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13 de abril de 2005


Tribuna de opini�n

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MIGUEL JOS� P�REZ
Don Quijote-Sancho / Sancho-Don Quijote.
Ense�anza-aprendizaje entre el di�logo y la aventura.

1.-La base de la amistad.

2.-Presentaci�n de los personajes.

3.-Desarrollo de la ense�anza-aprendizaje.
4.-Bibliograf�a consultada.

 

 

Desocupado lector:

sin juramento me podr�s creer que quisiera que este libro,

 como hijo del entendimiento, fuera el m�s hermoso,

el m�s gallardo y  m�s discreto que pudiera imaginarse

(�Pr�logo�)

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1.-La base de la amistad.

Ante todo quiero decir  --y advertir-- que no va a ser �sta una conferencia �erudita�. No son de mi agrado esas conferencias �o escritos de cualquier tipo--  que se derraman en citas de autores que han hablado del tema en cuesti�n[i],  y de lo que sobre el mismo han dicho; pero que apenas se detienen en el an�lisis de los valores estil�sticos, po�ticos, los que transmiten el esp�ritu que ha hecho posible la aparici�n de una obra de arte  y de esta obra inmortal en particular, valores que son los que encierran el sentido profundo de la misma y que ha nacido como producto de una observaci�n certera y penetrante, por parte de su autor, de la situaci�n social, cultural, pol�tica, religiosa y, en definitiva, econ�mica de la �poca, y de la que la obra en s� es fiel reflejo. No podemos por menos de recordar estas palabras de Pedro Salinas que deben ser norte y gu�a de todo profesor de literatura:

Entiendo que ense�ar literatura es otra cosa que exponer la sucesi�n hist�rica y las circunstancias exteriores de las obras literarias: ense�ar literatura ha sido siempre, para m�, buscar en las palabras de un autor la palpitaci�n ps�quica que me las entrega encendidas a trav�s de los siglos: el esp�ritu en su letra (Salinas, 1983, II, p�g. 418).

Es precisamente en esos valores expresivos donde se encierra la �ltima voluntad de su autor: lo que el autor ha querido decirnos[ii].

Mi intervenci�n va a ser �o eso pretendo� una conferencia (tal vez un mon�logo reflexivo) intimista, y esto en dos sentidos: En primer lugar, porque expresa el sentimiento �ntimo, profundamente placentero y de una serenidad que puedo llamar �metaf�sica�, que en m� ha despertado, desde la primera vez que lo le� en torno a los veinte a�os[iii], El Quijote, y muy especialmente, la relaci�n Don Quijote-Sancho (DQ-S); en segundo lugar, porque la human�sima relaci�n que Cervantes nos dej� escrita de la inmortal pareja es, en s� misma, una relaci�n tan �ntima y de tan profunda amistad que  dif�cilmente se encuentra otra igual �a mi parecer-- en obras literarias. Guiado por estos dos principios voy a procurar seguir la evoluci�n de esa insondable amistad al hilo, en la medida de lo posible, de la narraci�n de la obra.

Esa relaci�n de amistad va creciendo y se va consolidando a lo largo de la obra, como es bien conocido; y tiene como base y fundamento de la misma la verdad: la verdad, que va unida a la palabra. Esta uni�n de la palabra y la verdad, podemos decirlo sin ambages, es una uni�n hipost�tica, y no solo en su sentido metaf�rico; es decir, para DQ  la palabra y la verdad son como �dos naturalezas fundidas en una sola persona�.

Y el primer ejemplo de esta relaci�n palabra-verdad lo tenemos ya en el episodio de Juan Haldudo y el muchacho Andr�s, que se narra en el cap�tulo cuarto de la primera parte. Es un episodio bien conocido; a m� siempre me ha llamado la atenci�n el cambio brusco, casi violento, de DQ respecto del tratamiento con que se dirige a Juan Haldudo. Oig�moslo. Es el momento en que DQ, tras ser armado caballero, regresa a su casa con toda su felicidad a cuestas y derram�ndola con su palabra por los cuatro horizontes, y ve como el muchacho, aterrorizado, al ser azotado responde a su amo:

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--No lo har� otra vez, se�or m�o; por la pasi�n de Dios que no lo har� otra vez.

                         (...) Y viendo don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo:

--Descort�s  caballero,  mal  parece  tomaros con quien defender no se puede (I, 4, p....)[iv].

Recordemos que el labrador, aterrorizado ahora �l ante �aquella figura llena de armas y blandiendo la espada�, en una actitud de cobarde miserable, trata de justificar su acci�n echando las culpas sobre el pobre muchacho; y la escena contin�a as�:

�...y porque castigo su descuido, o bellaquer�a, dice que lo hago de miserable, por no pagalle la soldada que le debo, y en Dios y en mi �nima que miente.

--��Miente� delante de m�, ruin villano?  --dijo don Quijote--. Por el sol que nos alumbra que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza (...); por el Dios que nos rige que os concluya y aniquile en este punto (I, 4).

DQ no puede ni siquiera imaginarse que la palabra no est� unida a la verdad, a la verdad que designa la palabra, ni puede tolerar que se abuse de los desvalidos, pues va en contra de los principios del caballero andante; y eso hasta tal punto que s�lo el hecho de que alguien se atreva a pronunciar el vocablo �mentira� en su presencia, y sobre todo despu�s de ver lo que est� viendo, es para �l la mayor ofensa que puede recibir. Por eso, cuando oye a Juan Haldudo decir �y en Dios y en mi �nima que miente�, y encima acompa�ada de juramentos, le corta bruscamente, encolerizado, porque ese �miente� le ha herido como un rayo fulminante en lo m�s profundo de su existencia como caballero, como hombre, pues la palabra es el hombre: es como si desarticularan su personalidad desgaj�ndola en dos mitades y aniquilando su propia esencia. Y, como fuera de s�, con voz desencajada, pasa de aquel en�rgico pero respetuoso �descort�s caballero� a este �ruin villano� denigrante acompa��ndolo tambi�n de dos juramentos a cual m�s furibundo[v].

 DQ est� seguro de s� mismo y de su palabra; y as�, en la escena del vizca�no, cuando S insiste en decirle que aquellas personas no son lo que DQ cree, le responde: �Lo que yo digo es verdad� (I, 8).

Todav�a no ha aparecido Sancho, pero no cabe duda de que la primera ense�anza que hubiera recibido, lo primero que hubiera visto en DQ, es la defensa de la dignidad humana, el respeto a todo individuo; y eso es para DQ algo tan fundamental en el proceso del desarrollo del ser humano como tal y su formaci�n como persona, que viene a constituir el fundamento de toda la educaci�n. Y en ese principio de la verdad/palabra o de la palabra/verdad, repetimos, reside el hecho mismo de ser hombre[vi].

Por otra parte, esta relaci�n entre DQ y S se desarrolla mediante el di�logo. As� en la �Intruducci�n� a su edici�n de El Quijote nos recuerda L. A. Murillo que �el trato entre hidalgo y criado recrea maravillosamente la forma del di�logo estimulada en el siglo XVI por el influjo de Erasmo� (Murillo, 1984, p. 23). Este di�logo se desarrolla, como sabemos, de un modo continuo, intenso; y es tan esencial y necesario que, sin �l, es vidente que no existir�a la novela.

El di�logo entre amo y escudero, sobre todo, es de tal intensidad que  realiza el �milagro� de que S participe de la misma �locura� de su amo y se abran para ambos las ventanas de todos los horizontes. Este di�logo es  -como dice Alberto S�nchez (1989)� lo  m�s enjundioso de todo el libro; es un di�logo espont�neo, fresco, animado, vivo: lo m�s vivo del libro. Don Quijote, la voluntad proyectiva,  act�a sobre la voluntad receptiva de Sancho. Y Sancho �que no sabe leer ni escribir, como �l mismo lo reconoce en varias ocasiones-- se va elevando a lo largo del libro en un proceso de formaci�n gradual, y lento pero siempre firme. As�, DQ pretende educarle sacando de �l, gracias a la naturaleza bondadosa de S, lo mejor de s� mismo[vii].

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En este sentido, merecen mencionarse: las continuas correcciones de lo que Amado Alonso llam� �prevaricaciones ling��sticas� de Sancho (recordando la frase �prevaricador del lenguaje� que le dice DQ), y que se extienden a lo largo de toda la obra; las llamadas a la moderaci�n cuando el propio S argumenta sus razones con una serie interminable de refranes (v�ase especialmente el cap�tulo 67); y asimismo tambi�n el di�logo �casi mon�logo-- de los cap�tulos 42 y 43 de la segunda parte donde DQ se explaya en dar consejos a S, unos relativos al esp�ritu y otros al cuidado del cuerpo. Pero el cap�tulo que consideramos m�s importante en lo relativo a la ense�anza y al fin que se busca es el 16 de la segunda parte, como puede verse en el trabajo que sobre este cap�tulo publicamos en el V� Congreso de Cervantistas (P�rez-Enciso, 2001).

Tambi�n a trav�s de ese di�logo, como sabemos, DQ se autoeduca: la influencia de S y de sus intervenciones �y aun las de los dem�s como sucede, por ejemplo, en el episodio de los cabreros, seg�n veremos luego� son decisivas, pues de todos es sabido que el buen profesor aprende tambi�n y se va  formando a trav�s de las preguntas de sus alumnos, que le hacen reflexionar. Podemos decir que El Quijote es de principio a fin �pedagog�a en acci�n, con un protagonismo esencialmente dual, pues hay en todo �l un proceso de ense�anza, de educaci�n, con altibajos pero sobre todo con grandes logros� (S�nchez, 1989).

La trascendencia que tiene el di�logo en El Quijote la comprendi� muy bien  Antonio Machado, quien nos dice con la profunda clarividencia de un poeta iluminado por la verdad como es �l: 

Cuando llegamos a Cervantes, quiero decir al Quijote, el di�logo cambia totalmente de clima. Es casi seguro que Don Quijote y Sancho no hacen cosa m�s importante �aun para ellos mismos--, a fin de cuentas, que conversar el uno con el otro. Nada hay m�s seguro para Don Quijote que el alma ingenua, curiosa e insaciable, de su escudero. Nada hay m�s seguro para Sancho que el alma de su se�or (Machado, 1964, p. 570).

En ese di�logo �sigue diciendo Machado--  �la raz�n no huelga: es como ca�amazo sobre el cual bordan con hilos desiguales el caballero y el criado�, pero lo que interesa es �la heterogeneidad de las conciencias�. No olvidemos, sin embargo, que en este di�logo uno, que est� loco, no renuncia a �persuadir de su total concepci�n del mundo y de la vida� y el otro �padece tanta cordura como desconfianza de sus razones�, de modo que nos encontramos ante un di�logo �entre dos m�nadas autosuficientes y, no obstante,  afanosas de complementariedad, en cierto sentido, creadoras y tan afirmadoras de su propio ser como inclinadas a una inasequible alteridad�, alcanzando una grande e insondable �profundidad ontol�gica�[viii].

2.-Presentaci�n de los personajes.

Pero veamos qui�nes son estos dos protagonistas, c�mo nos los presenta Cervantes. Don Quijote aparece ya con todas sus caracter�sticas sociales, familiares y personales, en el primer p�rrafo. El libro empieza con una frase indefinida que al mismo tiempo nos indica un territorio conocido de un pa�s concreto. Tal comienzo evoca el de los libros de caballer�as pero a la vez se le opone. El h�roe se nos presenta como un personaje real de aqu� y ahora y, junto a Sancho, rodeado asimismo de numerosos personajes contempor�neos no legendarios ni de pa�s desconocido, sino de la Espa�a en la que vive su autor y centrado en su regi�n m�s pobre: �En un lugar de la Mancha...�. Despu�s aparecen sus caracter�sticas personales y sus aficiones:

Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta a�os; era de complexi�n recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza (...).

Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso �que eran los m�s del a�o--, se daba a leer libros de caballer�as con tanta afici�n y gusto, que olvid� casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administraci�n de su hacienda (I, 1).

Nuestro hidalgo no acaba de entender el intrincado lenguaje de aquellos libros, y comenta Cervantes:

Con estas razones perd�a el pobre caballero el juicio, y  desvel�base por entenderlas y desentra�arles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Arist�teles, si resucitara para s�lo ello (I, 1).

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�No vemos en esos p�rrafos que recoge de los libros de caballer�as una cr�tica del lenguaje huero y enrevesado carente de la necesaria claridad de toda comunicaci�n, y, por desgracia, tan corriente en el lenguaje de entonces y de hoy y de siempre?[ix] Y termina la presentaci�n del h�roe:

En resoluci�n, �l se enfrasc� tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los d�as de turbio en turbio; y as�, del poco dormir y del mucho leer se le sec� el celebro, de manera que vino a perder el juicio (...).

En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el m�s extra�o pensamiento que jam�s dio loco en el mundo, y fue que le pareci� convenible y necesario, as� para el aumento de su honra como para el servicio de su rep�blica, hacerse caballero andante (I, 1).

