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17 de noviembre de 2004 |
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Tribuna
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ALEXIS M�RQUEZ RODR�GUEZ:
Las putas tristes de Garc�a M�rquez
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El tema de la
prostituci�n es relativamente viejo en la narrativa hispanoamericana. Por
una feliz coincidencia, las dos primeras novelas que tratan el tema
aparecieron el mismo a�o, 1902, Santa, del mexicano Federico Gamboa
(1864-1939), y Juana Lucero, del chileno Augusto D�halmar
(1880-1950). Ambas novelas narran la vida de sendas prostitutas y describen
el mundo del prost�bulo. Las dos, adem�s, muestran una clara influencia de
Emilio Zola y el Naturalismo. La protagonista de Juana Lucero, por
ejemplo, en alg�n momento de la narraci�n adopta el nombre de Nan�, como el
personaje que da t�tulo a una de las m�s celebradas novelas de Zola.
Despu�s vinieron otras, como Nacha Regules (1919), del argentino
Manuel G�lvez (1882-1962), tambi�n bajo la clara influencia de Zola. Pero,
en realidad, en Hispanoam�rica el tema de la prostituci�n y de la vida de
las prostitutas ha sido por muy largo tiempo una especie de tab�, por lo que
hay pocas novelas importantes que traten de ello.
En Venezuela el primero en meterse a fondo en el tema fue Guillermo Meneses
(1911-1978), primero con su novela corta La balandra Isabel lleg� esta
tarde (1934), pero sobre todo con su cuento La mano junto al muro
(1951).
Referencias autobiogr�ficas
De ah� que la m�s
reciente novela de Gabr�el Garc�a M�rquez, Memoria de mis putas tristes,
haya despertado un gran inter�s, adem�s del que habitualmente causan todas
sus escrituras. El solo hecho de poner en su t�tulo la palabra puta,
con todas sus letras, ha causado tal impacto, que casi podr�a decirse que ha
armado un esc�ndalo. �Intencionalmente? Quiz�s. Y digo casi, porque
hace tiempo estoy convencido de que hoy en materia de literatura no hay nada
que sea capaz de causar un verdadero esc�ndalo.
Pero lo m�s curioso es que, a pesar de esa palabra en el t�tulo, esta novela
de Garc�a M�rquez no es propiamente sobre la prostituci�n y la vida de las
prostitutas. De ello se habla all�, por supuesto. Se mencionan varias putas
relacionadas con el protagonista, y no es nada aventurado ni indiscreto
decir que tales referencias son evidentemente autobiogr�ficas. Tambi�n,
aunque en menor medida, se habla del ambiente del prost�bulo. Sin embargo,
no hay duda de que el tema central de la novela es el amor, no importa que
para ello el novelista se valga de la relaci�n, en cierto modo anormal,
entre un anciano de noventa a�os y una puta adolescente, de la cual, por
cierto, es dable dudar que pueda llam�rsele realmente puta. La ni�a
atraviesa toda la novela siendo virgen, hasta el final. Y cabe preguntarse,
�puede ser puta una virgen? O a la inversa: �puede ser virgen una puta?
Novela de amor, pues �esto ya lo han dicho otros�, y yo agrego que de la
ternura.
Aquella relaci�n comienza siendo un simple caso de prostituci�n: el anciano
quiere celebrar sus noventa a�os con una especie de org�a prostibularia,
�una noche libertina� como �l mismo dice (p. 15), pero con una virgen, y
para ello recurre a una vieja amiga patrona de burdel. Parece evidente que
aquel anciano, que ha sido un insigne y experimentado puta�ero, nunca se
hab�a acostado con una virgen, y no quiere irse del mundo sin hacerlo aunque
fuese un vez. S�lo que, desde la primera noche, el anciano sufre �podr�a
decirse� de una crisis de ternura al ver la ni�a desnuda y dormida, y
prefiere dedicarse a su contemplaci�n �as�, dormida y desnuda�, noche tras
noche, durante todo un a�o.
Pero esa inocente contemplaci�n �mucho m�s que un simple acto de
voyeurismo� se va trocando en amor, puesto de manifiesto en aquel
nonagenario casi como un amor de adolescente. Y de hecho lo es, porque a su
edad nunca antes se hab�a enamorado de verdad. �l mismo lo confiesa: �Hoy
s� que no fue una alucinaci�n sino un milagro m�s del primer amor de mi vida
a los noventa a�os�. (p. 62).
