ol, un paname�o, etc., probablemente separe si no precisamente las mismas palabras, s� muchas de ellas. Asimismo es posible que, si cont�ramos con listas de cada pa�s, obtenidas con la misma estricta metodolog�a, y nos pusi�ramos a separar aquellas palabras que cada uno de nosotros o no empleamos o ni siquiera conocemos, llegar�amos, en cada caso, a proporciones semejantes.13

En algunos de los 18 centros de inter�s de la investigaci�n chilena la casi totalidad de vocablos pertenecen, en mi opini�n, al espa�ol general. No encontr� all� chilenismos evidentes o, al menos, designaciones desconocidas para un hablante mexicano. Supongo que al mismo resultado habr�a llegado cualquier atento revisor de otras latitudes hisp�nicas. Esas listas corresponden a los siguientes centros de inter�s: 1: las partes del cuerpo; 13: la actividad econ�mica; 14: las artes; 15: ciencia y teconolog�a; 16: mundo espiritual; 17: procesos mentales; 18: problemas del ambiente.14 En estos 7 apartados (39 % del total de centros de inter�s) no llegan al 5 % de cada lista los vocablos que parecen no pertenecer al espa�ol general.

 En 5 (28 %) de los apartados (el 3: la casa; el 8: trabajo de campo y jard�n; el 9: plantas y animales; el 11: profesiones y oficios; y el 12: la pol�tica)15 encontr� vocablos no pertenecientes al espa�ol mexicano (y, probablemente, tampoco al general) que representan entre el 5 % y el 10 % de cada lista. Siguen algunos ejemplos. Del apartado 3: living (en M�xico: sala), velador (bur�, mesita de noche), c�lifon (b�iler, calentador [de agua]), ampolleta (foco, bombillo), juguera (licuadora), frazada (cobija, manta)... Del 8: picota (azad�n), huaso (ranchero, campesino), chuzo (barra), gualato... Del 9: chancho (cerdo, puerco), gomero (�rbol, 'hule'), oreja-de-oso, filodendro, malamadre (�rboles y plantas que o no existen en M�xico o se les llama de otra forma)... Del 11: carabinero (polic�a), g�sfiter (plomero, fontanero), parvularia (educadora, maestra de p�rvulos), matrona (partera), due�a-de-casa (ama de casa)...

Particularmente importantes, para este ejercicio, resultan los 6 apartados restantes (2: ropa y calzado; 4: muebles; 5: alimentos; 6: la cocina; 7: medios de transporte; y 10: juegos y entretenimientos), 33 % del total, pues en ellos los vocablos peculiares de Chile (en relaci�n con el espa�ol mexicano al menos) oscilan entre un 11 % y un 23 %, porcentajes que me parecen altos. Sin embargo t�ngase en cuenta que, de acuerdo con este sencillo ejercicio, puede decirse que el grado de compatibilidad entre M�xico y Chile oscilar�a entre un 89 % y un 77 %; la media podr�a fijarse en un 83 %. En t�rminos simples: si proyectamos estos resultados al l�xico en general, podr�a pensarse que 17 de cada cien palabras que emplea un hablante chileno no las emplea y, a veces, no las comprende un hispanohablante mexicano. Algunos ejemplos: del centro de inter�s 2: ambo (combinaci�n de saco o chaqueta y pantal�n), taco (tac�n [del zapato]), soquete (calcet�n corto); diferentes tipos de calzado, como chala (sandalia, huarache), zapatilla (pantufla), bototo (bot�n), ojota (guarache, sandalia)...; su�teres y chaquetas de diversas clases y formas, como polera (playera), parca (makinof), chomba (su�ter), cuadros (pantaletas, bragas), beatle (su�ter con cuello de tortuga), chaleca ... Del 4: velador (bur�, mesita de noche), bif� (buffet), camarote (litera), mes�n (mostrador, mesa grande), marquesa, bergier, rack, trinche, somier (tambor), mesa de living (mesa de centro), banqueta (�taburete?), pizarr�n, vanitorio, visor, arrimo... Del 5: poroto (frijol, jud�as), zapallo (camote), betarraga (betabel), arveja (ch�charo, guisante), torta (pastel), choclo (ma�z, elote, mazorca), palta (aguacate), frutilla (fresa), damasco (albaricoque, chabacano), queque (panqueque), manjar (dulce de leche), completo (especie de hot dog, perro caliente), aj� (chile)... Del 6: juguera (licuadora), paila (sart�n), f�sforo (cerillo), c�lifon (b�iler, calentador de agua), cocina a gas (estufa de gas), sacajugo (exprimidor), pa�o (secador), mes�n (mostrador, mesa), cocina a le�a (estufa de le�a), uslero (rodillo), espumador, bol (taz�n)... Del 7: bus (cami�n, autob�s), colectivo (taxi), liebre (taxi, pesero), skate (patineta), citroneta, metrotr�n (metro), bicimoto, metrob�s, troley, victoria (calandria, carro tirado por caballos), utilitario... Del 10: ludo (parcas�), dama (damas), luche (avi�n), fl�pper, ronda, bolitas (canicas), resbal�n (resbaladilla), taca-taca (futbolito), pillarse, la pinta, balanc�n (sube y baja), carioca, cordel (cuerda), papaya, ti�a (ro�a), el�stico, cacho (cubilete), emboque (balero), corre el anillo...