Era absolutamente necesario e imprescindible para el hombre Miguel de Cervantes hacer loco, claramente loco, a Don Quijote �el responsable de todo lo que va a acontecer en la obra� para poder as� expresarse con total libertad y sin miedo a nada ni a nadie[x]. De ah� que esa condici�n de loco de su h�roe est� presente a lo largo de la obra y muy especialmente y de manera expresa cada vez que DQ arremete contra las consagradas y poderosas instituciones oficiales; y as� queda recalcada ya en su primera salida:

Con �stos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus libros le hab�an ense�ado, imitando en cuanto pod�a su lenguaje. Con esto, caminaba tan despacio, y el sol entraba tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle los sesos, si algunos tuviera (I, 2)[xi].

En efecto, DQ a lo largo de toda su vida, y ya desde que sale de su aldea, desde su propia existencia como Don Quijote, va en busca de su destino sin importarle a donde le lleve el camino[xii]; y siempre con la ilusi�n de poner en pr�ctica los principios que ha sacado de las mismas novelas, y que han ido modelando su esp�ritu en defensa de los d�biles y oprimidos, y con el prop�sito de imponer la justicia en el mundo. As� se lo dir�, con una mirada retrospectiva y llena de inmensa satisfacci�n y sano orgullo, al Caballero del Verde Gab�n, don Diego de Miranda:

�Soy caballero destos que dicen las gentes que a sus aventuras van. Sal� de mi patria, empe�� mi hacienda, dej� mi regalo, y entregu�me en los brazos de la fortuna, que me llevasen donde m�s fuese servida� (II, 16, p. 236).

Pero Cervantes sabe muy bien que su h�roe tiene que ser un hombre de esp�ritu libre, consciente y seguro de s� mismo, s�mbolo de la dignidad humana y due�o absoluto de sus actos, as� como responsable de los mismos, y defensor a ultranza de esa dignidad y de la justicia que en ella tiene su fundamento. Por eso el autor, sin dejar pasar m�s tiempo, se encarga de dejar constancia de ello ya en el cap�tulo cinco. Don Quijote, a pesar de �tantos palos� como recibe por parte de los mercaderes toledanos, que le dejan �molido como cibera� ya en la primera �desventurada aventura�, mantiene intacto su esp�ritu y, ante el labrador de su pueblo que le dice que es �el se�or Quijana�, afirma solemnemente:

Yo s� qui�n soy, y s� que puedo ser no s�lo los que he dicho sino todos los Pares de Francia (I, 5, p. 122)[xiii].

Sabe qui�n es. Y est�, seg�n acabamos de decir, seguro de s� mismo y de la certeza de sus palabras (�Lo que yo digo es verdad�); y de eso nadie tiene tanta seguridad y certeza como el mismo DQ, quien reivindica para s� la m�s aboluta cordura (�no soy loco ni menguado�). Por eso, el propio Cervantes tiene buen cuidado de poner en boca de su h�roe estas palabras aclaratorias dirigidas al Caballero del Verde Gab�n, palabras que le sacan de las �imaginaciones� y perplejidades interiores en que el propio caballero se halla sumido ante el razonamiento y las acciones de DQ, lo cual no puede entender:

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�Qui�n duda, se�or don Diego de Miranda, que vuestra merced no me tenga en su opini�n por un hombre disparatado y loco? Y no ser�a mucho que as� fuese, porque mis obras no pueden dar testimonio de otra cosa. Pues, con todo esto, quiero que vuestra merced advierta que no soy tan loco ni tan menguado como debo de haberle parecido (II, 17).

Pensamos tambi�n que la base de la educaci�n, compa�era de la sabidur�a, se asienta en la capacidad  de observaci�n (P�rez-Enciso, 2004): el que observa es el que detiene su mirada y contempla el espect�culo del mundo, cuya realidad no puede admitir; el que se asombra, pregunta, indaga y es capaz de imaginar: imaginar un mundo diferente de aquel mundo s�rdido que contempla en la venta en su primera salida. Todas estas caracter�sticas conforman la complejidad del personaje creado por Cervantes; lo cual hace que se despierten en �l el deseo de cambiar la vida tediosa que llevaba en su aldea. Entonces, lleno su esp�ritu y su coraz�n de todas aquellas fantas�as caballerescas, decide cambiar su destino: su vida se vuelve din�mica y comienza la acci�n, la aventura; y, con ella su inmortalidad[xiv]. Y en esa misma aventura le va a acompa�ar tambi�n, siempre, su fiel escudero Sancho; el cual, en consonancia con lo dicho, responde al Caballero del Verde Gab�n �cuando en el episodio de los leones �ste le pregunta: �Pues �tan loco es vuestro amo, que tem�is, y cre�is, que se ha de tomar con tan fieros animales?�--, le responde �repito--: �No es loco, sino atrevido�.

La figura de Sancho no aparecer� hasta el cap�tulo s�ptimo. Pero Cervantes ha ido preparando desde el principio la creaci�n del h�roe complementario[xv]. Ya se deja entrever cuando el ventero, al decirle DQ que no lleva dineros �porque �l nunca hab�a le�do en las historias de los caballeros andantes que ninguno los hubiese tra�do� (I, 3), le responde que se �enga�aba�, pues los pasados caballeros hab�an tenido �por  cosa acertada que sus escuderos fuesen prove�dos de dineros y de otras cosas necesarias� (I, 3).

Y pronto aparece expl�cita la voluntad de DQ de coger a un escudero. Cervantes nos presenta a su h�roe lleno de una infinita satisfacci�n �que se traslada en bell�sima y explosiva met�fora a Rocinante-- despu�s de ser armado caballero[xvi] y salir de la venta �tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo� (I, 4). Inmediatamente le vienen �a la memoria los consejos de su hu�sped�  y, entre ellos, el de

acomodarse de todo, y de un escudero, haciendo cuenta de recebir a un labrador vecino suyo, que era pobre y con hijos, pero muy a prop�sito para el oficio escuderil de la caballer�a (I, 4).

Y, efectivamente, en el cap�tulo s�ptimo, que podemos considerar como cap�tulo de reflexi�n y preparaci�n para sus definitivas aventuras, DQ decide hablar con su vecino como ten�a pensado:

En este tiempo solicit� don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de bien �si es que este t�tulo se puede dar al que es pobre--, pero de muy poca sal en la mollera. En resoluci�n, tanto le dijo, tanto le persuadi� y prometi�, que el pobre villano se determin� de salirse con �l y servirle de escudero (I, 7).

Parece claro que no le fue f�cil a DQ convenver a un pobre hombre de pueblo e iletrado de su propuesta; le pide que se disponga a ir �con �l de buena gana�, pues no quiere forzar su voluntad, pero tiene que prometerle, aunque con cierta reserva ��tal vez le pod�a suceder aventura que ganase, en qu�tame all� esas pajas, alguna �nsula��, el hacerle �gobernador della�. Merece la pena que nos fijemos en la oraci�n parent�tica �si es que este t�tulo se puede dar al que es pobre�. Resulta evidente la iron�a ya desde el principio. Por otra parte creo que recoge tambi�n la opini�n soterrada y general entre las clases sociales m�s poderosas de que el honor y la bondad vienen dados por la sangre y no pueden darse entre la gente humilde y sencilla y pobre.

Resulta interesante, adem�s, ver c�mo Cervantes nos va presentando, a trav�s de las intenciones de DQ, las condiciones que debe tener �y que �l exige de� la persona que va a ser su escudero, antes de que sepamos qui�n va a ser el elegido. S�lo al final conocemos su nombre:

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Con estas promesas y otras tales, Sancho Panza, que as� se llamaba el labrador, dej� su mujer e hijos y asent� por escudero de su vecino (I, 7)[xvii].

El procedimiento de que DQ se vale para convencer a Sancho es el primer ejemplo que se nos presenta de un modelo pr�ctico de ense�anza. A pesar de lo absurda que puede parecer la oferta que S recibe de quien va a ser su se�or, debi� ser de tal condici�n la fuerza de sus palabras (�con estas promesas y otras tales�), que obnubil� la raz�n de S y dobleg� su voluntad[xviii]. Ya tenemos, completa, la creaci�n de la inmortal pareja, que a partir de ahora se nos va apareciendo, v�vida y cada vez m�s compleja y enriquecida como la vida misma, entre una inmensa selva de aventuras. Y comienza la segunda salida de DQ con S a su lado y con todo sigilo:

sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y sobrina, una noche se salieron del lugar sin que persona los viese (I, 7).

Todav�a sigue Cervantes con la palabra y nos presenta as� a Sancho: lo vemos retratado en nuestra imaginaci�n como escultura andante, orgulloso de s� mismo, de acompa�ar a su se�or y sinti�ndose anticipadamente a su lado ya se�or de s� mismo como se lo dir� (en el cap�tulo 60 de la segunda parte), precisamente, a DQ: �que soy mi se�or�:

Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y su bota, y con mucho deseo de verse ya gobernador de la �nsula que su amo le hab�a prometido (I, 7).

�Qu� fin�sima iron�a la de Cervantes en la que aparece envuelta la figura del escudero! Sancho camina con toda la solemnidad de la caricatura, como guardi�n de las esencias patrias, montado sobre un asno y rodeado de todos los atributos: sus alforjas y su bota. S�, iron�a; pero burla feroz de las instituciones gobernantes, que a s� mismas se llaman �nobles�.

 

3.-Desarrollo de la ense�anza-aprendizaje.

Se ha repetido hasta la saciedad �y se sigue diciendo� que DQ representa los ideales y S el materialismo. Pero no podemos olvidar lo que dice el propio S a su amo en la aventura de los batanes: �Yo sal� de mi tierra y dej� hijos y mujer por venir a servir a vuestra merced, creyendo valer m�s y no menos� (I, 20). Por eso advierte D. Alonso, siguiendo a Unamuno y Papini, que �Sancho es tambi�n otro caballero de otro ideal�:

�No deja �l tambi�n su lugar, su casa, su familia y su menguada hacienda, por atender a las visiones de un loco? �Acaso no le acompa�a en sus aventuras y participa en su fatiga y en sus palos? Y para el pobre escudero, all� en el conf�n del horizonte lejano, como otra Dulcinea encantada, est� presente en todas las peregrinaciones, espejismo de la llanura, siempre cercano a la fantas�a, siempre lejos de su alcance, su ideal: la �nsula (Alonso, 1962, p. 9).

Ya desde el principio DQ da a su escudero una maravillosa lecci�n, que consideramos b�sica para el posterior desarrollo de la persona y necesaria para cualquier aprendizaje: la confianza en uno mismo y la seguridad, sin vanagloria pero sin menosvalorarse. Sancho la aprende a la primera. As� al final de ese cap�tulo el di�logo que mantienen ambos termina de esta manera:

--...pero no apoques tu �nimo tanto, que te vengas a contentar con menos que con ser adelantado.

--No har�, se�or m�o �respondi� Sancho--, y m�s teniendo tan principal amo en vuestra merced, que me sabr� dar todo aquello que me est� bien y yo pueda llevar (I, 7).

Como vemos, S tiene ya una fe ciega y casi reverencial en su amo; y, adem�s, sabe que �es bueno�, como dir� m�s adelante. Y as� �el primer proceso, en el alma de Sancho �dice D. Alonso (1962, p. 10)--, es irse metiendo en la locura de su amo�. Y no tarda mucho; en la escena de los molinos, es tal la fuerza de la palabra de DQ que, cuando las aspas le derriban, �precisamente entonces, Sancho se deja convencer por las razones de su amo�:

A la mano de Dios �dijo Sancho--; yo lo creo todo as� como vuestra merced lo dice (I, 8).

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Esa fe y confianza, aunque con altibajos, permanecen inquebrantables a lo largo de la obra; y aparece expl�cita en varias ocasiones tambi�n a lo largo de la misma. Bastan estos dos ejemplos de los primeros laces: �S�lo  Sancho Panza pensaba que cuanto su amo dec�a era verdad� (I, 13); �Y con tanto ah�nco afirmaba don Quijote que eran ej�rcitos, que Sancho lo vino a creer� (I, 18);

Sabemos que en ocasiones S llega a enga�ar a DQ (la carta que no lleva a Dulcinea, el encantamiento de la misma), incluso en alguna ocasi�n se le subleva hasta luchar con �l y vencerle pero lo hace en defensa de su lib�rrima voluntad (�ay�dome a m�, que soy mi se�or�, le dice en el cap�tulo 60 de la segunda parte).  Pero todo ello no merma un �pice la veneraci�n que S le profesa. �Porque lo caracter�stico del alma de Sancho es que en ella el movimiento de ilusi�n y desilusi�n se reproduce ondulatoriamente a trav�s de todas las p�ginas de la obra�, como acertadamente dice D�maso Alonso, quien a�ade que el pobre escudero, �tras muchos desenga�os, vuelve una vez y otra a un original estado de inocencia; vuelve a creer en su caballero� (Alonso, 1962, p. 14).

Esta confianza de S en su amo tiene su correspondencia en el respeto que DQ demuestra por su escudero ya desde el principio. As�, cuando DQ comenta a S que los caballeros andantes jam�s se quejan, �ste le responde: �De m� s� decir que me  he de quejar del m�s peque�o dolor que tenga, si ya no se entiende tambi�n con los escuderos de los caballeros andantes eso del no quejarse�: Y Cervantes comenta:

No se dej� de re�r don Quijote de la simplicidad de su escudero; y as�, le declar� que pod�a muy bien quejarse como y cuando quisiese, sin gana o con ella; que hasta entonces no hab�a le�do cosa en contrario en la orden de caballer�a (I, 8).

