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18 de junio de 2003


Tribuna de opini�n

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ARTURO P�REZ REVERTE
El habla de un bravo del siglo XVII

Al ingresar en la RAE, el autor histori� el habla de un delincuente, de un bravo. Un valent�n de los que en el Siglo de Oro viv�an mitad de las mujeres, mitad de alquilar su espada, o su cuchillo: un rufi�n, o jaque. El habla de esa gente qued� recogida en una abundante literatura contempor�nea, incluidas brillantes p�ginas realistas de los m�s grandes autores de aquel tiempo; no en vano por la c�rcel de Sevilla, por citar s�lo una, pasaron Mateo Alem�n y Miguel de Cervantes.

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Se�ores Acad�micos:

Estar aqu� esta tarde es favor alt�simo y honra siempre codiciada, en palabras que son venerables en este recinto. Aunque ese favor y esa honra yo no los hubiera codiciado nunca, ni los imaginara siquiera, hasta que ilustres miembros de esta instituci�n, a la mayor parte de los cuales no conoc�a sino por su prestigio, trabajo y magisterio, me hicieron el inmenso honor de proponer mi nombre para ocupar el sill�n de la letra T.

Eso me ha colocado en una doble incomodidad. Primero, por encontrarme hoy aqu�, en lugar de otros escritores cuyo trabajo admiro y respeto. Y tambi�n porque quien me precedi� en el sill�n que hoy ocupo fue el profesor don Manuel Alvar. Cualquier orgullo o satisfacci�n que yo pueda sentir por hallarme aqu� se templa y hace mo�desto ante su obra y su recuerdo.

Con profundo respeto y agradecimiento, como escritor que trabaja con la lengua espa�ola que el profesor Al�var tanto am�, tengo que recordar a mi insigne predecesor en este sill�n que me dispongo a ocupar. Y por si no bastara el inmenso caudal de su obra, y mi deuda (nuestra deuda) con ella, tengo el privilegio de que algunos de sus disc�pulos, de esas decenas de miles que tiene repartidos por el mundo de habla hispana, sean mis amigos; y en boca de ellos obtuve hace tiempo la costumbre de pronunciar siempre el nombre de don Manuel Alvar con ve�neraci�n absoluta. Es dif�cil contar todo lo que hizo. Ser�a m�s f�cil hacer recuento de lo que no hizo, al mencionar la obra de este pionero en la globalizaci�n de la filolog�a espa�ola. Doctor honoris causa de 25 universidades, adelantado en el estudio del espa�ol del sur de los Estados Unidos y en el an�lisis de la socioling��stica al estudiar el espa�ol de las Canarias, el hondo saber de aquel maestro indiscutible de la dialectolog�a espa�ola abarc� historia de la len�gua, socioling��stica, toponimia, literatura contempor�nea, literatura medieval, cronistas de Indias, fon�tica, poes�a popular, lengua y literatura sefard�, y culmin� en la tit�nica obra de los atlas ling��sticos, donde traz� la casi totalidad de la geograf�a del espa�ol; con especial atenci�n a esa Am�rica que, en sus propias palabras, fue su ventana, desde el norte del r�o Bravo hasta la Tierra del Fuego, desde Puerto Rico hasta Ecuador. Y entre sus 40.000 p�ginas escritas y 859 t�tulos publicados, dos de esos t�tulos pueden considerarse un manifiesto oportun�simo para estos tiempos y esta Casa: Variedad y this site del espa�ol y La lengua como libertad.

Con esa lengua hermosa y libre a la que el profesor Alvar dedic� su vida entera, trabajo como escritor, como novelista, desde hace diecisiete a�os. Por eso hoy elijo un asunto que me es querido y familiar, desde que en 1995 empec� una serie de novelas hist�ricas ambientadas en el siglo xvii, con intenci�n de explicar, a la generaci�n de mi hija, la Espa�a en la que hoy vivimos. Somos lo que somos porque, para bien o para mal (a menudo m�s para mal que para bien), fuimos lo que fuimos. En ese intento por recuperar una memoria ofuscada por la demagogia, la simpleza y la ignorancia, eleg� como protagonista a un soldado veterano de Flandes que malvive alquilando su espada. El trabajo de ambientaci�n hist�rica y el necesario rigor del lenguaje me llevaron a adentrarme, tambi�n, por los vericuetos fascinantes del habla de german�a: esa lengua marginal, paralela a la general y en continua interacci�n con ella, que ha evolucionado con el tiempo para conservar su utilidad herm�tica; y que hoy es lo que algunos llamamos golfaray: el argot de los delincuentes y de las c�rceles. Pues, como ya apuntaban las j�caras del siglo xvi: 

Habla nueva german�a

porque no sea descornado;

que la otra era muy vieja

 y la entrevan los villanos.1

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Con cuatro novelas de esa serie escritas y con una quinta a punto de acabar, el asunto me resulta cercano. Por eso decid� que mi discurso de entrada en la Real Academia Espa�ola tratar�a del habla de un delincuente, de un bravo. Un valent�n, en este caso, de los que en el Siglo de Oro viv�an mitad de las mujeres, mitad de alquilar su espada, o su cuchillo: un rufi�n, o jaque. El habla de esa gente qued� recogida en una abundante literatura contempor�nea, incluidas brillantes p�ginas realistas de los m�s grandes autores de aquel tiempo; no en vano por la c�rcel de Sevilla, por citar s�lo una, pasaron Mateo Alem�n y Miguel de Cervantes (nada tiene que ver el idealis�mo con lo que se dec�a en el patio de Monipodio). Han transcurrido cuatro siglos, y esa jerga del hampa, riqu�sima, barroca, salpicada de rezos y blasfemias, no est� muerta ni es una curiosidad filol�gica. Adem�s de su influencia en el espa�ol que hablamos hoy, la german�a del xvi y xvii es un deleite de ingenio y una fuente inagotable de posibilidades expresivas. A menudo recurro a ella en mis no�velas sobre el Siglo de Oro espa�ol, y les aseguro (o son mis lectores quienes lo hacen) que, debidamente contextualizada, todav�a funciona. Para demostrarlo, con esa habla quiero contarles una historia. En parte me beneficio del trabajo de otros: profesores y estudiosos, algunos de los cuales se sientan en esta Real Academia. En el resto, de mis lecturas. En todo caso, he querido utilizar para este discurso de ingreso mi propia biblioteca: los libros con los que documento las novelas del capit�n Alatriste. Por eso esto debe considerarse no una pretensi�n de fil�logo o lexic�grafo, sino una aproximaci�n como lector. Como lector, insisto, que accidentalmente escribe novelas. Como corsario ante un rico bot�n que saqueo sin escr�pulos, a fin de narrar con la mayor eficacia posible. Tal es el privilegio del escritor de ficci�n que maneja una lengua tan hermosa como la nuestra. Con esa lengua (y esto no es en absoluto una ob�viedad) he construido este discurso.  