L�PEZ (1992) hace una comparaci�n entre los l�xicos disponibles de Madrid, Las Palmas de Gran Canaria, Rep�blica Dominicana y Puerto Rico. Trabaj� con �ndices de cercan�a, compatibilidad y semejanza de cada uno de los dialectos. Los grados de compatibilidad a los que llega son sorprendentemente bajos. En trabajos anteriores (in�ditos) tambi�n hab�a llegado a conclusiones semejantes:

Las comparaciones las hemos efectuado con diversos subconjuntos: con los primeros cien vocablos, con los quinientos, los mil y la totalidad; en todos los casos nos hemos encontrado con una compatibilidad mucho m�s baja de la que esper�bamos. Los 100 primeros vocablos son compatibles por debajo del 70 % y ninguna comparaci�n de los lexicones como totalidad alcanza un 56 % de compatibilidad (L�PEZ 1992:29)

El grado mayor de compatibilidad, en la investigaci�n sobre los cinco dialectos mencionados, se da en el centro de inter�s 15 (Diversiones y deportes), entre Madrid y Las Palmas, y apenas fue de 49.68 %. El m�s bajo corresponde al centro 7 (La cocina y sus utencilios), entre Rep�blica Dominicana y Puerto Rico: 8.13 % (!). En el mejor de los casos, ni siquiera la mitad de los vocablos registrados en uno de los dialectos se documentan en los otros. Como se ve, los resultados de esta investigaci�n difieren notablemente de aquellos a los que yo llegu� comprobando cu�ntas palabras chilenas suenan extra�as a un mexicano.

La explicaci�n de esta diferencia es muy f�cil. En L�pez (1992) cualquier vocablo que s�lo apareci� en uno de los dialectos se considera "inexistente" en otro. En la "Comparaci�n del centro de inter�s 16: 'profesiones y oficios' " (61 y ss.), hay tres columnas: 1) vocablos comunes; 2) vocablos solo de Madrid; 3) vocablos s�lo de Las Palmas.16 As�, por ejemplo, administrador, aduanero, alcalde, �rbitro, astr�logo... est�n en la columna de vocablos comunes (a Madrid y a Las Palmas). Sin embargo, la mayor parte de los vocablos que aparecen en las otras dos columnas, a pesar de no haber sido producidas en las listas de cada informante, es innegable que se emplean o, al menos, se conocen en el otro dialecto. Por ejemplo, entre los "vocablos solo de Madrid" est�n: alguacil, arcipreste, arzobispo, bodeguero, cargador, churrero, entre cientos m�s que, sin duda alguna, pertenecen tambi�n al dialecto de Las Palmas (y a much�simos otros dialectos o, casi con seguridad, al espa�ol general). En la columna "vocablos solo de Las Palmas" aparecen: afilador, agr�nomo, ajedrecista, almirante, alpinista, apicultor, aprendiz... y much�simas m�s que, obviamente, o son del espa�ol general o al menos pertenecen a la mayor parte de sus dialectos, el de Madrid, desde luego, incluido. Hay por tanto una evidente confusi�n: los grados de compatibilidad l�xica de diversos dialectos no pueden obtenerse mediante la simple comparaci�n de los vocablos que libremente producen informantes de cada uno de esos dialectos. El que a ning�n informante de Madrid se le haya ocurrido mencionar, entre las profesiones y oficios, al afilador o al agr�nomo, de ninguna quiere decir que esas palabras no est�n disponibles en el dialecto madrile�o. Lo mismo puede asegurarse de muchas otras "omisiones". Ning�n sujeto de Las Palmas mencion� al alguacil y al arzobispo: �quiere esto decir que ah� los alguaciles y los arzobispos se llaman de otra manera? En mi opini�n, para saber cu�les voces de Las Palmas, entre las que se registraron con los informantes, no se emplean en Madrid, es necesario averiguarlo con hablantes madrile�os (y viceversa). El porcentaje bajar� much�simo. Estoy seguro de que las diferencias ser�n a�n menos numerosas que las que se pueden observar entre los l�xicos chileno y mexicano.

