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11 de junio de 2003


Tribuna de opini�n

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LUIS �NGEL ROJO
La sociedad madrile�a en Gald�s

           En este discurso, pronunciado al ingresar en la RAE, Rojo ofrece
            una fina exposici�n de la evoluci�n mental de Gald�s en su encuentro
            con la sociedad madrile�a, una compleja realidad completamente
            nueva y que hizo de acicate permanente a su impresionante obra
            de novelista, quiz�s el m�s grande despu�s de Cervantes.

EXCM

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Se�oras y se�ores acad�micos:

Os agradezco profundamente la generosidad que hab�is mostrado al confiar en que mi colaboraci�n pueda ser de utilidad a esta Academia. Acudo a tan honrosa convocatoria consciente de la responsabilidad que asumo y con la esperanza de no decepcionaros.

He dedicado mi vida profesional al estudio, la ense�anza y la pr�ctica de la Econom�a, y he podido constatar as�  hasta qu� punto nuestra lengua, con su riqueza y su difusi�n, es uno de los mayores activos con que cuentan las econom�as de los pa�ses de habla hispana. Los esfuerzos por mantener, actualizar y depurar nuestro idioma son, desde esta perspectiva, una inversi�n econ�mica de gran importancia.

Ocurre, sin embargo, que el l�xico econ�mico que habitualmente utilizamos es un frondoso jard�n de extranjerismos, generalmente de origen ingl�s. No es �ste un problema privativo del castellano: razones hist�ricas bien conocidas han hecho de la Econom�a un �mbito de conocimientos y t�cnicas de estirpe e impulsos principalmente anglosajones, cuyos conceptos, vocablos y expresiones se han extendido a todo el mundo sin encontrar, a menudo, correspondencias y traducciones correctas en los distintos idiomas. La situaci�n es, en buena medida, irremediable por razones de arraigo hist�rico o de conveniencia pr�ctica en una econom�a mundial que presenta un alto grado de integraci�n. Creo, sin embargo, que existen m�rgenes para la depuraci�n y la mejora de nuestro lenguaje econ�mico, y espero que mi trabajo pueda ser �til a la Academia en este terreno.

Mi sentimiento de responsabilidad aumenta cuando considero que esper�is de m� la dif�cil tarea de ocupar el vac�o dejado entre vosotros por la desaparici�n del Excmo.

Sr. D. Jes�s Aguirre, Duque de Alba. Fue don Jes�s Aguirre persona de inteligencia clara, agudo ingenio y juicio independiente, que expres� en su atenci�n a amplios sectores del pensamiento y las artes y en su esfuerzo por contribuir a la transformaci�n pol�tica y a la mejora intelectual y art�stica del pa�s.

Le conoc� en los primeros a�os sesenta, tras su regreso de una larga estancia en Alemania. Era entonces Jes�s Aguirre un joven sacerdote que hab�a obtenido el t�tulo de doctor en la Universidad de M�nich con una brillante tesis sobre Guillermo de Occam y hab�a completado una s�lida formaci�n en las tendencias m�s recientes de la Teolog�a; al tiempo, sin embargo, hab�a estudiado con profundidad la interpretaci�n del pensamiento marxista propuesta por las principales figuras de la Escuela de Frankfurt �Adorno, Horkheimer, Benjamin� que hab�an de influir apreciablemente en sus ideas, las cuales nunca llegaron, por lo dem�s, a integrarse en el marxismo. La llegada de Aguirre, con este bagaje intelectual, al ambiente mediocre y cerrado de la Espa�a de aquellos a�os hab�a de hacer de �l una figura cr�tica, observada con suspicacia por las autoridades y pronto admirada por los profesores y estudiantes que acud�an a escuchar sus sermones renovadores en la iglesia de la Ciudad Universitaria de Madrid. Al poco tiempo desempe�aba ya un papel relevante en el mundo de la disidencia antifranquista y actuaba como figura de referencia en la conexi�n entre corrientes variadas de la oposici�n a la dictadura.

Al concluir la d�cada de los sesenta, la reflexi�n honesta y rigurosa sobre su vida y sus ideas llevaron a Jes�s Aguirre a la dif�cil decisi�n de secularizarse. Pas� a ocupar entonces un lugar destacado en el �mbito editorial, desde el que mantuvo y acentu� su actividad inquieta en la oposici�n al franquismo y en el que encontr� un campo propicio a una amplia actividad: extendi� sus relaciones con intelectuales y literatos consagrados, al tiempo que apoy�, con criterio abierto y certero, a j�venes autores; se esforz� por difundir l�neas importantes del pensamiento contempor�neo �especialmente con la traducci�n de las obras m�s destacadas de la Escuela de Frankfurt� y alent� el conocimiento de las nuevas corrientes literarias; y a�n encontr� tiempo para escribir un buen n�mero de art�culos period�sticos, recensiones y ensayos, algunos de los cuales habr�a de recopilar m�s tarde.

En 1977 fue nombrado Director General de M�sica en el Ministerio de Cultura, posici�n que mantuvo hasta 1980.

Vari� as� el centro de su atenci�n, dirigida ahora principalmente a la m�sica y el ballet, pero no su esfuerzo orientado a mejorar el nivel de la vida cultural y art�stica espa�ola.

En 1978 hab�a contra�do matrimonio con Do�a Cayetana Fitz-James Stuart, pasando a ser as� el decimoctavo Duque de Alba. Ello condujo su vida por cauces m�s tranquilos, que le llevaron a ocuparse de la Fundaci�n de la Casa de Alba y de sus archivos y a adentrarse en investigaciones hist�ricas; pero esto no le impidi� abordar nuevas y excelentes traducciones, dar a la prensa compilaciones de trabajos anteriores y publicar dos libros de poes�a y dos vol�menes de unas Memorias que dej� inconclusas.

En 1984 el Duque de Alba ingres� en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando leyendo, en el acto p�blico de su recepci�n, un documentado estudio sobre dos hermosos paisajes, pertenecientes a la Casa de Alba, que hab�a identificado como obras de la mano del pintor Rivera. El a�o siguiente, tom� posesi�n de su plaza de miembro de n�mero de la Academia Sevillana de Buenas Letras, ocup�ndose, en su discurso, de la poes�a sevillana de los siglos XVI y XVII.

Finalmente, en 1985 ingres� en la Real Academia Espa�ola leyendo un discurso dedicado al Conde de Aranda y la reforma de espect�culos en el siglo XVIII. Estos tres excelentes discursos aparecen recogidos en un volumen titulado

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Altas oportunidades

Una larga enfermedad, que fue alej�ndole del mundo exterior, acab� con la vida original e interesante y, en muchos aspectos, brillante de don Jes�s Aguirre, Duque de Alba.

Distintos caminos redujeron nuestros encuentros con el paso de los a�os; pero siempre mantuve hacia �l sentimientos de amistad, admiraci�n y respeto.

Cierro as�, Se�ores acad�micos, este modesto homenaje a mi antecesor inmediato en el sill�n que voy a ocupar por vuestra benevolencia, y paso a leer el discurso que he escrito para este acto. En �l me propongo examinar c�mo vio la sociedad madrile�a de su tiempo aquel novelista insigne, observador profundo y espa�ol l�cido, que fue don Benito P�rez Gald�s.

I

Benito P�rez Gald�s lleg� a Madrid en 1862, a los diecinueve a�os de edad. Sus padres le enviaban a estudiar leyes en la Universidad Central, pero Gald�s tra�a de Las Palmas de Gran Canaria una temprana vocaci�n literaria que iba a desplazar, desde un principio, su limitado inter�s por el Derecho. Muchos a�os despu�s recordar�a: �Vine a esta Corte y entr� en la Universidad, donde me distingu� por los frecuentes novillos que hac�a... Escap�ndome de las c�tedras, ganduleaba por las calles, plazas y callejuelas, gozando en observar la vida bulliciosa de esta ingente y abigarrada capital.

Mi vocaci�n literaria se iniciaba con el prurito dram�tico, y si mis d�as se me iban en flanear por las calles, invert�a parte de las noches en emborronar dramas y comedias� 1.

Ello es �dec�a� que no pod�a resistir la tentaci�n de echarse a las calles, en las que encontraba copiosa materia filos�ficojur�dica, can�nica, econ�mico-pol�tica y, sobre todo, literaria, que proporcionaba unas ense�anzas m�s amplias que las universitarias.

Habr�a que a�adir los atractivos del Teatro Real para quien fue siempre un gran amante de la m�sica y de las tertulias de caf�, en las que Gald�s se reun�a con paisanos y hac�a nuevas amistades.

La capital ofrec�a al reci�n llegado la oportunidad de entrar en contacto con los grandes problemas de la vida nacional y vivir de cerca los conflictos entre viejas y nuevas ideas, creencias y formas de vida; pero Gald�s lleg�, adem�s, a Madrid en una etapa interesante: la ciudad estaba registrando importantes transformaciones sociales y urbanas; la actividad econ�mica viv�a una etapa de auge, alentada por la mejora de los transportes, la construcci�n y la especulaci�n financiera, que s�lo hab�a de ceder en la segunda parte del decenio; la vida literaria comenzaba a acusar el soplo de nuevos vientos europeos y el ambiente pol�tico madrile�o estaba cargado de fermentos antigubernamentales que se acentuar�an en el tiempo hasta conducir a la revoluci�n de 1868.

Este clima, su buena pluma y sus dotes de observador llevaron pronto a Gald�s a colaborar en peri�dicos y revistas, espor�dicamente al principio y de modo habitual m�s tarde, con comentarios sobre la vida de la ciudad y rese�as musicales y teatrales primero, con temas literarios despu�s, y m�s adelante, a partir de 1868, con art�culos pol�ticos en publicaciones de orientaci�n progresista. Su inter�s por el Derecho, si alguna vez existi�, hab�a quedado definitivamente olvidado para entonces.

Gald�s pensaba que, en aquellos a�os, el Madrid social llevaba no poca ventaja al Madrid urbano, a pesar de los evidentes progresos que en �ste se advert�an. El testarudo Felipe II �dec�a� hab�a asentado su Corte en un lugar ingrato, resistente a cuantas reformas pudieran idearse; adem�s, desde entonces hasta el final del Antiguo R�gimen las reformas hab�an sido escasas, especialmente si se las comparaba con las introducidas en otras capitales europeas. Madrid se hab�a beneficiado poco, desde un punto de vista urban�stico, de su condici�n de sede de la Corte.

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A comienzos del siglo XIX Madrid era una ciudad de unos 200.000 habitantes, cercada por una tapia fiscal y cuya posible expansi�n aparec�a limitada por el Palacio Real, al Oeste, y por el Palacio del Buen Retiro al Este. La superficie intramuros estaba ocupada por un centro urbano densamente poblado, rodeado de amplios espacios poco urbanizados,

conocidos como los �arrabales�, donde estaban situados, junto a viviendas pobres, un buen n�mero de almacenes, talleres y actividades consideradas nocivas y molestas. El Real Patrimonio era el gran propietario de suelo de la capital, tanto intramuros como extramuros; tras �l, la aristocracia y el clero manten�an una posici�n dominante en la propiedad y el uso del suelo madrile�o. La nobleza hab�a construido algunos palacios en el siglo XVIII, pero la gran mayor�a de sus mansiones proven�an del siglo XVII y �como escribiera Gald�s en La desheredada� parec�an responder a la idea de que Madrid fuera una Corte provisional. La importancia art�stica de tales caserones era nula; su solidez, mediana, y, en cuanto a comodidades interiores, s�lo era habitable lo que hab�a sido reformado.

El clero, por su parte, pose�a grandes superficies ocupadas por ordenes mon�sticas y administraba, adem�s, los bienes de un conjunto de instituciones ben�ficas que eran propietarias de un n�mero muy elevado de fincas en renta, mal conservadas. El resto del suelo estaba en manos de personas f�sicas para uso propio o alquiler. Madrid era, en resumen, una ciudad de aspecto pobre, con casas en su mayor�a de una o dos plantas y de mala construcci�n, que se alineaban, con irregularidades, en calles estrechas, sin empedrar y sucias, a menudo carentes de salida por toparse con las tapias de casas nobiliarias y conventos. Las s�rdidas condiciones de habitabilidad que ofrec�an habitualmente las viviendas de las clases sociales m�s modestas, la deficiente alimentaci�n de �stas, la mala pol�tica sanitaria y la insuficiencia del suministro de agua hac�an de Madrid una ciudad con tasas de mortalidad muy altas, que determinaban un crecimiento vegetativo de la poblaci�n negativo, compensado por la inmigraci�n.

Aquella ciudad de finales del Antiguo R�gimen recib�a su principal impulso econ�mico de los tributos percibidos por la Corona, que financiaban los gastos locales del Rey, su Corte y su Gobierno; despu�s, de las rentas que los nobles en ella residentes recib�an de sus propiedades rurales y urbanas para atender al mantenimiento de sus casas en la capital y, en fin, de las rentas que la Iglesia transfer�a desde el resto del territorio espa�ol para sostener conventos, hospitales e instituciones de beneficencia en Madrid. La ciudad era un centro de absorci�n, distribuci�n y consumo de rentas, que atend�an las retribuciones de empleados p�blicos y de profesionales y se vert�an en gastos de consumo corriente y de lujo, en bienes y servicios, gastos financieros, construcci�n y, en muy escasa medida, en inversi�n productiva.

La presencia de la Corona y su Gobierno y las necesidades fuertes y persistentes de la Hacienda P�blica hab�an hecho de Madrid, en la segunda parte del siglo XVIII, el centro financiero m�s importante del pa�s. La actividad financiera estaba principalmente en manos de espa�oles procedentes, con frecuencia, de la baja nobleza de las provincias del Norte. Un buen n�mero de ellos hab�an acumulado fortunas considerables en sus operaciones con la Hacienda, la concesi�n de cr�ditos al sector lanero y arriesgados pr�stamos a la nobleza. Tambi�n el comercio madrile�o hab�a mejorado en ese per�odo, aunque sometido a las limitaciones impuestas por la estrechez del mercado de bienes de consumo: hab�a casas comerciales importantes, frecuentemente especializadas, y tambi�n propiedad de gentes oriundas de las provincias del Norte, pero el comercio al por menor era muy modesto y estaba muy atomizado. Ni los comerciantes destacados ni los financieros con recursos se ocupaban apenas de la industria madrile�a, porque Madrid, en realidad, carec�a de industria, si se exceptuaban las Reales F�bricas, sostenidas con p�rdidas por la Corona. El peque�o artesanado, incluido el relacionado con el sector de la construcci�n, estaba organizado en gremios en proceso de descomposici�n por su ineficiencia productiva y por la creciente competencia de bienes procedentes del exterior de la capital. Madrid era, al iniciarse el siglo XIX, una ciudad preindustrial.

Por lo dem�s, un porcentaje elevado de la poblaci�n madrile�a estaba ocupado en el servicio dom�stico y en la prestaci�n de otros servicios personales, o era mano de obra no cualificada, que se mov�a entre trabajos eventuales y el paro.

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Esta ciudad pobre y atrasada iba a vivir con el resto de Espa�a, en los primeros a�os del siglo XIX, un per�odo de estancamiento y aun de regresi�n en su poblaci�n y su econom�a y una crisis pol�tica profunda, que inici� el largo proceso de transici�n desde el Antiguo R�gimen al sistema liberal.

