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20 de marzo de 2002


Tribuna de opini�n

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JOS� ANTONIO PASCUAL RODR�GUEZ
La historia como pretexto

Sin Lapesa el espa�ol ser�a distinto
Una comprensi�n nada com�n
Un h�roe de la inteligencia
El triunfo de nuestros deseos
De re uniuersitaria
De algunos miedos
Del mundo
Amor y conocimiento, una misma pasi�n
Cartas de nobleza y ejercicios de ingenio
Palabras
Los juegos

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A la memoria se la representa en el Renacimiento como una mujer de dos caras, una de las cuales mira al pasado, mientras la otra vuelve sus ojos hacia el presente:

Dans l'iconologie de la Renaissance, on repr�sentait la m�moire comme une femme � deux visages, tourn� l'un vers le pass�, l'autre vers le pr�sent; tenant dans une main un livre (o� elle peut puiser ses informations), dans l'autre une plume (probablement, pour pouvoir �crire de nouveaux livres) (T. Todorov 2000: 216-217).

Tzvetan Todorov nos previene con este ejemplo del conflicto que se produce entre la fidelidad que tenemos los seres humanos a la historia y la comprensi�n con la que solemos justificar nuestro presente. �C�mo evitar en estos casos caminar por las c�modas roderas de los mitos, cuando los signos de la realidad no resultan f�cilmente descifrables? En teor�a, es posible dar por medio de ellos con el sentido de la realidad, seg�n explica Alejo Venegas:

Dio Dios al hombre el rostro alto, para que mirasse hacia el cielo y considerasse el movimiento de las estrellas [�]. Esto es lo que dixo David, que Dios extiende el libro de pargamino (A. Venegas 1546: f.� 34 v.�).

Y lo recuerda un escritor de nuestro tiempo, Pascal Quignard:

Les stellae sont les premi�res litterae. Aussi les constellations sid�rantes sont-elles les premiers mots (P. Quignard, Vie secr�te: 177).

La naturaleza est� ah�, abierta a nuestras capacidades interpretativas, aunque no estemos dotados de la sagacidad de Basilio, el rey calderoniano, para descorrer los velos que dificultan la comprensi�n del libro del universo:

Esos c�rculos de nieve,
esos doseles de vidrio,
que el sol ilumina a rayos,
que parte la luna a giros;
esos orbes de diamantes,
esos globos cristalinos,
que las estrellas adornan
y que campean los signos,
son el estudio mayor
de mis a�os; son los libros
donde, en papel de diamante,
en cuadernos de zafiros,
escribe con l�neas de oro,
en caracteres distintos,
el cielo nuestros sucesos,
ya adversos o ya benignos.
�stos leo tan veloz
que con mi esp�ritu sigo
sus r�pidos movimientos
por rumbos y por caminos

(P. Calder�n de la Barca, La vida es sue�o, vv. 624-644).

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Sin Lapesa el espa�ol ser�a distinto

M�s cercanos y f�ciles de interpretar resultan otros signos: las palabras. Mientras los caminos de las estrellas conducen al universo, donde se esconde el destino de los hombres, estas �ltimas permiten reconstruir las peque�as historias culturales del pasado de la vida y de la naturaleza humana. Pero para lograrlo se requiere no s�lo una gran erudici�n, sino conocer y saber aplicar con rigor una serie de reglas evolutivas. Y, algo que me parece m�s importante a�n, tener la prudencia de dejar de lado, para cuando vengan tiempos mejores, la etimolog�a de unos cuantos vocablos cuya interpretaci�n se nos resiste; actitud nada f�cil cuando todos sabemos hacernos las preguntas sobre el pasado de las palabras, pero s�lo los especialistas nos resignamos a no encontrar respuesta a todas.