No cabe la menor duda de que todo aquel que quiera dedicarse a la ense�anza ha de partir de un principio fundamental, conditio sine qua non: y es que debe considerar y respetar la manera de ser de las personas y la libertad de pensar y actuar de las mismas.

Es esta relaci�n de mutua correspondencia y respeto lo que hace que se vaya afianzando cada vez m�s, y m�s profundamente, esa amistad cuasi hipost�tica entre esas  dos �almas gemelas� que son D y S; y eso hasta tal punto, que S se dirige a su amo y se�or con la libertad de un igual pero sin perder jam�s �si bien alguna vez pueda parecer otra cosa-- el respeto y la admiraci�n que le profesa, aunque a veces  dude y aun maldiga su situaci�n. Por su parte, DQ se dirige a S con respetuosos ep�tetos, llenos de un profundo afecto y siempre acompa�ados de su nombre antes o despu�s (alguna vez con nombre y apellido): amigo, hermano, bueno, el bueno, hijo, �Sancho amigo, duermes? �Duermes, amigo Sancho�, amigo y gu�a, escudero m�o, ��Oh Sancho bendito! �Oh Sancho amigo!�...

Otras veces, sin embargo, menudean los insultos, pero �lo repetimos-- ello no disminuye el cari�o ni se menoscaba la amistad, porque esos insultos van rebozados en la harina de un profundo afecto: majadero, villano ruin, traidor blasfemo (todos, en el cap�tulo 30 de la primera parte), aunque, tras la aclaraci�n de S le dice: �Ahora te disculpo y perd�name el enojo que te he dado; que los primeros movimientos no son en manos de los hombres�. Y luego, en el cap�tulo 37, despu�s de que �la Princesa Micomicona� le haya desbaratado la sospecha y desmentido a S �quien previamente le hab�a dicho a su amo: �Lev�ntese vuestra merced (...), y ver� a la reina convertida en una dama particular, llamada Dorotea�--, se dirige a �l lleno de sana irritaci�n en estos t�rminos, pensando que su escudero es un irresponsable chismoso:

Ahora te digo, Sanchuelo, que eres el mayor bellacuelo que hay en Espa�a. Dime, ladr�n vagamundo, �no me acabaste de decir ahora que esta princesa se hab�a vuelto en una doncella que se llamaba Dorotea? (I, 37).

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Tras la disculpa �a medias-- de su escudero, concluye DQ: �Ahora yo te digo, Sancho, que eres un mentecato, y perd�name, y basta� (I, 37). Resulta verdaderamente admirable o�r a DQ, tras las explicaciones de S, pedirle disculpas e incluso reconocer que todos tenemos un �pronto� que, humanos como somos, no podemos evitar. �Qu� admirable ejemplo de dignidad para todos nosotros, y sobre todo para quienes nos dedicamos a este delicad�simo oficio de la ense�anza y la educaci�n![xix].

Pero m�s adelante, ya casi al final de ese episodio, S, �que a todo estaba presente�, y, como suele hacer quien conoce la situaci�n y no se deja enga�ar, �meneando la cabeza a una parte y a otra� y diciendo �ay, se�or, se�or�, se dirige a su amo en estos t�rminos: �Si vuestra merced se enoja, yo callar�, y dejar� de decir lo que soy obligado como buen escudero, y como debe un buen criado decir a su se�or� (I, 46). Entonces DQ le replica: �Di lo que quisieres�; y S respondi�: �yo tengo por cierto y por averiguado que esta se�ora que se dice ser reina del gran reino Micomic�n no lo es m�s que mi madre; porque a ser lo que ella dice, no se anduviera hocicando con alguno de los que est�n en la rueda� (I, 46).

Naturalmente Dorotea �par�se colorada con las razones de Sancho�; pero �ste prosigue su alegato diciendo que ya no corre prisa prepararse para marchar y termina con estas palabras: �ser� mejor que nos estemos quedos, y cada puta hile, y comamos�. Y ahora toma la palabra Cervantes para describir el enojo de DQ al o�r �las descompuestas palabras de su escudero�, el cual fue tanto, que, con voz atropellada y tartamuda lengua, lanzando vivo fuego por los ojos, dijo:

�Oh bellaco villano, mal mirado, descompuesto, ignorante, infacundo, deslenguado, atrevido, murmurador y maldiciente! �Tales palabras has osado decir en mi presencia y en la destas �nclitas se�oras, y tales deshonestidades y atrevimientos osaste poner en tu confusa imaginaci�n? �Vete de mi presencia, monstruo de naturaleza, depositario de mentiras, almario de embustes, silo de bellaquer�as, inventor de maldades, publicador de sandeces, enemigo del decoro que se debe a las reales personas! �Vete, no parezcas delante de m�, so pena de mi ira! (I, 46, p....).

Pocas veces vemos a DQ tan disgustado y molesto. �Por qu� esta reacci�n? No olvidemos el gran respeto que tiene sobre todo por las mujeres y por su �honra� y por su libertad[xx]. Naturalmente, ha de ser la propia Dorotea �siguiendo el juego consabido�quien le quitar� el enojo recurriendo a los �encantamentos� que le habr�n hecho ver a S �lo que �l dice que vio, tan en ofensa de mi honestidad�. Nuevamente la iron�a cervantina nos hace sonre�r. Y l�gicamente DQ as� lo cree, y lo confirma con un juramento, terminando con estas palabras: �que s� yo bien de la bondad e inocencia deste desdichado, que no sabe levantar testimonios a nadie� (I, 46. p....). M�s adelante,  cerca del final de la primera parte, vuelven los elogios de S por parte de su amo: �y as�, puedo yo sin escr�pulo de conciencia hacer conde a Sancho Panza, que es uno de los mejores escuderos que caballero andante ha tenido� (I, 50).

El juego contin�a y, cuando el cura trae a S, su amo le echa la bendici�n y se entabla este breve di�logo: �--Ahora acabar�s de conocer, Sancho hijo, ser verdad lo que yo otras muchas veces te he dicho (...). �As� lo creo yo, excepto aquello de la manta, que realmente sucedi� por v�a ordinaria. �No lo creas; que si as� fuera, yo te vengara� (I, 46).

Es entonces cuando tiene lugar el encadenamiento de DQ, por v�a de �encantamento�, y todo se desarrolla �a punto como hab�a pensado que suceder�a el cura, trazador desta m�quina�. De entre todos los presentes, comenta Cervantes, s�lo Sancho. 

estaba en su mesmo juicio, y en su mesma figura; el cual, aunque le faltaba bien poco para tener la mesma enfermedad de su amo, no dej� de conocer qui�n eran todas aquellas figuras; mas no os� descoser su boca, hasta ver en  qu� paraba aquel asalto y prisi�n de su amo, el cual tampoco hablaba palabra, atendiendo a ver el paradero de su desgracia (I, 46).

Estamos ya al final de la primera parte. Mientras todos est�n fingiendo y recurren, arteramente, a su misma �locura� para conseguir reducir a DQ, s�lo S conserva efectivamente, en medio de su confusi�n, �su mesmo juicio�. El escudero ha aprendido como se debe actuar en casos como �ste, y nos da una maravillosa lecci�n  de prudente astucia e inteligencia.

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En la segunda parte la figura de S va creciendo en dignidad, y hasta cuando en alguna otra ocasi�n, cansado e irritado y exacervado por la multitud de refranes que ensarta, tambi�n parece insultarle (�maldito seas, Sancho; Sancho maldito�), sentimos que ese  insulto est� transido de una profunda ternura y de un gran cari�o. A la vez vemos que en DQ, como hemos dicho, va creciendo un afecto por su escudero cada vez mayor, visible ya desde el principio, que se manifiesta a lo largo de toda la obra, y que en la segunda parte llega hasta transformarse en admiraci�n. As�, por ejemplo:

Ya te tengo dicho antes de agora muchas veces, Sancho, que eres muy grande hablador y que, aunque de ingenio boto, muchas veces despuntas de agudo (I, 25).

�V�late el diablo por villano �dijo don Quijote--, y qu� de discreciones dices a las veces! No parece sino que has estudiado (I, 31).

Yo conf�o en su bondad y buen proceder que no me dejar�, en buena ni en mala suerte (I, 42, 9).

La sencillez y hasta la aparente simpleza con que se nos presenta a Sancho Panza no est� re�ida con la personalidad que, junto al profundo respeto que siente por su se�or, irradia el personaje creado por Cervantes, una personalidad que se va forjando y manifestando, fuerte y segura de s� misma, en cuantas ocasiones se le presentan. As�, por ejemplo, cuando llevan a DQ enjaulado de regreso a casa al concluir la primera salida, tras decirles que �as� va encantado don Quijote como mi madre�, dirigi�ndose al cura le espeta[xxi]:

�Ah se�or cura, se�or cura! �Pensaba vuestra merced que no le conozco, y pensar� que yo no calo y adivino ad�nde se encaminan estos nuevos encantamentos? Pues sepa que le conozco, por m�s que se encubra el rostro, y sepa que le entiendo, por m�s que disimule sus embustes. En fin donde reina la envidia no puede vivir la virtud (I, 47, p. 903).

Luego, el barbero, engre�do y displicente, le dice a Sancho: �En mal punto os empre�astes de sus promesas y en mal hora se os entr� en los cascos la �nsula que tanto dese�is� (I, 49, p. 904). Y el buen escudero que es Sancho, sinti�ndose ofendido en su propia dignidad, le replica con la fuerza de quien est� seguro de s� mismo y hasta con cierta iron�a y superioridad como quien sabe m�s que �l:

Yo no estoy pre�ado de nadie, ni soy hombre que me dejar�a empre�ar, del rey que fuese; y aunque pobre, soy cristiano viejo, y no debo nada a nadie; y si �nsulas deseo, otros desean otras cosas peores, y cada uno es hijo de sus obras     ; y debajo de ser hombre puedo venir a ser papa, cuanto m�s gobernador de un �nsula (...). Vuestra merced mire como habla, se�or barbero, que no es todo hacer barbas, y algo va de Pedro a Pedro. D�golo porque todos nos conocemos, y a m� no se me ha de echar dado en falso (I, 47, p. 905).  

�Debajo de ser hombre�... �Qu� lecci�n la que ahora da S! Una lecci�n que debe ser tambi�n una gu�a necesaria e imprescindible para todo el que se dedique a la ense�anza. La idea de la dignidad de ser, antes que otra cosa, un ser humano es la idea a la que se subordina cualquier otra dignidad: todo lo que en la vida nos acompa�a como personas individuales e indivisos, cualquiera que ello sea (rey, zapatero, labrador, modista, papa, barrendero, presidente, mendigo, catedr�tico, alba�il, arquitecto, deshollinador...) ser� siempre una m�scara que nos ponemos para actuar disfrazados desempe�ando el papel que nos ha correspondido en el gran teatro de la vida. Si nos quitamos ese disfraz y la indumentaria misma que le acompa�a, nos quedamos totalmente desnudos: solos ante nosotros mismos, solos ante el mundo, todos iguales.

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Como ya hemos dicho antes, S aprende muy r�pidamente ya desde el principio; y es el suyo un aprendizaje constante que le va enriqueciendo durante toda la obra; pero es que �l tambi�n es �una material muy valioso� por s� mismo y moldeable: as� lo reconoce el mismo DQ en su testamento cuando afirma que �si como estando yo loco fui parte para darle el gobierno de la �nsula, pudiera agora, estando cuerdo, darle el de un reino, se lo diera, porque la sencillez de su condici�n y fidelidad de su trato lo merece� (II, 74). As�, cuando DQ le advierte que no debe meterse en las peleas que su se�or sostenga con caballeros puesto que S no lo es,  le responde:

Por cierto, se�or, que vuestra merced sea muy bien obedecido en esto; y m�s, que yo de m�o me soy pac�fico y enemigo de meterme en ruidos y pendencias. Bien es verdad que en lo que tocare a defender mi persona no tendr� mucha cuenta con esas leyes, pues las divinas y humanas permiten que cada uno se defienda de quien quisiere agraviarle (I, 8).

Ello no obstante no le librar� de salir mal parado como sale en tantas ocasiones; tal le sucede ya en ese mismo pasaje cuando los mozos, �que no entend�an de burlas�, y vi�ndole despojar al fraile vencido[xxii], �dieron con �l en el suelo, y, sin dejarle pelo en las barbas, le molieron a coces y le dejaron tendido en el suelo, sin dientes ni sentido� (I, 8).

La ense�anza es un camino de paciencia, un proceso largo, tan largo que dura toda la vida. Sancho quiere alcanzar enseguida su meta: la �nsula prometida; y, as�, se lo pide a DQ tras el primer envite que cree victorioso, la aventura de los frailes: �Sea vuestra merced servido, se�or don Quijote m�o, de darme el gobierno de la �nsula que en esta rigurosa pendencia se ha ganado� (I, 10). Ese �don Quijote m�o�, traspasado de ternura, lo est� a la vez de un ingenuo ego�smo y hasta de adulaci�n. La respuesta que recibe es la lecci�n de un gran maestro:

Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a esta semejantes no son aventuras de �nsulas, sino de encrucijadas (...). Tened paciencia, que aventuras se ofrecer�n donde no solamente os pueda hacer gobernador, sino m�s adelante (I, 10).