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6. El concepto de variaci�n l�xica es algo necesariamente relativo

Cuando se dice que la lengua espa�ola tiende a la this site, mejor que a la this site, en lo que ata�e a la fonolog�a, es un tipo de afirmaci�n que puede demostrarse con relativa facilidad: aunque fuera dif�cil establecer el n�mero de sistemas fonol�gicos del diasistema de la lengua, debido precisamente a que se trata de sistemas y, por tanto, de inventarios cerrados, de elementos contables, llegar� un momento en que sabremos cu�ntos son --no ser�n desde luego muchos-- y cu�l es el inventario y distribuci�n de los fonemas en cada uno de ellos, que tampoco ser� notablemente diferente entre unos y otros. Este tipo de certezas no son posibles en el nivel del l�xico. El car�cter verdaderamente abierto del vocabulario lo impide. A esto hay que a�adir otro tipo de dificultades. Si resulta muy dif�cil establecer, as� sea aproximadamente, el acervo l�xico de un individuo, es no s�lo dif�cil sino imposible hacerlo con respecto a un dialecto determinado, sea este geogr�fico o social, y ya no digamos si lo que se pretendiera hacer fuera enlistar el l�xico actual de toda la lengua espa�ola. Ello no s�lo por razones que podr�amos llamar pr�cticas --no parece factible que alguien, ni persona ni instituci�n, pueda enlistar todas las palabras y, sobre todo, todas las acepciones de todas las palabras, de todos los dialectos geogr�ficos y de todos los niveles sociales de todos los hispanohablantes del mundo--, sino tambi�n por algunas razones que pueden designarse te�ricas o, al menos, conceptuales. Por ejemplo: dificultades para distiguir el l�xico pasivo frente al activo, para establecer si dos voces casi iguales en su forma son o no palabras diferentes, si dos o m�s significados muy semejantes son o no acepciones distintas de una misma palabra, c�mo considerar dentro del vocabulario general de la lengua una voz que es empleada en un dialecto s�lo en el �mbito rural y en otro en el urbano, o un vocablo que es com�n en tal o cual lugar o tipo de hablante y, en alguna manera, rara en otro, etc�tera.

 A todo esto hay que a�adir las dificultades resultantes de la aplicaci�n de criterios diversos para las diferentes investigaciones que suelen hacerse para adelantar en el conocimiento de la variedad l�xica de una lengua. En esta nota he tratado de ejemplificar este tipo de inconvenientes con unos pocos proyectos de trabajo. Independientemente de que, en efecto, nos parezcan unos criterios mejores que otros, lo que interesa destacar es que son diferentes y que, por tanto, unos resultados no completan necesariamente a otros, sino que muchas veces resultan simplemente contradictorios. Ahora bien, aceptando la premisa, muy conocida, de que el espa�ol, como cualquier otra lengua, manifiesta mayor this site en el nivel l�xico que en el fonol�gico, no queda otro remedio, para dar otro paso y aclarar en qu� grado es importante esta this site, que reconocer, ante todo, que se trata de un concepto eminentemente relativo. Empleo la palabra relativo como ant�nima de absoluto.