El habla de un bravo del siglo XVII

El bravo, el valent�n, se levanta tarde. La noche, que �l llama sorna, es su territorio; y a veces, para su gusto y oficio, algunas clareas (algunos d�as) tienen demasiada luz. Ya empieza a bajar el sol sobre los tejados de la ancha, la ciudad (que en este caso es Madrid), cuando nuestro hombre se echa fuera de la piltra, carraspeando para aclararse la gorja. Se le nota en la cara, que �l llama sobrescrito, en lo desordenado de los bigotes y en los ojos inyectados en sangre, que anoche y hasta de madrugada dio a la bufia y bes� el jarro m�s de lo prudente, que el sue�o ha sido escaso, y que la borrachera, la zorra, a�n est� a medio desollar. Era de lo fino, por supuesto. De lo caro. Y de remate, para terminar de cargar delantero, otro vino dulce como alquitara de monja moza, y espeso como sangre de Cristo. El caso es que nuestro jaque se lava un poco, y tras mirarse en el azogue la zanja que le santigua la cara (recuerdo de una cu�chillada, o jiferazo, de seis puntos, porque a veces es uno quien madruga, y otras veces nos madrugan otros), se compone con parsimonia los bigotes, que son fieros, de guardamano, apunt�ndole mucho a los ojos. Que entre la gente de la carda, o de la hoja, la valent�a se estima seg�n el tama�o de los bigotes, la barba de gancho y el mirar zaino, valiente, de quien es (o parece) capaz de re�ir con el Dios que lo engendr�. Pues �l es uno de esos de quienes dice la j�cara:

               En ese mar de la Corte

donde todo el mundo campa,

toda enga�ifa se entrucha   

y toda moneda pasa;

donde sin ser conocidos

tantos jayanes del hampa

tiran gajes, censos cobran

de las izas y las marcas;

donde, haciendo punto de honra

esto de la vida ancha,

andan como cazadores

viviendo de lo que matan.2

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Se viste nuestro bravo, tintine�ndole al cuello el crucifijo de plata y las medallas de santos (que en la Espa�a del rey cat�lico, palad�n de la verdadera religi�n, una cosa no quita la otra). En lo terrenal, lo suyo no es indumento de lindo, sino propio de la jacarandaina. Un poco a lo soldado, pese a no haberlo sido nunca. A �l, las guerras de Flandes y de Italia le pillan demasiado lejos, y es de los que dir�an, en palabras de Lope:

 

Bien mirado, �qu� me han hecho

los luteranos a m�?

Jesucristo los cri�,

y puede, por varios modos,

si �l quiere, acabar con todos

mucho m�s f�cil que yo.3

 

El caso es que se viste, como dec�a, con aires de m�lite, cosa a menudo propia de la gente de la hojarasca. Aunque no haya o�do en su vida zurrear de veras un arcabuzazo, y al turco y al luterano no los conozca sino de los corrales de comedias, �l y sus compadres suelen d�rselas de veteranos de los tercios o de las galeras del rey. Y alguno lo es, en efecto; pero no de tragafuegos de cubierta, sino como bogavante en gurapas: como galeote. El caso es que el valent�n se pone la camisa, que no es lo que en jerga de su oficio llaman una cairelota, una camisa elegante, sino una lima sencilla, y no muy limpia (nuestro jaque ignora, por su�puesto, que esta palabra, lima por camisa, como varias de su parla, seguir� utiliz�ndose en el golfaray que hablar�n los delincuentes del siglo xxi; habi�ndose perdido, sin em�bargo, otras variantes como alcandora, amiga, carona, hermana, prima y certa, o serta). Se pone luego el bravo los alares (palabra que tambi�n ha llegado hasta la jerga ru�fianesca de nuestro tiempo), que en el siglo xvii no se llaman to�dav�a pantalones, sino calzones: greg�escos, en este ca�so, m�s modernos que las calzas a las que, en tiempos de su padre y su abuelo, los hampones honraban con los nombres germanes de leonas o follososas. Enfunda luego las gambas en las c�scaras, las medias, y despu�s se calza lo que algunos germanes llaman duros, o pisantes, pero que �l prefiere denominar calcos, tal vez porque le suena (y as� es, aunque �l no lo sabe) palabra m�s culta e hidalga (otra, por cierto, que llegar� tambi�n hasta nuestros d�as), y porque el acto de poner pies en polvorosa, propio de su oficio sobre todo cuando asoma gurullada de alguaciles y corchetes, suena m�s digno cuando se lo define con la palabra calcorrear. Pues los hombres de h�gados como nuestro bravo no se van, sino que se alonan. No corren, sino calcorrean. Nunca hu�yen, sino que se trasponen, se alargan, redoblan, las afufan o se van al �ngel. Sin olvidar la expresi�n m�s com�n en el am�biente: pe�as y buen tiempo.

 

Y viendo que a la Justicia

quien no temerla codicia

ni noble ni cuerdo es,

volv� la espalda, y huyendo

en vuestra casa me entr�.4

 

Completa nuestro bravo su indumento con unas grullas o polainas sobre los calcos, que abotona con parsimonia, y luego busca la carlanca: un cuello de camisa con pretensiones de valona, usado de tres d�as y almidonado de grasa, pero no hay otro. Despu�s se pone el apretado, o ju�b�n. Por su oficio deber�a cubrirse el torso con un coleto de ante o de cuero, como de soldado, o mejor con un jaco o cota de malla, tambi�n llamada once mil o cofrad�a; pero las prem�ticas del rey nuestro se�or lo proh�ben para el callejeo. De manera que se conforma con lo que �l llama un cot�n doble: un jub�n forrado de estopilla, con m�s remiendos que el parche de un tambor en Flandes, y que a un arrojado de braveza siempre lo ayuda algo cuando granizan cuchilladas. As� vestido, el va�lent�n mete en la sacocha de la goda (as� llama al bolsillo de la derecha) la bolsa, en german�a cuadrada o cigarra, que tras el apiorno de anoche anda ligera, cargada s�lo con unos pocos charneles. Y en el pu�o del jub�n, sobre la cerra lerda (la mano izquierda), introduce un mocante de lienzo fino, primorosamente bordado por su marca, su hembra, una bachillera del abrocho que es anzuelo de su bolsa en una manfla (una manceb�a) de la calle de la Comadre. Pues nuestro bravo puede responder, como el soldado de la comedia lopesca, en Zalamea:

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                          �Me parece

que no es mujer para m�.

�Pues para m�, se�or, s�,

cualquiera que se me ofrece.5

 

Despu�s mira por la ventana. El tiempo no es malo; pero a la noche, refresca. Mejor capa que herreruelo. Descarta, pues, el bonito y recurre a la abuela, tambi�n llamada red, o pelosa. Antes de pon�rsela sobre los hombros, por su�puesto, nuestro rufo se ci�e los instrumentos propios de su oficio: tachonado de cuero, que as� llama �l al cinto, con espada, o mejor toledana, de cazoleta y grandes gavilanes, larga de seis o siete jemes, casi palmos, a la que �l gusta llamar centella y a veces durindana: esto �ltimo porque, aunque apenas sabe escribir (y se le da una higa, porque en Espa�a nunca fue de hidalgos leer ni hacer buena letra), nuestro bravonel posee una cultura elemental, popular, procedente de los corrales de comedias, las j�caras y los ro�mances o�dos en los mentideros, en las tabernas y en las plazas. Como una de sus loas favoritas, la de la Espada, que se sabe de memoria:

No estoy solo, pues me guarda

esta espada que me ci�o.