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Mas
aquel amor, que en un anciano no tiene por qu� sorprender, prende tambi�n en
la muchacha, algo menos veros�mil: �Esa pobre criatura est� lela de amor
por ti� le dice Rosa Cabarcas, su vieja amiga patrona de burdel (p.
109).
Al final de la novela, muy garc�amarquiano, como toda ella, queda un tanto
en suspenso lo que podr�a ocurrir despu�s, sutilmente sugerido: �Era por
fin la vida real, con mi coraz�n a salvo, y condenado a morir de buen amor
en la agon�a feliz de cualquier d�a despu�s de mis cien a�os�, dice
justo al cierre del relato su protagonista.
Aquel amor se da en el anciano con una fuerza arrolladora, como un amor
adolescente, tal como ya dije. En un pasaje de la novela el protagonista
confiesa: �Era tal mi desvar�o, que en una manifestaci�n estudiantil con
piedras y botellas, tuve que sacar fuerzas de flaqueza para no ponerme al
frente con un letrero que consagrara mi verdad: Estoy loco de amor�
(p. 66/67). Y en otra ocasi�n describe su amor, ya m�s en el plano
er�tico, con una intensidad admirable:�La bes� por todo el cuerpo hasta
quedarme sin aliento: la espina dorsal, v�rtebra por v�rtebra, hasta las
nalgas l�nguidas, el costado del lunar, el de su coraz�n inagotable. A
medida que la besaba aumentaba el calor de su cuerpo y exhalaba una
fragancia montuna. Ella me respondi� con vibraciones nuevas en cada pulgada
de su piel, y en cada una encontr� un gemido nuevo, y toda ella reson� por
dentro con un arpegio y sus pezones se abrieron en flor sin tocarlos�
(p. 72). Tampoco es, pues, un amor plat�nico.
La vejez, una clave
esencial
Otro de los temas
que Garc�a M�rquez trata en esta novela es el del envejecimiento del ser
humano. Es en cierto modo tema secundario en relaci�n con el del amor, que
es el principal, pero es igualmente de mucha importancia, hasta el punto de
ser una de las claves esenciales en el desarrollo del relato. No es como en
la excelente novela Viejo, de Adriano Gonz�lez Le�n, que fue escrita
con el deliberado prop�sito de tratar el tema, y en torno de este se teje
todo lo dem�s. En la de Garc�a M�rquez el asunto del envejecimiento es m�s
bien como un tel�n de fondo, sobre el cual se desarrolla la trama novelesca
acerca del amor. Pero, por supuesto, entre ambos existe una permanente
interacci�n, pues el tema amoroso aqu� tiene un valor peculiar, precisamente
porque se trata de un anciano de noventa a�os y una ni�a de catorce,
enamorados de una manera singular, como si ambos, y no s�lo ella, fuesen
adolescentes.
El paso del tiempo se insin�a a cada momento, sin referencias directas, pero
con indicios precisos, como en el buen cine, desde el arranque de la novela,
cuando el anciano llama a Rosa Cabarcas, la vieja patrona de burdel, y esta
le dice: �Ay, mi sabio triste, te desapareces veinte a�os y s�lo vuelves
para pedir imposibles� (p. 9). Y luego, como mostrando que el transcurso
del tiempo no ha sido inocuo, y que son otros los valores y las costumbres,
incluidos los relativos al sexo, agrega: �Los �nicos Virgos que van
quedando en el mundo son ustedes los de agosto� (p. 10).