Aunque S es el escudero de DQ y, desde el punto de vista de la sociedad en que se vive, sea considerado en ese sentido inferior, el caballero, como debe hacer todo buen educador, se esfuerza por que esa situaci�n no le afecte a su escudero, haciendo lo posible para ense�arle y educarlo, y tratando de que se siente y �sea una mesma cosa� con �l y como uno m�s entre todos. As�, en la cena que los cabreros le ofrecen, DQ viendo que S se queda de pie para servirles le dice:

...quiero que aqu� a mi lado y en compa��a desta buena gente te sientes y que seas una mesma cosa conmigo, que soy tu amo y natural se�or: que comas en mi plato y bebas por donde yo bebiere; porque de la caballer�a andante se puede decir lo mesmo que del amor se dice: que todas las cosas iguala (I, 11).

Pero Sancho, poco atento a las reglas de urbanidad que desconoce, aunque �da por bien recebidas� las palabras de DQ, defiende la sencillez en un acto tan importante y personal como es el comer; y, si bien agradece �la gran merced� y �la honra� que le hace su se�or, le replica que lo que importa es tener �bien de comer� y aun que �mejor me lo comer�a en pie y a mis solas�; y a�ade:

Y aun, si va a decir verdad, mucho mejor me sabe lo que como en mi rinc�n sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los gallipavos de otras mesas donde me sea forzoso mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar, ni toser si me viene gana, ni  hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo  (I, 11).

Indudablemente es un canto a la sencillez que DQ acepta impl�citamente con la respuesta que le da, pero salvando su empe�o en que S vaya aprendiendo: �Con todo eso, te has de sentar; porque a quien se humilla, Dios le ensalza� (I, 11).

Es el momento en que DQ pronuncia el famoso discurso sobre la edad de oro que el autor nos presenta as�: �Despu�s que don Quijote hubo bien satisfecho su est�mago, tom� un pu�o de bellotasen la mano, y, mir�ndolas atentamente, solt� la voz a semejantes razones� (I, 11). Tanta pasi�n pone DQ en lo que dice, lo dice tan bien y sintiendo lo que dice, que los cabreros, �sin respondelle palabra�, aunque no le entendieran, le estuvieron escuchando �embobados y suspensos�. Pero �Sancho asimesmo callaba y com�a bellotas�.

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Aunque el comentario de Cervantes rebosa iron�a, encierra una lecci�n positiva que todo profesional de la palabra deber�a tener presente: Para poder conseguir la atenci�n de los oyentes, cualesquiera que ellos sean, es necesario de toda necesidad hacerlo con el entusiasmo que muestra DQ; y, desde luego el maestro, por su profesi�n, est� obligado a ello siempre que se dirija a sus alumnos, si quiere que la ense�anza surta

los efectos deseados, para que el di�logo sea efectivamente di�logo. Ning�n educador podr� transmitir el amor, por ejemplo, hacia la lengua y la literatura si �l no siente ese amor y lo hace con el entusiasmo y la sensibilidad de un enamorado.

Pero en esta ocasi�n Cervantes hace que tambi�n DQ reciba una lecci�n de humildad. El cabrero que cuenta la historia de Marcela se equivoca en varias palabras. La primera vez que DQ le corrige, interrumpi�ndole, el cabrero sigue su historia, �no reparando en ni�er�as�; cuando m�s adelante le dice que �esa ciencia se llama astrolog�a�, aqu�l le contesta, un poco molesto: �No s� yo c�mo se llama �replic� Pedro--; m�s s� que todo esto sab�a; y a�n m�s� (I, 12).

La lecci�n que Cervantes nos da es que �como dice el refr�n espa�ol� �a todo hay quien gane�; que el educador, y precisamente el que se supone que es m�s sabio, ha de tener mucho tacto a la hora de corregir, especialmente de forma oral, a los alumnos para no herir su sensibilidad. Y as� DQ, tras otras interrupciones provocadas por no poder �sufrir el trocar de los vocablos del cabrero�, adquiere consciencia de la situaci�n, sobre todo cuando le dice el cabrero: �si es, se�or, que me hab�is de andar zaheriendo a cada paso los vocablos, no acabaremos en un a�o� (I, 12).

A partir de ah�, DQ no solo le pide perd�n sino que le anima a proseguir su historia y elogia su forma de hacerlo: �y proseguid adelante, que el cuento es muy bueno, y vos, buen Pedro, le cont�is con muy buena gracia� (I, 12). Y m�s adelante: �agrad�zcoos el gusto que me hab�is dado con la narraci�n de tan sabroso cuento� (I, 12)[xxiii].

Tras este cap�tulo, se desarrolla en los siguientes el largo di�logo que sostiene DQ con uno de los �gentiles hombres� que acuden al entierro de Gris�stomo �di�logo que mantienen por la curiosidad de �ver qu� g�nero de locura era el suyo�--. DQ defiende la acci�n como ejercicio superior al de la contemplaci�n: �Quiero decir que los religiosos, con toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de la tierra; pero los soldados y caballeros ponemos en ejecuci�n lo que ellos piden, defendi�ndola con el valor de nuestros brazos�. Y, para evitar cualquier censura eclesi�stica, a�ade luego:

No quiero yo decir, ni me pasa por pensamiento, que es tan buen estado el de caballero andante como el del encerrado religioso; s�lo quiero inferir, por lo que yo padezco, que, sin duda, es m�s trabajoso y  m�s aporreado, y m�s hambriento y sediento, miserable, roto y piojoso; porque no hay duda sino que los caballeros andantes pasados pasaron mucha malaventura en el discurso de su vida[xxiv] (I, 13).

Aqu� DQ, que, con toda su ilusi�n a cuestas, se ha lanzado a la aventura por descubrir lo que se va a encontrar en su camino, y con absoluta seguridad en la rectitud de sus actos, due�o de sus pensamientos y de sus inconmovibles principios, sabe que tiene que enfrentarse a ese mundo apacible de los que nada emprenden[xxv]. Y nunca adoptar� una actitud pasiva, sino que, seg�n sabemos, ser� siempre din�mica y activa. Precisamente, sobre lo importante que es la acci�n en s� como elemento creador dice, siguiendo a Arist�teles, Fernando Savater:

La acci�n no es fabricaci�n de objetos o de instrumentos sino creadora de humanidad. La  praxis es autopi�tica: la principal industria del hombre es inventarse y darse forma a s� mismo (...). Actuar requiere sin duda conocimiento e imaginaci�n (...); pero consiste principalmente en  decisi�n  acerca de lo que va a hacerse (Savater, 2003, pp. 26, 35)

Hay a su alrededor un mundo que �l tiene que desenmascarar. Esa aventura es permanente y no �nicamente exterior, sino que es vivida esencialmente en su interior: sale de s� mismo a trav�s de  la imaginaci�n creadora; con ella consigue ennoblecer la realidad, creando as� una realidad m�gica[xxvi], �convertir lo dom�stico en �pico�. Y, como dice Le�n Felipe, �antes denuncia nuestras miserias el poeta que el moralista� (Felipe, 1963, p. 229).

Sigue aquel caminante inquiriendo de DQ sus ideas;  y as� le dice que le parece muy mal que los caballeros andantes, �cuando se ven en ocasi�n de acometer una grande y peligrosa aventura�, nunca se acuerdan de encomendarse a Dios �como cada cristiano est� obligado a hacer en peligro de perder la vida� y, en lugar de eso, �se encomiendan a sus damas como si ellas fueran su Dios: cosa que me parece que huele algo a gentilidad�. Pero DQ, defendiendo por encima de todo el amor a su dama como ideal divino del caballero y m�vil �ltimo de sus acciones, le replica:

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...eso no puede ser menos en ninguna manera, y caer�a en mal caso el caballero andante que otra cosa hiciese; que ya est� en uso y costumbre en la caballer�a andantesca que el caballero andante que al acometer alg�n gran fecho de armas tuviese su se�ora delante vuelva a ella los ojos blanda y amorosamente. como que le pide con ellos que le favorezca y ampare en el dudoso trance que acomete; y aun si nadie le oye, est� obligado a decir algunas palabras entre dientes, en que de todo coraz�n se le encomiende; y desto tenemos innumerables ejemplos en la historia (I, 13).

Pienso que aqu� Cervantes, nuestro Cervantes, muestra, como en tantas otras ocasiones, cu�l debe ser el m�vil de nuestros actos, y especialmente los relativos a la ense�anza y al comportamiento de nuestra vida en relaci�n con los dem�s: el amor. Claro est� que en este caso se trata solo del amor entre dos amantes, var�n y mujer y viceversa, y de c�mo el hombre enamorado tiene por gu�a el amor de su amada; pero personalmente pienso que la entrega por nuestra parte a la ense�anza ha de estar guiada por un sentimiento que tenga la misma fuerza que el amor del caballero por su dama.

A todo esto, �qu� hace mientras S? No se le olvida al autor presentarlo con magistral pincelada, en tanto que los otros van �conociendo la demasiada falta de juicio de don Quijote�, y lo vemos as�: �S�lo Sancho Panza pensaba que cuanto su amo dec�a era verdad, sabiendo �l qui�n era y habi�ndole conocido desde su nacimiento� (I, 13). Y es que S ve que su amo habla con tanta seguridad y tan convencido est� de lo que dice, que no puede por menos de quedarse subyugado por su razonamiento; as� algo m�s adelante leemos: �Estaba Sancho Panza colgado de sus palabras, sin hablar ninguna� (I, 18). La fe y confianza del escudero en su se�or es total y ya no encuentra la menor duda para creer en �l, atra�do especialmente por su bondad.

Con ocasi�n del episodio de Maritornes, que tiene lugar en aquella venta, y que Cervantes nos presenta con ese genial humor encadenado a su gozosa visi�n de la vida y a su enorme conocimiento y capacidad expresiva del lenguaje[xxvii], asistimos a uno de los episodios m�s divertidos y entretenidos de la obra; como entretenida y divertida y alegre debe ser, aun en medio de las desdichas, la vida misma: el hombre debe luchar con todas las fuerzas del esp�ritu por superar todos los contratiempos, todas las zancadillas que le pongan en su camino.

Poco despu�s entre DQ y S se entabla este sabroso di�logo:

                        --Sancho amigo, �duermes? �Duermes, amigo Sancho?

--�Qu� tengo de dormir, pesia a m� �respondi� Sancho, lleno de pesadumbre y de despecho--, que no parece sino que todos los diablos han andado conmigo esta noche?

-Pu�deslo creer ans�, sin duda (...). Mas esto que ahora quiero decirte hasme de jurar que lo tendr�s secreto hasta despu�s de la muerte.

--S� juro �respondi� Sancho.

--D�golo �replic� don Quijote--, porque soy enemigo de que se quite la honra a nadie (I, 17).

A continuaci�n le explica DQ --que en medio de sus ilusiones y alucinaciones y desvar�os cree que en su cama se ha metido la hermosa hija del ventero en lugar de Maritornes-- que, �al tiempo que yo estaba con ella en dulc�simos y amoros�simos coloquios, sin que yo la viese ni supiese por donde ven�a, vino una mano pegada a alg�n brazo de alg�n descomunal gigante� (I, 17)... Indudablemente , lo que DQ le quiere decir a S es que aquella situaci�n no pas� a mayores por �guardar la fe que debo a mi se�ora�. Y, por tanto, que no debe uno dejarse llevar de las apariencias ni se debe pensar mal de nadie y mucho menos calumniar, cuando adem�s est� por medio la honra y la dignidad de la persona. Otro principio fundamental de la educaci�n. Y de nuevo la verdad como fundamento de la amistad. Con esto DQ da a S �y nos da a todos� una maravillosa lecci�n del alto valor de la dignidad humana, y de respeto por la misma.

El episodio de los reba�os termina, naturalmente, en fracaso; y tras la vomitona con la que �quedaron entrambos como de perlas� S siente tal des�nimo, sobre todo cuando comprueba que le faltan las alforjas, que �propuso en su coraz�n de dejar a su amo y volverse a su tierra, aunque perdiese el salario de lo servido y las esperanzas del gobierno de la prometida �nsula� (I, 18); y est� tan abatido que DQ, al verle �de pechos sobre su asno, con la mano en la mejilla, en guisa de hombre pensativo adem�s, con muestras de tanta tristeza� (I, 18), no puede por menos de recurrir a su poder de persuasi�n y a su ascendencia sobre �l para animarle:

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S�bete, Sancho, que no es un hombre m�s que otro si no hace m�s que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son se�ales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas (I, 18).

Todos sabemos que el camino de la ense�anza-aprendizaje es, a veces, muy duro y en m�s de una ocasi�n aparece el desaliento. Pero no debemos detenernos a mitad de  �l; es necesario continuar trabajando, siguiendo y haciendo nuestro camino, so pena de quedarnos rezagados y fuera del proceso vital al que el hombre se ve impulsado por el entorno en que le toca vivir. Nuestra formaci�n como seres humanos nunca se para, nunca est� terminada; como el camino machadiano, �se hace camino al andar�. DQ trata de infundir �nimos a S pero a la vez se deja guiar por �l: �Gu�a t� por donde quisieres; que esta vez quiero dejar a tu elecci�n el alojarnos� (I, 18).     