Quien desee resaltar que esta this site no es tan importante como se piensa, puede, por ejemplo, echar mano de los l�xicos fundamentales de varios dialectos, extra�dos de las voces de mayor frecuencia en textos orales y escritos. Seguramente, con ese criterio, llegar� a concluir --creo que con acierto-- que no hay muchas diferencias en las listas de las 1,500 palabras m�s frecuentemente presentes en corpus correspondientes a diversos dialectos. Podr�a decirse, por tanto, que en relaci�n con los l�xicos fundamentales, las diferencias l�xicas son poco impresionantes; esto es, entonces, algo relativo. Habr� tambi�n quien quiera demostrar lo contrario: que el vocabulario de la lengua es enorme y que una manera de comprobarlo es viendo como un mismo referente o significado puede expresarse por muy diversas significantes o palabras. Hay muchas maneras de hacer que esta afirmaci�n resulte aceptable. Bastar� elegir con cuidado ciertos conceptos y ver en diferentes atlas ling��sticos c�mo se expresan en las hablas rurales. Tambi�n pueden citarse las listas de conceptos que, en las investigaciones orientadas a buscar la this site l�xica, tengan numerosas designaciones. No ser� nada dif�cil juntar varios cientos de conceptos de este tipo, que tengan al menos un promedio de 10 variantes l�xicas. Nadie podr� negar que se est� as� demostrando que el l�xico de la lengua espa�ola tiende m�s a la this site que a la this site. Sin embargo, aqu� tambi�n, se tendr� que aclarar que esta this site se da en relaci�n con cierto tipo de l�xico correspondiente a las hablas rurales o de otra determinada clase de vocabulario, que corresponde a las hablas urbanas: es una this site, tambi�n, relaltiva.

 Aunque a mi ver con menos convencimiento, alguien, para hablar de esta tendencia a la this site de vocabulario, podr� acudir a la comparaci�n de las listas de palabras que, asociadas a ciertos campos de inter�s, producen libremente diversos sujetos de diferentes dialectos (disponibilidad l�xica). Ning�n sujeto producir� exactamente las mismas palabras, en el mismo orden, que otro. Habr� notables diferencias de inventario y de jerarqu�a. Ya se�al� que con trabajos de esta naturaleza se corre el riesgo de interpretar que toda palabra que no est� presente en tal o cual lista, se d� por inexistente en este o en aquel dialecto. Esto es falso. Si se desea hacer uso de investigaciones sobre l�xicos "disponibles", me parece m�s adecuado proceder de otra manera. Adecuadamente establecidas las listas de palabras de los diversos dialectos que se pretenden comparar, convendr�a que, con m�todos de dialectolog�a tradicional, se averig�e cu�les palabras de la lista de determinado dialecto realmente se desconocen por los hablantes de los otros dialectos. Reconozco la complejidad de este sistema, pero me parece que los resultados resultar�an m�s confiables. Sin embargo ello no quita que tambi�n aqu�, se trata de una this site relativa, debido, entre otras razones, a que se parte de un muy limitado universo l�xico.

 Ahora bien, el que cualquier tipo de investigaci�n sobre variedad l�xica conduzca a resultados relativos no quiere decir que se se trate de datos deleznables o que �stos est�n distorsionando o tergiversando la naturaleza del lenguaje. Todo lo contrario. Lo que este tipo de trabajos nos est� demostrando --y ello es ya algo sumamente importante-- es precisamente el hecho de que, por definici�n, podr�a decirse, la variedad l�xica de una lengua siempre es algo relativo. Aclaro de inmediato que aqu� lo relativo hace alusi�n a la comparaci�n, en cierto sentido interna, que puede establecerse entre el grado de this site de los elementos correspondientes a los varios niveles ling��sticos (fonolog�a, gram�tica, l�xico) de los diferentes sistemas (geogr�ficos o sociales) del diasistema llamado lengua. Se puede decir as� que, en relaci�n con grado de this site fonol�gica, la this site l�xica de la lengua espa�ola es mucho mayor. Es grande en ese sentido, comparada con la variedad fonol�gica. Si cont�ramos con datos suficientes, podr�a tambi�n hacerse otro tipo de comparaci�n, que podr�a llamarse externa: �tiene el espa�ol mayor o menor this site l�xica que el ingl�s o el franc�s? Las casi imposibles respuestas a esta clase de preguntas ser�an, obviamente, doblemente relativas.

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Bibliograf�a

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DEUM 1996: Diccionario del espa�ol usual en M�xico, dir. por Luis Fernando Lara, El Colegio de M�xico, M�xico.

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L�PEZ 1992: L�pez Ch�vez, J., "Alcances panhisp�nicos del l�xico disponible", Ling��stica, 4, 26-124.

ROSENBLAT 1967: Rosenblat, �ngel, "El futuro de la lengua", Revista de Occidente, 56-57, 155-191.

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VALENCIA y ECHEVERR�A 1999: Valencia, Alba y Echeverr�a, Max, Disponibilidad l�xica en estudiantes chilenos, Ediciones Universidad de Chile, Universidad de Concepci�n, Santiago de Chile.