Desde 1793 hasta 1808, el estado casi continuo de guerra con Inglaterra o Francia provoc� un fuerte aumento de los gastos p�blicos, que la Hacienda hubo de afrontar con un crecimiento intenso de la Deuda a pesar de los esfuerzos realizados por aumentar los ingresos impositivos, de las importantes remesas de Indias y del recurso a medidas extraordinarias, como la desamortizaci�n de los bienes de obras p�as, hospitales, hospicios y otras instituciones de caridad, acordada en 1798. Adem�s, las guerras impusieron fuertes quebrantos al comercio colonial. Al mismo tiempo, los efectos de una serie de malas cosechas sobre una agricultura estancada generaron graves crisis de subsistencias, que culminaron en la de 1804, causante de una intensa elevaci�n de la tasa de mortalidad que afect� especialmente a las zonas interiores de la meseta. En 1808, la invasi�n del territorio espa�ol por los ej�rcitos napole�nicos y el abandono del poder por las m�ximas instancias de la monarqu�a abrieron una grave crisis pol�tica, que determin� muchos de los rasgos peculiares de una lucha nacional por la independencia, que Toreno caracteriz� certeramente en el t�tulo de su Historia del levantamiento, guerra y revoluci�n de Espa�a.

En 1814, al concluir la guerra, �sta dejaba tras s� las huellas de la mortandad por violencia, enfermedades y crisis de subsistencias en la poblaci�n, destrucciones en la econom�a, un mayor deterioro de las finanzas p�blicas, un fuerte d�ficit en las corrientes comerciales con el exterior y la iniciaci�n del movimiento independentista de las colonias americanas.

Lo que no trajo la paz fue el sistema liberal por el que muchos hab�an luchado en la guerra. Volvi� un absolutismo represivo y mediocre, que durante veinte a�os, sin m�s interrupci�n que el Trienio Liberal, mantuvo la sociedad y la econom�a espa�olas alejadas de un mundo en r�pida transformaci�n.

No todo estuvo estancado, sin embargo: la poblaci�n reanud� su crecimiento en el per�odo, parece que la producci�n agr�cola �especialmente en el sector cerealista� registr� un avance lento pero persistente, como consecuencia de la puesta en explotaci�n de tierras procedentes, principalmente, de bienes concejiles, y Catalu�a puso en estos a�os las bases de la posterior expansi�n de su industria textil.

En todo caso, Madrid s�lo comenz� a registrar mejoras tras la muerte de Fernando VII. El deseo de adecentar el aspecto de la capital del Estado se expres�, primero, en el meritorio esfuerzo del Marqu�s de Pontejos durante su paso por el Ayuntamiento entre 1834 y 1836; pero sus proyectos de reforma, centrados en el viejo casco urbano, se vieron frustrados en su mayor parte, debido a la precaria situaci�n de las arcas municipales. Fueron los cambios institucionales introducidos en el per�odo 1836-1840 �fundamentales en la construcci�n del Estado liberal y dirigidos tambi�n a atraer recursos para la guerra carlista y adeptos a la causa liberal� los que sentaron las bases para el avance de Madrid en las d�cadas siguientes. Entre ellos destacan la libertad de comercio, la abolici�n de los gremios y la libertad de industria, y, sobre todo, los cambios que hab�an de conducir a una modificaci�n profunda en la estructura de la propiedad: la desamortizaci�n eclesi�stica, acordada por Mendiz�bal para los patrimonios del clero regular en 1836 y ampliada a los bienes del clero secular el a�o siguiente, y la supresi�n de los mayorazgos, que entr� definitivamente en vigor tambi�n en 1836, limit�ndose, en 1841, la libre disposici�n de la mitad de los bienes al titular del v�nculo y reservando la otra mitad a su heredero. Por ambas v�as, especialmente por la primera, llegaron al mercado libre un n�mero elevado de fincas que representaban un porcentaje muy importante del suelo madrile�o. La desamortizaci�n eclesi�stica ofreci� a los compradores la oportunidad de obtener fuertes beneficios con el pago de una parte del precio de los bienes subastados con t�tulos de la Deuda depreciados. La supresi�n de los mayorazgos proporcion� a una nobleza fuertemente endeudada la posibilidad de acometer reestructuraciones ventajosas de sus patrimonios mediante la venta de bienes desvinculados.

Las reformas liberales continuaron en las dos d�cadas siguientes con la importante reforma tributaria de Mon, en 1845 �que no logr�, sin embargo, enderezar las cuentas p�blicas�, y, sobre todo, con las medidas adoptadas en el bienio progresista, 1854-1856, que incluyeron la desamortizaci�n civil de Madoz, la liberalizaci�n de los tipos de inter�s y las leyes de bancos de emisi�n y de sociedades de cr�dito, que se propon�an fortalecer el sistema financiero y atraer capitales extranjeros que impulsaran, en primer lugar, la construcci�n del ferrocarril. Estas reformas configuraron el marco del apreciable desarrollo madrile�o desde el final de la primera guerra carlista hasta la Restauraci�n.

Madrid continu� siendo, en estos a�os, una ciudad de inmigraci�n, lo que permiti� situar la poblaci�n en torno a los 350.000 habitantes a mediados de los a�os setenta, aunque persist�a una tasa negativa de crecimiento vegetativo. El comercio, favorecido por el crecimiento demogr�fico y la mejora en el nivel de vida y por los suministros al ej�rcito, registr� un progreso considerable, al que Gald�s dedic� p�ginas magistrales en el cap�tulo segundo de Fortunata y Jacinta.

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Las penurias de la Hacienda P�blica fueron fuente de grandes beneficios para los financieros que le hicieron anticipos durante la primera guerra carlista, y continuaron si�ndolo despu�s; los prestamistas de todo rango, que abundaban en la ciudad, obten�an beneficios considerables en sus operaciones con la nobleza o para financiar transacciones inmobiliarias, e incluso, en menor cuant�a, en sus pr�stamos a personas m�s modestas, que acud�an a ellos llevadas por necesidades apremiantes o �dec�a Gald�s� por sus �vicios�, como la de Bringas, que, arrastrada por su pasi�n por �los trapos�, acab� cayendo en manos de Torquemada cuando �ste a�n era un simple usurero; pero el mundo financiero madrile�o carec�a de estructuras s�lidas, tanto en el �mbito bancario como en el mercado de capitales. Los a�os cuarenta fueron un per�odo abundante en proyectos financieros, muchos de ellos especulativos, que acabaron y�ndose al suelo en 1847-1848.

En los a�os cincuenta, la legislaci�n financiera de orientaci�n liberal, adoptada durante el bienio progresista, llev� a la aparici�n, junto al Banco de Espa�a, de bancos de emisi�n

en diferentes plazas del pa�s, a la creaci�n de un buen n�mero de sociedades de cr�dito �de ellas, once en Madrid� y a la atracci�n de capital extranjero, que iba a ser decisivo en la r�pida extensi�n de la red ferroviaria que se produjo a partir de la Ley de Bases de ferrocarriles de 1855; adem�s, junto al reforzamiento del sistema crediticio, se registr� un mayor inter�s por las inversiones burs�tiles, frecuentemente especulativas y concentradas en una gama muy reducida de valores. Esta etapa de mayor actividad financiera acab� desplom�ndose, sin embargo, en 1866 como consecuencia de los problemas de los ferrocarriles una vez concluida la construcci�n de las principales l�neas, de la d�bil situaci�n de algunos bancos de emisi�n y de las dificultades de la Hacienda P�blica. La inversi�n en la industria madrile�a fue escasa en el per�odo. Los obst�culos que el deficiente suministro de agua y los inadecuados transportes hab�an puesto al desarrollo de la industria se vieron paliados con la llegada del agua del Canal de Isabel II en 1854 y con el desarrollo de la red radial de ferrocarriles y la entrada en funcionamiento de las estaciones de Pr�ncipe P�o y de Atocha, m�s tarde ampliadas y renovadas y completadas con la de Delicias; pero la ciudad segu�a careciendo de materias primas cercanas y de energ�a barata, su mano de obra estaba poco cualificada, los tipos de inter�s eran altos como consecuencia de las necesidades financieras de la Hacienda P�blica y, sobre todo, la burgues�a madrile�a continuaba sin interesarse por los riesgos industriales, a diferencia de lo que ocurr�a en otras ciudades del pa�s.

La inversi�n preferida por esa burgues�a, a partir de la desamortizaci�n de Mendiz�bal, fue la vivienda, y la actividad de la construcci�n otorg� un impulso fundamental al clima econ�mico de la ciudad en el per�odo. Esta inversi�n se dirigi�, inicialmente, a la vivienda para renta, de bajo riesgo y modesta rentabilidad, y contribuy� a mejorar el centro urbano, que no registr�, sin embargo, transformaciones importantes. M�s tarde, el Plan de Ensanche, debido a Carlos Ma. de Castro y aprobado en 1860, se concibi� como un esfuerzo para ordenar la expansi�n de la ciudad dot�ndola de largas avenidas y plazas espaciosas que articulasen una cuadr�cula de calles en las que edificios p�blicos dignos destacasen entre viviendas de buena construcci�n ordenadas en manzanas de altura limitada y amplios patios interiores.

El Plan Castro no respond�a, seguramente, a una visi�n urban�stica de largo alcance, pero sus ambiciones no se hicieron, en todo caso, realidad: no suscit� grandes proyectos inmobiliarios, si se except�a el barrio de Salamanca �que, por lo dem�s, acab� resultando excesivo para los recursos del banquero�; los inversores individuales estaban m�s interesados en obtener una alta rentabilidad de las edificaciones levantadas sobre el suelo encarecido del Ensanche que en contribuir al desahogo de las nuevas zonas, y las clases populares rehusaban desplazarse hacia los barrios obreros, habitualmente lejanos de sus lugares de trabajo, que propon�a el Plan Castro; as� que las autoridades renunciaron pronto a imponer los criterios que inspiraban el Plan. Por otra parte, las nuevas viviendas de la burgues�a madrile�a �se�ala Gald�s� estaban construidas a la antigua usanza: en la novela

Tormento, cuando el rico indiano Agust�n Caballero ense�aba su nuevo piso, dotado de comodidades �al uso ingl�s�, las visitas se asombraban de las amplias alcobas con luces y aire directo de la calle, del magn�fico cuarto de ba�o y de la espaciosa cocina, que daba agua caliente a toda la casa. Los edificios del nuevo barrio de Salamanca estaban mejor dise�ados y contaban con una mejor distribuci�n, pero estaban mal construidos �nos dice Gald�s en Lo prohibido, bas�ndose en su experiencia personal, pues �l se fue a vivir a una de las primeras casas de la actual calle de Serrano en 1870�.

En resumen, el Plan del Ensanche dio un nuevo impulso a la expansi�n de Madrid hacia el eje privilegiado de Recoletos y la Castellana y las zonas selectas del barrio de Salamanca y de Almagro, hacia Chamber� y la primera parte de Arg�elles, y tambi�n hacia los barrios deprimidos del Sur; pero no logr� hacer de Madrid la moderna capital europea que se deseaba.

�sta era la ciudad que Gald�s conoci� en los primeros a�os de su larga vida en Madrid. Y �sta era la ciudad que Isidora Rufete, la orgullosa, ambiciosa e ilusa protagonista de La desheredada, recorri� con su amigo Augusto Miquis a los pocos d�as de llegar a la capital en 1872. Desde la calle de Hern�n Cort�s, junto a Hortaleza, fueron a la Puerta del Sol, descendieron hacia el Museo del Prado, pasearon por el Retiro y, al mediod�a, se detuvieron en los ventorrillos de los Campos El�seos �cerca de donde hoy comienza la calle de Vel�zquez� que a Isidora le parecieron ordinarios. Desde all�, Miquis llev� a Isidora, a trav�s de sembrados raqu�ticos, vertederos, casuchas de traperos, tejares y pastores conduciendo cabras, hasta el barrio de Salamanca y, bajando por la calle de la Ese, hasta el �torrente� de la Castellana, con su aglomeraci�n de carruajes, incluido, aquel d�a, el coche de gran lujo del Rey Amadeo. Al caer la tarde, carruajes y gentes a pie rompieron filas y se dirigieron al Prado, mientras la pareja se desviaba por el Saladero para volver a casa de Isidora.

Hab�an visitado una parte moderadamente lucida de la ciudad; pero, como escribi� Gald�s refiri�ndose al escudo de Madrid, �el oso es el Madrid que vive desde la Plaza Mayor para arriba, y el Madro�o, lo que llamamos barrios bajos� 2, y Gald�s conoc�a muy bien esos barrios bajos o barrios del Sur. As� que Gald�s hab�a hecho recorrer a Isidora Rufete, la v�spera de su paseo con Miquis, el largo camino que separaba la calle de Hern�n Cort�s de la de Moratines, en el barrio de las Pe�uelas, donde viv�a una t�a suya; la hab�a conducido por el paseo de Embajadores para tomar, despu�s, a la derecha, una calle que empezaba en calle y acababa en desmonte, zanja, alba�al o vertedero �en los bordes rotos y desportillados de la zona urbana�. Isidora fue encontrando, a lo largo de ella, miserables tiendas, fachadas mezquinas y desconchadas, letreros innobles, r�tulos de torcidas letras, faroles de aceite que amenazaban caerse y una multitud de chicos desnudos jugando en el fango. A Isidora le pareci� que estaba en �la caricatura de una ciudad hecha de cart�n piedra�. Esta era la otra cara de la ciudad, la asolada por un elevado paro end�mico, la que registraba tasas de mortalidad por encima del 40� que doblaban las de los barrios pr�speros y no eran superadas en ninguna otra capital europea.

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II

Aquel Madrid de los primeros a�os setenta era el resultado de las transformaciones generadas por el sistema liberal a lo largo de m�s de tres d�cadas; y el impulso de los cambios proven�a, seg�n Gald�s, de las nuevas clases medias, en cuya capacidad innovadora ten�a puesta su confianza entonces.

Gald�s hab�a publicado en la Revista de Espa�a, en 1870, un art�culo titulado �Observaciones sobre la Novela Contempor�nea en Espa�a�, que reviste un car�cter program�tico respecto de lo que hab�a de ser su propia producci�n novel�stica 3. En �l propon�a que la narrativa espa�ola adoptase el camino se�alado por una nueva novela basada en la observaci�n de la realidad y que ofreciera un fiel retrato de la sociedad; al corresponder el protagonismo de las sociedades europeas del siglo XIX a las clases medias, �stas habr�an de ser el gran modelo y la fuente inagotable de la nueva novela. Se equivoca quien crea encontrar el pueblo de Madrid en la sociedad de hace treinta a�os que describi�

Mesonero Romanos �escrib�a Gald�s�. �Ya todo es nuevo y la sociedad de Mesonero nos parece casi tan antigua como la de las antiguas f�bulas... [La clase media] es hoy la base del orden social; ella asume por su iniciativa y su inteligencia la soberan�a de las naciones, y en ella est� el hombre del siglo XIX con sus virtudes y sus vicios, su noble e insaciable aspiraci�n, su af�n de reformas, su actividad pasmosa... Esa clase es la que determina el movimiento pol�tico, la que administra, la que ense�a, la que discute, la que da al mundo los grandes innovadores y los grandes libertinos, los ambiciosos de genio y las rid�culas vanidades: ella determina el movimiento comercial, una de las grandes manifestaciones de nuestro siglo, y la que posee la clave de los intereses, elemento poderoso de la vida actual...�. El mundo creado por las clases medias ten�a, sin duda, muchos defectos; pero �este gran siglo en que hemos nacido ha tra�do tantas cosas buenas, que se le puede perdonar todo� �pensaba Gald�s en 1870�.