Sucede esto con relativa frecuencia porque S, aparte de su natural ingenio, va aprendiendo tambi�n al lado de su se�or a ser consciente del papel tan importante que juega junto a �l. Tan importante, en efecto, y necesario es DQ como S; tan importante y necesario es el profesor como el alumno. Y en muchas ocasiones es �l quien acaba convenciendo a DQ. As� en el episodio del cuerpo muerto DQ, tras desbaratar a los encapuchados, quiere ver �el cuerpo que ven�a en la litera�; pero S �no se lo consinti� y le convence elogiando su �victoria� en solitario y recurriendo a argumentos m�s prosaicos pero no menos necesarios:

El jumento est� como conviene, la monta�a cerca, el hambre carga, no hay que hacer sino retirarnos con gentil comp�s de oies, y, como dicen, v�yase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza (I, 19).

Con ello S logra que su amo le siga �sin volverle a replicar�; y, llegando �a un espacioso y escondido valle�, con su habitual humor y gracia no exenta de iron�a, comenta Cervantes:

Sancho alivi� el jumento, y tendidos sobre la verde yerba, con la salsa de su hambre, almorzaron, comieron, merendaron y cenaron a un mesmo punto, satisfaciendo sus est�magos con m�s de una fiambrera que los se�ores cl�rigos del difunto �que pocas veces se dejan mal pasar� en la ac�mila de su repuesto tra�an (I, 19).

Uno de los momentos en que con m�s clarividencia se manifiesta la inteligencia pr�ctica de S es en el di�logo que mantienen en el cap�tulo 23, tras concluir el episodio de los galeotes. El escudero le dice: �As� escarmentar� vuestra merced como yo soy turco�; y a�ade: �pero cr�ame ahora y escusar� otro mayor [da�o[; porque le hago saber que con la Santa Hermandad no hay usar de caballer�as (...); y sepa que ya me parece que sus saetas me zumban por los o�dos�; ante lo cual responde DQ: �Naturalmente eres cobarde, Sancho�, aunque  inmediatamente admite: �pero porque no digas que soy contumaz y que jam�s hago lo que me aconsejas, por esta vez quiero tomar tu consejo y apartarme de la furia que tanto temes�; y le pone como condici�n que �jam�s, en vida ni en muerte� ha de decir a nadie que se retir� del peligro �por miedo, sino por complacer a tus ruegos�. Entonces S le responde con unas palabras dignas de los famosos �siete sabios�:

Se�or, que el retirar no es huir, ni el esperar es cordura, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza, y de sabios es guardarse hoy para ma�ana y no aventurarse todo en un d�a. Y sepa que, aunque zafio y villano, todav�a se me alcanza algo desto que llaman buen gobierno: as� que no se arrepienta de haber tomado mi consejo, sino suba en Rocinante, si puede, o si no, yo le ayudar�, y s�game; que el caletre me dice que hemos menester ahora m�s los pies que las manos (I, 23).

�Qu� lecci�n �magistral� la que S da a DQ en tan pocas palabras! �Y, sobre todo, con qu� humildad y con qu� sencillez y con qu� dignidad! Dif�cilmente se encontrar� en literatura un ejemplo como este en que la dignidad del ser humano resplandezca como aqu�, y en labios de un pobre hombre del pueblo, que ni siquiera sabe leer ni escribir! S�, un hombre iletrado, �zafio�, del pueblo bajo; pero un hombre sabio del pueblo sabio. �Y c�mo DQ, convencido, le sigue �sin replicarle m�s palabra� hasta llegar a un lugar donde �se le alegr� el coraz�n�! La iron�a de Cervantes brilla tambi�n aqu� con luz propia.

En una de aquellas ocasiones de desfallecimiento, S siente tanta pena que llega a pedirle a su se�or que le d� licencia para volverse a su casa, y es que no puede soportar la prohibici�n que le ha impuesto de hablar tanto. Y es que anteriormente, tras la escena de los batanes, DQ le ha dicho: �Y est� advertido de aqu� adelante en una cosa, para que te abstengas y reportes en el hablar demasiado conmigo: que en cuantos libros de caballer�as he le�do, que son infinitos, jam�s he hallado que ning�n escudero hablase tanto con su se�or como t� con el tuyo� (I, 20, p. 401). Y as� le ruega con solemnidad compungida:

Se�or don Quijote, vuestra merced me eche su bendici�n y me d� licencia; que desde aqu� me quiero volver a mi casa, y a mi mujer, y a mis hijos, con los cuales, por lo menos, hablar� y departir� todo lo que quiera; porque querer vuestra merced que vaya con �l por estas soledades de d�a y de noche, y que no le hable cuando me diere gusto, es enterrarme en vida (I, 25).

Naturalmente DQ, como gran maestro que es, le entiende muy bien y le responde: �Ya te entiendo, Sancho, t� mueres por que te alce el entredicho que te tengo puesto en la lengua. Dale por alzado y di lo que quisieres� (I, 25). Nada hay peor en la vida, y l�gicamente en el mundo de la ense�anza, que el prohibirle a alguien el uso de la palabra; pues, como ya qued� dicho, la palabra es el hombre y, como dice D. Alonso, �somos hombres por la palabra� (Alonso, 1958, p....). Sin la palabra, sin el di�logo, ser�a inconcebible la ense�anza y hasta la propia sociedad.

El valor de la palabra lo conoce muy bien DQ, y �l es quien m�s uso hace de ella. En ese oficio de usar la palabra, todos sabemos que cuantos le conocen y tratan quedan maravillados del valor que tienen las de DQ y, a�n m�s, de su human�simo razonamiento y el valor permanente del mismo, como es evidente a lo largo de la novela. Porque, si hay alg�n libro escrito que defienda la dignidad del ser humano, y valore por encima de cualquier otro el valor supremo de ser hombre, a lo que todo lo dem�s queda subordinado, �se es El Quijote.

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Es esto tan necesario para el fin que persigue Cervantes, que no pierde ocasi�n de destacarlo cuantas veces tiene la oportunidad de hacerlo y por boca de muy distintos personajes, y as� sucede a lo largo de toda la obra. Como muestra valgan estos ejemplos de la primera parte: �Admirado qued� el oidor del razonamiento de DQ, a quien se puso a mirar muy de prop�sito, y no menos le admiraba su talle que sus palabras� (I; 42); �admirado� se queda tambi�n el can�nigo que dialoga con �l cuando le llevan encantado a su casa �y en la mesma admiraci�n cayeron todos los que con �l ven�an�, despu�s de o�rle decir, entre otras cosas, que va as� �por envidia y fraude de malos encantadores; que la virtud m�s es perseguida de los malos que amada de los buenos� (I, 47); y admirado sigue el mismo cura �de que en cuanto hablaba y respond�a mostraba tener bon�simo entendimiento; solamente ven�a a perder los estribos en trat�ndole de caballer�a� (I, 49)[xxviii].

Pero el cura, viendo que DQ dialoga con el can�nigo, se acerca �para responder de modo que no fuese descubierto su artificio�. Al llegar a ellos, el cura le dice que DQ va encantado �no por sus culpas y pecados, sino por la mala intenci�n de aquellos a quien la virtud enfada y la valent�a enoja. �ste es, se�or, el Caballero de la Triste Figura, cuyas valerosas haza�as ser�n escritas en bronces duros, por m�s que se canse la envidia en oscurecerlos y la malicia en ocultarlos�. Con esas palabras, se est� acusando real y verdaderamente a s� mismo. �Con qu� finura y con qu� asombrosa inteligencia Cervantes hace que el propio autor de tal felon�a se est� echando la culpa directamente a s� mismo, as� sin m�s, y sin que nadie lo pueda descubrir!

Cervantes, en los cap�tulos finales en que llevan enjaulado a DQ de regreso a casa, pone en boca del h�roe algunas de las ideas m�s importantes que presidieron su vida y que deben ser tambi�n  gu�a de todos nosotros, sobre todo los que tenemos como profesi�n la ense�anza. As�, bajo su mirada cr�tica est� la mala literatura, especialmente las �malas comedias�, aquellas que los malos gobernantes �a quienes censura por ello-- permiten que se representen para que el pueblo se olvide de la tr�gica realidad, se a�sle de los problemas[xxix] y se distraiga produciendo en la gente una risa hueca, vac�a e inconsistente; pues la comedia ha de ser �espejo de la vida, ejemplo de las costumbres e imagen de la verdad� (I, 47). S�, critica la mala literatura, la que s�lo divierte para distraer la atenci�n de los hechos graves pero no educa, la que no plantea los problemas que la vida presenta cada d�a, la que no se preocupa de la formaci�n humana y de cultivar la sensibilidad del hombre, la que no obliga a pensar. De ah� que los libros deben hacerse 

con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invenci�n, que tire lo m�s que fuere posible a la verdad (...), que consiga el fin mejor que se pretende con los escritos, que es ense�ar y deleitar juntamente (I, 47).

Asimismo, bajo su pluma de censor caen, sin paliativos, los malos jueces, los que se venden y se gu�an �por la ley del encaje�; y todos aquellos ignorantes presuntuosos cuya mirada miope se detiene en lo concreto de su peque�o mundo dom�stico, como aquel cl�rigo �ya mediada la segunda parte-- que se sentaba a la mesa de los duques y que pertenece a esa clase de los que �quieren que la grandeza de los grandes de esp�ritu se mida con la estrecheza de sus �nimos� (II, 32, p. 460).

Y otro tanto acontece con los nobles, que bostezan acomodados en el pedestal del poder y del dinero, y que desprecian a todo el que no es de su clase ni de sangre que llaman �noble�. Por eso defender� la dignidad del ser humano y la nobleza ganada por su val�a personal y no por su sangre y su nacimiento, recurriendo con frecuencia a la sabidur�a popular: �Cada uno es hijo de sus obras�  (I, 4, p. 104);  �S�bete, Sancho, que no es un hombre m�s que otro si no hace m�s que otro� (I, 18, p. 360)[xxx]; �Ruin sea quien por ruin se tiene� (I, 21, p. 426)[xxxi]. Por eso entre los consejos que dar� a Sancho, para el buen gobierno de su �nsula, destaca �ste:

Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; y pr�ciate m�s de ser humilde virtuoso que pecador soberbio (...). Mira, Sancho, si tomas por medio a la virtud y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qu� tener envidia a los que los tienen pr�ncipes y se�ores; porque la sangre se hereda, y la virtud se aquista, y la virtud vale por s� sola lo que la sangre no vale (II, 42, pp. 583-584).

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Cervantes conoce muy bien el valor de la cr�tica, y la usa con la m�s refinada iron�a y siempre con una enorme dosis de respeto por las personas, pero sin concesiones a la estupidez, el fanatismo, la hipocres�a, la necedad, o la  soberbia que nace de la ignorancia y que pretende convertir la mentira en verdad; ni menos a�n al cohecho. Como dice Mart�n�Santos:

Cervantes, Cervantes.. �Puede realmente haber existido en semejante pueblo, en tal ciudad como esta, en tales calles insignificantes y vulgares un hombre que tuviera esa visi�n de lo humano, esa creencia en la libertad, esa melancol�a desenga�ada tan lejana de todo hero�smo como de toda exageraci�n, de todo fanatismo como de toda certeza? ( Mart�n-Santos, 1979, p. 62).

El escudero est� ya tambi�n contagiado plenamente del esp�ritu de su se�or. As�, cuando, al final de la primera parte, su mujer sale a su encuentro, lo primero �que le pregunta es �si ven�a bueno el asno� y si le trae alg�n vestido o zapatos. Pero S le contesta, con orgullosa satisfacci�n: �No traigo nada deso, mujer m�a, aunque traigo otras cosas de m�s momento y consideraci�n� (I, 52).

Es evidente que S se halla metido ya de lleno en el mundo de DQ. Y, como dir�  m�s tarde el cura, �parece que los forjaron a los dos en una mesma turquesa, y que las locuras del se�or sin las necedades del criado no val�an un ardite�. Y el barbero remata: �No me maravillo tanto de la locura del caballero como de la simplicidad del escudero� (II, 2, p..). No cabe duda de que el escudero ha aprendido de su se�or a valorar, por encima de las cosas materiales y concretas, los valores superiores del ser humano, los que le hacen consciente de su dignidad como persona individual y colectiva, del buen  gobierno de la humanidad y lo que esto lleva aparejado (a lo que tantas veces alude); si bien todav�a no sufrir� los efectos del desenga�o hasta despu�s de conseguir el ansiado gobierno de su ansiada �nsula[xxxii].

Vemos ya aqu� �seg�n dejamos constatado m�s arriba-- c�mo ha ido creciendo constantemente aquella relaci�n de amistad (�Don Quijote y Sancho se abrazaron y quedaron amigos�, II, 7), amistad que se afianza sobre todo por la identificaci�n ps�quica, espiritual, entre amo y escudero, que ha tenido lugar a lo largo de la primera parte. Esa amistad va a ir profundiz�ndose cada vez m�s sobre todo mediante un di�logo que se derrama morosamente y amorosamente por toda la segunda parte, di�logo de una profundidad �tica y vitalista, no superado, a mi parecer, en literatura, que nace de �y a la vez regenera-- una convivencia que transcurre con toda la humanidad a cuestas.