El hecho es que hoy sabemos mucho del pasado del l�xico espa�ol, mucho m�s de cuanto nos resulta desconocido. No es esto producto de la casualidad, sino el resultado de un denodado esfuerzo que realizaron a lo largo del siglo XX tantas personas, don Rafael Lapesa entre ellas. Por ello tengo por un gran honor sucederle en esta instituci�n donde dej� una parte de su vida, de su inteligencia, de su imaginaci�n y de sus afectos. Los resultados a que lleg� en la investigaci�n me permiten aplicarle las palabras con que Juan Marichal quiso situar el pensamiento y la acci�n de don Jos� Ortega y Gasset:

Uno de los conceptos m�s universalmente valiosos del pensamiento de mi maestro, Am�rico Castro, en sus a�os de exilio, fue el de lo historiable. Observ� Am�rico Castro (frente al af�n nivelador y estad�stico de muchos historiadores contempor�neos, sobre todo norteamericanos) que no todo lo sucedido en el pret�rito de un pa�s es merecedor de ser recordado, merecedor de ser considerado historiable. Mas �qu� es lo historiable? Aquello que todav�a subsiste en la vida de un pueblo como constante incitaci�n a adelantar en el proceso secular de humanizaci�n de la vida humana. Y sin duda la acci�n intelectual de Ortega (y la de su generaci�n entera) es un episodio historiable de las tres d�cadas 1906-1936 (J. Marichal 2001: 419).

La vida cient�fica y la acci�n intelectual del profesor Lapesa re�nen esta cualidad de lo historiable, porque sin la existencia de su obra las condiciones del estudio hist�rico del espa�ol no ser�an las mismas, tanto por la cantidad y variedad de trabajos que dej� como por el refinamiento metodol�gico con que los llev� a cabo.

Uno pasa por sus libros ��tantas veces hay que recorrerlos!� con esa sensaci�n de sosiego que produce no encontrar en ellos concesi�n alguna al apresuramiento. El cuidado con los datos, la solidez de los argumentos y el rigor con que se encadenan las ideas dotan de coherencia a una obra en la que su autor llega a deducir de las propias contradicciones nuevas posibilidades de interpretaci�n de los hechos; lo que s�lo se puede lograr con la originalidad que distingue a los esp�ritus generosos. Los resultados de su trabajo no le llevaron al sabio fil�logo a faltar a la prudencia deslumbr�ndose con las hip�tesis m�s arriesgadas; y ello tiene como consecuencia que los dem�s fil�logos, ante cualquier duda, acudamos a sus publicaciones para confirmar en ellas la hip�tesis m�s segura, bien se trate del voseo, del seseo, del art�culo, de la distribuci�n de los dialectos hisp�nicos, del espa�ol en Am�rica, de la caracterizaci�n de los fueros medievales o de la lengua de un escritor renacentista.

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La amplitud de sus intereses le impeli� a cultivar todos los dominios de la Filolog�a, empezando por el estudio etimol�gico e hist�rico del l�xico, continuando por el de la Literatura, siguiendo por el de la Historia de la Lengua �la literaria de un modo particular� y de la Dialectolog�a, y terminando por el de la Morfolog�a y de la Sintaxis. Y lo hizo sometiendo su trabajo al control permanente del m�todo, en una disciplina hist�rica y comparativa que obliga a combinar una gran cantidad de saberes con una masa ingente de datos. Pudo lograrlo porque no dej� de velar a diario las armas de su disciplina, para resolver por medio de ellas esos enigmas que se emboscan detr�s de cada graf�a, de cada palabra, de cada construcci�n o de cada texto. Y supo cultivar todos los detalles con primor, pero desentendi�ndose de tantas minucias innecesarias a las que cedemos a menudo los fil�logos, atrapados por un estrecho positivismo demasiado confiado en sus propias posibilidades interpretativas.

Lo sorprendente es que don Rafael Lapesa tuviera la misma exigencia en las obras de juventud que en las de madurez; se comprende por ello que sus disc�pulos decidieran publicar su tesis doctoral, le�da en junio de 1931 (R. Lapesa 1998a, completada con R. Lapesa 1976), donde, al estudiar la documentaci�n medieval leonesa, hab�a enfocado los hechos gr�fico-fon�ticos del asturiano occidental dentro de la lucha de normas que se da entre los dialectos hisp�nicos a lo largo de la Edad Media; a la vez que sigui� un proceder que caracteriza su obra entera (muchos de ellos en Lapesa 1985): contar con la historia externa para explicar los procesos del cambio.