Los primeros a�os setenta fueron un per�odo turbulento de la vida p�blica espa�ola, que marc� el inicio de cambios importantes en el pensamiento social y pol�tico de Gald�s. A�n hab�a de transcurrir, sin embargo, una d�cada hasta que comenzara a mostrar serias grietas su confianza en el papel innovador y el car�cter din�mico de las clases medias �al menos, de las madrile�as�.

Gald�s hab�a recibido con esperanza la �ltima revoluci�n liberal espa�ola del siglo XIX, en 1868; pero fue contemplando, con inquietud creciente, el desorden pol�tico de los a�os siguientes, en los que los levantamientos en las provincias, debidos principalmente a los republicanos federales, la aparici�n de partidas guerrilleras y la expresi�n de la conflictividad obrera organizada se sumaron a los problemas planteados por el resurgimiento del carlismo y la temprana insurrecci�n en Cuba. Gald�s estaba convencido de que todo ello s�lo pod�a conducir al descr�dito y al fracaso final de la revoluci�n, y ello le llev� a aceptar la participaci�n en la pol�tica activa desde las p�ginas de El Debate, un nuevo diario que apoyaba el progresismo moderado de Prim. Tras el asesinato de este �ltimo �atentado que Gald�s calific� como �la p�gina m�s deshonrosa de la historia contempor�nea� 4� sigui� comprometido con la pol�tica y los gobiernos de Don Amadeo. Hab�a publicado La fontana de oro en 1870 y El audaz en 1871, dos novelas que el Profesor Yndur�in ha caracterizado como obras de combate, con un contenido m�s pol�tico que hist�rico, que presentaban un ataque a la sociedad decr�pita del Antiguo R�gimen y sus valores y una defensa de la causa de la libertad; dos novelas que aspiraban a tener tambi�n un valor did�ctico para la realidad del Sexenio en la medida en que, junto a la intransigencia de los representantes del viejo despotismo, se�alaban los excesos verbales y la apelaci�n a la violencia de los liberales exaltados como factores del fracaso en el avance hacia la raz�n y la tolerancia. Desde esos criterios de moderaci�n y realismo, Gald�s continu� atacando, en El Debate, a los carlistas, los republicanos federales, la Internacional obrera e incluso a los alfonsinos borb�nicos. No por mucho tiempo: cuando Don Amadeo renuncia al Trono y El Debate desaparece, Gald�s, harto del periodismo pol�tico combativo, se va a su casa para dedicarse al gran proyecto de escribir los Episodios Nacionales. Se va convencido de que los extremismos est�n llevando, en efecto, la revoluci�n al desastre.

Gald�s invirti� un enorme esfuerzo en preparar, escribir y publicar, entre 1873 y 1879, los veinte vol�menes que componen las Series Primera y Segunda de los Episodios

Nacionales. En el ep�logo a la primera edici�n de La Batalla de Arapiles escribi�: �Pretendo ofrecer un cuadro lo m�s completo posible de la transformaci�n de la sociedad espa�ola en el presente siglo, de sus pasiones buenas y malas, de su especial sentir y pensar en la vida p�blica y en la privada�.

Se propon�a, en otras palabras, ofrecer una narraci�n interpretada del nacimiento y la consolidaci�n de la Espa�a liberal en la que los materiales hist�ricos se articulasen con las tramas novelescas relativas a cientos de personajes presentados en situaciones y ambientes muy diversos. A lo largo de ese complejo proceso hist�rico ir�a perfil�ndose el papel protagonista de �la formidable clase media que hoy esel poder absoluto que todo lo hace y deshace... [y] que naci� en C�diz�, �seg�n dir�a en Los apost�licos�.

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Las Series Primera y Segunda de los Episodios Nacionales s�lo podr�an cubrir las primeras etapas del proceso, puesto que se limitaban a abarcar el per�odo comprendido entre 1805 y 1834. Gald�s iniciaba la Primera Serie con la presentaci�n de un Antiguo R�gimen en descomposici�n en los a�os anteriores a la Guerra de la Independencia. Las clases dominantes �una nobleza en decadencia y un clero que apoyaba el sistema con vigor� eran dos grupos sociales enemigos del cambio, intransigentes, poco instruidos, que viv�an de espaldas al mundo exterior, incapaces de dirigir el pa�s hacia el futuro y cuyas actuaciones pol�ticas se agotaban en conjuras palaciegas, en las que utilizaban la �plebe� como instrumento de presi�n violenta. Las clases medias incipientes y el pueblo llano apenas desempe�aban papel activo alguno en aquella sociedad. Los grupos dirigentes tradicionales no hicieron frente a la invasi�n napole�nica ni supieron conducir el pa�s; y �ste se lanz� a una guerra en la que Gald�s admiraba su impulso genuino y verdaderamente popular, pero en la que unos luchaban por restablecer el Antiguo R�gimen mientras otros lo hac�an con la ilusi�n de realizar la gran transformaci�n liberal que se expresar�a en la Constituci�n de C�diz. Al concluir la Guerra, esa discrepancia b�sica condujo a un enfrentamiento radical, durante dos d�cadas, entre los absolutistas intransigentes, que quer�an dar marcha atr�s al reloj de la historia, y los liberales, que, contagiados del dogmatismo y la intolerancia de sus oponentes, desbarataron las oportunidades del Trienio y hubieron de padecer la �d�cada ominosa�, s�lo cerrada con la muerte de Fernando VIl. All� conclu�a la Segunda Serie de los Episodios. En ella hab�a expresado Gald�s su rechazo del absolutismo y su simpat�a por la causa liberal; pero tambi�n hab�a manifestado, desde el progresismo moderado en el que le hab�a confirmado su experiencia del Sexenio, un rechazo del comportamiento de los radicales exaltados, que con sus excesos hac�an el juego a la reacci�n, y su temor a la involucraci�n del pueblo sin instrucci�n en la lucha pol�tica.

Gald�s pensaba que una evoluci�n m�s estable y positiva hubiera requerido unas clases medias amplias y poderosas, capaces de moderar el dogmatismo de los liberales y de dotarles de un mayor sentido pr�ctico. Gald�s present�, en los Episodios Siete de julio y Los apost�licos, a aquel don Benigno Cordero de la subida a Santa Cruz, �acabado tipo del burgu�s espa�ol que se formaba del antiguo pechero fundido con el hijodalgo�: un hombre laborioso que compart�a su esp�ritu entre los gratos afanes de su comercio y los puros goces de la familia, libre de ansiedades pol�ticas, amante de la paz y respetuoso con las instituciones que la proteg�an; un ciudadano honrado que pose�a convicciones profundas, cre�a en la libertad y preconizaba los grandes sacrificios personales para que triunfasen las grandes ideas y que, el 7 de julio de 1822, al frente de sus cazadores de la Milicia Nacional resisti� e hizo retroceder a los Guardias Reales de Fernando VIl en el paso de Boteros. Madrile�os como don Benigno no deb�a de haber, sin embargo, muchos; y las clases medias que, aunque d�biles, estaban fortaleci�ndose y continuar�an haci�ndolo en las d�cadas siguientes, no iban a mostrar necesariamente el car�cter emprendedor y diligente y las virtudes ciudadanas que Gald�s admiraba y esperaba de ellas.

La decepci�n posterior de Gald�s provino, en �ltimo t�rmino, de que la evoluci�n de la realidad social a lo largo del siglo respondi� a un esquema y unos ritmos temporales distintos de los que �l hab�a cre�do percibir.

En primer lugar, la revoluci�n pol�tica liberal, en un per�odo de gran debilidad del Estado, fue el resultado de un impulso innovador en el que participaron tanto nuevas fuerzas sociales como otras formadas en el r�gimen anterior. El papel desempa�ado por la incipiente burgues�a comercial,financiera e industrial en la revoluci�n fue inicialmente modesto, si bien su apoyo financiero fue, m�s tarde, importante para que el gobierno liberal pudiera asegurar su victoria en la primera guerra carlista; pero las ideas liberales tuvieron destacados iniciadores y defensores entre militares, funcionarios p�blicos y profesionales, muchos de ellos procedentes de la nobleza media y baja, entre empresarios agr�colas y peque�os propietarios e incluso entre individuos pertenecientes a la nobleza titulada y al clero.

Por otra parte, la revoluci�n en la esfera pol�tica no llev� a transformaciones radicales e inmediatas en el �mbito socioecon�mico, siempre sujeto a inercias considerables. La supresi�n de los privilegios caracter�sticos de la sociedad estamental, la consagraci�n del principio de igualdad ante la ley y el reconocimiento de los derechos del ciudadano aceleraron, sin duda, la transici�n, ya iniciada en el siglo XVIII, desde el sistema del Antiguo R�gimen a un orden basado en el mercado; pero los factores de persistencia en las formas de organizaci�n econ�mica, en la estructura de la propiedad y en las v�as de acumulaci�n y la resistencia a la adopci�n de nuevos valores, ideas, s�mbolos y formas de comportamiento hicieron de la sociedad espa�ola surgida de la revoluci�n liberal una realidad compleja, cuya pausada evoluci�n estuvo condicionada por la pervivencia de rasgos del Antiguo

R�gimen junto al avance de las nuevas fuerzas socioecon�micas.

Esto no fue privativo de la sociedad espa�ola: los estudios del Profesor Arno Mayer 6 han mostrado que lo mismo ocurri�, con variados grados de intensidad, en la generalidad de las sociedades liberales europeas hasta las primeras d�cadas del siglo XX; pero Espa�a parti� de unas condiciones econ�micas y sociales m�s retrasadas, los factores de inercia fueron mas persistentes y el proceso de transici�n avanz�, en consecuencia, con mayor lentitud que en otros pa�ses europeos.

La nobleza titulada hubo de alcanzar un entendimiento con el r�gimen liberal. Hab�a llegado al final del Antiguo R�gimen controlando una parte sustancial de la riqueza y la renta nacionales; pero arrastraba tambi�n un endeudamiento elevad�simo, que la sumi� en una profunda crisis, bien estudiada por el Profesor Bahamonde 7. El mantenimiento de niveles muy altos y crecientes en gastos suntuarios y de representaci�n social, junto con la ca�da de las rentas resultante de los problemas agr�colas, de las guerras y la posterior ca�da de los precios agrarios, de las dificultades en la exportaci�n de lanas y de la crisis de la Hacienda, determinaron fuertes desfases entre los gastos y los ingresos; y esto oblig� a una gran parte de la antigua nobleza a asumir fuertes pasivos en la segunda mitad del siglo XVIII y durante las primeras d�cadas del siglo XIX. Primero contrajeron censos y, m�s tarde, pr�stamos, habitualmente con garant�a hipotecaria, que, frecuentemente impagados a su vencimiento, renovaban a tipos de inter�s altos y crecientes los banqueros y prestamistas madrile�os. La pesada carga de las deudas hac�a aconsejable que las casas nobles procediesen a una reestructuraci�n de sus patrimonios que les permitiese cancelar sus pasivos; pero la vinculaci�n de bienes inherente a los mayorazgos lo hac�a imposible: sus patrimonios estaban bloqueados. El r�gimen liberal vino a ofrecer a la nobleza una salida de tan dif�cil situaci�n: por una parte, la soluci�n, favorable a la nobleza, que se dio al dif�cil problema de sus se�or�os jurisdiccionales hizo posible que dudosos derechos se�oriales sobre la tierra se transformasen en derechos de plena propiedad privada sobre la misma; por otra parte, la entrega por el Estado de Deuda P�blica, en concepto de indemnizaci�n por los derechos se�oriales y los privilegios abolidos, puso en manos de la nobleza un volumen considerable de valores que �sta pudo vender en el mercado o entregar directamente a los acreedores; finalmente, la supresi�n de los mayorazgos liber� una masa muy importante de fincas r�sticas y urbanas, antes vinculadas, que pod�an ser ahora enajenadas para redimir censos y amortizar pr�stamos. La abolici�n del r�gimen se�orial y de los mayorazgos hizo as� posible que la nobleza endeudada procediera al saneamiento y la reestructuraci�n de sus patrimonios, al tiempo que el r�gimen liberal lograba captar la buena voluntad de unos enemigos potenciales.

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La venta de bienes de la nobleza se inici� en los primeros a�os cuarenta y continu� hasta principios de los ochenta.

Al comienzo fueron ventas un tanto apresuradas y centradas en fincas urbanas madrile�as �incluidos muchos viejos caserones- palacios, inc�modos y con elevados costes de mantenimiento�; el ritmo de las ventas se moder� despu�s de 1860 al tiempo que aumentaba la participaci�n de las fincas r�sticas en las enajenaciones. El resultado del proceso fue un descenso paralelo de activos y pasivos y una considerable reducci�n de los patrimonios nobiliarios en t�rminos brutos. En bastantes casas nobles, el saneamiento llev� a una casi total liquidaci�n patrimonial y, en otras muchas, dej� al descubierto unos patrimonios netos relativamente modestos. En las novelas madrile�as de Gald�s aparecen varios personajes que, sin pertenecer a la nobleza, se ven afectados por los avatares del proceso de saneamiento: as�, Torquemada, importante prestamista de la nobleza, cosech� fuertes beneficios con la misma; por el contrario, el hundimiento de las obligaciones emitidas por la Casa de Osuna, en la fase final de su pesadilla patrimonial, fue una de las causas principales de la ruina de Jos� Mar�a Bueno de Guzm�n, protagonista de Lo prohibido, en 1883.

A pesar de un ajuste tan intenso, la nobleza titulada, acrecentadas sus filas por la pol�tica de ennoblecimiento de la Corona �que, en el per�odo isabelino, premi� los servicios al Estado en la pol�tica, el ej�rcito y la administraci�n y en la asistencia financiera al Tesoro�, a�n pose�a un patrimonio global muy importante en los a�os sesenta. Por lo dem�s, hab�a mantenido su influencia pol�tica por su proximidad a la Corona y su presencia en el Senado a pesar de la apertura y la ampliaci�n de la clase pol�tica en el sistema liberal, conservaba las redes de poder local relacionadas con sus grandes propiedades rurales y era la referencia b�sica de la vida social de Madrid.

Sin embargo, las actitudes tradicionales de los nobles madrile�os en el �mbito econ�mico tendieron a reflejarse, en el �ltimo tercio del siglo XIX, en un repliegue de sus patrimonios en relaci�n con el avance continuado de las fortunas burguesas. Vendidas la mayor parte de sus fincas urbanas en Madrid, mantuvieron porcentajes muy altos de sus patrimonios en riqueza r�stica �con frecuencia, de bajos aunque crecientes rendimientos� y se abstuvieron de participar en el auge de la construcci�n madrile�a y en las posibilidades especulativas que ofrec�a el Ensanche; sus �nicas compras fueron las determinadas por su deseo de trasladarse a la zona de la Castellana y el barrio de Salamanca. La nobleza de viejo cu�o se mantuvo m�s bien alejada del mundo de los negocios y apenas particip� en los sectores m�s din�micos como los ferrocarriles, las finanzas, la miner�a o los servicios p�blicos urbanos, para no hablar de la industria. Sus carteras de valores privados eran muy modestas. Se resist�an a llevar personalmente la administraci�n de sus fortunas y a participar en un nuevo mundo de negocios que conoc�an mal. (A veces, con raz�n: por ejemplo, la noble familia de las Sras. Del �guila y de la Torre-Au��n, con la que acabar�a emparentando por matrimonio el prestamista Torquemada, se hab�a arruinado como consecuencia de los errores cometidos por el padre al endeudarse para entrar en negocios de los que ignoraba casi todo). El resultado de todo ello fue que, al comenzar los a�os ochenta, las fortunas de la burgues�a superaban ya ampliamente, en su conjunto, el montante de las fortunas nobiliarias. Las actitudes econ�micas de la nobleza tradicional fueron modific�ndose paulatinamente con el paso del tiempo; sin embargo, s�lo en los �ltimos a�os del siglo XIX y en los primeros del siglo XX se aceler� ese cambio, coincidiendo con el mayor dinamismo observado en la econom�a espa�ola en general.

