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20 de noviembre de 2002 | |
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| Tribuna de opini�n | ||
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DULCE MAR�A LOYNAZ | ||
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Sr.
Director de la
Academia Cubana de la Lengua. | ||
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No s� si entre el culto auditorio aqu� reunido se encuentra alguien que haya presenciado alguna vez el nacimiento de un r�o. No es un espect�culo com�n y en m�s de una ocasi�n se esconde tanto que por mucho tiempo, a�os, siglos, este alumbramiento del agua permanece en la sombra, constituye un misterio geogr�fico. Porque la Geograf�a tiene sus misterios como los tiene la Historia. Digo esto ante el hecho de que disponi�ndose todos los pueblos de habla hispana a celebrar en el presente a�o el milenario de nuestro hermoso idioma, son muchas las personas que se me han acercado -atribuy�ndome posiblemente m�s ciencia de la que poseo- para preguntar c�mo hemos podido establecer tan remota fecha. No hoy ya, que este acto s�lo corresponde a la conmemoraci�n cervantina que es funci�n de la Academia celebrar todos los a�os, pero en otra ocasi�n que ella dedique expresamente a festejar el acontecimiento como se propone, esa pregunta muchas veces hecha, ser� casi contestada. Y explico el casi, porque si dif�cil nos fue escudri�ar en fen�menos que ten�amos, puede decirse, en tiempo presente, como en el caso de ciertos r�os, m�s debe serlo remontar la corriente de los siglos para descubrir la g�nesis del lenguaje. | ||
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No obstante, eso se ha hecho. O por lo menos, se acepta ya que fue el a�o 978 aquel en que aparecieron unas primeras p�ginas escritas en espa�ol. Un espa�ol rudimentario, un espa�ol de nebulosa, de fruta verde todav�a donde la almendra a medio descascarar, ya se adivina jugosa y dulce. Y as� como tantas veces el r�o al nacer s�lo parece una madeja de hilos de agua, y luego el agua va creciendo, nutri�ndose de nuevas aguas, las que se precipitan en las lluvias, las que descienden de las nevadas cumbres o la embocan en su trayecto los afluentes, hasta convertirse en caudalosa masa l�quida, as� repito, nuestro caudalosa idioma pas� por maravilla de la naturaleza, s�lo que la pas� a trav�s del hombre. Y de un monasterio oscuro, perdido en las soledades de la cant�brica cordillera, sali� el idioma un d�a hace mil a�os, para convertirse en el torrente luminoso que volc� Espa�a en nuestro hemisferio. Gran don fue el suyo, y s�lo suyo, aunque despu�s nosotros nos hayamos apresurado en acrecentar la hermosura que se nos confiara. Ahora el idioma es obra de todos: los grandes escritores, oradores, poetas lo afinaron y extrajeron sus m�s rec�nditas esencias, se sirvieron con singular maestr�a del habla popular y hasta le adjudicaron jerarqu�as que debemos respetar, al menos mientras no se invente nada mejor. Todo esto lo hicieron los maestros del idioma pero el idioma ya estaba all�. Estaba all� y lo seguir� estando mientras la misma masa an�nima que le dio la vida no termine tambi�n por darle muerte. Porque llegado un punto en el tiempo o en el espacio, el hombre, obediente a no s� qu� fuerza ciega, tiende a destruir lo que ha creado. Cuidemos el idioma: es nuestro m�s leg�timo patrimonio y perteneciendo a todos ya, todos estamos en el deber y en el derecho de defenderlo. | ||
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En el d�a de hoy tendremos la oportunidad de escuchar a uno de sus m�s celosos guardadores, a un pulcro administrador de ese caudal, el profesor Don Adolfo Tortol�. Este acucioso investigador, con la modestia y la paciencia que suelen caracterizar al sabio, ha dedicado gran parte de su existencia a seguir el curso de este hilo de agua primigenia que partiendo de recatada celda m�nima se ech� a correr por altibajos y torrenteras, se ech� a crecer en aluvi�n y todav�a est� creciendo. Ahora es un r�o sagrado: tan solo por vanas modas o vanos alardes de rebeld�a, no enturbiemos sus linfas con el vocablo torpe o la expresi�n soez. Son tambi�n parte del lenguaje, ya lo sabemos, pero todo tiene su lugar y su hora y la proliferaci�n de tales estridencias en los escritores modernos ya se va haciendo fatigosa, porque es adem�s artificial y rebuscada. Yo no pretendo atar el verbo a un solo estilo, a un solo canon, como tampoco lo deseo atado a una sola verdad o un solo espejismo. Pero hay varias formas de ataduras y estamos incurriendo en una m�s, si no se tiene en cuenta otra manera de escribir que no sea sacando de los muelles y los burdeles, palabras hasta ahora relegadas all�. Los que con material tan poco recomendable nos trufan libros enteros, parecen ignorar que el idioma como los r�os, se traza su propio cauce, busca por s� solo su natural equilibrio. Ni sujeto ni desbordado, lo queremos ver. | ||
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Dulce Mar�a Loynaz, una de las m�s destacadas poetas hispanoamericanas, naci� en La Habana, Cuba, en 1902 y falleci� en 1997. Miembro de la Academia Cubana de la Lengua, entre otras distinciones obtuvo el Premio Cervantes en 1992. | ||
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