Una ense�anza que se base en esos principios siempre obtendr� tan maravillosos frutos como los que han arraigado en S. El propio Cervantes se sorprende y nos informa de que el �traductor desta historia llegando a escribir este quinto cap�tulo�, que trata �de la discreta y graciosa pl�tica que pas� entre Sancho Panza y su mujer�, lo tiene por �ap�crifo,  porque en �l habla Sancho Panza con otro estilo del que se pod�a prometer de su corto ingenio, y dice cosas tan sutiles, que no tiene por posible que �l las supiese� (II, 5). Y hasta la propia mujer de S se queda sorprendida de su manera de hablar: �No os entiendo, marido�; y m�s adelante: 

-Mirad, Sancho �replic� Teresa--; despu�s que os hicistes miembro de caballero andante  habl�is de tan rodeada manera, que no hay quien os entienda (II, 5).

Y a�n insiste luego: �Yo no os entiendo, marido�. En todo este di�logo vemos que S se comporta con su mujer como DQ lo hace con �l. Incluso en la manera de dirigirse a ella, a veces con insultos, aunque cari�osos: �mujer m�a�, �mujer�, �boba�, �bestia y mujer de Barrab�s�, �animalia�. Y hay un momento de ese di�logo que es delicioso, precisamente, como acabamos de decir, por el paralelismo que se establece con el que tiene lugar entre de DQ y S en bastantes ocasiones:

--Yo no os entiendo, marido �replic� Teresa--; haced lo que quisi�redes, y no me quebr�is m�s la cabeza con vuestras arengas y ret�ricas. Y si est�is revuelto  en hacer lo que dec�s...

                         --Resuelto, has de decir, mujer �dijo Sancho--, y no revuelto.

--No os pong�is a disputar, marido, conmigo �respondi� Teresa--. Yo hablo como Dios es servido, y no me meto en m�s dibujos (II, 5).

Como est�n discutiendo sobre el porvenir de sus hijos, en un chispeante di�logo que nos trae a la memoria el cuento de la lechera, porque S en siendo gobernador quiere que su hija sea condesa en contra de la opini�n de su mujer, Cervantes lo concluye con estas palabras llenas de humor (y a la que �l califica luego, con aguda iron�a, de  �la impertinente referida pl�tica�):

Y en esto comenz� a llorar tan de veras [Teresa[ como si ya viera muerta y enterrada a Sanchica. Sancho la consol� dici�ndole que ya que la hubiese de hacer condesa, la har�a todo lo m�s tarde que ser pudiese. Con esto se acab� su pl�tica, y Sancho volvi� a ver a don Quijote para dar orden en su partida (II, 5).

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Podemos afirmar que Sancho es un excelente disc�pulo, que ha aprendido perfectamente las ense�anzas de su amo, como ya se lo ha reconocido el mismo DQ tras la intervenci�n de aqu�l cuando le explica su amor por Dulcinea, intervenci�n que obliga  a su amo a exclamar: �V�late el diablo por villano, y qu� de discreciones dices a las veces! No parece sino que has estudiado� (I, 31). Entonces S, orgulloso de o�r decir semejante elogio a su se�or, responde: �Pues a fe m�a que no s� leer�; como si dijera que lo ha aprendido en su compa��a y de su �buen natural�. (Lo que confirmar� m�s adelante (II, 12) en situaci�n parecida).

Al entrar en el cap�tulo tercero de esta segunda parte, Cervantes hace que la  inmortal pareja que ha creado en la primera parte entre a formar parte del hilo argumental de aqu�lla. De modo que tanto DQ como S son personajes conocidos y famosos, y ambos gozan de general respeto. Como decimos en otro lugar, �Asistimos en este cap�tulo a la proclamaci�n de la fama de DQ como emanaci�n de las virtudes caballerescas, que son norte y gu�a del Caballero de la Triste Figura. Carrasco le habla de c�mo la gente valora su �nimo, su paciencia ante las desgracias, su sufrimiento, su honestidad y la pureza de su amor. Todo eso le conduce a la virtud� (P�rez-Enciso, 1999, p. 116). La fama, rasgo renacentista que el Hidalgo considera vital, es una conquista que �l merece en justicia. Y as� lo pone de manifiesto:

Una de las cosas que m�s debe de dar contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa. Dije con buen nombre, porque siendo al contrario ninguna muerte se le igualara (II, 3, p. 62).

Ante una situaci�n como �sta, no es de extra�ar que DQ se sienta lleno de satisfacci�n al ver el �xito que ha tenido su �historia� entre la gente de la m�s diversa �ndole. Cervantes aprovecha estos momentos para insistir �resalt�ndolos-- en los principios �ticos que han guidado la conducta de sus protagonistas y para poner en boca de DQ sus m�s profundos pensamientos sobre la dignidad del ser humano y la rectitud de sus actos. Asimismo, en alusi�n a los detractores de su �historia� impresa �as� como a los escritores que falsean las historias con mentiras para sacar r�ditos s�lo por envidia--, teme que  mezclen �con una verdad mil mentiras, divirti�ndose a contar otras acciones fuera de lo que requiere la continuaci�n de una verdadera historia�. Y termina diciendo:

�Oh envidia, ra�z de infinitos males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no s� qu� de deleite consigo; pero el de la envidia no trae sino disgustos, rancores y rabia� (II, 8). 

Tambi�n, a partir de ahora, y a lo largo de la segunda parte, Sancho se va enriqueciendo y empapando de la doctrina de su amo. Su personalidad se va a ir consolidando cada vez m�s hasta decidir, en ocasiones, por s� mismo. Y de tal modo que Sancho, sin dejar de ser escudero y discente, va a ser ante todo compa�ero, y compa�ero exigente. As� cuando DQ, en el cap�tulo siete, le enmienda una de sus �prevaricaciones ling��sticas�, tenemos este sabroso di�logo:

--Una o dos veces �respondi� Sancho--, si mal no recuerdo, he suplicado a vuestra merced que no me emiende los vocablos, si es que entiende lo que quiero decir en ellos, y que cuando no los entienda, diga:; �Sancho, o diablo, no te entiendo�; y si yo no me declarare, entonces podr� emendarme; que yo soy tan f�cil...

--No te entiendo, Sancho �dijo don Quijote--, pues no s� qu� quiere decir tan f�cil.

                         --Tan f�cil quiere decir �respondi� Sancho� soy tan as�.

                         --Menos te entiendo ahora �replic� don Quijote.

--Pues si no me puede enteder �respondi� Sancho--, no s� c�mo lo diga; no s� m�s y Dios sea conmigo.

                         --Ya, ya caigo �respondi� don Quijte� en ello (...). (II, 7).

Como sabemos que DQ quiere ir al Toboso a ver a Dulcinea, no tiene m�s remedio que dejarse guiar de S y as� le dice; �Has dicho, Sancho, mil sentencias encerradas en el c�rculo de breves palabras: el consejo que ahora me has dado le apetezco y recibo de bon�sima gana. Ven, hijo, y vamos a buscar donde me embosque� (II, 9). Luego, como un perfecto enamorado, le encarga que observe bien las reacciones de Dulcinea, porque �las acciones y movimientos exteriores que muestran, cuando de sus amores se trata, son cert�simos correos que traen las nuevas de lo que all� en lo interior del alma pasa�; y a�n a�ade como envuelto en las penas de amor: �Ve, amigo, y gu�ete otra mejor ventura que la m�a, y vu�lvate otro mejor suceso del que yo quedo temiendo y esperando en esta amarga soledad en que me dejas�

En todo este proceso, juega un papel important�simo el hecho del encantamiento de Dulcinea, que, como es sabido, tiene lugar en el cap�tulo diez, y es llevado a cabo por Sancho. Claro est� que el escudero tiene todas las de ganar y lo hace bas�ndose en su conocimiento de DQ. De modo que S se prepara a s� mismo en dos impresionantes soliloquios: habla para �l solo y �l mismo se contesta. Cervantes penetra en la psicolog�a del personaje y, a trav�s del buril fin�simo de su palabra, nos va iluminando hasta los m�s oscuros y misteriosos recovecos del ser humano. Pero merece la pena que oigamos al menos en parte esos soliloquios intimistas del �socarr�n de Sancho�:

 �--Sepamos agora, Sancho hermano, ad�nde va vuesa merced. �Va a buscar alg�n jumento que se le haya perdido? �No, por cierto. �Pues �qu� va a buscar? �Voy a buscar, como quien no dice nada, a una princesa, y en ella al sol de la hermosura y a todo el cielo junto. �Y �ad�nde pens�is hallar eso que dec�s, Sancho? (...). �Y �par�ceos que fuera acertado y bien hecho que, si los del Toboso supiesen que est�is vos aqu� con intenci�n de ir a sonsacarles sus princesas y a desasosegarles sus damas, viniesen y os moliesen las costillas a puros palos, y no os dejasen hueso sano?... (II, 10).

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Tras el final de este soliloquio primero, comenta Cervantes: �Este soliloquio pas� consigo Sancho, y lo que sac� d�l  fue que volvi� a decirse�:

--Ahora bien: todas las cosas tienen remedio, si no es la muerte, debajo de cuyo yugo hemos de pasar todos, mal que nos pese, al acabar la vida. Este mi amo, por mil se�ales, he visto que es un loco de atar, y aun tambi�n yo no le quedo en zaga, pues soy m�s mentecato que �l, pues le sigo y le sirvo (...). Siendo, pues, loco, como lo es, y de locura que las m�s veces toma unas cosas por otras (...), no ser� muy dif�cil hacerle creer que una labradora, la primera que me topare por aqu�, es la se�ora Dulcinea; y cuando �l no lo crea jurar� yo; y si �l jurare, tornar� yo a jurar; y si porfiare, porfiar� yo m�s, y de manera que tengo que tener la m�a siempre sobre el hito, venga lo que viniere... (II, 10).

Y as� sucede, en efecto. El escudero le avisa de que Dulcinea y sus doncellas vienen a verle. Pero, previamente a su llegada, Sancho, con un lenguaje impropio de �l, va preparando imaginativamente a DQ, que, todo expectante y azorado, exclama sin acabar de creerlo: ��Santo Dios! �Qu� es lo que dices, Sancho amigo? Mira no me enga�es, ni quieras con falsas alegr�as alegrar mis verdaderas tristezas� (II, 10). Pero el escudero, que no las tiene todas consigo, le responde: ��Qu� sacar�a yo de enga�ar a vuesa merced, y m�s estando tan cerca de descubrir mi verdad?� (II, 10). Es un verdadero acierto estil�stico ver c�mo Cervantes consigue que Sancho no mienta. Una vez descartada toda duda, S da rienda suelta a su imaginaci�n y pinta ante la de su amo las figuras de Dulcinea y sus doncellas con tal viveza y con tanta fuerza que DQ s�lo tiene aliento para corregirle una palabra, cosa que da a�n m�s impulso a su escudero:

Pique, se�or, y venga, y ver� venir a la princesa, nuestra ama, vestida y adornada; en fin, como quien ella es. Sus doncellas y ella todas son una ascua de oro, todas mazorcas de perlas, todas son diamantes, todas rub�es, todas telas de brocado de m�s de diez altos; los cabellos sueltos por las espaldas, que son otros tantos rayos del sol que andan jugando con el viento; y, sobre todo, vienen a caballo sobre tres cananeas remendadas, que no hay m�s que ver (II, 10).

S�, como suele ser frecuente seg�n sabemos, S dice una palabra por otra pero, tras la correcci�n de su amo, y pasando esta vez de ello, sigue lanzado y no hay ya quien le detenga. �Tan seguro est� de s� mismo, de su �haza�a�, de la verdad de su enga�o! Por eso contin�a:

Poca diferencia hay de cananeas a hacaneas; pero vengan sobre lo que vinieren, ellas vienen las m�s galanas se�oras que se puedan desear, especialmente la princesa Dulcinea, mi se�ora, que pasma los sentidos (II, 1�).

El pasaje en que se sigue desarrollando el di�logo del encantamiento es de lo m�s vivaz pero a la vez de lo m�s tr�gico para el enamorado caballero, a quien imaginamos sumido en la m�s negra amargura. Hay que destacar especialmente el p�rrafo en que DQ alude a que le quitaron �lo que es tan suyo de las principales se�oras�, el �buen olor�: 

Porque te hago saber, Sancho, que cuando llegu� a subir a Dulcinea sobre su hacanea, seg�n t� dices, que a m� me pareci� borrica, me dio un olor de ajos crudos, que me encalabrin� y atosig� el alma (II, 10).