El protagonismo econ�mico hab�a pasado a las clases medias en un proceso alentado por el sistema liberal; pero el desarrollo de la sociedad madrile�a se ve�a limitado por la pervivencia de valores de la sociedad estamental y por las caracter�sticas de una capital b�sicamente pol�tica y burocr�tica.

En los estratos superiores de las clases medias, los miembros de la vieja burgues�a, comerciantes y financieros procedentes, a menudo, de la hidalgu�a provincial, hab�an acumulado fortunas considerables para abandonar despu�s, con frecuencia, las actividades mercantiles y convertirse en rentistas. Las generaciones burguesas posteriores hab�an aprovechado las oportunidades ofrecidas por los procesos desamortizadores, el saneamiento de las fortunas nobiliarias, los apuros financieros del Tesoro y los contratos con el Estado; hab�an entrado en el mundo de la construcci�n y las obras p�blicas madrile�as; eran activos en el mercado de pr�stamos y se hab�an familiarizado con las nuevas formas de gesti�n financiera y con la actividad burs�til. De este modo amasaron fortunas considerables partiendo, a veces, de or�genes modestos; pero incluso este grupo hab�a cedido a la tentaci�n de colocaciones importantes de bajo riesgo en activos  de renta fija o de alquiler y hab�a mostrado un inter�s muy escaso por las inversiones industriales.

Descendiendo por la escala de las clases medias, pol�ticos, generales, cargos relevantes de la Administraci�n, profesionales liberales destacados y propietarios medios proced�an, a menudo, de familias bien situadas antes del R�gimen Liberal: contaban, en general, con fortunas modestas; si pose�an fincas r�sticas era normalmente por herencia, pero eran propietarios de inmuebles en Madrid y en sus patrimonios figuraban, con frecuencia, peque�as carteras de valores burs�tiles. M�s abajo se situaba una parte muy importante del vecindario �instruida, bien vestida y de agradable trato, dec�a Gald�s�, que viv�a de unos ingresos �frecuentemente, un sueldo� que no permit�an inversiones significativas; y a un nivel inferior a�n aparec�a, en palabras de Gald�s, �la clase menos holgada de la mesocracia�, formada por los funcionarios modestos y la baja oficialidad militar, los pensionistas del Estado, militares y civiles, y los cesantes, situados en la borrosa frontera entre la clase media y la gran masa de lo que se denominaba �el pueblo�, que comenzaba, por arriba, por los peque�os comerciantes, artesanos y jornaleros, frecuentemente de mejor vivir que los pensionistas y cesantes, y que descend�a hasta las capas m�s menesterosas de la poblaci�n.

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Cuando Gald�s observaba la sociedad de Barcelona �hacia la que sent�a una profunda admiraci�n� y la comparaba con la madrile�a, se�alaba que la aristocracia catalana del dinero, �nica all� existente, aplicando su laboriosidad y su energ�a al comercio y la industria, hab�a acumulado grandes patrimonios que no descollaban en exceso porque el nivel de las fortunas medias era bastante m�s alto que en Madrid; los capitales saneados y de importancia sin llegar a la opulencia abundaban en Barcelona tanto como escaseaban en Madrid 8. La capital de la Naci�n era, efectivamente y en contraste, una ciudad pol�tica y burocr�tica, sin industria y con un comercio orientado a atender la demanda local, donde las fortunas estaban en pocas manos y la renta estaba muy mal distribuida y cuya burgues�a ascendente, constituida, en gran medida, por medianos y peque�os propietarios, mostraban una clara vocaci�n rentista especialmente inclinada a la propiedad de fincas urbanas madrile�as. Seg�n el Profesor Bahamonde, estas �ltimas representaban m�s de un tercio de su patrimonio total hacia 1860; si se a�aden las propiedades r�sticas, los pr�stamos y las tenencias de Deuda P�blica, se supera el 75% de dicho patrimonio. Aquella burgues�a, con su limitado nivel de ahorro y su escasa iniciativa inversora, no hab�a evitado el recurso a una aportaci�n muy importante del Estado para traer el agua del canal de Isabel II a Madrid, hab�a hecho necesaria una entrada masiva de capital extranjero para impulsar la construcci�n de la red radial de ferrocarriles y hab�a frustrado la ampliaci�n despejada y moderna de la ciudad que pretend�a el Plan del Ensanche.M�s all� de la frontera incierta en la que situaban su l�mite inferior las clases medias atendiendo a criterios no s�lo econ�micos, aparec�a �el pueblo�. Las clases populares eran un conjunto heterog�neo, que inclu�a un elevado n�mero de peque�os comerciantes, artesanos y trabajadores de la construcci�n, mostraba una hipertrofia del servicio dom�stico y, reflejando el d�bil desarrollo de la industria madrile�a, no conten�a un proletariado urbano propiamente dicho. Las relaciones laborales en los peque�os talleres, en el comercio y en el servicio dom�stico, discurr�an por cauces heredados del mundo gremial, no estrictamente salariales.

Estas clases populares �por debajo de las cuales a�n se situaba el elevado n�mero de pobres y mendigos que caracterizaba el panorama madrile�o� viv�an con ingresos muy bajos, en condiciones sanitarias y de vivienda lamentables, y sus niveles de instrucci�n eran modest�simos. Carec�an, sin embargo, de una conciencia generalizada de su situaci�n social, y el asociacionismo obrero no comenzar�a a consolidarse hasta finales del siglo, de modo que las revueltas populares o los movimientos revolucionarios en los que particip� el pueblo de Madrid desde los a�os treinta nunca fueron una amenaza seria para las clases dirigentes. No lo fueron, desde luego, las revueltas espont�neas ante situaciones tales como crisis de subsistencias o aumentos del paro, a las que las autoridades respond�an habitualmente con la importaci�n y la distribuci�n de alimentos o con la oferta de puestos de trabajo en obras y servicios p�blicos; y tampoco lo fueron sus participaciones armadas en movimientos revolucionarios impulsados por pol�ticos del progresismo liberal, que contaban con sectores afines del ej�rcito y que atribu�an al pueblo un papel instrumental �movimientos que, en caso de triunfar, acababan, como se�ala el Profesor Juli� 9, con el desarme del pueblo y el restablecimiento de la normalidad bajo el lema: �Trono y libertad con orden��.En la Revoluci�n de 1868 y durante el Sexenio posterior, el papel del pueblo fue, sin embargo, m�s activo y su alcance result� m�s importante que en ocasiones anteriores.

El cambio din�stico y las agitaciones campesinas alimentaron, desde un principio, la hostilidad de la aristocracia y de una buena parte de la burgues�a enriquecida hacia la nueva situaci�n, y los acontecimientos posteriores s�lo reforzaron su postura. Otra parte de la burgues�a apoy� inicialmente, sobre todo en Catalu�a, la nueva monarqu�a democr�tica de

Don Amadeo; pero la intranquilidad social y pol�tica durante el reinado de �ste, la instauraci�n de la Rep�blica, el cantonalismo, la conflictividad obrera organizada, la segunda guerra carlista, la insurrecci�n cubana y las consecuencias negativas de todo ello para la econom�a fueron haci�ndoles cambiar de actitud hasta convertirlos en firmes partidarios de la restauraci�n alfonsina. Gald�s, en Fortunata y Jacinta, expresa esa evoluci�n a trav�s de la posici�n cambiante de don Baldomero Santa Cruz, comerciante enriquecido y ya retirado, seguidor de Prim y partidario inicial del cambio din�stico, que observa con preocupaci�n el curso descendente de las cotizaciones burs�tiles en los meses siguientes y con alarma su desplome tras la renuncia al trono de Don Amadeo; que recibe la Rep�blica con inquietud y da su visto bueno, poco despu�s, al golpe de Pav�a, que le pone fin diciendo: �El ej�rcito ha salvado, una vez m�s, a la desgraciada naci�n espa�ola�, y que acoge la vuelta de Don Alfonso con estas palabras: ��Qu� me dices del rey que hemos tra�do? Ahora s� que vamos a estar en grande. Ver�s c�mo prospera el pa�s y se acaban las guerras�. Pero la fatiga de la inestabilidad, el recelo de que el sufragio universal pudiera llegar a ser un cauce eficaz para las reivindicaciones reformistas o revolucionarias del pueblo y el temor a un levantamiento en masa de este �ltimo se extendieron tambi�n al conjunto de las clases medias. �stas se hab�an hecho m�s conservadoras tras las experiencias recientes y estaban dispuestas a aceptar el predominio socioecon�mico del �grupo de poder�, formado por la nobleza y la alta burgues�a, y a participar en el sistema pol�tico dise�ado por C�novas para la Restauraci�n borb�nica; proyecto integrador, liberal aunque no democr�tico, conservador pero no reaccionario, que se propon�a normalizar el juego pol�tico poni�ndolo al abrigo de interferencias militares y que aspiraba a remediar el atraso econ�mico del pa�s. Las clases populares, por su parte, sal�an tambi�n del Sexenio con frustraciones importantes: la democracia consagrada en la Constituci�n de 1869 se hab�a visto desvirtuada por las pr�cticas electorales; los gobernantes republicanos en quienes hab�an confiado no hab�an satisfecho aspiraciones tales como las relativas a las quintas y la supresi�n de los consumos, y el pueblo comenzaba a escuchar con atenci�n a los internacionalistas y socialistas, que les insist�an en la necesidad de no participar en proyectos con dirigentes tales como los republicanos, de clases sociales distintas de la obrera.

III

Tambi�n Gald�s hab�a experimentado una gran frustraci�n con la evoluci�n de los acontecimientos desencadenados por la revoluci�n de 1868, cuyo fracaso atribu�a a la falta de conciencia social y pol�tica del pa�s. No confiaba, sin embargo, en que la estabilizaci�n y la consolidaci�n del orden social y pol�tico que promet�a la Restauraci�n alentaran las transformaciones profundas que la sociedad espa�ola requer�a; tem�a que llevaran, por el contrario, a diferir �quiz�s durante varios lustros� las pol�ticas conducentes a tales cambios.

Gald�s entendi� que, en aquellas circunstancias, su obligaci�n como ciudadano y como novelista era ofrecer obras que colaborasen a la educaci�n e instrucci�n de la sociedad y, por tanto, a la evoluci�n positiva de �sta. A ello est�n orientadas las novelas de tesis que public� en la segunda parte de la d�cada de los setenta �Do�a Perfecta, Gloria,

La familia de Le�n Roch�, centradas en el tema de la intolerancia religiosa, y una serie de grandes obras referentes a la sociedad madrile�a, publicadas a partir de 1881, que corresponden al per�odo de mayor potencia narrativa y profundidad de Gald�s �entre ellas, La desheredada, Lo prohibido, Fortunata y Jacinta, Miau y la serie de Torquemada�.

Gald�s se sent�a defraudado por la evoluci�n de la sociedad que hab�a ido consolid�ndose desde mediados de siglo: las clases medias madrile�as, que eran su principal materia novelable, no hab�an respondido al esp�ritu liberal, din�mico e innovador que les hab�a atribuido en un principio; no eran aquel tercer estado que hab�a presentado en Los apost�licos, �abri�ndose paso entre frailes y nobles, y echando a un lado con desprecio a esas dos fuerzas atrofiadas y sin savia�, hasta llegar a imperar formando, con sus grandezas y sus defectos, una nueva Espa�a.

La disoluci�n de las �rdenes religiosas, la abolici�n del diezmo y la desamortizaci�n eclesi�stica hab�an asestado un duro golpe, en los a�os treinta, a la Iglesia, pero �sta fue recuperando su influencia a partir del Concordato en 1851.

La jerarqu�a eclesi�stica impuso un mensaje que era intransigente frente a la tolerancia religiosa, hostil al pensamiento liberal y receloso del progreso y las nuevas ideas; y las clases acomodadas y medias tendieron a asumir la religi�n asociada a ese mensaje como un conjunto de pr�cticas externas caracter�sticas de un status y como un freno social m�s proclive a la caridad paternalista que a la justicia; como una religi�n que era, para Gald�s, ajena a la piedad y la sencillez evang�licas.

La nobleza, por su parte, hab�a mantenido su prestigio social y, una vez concluido el proceso de su saneamiento patrimonial, hab�a ido asimilando los valores de la sociedad adquisitiva. La mayor�a de las fortunas de las grandes casas nobles se hab�an fragmentado como consecuencia de la abolici�n de los mayorazgos �indicaba Gald�s� y los individuos de la antigua nobleza se hab�an convencido de que de nada les val�an los pergaminos sin dinero, de modo que trataban de procurarse �ste por medio de los negocios o de alianzas familiares. La nobleza nunca tuvo que soportar el desprecio de los nuevas clases enriquecidas que hab�a se�alado Gald�s; estas �ltimas, por el contrario, a medida que consolidaban sus fortunas tend�an a asumir los valores e imitar las formas de vida de los nobles, deseaban ser recibidas en sus salones, vivir en las mismas zonas de Madrid que ellos y acceder a sus familias a trav�s de enlaces matrimoniales; y aspiraban, desde luego, a incorporarse a la nobleza ampar�ndose en la disposici�n de la Corona, creciente con el paso de los a�os, a premiar la acumulaci�n de patrimonios con la concesi�n de t�tulos. �Todos los d�as estamos viendo �escrib�a Gald�s� que tal o cual joven, cuyo apellido es de los que retumban en nuestra historia con ecos gloriosos, toma por esposa a tal o cual se�orita rica, cuyos millones tienen por cuna una honrada carnecer�a o el comercio de vinos�. Y tambi�n:

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�Como hoy es tan f�cil decorarse con un t�tulo nobiliario, que siempre suena bien, vemos constantemente marqueses y condes cuya riqueza es producto de los adoquinados de Madrid, del monopolio del petr�leo o de las ac�milas del ej�rcito del Norte en la primera y segunda guerra civil� 10.Gald�s hab�a dedicado una parte del cap�tulo VI de Fortunata y Jacinta a exponer �las ramas del dilatado y laber�ntico �rbol, que m�s bien parece enredadera�, resultante delos enlaces y parentescos que hab�an ido enganchando a la aristocracia antigua y al moderno comercio de Madrid a lo largo de m�s de medio siglo. Y unos a�os m�s tarde, narr� la historia representativa de don Francisco Torquemada, quien, habiendo iniciado sus actividades usurarias a mediados del siglo, dispon�a ya, en 1868, de una fortuna razonable, que su buena cabeza y su falta de escr�pulos le hab�an permitido doblar cuando lleg� la Restauraci�n; en los primeros a�os de �sta, los consejos de su mentor y modelo social, don Jos� Ruiz Donoso, destacado funcionario de Hacienda ya retirado, le llevaron a adecentar su aspecto y su lenguaje, a ampliar sus conocimientos financieros, a entrar en relaci�n con pr�ceres arruinados que le confiaban su �salvaci�n� y, finalmente, a concertar su matrimonio con la m�s joven de las hermanas Del �guila, damas de alta alcurnia reducidas a la pobreza por los negocios ruinosos de su padre; y este matrimonio y las decisiones de su cu�ada, Cruz del �guila, depositaria del orgullo aristocr�tico de la familia, le obligaron a adoptar las formas de vida de la nobleza, incluida la compra de un palacio ducal en el centro de Madrid, le abrieron las puertas de la alta sociedad y de los Ministerios y le metieron en �los negocios grandes�, para los que mostr� intuici�n e inteligencia notables; Torquemada acab� siendo senador electo por Le�n, Marqu�s de San Eloy y personaje destacado del mundo madrile�o, respetado y admirado por quienes se burlaban antes de �l. (Gald�s pone un colof�n simb�lico a la historia: el hijo �nico de la arist�crata y el usurero es un ni�o anormal). La burgues�a ya no representaba, en definitiva, la oposici�n a los privilegios estamentales. La tendencia al aburguesamiento de una aristocracia en repliegue econ�mico relativo y el encumbramiento econ�mico y social de la alta burgues�a hab�an llevado a una confluencia de intereses y a una integraci�n entre ambas que iba a conocer su punto �lgido en los a�os ochenta �Gald�s constat�: �Los grandes y los ricos han convenido en ser amigos por mutuos intereses�� 11.

