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2 de julio de 2003 | |
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| Tribuna de opini�n | ||
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�SCAR SAMBRANO
URDANETA
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La segunda sesi�n extramuros de la Academia Venezolana de la Lengua se realiz� en la casa de Pedro Grases, residencia que siempre fue �una academia, un aula libre, un centro desde donde se brindaron saberes y consejos� durante m�s de medio siglo, dijo el acad�mico Sambrano Urdaneta en un discurso que ilustra sobre la obra y la vida del homenajeado y en particular sus estudios de la vida y la obra de Andr�s Bello. | ||
Ma�ana 1� de julio se cumplir�n exactamente cincuenta y cuatro a�os del venturoso d�a en que entr� por vez primera a la Casa de don Pedro Grases, la quinta Villafranca del Panad�s, se�alada hoy como entonces con el N� 9 de la Avenida Mohedano de esta urbanizaci�n La Castellana, lugar remoto y apacible hace medio siglo, metamorfoseado en arteria palpitante de la urgencia capitalina. Entraba yo al hogar de los Grases con veinte a�os de edad, un deseo vehemente de aprender a la vera del maestro, y un flamante nombramiento de oficial de la Comisi�n Editora de las Obras Completas de Andr�s Bello, presidida por otro notable bellista, don Rafael Caldera. El sueldo de doscientos ochenta bol�vares quincenales me convirti� en el m�s acaudalado entre mis compa�eros del Instituto Pedag�gico Nacional. Con ser entonces muy significativa aquella remuneraci�n, y tan oportuna para mi sostenimiento en las pensiones donde sol�amos vivir los estudiantes venidos de provincia, lo que m�s entusiasmo me proporcion� fue trabajar bajo la direcci�n y el magisterio personal de don Pedro. Lo hab�a conocido en 1947 como profesor de gram�tica castellana y literatura espa�ola en el Instituto Pedag�gico Nacional. Formaba parte de una luminaria de profesores como pocas veces Venezuela ha visto juntarse en una misma instituci�n human�stica de formaci�n docente. Fundado en 1938 por Mariano Pic�n-Salas, el Pedag�gico recibi� el beneficio de un grupo prominente de republicanos espa�oles exiliados, entre los cuales, aparte del propio don Pedro, figuraban Juan David Garc�a Bacca, Jos� Bergam�n, Juan Chab�s, Eugenio Imaz y Guillermo P�rez Enciso. Venidos de otras tierras y por diferentes motivos, los maestros Edoardo Crema y �ngel Rosenblat. Y junto con ellos, las voces igualmente magistrales de dos venezolanos, Felipe Massiani y Horacio Vanegas, y las de un grupo de distinguidos profesores chilenos. | ||
El profesor Grases, alto, fornido, saludable, con anteojos de miope, contaba treinta y ocho a�os y se distingu�a por su car�cter jovial y su trato llano, y por un permanente estado de buen humor y optimismo francamente contagioso. Su modo de ser, sus ense�anzas, su est�mulo a nuestras incipientes vocaciones literarias, sus conocimientos que hab�an comenzado por el arabismo, fueron causa de que vi�ramos en �l a un representantes del nuevo humanismo que hab�a acertado en la elecci�n del camino, y que pod�a vislumbrar, como buen baquiano de la cultura, que tal rumbo conduc�a hacia campos de estudio venezolanistas semi v�rgenes, o totalmente inexplorados. Entonces intuimos que iba a consagrar su vida a recorrerlo, sin prisa y sin pausa. Hoy sabemos que lo hizo y que a su paso dej� una labranza magn�fica hecha, con su pu�o y letra, que comprende la inusual cifra de m�s de diez mil p�ginas impresas, integrantes de sus Obras, que es como decir diez mil flores y frutos que enriquecen el gran reservorio de la cultura venezolana. Salvo las pocas ocasiones en las que permaneci� por alg�n tiempo en ciudades de los Estados Unidos desempe�ando actividades docentes, y con excepci�n de las entra�ables temporadas en Espa�a y de uno que otro viaje a pa�ses europeos (como cuando ejerci� a mediados de los setenta, la C�tedra �Sim�n Bol�var� en la Universidad de Cambridge), su existencia transcurri� en Caracas, en su �Villafranca del Panad�s�, en cuyo recinto pareciera que el tiempo no ha transcurrido, porque todo permanece igual como hace medio siglo. | ||