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VARILEX 1999: Varilex 7, Variaci�n l�xica del espa�ol en el mundo, Serie E, coord. Hiroto Ueda, Tokio.

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Notas

1 En una investigaci�n estad�stica de l�xico en el espa�ol mexicano, en la lista de las 100 palabras m�s frecuentes de un corpus de casi dos millones de apariciones, las primeras diez fueron las siguientes: la, el de, y, que, en, a, se, no, ser. Como se ve, las nueve primeras forman parte de clases cerradas. El primer sustantivo que aparece en la lista (se trata de la palabra vez) ocupa el lugar 51 (cf. HAM CHANDE 1979).

2 En la lengua, en su l�xico, se dan simult�neamente dos condiciones: la de un sistema conservador ("nuestras lenguas son instrumentos anacr�nicos [�] al hablar somos humildes rehenes del pasado", escribi� Ortega y Gasset) e innovador. Hace ver ROSENBLAT (1967) que palabras como radar, neutr�n, fanatismo, litro, bur�crata, son "incre�blemente j�venes".

3 Noticias metodol�gicas pueden verse en LARA, HAM y GARC�A (1979). Resultados no por parciales menos importantes son los tres diccionarios hasta ahora publicados, todos dirigidos por Luis Fernando Lara: Diccionario fundamental del espa�ol de M�xico (DFEM 1982), Diccionario b�sico del espa�ol de M�xico (DBEM 1986) y Diccionario del espa�ol usual en M�xico (DEUM 1996).

4 Los mil textos (orales y escritos), cada uno constituido por cerca de dos mil palabras, se clasifican as� (de mayor a menor): lengua culta, lengua no est�ndar, lengua sub-culta, ciencias, periodismo, literatura, textos dialectales, t�cnicas, literatura popular, habla culta, documentos antropol�gicos, habla media, habla popular, l�rica popular, jergas, discursos pol�ticos, religi�n (cf. HAM CHANDE 1979:76).

5 Entiendo por mexicanismo un vocablo o acepci�n propio de la mayor parte de los hablantes mexicanos y ausente en la mayor parte de los hispanohablantes no mexicanos.

6 Variaci�n l�xica del espa�ol del mundo. Un grupo de investigadores, coordinado desde Tokio por Hiroto Ueda y Toshiro Takagaki, han venido trabajando con cuestionarios l�xicos en un buen n�mero de ciudades hispanohablantes. Los resultados, aunque crecientes, todav�a parciales circulan entre investigadores, en forma de cuadernos. Han aparecido seis. Llevan siempre la siguiente leyenda: "Esto es un informe intermedio del Proyecto "Espa�ol del Mundo". No se trata de una pubicaci�n definitiva sino que sirve s�lo para la circulaci�n entre los miembros. Por lo tanto no puede ser objeto de rese�a ni de cr�tica de las revistas p�blicas".

7 Asimismo van apareciendo nuevos cuestionarios. Para los fines de esta presentaci�n, me basta sin embargo ejemplificar con la serie "A", a la que me estoy refiriendo.

8 Independientemente de lo que se quiso preguntar en la cuesti�n 2 (�cardigan, prenda de lana, con botones�) me parece que en ning�n dialecto es lo mismo abrigo que chaleco, chaqueta que su�ter, saco tejido que su�ter abierto� Pues bien todas �stas fueron respuestas consideradas buenas para esa pregunta. Algo semejante se observa en varias otras entradas.

9 Esto �ltimo ya se viene haciendo. Se dispone ahora de cinco listas (de conceptos y de variantes l�xicas). El n�mero de ciudades tambi�n ha crecido considerablemente.

10 1: Las partes del cuerrpo; 2: ropa y calzado; 3: la casa; 4: muebles; 5: alimentos; 6: la cocina; 7: medios de transporte; 8: trabajo de campo y jard�n; 9: plantas y animales; 10: juegos y entretenimientos; 11: profesiones y oficios; 12: la pol�tica; 13: la actividad econ�mica; 14: las artes; 15: ciencia y tecnolog�a; 16: mundo espiritual; 17: procesos mentales; 18: problemas del ambiente.

11 Que se expresa en decimales. Hay una relaci�n directamente proporcional entre el �ndice y la frecuencia con que el vocablo fue mencionado. As�, en el centro de inter�s n�mero 1 ("Las partes del cuerpo"), el vocablo que obtuvo el m�s alto �ndice de disponibilidad l�xica fue cabeza (0.6230383149) y el que ocup� el �ltimo lugar fue nervio-�ptico (0.0000255043).