En contraste resalta cada vez m�s la figura del escudero, elevado a la categor�a que corresponde al se�or. Se ha trasladado el lenguaje de DQ a S, que habla como un hombre de la corte; incluso imita el lenguaje de su amo y se�or apostrofando --�qu� fina iron�a la de Cervantes!� a los malignos encantadores que han transformado a Dulcinea, como queriendo acompa�ar a DQ en su desolaci�n:

�Oh canalla! �grit� a esta saz�n Sancho--. �Oh encantadores aciagos y mal intencionados, y qui�n os viera a todos ensartados por las agallas como sardinas en lercha! Mucho sab�is, mucho pod�is y mucho m�s hac�is. Bastaros debiera, bellacos, haber mudado las perlas de los ojos de mi se�ora en agallas alcornoque�as, y sus cabellos de oro pur�simo en cerdas de cola de buey bermejo y, finalmente, todas sus faciones de buenas en malas, sin que le toc�rades en el olor (II, 10).

Ese �t� a t�� es a veces tan notorio que en m�s de una ocasi�n, tras la intervenci�n de DQ, toma la palabra el escudero para confirmar lo dicho por su amo con otros ejemplos. As� sucede, por citar un solo caso, cuando DQ le pone como �espejo de la vida� las figuras que se pueden introducir en la comedia, donde todos los personajes tienen un papel que desempe�ar; �pero, en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura� (II, 12). Inmediatamente S responde:

--Brava comparaci�n, aunque no tan nueva que yo no la haya o�do muchas y diversas veces, como aquella del juego del ajedrez, que mientras dura el juego, cada pieza tiene su particular oficio; y en acab�ndose el juego, todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura (II, 12).          

Naturalmente DQ se da cuenta de lo mucho que su escudero ha avanzado en sus conocimientos y en su capacidad de reflexi�n, como norma fundamental para su formaci�n. Por eso Cervantes los deja que sigan hablando entre ellos y se explayen para que expresen ahora libremente sus mutuos sentimientos: 

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--Cada d�a, Sancho �dijo don Quijote--, te vas haciendo menos simple y m�s discreto.

--S�, que algo se me ha de pegar de la discreci�n de vuestra merced --respondi� Sancho--; que las tierras que de suyo son est�riles y secas, estercol�ndolas y cultiv�ndolas vienen a dar buenos frutos; quiero decir que la conversaci�n de vuestra merced ha sido el esti�rcol que sobre la es�ril tierra de mi seco ingenio ha ca�do: la cultivaci�n, el tiempo que ha que le sirvo y comunico; y con esto espero de dar frutos de m� que sean de bendici�n, tales, que no desdigan ni deslicen de los sederos de la buena crianza que vuestra merced ha hecho en el agostado entendimiento m�o (II, 12).

�Ri�se don Quijote de las afectadas razones de Sancho�, comenta Cervantes. Pero al mismo tiempo interiormente siente una enorme satisfacci�n al comprobar el progreso de su escudero, pues �pareci�le ser verdad lo que dec�a�, y, adem�s, �porque de cuando en cuando hablaba de manera que le admiraba� (II, 12). Ambos h�roes siguen hablando hasta bien entrada la noche, hasta que a Sancho �le vino en voluntad de dejar caer las compuertas de los ojos� (II, 12)[xxxiii].

En fin, toda la segunda parte es un precioso monumento literario en homenaje �y en busca y defensa� de la dignidad humana y de exaltaci�n de su natural bondad. Una aventura en la que est�n ya embarcados por igual DQ y S; los cuales, navegando contra viento y marea por la maravillosa e indestructible nave del di�logo, surcan el proceloso mar de la vida humana en busca de su propia realizaci�n personal, y tratando de imponer la justicia en un mundo azotado por su propia desventura. Como le dice DQ a S cuando van a ver a Dulcinea:

Hemos de matar en los gigantes a la soberbia; a la envidia, en la generosidad y buen pecho; a la ira, en el reposado continente y quietud del �nimo; a la gula y al sue�o, en el poco comer que comemos y en el mucho velar que velamos; a la lujuria y lascivia, en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho se�oras de nuestros pensamientos; a la pereza, con andar por todas las partes del mundo, buscando las ocasiones que nos puedan hacer y hagan, sobre cristianos, famosos caballeros. Ves aqu�, Sancho, los medios por donde se alcanzan los estremos de alabanzas que consigo trae la buena fama (II, 8).

El tema que nos ocupa, y s�lo referido a El Quijote, es de tal amplitud, y de tant�sima importancia, que se podr�an escribir varios tratados sobre �l[xxxiv]. Pero, como no es posible alargarnos en demas�a en el espacio de una conferencia, s�lo voy a hacer unas breves consideraciones m�s.

Ya dejamos dicho que el cap�tulo que consideramos m�s importante en este sentido es el 16 de esta segunda parte[xxxv]. Queremos aqu� solamente destacar dos ideas. Ante todo, DQ le dice al Caballero del Verde Gab�n, como �conclusi�n de mi pl�tica�, que �deje caminar a su hijo por donde su estrella le llama� (II, 16); y como quiere estudiar poes�a, y no leyes o teolog�a como quiere su padre, Don Quijote hace de ella uno de las m�s hermosos elogios que se pueden encontrar, y lo hace ��l, d�ndole una lecci�n-- con una infinita humildad ante un caballero que tan pagado de s� mismo se siente:

La poes�a, se�or hidalgo, a mi parecer, es como una doncella tierna y de poca edad, y en todo estremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni tra�da por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios; no ha de ser vendible en ninguna manera (II, 16).

Y ya como resumen y condensaci�n de lo dicho, y sobre todo para que veamos c�mo aquel ilusionado derrotero de ense�anza-aprendizaje por un camino de di�logo y aventura ha culminado felizmente con el objetivo alcanzado, oigamos a los dos protagonistas, ya casi al final, de regreso a su casa: derrotados, s�, pero no vencidos sino ilusionados. El Uno, pidi�ndole que se d� los azotes redentores, petici�n que termina con una frase en lat�n; y el Otro, queriendo dormir:

--No entiendo eso �replic� Sancho--; s�lo entiendo que, en tanto que duermo, ni tengo temor, ni esperanza, ni trabajo, ni gloria; y bien haya el que invent� el sue�o, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que quita el hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el fr�o, fr�o que templa el ardor, y, finalmente, moneda general con que todas las cosas se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto. S�lo una cosa tiene mala el sue�o, seg�n he o�do decir, y es que se parece a la muerte, pues de un dormido a un muerto hay muy poca diferencia.

--Nunca te he o�do hablar, Sancho �dijo don Quijote--, tan elegantemente como ahora; por donde vengo a conocer ser verdad el refr�n que t� algunas veces sueles decir: �No con quien naces, sino con quien paces� (II, 68).

Ahora, permitidme que para terminar, y como un bello colof�n a lo que acab�is de o�r, y a la vez como testimonio personal de homenaje a ese maravilloso escritor vuestro �y nuestro� que fue, que es, Alejo Carpentier, cuyo feliz centenario est�is celebrando, permitidme �repito� que os recuerde unas palabras suyas de su obra El reino de este mundo, hermos�simo libro por el que se derrama la tradici�n, los mitos, la vida y la sangre hecha poes�a, de estos pueblos. Aparecen casi al final; su h�roe Mackandal se levanta, como bramido tel�rico, de la plaza donde le tienen encadenado a una hoguera,  ascendiendo por los aires como un grito de libertad y contra la esclavitud que el eco del mundo repite de boca en boca:

Un cansancio c�smico, de planeta cargado de piedras, ca�a sobre sus hombros descarnados por tantos golpes, sudores y rebeld�as (...). Pero la grandeza del hombre est� precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse Tareas. En el Reino de los Cielos no hay grandeza que conquistar, puesto que all� todo es jerarqu�a establecida, inc�gnita despejada, existir sin t�rmino, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de penas y de Tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre s�lo puede hallar su grandeza, su m�xima medida en el Reino de este Mundo (Carpentier, 1978, p. 167).

Muchas gracias por haberme escuchado, amigos.



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Miguel Jos� P�rez. Catedr�tico de la Universidad Complutense, Madrid, Espa�a. Esta conferencia fue le�da en el octavo Congreso Internacional de la Sociedad Espa�ola de Did�ctica de la Lengua y la Literatura (SEDLL), celebrado del 5 al 9 de diciembre de 2004 en La Habana, Cuba.

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4.- Bibliograf�a consultada.

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Alonso, D. (1962): �Sancho � Quijote. Sancho � Sancho�, en Del siglo de oro a este
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Carpentier, A. (1978): El reino de este mundo, Barcelona, EDHASA.
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Gaos, V. (1987) = Cervantes.
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NOTAS

[i]  Claro est� que, en este caso, son numerosas las publicaciones que se han ocupado de este tema, e innumerables las que se refieren al Quijote. Quien tenga inter�s en ello puede consultar cualquiera de las muchas bibliograf�as que se han publicado.

[ii]  Y en esta obra Cervantes lo hace con el profundo conocimiento que demuestra tener del ser humano y de su comportamiento y circunstancias. Pero lo hace con una fin�sima y sutil iron�a; y es tanto el humor que rebosa del relato que ya es proverbial hablar de humor o risa cervantina para referirse a la que no s�lo te hace re�r en plenitud sino que te hace pensar; y con un lenguaje tan vivo y actual, tan sencillo y a la vez tan lleno de im�genes pre�adas de expresividad po�tica que no hay p�gina en la que no aparezcan; de modo que podemos decir, como L. A. Murillo, que El Quijote �no es s�lo esta obra protot�pica de un g�nero multiforme. Es tambi�n una gran creaci�n po�tica que ha obrado en el esp�ritu del hombre moderno con la fuerza irresistible de los mitos y s�mbolos m�s profundos de su destino� (Murillo, 1984, p. 9).

[iii]  Recordemos lo que el propio autor dice por boca de Sans�n Carrasco, en el cap�tulo tercero de la segunda parte: �Los ni�os la manosean, los j�venes la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran�. Subrayo leen porque es la primera �poca de la vida en que realmente se puede disfrutar de su lectura. Personalmente recuerdo que jam�s en mi vida he gozado tanto de una lectura como cuando lo le� �seg�n he dicho-- hacia los veinte a�os (y con todo su aparato cr�tico), en la edici�n en 10 vols. de Rodr�guez Mar�n publicada por la editorial Atlas. Edici�n que todav�a guardo como un tesoro.

[iv]  Citamos por la edici�n de Vicente Gaos, publicada por la Editorial Gredos en 1987 en tres vol�menes.

[v]  �Qu� dir�a hoy DQ al o�r hablar hoy a los pol�ticos que dominan el mundo y a sus ac�litos decir, por ejemplo, �mienten, han mentido y ellos lo saben�, cuando todos sabemos que quienes mienten son precisamente ellos y siguen mintiendo para intentar confundir a la sociedad?

[vi] Desgraciadamente hoy esa identidad palabra=verdad la est�n destruyendo los poderosos que dominan el mundo, los poderes de la caverna, que en EE.UU. han llegado a crear una �agencia de desinformaci�n�, noticia que ha pasado por la prensa internacional casi sin rubor, as� como los t�midos �desmentidos� oficiales (P�rez, 2003). Po eso dice Luis Landero: �La historia la escriben los vencedores y estamos justo en el momento en que empieza a perfilarse la versi�n oficial de la �ltima guerra. Es la hora de los escribanos. Los due�os de las bombas parecen exigir ser tambi�n los due�os del lenguaje, acaso porque el �ltimo y m�s preciado despojo del vencedor es la palabra. Y es que en las guerras ocurre, en efecto, que las palabras, y con ellas el pensamiento, son los primeros ca�dos en combate� (Landero, 2003).

[vii]  As� lo reconoce el propio DQ en su testamento cuando, en la primera de las mandas que hace, refiri�ndose a S termina con estas palabras: �porque la sencillez de su condici�n y fidelidad de su trato lo merece� (II, 74, p. 1037). Por otra parte, Salvador de Madariaga ha hecho c�lebre el t�rmino �quijotizaci�n� de Sancho. Hay un constante proceso de �smosis y end�smosis entre amo y escudero ya desde el principio (S�nchez, 1989). Recordemos que DQ, cuando le escribe aquella carta a S, �gobernador de la �nsula�, se despide con la f�rmula �Tu amigo / Don Quijote de la Mancha� (II, 51, p. 723).

[viii]  Este dualismo Don Quijote-Sancho, se traslada con la misma simetr�a, a Rocinante y el jumento, que en m�s de una ocasi�n aparecen humanizados y en correspondencia o correlaci�n po�tica con sus due�os. Basta este tierno ejemplo y delicad�simo, que cierra el episodio de los galeotes: �Solos quedaron jumento y Rocinante, Sancho y don Quijote; el jumento, cabizbajo y pensativo, sacudiendo de cuando en cuando las orejas, pensando que aun no hab�a cesado la borrasca de las piedras, que le persegu�an los o�dos; Rocinante, tendido junto a su amo, que tambi�n vino al suelo de una pedrada; Sancho, en pelota y temeroso de la Santa Hermandad; don Quijote, mohin�simo de verse tan mal parado por los mismos a quien tanto bien hab�a hecho� (I, 22).

[ix]  Recordemos que toda la obra est� salpicada por la iron�a ya desde el pr�logo:  �...salgo ahora, con todos mis a�os a cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de invenci�n, menguada de estilo, pobre de concetos y falta de toda erudici�n y doctrina, sin acotaciones en las m�rgenes y sin anotaciones en el fin del libro� (�Pr�logo�).  