El que la lleva a su lado

lleva cruz, defensa, amigo,

valor, adorno, nobleza,

honra, desenfado, aviso.6

 

Aunque en realidad su gusto tiende m�s al lenguaje de la jacaranda, que es su garla, y en la que se encuentra m�s a sus anchas cuando oye eso de:

                  A la capa llama nube,

dice al sombrero tejado,

respeto llama a la espada,

que por ella es respetado.7

 O lo de:

                Mat� a su padre y su madre

y un hermanito el mayor;

dos hermanas que ten�a

puso al oficio trot�n.8

 

En fin. Por aquello de que para ir artillado m�s vale que sobre y no que falte, completa nuestro bravo el equipo con una ganchosa vizca�na: una daga de ganchos, atravesada en los ri�ones y al alcance de la zurda, lista para salir como un rel�mpago. Que, en el oficio de valent�a, hombre precavido mata por dos, o por siete; y en materia de ma�drugarle al pr�jimo siempre vali� m�s una hora antes que un minuto despu�s. Pues nuestro bravote es de aquellos a quienes hac�a decir Calder�n:

 

�Y cu�ntos hombres son estos

que he de matar? Porque vaya,

con que si no son cincuenta,

con menos no hacemos nada.9

 

Y como en materia de precauciones nunca hay nada superfluo, tambi�n esconde en la ca�a de la grulla goda, o polaina derecha, lo que nosotros llamar�amos cuchillo, pero que �l prefiere llamar desmallador: cachas amarillas, corto y de filo bien amolado (pieza clave, �sta, en la panoplia de cualquier alentado que se precie, y que se conoce tambi�n, en el oficio, por los elocuentes nombres de filosillo, secreto, aguj�n, barahustador y enano). As� equipado, nuestro rufi�n requiere el gavi�n o chapeo, el sombrero, que �l prefiere llamar tejado, y que es de mucha falda, con toquilla y pluma. Se lo arrisca a lo bravonel y sale a la calle con mucho ruido del hierro que carga encima y el andar arrufaldado y zambo (nosotros dir�amos chulesco) de los valientes:

 

Rebosando valent�a

entr� Santurde el de Oca�a;

zaino viene de bigotes

y atraidorado de barba.

Un locutorio de monjas

es guarnici�n de la daga,

que en puribus trae al lado

con m�s hierro que Vizcaya.10

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Cruza la plaza procurando no pisar los cagajones de las caballer�as, y su ojo avisado advierte los trajines de la vida que late alrededor. El sitio es de posadas: bullen fo�ranos, buscavidas, daifas de medio manto, acechonas en�cubiertas que traen due�as para florear a incautos, ociosos y mendigos, o capachas, con mutilaciones reales o fingidas que, de creerlos, estuvieron en Amberes, en Nieuport y hasta en Lepanto, y que andan a la brivia pidiendo limosna de la manera que suelen los mendigos espa�oles: con muchos fieros y palabras arrogantes, como si el sonante se les debiera por derecho, y la �nica forma de disculparse con ellos fuese decir: �perd�neme vuesa merced, pero hoy no llevo dineros�. Que en Espa�a, hasta los mendigos dicen aquello de:

                   Entre nobles no me encojo;

que, seg�n dice la ley,

si es de buena sangre el rey

es de tan buena su piojo.11

 

M�s all�, a la puerta de una bayuca, entre las mesas con jarras de vino, un anciano de pelo blanco y aspecto hi�dalgo pide por la doncella (un timo tan frecuente en la �poca como todav�a en nuestro tiempo el tocomocho) a la busca de un palomo al que sangrar la bolsa de dineros, o armas reales. Tambi�n los de la cofrad�a del agarro hacen su vendimia: bruhadores y peinabolsas se dan en gavilla:

 

Murci�lagos de la garra,

avechuchos de la sombra,

pasteles en recoger

por todo el reino la mosca.12

 

Muchas del centenar largo de variantes que en german�a del xvii debe de tener la palabra ladr�n seg�n las diversas especialidades (de puta habr� m�s de ochenta) se dan en la ciudad, en este cuartel y en esta plaza: bailes, ca�leteros, cicarazates, comadrejas, ap�stoles, picadores (que perviven hoy en la palabra piqueros, o carteristas), lechuzas, cachucheros, alcatiferos, golleros, sanos de Castilla, farabustes, ciquiribailes, buzos, cherinoles, doctores del ara�o, murcios, filateros, �gui�las de flores llanas. Incluida, entre muchas otras, una que todav�a se usa: juanero. Ladr�n especializado en aliviar de peso, hoy euros como anta�o maravedises, los juanes, o juanillos: los cepillos de las iglesias.

 

Con el fieltro hasta los ojos,

con el vino hasta la boca

y el tabaco hasta el galillo,

pardo alba�al de la cholla,

columpiando la estatura

y meciendo la persona,

Zampayo entr�, el de Jerez,

en casa Maripilonga.13

 

Llega as� el bravo hasta una taberna, la que m�s frecuenta porque el vino es turco (no ha sido bautizado con agua) y porque tiene puerta trasera por donde gui�arse o alargarse si a los vellerifes del Sepan Cu�ntos, o sea, los al�guaciles y corchetes de la Justicia (los acerradores o alfileres de la gura), se les ocurre caer por all� con intenci�n de hospedar por cuenta del rey a alg�n parroquiano. Entra el rufo en la bayuca retorci�ndose los bigotes, el aire peligroso y de muchos fieros, po�niendo el baldeo en gavia, o sea, apoyando la mano en el pomo de la espada para que �sta le levante la capa por detr�s, a lo bravo. D�ndose adem�s mucho toldo, porque nuestro hombre gusta, como todos sus camaradas de la carda (y como todos los espa�oles en general), de apellidarse hijodalgo, muy Mendoza y Guzm�n y cristiano viejo por l�nea directa de los godos. Que en nuestro siglo xvii (y la cosa estuvo lejos de terminar ah�) hasta los sastres y los zapateros se colgaban espada y eran don Fulano y don Mengano.

 

M�ndame quemar por puto

si no valiere un mill�n,

imponiendo en cada Don

una blanca de tributo.14

 

Lo que tampoco se resume mal en aquellos otros versos lopescos que no han perdido, por cierto, su vigor ni su sentido en cuatro siglos:

 

�Oh, espa�oles fanfarrones,

todos voces y palabras!

Nidos sois de la soberbia,

all� le nacen las alas.15

 

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Pero volvamos al bravonel. Por muchos dones y fieros que se ponga, nuestro jay�n es alfarachado de cuna, tinto en lana y de Lavapi�s; barrio que con La Heria de Sevilla, el patio de los Naranjos y el corral de los Olmos de esa misma ciudad, el Potro de C�rdoba y los Percheles de M�laga, entre otros sitios ilustres, ha dado a Espa�a y al mundo lo mejor de cada casa en los siglos xvi y xvii: la nata de la chanfaina. Es de los que tienen a honra decir, y dice:

 

Y m�s que ya prob� el Potro,

com� chufas en Valencia,

y en el corral de los Olmos

aprend� chanzas y levas.16

 

O de esos cuya biograf�a es honrada con versos como estos otros:

 

Naci� en C�rdoba la llana

de un ventor y una gitana;

creci� el chulo y dio en valiente

entre germanesca gente.17

    

El caso es que entra nuestro matante como quien es, y se para a lo escarram�n, las piernas muy abiertas y echada la cadera, mirando alrededor con ese aire entre receloso, fanfarr�n y avisado que los de su oficio llaman a medio mo�gate. Saluda a la amontonada valent�a que all� anda piando de la bufia, y la j�bega le responde grave con mucho vuac� y uced y camarada, pronunciando las palabras a lo gay�n, muy puestos en garla de jaque. Son de los que cantan:

 

Vino y valent�a,

todo emborracha;

m�s me atengo a copas

que a las espadas.

Todo es de lo caro,

si ri�o o bebo,

con cirujanos,

o taberneros.18

 

Y que don Francisco de Quevedo, el poeta, describe as� en una de sus j�caras:

 

Matadores como triunfos,

gente de la vida hosca,

m�s pendencieros que suegras,

m�s habladores que monjas.19

 

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Se sienta nuestro rufo con otros dos matachines que, como �l, viven a lo de Dios es Cristo y, a fuer de tales, cargan sobre el h�gado m�s hierro que las rejas de la c�rcel de Se�villa, am�n de capas fajadas por los lomos, jubonazos de estopa m�s agujereados que el cedazo de la M�ndez, chapeos con las faldillas altas por delante, bigotazos de ganchos y tatuajes en los dorsos de las manos de u�as tan negras co�mo sus almas. Pide vino para �l y aqu�, los valentachos, y algo de muquir, que su est�mago mocho tiene boque, es decir, hambre. El vino se lo traen aguado, o sea, cristiano; protesta el bravo con mucho pardi�s y pesiatal, diciendo que esa afrenta a un hidalgo no se viera ni entre luteranos. Al cabo traen otro vino, esta vez tan satisfactoriamente infiel co�mo arr�ez de gurapa (de galera) argelina. La mufla, que lle�ga al poco, consiste en un guiso de gallina, a la que el bravo se refiere como gomarra (a�n se llama hoy a los robagallinas gomarreros) y una escudilla de quemantes crudos: de ajos. Embucia con apetito el reci�n llegado y sorben los tres co�mo para quitarse las pesadumbres, limpi�ndose los bigotes entre tiento y tiento, bien a gusto:

 

Aqu� paz y despu�s gorja.

