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22 de enero de 2003 |
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Tribuna
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ALEXIS M�RQUEZ RODR�GUEZ
Grases, la deuda impagable con un autor y bibli�filo
A la memoria de Jos� Santos Urriola
Amor a primera vista
Docencia e investigaci�n
El hallazgo de Andr�s Bello
El libro en tres dimensiones
Una deuda impagable
El privilegio de tenerlo en casa
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Con motivo de la
publicaci�n de Temas para el estudio de Iberoam�rica, por la Fundaci�n
que lleva el nombre del investigador venezolano Pedro Grases, nacido en Espa�a
(1909), pol�grafo y apasionado estudioso de Andr�s Bello, el autor recorre su
vida, del principio al fin.
En setiembre de 1947,
cuando llegamos al viejo Instituto Pedag�gico Nacional un grupo de muchachos a
estudiar la carrera de profesor, nos dio la bienvenida, el primer d�a de
clases, un animoso docente que era adem�s Jefe del Departamento de Castellano
y Literatura. Con un inconfundible acento hispano-catal�n y una admirable
facilidad expresiva, nos areng� con palabras enfiladas al elogio de la
vocaci�n profesoral y a exaltar el optimismo y la confianza que deb�amos tener
en el futuro del pa�s. Era Pedro Grases e iba a ser nuestro profesor de
Gram�tica Castellana. All� tambi�n nos hizo una breve semblanza de quienes,
junto con �l, ser�an nuestros profesores: �ngel Rosenblat, Juan David Garc�a
Bacca, Guillermo P�rez Enciso, Edoardo Crema, Felipe Massiani, J. M. Siso
Mart�nez, Olinto Camacho, J. M. Alfaro Zamora.
Todo estudiante sabe cu�nto es de beneficioso, para quien se inicia en un
curso cualquiera de estudios, esa sesi�n de bienvenida, que muchas veces no
pasa de ser un ejercicio m�s de ret�rica barata, pero que otras, como la que
ahora evoco, tiene la magia de despertar en uno el entusiasmo y de inducir la
confianza, que de primer momento podr�an yacer como apagados, por la
incertidumbre que todo comienzo pone naturalmente en los seres humanos. |
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Amor
a primera vista
Recuerdo bien aquella tarde, entre otras razones porque aquel
profesor ten�a la virtud de contagiar a los dem�s su vivacidad, su optimismo,
su aliento vital, que mostraban una personalidad bien cimentada, robusta y
vigorosa. Fue amor a primera vista. Desde el primer d�a Grases se posicion� en
nuestros esp�ritus con su enjundia y su empaque de aut�ntico maestro. Ten�a
entonces 38 a�os y una fuerte y �gil contextura atl�tica, como de futbolista,
rasgos que contribu�an a rodearlo de un aura de simpat�a igualmente
contagiosa.
Nacido el 17 de setiembre de 1909 en Vilafranca del Pened�s, un peque�o pueblo
de Catalu�a cercano a Barcelona (Espa�a), Pedro Grases llega a Venezuela el 8
de agosto de 1937, despu�s de una pasant�a de once meses en Francia. Ven�a
huyendo de la guerra civil, iniciada un a�o antes contra la Rep�blica
espa�ola. Nunca olvidar� aquel pueblecito de su nacimiento, al que siempre
evocar� con nostalgia. A�os m�s tarde, cuando logre hacerse de una vivienda
propia, una peque�a casa en la Urbanizaci�n La Castellana, que entonces
comenzaba a desarrollarse, la llamar� quinta �Vilafranca�.
Con �l ven�an su mujer, do�a Asunci�n Galofr�, su insigne
compa�era por casi setenta a�os, y sus dos hijos mayores, Pedro y Jos�, �ste
nacido en Francia. Otros dos, Mar�a Asunci�n y Manuel, nacer�n en Caracas.