Podr�a creerse �que ser�a lo l�gico� que un viejo de noventa a�os que
pretende celebrar su aniversario con una org�a y la complicidad de una ni�a
de catorce, que adem�s era virgen, no es sino un viejo verde, concupiscente
y salaz. Pero no es as�. El mismo protagonista innominado �s�lo se conoce el
apodo que una vez le pusieron sus alumnos de Literatura: Mustio Collado, en
referencia a un verso de Rodrigo Caro en A las ruinas de It�lica:
�Estos, Fabio, ay dolor, que ves ahora, / campos de soledad, mustio collado,
/ fueron un tiempo It�lica famosa�, que �l les recitaba con frecuencia
en sus clases� se encarga, tambi�n al comienzo, de disipar tales sospechas:
�Aaquel fue el principio de una nueva vida a una edad en que la mayor�a
de los mortales est�n muertos� (p. 10). Es decir, que �l ten�a
conciencia de su vejez, como se demuestra reiteradamente a lo largo de la
novela. Hay incluso un momento en que �l mismo empieza a pasar revista a su
vida d�cada por d�cada: �Empec� a medir la vida no por a�os sino por
d�cadas. La de los cincuenta hab�a sido decisiva porque tom� conciencia de
que casi todo el mundo era menor que yo. La de los sesenta fue la m�s
intensa por la sospecha de que ya no me quedaba tiempo para equivocarme. La
de los setenta fue temible por una cierta posibilidad de que fuera la
�ltima. No obstante, cuando despert� vivo la primera ma�ana de mis noventa
a�os en la cama feliz de Delgadina, se me atraves� la idea complaciente de
que la vida no fuera algo que transcurre como el r�o revuelto de Her�clito,
sino una ocasi�n �nica de voltearse en la parrilla y seguir as�ndose del
otro costado por noventa a�os m�s� (p. 103). (Delgadina es el nombre
postizo que el anciano le hab�a puesto a la muchacha, evocando un viejo
romance espa�ol de tradici�n morisca, que ha dado origen a tonadas, valses y
obras de teatro, especialmente en M�xico y otros pa�ses centroamericanos).
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Aquel
personaje tiene, pues, conciencia de su vejez, y el proceso en que esta se
va desarrollando progresivamente se describe en la novela con una gran
precisi�n, en t�rminos que cualquier lector de m�s de cincuenta a�os podr�a
apropi�rselos: �Los s�ntomas del amanecer hab�an sido perfectos para no
ser feliz: me dol�an los huesos desde la madrugada, me dol�a el culo, y
hab�a truenos de tormenta despu�s de un mes de sequ�a� (pp. 12/13). O
bien: �Me acostumbr� a despertar cada d�a con un dolor distinto que iba
cambiando de lugar y forma a medida que pasaban los a�os� (p. 14). Y
a�n: �Empec� a sentir el peso de mis noventa a�os, y a contar minuto a
minuto los minutos de las noches que me hac�an falta para morirme� (p.
33). Y todav�a m�s adelante: �La verdad era que no pod�a con mi alma, y
empezaba a tomar conciencia de la vejez por mis flaquezas frente al amor�
(p. 85).
Sin embargo, no se piense que esas �flaquezas frente al amor� son de
tipo f�sico o disfuncionales, pues si bien el anciano se arrepiente �es un
decir� de su prop�sito inicial de desvirgar una ni�a como apoteosis de su
nonag�simo aniversario, no es porque le fallasen sus br�os viriles, sino por
alguna otra causa que transforma su rijosidad en ternura. Hay un pasaje en
la novela que dice claramente que no se trata de un episodio de impotencia:
�Trat� de apartarle las piernas con mi rodilla por una tentaci�n
imprevista. En las dos primeras tentativas se opuso con los muslos tensos.
Le cant� al o�do:
La cama de Delgadina de �ngeles est� rodeada.
Se relaj� un poco. Una corriente c�lida me subi� por las venas, y mi
lento animal jubilado despert� de su largo sue�o� (p. 31).
Adem�s, �l nunca se preocup� por el sexo desde el punto de vista de la
potencia er�tica, porque se aten�a a lo que juzgaba una sabia realidad:
�Mi edad sexual no me preocup� nunca, porque mis poderes no depend�an tanto
de m� como de ellas, y ellas saben el c�mo y el porqu� cuando quieren�
(p. 15).
Nada de realismo m�gico
Tambi�n en
relaci�n con el estilo esta novela sigue siendo consecuentemente
garc�amarquiana. Lo primero que al respecto quisiera decir es que en ella no
hay nada de realismo m�gico. Y en eso, contrariamente a lo que
pudiera pensarse, tambi�n Garc�a M�rquez se muestra consecuente con su
escritura pasada. En tal sentido quiero insistir en algo que en otras
ocasiones he se�alado, y es que en realidad la �nica de sus novelas en que
Garc�a M�rquez rinde tributo al realismo m�gico es Cien a�os de
soledad, en un grado tal que esa novela bien puede tenerse como el m�s
notorio paradigma de esa tendencia estil�stica: Cien a�os de soledad
es por antonomasia el realismo m�gico. En sus restantes narraciones,
novelas y cuentos por igual, con insignificantes excepciones, Garc�a M�rquez
se ubica mas bien dentro de lo real maravilloso, que es distinto del
realismo m�gico, aunque algunos cr�ticos y te�ricos de la literatura,
m�s por capricho que con razones, a�n se empe�en en confundirlos o
identificarlos, como si fuesen dos denominaciones de un mismo fen�meno.