M�s vino han despabilado

que en este lugar la ronda,

que un mortuorio en Vizcaya

y que en Ambers una boda.


Mientras azumbran, los tres bravotes garlan de la vida y de sus cosas. Que si dicen en las gradas que el turco baja o sube. Que la coima de Fulano tiene mal franc�s y le ha pe�gado las melacotufas a su engibacaire. Que a Zutano le trincharon los aparejos el otro d�a, por apitonarse con un ra�ja�broqueles que le sali� r�pido de aceros. Que a Mengano, por no sobornar a un alguacil (por no ensebarle la palma al ma�yoral de la g�erca), le acanelonaron un jub�n de pencas, de lati�gazos, pase�ndolo por las calles acostumbradas, y sali� luego de ajo en la ristra de la chusma, camino del Puerto de Santa Mar�a, para muflirse, o sea, comerse, tres a�os cosido al pa�lo de batanear sardinas. Que, como dice el entrem�s de la C�rcel:

 

Plaza, plaza al comisario

de las jaulas de la mar,

que lleva a encerrar calandrias

porque cantaron ac�.21

 

O aquella carta famosa del Escarram�n a su daifa, la archifamosa M�ndez:

 

Remol�n fue hecho cuenta

de la sarta de la mar,

porque desabrig� a cuatro

de noche en el Arenal.22

 

Y el caso es que all� rema el camarada, graduado de pencas, como quien dice, al grito todo el d�a de ropa fuera y boga larga, la espalda bien amapolada de alamares por el corbacho del c�mitre. Que rascarse y bogar, todo es empezar:

 

Env�anme por diez a�os

(�sabe Dios qui�n los ver�!)

a que, d�ndola de palos,

agravie toda la mar.23

 

Luego recuerdan a Perengano, que andaba escondido, o sea, a sombra de tejados desde que con otros camaradas le afuf� el �nima a un corchete: a un alano de la gura. Al pobre Perengano lo acerr� por fin el �rbol seco (la Justa, la Justicia) saliendo de la iglesia donde se hab�a llamado a altana. En el estaribel (palabra que sigue en uso en el golfaray del siglo xxi para designar la c�rcel) le pusieron cuerdas y clavijas sin ser guitarra; y, como al Maladros del romance:

 

Mand�ronle que declare

lo que debe en este trato.

Maladros responde: �Iglesia�,

sin responder otro garlo.24

 

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Y de ese modo, el bravonel se comi� tres ansias (es decir, tres tormentos de agua y cordel) como un grande de Espa�a, sin berrearse de los camaradas (ese berrear por delatar tambi�n sigue hoy en vigor); y all� sigue el le�n, embanastado pero con la sin hueso, la lengua, en soniche. Cosa muy de elogiar, por cierto. Que negar cuando se anda en tratos de cuerda es de godos, y para ejemplo, Grullo:

 

A Grullo dieron tormento,

y en el de verdad de soga,

dijo nones, que es defensa

en los potros y en las bodas.25

 

O aquel otro quevedesco que dec�a:

 

Tienen la tirria conmigo

los confesores de historias;

mas s�lo Iglesia me llamo

pueden hacer que responda.26

 

Am�n que el son y el soniche (que de las dos formas se llama al silencio), aparte de ser saludables para la honra de la gente de la hojarasca encarcelada en la casa fosca (la c�rcel, otros� llamada caponera, cesto de culpas, casa de poco pan y bols�n de la horca) lo son tambi�n cuando a uno le quitan los cascabeles (o sea, los grillos y las cadenas) y lo desembanastan, y una vez en la calle tiene que dar cuentas a los camaradas de lo que dijo y de lo que no dijo. De rij�n (s�) a nejo (no) va un abismo; y m�s teniendo en cuenta que cuando se es fuelle de fraguas ajenas o abanillo de chimenenas (es decir, delator o sopl�n), cualquier bramo acabas pag�ndolo con la gorja. Y adem�s, qu� diablos. Puestos a garlar, si no queda otra, para un hidalgo las mismas letras tiene un no que un s�.

Bien remojada la palabra, los tres escarramanes tratan de su oficio. Son malos tiempos, por vida del rey de copas. Como dice el baile:

 

Todo se lo muque el tiempo,

los a�os todo lo mascan.

Poco duran los valientes,

mucho el verdugo los gasta.27

 

Eso, en cuanto al oficio y los camaradas. En cuanto a las coimas, o sea, las yeguas que cada cual tiene en la dehesa, las cosas tampoco van muy bien. Sus hembras, que responden a los ilustres nombres de Blasa Pizorra, Gananciosa y Mariz�palos, apenas rinden resullo (dinero). �ltimamente no trotan m�s que de baratillo, con balhurria, y el poco socorro que aportan con el trabajo de su broquel (o guzp�taro, para en�ten�dernos, aunque hay otros nombres; y permitan que me quede ah�), ese dinero se les va a ellos alijando la nao, o sea, gast�ndoselo, en el garito, con la de�sencuadernada (los naipes) o con los dados: los huesos de Juan Tarafe. Y del oficio de valent�a, para qu� hablar. Fa�tal. O sea, agua y lana. Uno de los jaques, la cara persignada por varios ara�os, se queja de que ayer mismo un cabestro (un marido barbado, o sea, un cornudo, o cartujo) pretend�a una hurgonada (una estocada) al querido de su leg�tima por la fard�a ledra de veinte m�seros ducados. Una verg�enza, se lamenta otro compadre. A �l le ofrecieron hace una semana, explica, veinticinco ducados por trincharle las asas (las orejas) y treinta por calaverar (cortar la nariz) a un gal�n que pon�a (observen hasta qu� punto el golfaray del xvii trabajaba tambi�n lo culto) alj�far en alcatara ajena. Por vida de Ro�que, ad�nde vamos a parar, se lamentan los tres bravos. Ni entre turcos o herejes vi�rase tal desprecio por las maneras y el oficio de valent�a. Por ese arg�n, matiza uno, no hay hombre de bien que desenvaine la fisberta. Lo m�s que puede ajustarse por veinticinco granos es un signum crucis: un chirlo en la cara. Un tajo de diez puntos o, como mucho, un beneficio de doce, e incluso una cruzada de oreja a oreja: de aldaba a aldaba. As� se lo dije al bacalario, responde el primer rufo. Dije nones. El hijo de mi ma�dre no trincha una calle del tabaco, o sea, una nariz, por menos de cuarenta cruzados. Se me apiton� el cliente muy Bernardo, echamos verbos y a punto estuve de desnudar la de Juanes y atarascarlo a �l, d�ndole su ajo, pero gratis. Que, como dicen los valientes:

 

Eso d�jolo yo para la zurda,

que con la diestra soy del mundo azote.28

 