Tra�a ya una buena formaci�n universitaria. En Barcelona hab�a estudiado
Filosof�a y Letras y Derecho, y en las dos se hab�a doctorado en Madrid, en
1932. Poco despu�s se estrena como profesor de lengua �rabe en la Facultad de
Filosof�a y Letras de la Universidad de Barcelona. |
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Docencia
e investigaci�n
Si algo ten�a
claro el joven Grases al llegar a Venezuela, era su prop�sito de dedicarse a
la docencia y a la investigaci�n hist�rica y cultural. Sab�a que Venezuela,
como todos los j�venes pa�ses hispanoamericanos, era una cantera rica en
materiales que muy poco se hab�an estudiado. Y decide colaborar en ese campo
con el pa�s que estaba escogiendo como su nueva patria.
No obstante, su primer trabajo en Venezuela fue algo bastante lejos de sus
aspiraciones: �flamante vendedor�, como dice �l mismo, de la Casa Blohm. Pero
d�as despu�s tiene la suerte de conocer al entonces ministro de educaci�n
nacional, Dr. Rafael Ernesto L�pez, quien dispuso su ingreso como profesor en
el Liceo Ferm�n Toro y en la Escuela Normal Superior, y posteriormente en el
Liceo Andr�s Bello y en el reci�n creado Instituto Pedag�gico Nacional.
Al mismo tiempo se hizo asiduo de la Biblioteca Nacional. All� iba
desarrollando sus planes de investigador, y ampliando sus contactos con
personas clave para su trabajo. Su primer objetivo fue la vida y la obra del
Libertador, por el que sent�a una inmensa admiraci�n, tema sobre el cual nos
ha dado valiosos escritos, sumamente esclarecedores, no s�lo de importantes
aspectos de la figura de Sim�n Bol�var, sino, en general, acerca del per�odo
de la Independencia. Asimismo sobre Sim�n Rodr�guez, a cuyo conocimiento y
valoraci�n ha hecho igualmente valiosos aportes, de una importancia que se
mide, sobre todo, porque para ese entonces el genial maestro del Libertador
era muy poco conocido.
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El hallazgo de Andr�s Bello
Pero el gran tema que en esos comienzos se abri�, casi de una
manera deslumbrante, a los ojos de Grases fue la enorme figura de Andr�s
Bello. En aquel momento tambi�n Bello era, en Venezuela, casi un desconocido,
en parte por su lejana residencia en Chile, donde el ilustre venezolano hab�a
realizado una obra human�stica descomunal, y no obstante que, hasta bien
entrado el siglo XIX, don Andr�s mantuvo contacto epistolar con su madre y su
hermano, residentes en Caracas, y con algunos otros corresponsales. Incluso en
Caracas se public�, en 1850, apenas a tres a�os de su aparici�n en Chile, la
primera edici�n venezolana de la Gram�tica de Bello, am�n de algunas
otras de sus obras. Pero ese conocimiento que de Bello se ten�a en el siglo
XIX se hab�a ido apagando.
El descubrimiento de Andr�s Bello por Grases ocurri� en circunstancias muy
peculiares. En 1939 Grases realiza un viaje por toda Suram�rica. En Santiago
de Chile, seg�n cuenta Oscar Sambrano Urdaneta �sin duda el disc�pulo por
excelencia de don Pedro�, quien a su vez lo supo por boca del mismo Grases,
�ste se acerca un d�a a una librer�a callejera, donde se exhib�an las Obras
completas de un tal Andr�s Bello, de quien el joven catal�n apenas si
hab�a o�do hablar. Quiso el azar que tomase un tomo de aquellos, en el que
estaba el trabajo de Bello sobre el Poema del Cid, un tema por el que
Grases se hab�a apasionado hac�a tiempo. Le bast� con ojear aquel ensayo para
comprender que el autor era una figura singular de las letras continentales. Y
al darse cuenta, adem�s, de lo desconocido que era en su pa�s decidi�
contribuir a llenar ese vac�o imperdonable en el conocimiento de los
venezolanos.