Una comprensi�n nada com�n

De sus aportaciones sobre la historia del l�xico me conformar� con se�alar c�mo la detecci�n de los cultismos sem�nticos en Fray Luis de Le�n (R. Lapesa 1972a) y aun en Garcilaso (R. Lapesa 1972b), antes inadvertidos, son una pista de la �penetraci�n interior de bien asimilados recuerdos cl�sicos� (R. Lapesa 1972a: 45), con lo que descubre una importante v�a interpretativa, desde una perspectiva meramente l�xica para esa lengua del Siglo de Oro en que los escritores vanguardistas �escriben en lengua vulgar, no en una tradici�n vulgar� (A. Blecua 1981: 99; F. Rico 1981: 246); por no poderme adentrar ahora por los cauces que ha abierto para la comprensi�n del influjo que ha tenido la ideolog�a en el l�xico de nuestra lengua en tiempos modernos (R. Lapesa 1996). Les consta a ustedes la esforzada manera como el eminente fil�logo afront� sus deberes acad�micos, aportando sus conocimientos filol�gicos y ling��sticos, y participando decididamente en todos los trabajos lexicogr�ficos de la Academia: no s�lo como director e impulsor del diccionario hist�rico (R. Lapesa 1992:107), sino tambi�n como redactor de art�culos de esa magna obra y trabajador infatigable en las tareas del diccionario usual.

Sus estudios literarios, que es la parte de su obra que me resulta m�s distante, me muestran al profesor Lapesa como un lector con una comprensi�n nada com�n de los textos, unida a una gran sensibilidad para entenderlos y establecer relaciones entre ellos, gracias a su inteligencia, a la asimilaci�n que hizo de tantas lecturas y a sus profundos conocimientos filol�gicos. Su art�culo sobre �Poes�a de cancionero y poes�a italianizante� (R. Lapesa 1967: 145-171), que fue decisivo para encauzar alguno de mis trabajos, me parece todav�a hoy esencial para entender las corrientes po�ticas del siglo XVI: con una aparente sencillez da una lecci�n magistral sobre la cualidad de ser �brazos de un mismo r�o� que tienen esas dos formas po�ticas del Siglo de Oro; situaci�n que no se contradice con las claras divergencias que se perciben en aquella poes�a. Su recorrido por la fortuna del mote �Yo sin vos, sin m�, sin Dios�, glosado desde los tiempos de Enrique IV y recreado por Lope de Vega en El castigo sin venganza, es un ejemplo revelador de c�mo el digno disc�pulo de Men�ndez Pidal fue capaz de aplicar a la erudici�n esa fusi�n de inteligencia y sensibilidad que caracteriza su labor cr�tica. El conocimiento que tiene de la poes�a de Villasandino o de la de Santillana, de la evoluci�n de la poes�a garcilasiana, de la lengua de Santa Teresa, de Fray Luis o de Cervantes le permite embarcarse en una aventura apasionada para la mejor comprensi�n de nuestra literatura, dando con no pocas claves interpretativas de ella.

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No intentar� examinar sus aportaciones referidas al campo de la Historia de la Lengua: ning�n fil�logo puede acercarse al pasado del espa�ol sin utilizar su Historia de la lengua espa�ola (R. Lapesa 1980; para la evoluci�n de esta obra, vid. R. Lapesa 1988), concebida, en principio, como una obra de divulgaci�n, pero ampliada d�a a d�a, a lo largo de muchos a�os, sin perder esa cort�s claridad que tuvo el libro desde sus comienzos. Abord� en ella, de una manera que podr�amos llamar cl�sica, temas tan debatidos como el sustrato, la romanizaci�n o la lucha de normas en la Edad Media, por no citar uno a uno todos sus cap�tulos. En este manual y en otros trabajos suyos hay p�ginas decisivas sobre el sistema fonol�gico de finales de la Edad Media, el seseo, el ye�smo, etc. Incluso las que han dado lugar a discusi�n, como las referentes a la ap�cope, han servido de acicate para abordar �a favor o en contra de sus argumentos� un cap�tulo fundamental de la fon�tica hist�rica del espa�ol: su estructura sil�bica. Se distingu�a en este tipo de investigaci�n por la solidez del marco filol�gico elegido, el de la escuela de don Ram�n Men�ndez Pidal, sin que le faltara una condici�n que no suele ser com�n en el hispanismo, la de romanista capacitado, por ejemplo, para entender la importancia del occitano en nuestra Edad Media: a este respecto, su Asturiano y provenzal en el Fuero de Avil�s, que no por casualidad lo dedica �Al venerado maestro D. Ram�n Men�ndez Pidal� (publicado en Salamanca en 1948 y recogido en R. Lapesa 1985: 53-122) es una de las m�s innovadoras investigaciones realizadas en este terreno, igual que su interpretaci�n del Auto de los Reyes Magos, atendiendo a sus rimas �gasconas� (R. Lapesa 1967: 37-47 y 1985: 138-156), sirve de prueba de que la roman�stica no tiene por qu� reducirse a la reconstrucci�n por medio del comparativismo.