En fin. Que son malos tiempos, se quejan de nuevo los compadres, besando el jarro. Mundo mundillo, protesta uno; nacer en Granada y morir en Trujillo. Parlan luego de tiempos gloriosos, cuando el Escarram�n, y Gon�zalo Xe�niz, y Gay�n el de la mojada (la cuchillada) famosa, y otros bravos respetados y triscadores, que no cenaban liebre ni ga�llina, ni temblaron nunca sino de fr�o. Como, sin ir m�s le�jos, Ginesillo el Lindo, que floreaba a primera vista dando astillazo porque parec�a alcorza, tan rubio y blanco de piel, de los que cuentan (ahora dir�amos de los que entienden); pero que en realidad era caim�n ahigadado, f�cil de centella (de espada) y de filoso (de pu�al) como el que m�s; y que meti� mano a la blanca e hizo cecina a un corchete, afuf�ndole el �nima porque �ste lo llam� puto en p�blico. Pues, como dice el entrem�s famoso:

 

Que soy much�simo hombre

para andar escrito en burlas.29

 

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Comentan tambi�n el caso de Tom�s Mojarra, un arrojado de braveza al que dieron de agudo en una cascarada desabrig�ndole el resuello con dos palmos de toledana: al verse descosido el cofre de los molletes, hecho un eccehomo en un charco de colorada y sintiendo que se iba por la posta, pidi� confesi�n y �leos; pero luego, cuando lleg� el d�mine con los av�os, viendo que hab�a conocidos entre la concurrencia, se lo pens� mejor y se neg� a cantar en la �ltima ansia, a confesar, diciendo que no era de hidalgos berrearle como una calandria a �ltima hora al coime de las Clareas, o sea, a Dios, lo que tantas veces hab�a callado en el potro. Aunque, puestos a hablar de bravos con h�gados, no pod�a olvidarse a Nicasio Ganz�a, prestigioso archimandrita de la Heria, es�pe�jo de crudos, buen tajador y azote de garitos y pinares (man�ceb�as) que despach� a su propio padre, y a dos que pasaban por all�, s�lo porque el padre le dijo �mientes por la barba�. Ganz�a era de esos de los que se cuenta:

 

Con una daga que le sirve de hoja,

y un broquel que pendiente tray al lado,

sale con lo que quiere o se le antoja.30

 

Con Ganz�a, la noche antes de su ejecuci�n en San Francisco de Babilonia, a orillas del Betis, ciudad que es Chipre de los valientes, los camaradas echaron tajada (que as� se dec�a a acompa�ar al amigo que iba a ser ejecutado al d�a siguiente) confort�ndolo en el banasto (o trena, como a�n decimos despu�s de cuatro siglos) con mucho azumbre de lo fino y guitarras:

 

Vamos todas tres a verle

zampuzado en el banasto

donde agora le llevan

para poder vendimiarlo.31

 

�se era el ambiente, recuerdan los tres bravos. Y Ganz�a, como quien era, estuvo jugando a las cartas todo el rato y haciendo la raz�n a los amigos, alzado de empeine. Es decir, con muchos argamandijos (o reda�os) y con mucha flema, hasta el alba (seis granos juego, matantes tengo, voy con la puta de oros, alce vuac� por la mano, envido, malilla y dem�s lances de la baraja, o catecismo), diciendo entre naipe y naipe que verse enjaulado no era injuria, pues enjaulados se ten�a a los leones. Y en cuanto a la esquinencia de esparto de la que en la siguiente clarea (al d�a siguiente) iba a verse con la Cierta (la muerte, tambi�n llamada la Descarnada o la Chata), a �l, a fin de cuentas, quien lo llevaba al finibusterre era la justicia real, o sea, el mismo rey; y a eso, dijo, nada ten�a que objetar, pues entruchaba (entend�a) que quien lo sacaba del mundo era el rey en persona, como quien di�ce, y no un calcirroto cualquiera. Que, en tal ilustre marrajo como �l, fuera deshonra verse despachado por un don na�die, y que a otro no se lo hubiera consentido en absoluto. Y con ese talante subi� al d�a siguiente a la mula como quien va de bureo, retorci�ndose los bigotes y saludando con mucha flema y asaduras a la gavilla que all� se juntaba para ver el espect�culo. Y en el pat�bulo, o sea, en el cabo de Palos, mientras le a�udaban la calle del trago, a�n tuvo alforjas para decirle al bederre (al verdugo) que hiciera su oficio boch�ndolo con presteza y decoro, porque �l no era de los bravos de contadur�a que blasonan del arn�s y nunca lo visten, sino de los que dicen: tenga yo fama y h�ganme pedazos. Que en vida nadie se la hizo que no la pagase; y si alg�n bellaco quedaba, el d�a de la resurrecci�n de la carne iban a verse las caras. Y entonces, voto a Dios y a quien lo en�gendr�, dar�ale tierra hasta el �nima.

Tratan luego de un negocio en curso. Ya saben vuacedes, dice nuestro bravo, que en Espa�a no hay m�s Justicia que la que uno compra:

 

El m�dico est� mirando

cu�ndo el de a ocho le encajas;

el letrado, cu�ndo bajas

la mano al p�rrafo, dando;

el j�ez, cu�ndo le toca

la parte del denunciado;

el procurador no ha dado

paso hasta que el plus le toca;

el que escribe, s�lo atiende

cu�ndo sacas el dobl�n.

Cualquiera negociaci�n

de s�lo el dinero pende.32

 

Y resulta, prosigue, que un profeta, tambi�n amparo (es decir, un abogado) de la plaza de la Providencia, que defiende un pleito complicado y costoso de los llamados sanguijuelas, afloja el minamayor del cigarr�n (el oro de la bolsa) si a un testigo molesto le abren una buena boca de tarasca para impedir que el cometa, el testigo, declare ante el juez y el escribano (o, para entendernos, ante el Noli me tangere y el lima sorda). Que como dec�an el otro d�a los representantes de la comedia nueva de Lope en el corral de la Cruz, en Espa�a:

 

Traer un pleito forzoso

es negocio temerario,

con un hombre poderoso

y el escribano contrario.33

 

As� que una de estas noches, apunta el valent�n, cuando todo est� oscuro a boca de sorna, tendremos danza de blancas, con la ventaja casual de que somos tres a uno (que hasta para acuchillar a un manco hay que precaverse), y de que el mayoral de alacranes que estos d�as va de ronda por el cuartel es amigo, se le ha ensebado la cerra, y no hemos de temer que nos inquiete la gurullada. Pero si algo sale a ledras, que nunca se sabe, y durante el negocio asoma la zarza (la Justicia), cerca tenemos la altana de San Andr�s, para trasponernos y amadrigarse en sagrado, hasta que escampe.

Se levanta nuestro jay�n. Mete, o m�s bien cala, la cerra (la mano) en la sacocha y hace tintinear un Juan Platero sobre la mesa, tambi�n llamado Juan Redondo:

 

Helo por do viene

mi Juan Redondo,

con su cruz y sus armas

en el de a ocho.34

 

Pero los dos gui�aroles le dicen que se guarde el cumquibus, que hoy pechardinan de manga, o sea, que pagan to�mando la penchicarda. Dicho y hecho. Alzan la voz los tres y echan verbos como si discutieran, en tono propio de aquella j�cara quevedesca:

 

�T� te apitonas conmigo?

�Hi�dete el alma, pobrete?

Salgamos a berrear,

veremos a qui�n le hiede.35

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Y en efecto, los tres hampones salen afuera muy atropellados y sin pagar, como dispuestos a re�ir acuchill�ndose las asaduras; y una vez en la calle se despiden y se van cada uno por su lado. Que, como dice el refr�n, hombre apercibido, medio combatido.