No voy a entrar, por supuesto, en la dilucidaci�n de ese asunto, sobre el
cual he escrito decenas de p�ginas. Dir� solamente que mientras el
realismo m�gico es un procedimiento estil�stico, que se basa en una
deformaci�n intencional de la realidad natural o social mediante recursos
como la exageraci�n (hip�rbole), o la grotesquizaci�n (conversi�n de la
realidad en grotesca), entre otros, lo real maravilloso, postulado en
1948 por Alejo Carpentier, se limita a transcribir tal como es una realidad
per se ins�lita, sin exagerar ni grotesquizar nada, sino mostrando
simplemente las aristas ins�litas, intr�nsecamente maravillosas, de esa
realidad.
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El
realismo m�gico, en consecuencia, cuya formulaci�n inicial en relaci�n
con la narrativa la hizo Arturo �slar Pietri tambi�n en 1948, supone una
invenci�n fantasiosa por el artista (el novelista en este caso), que de
hecho convierte en supuestamente m�gico lo que de cierto no lo es, mientras
que lo real maravilloso elude la invenci�n y la fantas�a, porque lo
maravilloso de lo que narra o describe est� en ello mismo, y el artista es
s�lo una especie de fot�grafo o cronista de aquella realidad, mediador entre
esta y el lector, aunque para ello se requieren, desde luego, rasgos
especiales, dentro de una especial sensibilidad est�tica, que no todo ser
humano, aunque sea artista, posee.
Ahora bien, �qu� hay de inventado o fantasioso, es decir, de m�gico,
en lo que se narra y describe en Memorias de mis putas tristes? La
trama en su conjunto, es decir, lo anecd�tico puede haber sido inventado
imaginativamente por Garc�a M�rquez, pero imaginaci�n no es fantas�a. Y lo
que all� se narra y describe, si bien puede parecer ins�lito y maravilloso,
es veros�mil, es perfectamente real, en el sentido de que aquellos hechos
son cre�bles, y aunque no hayan ocurrido as� en la vida real, muy bien
pudieron haber ocurrido, porque no hay nada en ellos que contrar�e las leyes
de la naturaleza y los haga imposibles de ocurrir.
Lo mismo ocurre, mutatis mutandi, en las otras novelas de Garc�a M�rquez,
salvo Cien a�os de soledad. S�lo en esta hallamos innumerables
personajes y episodios que no pudieron haber sido u ocurrido como all� se
los muestra, pero que son personajes y episodios supuestamente m�gicos,
porque el novelista tom� unos seres y unos sucesos de evidente realismo, y
los convirti�, con el solo recurso de la exageraci�n hiperb�lica, en
sobrenaturales, es decir, en m�gicos, y por tanto en inexistentes, salvo en
lo que ata�e a la existencia est�tica.
Comp�rese el innominado protagonista �Mustio Collado� de Memoria de mis
putas tristes con el Jos� Arcadio Buend�a de Cien a�os de soledad,
pongamos por caso, y se ver� claramente lo que quiero decir. En Jos� Arcadio
Buend�a, Garc�a M�rquez toma un gigant�n forzudo, como los que se dan en
cualquier parte, que causan asombro en las dem�s personas, pero cuya
existencia real se admite y se palpa, y lo convierte en un ser descomunal,
capaz de haza�as inveros�miles, con un pene de dimensiones tan desmesuradas
que, al exhibirlo sobre el mostrador de la pulper�a de Catarino se le ve�a
literalmente cubierto de letreros y tatuajes en diversos colores y en varios
idiomas, objeto de la admiraci�n y codicia er�tica de las mujeres presentes.
Y era adem�s tan forzudo, que levant� en vilo �l solo el mostrador de la
pulper�a y lo ech� a la calle, y despu�s se necesitaron doce hombres para
poder volverlo a su lugar.