En este espacio sereno y familiar fue naciendo su obra cicl�pea. En �l tuvo su sede por a�os la Comisi�n Editora de las Obras Completas de Andr�s Bello, de la que don Pedro fue Secretario y animador principal junto con su ilustre Director, don Rafael Caldera. All�, tambi�n por a�os, se desarroll� una tertulia sabatina y tempranera, a la que concurrieron escritores, pol�ticos y acad�micos de primera l�nea. Por �l pasaron estudiantes, historiadores, escritores e investigadores en busca de orientaci�n, de referencias bibliogr�ficas y otras informaciones puntuales, que don Pedro reparti� siempre a manos llenas, con la alegr�a de quien se siente �til. Pocos hogares en Caracas superan al de don Pedro en haber sido una academia, un aula libre, un centro desde donde se brindaron saberes y consejos para todos aquellos que tuvimos la suerte de acercarnos y de abrevar directamente en el venero de su palabra, y en el est�mulo de su ejemplo de trabajador tenaz y entusiasta. Su sal�n de clase dom�stico lo comparti� con las aulas de Instituto Pedag�gico Nacional y con las de la Universidad Central de Venezuela. En ambas instituciones form� centenares de alumnos que hoy lo recordamos con afecto, admiraci�n y respeto, y que bendecimos la suerte de haber sido sus disc�pulos |
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Existe otro magisterio, indirecto, intemporal, pero no menos trascendente, que son sus Obras, colecci�n de estudios admirables clasificados en veinte vol�menes, al que recientemente se ha a�adido uno de epistolario, y al que pronto se sumar�n otros de la importante correspondencia entre don Pedro como Secretario de la Comisi�n Editora de las obras de Bello, y quienes desde diversos pa�ses colaboraron como ilustres prologuistas y asesores del formidable proyecto editorial mencionado. La trascripci�n, ordenaci�n, anotaci�n y publicaci�n de estas cartas hist�ricas, es tarea que actualmente realiza la nov�sima �Fundaci�n Pedro Grases�, presidida por el dinamismo excepcional y el talento de Mar�a Asunci�n Grases, hija �nica de nuestro maestro, que tiene tres descendientes varones: Pedro Juan, el primog�nito, m�dico pat�logo, residente en Barcelona de Espa�a desde algunos a�os; Jos�, el segundo, ingeniero y autoridad internacional reconocida en materia de sismos; y Manuel, el menor, ingeniero tambi�n. A los cuatro hermanos Grases Galofr� se suma una treintena de nietos y bisnietos, que prolongan en el tiempo el apellido ilustre de don Pedro. Al nombrar a esta querida familia, no puedo pasar por alto una menci�n a la esposa de don Pedro, do�a Asunci�n Galofr�, dama excelente desde todos los puntos de vista, compa�era inseparable de don Pedro desde hace setenta a�os. La Academia que represento saluda complacida a tan honorable grupo familiar, y agradece la hospitalidad que con tanta donosura y generosidad le ha brindado a la presente sesi�n fuera del claustro, segunda que celebra de la Academia Venezolana de la Lengua en su etapa de recuperaci�n y renovaci�n. |
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Aunque la obra de don Pedro es suficientemente conocida por los aqu� presentes, ya para concluir no est�n dem�s algunas consideraciones muy breves acerca del significado de la misma, en cuanto al mejor conocimiento de la cultura human�stica venezolana. Dos representantes cimeros de esta tradici�n le sirvieron como portales para su ingreso al universo cultural venezolano. En orden cronol�gico fueron don Cecilio Acosta con sus Obras compiladas por su hermano Pablo, editadas en 1905, a las que encontr� en un rinc�n de la vivienda que ocupara reci�n llegado a Caracas en 1937. Estas p�ginas venerables le dieron de inmediato la impresi�n de que se encontraba ante un gran pensador y un prosista excepcional, y se constituyeron en se�al inequ�voca de que la comarca intelectual, human�stica y literaria a la que pertenec�a el autor de Cosas sabidas y cosas por saberse, no pod�a ser sino un fil�n de talentos preciosos desconocidos para �l. Dos a�os m�s tarde, el volumen que contiene los estudios de Andr�s Bello sobre el Cid Campeador, con los que top� en 1939 en una en una venta callejera de libros en Santiago de Chile, le depar� la grata sorpresa de