Un h�roe de la inteligencia

En sus clases universitarias anticipaba los resultados de sus investigaciones sobre la sintaxis hist�rica del espa�ol y sobre algunos aspectos de la morfolog�a, a las que hoy podemos acceder c�modamente gracias a la recopilaci�n que de ellas han hecho sus disc�pulos (R. Lapesa 2000: 896-927). No resulta as� dif�cil comprobar con qu� cuidado supo el sabio profesor completar este aspecto fundamental del estudio hist�rico del espa�ol que hab�a dejado abierto su maestro Men�ndez Pidal.

D�maso Alonso le reserv� el honroso t�tulo de �h�roe de la inteligencia�. Y fue, en efecto, un h�roe para sus alumnos, leal colaborador con sus maestros y amigo de sus amigos. Para con todos ellos mantuvo a lo largo de su vida una fidelidad ejemplar: empezando por don Ram�n Men�ndez Pidal, de cuya obra fue la suya la mejor continuaci�n, pues no s�lo supo recorrer los senderos por los que se hab�a adentrado el fundador de la Filolog�a Hisp�nica, sino que abri� a su vez muchos caminos que el maestro no hab�a tenido tiempo o inter�s en transitar. En momentos nada f�ciles, la sacrificada lealtad que tuvo con don Tom�s Navarro, don Am�rico Castro o don Amado Alonso (vid. una admirable prueba de su sentido de la amistad en R. Lapesa 1998b) sirvi� no s�lo para que la barbarie no se atreviera a desmembrar del todo la Escuela Espa�ola de Filolog�a, sino tambi�n para contribuir a mantener en ella la calidad, el refinamiento y la pasi�n por la manera de trabajar que hab�a impuesto su fundador, desde sus mismos comienzos.

Por desgracia, tuve pocas veces el privilegio de hablar demoradamente con don Rafael Lapesa, con excepci�n de un largo e inolvidable di�logo que mantuvimos en Sevilla, en el a�o 1980, y unas pocas ocasiones en las que compartimos, junto a varios fil�logos m�s, mesa y conversaci�n. Mis recuerdos del maestro Lapesa son, por ello, fundamentalmente librescos, de modo que el magisterio que ha ejercido sobre m� ha sido fundamentalmente a trav�s de sus libros; pero sus ense�anzas no se quedaron en una presentaci�n rigurosa de los hechos o de las teor�as, pues me contagi�, a trav�s de la palabra escrita, su apasionada forma de vivir para las disciplinas filol�gicas. Me cupo el honor de contribuir a la difusi�n de su pensamiento publicando �responsabilidad que compart� con don Jos� Polo, don Gregorio Salvador y don Ram�n Santiago� una importante recopilaci�n de sus trabajos (R. Lapesa 1985).

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Resulta de todo punto imposible �como se colegir� de cuanto acabo de decir� pretender estar a la altura del profesor Lapesa en la Academia que me recibe entre sus miembros; pero su ejemplo ha de servirme para cumplir las responsabilidades que asumo hoy en este acto. Ciertamente, Se�ores Acad�micos, al agradecerles la generosidad que han demostrado admiti�ndome en esta instituci�n, s�lo encuentro argumentos para la modestia. Han premiado ustedes el azar que supone haber estudiado en la Universidad de Salamanca, en un momento en que pude encontrar all� maestros inolvidables, a los que debo mi formaci�n, como don Fernando L�zaro, don Luis Michelena y don Jos� Luis Pensado; magisterio que se complet�, lejos ya de Salamanca, con el de don Juan Corominas. Han seguido ustedes honr�ndome por las lecciones de decoro y sabidur�a que recib� de profesores como don Manuel Garc�a Blanco, don Antonio Tovar, don Mart�n Ruip�rez, don Manuel D�az y D�az, don Miguel Artola, don Luis Cort�s y don Manuel Moya. Y terminan distingui�ndome por algo que tampoco me atrevo a atribuir a mis m�ritos: el apoyo de tantos colegas y la comprensi�n de tant�simos alumnos.