Las haza�as de Aureliano, por supuesto, hacen las delicias de los lectores,
pero ninguno cree en la realidad de su existencia. En cambio, la haza�a del
anciano de pretender desvirgar una ni�a de catorce a�os en celebraci�n de su
nonag�simo cumplea�os, que tambi�n deleita al lector, puede parecer
ins�lita, pero nadie va a dudar de su posibilidad.
Lo real maravilloso, pues, y no realismo m�gico, como en la
mayor�a de las novelas de Garc�a M�rquez, con la sola excepci�n de Cien
a�os de soledad.
Otro de los rasgos estil�sticos de esta novela que la marcan como
consecuentemente garc�amarquiana es el lenguaje, tantas veces se�alado como
uno de los valores m�s connotativos de la obra de Garc�a M�rquez. Un
lenguaje en que la prodigiosa combinaci�n de lo descriptivo y lo narrativo
se resuelven en una tonalidad eminentemente po�tica, perfectamente adecuada
a la materia real maravillosa de lo que narra y describe, de tal modo que
materia y forma �contenido y lenguaje� terminan fusionados, tan total y
perfectamente que no se perciben los puntos de fusi�n.
Destaca tambi�n el sentido l�dicro con que Garc�a M�rquez emplea el lenguaje
en muchos pasajes de esta y de sus otras novelas. Son numerosos los ejemplos
que ilustran esta observaci�n. En Memoria de mis putas tristes, por
ejemplo, entre muchos otros recursos de este tipo se percibe un especial
manejo del l�xico, al emplear vocablos peculiares, como el verbo recordar
en su acepci�n de despertarse registrada en el Diccionario de la Real
Academia Espa�ola (�El d�a de mis noventa a�os hab�a recordado, como
siempre, a las cinco de la ma�ana�. p. 12); el adjetivo s�lito (�el
s�lito lamento por los a�os idos�, p. 13); el verbo honorar (�Para
que me ayudara a
honorar
mi aniversario�,
p. 15); el verbo disturbar (�Se mov�a descalza para no
disturbarme
mientras escrib�a�,
p. 17); el sustantivo mutandas como sin�nimo de bragas o
pantaletas (�Le baj� las
mutandas
hasta las rodillas�,
p. 17); el sustantivo camaj�n (�Su patio era la arcadia de la
autoridad local, desde el gobernador hasta el �ltimo
camaj�n
de alcald�a�
p. 22); el sustantivo bocapiernas, formado sin duda sobre el modelo
de bocamangas (�Al final dobl� hacia adentro las
bocapiernas
de los pantalones�,
p. 23); el sustantivo filipich�n (�dentro de mi atuendo de
filipich�n�, p. 25); el sustantivo anjeo (�con ventanas de
anjeo
para los zancudos�,
p. 28); el adjetivo pintorreteado (�La cara
pintorreteada
a brocha gorda�,
p. 29); el verbo aguaitar (�Sin censor que
aguaite
lo que escribo por encima de mi hombro�,
p. 37); el adjetivo avorazado (�Los adolescentes de mi generaci�n
avorazados
por la vida�,
p. 41); el sustantivo nochera (�En la silla estaba su traje de
nochera
con lentejuelas y bordados�,
p. 89); el sustantivo estoperol (�Son diamantes de vidrio y
estoperoles
de hojalata�,
p. 92); el sustantivo grajoL
�Su
grajo
de amon�aco�,
p. 103); el sustantivo fr�mito: (�Casi me derrib� por tierra el
fr�mito
de la muerte�,
p. 103). |
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Con
excepci�n de mutandas, bocapiernas y pintorreteada, todas
estas palabras aparecen en el Diccionario de la Real Academia Espa�ola. Casi todas son arca�smos o vocablos en desuso, o de uso regional o
local. Forman parte del tesoro lexical del idioma, y su empleo en obras como
esta tiene un valor creativo indiscutible. Mutandas es, sin duda,
un italianismo, pues en Italiano mutandes significa calzoncillos, y
tambi�n bragas o pantaletas. Bocapiernas es un neologismo, y puede
ser una creaci�n de Garc�a M�rquez, sobre el modelo, como ya dije, de
bocamangas. Pintorreteado supone un verbo hipot�tico, pintorretear,
no registrado en el DRAE, pero que es una ep�ntesis de pintorrear,
que s� aparece en el diccionario. En el DRAE tampoco est� el adjetivo
avorazado, pero s� el verbo avorazar, del cual deriva con toda
propiedad.