En aquel clima de concordia y reconciliaci�n, Gald�s observaba que la alta burgues�a asum�a los valores de la nobleza, al tiempo que �sta abat�a su orgullo. La burgues�a enriquecida imitaba las formas de vida aristocr�ticas en grandes casas suntuosamente amuebladas y decoradas, atendidas por un elevado n�mero de servidores dom�sticos; animaba con bailes y reuniones, en sus salones, la lujosa vida social de Madrid, ciudad que, en opini�n de Gald�s, superaba a la gran mayor�a de las capitales europeas en n�mero de teatros y de coches particulares en relaci�n a la poblaci�n; disfrutaba con la ociosidad de los hijos, amparada en las fortunas acumuladas por los padres, y ced�a, en fin, a la tentaci�n, creciente con los a�os, de adquirir fincas r�sticas como expresi�n de status y de poder. Al abatimiento del orgullo aristocr�tico atribu�a Gald�s el car�cter abierto y cordial de la vida de sociedad madrile�a, al que tambi�n hab�an contribuido, en su opini�n, el desarrollo de la burocracia y la extensi�n de los estudios universitarios como creadores de lazos de amistad entre j�venes de or�genes sociales diversos. En alguna ocasi�n escribi� Gald�s que la vida de la sociedad madrile�a se hab�a hecho �esencialmente democr�tica� 12 porque a nadie se preguntaba, en los salones, qui�n era y de d�nde ven�a, con tal que tuviera, por lo menos, las apariencias de la buena educaci�n; y como ejemplo de lo que llamaba �el feliz revoltijo de las clases sociales� ofreci�, en Fortunata y Jacinta, la lista de los veinticinco comensales �arist�cratas de sangre y del dinero, pol�ticos, financieros, abogados y comerciantes enriquecidos� que compartieron la mesa de don Baldomero Santa Cruz en la Nochebuena de 1873. Pero en la misma novela enunci� Gald�s las causas persistentes de las desigualdades sociales, que inclu�an la buena o mala educaci�n, el ser tonto o discreto, las desigualdades eternas del esp�ritu y las determinadas por el dinero, fundadas �dec�a� �en principios econ�micos tan inmutables como las leyes f�sicas, y querer impedirlas vendr�a a ser lo mismo que intentar beberse la mar�. En aquella sociedad fuertemente jerarquizada era dif�cil, en verdad, encontrar rasgos democr�ticos. M�s le cuadraba una brillante sentencia galdosiana, en La desheredada, que afirmaba: �La confusi�n de clases es la moneda falsa de la igualdad�.

Bien sab�an esto los integrantes de las clases medias situadas entre la alta burgues�a y la borrosa frontera donde comenzaba �el pueblo�. Cada estrato de aquella mesocracia estaba obsesionado por ascender en la escala social, desde�aba los niveles que consideraba inferiores y ten�a un fuerte sentido de su superioridad respecto del pueblo llano.

Quienes ocupaban los estratos superiores no renunciaban a coronar, alg�n d�a, su bienestar econ�mico con un t�tulo, y buscaban relacionarse con los grandes; los que constitu�an la zona central de la pir�mide no ten�an envidia de nombres sino de comodidades �dec�a Gald�s�, aspiraban a escapar dela mediocre posici�n social a la que se sent�an injustamente condenados e imitaban el modo de presentarse de los ricos; los situados en los estratos m�s bajos luchaban por mantenerse en las clases medias y no deslizarse hacia el mundo de las clases populares.�Como cada cual tiene unas ganas rabiosas de alcanzar una posici�n superior, principia por aparentarla� �dice Augusto Miquis a Isidora Rufete�. Y, en efecto, las clases medias madrile�as que describe Gald�s aparecen obsesionadas por aparentar, figurar y participar de unas formas de vida que superan sus posibilidades. Esto lleva, con frecuencia, a individuos y familias a caer en la falsa elegancia de lo cursi, y tambi�n, en muchos casos, a aceptar grandes estrecheces econ�micas en su �mbito dom�stico e incluso a incurrir en pr�stamos de los que algunas mujeres de la amplia galer�a galdosiana intentan liberarse quebrantando normas morales b�sicas aunque manteniendo, en lo posible, las formas.

Como dice Refugio S�nchez Emperador en Tormento, �muchas no comen para poder vestirse; pero algunas se las arreglan de otro modo�. A estas �ltimas pertenece Rosal�a

Pipa�n de Bringas, casada con un modesto funcionario isabelino, que decide vender sus favores para satisfacer su obsesi�n por la posici�n social y los vestidos, y que se justifica pensando: �La necesidad obliga a renunciar a los principios�; y lo mismo hace, en un �mbito social superior y en el clima moral m�s permisivo de la Restauraci�n, Elo�sa Bueno de Guzm�n, quien incurre en sucesivos adulterios para financiar su imitaci�n del lujo de las casas grandes, acomod�ndose al criterio de que �las buenas formas redimen los malos actos�.

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Esta mesocracia que Gald�s presenta como minada por la vanidad, colgada de las apariencias y da�ada en sus principios morales completa su mentalidad rancia con un escaso aprecio por el trabajo productivo y, desde luego, con un desd�n hacia el trabajo manual. En los estratos bien acomodados abundaban, nos dice Gald�s, quienes, como don Baldomero Santa Cruz, �no hab�a(n) podido sustraerse a la preocupaci�n tan espa�ola de que los padres trabajen para que los hijos descansen�; y en sus novelas aparece una buena representaci�n de hijos dispuestos a calmar esa inquietud de los padres con su ociosidad. Entre ellos destaca Juanito Santa Cruz, se�orito con dos carreras, admirado en su entorno familiar, buen conductor de t�lburis, seductor de j�venes de clase inferior y cuyo pensamiento parece expresarse bien en esta sentencia dedicada a Jacinta: �Nuestras ideas deben inspirarse en las ideas generales, que son el ambiente moral en que vivimos�. En estratos m�s modestos aparecen j�venes con niveles de estudios variados, que f�an la mejora de su suerte a relaciones que puedan proporcionarles golpes de fortuna en los negocios o abrirles el camino hasta lo que Gald�s denominaba �las ubres de la Administraci�n�. �En esta sociedad no vigorizada por el trabajo �escrib�a en Tormento�, en la que tienen m�s valor que en otra parte los parentescos, las recomendaciones, los compadrazgos y amistades, la iniciativa individual se sustituye por la fe en las relaciones�. Estas eran, en efecto, muy importantes en una sociedad tradicional, fuertemente jerarquizada y con baja movilidad social; y lo eran especialmente en el Madrid pol�tico y burocr�tico, don- de los cambios pol�ticos provocaban verdaderas conmociones en el personal de la administraci�n, al tiempo que los favores de bur�cratas de alto rango, no ajenos al cohecho y la prevaricaci�n, manten�an al abrigo de los cambios o ascend�an a funcionarios in�tiles, mientras otros m�s eficientes se ve�an condenados a cesant�as prolongadas e incluso permanentes. Uno de esos prebostes de la burocracia es don

Manuel del Pez, importante cargo de Hacienda, que aparece en var�as novelas de Gald�s, con su visi�n c�nica de la pol�tica y el Estado y con su disposici�n a servir a los poderosos como �nica virtud: tiene todos sus hijos varones, vagos e ignorantes, enchufados al presupuesto p�blico y mantiene una extensa clientela colocada en la Administraci�n por todo el pa�s. En el extremo opuesto, don Ram�n de Villamil, protagonista de Miau, funcionario honesto y trabajador, se encuentra en una situaci�n de cesant�a permanente, cuyas causas oscuras no logra comprender, mientras ve c�mo otras personas inferiores a �l medran en sus empleos p�blicos. La decepci�n y el desconcierto por el tratamiento que ha recibido de la Administraci�n, a la que ha dedicado su vida, le acabar�n llevando al suicidio �ayudado, ciertamente, por el comportamiento de las mujeres de su familia, las Miau, cursis pretenciosas en medio de su pobreza�.

A pesar del atraso y del lento despliegue de la econom�a y la sociedad espa�olas, las manifestaciones del progreso registrado en el mundo se filtraban por todas partes en la vida del pa�s. Los avances en los transportes, las comunicaciones, la energ�a, los m�todos de producci�n, la medicina, etc., llegaban a Madrid y afectaban al modo de vida de sus gentes. Sin embargo �dec�a Gald�s�, aquella sociedad no parec�a ser consciente de que el mundo estaba entrando en una nueva �poca; s�lo un grupo reducido de personas, formado principalmente por m�dicos, ingenieros, t�cnicos, cient�ficos y profesores �algunos de ellos relacionados con la Instituci�n Libre de Ense�anza� entend�an, en opini�n de Gald�s, que el futuro del pa�s depend�a del trabajo productivo, el avance tecnol�gico y cient�fico y la apertura a las nuevas ideas. Un personaje de Lo prohibido dec�a que el mal madrile�o era la indolencia, la enervaci�n, que llevaba a ser tolerantes con las infracciones de toda ley, as� moral como econ�mica, y a no ocuparse de nada grave, con tal que no faltaran el teatrito o la tertulia para pasar el rato, el carruaje y la nueva ropa.

El relajamiento de principios y creencias alcanzaba tambi�n el �mbito de la pol�tica. Desde la altura de los a�os ochenta, Gald�s denunciaba una atm�sfera de frialdad pol�tica que atribu�a principalmente al fracaso de la �ltima revoluci�n burguesa. El bloque de la aristocracia y la alta burgues�a no participaba directamente en la pol�tica de la

Restauraci�n porque pod�a confiar en que �sta protegiera sus intereses. El pa�s se mostraba indiferente respecto de las formas de gobierno, desconfiaba de quienes le ofrec�an panaceas y hab�a pasado a apreciar los beneficios de la legalidad. La desmovilizaci�n pol�tica se ve�a, adem�s, favorecida por unos partidos de notables con sus clientelas, que no pretend�an encuadrar masas de seguidores y que centraban su atenci�n en las elecciones �en la manipulaci�n de sus resultados� y en las combinaciones parlamentarias. La pol�tica era el �mbito propio de los pol�ticos �que poco aparecen, por cierto, en las novelas madrile�as de Gald�s�; aunque tambi�n era la preocupaci�n de los empleados del Estado, �sin otra idea pol�tica �dec�a Gald�s en Miau� que asegurarse y defender la p�cara olla�. Ni siquiera en las tertulias de caf� se presenciaban ya discusiones pol�ticas acaloradas. �Antiguamente �escrib�a Gald�s en Fortunata y Jacinta�, los partidos separados en p�blico est�banlo tambi�n en las relaciones privadas; pero el progreso de las costumbres trajo primero cierta suavidad en las relaciones personales, y por fin la suavidad se troc� en blandura... Esto de que todo el mundo sea amigo particular de todo el mundo es s�ntoma de que las ideas van siendo tan solo un pretexto para conquistar o defender el pan... La moral pol�tica es una capa con tantos remiendos, que no se sabe ya cu�l es el pa�o primitivo�.

Estas eran las razones de la decepci�n de Gald�s ante la sociedad madrile�a: hab�a esperado la construcci�n de un Estado liberal pr�spero, tolerante y abierto a las nuevas ideas, de las manos de unas clases medias firmes en sus convicciones y en su voluntad de trabajo y progreso; y se encontraba con una sociedad que conservaba abundantes elementos del sistema estamental y pose�a un escaso sentido del trabajo productivo, el riesgo y la innovaci�n, una sociedad de aspiraciones mezquinas en la que los principios y las actitudes morales hab�an cedido ante el instinto adquisitivo y la veneraci�n de las apariencias y las formas. Ciudadanos como don Benigno Cordero, dispuestos a dar la vida por unas convicciones nobles, pertenec�an al pasado. �La median�a reina en todo �escrib�a Gald�s a mediados de los a�os ochenta�, y los caracteres, cortados por el patr�n corriente, parece que buscan la uniformidad. Huyeron los tiempos dram�ticos y las personas, como los hechos, parece que se informan en los moldes apacibles y rutinarios de la comedia de costumbres� 13.

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M�s all� de las clases medias quedaba la gran masa de las clases populares, pero �stas reciben poca atenci�n en las novelas de Gald�s. Adem�s, al circunscribir b�sicamente su atenci�n a Madrid, el pueblo que en ellas aparece no es un proletariado urbano sino el artesanado y los jornaleros madrile�os, que no eran la referencia adecuada para observar la evoluci�n del mundo obrero en un per�odo en el que el pa�s estaba dando los primeros pasos por el camino del industrialismo. Es cierto que, a partir de 1880, aparecen en las novelas personajes del pueblo, atisbos de viviendas y barrios del pueblo bajo a los que descienden miembros de la burgues�a con una mezcla de curiosidad, aprensi�n, temor y sentido de superioridad. En algunas ocasiones, Gald�s incluso atribuye al pueblo valores que, en su opini�n, las clases superiores han perdido en su deterioro moral; pero rara vez se adentra en los problemas del mundo obrero, que aparece en una actitud pasiva, resignado a su suerte. Como se�ala el Profesor Seco Serrano 14, Gald�s no parece haber percibido cu�nto significa la revoluci�n de 1868 como punto de partida para el definitivo despertar del cuarto estado, presta poca atenci�n a la penetraci�n de la propaganda internacionalista y al arraigo del anarquismo y no alude a la nueva mentalidad del proletariado.

En los a�os ochenta aparecieron una serie de informes sobre las lamentables condiciones de alimentaci�n, vivienda, higiene, sanidad y condiciones de trabajo en que viv�a una gran parte de las clases populares. Se comenz� a hablar con preocupaci�n de �la cuesti�n social�. Cerrados el Sexenio y la guerra carlista, la econom�a espa�ola conoci� una etapa de moderado pero firme avance desde 1874 a 1882: mejor� algo la agricultura, avanz� considerablemente la miner�a, impulsada por fuertes entradas de capital extranjero, y se acentu� el proceso de industrializaci�n, aunque situado todav�a en niveles muy modestos; Catalu�a consolid� su condici�n de nueva sociedad industrial basada en la industria textil y en otras con ella relacionadas, y el Pa�s Vasco dio los primeros pasos en el desarrollo de la siderurgia. La bonanza econ�mica del per�odo tambi�n alcanz� a Madrid, centro del sistema de comunicaciones y capital de un Estado que aspiraba a reforzar el grado (bastante d�bil) de centralizaci�n del pa�s: su tejido industrial, a�n basado en el taller, se hizo algo m�s denso y, una vez m�s, la construcci�n actu� como principal motor del crecimiento y de la creaci�n de empleo en una ciudad que recib�a una fuerte corriente de inmigrantes.