Que mis deudas con muchas personas sean tan grandes �y no he reconocido sino una peque�a parte de ellas� no significa que no acepte enteramente, y con profunda gratitud, la responsabilidad que me corresponde en la Academia, en un momento apasionante, iniciado hace unos cuantos a�os, en que, sin dejar de lado la tradici�n, se perciben claros los aires de la modernidad. S� que mis deseos m�s firmes no pueden ya compensar la fuerza de la juventud, ni siquiera con el elixir que destila la voluntad; pero ustedes han contribuido decisivamente a reforzar el placer que nunca he perdido en la b�squeda del conocimiento, as� como la pasi�n de trabajar por mi lengua, por nuestras lenguas. Por todo ello, sencillamente, gracias.

1. El triunfo de nuestros deseos

Con estos afectos que se cruzan en mi coraz�n y en mi mente, he de so�ar por unos momentos con lejan�as del pasado, con la intenci�n de mostrar c�mo solemos los seres humanos explicarnos a nosotros mismos y cuanto nos rodea, recurriendo a la etimolog�a; aunque para llegar a ella confiemos en que la intuici�n puede seleccionar, de entre todos los sentidos de una palabra, esa parte esencial del significado que explica la raz�n profunda del contenido. Sin embargo, a menudo esa intuici�n nos lleva a forzar la realidad bajo la coacci�n de nuestros deseos, cuando creyendo saciar nuestra curiosidad pretendemos, de hecho, justificar las propias ideas de c�mo deben ser las cosas. La misma voz deseo puede servirnos de ejemplo de nuestra disposici�n para adaptar el contenido de una palabra a lo que nos conviene, con el pretexto de extraerlo de una etimolog�a. Lo mismo da que sea �sta falsa, como la que inventa Pascal Quignard para relacionar el deseo con el caos: �Le d�sir c�est le d�sastre� (Vie secr�te, 173), o que, siendo correcta, pensemos que es posible reducirla al significado que tiene desidia: �Desidia procede de desideria, vocablo latino que significa �deseos�. Es pues la pereza del que se abandona a los deseos� (J. A. Marina, Abc cultural, 2.1.98, p. 63).

1.1. De re uniuersitaria

Con el acicate de nuestros deseos, que ni desembocan en un desastre ni nos inducen a la desidia, solemos dirigirnos los universitarios a la etimolog�a para encontrar en ella la justificaci�n de que la uniuersitas ha de responder a su vocaci�n de universalismo. No ser� yo quien trate de quitar un �pice de raz�n a quienes consideran imprescindible que la universidad abra sus puertas al universo mundo y a la cohesi�n y universalidad del conocimiento, pero s� me guardar� mucho de darle la raz�n en esta interpretaci�n hist�rica del vocablo, cuando uniuersitas era en la Edad Media algo que corresponder�a a los actuales sindicatos, corporaciones o hermandades:

En la Edad Media se llam� Estudio (Studium) lo que hoy denominamos universidad, mientras que la palabra universidad (uniuersitas) era sin�nimo de �corporaci�n�, que pod�a ser de cualquier naturaleza, universitaria o no. De ah� que dicha palabra suele ir acompa�ada de un genitivo que determina la naturaleza de tal corporaci�n. As�, la uniuersitas magistrorum era la corporaci�n de los maestros, y de la misma forma hab�a universidades de los innumerables gremios laborales del medievo (A. Garc�a y Garc�a 1989: 17).

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Aunque bueno es acumular al sentido originario de las palabras los cambios que les ha ido dando la historia, tal y como hace Adela Cortina:

Naci� la universidad �recordemos� en los siglos XII y XIII, en ciudades como Salerno, Bolonia, Par�s o Salamanca, con el objetivo de formar profesionales (m�dicos, abogados, te�logos) capaces de atender a las necesidades de la �poca. El nombre universitas se refer�a a la totalidad, a la corporaci�n de maestros y estudiantes que defend�an sus privilegios con vistas a cultivarse en su profesi�n y recibir la facultas para ejercerla, previniendo as� intrusismos y garantizando calidad. �Qu� permanece de aquella �poca para lo que aqu� nos importa? Seg�n Durkheim, un valor positivo, la idea de universalidad, al que podr�amos a�adir otros dos: la formaci�n de profesionales atentos a las necesidades de la �poca y la b�squeda de la verdad.