Una vez solo, camina el bravo por la calle como si fuera suya, echando b�lago y contoneando el nav�o, el cuerpo, para que resuene toda la Vizcaya que carga encima, el aire feroz, una mano apoyada en el pomo de la temeraria y la otra retorci�ndose los bigotes. En la calle interroga a un muchacho desocupado sobre si ha visto por all� a Fulana, su coima, y el chulamillo responde que �sta anda en corso tres esquinas m�s all�. En este punto conviene precisar, una vez m�s, que nuestro bravo no es precisamente de esos que se reconocen cuando en el corral del Pr�ncipe o el de la Cruz, representando lo �ltimo de Tirso, o de Lope, alguien recita, grandilocuente:

 

�Ay, honor, fiero enemigo!

maldiga el cielo tu nombre,

pues no hay hombre a quien no asombre

que el honor pudiese hacer

que flaquezas de mujer

fuesen infamias de un hombre.36

 

Todo lo contrario. La Mariz�palos es murci�lago de mo�neda, de esas que saben de coro la cartilla del buscar:

 

Piensa que somos de aquellas

que infaman este lugar,

que salen a negociar

con la luz de las estrellas.

Que salen, aventureras,

a esta Vega y al Cambr�n

  a dar p�blico preg�n

  de sus hermosuras fieras.37

 

Y exactamente as� encuentra nuestro bravo a su hembra, mariscando: en tratos con un cliente a la puerta de la manflota, la manceb�a (tambi�n llamada aduana porque na�die pasa adentro que no pague), y decide quedarse por all�, esperando que el palomo se decida a alojar el caballo en el broquel de la hurgamandera y alcabale los nipos, o dineros. Porque no ser� nuestro bravote quien impida a su pencuria ganarse la vida, y de paso la de �l. Que con una hembra como la Mariz�palos, que as� se llama la cantonera, es dif�cil no caer en la tentaci�n:

 

Quien no tiene por haza�a

caer, quien se aventur�,

acu�rdese, pues se enga�a,

que cay� Troya y cay�

la princesa de Breta�a.38

 

Sin embargo, el cliente no se decide a abrochar. Quiz� sea de los que se amapolan ante una doctora del arte aviesa, o le parecen caricios los dineros que pide la rabiza porque le troten el anca. El caso es que nuestro rufi�n se impacienta; de manera que se acerca, arroldanado y bravoso, a�usgando (mirando) al mandria muy fijo y muy zaino, con las piernas abiertas al caminar, andando a lo columpio sin apartar la cerra, la mano, de la amenazadora bayosa que carga al costado. El otro, que en cuanto le mira el coram vobis adivina que el bravo se acerca con las intenciones del turco, parece hombre de paz y poco amigo de meterse en baraja: de re�ir. As� que, temi�ndose un ara�o, se acatalina y bate talones tomando calzas de Villadiego. O, dicho de otro modo, pe�as de longares. Murmurando tal vez entre dientes eso de:

 

A ni�os de la doctrina

no pienso pagar la solfa:

m�sica que no he de o�lla,

que la pague quien la oiga.39

 

O tal vez aquello otro que dec�a Juan Rana:

 

��Y el atajo que os dije?

�En mi trabajo,

no salir a re�ir es el atajo.40

 

O, finalmente, en versos rufianescos cervantinos:

 

Muerte y vida me dan pena;

no s� qu� remedio escoja,

que si la vida me enoja,

tampoco la muerte es buena.41

 

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El caso es que all� queda nuestro rufo due�o del campo, y le dice a su gananciosa que palme el cairo de la jor�nada, que tiene necesidad de socorro para unos asuntos. Le entrega la otra el sonante, que no es mucho, lament�n�dose, la mantilla terciada al brazo, de la poca paja que �ltimamente mete en el establo; pero es que, se�ala en su descargo, estos d�as est� con la camisa, o sea, con la costumbre.

 

Dices que te contribuya,

y es mi desventura tal,

que si no te doy consejos,

yo no tengo qu� te dar.42

 

Pese a las excusas, al engibador le parece poco dinero; se arrufa, y para demostrarlo hace adem�n de asentarle la mano a la pecatriz. D�jate de tretas y alicantinas, dice, y no le hagas cagar el bazo a este le�n. Que ya me conoces: hay cosas que no sufro ni en Argel, y cuando se me alborota el bodeg�n igual atrueno a dos que a doscientos, y soy capaz, pardiez a caballo, de borrajarte el mundo cruz�ndote con un tajo (persign�ndote con un signum crucis) esa bonita cara. As� que alonga luengo y g�nate tu jornal y el m�o si no quieres que te esclisie o te desoreje trinch�ndote una mirla. Todo eso se lo dice con la cerra derecha en alto, como si fuera a jugar de abej�n sacudi�ndole el balandr�n a la acechona, que se amilana y llora (acebolla los columbres) vertiendo abundante clariosa de los lagrimales porque teme una turronada. Pero el jaque amaga y no da. Pese a sus fieros, en el fondo le tiene ley a su cisne. Cuando se pone tierno, cosa que ocurre s�lo muy de vez en cuando, le recita junto al asiento de las arracadas aquello de:

 

Marca la m�s goda y fresca

de todo el trato germano,

donde tuvo mi nav�o

de sus trabajos regalo.43

 

O eso otro de:

 

�Ay coima la m�s gode�a

de toda la german�a,

reina de todas las coimas

y flor de todas las izas!44

 

La iza es, con perd�n, m�s puta que la Caba Rum�a; pero eso s�: cumplidora, limpia, ambladora y muy buena (muy gode�a) en el oficio trot�n. No como las trongas, abadejos y calloncos que trabajan para rufeznos traspillados (y tal vez la palabra callonco haya llegado hasta nuestros d�as abreviada en callo, a veces acompa�ada del adjetivo verbenero: callo verbenero). El caso es que, volviendo a nuestro bravo y a su iza, �sta no es como esas grofas de todo trance a las que, por volver a decirlo en germ�n culto, o casi, aceitan de almendras el alhorce por cuatro blanquillas; sino de tan buen aspecto, en opini�n de su hombre, que podr�a pasar por tusona de categor�a, de las que frecuentan condes y marqueses de mucho toldo. Y tan dispuesta a lo suyo, adem�s, que de quedarse pre�ada (cosa que evita una vieja cobertera de la vecindad), podr�a dec�rsele lo del romance aquel de don Francisco de Quevedo:

 

Fuimos sobre vos, se�ora,

al engendrar el nacido,

m�s gente que sobre Roma

con Borb�n por Carlos Quinto.45

 

El caso es que, asentada su autoridad, el germ�n se em�banasta la pecunia, le palmea el buz (o retaguardia) a la daifa y la deja seguir ruando, no sin que antes �sta lo llame cherinol de mi coraz�n, flor de la altana, cosario de mis columbres, abrigo de mis criojas y (en plan m�s �ntimo) ba�llestazo de mi broquel, califique su boca de arcaduz de mi dicha, y sus ojos de quemantes de mis asaduras. Que, en la Espa�a del Siglo de Oro, las bachilleras del abrocho no necesitan leer a don Luis de G�ngora para enjaezarles las escarpias, o sea, halagarles las orejas, a los gallos (a los caporales) de sus entretelas.

 

Que, por Dios, as� me goce,

que le vi re�ir con doce.46

 

Se encamina nuestro bravo a la casa de conversaci�n, es decir, al garito, no sin hacer antes viacrucis colando calles por las tabernas, o sea, por las alegr�as y consolatorias que le pillan de camino, haciendo suyo aquel higi�nico y casi filos�fico principio de:

 

�Cu�ndo se vio que muriese

hombre que sin asco sorba?47

 

Seguro de eso, el bravonel escurre el barroso, o el barro, o el esta�o, que en todo puede ir el vino, con algunos conocidos piadores que por all� pastan, haciendo la raz�n, o brindis, o dominus vobiscum. (No sorprende, por cierto, la presencia de tantos cultismos en el golfaray de la �poca, si tenemos en cuenta que Italia estaba muy presente en la vida espa�ola, que el teatro, la j�cara, las canciones y los romances callejeros eran populares, y que la participaci�n del pueblo en la vida religiosa hac�a de uso com�n, burlesco a veces, no pocas expresiones latinas.)