Aquel hallazgo de Bello fue providencial. Lo fue para Venezuela y el resto del
Continente, porque las indagaciones de Grases sobre el gran humanista, �de
hecho es �l quien lo llama �el primer humanista de Am�rica��, y las
muchas publicaciones que sobre el tema entonces inicia, van a permitir que
Bello empiece a ser conocido y valorado, no s�lo en Venezuela, sino tambi�n en
todos nuestros pa�ses, donde, como ya dije, era poco menos que un desconocido,
con la sola excepci�n de Chile. Fue providencial asimismo para el propio
Grases, pues Bello se convierte en el gran tema de sus investigaciones, lo que
hace que �l tambi�n, paralelamente, vaya siendo conocido en todas partes como
el autorizado bellista que lleg� a ser. |
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En 1948, bajo el gobierno
de R�mulo Gallegos, se decide nombrar la Comisi�n Editora de las Obras
completas de Andr�s Bello, bajo la presidencia, m�s honoraria que
efectiva, del Dr. Rafael Caldera, y con Grases como secretario. Empieza
entonces a edificar lo que ser� el gran monumento de su obra intelectual. De
Bello se hab�a hecho, como ya vimos, una edici�n de Obras completas en
Chile, que distaban mucho de ser �completas�.
Para Grases desde el primer momento estuvo claro lo que hab�a
que hacer, y con su habitual entusiasmo y su infatigable fortaleza se dio a la
tarea. Fue un trabajo ejemplar. Se rescataron materiales en bibliotecas y
archivos de diversas partes del mundo, se cotejaron las varias ediciones de
sus escritos con los originales, se corrigieron erratas, se dilucidaron y
rectificaron confusiones y, en suma, se realiz� un trabajo bibliogr�fico
verdaderamente paradigm�tico, para el cual Grases logr� la colaboraci�n de
personas de diferentes pa�ses. Para la labor sistem�tica y cotidiana reclut�
tres estudiantes del Instituto Pedag�gico: Oscar Sambrano Urdaneta, el m�s
cercano seguidor del magisterio de Grases; Jos� Santos Urriola, tempranamente
fallecido, y Rafael Di Prisco. |
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El libro en tres dimensiones
La obra de Grases es sumamente amplia y comprende una
tem�tica muy variada. Ello permite calificarlo con un vocablo que hoy se usa
poco, pero que sintetiza una obra de esa envergadura: pol�grafo. Grases
es, en esencia, como lo fue el propio Bello, un pol�grafo, tipo de
personaje que se dio con frecuencia en el siglo XIX hispanoamericano, pero del
que hoy quedan pocos espec�menes.
Lo caracter�stico de un hombre como Grases es su vinculaci�n con el libro, que
en �l es tridimensional. Primero como lector, que Grases lo ha sido, con
voracidad, desde muy joven. Segundo, como autor de sus propios libros. Y en
tercer lugar en tanto que bibli�filo, apasionado de siempre por el libro como
objeto coleccionable, como obra de arte, como fuente de conocimientos, como
producto de un trabajo fascinante. Da gusto verlo con un libro en la mano. Lo
contempla, lo manosea y sabe de �l todo lo que puede saberse: qui�n fue su
autor; su contenido; d�nde y cu�ndo fue impreso, aunque el dato no aparezca en
ninguna parte; de qu� papel est� hecho; qu� tipograf�a y qu� tipo de tinta
utilizaron; en qu� clase de imprenta lo imprimieron; a qu� estilo corresponden
su diagramaci�n y su car�tula, en fin... Ning�n libro �incunable, antiguo o
moderno� tiene secretos que �l no descubra. |
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Una deuda
impagable
La deuda de
Venezuela con Pedro Grases es enorme. La edici�n de las Obras completas
de Andr�s Bello no es sino una muestra, si bien muy importante, de la
extraordinaria labor de investigaci�n, an�lisis y divulgaci�n de este hombre
en el campo de la historia de la cultura. Todos los estudiosos de nuestro
pasado est�n contestes en que, cualquiera que sea el �rea de nuestra cultura
en el que uno se proponga ahondar, la consulta a las obras de Grases es
imprescindible, so pena de tener una visi�n incompleta de lo que se quiera
estudiar.
Las Obras completas de Grases comprenden veinte gruesos vol�menes, uno
solo de lo cuales, el 15, contiene en 563 p�ginas el �ndice acumulativo de los
catorce anteriores. Ello da una idea de lo vast�simo de esa obra.