[x]  Dice, a este respecto, Mart�n Santos: �En ese �hacer loco� a su h�roe va embozada la �ltima palabra del  autor. La imposibilidad de realizar la bondad sobre la tierra, no es sino la imposibilidad con que tropieza un pobre loco para realizarla. Lo que Cervantes est� gritando a voces es que su loco no estaba realmente loco, sino que hac�a lo que hac�a para poder re�rse del cura y del barbero, ya que si se hubiera re�do de ellos sin haberse mostrado previamente loco, no se lo habr�an tolerado y hubieran tomado sus medidas montando, por ejemplo, su peque�a inquisici�n local, su peque�o potro de tormento y su peque�a obra caritativa para el socorro de los pobres de la parroquia� (Mart�n Santos, 1979, p. 63).

[xi]  �Caminaba tan despacio...�. Esa frase resulta ser una hermosa met�fora, ya desde el principio, alusiva a un hecho que conviene destacar en lo que a la estructura del di�logo  -y en general a la de El Quijote-- se refiere: y es la falta de prisa con que transcurre y la serenidad que produce. Se saborea el tiempo, sobre todo el tiempo de la conversaci�n, pausadamente, serenamente. Ello contribuye al goce que sentimos con  su lectura: ese tiempo �y aun ese tempo lento, amoroso-- que comparten esas dos almas gemelas y que con tanta frecuencia nos presentan dos visiones diferentes pero complementarias de la misma realidad, y que tan fecundo resulta para la ense�anza, para el desarrollo de la formaci�n humana. Debemos ense�ar asimismo a gozar de una lectura tambi�n lenta, reposada, meditada, pues s�lo as� podremos ir interiorizando sensaciones, vivencias. Como dice Roland Barthes: �No devorar, no tragar, sino masticar; para leer a los autores de hoy  es necesario reencontrar el ocio de las antiguas lecturas: ser lectores aristocr�ticos� (Barthes, 1991, p. 23). V�ase P�rez-Enciso (2004).

[xii]  Ya es simb�lico de ese destino este p�rrafo de los comienzos de la obra (finales del cap�tulo 4): �En esto lleg� a un camino que en cuatro se divid�a, y luego se le vino a la imaginaci�n las encrucijadas donde los caballeros andantes se pon�an a pensar cu�l camino de aqu�llos tomar�an, y, por imitarlos, estuvo un rato quedo; y al cabo de haberlo muy bien pensado, solt� la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del roc�n la suya� (I, 4, p. 109).

[xiii]  Esa autoafirmaci�n de su persona (Yo s� qui�n soy) es, en mi opini�n sin la menor duda, el eje conductor de todo el comportamiento de DQ. Y es el medio inteligent�simo del que se vale Cervantes para decir --cosa que de ninguna otra manera pod�a haber hecho� lo que nos ha dicho y, al hacerlo loco, poder expresar libremente (v�ase Mart�n Santos, 1967, pp. 61-65) y sin miedos ni cortapisas su pensamiento sobre la esencia del ser humano y su comportamiento en la vida. Pero DQ sabe que no est� loco, por eso todos se quedaban admirados de lo certero de sus palabras y de �su bon�simo entendimiento�. De ah�, tambi�n, la furia que le entra cuando alguien le dice que est� loco. As�, cuando en el �ltimo cap�tulo de la primera parte uno de los cabreros, respondiendo a la pregunta del barbero, dice que �o vuestra merced se burla, o este gentilhombre debe tener vac�os los aposentos de la cabeza�, le corta encolerizado: � �Sois un grand�simo bellaco �dijo a esta sazon don Quijote--, y vos sois el vac�o y el menguado; que yo estoy m�s lleno que jam�s lo estuvo la muy hideputa puta que os pari� (I, 52).

[xiv]  El gran escritor que es ya Cervantes tiene plena consciencia, desde el principio, del alto valor de la obra que est� creando, as� como del alt�simo valor de sus dos protagonistas, como nos lo dice por boca de DQ, quien �profeta de s� mismo� afirma en el cap�tulo dos de la primera parte, hablando para s� mismo: ��Qui�n duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a la luz la verdadera historia de mis famosos hechos, el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida, tan de ma�ana, desta manera?: �Apenas hab�a el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos (...), cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subi� sobre su famoso caballo Rocinante, y comenz� a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel�� (I, 2, pp. 70-71).

[xv]  Este hecho junto a lo que decimos en la nota anterior bastar�an, por s� solos, para invalidar   completamente la afirmaci�n de algunos que se llaman cr�ticos que sostienen que Cervantes no ten�a claro lo que iba a escribir, y que la obra le fue saliendo a medida que iba avanzando en su escritura. Pocas cosas habr� tan absurdas como esto. Adem�s, una obra que est� tan bien estructurada, y sus elementos compositivos tan trabados y relacionados entre s�, no puede ser fruto de la improvisaci�n. Cervantes sab�a muy bien lo que estaba escribiendo. De esto �l mismo deja constancia en varias ocasiones dentro de la propia novela. (V�ase a este respecto la edici�n de V. Gaos).

[xvi]  V�ase lo que decimos en el art�culo que publicamos en las actas del cuarto congreso de la Asociaci�n de Cervantistas (P�rez-Enciso, 2001, p�g. 706).

[xvii]  Aunque era nombre proverbial en el refranero: �Al buen callar llaman Sancho�, que recogen Santillana y El Corbacho. Un refr�n semejante que, por otra parte, alude a la prudencia en el hablar, est� vivo en el portugu�s de hoy: �O bom falar � calar at� ser tempo de falar�.

[xviii]  En el fondo hay que pensar que Sancho le sigue porque quiere solucionar su problema econ�mico. La gente viv�a con tal penuria �recordemos El Lazarillo� que, a la postre, no es tanto de extra�ar que Sancho accediera a irse con Don Quijote. Recordemos, por lo dem�s, lo que le dice a su amo de que le sigui� �creyendo valer m�s y no menos�, que recogemos despu�s.

[xix]  �Y qu� lejos est�n, en general, los personajes p�blicos, y algunos de los pol�ticos actuales, de reconocer el m�s m�nimo fallo! �Cu�nta soberbia rebosan, para desgracia de la humanidad entera, los gobernantes �seres �men�os�, mezquinos� que rigen el mundo, a nuestro pesar!

[xx]  Pero dejemos a Cervantes que nos siga describiendo la furia de DQ: �Y diciendo esto, enarc� las  cejas, hinch� los carrillos, mir� a todas partes, y dio con el pie derecho una gran patada en el suelo, se�ales todas de la ira que encerraba en sus entra�as. A cuyas palabras y furibundos ademanes qued� Sancho tan encogido y medroso, que se holgara que en aquel instante se abriera debajo de sus pies la tierra y le tragara. Y no supo qu� hacerse, sino volver las espaldas y quitarse de la enojada presencia de su se�or� (I, 46).

[xxi]  V�ase nuestro art�culo �Don Quijote, ense�ar para la aventura: El di�logo, fundamento de la educaci�n� (P�rez-Enciso, 2004, p. 160).

[xxii] Este pasaje es, seguramente, un de los muchos logrados en que Cervantes explaya su gran humor. As� no podemos por menos de sonre�r cuando vemos al otro fraile lanzado y perseguido por el miedo a campo traviesa: �El segundo religioso, que vio del modo que trataban a su compa�ero, puso piernas al castillo de su buena mula, y comenz� a correr por aquella campa�a, m�s ligero que el mesmo viento� (I, 8).

[xxiii]  Tambi�n aqu� pone Cervantes en boca del cabrero, o sea, de una persona humilde y �poco letrada�, algo que deber�a dejar boquiabierto a la sociedad de hoy y muy especialmente a las feministas de todo el mundo: �Con estas que daba [Marcela], al parecer, justas escusas, dejaba el t�o de importunarla y esperaba a que entrase algo m�s en edad y ella supiese escoger compa��a a su gusto. Porque dec�a �l, y dec�a muy bien, que no hab�an de dar los padres a sus hijos estado contra su voluntad� (I, 12). A este respecto merece la pena leer la �proclama� de Marcela en defensa de su libertad de elecci�n en el amor, con lo que Cervantes nos sigue dando una impresionante lecci�n de respeto por la dignidad humana, sobre todo la de la mujer, en aquello que ata�e a lo m�s �ntimo y sagrado de su existencia, y que todav�a hoy es necesario para muchas clases sociales (I, 14).

[xxiv]  Sobre este tema insiste varias veces DQ. Pero v�ase especialmente el cap�tulo seis de la segunda parte. Y recordemos nuestro refr�n �Obras son amores y no buenas razones�.

[xxv]  Todo El Quijote en s� mismo es un libro itinerante, un libro de viajes.  Pero es, ante todo, tambi�n �un libro formativo, un libro de educaci�n, lo que los alemanes han llamado mucho despu�s con esa denominaci�n moderna de Wildungsromanz� (S�nchez, 1989).

[xxvi]  Un interesante estudio sobre este tema  y su influencia  en el mundo de Dostoyevski y de Mark Twain es el de Serrano Plaja (1967).

[xxvii]  V�ase este pasaje insuperable: �Viendo, pues, el arriero, a la lumbre del candil del ventero, cu�l andaba su dama, dejando a don Quijote, acudi� a dalle el socorro necesario. Lo mismo hizo el ventero, pero con intenci�n diferente, porque fue a castigar a la moza, creyendo, sin duda, que ella sola era la ocasi�n de toda aquella armon�a. Y as� como suele decirse: el gato al rato, el rato a la cuerda, la cuerda al palo, daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a �l, el ventero a la moza, y todos menudeaban con tanta priesa, que no se daban punto de reposo; y fue lo bueno que al ventero se le apag� el candil, y, como quedaron ascuras, d�banse tan sin compasi�n todos a bulto, que a doquiera que pon�an la mano no dejaban cosa sana� (I, 16).

[xxviii]  Pero es en la segunda parte donde el personaje de DQ se agranda hasta l�mites insospechados, porque Cervantes va haciendo que la imagen de su h�roe adquiera el valor sublime de una figura tr�gica y embellecida como s�mbolo andante/viviente de la dignidad del ser humano. S�lo unos pocos ejemplos, para iluminarlo: �Admirado qued� el del verde gab�n del razonamiento de don Quijote, y tanto, que fue perdiendo de la opini�n que con �l ten�a, de ser mentecato�, �volv�a a renovar la pl�tica el hidalgo, satisfecho en estremo de la discreci�n y buen discurso de don Quijote�, �no hab�a hablado palabra don Diego de Miranda, todo atento a mirar y a notar los hechos y palabras de don Quijote, pareci�ndole que era un cuerdo loco y un loco que tiraba a cuerdo� (II, 17); �s�lo te sabr� decir que le he visto hacer cosas del mayor loco del mundo, y decir razones tan discretas, que borran y deshacen sus hechos�, ��l es un entreverado loco, lleno de l�cidos intervalos�.

[xxix]  Estas ideas aparecen expuestas con m�s amplitud en nuestro estudio publicado en la Revista de Educaci�n (P�rez-Enciso, 2004).

[xxx]  Antonio  Machado, siglos m�s tarde y comentanto el refr�n popular �Nadie es m�s que nadie�, dir� en su nunca bien valorado y precioso libro Juan de Mairena: �Esto quiere decir cu�nto es dif�cil aventajarse a todos, porque, por mucho que un hombre valga, nunca tendr� valor m�s alto que el de ser hombre� (Machado, 1964, p. 369).

[xxxi]  Refr�n popular que recoge ya La Celestina �que tan bien conoc�a y admiraba Cervantes--, obra que es esencialmente di�logo y donde unos personajes no nobles intentan liberarse de sus amos. All� dice Areusa: �Ruyn sea quien por ruyn se tiene. Las obras hazen linaje, que al fin todos somos hijos de Ad�n y Eva. Procure ser cada uno bueno por s� e no vaya buscar en la nobleza de sus passados la virtud� (Rojas, 1958, II, p. 35).

[xxxii]  As� cuando �la sobrina y ama� echan la culpa a S de todas las desgracias de su se�or, aqu�l les contesta, irritado: �--Ama de Satan�s, el sonsacado, y el destra�do, y el llevado por esos andurriales soy yo, que no tu amo; �l me llev� por esos mundos, y vosotras os enga��is en la mitad del justo precio; �l me sac� de casa con enga�ifas, prometi�ndome una �nsula, que hasta agora espero. �Malas �nsulas te ahoguen �respondi� la sobrina--, Sancho maldito. Y �qu� son �nsulas?  �Es alguna cosa de comer, golosazo, comil�n que t� eres?  --No es de comer �replic� Sancho--, sino de gobernar y regir mejor que cuatro ciudades y que cuatro alcaldes de corte� (II, 2).

[xxxiii]  M�s adelante dir�, aun con mayor fuerza po�tica: �Sancho se dej� entrar de rond�n por las puertes del sue�o�.

[xxxiv]  Y ya dijimos que en las bibliograf�as se encuentran muchas referencias a estudios sobre el mismo. Tambi�n a nosotros nos ha entrado el gusanillo �y  lo tenemos en proyecto� de hacer un amplio trabajo sobre este tema.

[xxxv] V�ase nuestro art�culo sobre el mismo, ya aludido antes (P�rez-Enciso, 2001).


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