Volviendo junto a nuestro bravo, y bien remojadas por �ste la obra y la palabra, lo vemos llegar por fin a la casa de tablaje, y entrar:

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... de capa ca�da,

como los valientes andan,

azumbrada la cabeza

y bebida la palabra.48

 

El garito, todo hay que decirlo, no es coima de minoribus, o de poquito, ni antro de baratillo, sino coima de maioribus frecuentada por gente de calidad, donde se dan astillazos bien godizos, a lo grande, y lo mismo ruedan brechas, o dados (tambi�n llamados albaneses, hormigas, astas, peste, cuadros o Juan Tarafe), que se ara con bueyes: nombre este que los germanes como el que nos ocupa dan al libro real, o baraja, tambi�n llamado desencuadernada adem�s de catecismo. En el ga�rito se juegan lo mismo qu�nolas, polla y cientos, que son juegos de sangr�a lenta, donde un palomo sangra el argento poco a poco, que el siete, el repar�lo y otros juegos de los llamados de estocada, por la rapidez con que dejan a un hombre sin dinero, sin habla y sin aliento. A fin de cuentas, la comparaci�n no es ociosa, y ya lo dijo Lope:

 

Como el sacar los aceros

con quien tuviere ocasi�n,

as� el jugar es raz�n

con quien trajere dineros.49

 

S�lo que en este caso, como es costumbre en los garitos para evitar males mayores, las armas se dejan al portero, pues en gente poco sufrida como la espa�ola, y m�s si es del hampa, los dimes y diretes suelen terminar a cuchilladas. As�, destocado del gavi�n, o chapeo, y de la red, la capa, y aliviado de hierro (aunque conserva el desmallador escondido en la ca�a de la grulla) pasea el valent�n entre la media docena de mesas, rumor de conversaciones, ir y ve�nir de tah�res, mirones y entretenidos que despabilan velas y cumplimentan a los que ganan, en busca de propina, o ba�rato. En las mesas, alrededor de las cartas y de los dados que ruedan, se oyen suspiros, jaculatorias y pardieces. So�bre todo esto �ltimo: juramentos de los que alijan el nav�o. O sea, los que palman, o m�s bien, aquellos a quienes despalman:

 

Veinte escudos que ten�a

de mi amo le he jugado

con un fullero taimado,

pensando que no sab�a.

Por la compuesta le alc�,

y tanto del juego ignoro,

que, de veinte escudos de oro,

con uno me levant�.50

 

En ese ambiente de tipos gariteros (sages, vivandores, coimeros, templones, cercenadores, caballos, astilleros y dan�ca�i�res), nuestro bravo encuentra a algunos conocidos, mirones y prestamistas del garito, llamados tomajones, que lo abrazan. Y responde a tanto afecto con tiento, recordando que en lugares como �se, espa�oles todos a fin de cuentas:

 

Cuando te abracen, advierte

que segadores semejan:

con una mano te abrazan,

con otra te desjarretan.51

 

Se juega nuestro bravo el cumquibus de su daifa, evitando las mesas donde fulleros de �l conocidos, doctores de la valenciana expertos en ahuecar el as, el rey, el siete o la sota en forma de teja o boca de lobo, astillarlo con una marca o un raspado o hacerle la ceja para reconocerlo, despluman  a chapetones incautos con barajas a las que tambi�n llaman huebras. Llevan �stas los naipes (los bueyes) preparados y llenos de trampas, o flores, que son tan infinitas como el in�genio (berrugueta, ballest�n, tira, cristalina, alademosca, panderete) y que parecen directamente salidas del popular ro�mance de Perotudo:

 

Diez huebras lleva de bueyes;

cada cual es con su flor,

con la raspa y cortadillo,

tira, panda y ballest�n.52

 

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Prueba primero nuestro bravote con los dados, a los que �l llama brechas. Ruedan en su contra, as� que piensa que est�n cargados o tal vez amolados: Mira mal al brechador, a quien le resbala, y decide cambiar de aires antes de que lo dejen en cordob�n. Se va a una de las mesas de las cartas donde se aran qu�nolas y cuaja conversaci�n, que as� se dice a empezar a jugar. Pero hace agua, o sea, pierde m�s que ga�na. Y como no es de los que callan como en misa, termina ju�ran�do a los doctrinales. O, dicho de otro modo, a echar mantas y no de lana, renegando del papo de Ad�n y del broquel de Eva. No se f�a del tah�r que lo despluma, y lo observa con mucho cuidado intentando descornarle la flor, atento a si hace amarre (que es trampa para que salga cierto naipe), o ret�n (tambi�n llamado salvatierra), reteniendo el siete de matantes, o de espadas, que en german�a se conoce como setenil, ronda o cueva del becerro. Carta esa, o buey, que a nuestro bravo le permitir�a cambiar su suerte. Pero no lo consigue. Sigue perdiendo, y a�usga de mala manera al fullero, que con mucha desverg�enza le sostiene la mirada. Sin duda es brujulero fino, de esos de los que puede decirse:

 

�Vive Dios, que no hay mayor

bellaco desde aqu� a Roma!

�Qu� bien unos naipes toma,

qu� bien sabe cualquier flor!53

 

Viendo su dinero m�s perdido que el alma de Judas, se arrufalda nuestro bravote; m�s por no poder probar la flor que porque se la hagan. Aunque empieza a olerse que la alicantina se la fragua un doble del fullero, que a su es�palda, d�ndoselas de curioso, puede estarle haciendo el es�pejo de Claramonte, pas�ndole al otro se�as para soplarle los palos vac�os (el cinco de bastos), la calle del puerto (el seis de copas) y la puta de copas (la sota) que nuestro bravo tiene en las manos y que el otro le avizora, o columbra, por encima del hombro. Al fin se vuelve el rufo a decirle al apuntador que se quite de ah�. Echan verbos y ment�s por la gola, y al cabo hace nuestro le�n adem�n de meter mano a la temeraria que no carga, porque se la dej� al portero. Dicen de sa�lir a re�ir afuera. Tercian los conocidos y tambi�n el coimero, el due�o del garito, pidiendo que no se alborote el aula; y al fin, nuestro bravo observa que el fullero y su contrayente (hoy todav�a se usa la palabra consorte para c�mplice) son hombres avisados y no est�n solos, sino que tienen cerca una camada de cuatro o cinco campeadores de garulla, all� llamados padrinos o �ngeles de guarda, por si las cosas se complican y hay que darle a alguien en la calle un catorce, o un antuvi�n de esos que llaman conclusi�n o mojada de cien reales. El caso es que, como las reglas de los que profesan de braveza dicen valientes pero no tontos (o sea, crudos pero no badajos), nuestro Rold�n decide que pe�as y buen tiempo. De manera que se va hacia la puerta como si tuviera algo importante que hacer, toc�ndose el cinto cual si lamentara no ir de hierro hasta las cejas. Y all�, muy arrojado de chanfaina, se vuelve a medias y le dice al mozo de la puerta: �Cuerpo de Mahoma, juro a dix y vive Dux, juro por mis dos y por mis cuatro que si no tuviera un asunto urgente, voto al cinto, desataba la sierpe y le contaba los botones con mi temeraria a m�s de un bellaco. Por vida del rey de espadas (que de Espa�a iba a decir) que no hay bastantes hombres aqu� para quien, como yo, ha re�ido cien veces y matado a quinientos, y eso en ayunas. A fe de quien soy, y no digo m�s. Y quien dijese lo contrario, miente�.