Recientemente entr� en circulaci�n un nuevo tomo, el n�mero 21, que comprende
una muestra muy peque�a, aunque es un volumen de 463 p�ginas, del epistolario
de don Pedro, y re�ne cartas entrecruzadas con veintinueve de sus centenares
de interlocutores de todo el mundo.
Grases ha sido uno de los m�s grandes cultivadores del g�nero
epistolar en lengua castellana, y se calculan en 40.000 las cartas salidas de
su pu�o y letra, frase �sta que en su caso muchas veces es literal, pues son
numerosas las cartas por �l escritas a mano, con una letra menudita y
nerviosa. Este volumen es una edici�n de la Fundaci�n Pedro Grases, con
el patrocinio financiero de la Universidad Metropolitana y del Banco de
Venezuela, Grupo Santander. |
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El privilegio de tenerlo en casa
La formidable obra
de Pedro Grases no est� s�lo en sus escritos. Su copiosa obra impresa tiene
el sustento de una investigaci�n cuidadosa y circunstanciada, como pocas veces
se ha visto en nuestro pa�s. Pero la investigaci�n, a su vez, en �l es
consustancial con la docencia. En general, su capacidad de trabajo es
asombrosa, y sabe como nadie administrar el tiempo para arrancarle el m�ximo
rendimiento.
Los liceos Ferm�n Toro y Andr�s Bello, el Colegio Am�rica, el Instituto
Pedag�gico Nacional, la Universidad Central de Venezuela, la Universidad
Cat�lica Andr�s Bello, la Universidad Metropolitana, han sido los escenarios
donde esa labor docente se ha desarrollado. Y es justo apuntar que Venezuela
goz� de un verdadero privilegio al tener en su seno su largo y fruct�fero
magisterio, sobre todo si se tiene en cuenta un episodio de su vida poco
conocido, que pone de resalto lo enorme de esa deuda que tenemos con �l. En
1946 Grases se hallaba en Washington, en disfrute de una beca de la
Fundaci�n Rockefeller para realizar investigaciones sobre Andr�s Bello en
la biblioteca del Congreso, cuando fue invitado por la Universidad de Harvard
como Visiting Professor de Espa�ol. Aunque la tentadora propuesta lo
alejaba de su investigaci�n bellista, la acept� y se fue a Boston,
especialmente presionado para que aceptara por los eminentes profesores Lewis
Hanke, quien hab�a apadrinado su beca, Amado Alonso y Federico de On�s.
Cumplido su primer contrato, se le ofreci� un segundo, que igualmente acept�.
Al cabo del cual se le propuso permanecer definitivamente en Harvard como
profesor titular, oferta que entonces s� rechaz�, para asombro de quienes la
hac�an, que no comprend�an c�mo pod�a rehusarse a quedar como docente en una
de las m�s prestigiosas universidades del mundo, para regresar a un pa�s como
Venezuela. Pero as� fue. Grases prefiri� volver a Caracas y reincorporarse a
la docencia en el Instituto Pedag�gico y en la reci�n creada Facultad de
Filosof�a y Letras (despu�s rebautizada de Humanidades y Educaci�n), de la
Universidad Central, al paso que reanudaba tambi�n sus investigaciones sobre
Bello y, en general, sobre la historia de las ideas en Venezuela.
En lo personal, mi deuda con don Pedro Grases es abrumadora. Cuando llegu� al
viejo Instituto Pedag�gico yo era un muchacho de diecis�is a�os, que ven�a de
uno de aquellos antiguos colegios federales, entonces m�s venerable que
eficiente, el primero fundado en el pa�s, en 1826, a ra�z misma de la
independencia. Pero tra�a ya un vivo inter�s por el lenguaje, inculcado por mi
padre, un herrero de los de antes, que escrib�a versos, y por mi maestro de
segundo grado, Daniel Monsalve Mujica, quienes despertaron en m� una
incipiente pasi�n por el idioma y por la literatura. Sobre esa base a�n
precaria, Grases se empe�� en introducirme en los vericuetos de la gram�tica y
del an�lisis gramatical, cosa que cada d�a le he agradecido, y le seguir�
agradeciendo infinitamente, hasta el fin de mis d�as. |
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Alexis M�rquez Rodr�guez
es miembro de
la Academia Venezolana de la Lengua .
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