En Lo prohibido, Jos� Mar�a Bueno de Guzm�n, cuando vuelve a Madrid en 1880 tras doce a�os de ausencia, expresa su grata sorpresa ante las mejoras registradas en el aspecto de la capital durante esa etapa. Le asombra la hermosura y amplitud de las nuevas barriadas, la mejor calidad de los edificios, los bellos jardines, las lujosas tiendas y, en fin, los muchos y elegantes teatros para todas las clases, gustos y fortunas. Tal vez durante su larga estancia en la ciudad pudiera comprobar, sin embargo, que Madrid tampoco hab�a conseguido enderezar su desorden urban�stico en esta nueva expansi�n: la especulaci�n se hab�a impuesto, una vez m�s, a los criterios municipales, y las nuevas construcciones se hab�an extendido, sin orden ni concierto, por el extrarradio para soslayar lo poco que a�n quedaba de las regulaciones inicialmente concebidas por el Ensanche. El alto ritmo de construcci�n no pod�a continuar, en cualquier caso, y cay�, en efecto, en la primera parte de los a�os ochenta. Gald�s daba cuenta de ello y de sus consecuencias en un art�culo publicado en febrero de 1885 bajo el t�tulo: La cuesti�n social 15. Diez y seis mil habitaciones hay sin alquilar �dec�a Gald�s�. Cesaron de improviso las construcciones, algunos miles de trabajadores de la construcci�n se han quedado sin trabajo y el paro se ha extendido a otras actividades fabriles.

Gald�s no ve, sin embargo, razones de alarma en la situaci�n, al menos para la burgues�a. �Por el momento �escribe� no hay motivo de queja contra esos honrados obreros, que no han pedido trabajo tumultuariamente, sino en la forma m�s comedida que se pudiera imaginar. Se contentan con un salario miserable y, en �ltimo caso, se resignan a recibir la limosna de pan y sopa, que la caridad les ofrece diariamente en un instituto religioso de esta Corte�. Y a�ade: �...no se sabe qu� pensar de la organizaci�n del trabajo en nuestras sociedades. El gran problema social que, seg�n todos los s�ntomas, va a ser la gran batalla del siglo pr�ximo, se anuncia en las postrimer�as del actual, con chispazos, a cuya claridad se alcanza a ver la gravedad que entra�a�.

A principios de los a�os noventa vuelve Gald�s sobre la �cuesti�n social� en un art�culo titulado �El 1.� de mayo� 16 y escrito con ocasi�n del clima de temor que ha generado en toda Europa la convocatoria de una huelga universal de obreros para dicha fecha. En Espa�a, la econom�a est� a punto de cerrar el per�odo de crecimiento muy lento, resultante de la importante contracci�n agr�cola iniciada hacia 1882, que ha acentuado, durante el decenio, el retraso de nuestro desarrollo respecto de los principales pa�ses europeos; paralelamente, el asociacionismo obrero ha seguido avanzando y los trabajadores, desechadas las algaradas tumultuosas, comienzan a expresar su descontento y a plantear sus reivindicaciones mediante acciones bien meditadas, que pueden desplegar una fuerza considerable. El Gobierno est�, en consecuencia, alarmado ante las perturbaciones anunciadas para el 1.� de mayo. Gald�s, por su parte, observa la evoluci�n de las tensiones sociales con inter�s y con una inquietud te�ida de escepticismo. �Todo ha cambiado �escribe en el art�culo citado�.

La extinci�n de la raza de tiranos ha tra�do el acabamiento de la raza de libertadores. Hablo del tirano en el concepto antiguo, pues ahora resulta que la tiran�a subsiste, s�lo que los tiranos somos nosotros, los que antes �ramos v�ctimas y m�rtires, la clase media, la burgues�a, que anta�oluch� con el clero y la aristocracia hasta destruir al uno y a la otra con la desamortizaci�n y la desvinculaci�n.

�Evoluci�n misteriosa de las cosas humanas! El pueblo se apodera de las riquezas acumuladas durante siglos por las clases privilegiadas. Con estas riquezas se crean los capitales burgueses, las industrias, las grandes empresas ferroviarias y de navegaci�n. Y resulta que los desheredados de entonces se truecan en privilegiados. Renace la lucha, variando los nombres de los componentes, pero subsistiendo en esencia la misma. �Qu� quiere decir esto? Que los que no poseen, que son siempre los m�s, atacan a los que tienen, que son los menos, pero se hallan robustecidos por el amparo del Estado�.

Gald�s piensa que en esa lucha entre el capital y el trabajo, tal y como est� planteada, los trabajadores son la parte m�s d�bil: el cierre de empresas, el estancamiento de los capitales y la ca�da de la producci�n afectar�an a sus empleos, a sus rentas, a su capacidad de subsistencia. As� que opina que, tras perturbaciones m�s o menos graves �del tipo de las que en ese momento se temen�, volver�n las cosas al estado antiguo y todo seguir� lo mismo, los capitalistas siempre explotando, los obreros trabajando siempre y viviendo al d�a. �El Estado, meti�ndose en funciones que no le corresponden, no puede ofrecer m�s que paliativos. El remedio de la desigualdad �afirma Gald�s� no vendr� nunca, porque la desigualdad es irremediable, eterna y constitutiva�.

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A esta conclusi�n dice haber llegado tras la lectura de m�ltiples informes y opiniones sobre la cuesti�n obrera: no es de f�cil arreglo por los medios que conocemos, ni por los procedimientos pol�ticos ni por los morales. �El espiritualismo es el que m�s se acerca a una soluci�n, proclamando el desprecio de las riquezas, la resignaci�n cristiana y el consuelo de la desigualdad externa por la igualdad interna, o sea la nivelaci�n augusta de los destinos humanos en el santuario de la conciencia�.

En resumen, Gald�s no hab�a variado a�n sustancialmente, a principios de los a�os noventa, sus ideas liberales sobre la sociedad, a pesar de su escepticismo creciente respecto de la capacidad impulsora de la burgues�a; y, concretamente, continuaba viendo las desigualdades sociales como un problema inevitable, sin soluci�n pol�tica, para el que no contemplaba otros paliativos que la caridad y la resignaci�n.

IV

El paso del siglo XIX al siglo XX fue un per�odo cargado de incertidumbres y temores en toda Europa. El Profesor Jover 17 sit�a su comienzo, en Espa�a, en la segunda mitad de los a�os ochenta y hace coincidir con la Regencia la etapa de creciente pesimismo, conocida como �crisis de fin de siglo�, que tuvo su centro de gravedad en el Desastre de 1898; s�lo unos a�os despu�s comenzar�an a abrirse paso unas expectativas m�s optimistas sobre el futuro del pa�s.

Las nuevas corrientes filos�ficas y est�ticas que caracterizaron la transici�n intersecular trajeron consigo un retroceso del positivismo y de la fe en el progreso y un desplazamiento del naturalismo por una sensibilidad que prestaba m�s atenci�n al an�lisis psicol�gico, a la conciencia individual y a la presencia del esp�ritu como elemento transformador de la realidad. Sobre ese trasfondo, un conjunto variado de factores vinieron a alimentar el �nimo sombr�o de la sociedad espa�ola a medida que se acercaba el fin de siglo.

En primer lugar, las guerras coloniales y su resultado final generaron un sentimiento de impotencia e inferioridad nacionales en un mundo que viv�a un clima de expansi�n imperialista. En segundo lugar, la reanimaci�n de la econom�a espa�ola, al abrigo de un mayor proteccionismo desde los primeros a�os noventa, coincidi� con un nuevo ciclo mundial de r�pidas innovaciones tecnol�gicas que puso de manifiesto el grave retraso espa�ol en la educaci�n, la formaci�n profesional y el conocimiento cient�fico. Adem�s, la mayor complejidad de la econom�a iba acompa�ada de una mayor inquietud social, apoyada en grados crecientes de organizaci�n obrera, al tiempo que el avance de la industrializaci�n contribu�a a alentar movimientos separatistas en las regiones m�s pr�speras del pa�s. En fin, el sistema pol�tico de la Restauraci�n, con su falseamiento del sistema electoral y su apoyo en el caciquismo para mantener el turno y el poder de los partidos din�sticos, su escasa sensibilidad social y su debilidad ante las presiones de la Iglesia y el clero, parec�a incapaz de afrontar los problemas del presente y de ofrecer caminos de apertura hacia el futuro.

Estos elementos generadores de incertidumbre y pesimismo hubieron de influir en Gald�s a medida que avanzaban los a�os noventa: afectaron a su obra literaria, le indujeron a modificar sus ideas sobre la sociedad y a radicalizar sus actitudes pol�ticas, le sumieron en una crisis personal y le llevaron, ya en los primeros a�os del siglo XX, a desempe�ar un papel destacado en la vida p�blica e incluso a participar en la pol�tica activa.

Gald�s trat� de incorporar las nuevas corrientes a su producci�n literaria. En las obras teatrales que estrena a partir de los primeros a�os noventa, en un esfuerzo por renovar el panorama dram�tico espa�ol y llegar mejor al p�blico, aparecen los mismos problemas que suscitaban la cr�tica social en sus novelas anteriores; pero los trata ahora como problemas de unos personajes situados en una sociedad en crisis y conf�a su superaci�n al esp�ritu de hombres y mujeres �nuevos�, dotados de fuerza de voluntad y de capacidad de acci�n, que creen en la dignificaci�n por el trabajo, la educaci�n, la justicia y el progreso, que rechazan viejos valores y prejuicios y que impulsan la regeneraci�n social con sus decisiones. En las novelas, por su parte, el elemento espiritualista que ya aparec�a en Miau iba a persistir en los a�os siguientes y a acentuarse en Halma, Nazar�n y Misericordia, publicadas entre 1895 y 1897, en las que Gald�s examina la posibilidades de la caridad en el mundo moderno.

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Don Nazario Zahar�n, sacerdote admirable, encarnaci�n de la humildad, la fe y el amor cristianos, huye, en Nazar�n, de la sociedad urbana para practicar una vida de pobreza, resistencia al mal y caridad por los pueblos, al lado de los marginados, pero no tiene alternativa que ofrecer a la civilizaci�n moderna que rechaza y que le a�sla. Benigna recorre incansable, en Misericordia, los barrios bajos madrile�os, hasta sus rincones m�s m�seros, practicando la caridad, desde su pobreza y sus muchos a�os, con quienes sufren y a quienes ama, lo merezcan o no, sin recibir siquiera su gratitud.

Benigna no huye de la sociedad; desear�a una existencia menos dura y m�s justa, pero se conforma con la que tiene porque �como ella dice� �no est� en mi mano darme otra� y porque ama la vida. La bondad, el optimismo, la imaginaci�n y la paciencia de Benigna se�alan un camino de santidad que lleva de la realidad al misterio en esta novela situada entre las mayores creaciones de su autor. La instauraci�n de la justicia en la sociedad queda, sin embargo, fuera del alcance de estos seres ejemplares.

Con el paso de los a�os noventa variaron tambi�n las ideas que sobre la estructura y la din�mica de la sociedad liberal hab�a mantenido Gald�s durante treinta a�os. As� se observa en el discurso, titulado �La sociedad como materia novelable�, que ley� con ocasi�n de su recepci�n p�blica en esta Real Academia el d�a 7 de febrero de 1897 18. En �l dec�a Gald�s: �...lo primero que se advierte en la muchedumbre a la que pertenecemos es la relajaci�n de todo principio de this site. Las grandes y potentes energ�as de cohesi�n social no son ya lo que fueron; ni es f�cil prever qu� fuerzas sustituir�n a las perdidas en la direcci�n y el gobierno de la familia humana... Se advierte la descomposici�n de las antiguas clases sociales forjadas por la historia, y que hab�an llegado a nosotros con organizaci�n potente. Pueblo y aristocracia pierden sus caracteres tradicionales, de una parte, por la desmembraci�n de la riqueza, de otra, por los progresos de la ense�anza; y el camino que a�n hemos de recorrer para que las clases fundamentales pierdan su fisonom�a, se andar� r�pidamente. La llamada clase media, que no tiene a�n existencia positiva, es la ingente aglomeraci�n de individuos procedentes de las categor�as superior e inferior, el producto, dig�moslo as�, de la descomposici�n de ambas familias: de la plebeya, que sube; de la aristocracia, que baja... Esta enorme masa sin car�cter propio... acabar� por absorber los desmedrados restos de las clases extremas, depositarias de los sentimientos elementales. Cuando esto llegue, se ha de verificar en el seno de esa muchedumbre ca�tica una fermentaci�n de la que saldr�n formas sociales que no podemos adivinar, unidades vigorosas que no acertamos a definir en la confusi�n y el aturdimiento en que vivimos�.

Como se ve, apenas quedaba gran cosa de las ideas que hab�an inspirado aquel art�culo de 1870 en el que Gald�s defendiera una nueva novela realista y presentara la clase media como la base de un orden social que asum�a, por su iniciativa y su inteligencia, la soberan�a de las naciones. La clase media no aparec�a ya como protagonista de un proceso que, desplazando a las clases privilegiadas, hab�a de conducir a un futuro de libertad y progreso; ahora era una masa informe, el resultado pasivo de la descomposici�n de la aristocracia y el pueblo, con un futuro incierto, en el que cab�a atisbar una tendencia a la uniformidad negadora de toda eminencia.

Gald�s vio en el Desastre colonial el temido cierre de un siglo que, en su opini�n, hab�a presenciado el fracaso de la sociedad espa�ola en la construcci�n de un Estado liberal, moderno y abierto. Cuando volv�a los ojos al pasado y examinaba el per�odo isabelino, ve�a grandes errores conducentes, en buena medida, a los males presentes; pero tambi�n le parec�a encontrar, en aquellos tiempos, gentes con m�s fe, voluntades m�s firmes y arrestos para todo 19. Desde entonces, el pa�s hab�a logrado mejoras en bastantes �rdenes, pero tambi�n hab�a registrado p�rdidas en otros; y Gald�s ya no confiaba en que la clase media, que ahora describ�a como una enorme masa sin car�cter propio, presa de muchas debilidades y carente de voluntad, tuviera la energ�a y el �nimo necesarios para enderezar la marcha del pa�s en un horizonte temporal cercano. Como se�al� Joaqu�n Casalduero 20,

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Gald�s se sent�a culpable ante aquella situaci�n que pon�a en duda la validez de su obra y la utilidad del mensaje con el que hab�a tratado de ejercer una influencia positiva en la evoluci�n del pa�s. Quiz� su cr�tica social hab�a sido moderada en exceso; tal vez hab�a dejado traslucir demasiado su escepticismo. Estas inquietudes, acentuadas por el clima que rode� a la p�rdida final de las colonias y unidas al sentimiento de que la r�pida sucesi�n de modas y escuelas le estaban alejando de las j�venes generaciones literarias, llevaron a Gald�s a una profunda crisis moral.