En la misma l�nea estil�stica hallamos tambi�n algunas met�foras ingeniosas
y muy expresivas: �Dicho en romance crudo, soy un cabo de raza sin
m�ritos ni brillo� (p. 12); �la enorme luna de cobre� (p. 25); �Mi
lento animal jubilado despert� de su largo sue�o� (p. 31); �La luz
conciliadora del amanecer� (p. 32); �Se volvi� hacia m� con un
escorzo de gacela� (p. 37); �Una cabellera frondosa de oro alborotado�
(p. 38); �Ella se debati� en una explicaci�n pedregosa que me pareci�
sincera� (p. 48); �un buque lanz� un adi�s desconsolado� (p. 54);
�cuando not� los primeros huecos de la memoria (p. 14); �Ten�a
unos ojos de gata cimarrona� (p. 38); �La ciudad adquir�a por
entonces una resonancia fantasmal� (p. 73); �Las mil y una noches
en una edici�n desinfectada para ni�os�(p. 76); �Me hizo un examen
minucioso de cuerpo entero con una concentraci�n de orfebre� (p. 106).
Y un valor estil�stico no menos notorio, en esta novela como en las otras de
su autor, es el humor, sutilmente estructurado en aquella fusi�n de materia
y lenguaje de un modo que se equilibra entre lo ir�nico, con su ingrediente
de tipo sat�rico y social, y lo meramente festivo. H�bilmente, adem�s,
Garc�a M�rquez distribuye las referencias humor�sticas entre las que postula
el narrador �que, por tratarse de una narraci�n en primera persona, es su
propio protagonista�, las que aportan los dem�s personajes y las que brotan,
en cierto modo de manera espont�nea, de las situaciones narradas o
descritas. Son, por lo dem�s, referencias muy sencillas, que aparecen con
una gran fluidez, sin esfuerzo alguno ni retorcimientos del lenguaje, como
cuando el anciano protagonista le dice a la ni�a amada, pens�ndolo m�s que
dici�ndolo, puesto que ella est� dormida, que un cuadro que ha colgado en la
pared de enfrente, para que lo vea al despertarse, �Lo pint�
Figurita,
un hombre a quien quisimos mucho, el mejor bailar�n de burdeles que existi�
jam�s, y de tan buen coraz�n que le ten�a l�stima al diablo�
(p. 64). O como cuando el mismo protagonista, al producirse una noche en el
burdel de Rosa Cabarcas el asesinato de un prominente hombre p�blico,
describe su cad�ver en t�rminos dram�ticos al mismo tiempo que c�micos, de
humor negro: �El cad�ver enorme, desnudo, pero con los zapatos puestos,
ten�a una palidez de pollo al vapor en la cama empapada de sangre� (p.
78). Y unas l�neas m�s all� agrega: �M�s que sus heridas me impresion�
que ten�a un preservativo puesto y al parecer sin usar en el sexo
desmirriado por la muerte� (Ib�dem). Y aun m�s adelante a�ade un
comentario entre ir�nico y sarc�stico: �No se descartaba la sospecha de
que su pareja fuera otro hombre� (Ib�dem).
Otras veces es Rosa Cabarcas la que dice una frase que hace re�r.
Refiri�ndose, por ejemplo, al sobrenombre de Delgadina que el anciano le ha
puesto a la muchacha, de la que rechaza saber el nombre verdadero, le dice:
�Bueno, al fin y al cabo es tuya, pero me parece un nombre de diur�tico�.
(p. 69).
En otras ocasiones, como ya dije, lo humor�stico se desprende de las
situaciones, m�s que de las palabras propiamente, aunque, como es obvio,
aquellas son puestas de manifiesto mediante el lenguaje de alguno de los
personajes. Hay, por ejemplo, una escena intr�nsecamente c�mica, en que el
protagonista evoca un episodio de otro tiempo, cuando en un momento de
apremio acomete sexualmente a su sirvienta, Damiana, por detr�s:
�Recuerdo que yo estaba leyendo
La lozana andaluza
en la hamaca del corredor, y la vi por casualidad inclinada en el lavadero
con una pollera tan corta que dejaba al descubierto sus corvas suculentas.