12 Una de las razones para esta diferencia est� en el hecho de que en la lista l�xica procedente del corpus de textos (mexicanos) entra todo tipo de palabras (tanto las pertenecientes a inventarios cerrados como las que forman parte de inventarios abiertos). Por lo contrario, en las listas procedentes de la disponibilidad l�xica aparecen casi exclusivamente sustantivos. A ello se debe que entre las cien palabras m�s frecuentes del corpus mexicano (cf. HAM CHANDE 1979) casi no haya sustantivos. De hecho en esa lista s�lo aparecen ocho: vez (lugar 51), d�a (62), tiempo (80), hombre (85), vida (95), casa (96), forma (99) y trabajo (100). Para un diccionario fundamental parece conveniente basarse en listas procedente de textos orales y escritos. Para una caracterizaci�n l�xica de los dialectos creo que resultan m�s adecuadas las listas que se basan en disponibilidad l�xica.

13 Un ejercicio semejante a �ste, pero en relaci�n con Madrid, Las Palmas de Gran Canaria, Rep�blica Dominicana y Puerto Rico, puede verse en L�PEZ (1992).

14 Anoto en seguida, algunas posibles excepciones. Del centro de inter�s 1 (partes del cuerpo): el vocablo mejilla (lugar 86 de la lista), aunque se conoce en M�xico, es mucho menos usual ah� que cachete (que si bien no aparece entre los 100 m�s frecuentes del corpus chileno, est� entre las voces de baja frecuencia); algo semejante sucede con canilla, m�s frecuente en Chile que en M�xico, donde se prefiere espinilla. Del centro de inter�s 16 (mundo espiritual), hay trres voces que no conozco: trauco, caleuche y pincoya; tampoco las encontr� en los diccionarios que pude consultar. Lo mismo sucede con agua-servida y atochamiento (del centro de inter�s 18, problemas del ambiente). Del grupo de voces referentes a la ciencia y tecnolog�a (centro de inter�s 15) me parece desconocida (o de uso espor�dico) en M�xico multicarrier. En el centro de inter�s 13 (la actividad econ�mica) hay algunas abreviaturas y siglas que s�lo parecen tener significado en el �mbito chileno (uf, codelco, utm�). Del centro de interes de las artes (14) s�lo anoto, como poco usual en M�xico, al menos en ese campo sem�ntico, el sustantivo greda. Ninguno de los 100 vocablos que se anotan en el apartado 17 (procesos mentales) me parece ajeno al espa�ol general. Ahora bien, si se acude no a estas listas de los 100 vocablos m�s frecuentes sino a las listas completas, aun estos campo muestran ya, en voces que est�n despu�s del lugar 100, algunas diferencias en relaci�n con el espa�ol mexicano; es decir se pueden encontrar vocablos que o no se conocen en M�xico o se emplean s�lo muy espor�dicamente. Por ejemplo, en el centro de inter�s n�mero 1 (Las partes del cuerpo), est�n las siguientes denominaciones, entre otras, que, como hispanohablante mexicano, me parecen en alguna medida al menos, extra�as: pera (M�xico: piocha; barba de chivo), poto (nalgas, sentaderas, gl�teos�), guata (est�mago), mono (?), carrillo (cachete, mejilla), carretilla (ment�n), pi��n, piamadre.

15 Estrictamente no deber�a haber incluido este �ltimo centro de inter�s (la pol�tica) porque las voces que un mexicano desconoce de la lista son, casi todas, siglas y abreviaturas de partidos y agrupaciones pol�ticas chilenas (udi, rn, ppd, ps, etc.).

16 Algunas p�ginas despu�s cambian los t�tulos de las columnas: vocablos comunes, vocablos solo de Madrid, vocablos solo en Dominicana, y as� sucesivamente, hasta agotar todas las combinaciones


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Jos� G. Moreno de Alba es director de la Academia Mexicana de la Lengua y catedr�tico de la Universidad Nacional Aut�noma de M�xico (UNAM). Esta ponencia fue la lecci�n final del Cuarto Curso de la Escuela de Lexicograf�a Hisp�nica, dictada el 6 de junio de 2005 en la sede de la Real Academia Espa�ola (RAE), Madrid, Espa�a.

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