No se dej� arrastrar Gald�s, sin embargo, por el pesimismo ni por las ideas de sus principales cultivadores, los regeneracionistas. En el pr�logo que escribi� a la segunda edici�n de La Regenta, en 1901, hac�a un llamamiento a la suspensi�n de la cr�tica negativa que �dec�a� �se ha ejercido tanto en todos los �rdenes que por ella quiz� hemos llegado a la insana costumbre de creernos un pueblo de est�riles, absolutamente inepto para todo� 21. Al mismo tiempo, Gald�s, que aceptaba la herencia liberal y era un firme defensor del parlamentarismo �convencido de que �los males de su supresi�n ser�an infinitamente mayores que los de su existencia� 22�, no pod�a sentirse af�n a los regeneracionistas, a su acumulaci�n de las m�s variadas causas para explicar �los males de la patria� y, sobre todo, a sus d�biles programas redentores lastrados �como ha se�alado el Profesor Artola 23� por el conservadurismo social, un arbitrismo econ�mico vulgar, un ataque frontal al r�gimen parlamentario y una gran inexperiencia pol�tica. El �nimo de Gald�s no era f�cil de doblegar, a pesar de su cansancio.

Su crisis dio paso a una renovada cr�tica de la sociedad y la pol�tica espa�olas; una cr�tica en la que la iron�a tend�a a ceder ante el sarcasmo y la acritud y la voz elevaba su tono, con frecuencia, en un esfuerzo por sacar a la sociedad espa�ola de su marasmo; una cr�tica radical y apasionada, exagerada a veces, pero en la que lat�a la esperanza de que Espa�a llegara a construir su futuro por el camino del trabajo, la educaci�n y el conocimiento cient�fico, con mayores grados de democracia y de justicia social.

En los meses anteriores al Desastre reanud� Gald�s la publicaci�n de los Episodios Nacionales que hab�a interrumpido diecinueve a�os antes. Desde 1898 hasta 1912 vieron la luz los veinte episodios que componen las Series Tercera y Cuarta, m�s los seis que forman la Quinta Serie, que quedar�a incompleta. En ellos se propon�a Gald�s interpretar y juzgar la trama hist�rica del per�odo novelado �que se iniciaba con la primera guerra carlista y llegaba hasta los comienzos de la Restauraci�n� desde la perspectiva que ofrec�a la situaci�n del pa�s al cerrarse el siglo.

La Tercera Serie presenta la guerra civil como un vendaval de demencia, manchado por actos de barbarie que ninguna interpretaci�n rom�ntica pod�a justificar. Llegada la paz tras siete a�os de lucha cruel, Gald�s ve en los moderados que rodeaban a la Reina Gobernadora el origen de una conspiraci�n perpetua, que buscaba el freno y el retroceso de las libertades; en los pol�ticos progresistas, una falta general de talla pol�tica, y en los pronunciamientos, un recurso falto de grandeza y ambiciones, que acababa siempre enga�ando al pueblo �con colorines y palabras vac�as�. Las clases medias forjadas en tal clima le parecen ahora gentes medrosas, cuya fe en el sistema liberal va mermando en proporci�n al aumento de sus fortunas y que acaban formando con la nobleza una sola clase dominante y conservadora, nivelada por el dinero.

El tono de amargo desencanto se mantiene en el tratamiento de la �poca Isabelina �desde las bodas reales hasta el final del reinado� que ofrece la Cuarta Serie de los Episodios.

En ella se advierte un mayor radicalismo. Gald�s critica duramente a pol�ticos y militares: los partidos pol�ticos espa�oles del per�odo �dice� no son partidos mientras no tienen generales; los movimientos supuestamente revolucionarios siempre se inician con una cuartelada, expresi�n de un militarismo arraigado que perturba la vida civil, y acaban abandonando al pueblo que la burgues�a ha utilizado como instrumento de sus objetivos pol�ticos. Gald�s muestra un creciente acercamiento al pueblo llano, en el que cree percibir m�s vitalidad y generosidad que en las clases superiores; la moralidad de �stas le parece que ha empeorado en la d�cada de expansi�n econ�mica iniciada a mediados de los a�os cincuenta. Le preocupan cada vez m�s las duras condiciones de vida de los trabajadores y dedica especial atenci�n a la suerte de los campesinos, oprimidos por la oligarqu�a agraria y el despotismo de los caciques. Contin�a manteniendo sus convicciones liberales, pero su liberalismo se ve ahora matizado por el deseo de que la libertad vaya acompa�ada de una mayor justicia social, y denuncia la frecuencia con la que las apelaciones a la libertad han sido utilizadas para arrastrar al pueblo a movimientos pol�ticos y abandonarlo despu�s sin atender sus demandas.

En el centro del cuadro aparece la figura de la Reina Isabel, hacia la que Gald�s sent�a simpat�a tras las conversaciones que hab�a mantenido con ella en el exilio de Par�s 24, pero a la que reprochaba su ingratitud con un pueblo que la hab�a adorado y que hab�a luchado por ella. La inadecuada educaci�n que hab�a recibido, el lamentable error del matrimonio que le hab�an impuesto, su incapacidad para mantener aparte sus deseos y sus deberes y la influencia de las camarillas palaciegas llevaron a la Reina a olvidar la deuda que ten�a contra�da con su pueblo y fueron, en opini�n de Gald�s, las causas �ltimas de su salida de Espa�a tras el triunfo de la revoluci�n de 1868.

La �ltima revoluci�n burguesa del siglo XIX hab�a alentado las esperanzas de muchas gentes �entre ellas, de Gald�s� y, por ello, el fracaso del Sexenio al que abri� paso result� especialmente grave. Gald�s cre�a que el sino adverso de la Revoluci�n hab�a quedado sellado con la desaparici�n de Prim, el �nico hombre que, en su opini�n, hubiera podido mantener la nueva situaci�n; su asesinato abri� un per�odo de confusi�n que desemboc� en unos a�os de locura.

La historia del per�odo �escribi� Gald�s� parece un cuento disparatado para educar a los ni�os en la barbarie y la imbecilidad. El comportamiento de los pol�ticos en el per�odo le parec�a, en general, lamentable y se mostraba implacable con la gran mayor�a de las figuras republicanas, en especial con quienes hab�an adoptado el proyecto prematuro del federalismo, que abri� las puertas a masas levantiscas conducidas por demagogos sin ideas. En medio del cansancio general, Pav�a pudo acabar con la Rep�blica sin disparar un solo tiro. Fueron los republicanos quienes trajeron la Restauraci�n �pensaba Gald�s�; y es ese proceso lamentable el que narra en la Quinta Serie de los Episodios Nacionales, que, a medida que avanzan, van adentr�ndose en un mundo aleg�rico y burlesco, en el que la trama novelesca decae y los hechos hist�ricos retroceden ante una lluvia de sarcasmos e invectivas.

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Gald�s hab�a sido un cr�tico temprano de la Restauraci�n, en la que ve�a un orden conservador incapaz de abordar las pol�ticas que el pa�s requer�a. Hab�a reconocido, sin embargo, algunas virtudes importantes del sistema canovista, tales como el respeto de las libertades personales, la garant�a de una amplia libertad de Prensa y la estabilizaci�n del juego pol�tico tras muchas d�cadas de frecuentes intervenciones militares en la vida civil. El contenido democr�tico del sistema era muy limitado, pero todav�a a mediados de los a�os ochenta hab�a un elemento de comprensi�n en las cr�ticas que Gald�s dirig�a a las pr�cticas electorales: le parec�a que en un pa�s fundamentalmente agrario, con altos grados de analfabetismo, apat�a generalizada y profundo localismo, el Gobierno hab�a de ejercer cierta influencia en los resultados electorales para evitar que saliera una c�mara de funcionamiento imposible 25. Criticaba, sin embargo, el grado excesivo en el que unos u otros gobiernos ejerc�an esa influencia; se�alaba que ello desprestigiaba el sistema electoral, fomentaba la abstenci�n y reforzaba los males del caciquismo, y conclu�a con pesar: �Consentimos la falsificaci�n de un r�gimen por cuyo triunfo se ha derramado tanta sangre y bien pagamos nuestra indolencia� 26.

Quince a�os m�s tarde, consumada la p�rdida de las colonias, constatado el mal funcionamiento del sistema, viviendo una situaci�n en la que �dec�a� �los hombres de m�s saber pol�tico reconocen que as� no se puede seguir, y forcejean dentro de la red que ellos mismos han tejido y que les entorpece toda obra grande de reforma, sin que ninguno se decida a romperla con arte� 27, Gald�s refuerza sus cr�ticas a la Restauraci�n. Considera ahora, en 1901, que el sistema pol�tico es un mecanismo con buen aspecto exterior, pero que, visto desde dentro, es, todo �l, de cart�n embadurnado al temple, notoriamente envejecido y en el que clarea de tal modo el artificio que no hay ojos bastante inexpertos para ilusionarse con �l. El principio pol�tico de representaci�n del pueblo est� desacreditado porque el sufragio es �un donoso enga�o al alcance de los observadores menos perspicaces� 28, las elecciones se hacen sin inter�s, la emisi�n del voto no apasiona ni enorgullece a los ciudadanos porque �stos observan el esmero de los gobiernos para componer las C�maras, dando el conveniente n�mero de puestos a las oposiciones y contrapes�ndolas con abrumadoras mayor�as; la representaci�n del pa�s est�, con unos y otros partidos, en manos de un grupo de profesionales pol�ticos que ejercen, alternadamente, con secreto pacto y concordia, una solapada tiran�a sobre las provincias y regiones; la Justicia y la Administraci�n, sometidas al manejo pol�tico y sin medios de proceder con independencia, completan esta oligarqu�a lamentable 29. Todo lo que hicieron nuestros pol�ticos en el siglo XIX contra el Gobierno personal del antiguo r�gimen y en nombre de la democracia, ha resultado de la misma hechura interna que lo que se quer�a destruir �concluye Gald�s, arrastrado por su apasionamiento�. Se han variado las apariencias y el nombre de las cosas; pero el alma permanece la misma 30.

La p�rdida de impulso de la revoluci�n liberal se reflejaba en la baja sensibilidad social de la Restauraci�n. El siglo XIX se cerr�, en Espa�a, con tasas muy elevadas de mortalidad, especialmente altas en la mortalidad infantil y escalofriantesentre los ni�os acogidos en Inclusas y Casas de Maternidad, consecuencia de d�biles pol�ticas sanitarias, de higiene y calidad de los alimentos y de condici�n de las viviendas, que ven�an siendo denunciadas reiteradamente por informes y estudios m�dicos desde los a�os ochenta. La tasa de analfabetismo se situaba cerca del 70%. El sistema de quintas con redenci�n en met�lico era objeto de protestas in�tiles de las clases trabajadoras desde hac�a d�cadas. Las condiciones de vida del campesinado �especialmente en Andaluc�a y Extremadura� parec�an olvidadas. Estos y otros rasgos de la situaci�n social hab�an ido modificando �como ya hemos visto� el liberalismo de Gald�s y aumentando su preocupaci�n por las condiciones de vida de las clases modestas.

�Los problemas que enardec�an a los hombres en otro tiempo �escrib�a en 1904� pasaron y se desvanecieron, o resueltos o a medio resolver, han perdido el gran inter�s que a los hombres mov�a en favor de ellos. Resta el problema nuevo, que avanza sobre tanto escombro, el problema del vivir, de la distribuci�n equitativa del bienestar humano y de las vindicaciones, que apenas intentadas difunden por todo el mundo la desconfianza y el pavor. Todo eso viene, y ante esta intensa aspiraci�n general de incontestable poder, la historia de ayer quedar� reducida a cuentos vanos...� 31. Gald�s hab�a abandonado la idea de que la pol�tica poco o nada pod�a hacer para remediar las desigualdades, y ya no cre�a que su �nico lenitivo fuera el espiritualismo, la resignaci�n cristiana. En su obra teatral Celia en los infiernos, de 1913, cuando la protagonista, tras escuchar de otro personaje que la plebe laboriosa no se redime s�lo por la caridad, pregunta: ��Pues qu� m�s necesita la plebe laboriosa?�, recibe como respuesta: �Justicia, se�ora�. Gald�s dudaba, sin embargo, de que los pol�ticos, divididos en dos bandos igualmente din�sticos e igualmente est�riles, hicieran nada fecundo en cuanto a la justicia social �como en otros �mbitos�; tal vez el cansancio del pa�s con su inmovilismo acabara conduciendo, alg�n d�a, a una revoluci�n.

La extensi�n de la educaci�n a toda la sociedad y la libertad de ense�anza �libertad de pensamiento y expresi�n en la docencia y libre creaci�n de centros de ense�anza privados� eran principios b�sicos de la pol�tica educativa liberal, que, como tales, fueron incorporados a la legislaci�n del Sexenio y recogidos por la Restauraci�n; pero su interpretaci�n y desarrollo en el �ltimo cuarto del siglo XIX y m�s ac�, se vieron muy condicionados por las luchas ideol�gicas y pol�ticas. La gran importancia que Gald�s hab�a atribuido siempre a la educaci�n para el avance del pa�s le hizo part�cipe inevitable y destacado de esas luchas.

La libertad de docencia recibi�, a comienzos de la Restauraci�n, un duro golpe de manos del ministro Orovio, cuyas consecuencias fueron una oleada de protestas universitarias, el abandono de la ense�anza oficial por un grupo destacado de profesores y un solo efecto positivo: la creaci�n de la Instituci�n Libre de Ense�anza. Tras muchas vacilaciones, la libertad de c�tedra qued� definitivamente restablecida en 1881.

Los problemas relativos a la extensi�n, el contenido y la calidad de la educaci�n fueron m�s profundos y duraderos.

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En el marco de la legislaci�n que consagraba la libre apertura de centros de ense�anza en todos sus niveles, el Estado hab�a asumido responsabilidades en la creaci�n y el sostenimiento de escuelas primarias e institutos de segunda ense�anza, aunque el Gobierno central las hab�a trasladado, en buena medida, a los ayuntamientos y diputaciones. El Estado se hab�a reservado, por otra parte, la direcci�n de los centros p�blicos, la fijaci�n de planes y programas de estudios y la colaci�n de grados y t�tulos acad�micos.

Los resultados del sistema as� dise�ado fueron peor que mediocres. Al finalizar el siglo, se hab�an construido menos de la mitad de las escuelas primarias previstas, y la tasa de escolaridad de la poblaci�n infantil era tan s�lo del 40%, una de las m�s bajas de Europa. En la segunda ense�anza, que era el n�cleo del sistema, la cifra global de estudiantes de bachillerato se hab�a mantenido estancada a lo largo del �ltimo cuarto de siglo; los institutos p�blicos, insuficientes en n�mero y mal dotados, hab�an sufrido una reducci�n considerable de alumnos, en tanto que los centros privados, con m�s recursos y mejor organizaci�n, mostraban una fuerte expansi�n, especialmente en los colegios regentados por �rdenes religiosas; en fin, la centralizaci�n burocr�tica manten�a los planes de estudio atrasados respecto de su tiempo, y cualquier esfuerzo por modernizarlos quedaba neutralizado por largas e intensas pol�micas ideol�gicas. La Universidad p�blica, por su parte, sometida a un modelo burocr�tico y centralizador, carente de medios y de iniciativa propia, se limitaba a cumplir la finalidad b�sica de preparar para los ex�menes y expedir t�tulos, a pesar de contar con figuras destacadas entre el profesorado.

Se suele atribuir tan insatisfactorios resultados a la escasez de los recursos p�blicos; pero, como ha se�alado el Profesor �lvarez Junco 32, junto a esta causa hay que situar la falta de voluntad pol�tica: la educaci�n no estuvo entre las grandes prioridades de la Restauraci�n durante el per�odo, como se refleja en su modest�sima participaci�n relativa en la estructura del gasto p�blico, en comparaci�n con las registradas en los pa�ses europeos; y los pol�ticos espa�oles no se sintieron con la inclinaci�n y el poder necesarios para tomar ejemplo de la Tercera Rep�blica Francesa en el esfuerzo por adecuar el sistema educativo al objetivo de �formar ciudadanos�.