 

... Y luego, encontinente,

cal� el chapeo, requiri� la espada,

mir� al soslayo, fuese, y no hubo nada.54

 

Muchas gracias.

Discurso pronunciado por el periodista y escritor Arturo P�rez-Reverte al ingresar en la Real Academia Espa�ola, el 12 de junio.

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Notas

 1.  Romancero General, II, Madrid: BAE., 1851, t. 16, p. 595.

 2.  Qui�ones de Benavente, Luis: �J�cara de do�a Isabel, la la�drona�, en Entremeses, loas y j�caras, Madrid: Alfonso Dur�n, 1872, t. I, p. 358.

 3.  Lope de Vega, F�lix: Los milagros del desprecio, en Obras de Lope de Vega publicadas por la Real Academia Espa�ola, Ma�drid: 1916-1930, t. XIII, p. 2.  

 4.  Calder�n de la Barca, Pedro: Mejor est� que estaba, en Comedias escojidas de don Pedro Calder�n de la Barca, t. IV, Madrid: Im�prenta de Ortega, 1833, p. 144.

 5.  Calder�n de la Barca, Pedro: El alcalde de Zalamea, ed. J.M. D�ez Borque, Madrid: Castalia, 1989, p. 134, vv. 197-200.

 6.  Lope de Vega: �Loa famosa en alabanza de la espada�, en Cotarelo y Mori, Emilio: Colecci�n de entremeses, loas, bailes, j�caras y mojigangas, Madrid: Bailly-Bailli�re, 1911, vol. 2, p. 414.

 7.  Romancero General, p. 595.

 8.  Quevedo, Francisco de: Obra po�tica, ed. de J.M. Manuel Blecua, Madrid: Castalia, 1969. Aqu�, 865, �Los valientes y tomajonas� (baile), vv. 137-140.

 9.  Calder�n de la Barca, Pedro: Guardadme las espaldas (en�trem�s), en Entremeses j�caras y mojigangas, ed. de Evangelina Rodr�guez y Antonio Tordera, Madrid: Castalia, 1982, p. 222, vv. 175-178.

10. Quevedo, Poes�a... 866, �Las valentonas, y destreza� (baile), vv. 57-64.

11. Quevedo, Poes�a... 644, letrilla sat�rica, vv. 39-42.

12. Quevedo, Poes�a... 853, �Villagr�n refiere sucesos suyos y de Cardoncha� (j�cara), vv. 25-28.

13. Calder�n de la Barca, Las j�caras (entrem�s), en Entremeses... p. 91-92, vv. 53-60.

14. Lope de Vega, La paloma de Toledo, en Obras de Lope de Vega, ed. M. Men�ndez Pelayo, Madrid: Atlas, 1968, t. XXII, p. 309.

15. Lope de Vega, El secretario de s� mismo, en Obras, t. IX, p. 309.

16. Romancero General, p. 571.

17. �Quintillas de la heria� en Poes�as Germanescas, ed. John M. Hill, Indiana University Press, Humanities Series, n� 15, Bloomington, 1945, pp. 38-39, vv. 16-19.

 Na�io en Cordoba la llana
                         de vn ventor y una jitana;
                         crezio el chulo y dio en valiente
                         entre jermanesca jente.

18. Quevedo, Poes�a... 897, �Los borrachos� (baile), vv. 49-56.

19. Quevedo, Poes�a... 853, �Villagr�n refiere sucesos suyos y de Cardoncha� (j�cara), vv. 21-24.

20. Quevedo, Poes�a... 873, �Los borrachos� (baile), vv. 36-39.

21. Qui�ones de Benavente, Luis, �Entrem�s cantado: la visita de la c�rcel�, en Cotarelo y Mori, Emilio, op. cit., vol. 2, p. 513.

22. Quevedo, Poes�a... 849, �Carta de Escarram�n a la M�ndez� (j�cara), vv. 29-32.

23. Quevedo, Poes�a... 849, �Carta de Escarram�n a la M�ndez� (j�cara), vv. 89-92.

24. �Romance de la vida y muerte de Maladros�, en Hidalgo, Juan, Romances de german�a de varios autores con el vocabulario por la orden del a.b.c. para declaraci�n de sus t�rminos y lengua, Madrid: Antonio de Sancha, 1779, p. 101.

25. Quevedo, Poes�a... 853, �Villagr�n refiere sucesos suyos y de Cardoncha� (j�cara), vv. 145-148.

26. Quevedo, Poes�a... 853, �Villagr�n refiere sucesos suyos y de Cardoncha� (j�cara), vv. 81-84.

27. Quevedo, Poes�a... 865, �Los valientes y tomajonas� (baile), vv. 1-4.

28. Hurtado de Mendoza, Antonio, El ingenioso entrem�s del examinador Miser Palomo, en Cotarelo y Mori, Emilio, op. cit., vol. 1, p. 326.

29. Calder�n de la Barca, Las j�caras (entrem�s), en Entremeses... p. 94, vv. 115-116.

30. Cervantes, Miguel de, El rufi�n dichoso, ed. Florencio Sevilla, Madrid: Castalia, 1997, p. 123, vv. 507-509.

31. Qui�ones de Benavente, Luis, �J�cara nueva de la plem�tica�, en Cotarelo y Mori, Emilio, op. cit., vol. 2, p. 842.

32. Lope de Vega, La noche toledana, en Obras, t. XIII,  p. 98.

33. Lope de Vega, Los torneos de Arag�n, en Obras, t. X, p. 17.

34. Quevedo, Poes�a... 865, �Los valientes y tomajonas� (baile), vv. 229-232.

35. Quevedo, Poes�a... 858, �Desaf�o de dos jaques� (j�cara), vv. 13-16.

36. Lope de Vega, La inocente Laura, en Obras, t. XII, p. 358.

37. Lope de Vega, El toledano vengado, en Obras, t. II, p. 594.

38. Quevedo, Poes�a... 675, �Fiesta en que cayeron todos los toreadores�, vv. 116-120.

39. Quevedo, Poes�a... 862, �Postrimer�as de un rufi�n� (j�cara), vv. 85-88.

40. Calder�n de la Barca, El desaf�o de Juan Rana (entrem�s), p. 204, vv. 73-74.

41. Cervantes, Miguel de, El rufi�n dichoso, ed. cit., p. 202, vv. 1692-1695.

42. Quevedo, Poes�a... 850, �Carta de la M�ndez a Escarram�n� (j�cara), vv. 49-52.

43. �Romance de la vida y muerte de Maladros�, en Romances de german�as, op. cit., p. 109-110.

44. �Apartamiento de Pedro de Castro y Catalina�, en Romances de german�as, op. cit., p. 57.

45. Quevedo, Poes�a... 732, �Sac�dese de un hijo pegadizo�, vv. 21-24.

46. Cervantes, Miguel de, El rufi�n dichoso, ed. cit., p. 248, vv. 2553-2555.

47. Quevedo, Poes�a... 862, �Postrimer�as de un rufi�n� (j�cara), vv. 49-50.

48. Quevedo, Poes�a... 866, �Las valentonas, y destreza� (baile), 69-72.

49. Lope de Vega, Las flores de don Juan, en Obras, t. XII,  p. 173.

50. Lope de Vega, En los indicios, la culpa, en Obras, t. V, p. 289.

51. Quevedo, Poes�a... 726, �Instrucci�n y documentos para el noviciado de la Corte�, vv. 45-48.

52. �Romance de Perotudo�, en Romances de german�a, op. cit., p. 8.

53. Lope de Vega, La obediencia laureada, en Obras, t. XIII,   p. 136.

54. Cervantes, Miguel de, �Al t�mulo del rey que se hizo en Sevilla�, en Obras completas, ed. Florencio Sevilla, Madrid: Castalia, 1999, pp. 1179-1180.


 

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