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12 de febrero de 2003


Tribuna de opini�n

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SILVIA RAQUEL RIVAS
Sin decir palabra

Con la pr�ctica educativa actual las personas pueden perder la facultad del lenguaje, y no es banal prever las consecuencias de esa p�rdida.     

Al perder las palabras se pierde la condici�n humana
No s�lo la escuela, tambi�n los pol�ticos y otros
Faltan pol�ticas p�blicas para el lenguaje

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En �El inmortal�, de Jorge Luis Borges, el protagonista va en busca de la ciudad de los inmortales y del r�o que otorga esa inmortalidad y encuentra a los trogloditas. Como su nombre lo indica, viven en cavernas pero, adem�s, �carecen del comercio de la palabra�. Son �hombres de piel gris, de barba negligente, desnudos�, que pertenecen a la �estirpe bestial de los trogloditas�. De menguada estatura, no inspiran temor sino repulsi�n.

Al verlos, por su apariencia, el protagonista no se maravilla de que no hablen ni de que devoren serpientes. Cuando se aleja de la �b�rbara aldea�, ora en voz alta, pero menos para suplicar el favor divino que para intimidar a la tribu con palabras articuladas. La ciudad de los inmortales repugna, provoca �horror intelectual� m�s que miedo sensible porque es de una complejidad atroz, de una arquitectura que carece de fin: con corredores sin salida, ventanas irregulares, pelda�os de distinta extensi�n y altura, puertas que dan a un pozo, escaleras inversas.

No nos admiramos, al final, cuando sabemos que es la ciudad nefanda que concibieron y erigieron los trogloditas. Tampoco cuando nos enteramos de que crearon una rep�blica que ha logrado la perfecci�n de la tolerancia y del desd�n, donde todos los actos son justos, pero tambi�n son indiferentes, donde no hay m�ritos morales o intelectuales. Los trogloditas son invulnerables a la piedad, y desinteresados por su propio destino. Viven en perfecta quietud.

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Al perder las palabras se pierde la condici�n humana

En el mismo cuento, Borges reflexiona que �es absurdo imaginar que hombres que no llegaron a la palabra lleguen a la escritura�. Cuando el narrador se propone ense�arle a uno de ellos a reconocer y a repetir algunas palabras, fracasa y vuelve a fracasar: �Inm�vil, con los ojos inertes, no parec�a percibir los sonidos que yo procuraba inculcarle�. Ese hombre, que ha sido Homero, ahora es Argos, el perro de Ulises. Los trogloditas son los inmortales. La muerte, que tratamos de sortear, hace preciosos y pat�ticos a los hombres. Tal vez, el lenguaje tambi�n...

Cuando, en �La metamorfosis�, Gregorio Samsa se encontr� una ma�ana en su cama �transformado en un repugnante bicho�, sentimos eso, repugnancia, asco. Pero, cuando, m�s tarde, �Gregorio se horroriz� al o�r su voz, que sin lugar a dudas era la suya, pero en la cual se hab�a filtrado un doloroso pitido, imposible de reprimir, que permit�a entender con claridad s�lo el comienzo de las palabras para luego distorsionarlas�, la repugnancia deja lugar a la pena profunda que inunda al lector.

Oscuramente comprendemos que aqu� empieza la verdadera metamorfosis, que al perder la capacidad de hablar, cuando sus palabras dejan de ser inteligibles, est� perdiendo su condici�n humana. M�s aun, cuando nadie le habla, cuando nadie se dirige a �l con palabras, sabemos que ya los otros no lo consideran humano, que se ha roto definitivamente el lazo que lo un�a a la humanidad. Cuando muere, por fin, esa metamorfosis concluye.

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No s�lo la escuela, tambi�n los pol�ticos y otros

Siempre que la comunidad comprueba que sus j�venes no manejan con fluidez la lengua materna responsabiliza a la escuela. La responsabiliza en los dos sentidos de este t�rmino. En el sentido de obligaci�n de reparar, de deuda, de cargo u obligaci�n pero tambi�n en el sentido de culpa. En el sentido de poner atenci�n, y en el sentido de obligaci�n moral resultante de un posible yerro. La escuela asume esa responsabilidad, introduce cambios, debate el tema, pero no logra resultados. 

En primer lugar, la sociedad advierte primero de forma difusa esas carencias, y cuando empieza a hablar de ellas ya el mal se ha extendido. Pero los j�venes nos sensibilizan y son los �nicos a quienes podemos someter a pruebas que vuelven palmarias las dificultades para elaborar y comprender discursos de cierta complejidad, para expresarse o para entender lo que leen u oyen. De all� que se habla de sus problemas y, como van a la escuela, la responsable es esta �ltima.

En los �ltimos diez a�os las estad�sticas y las miradas cr�ticas se dirigen tambi�n hacia la universidad, y se centran en las habilidades ling��sticas de los que ingresan. Claro que siempre la preocupaci�n est� ligada al sistema educativo. A nadie se le ocurri�, hasta ahora, poner a prueba la idoneidad ling��stica de los pol�ticos, de los periodistas, de los legisladores, de los jueces, o de los mismos profesores, que son, sin duda, quienes m�s hablan y difunden ampliamente usos y carencias que rechazamos. Pero, en estos casos �a qui�nes responsabilizar? �Ad�nde dirigir nuestras miradas en procura de soluciones?

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Faltan pol�ticas p�blicas para el lenguaje

Cuando el joven llega a la escuela �sta se aboca a la ardua tarea de ense�arle a leer y a escribir. Todos suponemos que el ni�o que llega a la escuela habla. Por eso la pr�ctica de la lengua hablada es motivo de escaso inter�s por parte de los dise�adores del curr�culo escolar. La comprensi�n de la lengua hablada tampoco es tema que preocupe, ni en la escuela ni en ning�n otro lado. En las aulas se habla todo el tiempo, sobre todo el docente habla, habla sobre todo de aquello que quiere ense�ar. Pero, si los resultados no son los que se esperaba el joven tiene una baja calificaci�n en geograf�a, o en historia, o en qu�mica, no en comprensi�n oral o lectora, que es lo que tal vez le falta.

Fuera de la escuela, en los comportamientos sociales, la comprensi�n de la lengua es algo reservado a la intimidad, y con cierta habilidad se pueden mantener ocultas sus dificultades. Sobre todo cuando los interlocutores tienen un mismo nivel de uso de la lengua. Entre bueyes no hay cornadas.

El lenguaje hablado se da por hecho en nuestra sociedad, est� �naturalizado�. No hay pol�ticas p�blicas que atiendan a la cuesti�n y la escuela, librada a sus propias posibilidades, es muy poco lo que puede hacer. La situaci�n es percibida como altamente negativa, pero eso no basta. Los hombres pueden perder la facultad del lenguaje, y no es banal prever las consecuencias de esa p�rdida.

El problema est� tan extendido en nuestra comunidad que no podemos evitar figurarnos qu� suceder� si el mal avanza y los hombres o nuestros hombres van usando menos la lengua. Dos escritores, Borges y Kafka, ya imaginaron algo as�.


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Silvia Raquel Rivas es profesora argentina de castellano y literatura 

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