El rasgo m�s llamativo del sistema educativo espa�ol en el per�odo, aparte de sus malos resultados globales, fue la fuerte expansi�n de la docencia en manos de �rdenes religiosas.

Se trataba de un proceso ligado al r�pido restablecimiento de dichas congregaciones, que fue un elemento esencial en la recuperaci�n de la Iglesia espa�ola y en la ampliaci�n de su influencia en todos los �mbitos durante el �ltimo cuarto de siglo XIX y los primeros a�os del siglo XX; se vio impulsado por la llegada de un n�mero muy elevado de monjas y frailes alejados de Francia como consecuencia de la laicizaci�n de la ense�anza, fue favorecido por importantes donaciones de las clases adineradas espa�olas y result� facilitado por la actitud permisiva de las autoridades de la Restauraci�n. Gald�s, que siempre hab�a defendido la ense�anza laica como la m�s conveniente para el progreso del pa�s, se revolvi� con ira contra lo que denominaba �la invasi�n clerical� y se dej� llevar por su vena anticlerical �pol�tico- social, no dogm�tica, dirigida contra las �rdenes religiosas, no contra el clero secular� tomando como motivo principal, aunque no �nico, el tema de la ense�anza. �Desde los primeros a�os de la Regencia �escrib�a en 1901�, la invasi�n de Congregaciones religiosas con fines, m�s que contemplativos, pr�cticos y experimentales, ya en la educaci�n, ya en la caridad, ha ido creciendo por d�as, y hoy son tantos los institutos de esta clase, que es dif�cil contarlos designando a cada uno por su nombre can�nico o por los que ellos mismos se han dado, con espont�nea creaci�n, en el seno de la Iglesia... Ser�a largo de referir por qu� serie de concesiones, verdaderas inocentadas del Poder p�blico, hemos llegado a este predominio eclesi�stico en la direcci�n de una parte muy principal de la juventud� 33. Pero no le preocupaba solamente la educaci�n, sino tambi�n la mayor influencia social del clero, conseguida a trav�s de familias e instituciones. �La gran mayor�a de religiosos de uno y otro sexo �dec�a� hacen vida urbana y callejera, metidos en el v�rtigo de la vida social, ya movidos del af�n de sus petitorios, ya por sostener por el visiteo constante sus relaciones con damas y caballeros de alta posici�n, clave de su poder espiritual y de los resortes materiales con que lo hacen m�s eficaz y m�s duro� 34.

El resonante estreno de Electra, en 1901, situ� a Gald�s en la primera fila del sector anticlerical y le convirti� en objetivo preferente de los ataques de los conservadores clericales.

Gald�s se encontr� en medio de pasiones pol�ticas encrespadas entre las que no se sent�a c�modo; pero su anticlericalismo se acentu� en los a�os siguientes hasta llegar a sus expresiones m�s extremas en la obra teatral Casandra, estrenada en 1910, y en el �ltimo volumen de los Episodios Nacionales, �C�novas�, publicado en 1912. Los privilegios de la Iglesia en la Espa�a de principios del siglo XX eran claramente anacr�nicos cuando se comparaban con la situaci�n existente en la gran mayor�a de los pa�ses europeos, y el partido liberal, sensible a la presi�n creciente de quienes denunciaban tal anomal�a, hab�a comenzado a reforzar el poder civil frente al avance de la Iglesia. Era, sin embargo, probablemente exagerada la posici�n de Gald�s cuando afirmaba que lo que llamaba la �petrificaci�n teocr�tica� era el principal problema del pa�s y que el sistema de la Restauraci�n acabar�a poniendo la ense�anza, la riqueza, el poder civil y hasta la independencia nacional en manos de la Iglesia.


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Pero Gald�s ya no se sent�a satisfecho limit�ndose a exponer sus cr�ticas sociales y pol�ticas a trav�s de sus obras literarias, y acab� aceptando, en 1906, la invitaci�n de los republicanos a incorporarse a sus filas para participar en la lucha pol�tica. No se sent�a atra�do por la vida pol�tica activa, y hab�a contemplado siempre con desd�n los enfrentamientos, las rencillas y la pobreza de ideas de los republicanos 35; pero ahora, tras el nacimiento de Uni�n Republicana con el prop�sito de agrupar fuerzas para hacer avanzar la causa de la democracia por medios electorales, estaba dispuesto �dec�a� a abandonar los caminos llanos y lanzarse a los en cuesta arriba, en virtud de un sentimiento desacreditado: el patriotismo. En la carta abierta que envi� a don Alfredo Vicenti, director de El Liberal, publicada el 6 de abril de 1906, Gald�s escrib�a: �A los que me preguntan la raz�n de haberme acogido al ideal republicano les doy esta sincera contestaci�n: tiempo hac�a que mis sentimientos mon�rquicos estaban amortiguados; se extinguieron absolutamente cuando la Ley de Asociaciones plante� en pobres t�rminos el capital problema espa�ol; cuando vimos claramente que el r�gimen se obstinaba en fundamentar su existencia en la petrificaci�n teocr�tica...� 36. De nuevo, en primer lugar, el problema clerical, que hab�a de inspirar, por lo dem�s, buena parte de sus intervenciones en actos p�blicos durante los a�os siguientes.

Pocos d�as despu�s de su incorporaci�n al Partido Republicano, Gald�s fue elegido diputado por Madrid. Los republicanos segu�an, sin embargo, afectados por disensiones internas y poco sobrados de ideas, lo cual hac�a inc�moda la posici�n de Gald�s. �ste era uno de los m�s firmes partidarios de llegar a alg�n tipo de acuerdo o alianza entre republicanos y socialistas que permitiese formar una fuerte oposici�n a los partidos din�sticos; pero la idea no contaba con la aprobaci�n de los grupos republicanos que se inclinaban a pactar con el partido liberal, y hab�a de vencer, sobre todo, el obst�culo de la estrategia socialista, marcada por Pablo Iglesias, que se opon�a a la colaboraci�n con los partidos burgueses y a la entrada en la pol�tica parlamentaria. S�lo la Semana Tr�gica vivida por Barcelona, la represi�n consiguiente y la agitaci�n pol�tica que sigui� pudieron vencer la estrategia socialista de aislamiento. En noviembre de 1909 se ratific�, finalmente, el acuerdo por el que se constitu�a la Conjunci�n Republicano-Socialista, en cuya negociaci�n hab�a participado activamente Gald�s. En 1910, la candidatura de la Conjunci�n por Madrid obtuvo un notable �xito, que permiti� que tanto Gald�s como Pablo Iglesias llegaran al Parlamento. La Conjunci�n acus�, sin embargo, fuertes debilidades, especialmente del lado republicano, desde un principio, y la deserci�n republicana acab� con ella antes de que pasaran cinco a�os. Gald�s, entretanto, no hab�a ocultado sus cr�ticas a �la inmensa gusanera de caciques y caciquillos� del republicanismo ni su admiraci�n hacia el partido socialista, serio, disciplinado y el �nico que ten�a algo que decir, en su opini�n, sobre la cuesti�n social 37. Nunca fue, sin embargo, miembro del partido socialista, ni sus profundas ra�ces liberales, aunque matizadas con el paso del tiempo, le permitieron asumir el ideario socialista, a pesar de sus referencias frecuentes a la revoluci�n en sus �ltimos a�os.

Gald�s a�n escribe, entre tanto, dos novelas de contenido cr�tico que dejan entrever un futuro esperanzador a largo plazo. En 1909 publica El caballero encantado, novela extra�a, situada entre la realidad y la fantas�a, que pretende ofrecer una alegor�a de la historia pasada y de la realidad presente de Espa�a. En ella, un aristocr�tico castellano, propietario absentista, representante de un sistema olig�rquico-caciquil que explota a campesinos muy pobres, dilapida por Europa la fortuna heredada de sus antepasados y vuelve dispuesto a reforzar la explotaci�n de sus trabajadores para mantener su nivel de vida, al tiempo que critica cuanto le rodea. El arist�crata es convertido, sin embargo, por artes m�gicas, en un modesto trabajador �labriego, pastor, cantero� y se ve obligado a recorrer Espa�a con su mujer �transformada a su vez, en maestra de escuela� en un proceso purificador que le lleva a conocer el trabajo, el pueblo obrero, la realidad de Espa�a. La purificaci�n abrir� las puertas a la regeneraci�n: el trabajo y la educaci�n traer�n la transformaci�n del pa�s; el hijo del trabajador y la maestra �H�spero, de nombre� representa las generaciones futuras que, con el trabajo y la educaci�n, har�n de Espa�a un pa�s m�s rico y m�s justo.

Es el futuro prometido en la novela La raz�n de la sinraz�n, publicada en 1915, en la que la verdad, la raz�n, el progreso y la justicia acaban triunfando, en la ciudad imaginaria de Urgaria, sobre la mentira, la sinraz�n, la corrupci�n y la inmoralidad p�blica y social.

Gald�s se ha adentrado ya en la penumbra de su ceguera, que pronto ser� total. Podr�a decir, como Mariclio, la musa de la Historia, al concluir C�novas, el �ltimo Episodio:

�Yo, que ya me siento demasiado cl�sico, me aburro..., me duermo...�. Pero Gald�s seguir� viviendo, hasta el final, su pasi�n de Espa�a, la preocupaci�n entra�able por sus gentes, a las que ha tratado de ayudar y corregir con su ingente obra. Cree que el Tiempo acabar� llevando al pa�s a un nuevo estado de civilizaci�n. Y puede hacer suyas las palabras de la Madre, figura simb�lica de Espa�a en El caballero encantado: �Los ni�os mandan. Son la generaci�n que ha de venir. Ellos son mi salud futura; son mis fuerzas de ma�ana�. (RAE).

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NOTAS

1 BENITO P�REZ GALD�S: �Memorias de un desmememoriado�, en Recuerdos y Memorias (F. C. Sainz de Robles, ed.), Madrid, 1975, p�g. 194.

2 B.P.G.: �Gu�a espiritual de Espa�a. Madrid�, en Recuerdos y Memorias, op. cit., p�g. 184.

3 B.P.G.: �Observaciones sobre la novela contempor�nea en Espa�a�, en Ensayos de cr�tica literaria (Laureano Bonet, ed.), Barcelona; 1999, p�gs. 123-139.

4 B.P.G.: La desheredada, Biblioteca Castro, Madrid, 1984, p�g. 668.

5 DOMINGO YNDUR�IN: Introducci�n a La sombra, La Fontana de Oro y El audaz, Biblioteca Castro, Madrid, 1993, p�g. XI.

6 ARNO J.MAYER: La Persistencia del Antiguo R�gimen en Europa hasta la Gran Guerra, Madrid, 1986.

7 �NGEL BAHAMONDE MAGRO: �Crisis de la nobleza de cuna y consolidaci�n burguesa (1840-1880)�, en Madrid en la sociedad del siglo XIX, Madrid, 1986, vol. I, p�gs. 325 y ss.

8 B.P.G.: �Barcelona� en Fisonom�as Sociales, Madrid, 1923, p�gs. 83-86.

9 SANTOS JULI�: �Madrid, capital del Estado�, cap. IV, en S. JULI�, D. RINGROSE y C. SEGURA: Madrid, Historia de una capital, Madrid, 1994.

10 B.P.G.: �Vida de Sociedad�, en Fisonom�as Sociales, op. cit. p�g. 97.

11 B.P.G.: Ibid, p�g. 122.

12 B.P.G.: Ibid, p�g. 120.

13 B.P.G.: �El poder de los humildes�, en Fisonom�as sociales, op. cit. p�g. 97.

14 CARLOS SECO SERRANO: �Los �Episodios Nacionales� como fuente hist�rica�, en Sociedad, literatura y pol�tica en la Espa�a del siglo XIX, Madrid, 1973, p�gs. 313-314.

15 B.P.G.: �La cuesti�n social�, en Cronic�n, 1883-1886, Madrid, 1924, p�gs. 147-156.

16 B.P.G.: �El 1.� de Mayo�, en Pol�tica Espa�ola, vol. IV, tomo II, Madrid, 1923, p�gs. 257-277. La fecha que all� aparece (1885) es seguramente equivocada. 71

17 J. M. JOVER ZAMORA: �Aspectos de la civilizaci�n espa�ola en la crisis de fin de siglo�, en Historia de Espa�a Men�ndez Pidal, XXXVI, La �poca de la Restauraci�n (1875-1902), en Civilizaci�n y Cultura, Madrid, 2002, p�g. 748.

18 B.P.G.: La sociedad como materia novelable, Civitas Ediciones, Madrid, 2002

19 B.P.G.: �La Reina Isabel�, abril de 1904, en Recuerdos y Memorias, op. cit. p�gs. 167-178.

20 JOAQU�N CASALDUERO: Vida y obra de Gald�s (1843-1920), Madrid, 1951, p�g. 188.

21 B.P.G.: Leopoldo Alas (Clar�n), Pr�logo a la segunda edici�n de La Regenta, 1901, en B.P.G.: Ensayos de cr�tica literaria, op. cit. p�gs. 245-246.

22 B.P.G.: �El parlamentarista�, en Fisonom�as Sociales, op. cit., p�g. 229.

23 MIGUEL ARTOLA GALLEGO: �El Desastre�, en Espa�a: cambio de siglo, Real Academia de la Historia, Madrid, 2000, p�gs. 41-56.

24 B.P.G.: �La Reina Isabel�, en Recuerdos y Memorias, op. cit.

25 B.P.G.: �El �encasillado� y sus consecuencias�, 19 de marzo de 1886, en B. P�REZ GALD�S. Pol�tica Espa�ola, tomo I, Madrid, 1923, p�g. 124.

26 B.P.G.: �Procedimientos electorales�, 10 de abril de 1885, Pol�tica Espa�ola, tomo I, loc. cit., p�g. 34.

27 B.P.G.: La Espa�a de hoy, 11 de abril de 1901, reproducido en B. P�REZ GALD�S: Ensayos de cr�tica literaria, op. cit., p�g. 257.

28 Ibid., p�g. 257.

29 Ibid., p�g. 257.

30 Ibid., p�g. 258.

31 La Reina Isabel, loc. cit., p�g. 176.

32 JOS� �LVAREZ JUNCO: �La conformaci�n de una identidad�, en Historia de Espa�a Men�ndez Pidal, XXXVI, loc. cit., p�g. 21.

33 B.P.G.: La Espa�a de hoy, loc. cit., p�g. 261.

34 Ibid., p�g. 261.

35 B.P.G.: �Republicanos espa�oles�, 1 de enero de 1886, en B.P.G.: Pol�tica Espa�ola, tomo I, cit., p�gs. 111 y ss. Sobre las tendencias insurreccionales de alg�n grupo republicano, B.P.G.: Insurrecciones y motines: Villacampa, Ibid, p�gs. 213 y ss.

36 P. ORTIZ ARMENGOL: Vida de Gald�s, Barcelona, 2000, p�gs. 443-444 y CARMEN BRAVO-VILLASANTE: Gald�s visto por s� mismo, 2.� ed., Madrid, 1976, p�gs. 242-243.

37 J. RODR�GUEZ-PU�RTOLAS: Introducci�n a El caballero encantado, Madrid, 2002, p�gs. 15-19.


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Luis �ngel Rojo es catedr�tico de econom�a y fue Gobernador del Banco de Espa�a.

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