Presa de una fiebre irresistible se la levant� por detr�s, le baj� las
mutandas hasta las rodillas y la embest� en reversa. Ay, se�or, dijo ella,
con un quejido l�gubre, eso no se hizo para entrar sino para salir�
(p. 17). Aqu� lo c�mico, primordialmente situacional, se constituye con una
pluralidad de elementos: los calificativos de suculentas para las
corvas de Damiana y de l�gubre para el quejido de ella; la expresi�n
�la embest� en reversa� y la respuesta de ella ante la inesperada
acometida.
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Cien a�os siguen sin ser
superados
Con esta novela ya
ha ocurrido lo que ocurre siempre con las de Garc�a M�rquez: la odiosa
comparaci�n con Cien a�os de soledad, para llegar a la torpe
conclusi�n de que el genial novelista colombiano no ha logrado superar su
obra maestra. La verdad, no tiene por qu� hacerlo. Cuando un autor escribe
su obra maestra a los cuarenta a�os no est� condenado a pasar el resto de su
vida tratando de superarla. Cervantes public� la primera parte del
Quijote en 1605, y la segunda en 1615. Entre ambas produjo sus
Novelas ejemplares, pero nadie est� autorizado a reclamar porque estas
no superen su obra magna. El Quijote se escribe una sola vez. Bien
pudo Cervantes no escribirlo nunca, y sus restantes novelas hubiesen bastado
para consagrarlo como el enorme escritor que fue. A la inversa, pudo
escribir s�lo el Quijote y hubiese ocurrido lo mismo. Es una necedad
comparar cada obra de un autor con su obra mayor, como para dar a entender
que despu�s de esta ese autor se qued� estancado.
Tambi�n han aparecido los inevitables cazagazapos, empe�ados en demostrar lo
que todo el mundo sabe: que las obras de Garc�a M�rquez no son perfectas, ni
�l es un autor infalible. En otra parte he escrito que lo que perturba un
poco el gusto por las novelas de Vargas Llosa es su perfecci�n t�cnica y
escritural, que les comunica cierto grado de frialdad, mientras que uno de
los mayores atractivos de las de Garc�a M�rquez son sus imperfecciones.
Esta vez se ha comenzado por cuestionar el t�tulo de la novela, seguramente,
aunque no lo confiesen los que lo hacen, por la presencia all�, urticante e
insolente, de la palabra puta. De ah� pasan a se�alar inconsecuencias
sint�cticas, defectos lexicales e incongruencias. Un comentarista
colombiano, sin dejar de elogiar la novela �esa es la t�ctica habitual�
llega a decir, entre otras cosas, que en la frase �El d�a de mis noventa
a�os hab�a recordado,
como siempre, a las cinco de la ma�ana�,
debi� escribir �El d�a de mis noventa a�os
me despert�,
como siempre, a las cinco de la ma�ana�,
ignorando, el pobre, que el Diccionario de la Real Academia registra
el verbo recordar, en su 4� acepci�n, como sin�nimo de despertarse,
se�alando por cierto ese uso como propio de varios pa�ses, entre ellos
Colombia. Otro quisquilloso comentarista, que se identifica como corrector
de pruebas �eso que con alegre pedanter�a llaman corrector de estilo�,
acumula tambi�n gazapos en la novela, y magn�nimamente se ofrece para
corregir los futuros originales de Garc�a M�rquez antes de ir a la imprenta,
y advierte que sin cobrar nada.
Incongruencias, efectivamente, las hay en Memoria de mis putas tristes,
como en todas las obras de Garc�a M�rquez. �l mismo ha confesado,
refiri�ndose a otras de sus novelas, que algunas son intencionales. En este
caso no es s�lo el se�alar que Jesucristo naci� hace dos mil quinientos
a�os, sino tambi�n que la ubicaci�n cronol�gica de la novela se hace
dif�cil, por ciertas referencias contradictorias.
Pero �qu� importa todo eso? �Qu� importancia tienen el t�tulo supuestamente
procaz, los errores de lenguaje y las posibles incongruencias, si en
conjunto la lectura de la novela es una verdadera fiesta del esp�ritu?
No me cabe la menor duda de que Memoria de mis putas tristes es una
extraordinaria novela, que no desluce frente a las dem�s de su autor. Ni de
que Garc�a M�rquez no s�lo es el m�s genial novelista vivo de lengua
castellana, sino tambi�n uno de los m�s grandes del mundo contempor�neo.
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Alexis M�rquez Rodr�guez
es
ling�ista y vicedirector de la Academia Venezolana de las Letras.
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