constatar que mucho antes que su maestro Men�ndez Pidal publicara sus estudios cidianos, ya Bello hab�a investigado en el Museo Brit�nico y hab�a escrito un largo estudio sobre algunos de los problemas hist�ricos y ling��sticos del Cid Campeador, primer monumento de la lengua castellana. Es imposible separar hoy el nombre de Pedro Grases del nombre de Andr�s Bello. Los numerosos y profundos estudios de don Pedro sobre nuestro primer humanista son esenciales cuando se desea conocer y evaluar alg�n aspecto de la vida y de la obra del gran pol�grafo y fervoroso servidor p�blico caraque�o, materias en las que nuestro homenajeado de hoy es autoridad m�xima en el mundo. S�lo sus estudios bellistas y su contribuci�n decisiva en la edici�n caraque�a de las Obras Completas de Andr�s Bello, ser�an motivos suficientes para este especial reconocimiento de la Academia Venezolana de la Lengua. Pero los desvelos consagrados por don Pedro a nuestra historia cultural son mucho m�s numerosos y fecundos. Bastar� recordar algunos a guisa de ejemplos. Su importante participaci�n en el ordenamiento y edici�n de algunos de los vol�menes que integran la serie, absurdamente inconclusa, de los Escritos del Libertador, en donde cont� con la excelente cooperaci�n de don Manuel P�rez Vila, a quien tambi�n mucho le adeudamos los venezolanos. As� mismo, la compilaci�n y edici�n de obras de ide�logos venezolanos dispersas en publicaciones peri�dicas o en impresos de muy dif�cil consulta, como son los vol�menes de Sim�n Rodr�guez, Juan Germ�n Roscio, Rafael Mar�a Baralt, Juan Vicente Gonz�lez, Tom�s Lander, Ferm�n Toro, Manuel Segundo S�nchez, entre otros. Y sus dos libros org�nicos propiamente dichos, La conspiraci�n de Gual y Espa�a y el ideario de la Independencia y su esclarecedor ensayo titulado El Resumen de la Historia de Venezuela de Bello. |
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A esta important�sima tarea de rescate se a�aden como labores estelares sus investigaciones sobre la historia de la imprenta en nuestro pa�s, y sus contribuciones fundamentales a la bibliograf�a venezolana, cuya expresi�n culminante est� en la ubicaci�n de un ejemplar del Calendario manual y Gu�a universal de forasteros en Venezuela para el a�o de 1810, primer libro impreso en nuestro pa�s, y dentro de �ste la identificaci�n del �Resumen de la historia de Venezuela�, como texto salido de la pluma juvenil de Bello. En cuanto al desarrollo de nuestras imprentas en el siglo XIX, para dar una idea de la labor tesonera de Grases en este campo, bastar� se�alar que es la materia con mayor n�mero de p�ginas entre los diez millardos que suman sus Obras. Culmina don Pedro sus estudios hemerogr�ficos en esta �rea, con el excelente ensayo sobre Valent�n Espinal, a quien considera el mejor impresor venezolano del siglo XIX. Grases es la mayor autoridad que sobre el siglo XIX tuvo venezolano alguno en el siglo XX. Sus Obras son un mosaico arm�nico de monograf�as relacionadas con el devenir cultural de nuestro pa�s. Su contribuci�n en este sentido ha sido tan amplia y tan fehaciente, que en alguna ocasi�n el insigne don Arturo Uslar Pietri sintetiz� su estimaci�n por la obra de don Pedro, advertida tambi�n por muchos otros, cuando sentenci� que no se puede abordar ning�n tema de la cultura venezolana en el siglo XIX sin encontrarse con la huella de Grases. Toda esta respetable y �nica labor tuvo por marco la Casa de don Pedro, esta Villafranca del Panad�s que lo mantuvo situado en la memoria de su tierra natal. La Academia Venezolana de la Lengua se complace en haber venido hasta este templo de la cultura y de la amistad, fuente de sabidur�a para todos los que necesitaron abrevar en ella. En nombre de esta Corporaci�n que se honra en contarlo entre sus Individuos de N�mero, hago entrega de esta placa que fija la fecha de este d�a y perenniza el sentimiento de su admiraci�n, de respeto y de su gratitud de todos nosotros. (Caracas, 30-06-2003) | ||
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Oscar Sambrano Urdaneta es Director de la Academia Venezolana de la Lengua, Correspondiente de la Real Espa�ola. | ||
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