Esta �ltima sigui� siendo la gran meta de aquella universidad liberal que naci� a comienzos del siglo XIX en Berl�n, bajo el impulso de Humboldt. Por uniuersitas se vino a entender entonces el conjunto de los distintos saberes, entre los que existe una this site innegable. Para acceder a ella era preciso forjarse un car�cter universitario, es decir, entrenarse en la b�squeda de la verdad, adquiriendo h�bitos de investigaci�n, transmitir el saber a las generaciones m�s j�venes y aprender el arte de la discusi�n abierta y cr�tica en la comunidad de quienes aspiran a la verdad (A. Cortina, El pa�s, 18.12.2001).

Claro que en defensa de nuestros deseos est� el hecho de que, a menudo, ni el origen de una voz es aqu�l al que nos inducen las apariencias ni, frente a lo que se suele pensar, en ese acto creativo se contiene lo fundamental del significado de una palabra. En el caso de universidad, por encima de su sentido pr�stino de 'corporaci�n', ha terminado adquiriendo un halo connotativo que la relaciona con la universalidad de los saberes. Como en los seres humanos, las palabras no contienen escrito su destino, pues �ste se va creando a lo largo de toda su historia.

Lo mismo ha ocurrido con el parto tard�o de t�rminos como humanismo o humanista (F. Rico 1993: 38). En este �ltimo, acu�ado sobre la base de jurista, se cruzan diferentes sentidos, designando en principio a quienes se ocupaban de las letras humanas, por contraste con las divinas (D. Yndur�in 1994: 59); en ello puede verse un eco de la humanitas ciceroniana, que supone �tanto un comportamiento correcto en las relaciones sociales como un cierto tipo de formaci�n intelectual�, correspondiente a la del �orator, pues la cualidad espec�fica del hombre es la palabra� (id.: 60). Y, sin embargo, humanismo se emplea preferentemente en la actualidad, como la actitud de quien se preocupa por los seres humanos y por sus asuntos.

Igual que a lo largo del tiempo van contamin�ndose los sentidos de las palabras por los roces de la historia, �stas se cruzan entre s�, dando lugar a eso que para un etim�logo resulta un mal inevitable: la contaminaci�n entre sus sentidos que puede dar lugar a cambios importantes en las familias de palabras. �Qui�n puede darse cuenta de que heredar y herencia no tienen una misma base etimol�gica, salvo un etim�logo? Y, sin embargo, se han ensamblado de tal manera los significados de la una y la otra que han terminado convirti�ndose en voces emparentadas.

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1.2. De algunos miedos

Con los deseos ocurre como con las inhibiciones. Un columnista de un peri�dico, buen degustador del pasado de nuestras palabras, en una hora de desaliento nos atribuy� a los espa�oles, por v�a etimol�gica, una culpa que ni fuimos los primeros en contraer ni la realizamos de una manera m�s brutal que otros pueblos mucho m�s interesados que nosotros en librar de tinieblas el coraz�n de los dem�s:

Cuando dejamos de importar esclavos, entramos all� a colonizar -pobre Col�n, qu� palabra dej� al mundo�.

No es mi intenci�n criticar a nadie por un mero despiste, justificable adem�s por el razonable apresuramiento con que se ha de escribir a diario en la prensa, y que se explica adem�s por la facilidad con que podemos deslizarnos hasta ese doloroso espacio en que nos colocamos a veces los espa�oles, para arrepentirnos en p�blico por perversiones que no son exclusivas nuestras. Esto �ltimo es lo que me preocupa; da igual que la queja program�tica se base en Col�n o se encauce por esa nueva versi�n del idealismo vossleriano que supone aplicar la peligrosa met�fora del ADN a nuestra lengua �todas las met�foras son peligrosas cuando se emplean en los llamados asuntos �identitarios��, pues cualquiera puede llegar a tomar como una realidad la existencia de genes perversos de los pueblos, entre ellos �se que justifica nuestra imposibilidad de industrializarnos:

Por debajo de muchas palabras hay ideas muy profundas que, como el ADN, no dan la cara, pero lo determinan todo. Un ejemplo: �C�mo iba a ser Espa�a un pa�s industrial si una palabra como �maquinar� significa en nuestra lengua nada menos que tramar aut�nticas felon�as? Eso es gen�tica ling��stica.

Nada hay ah� de gen�tica, sino de pura y simple historia, que por otro lado no nos ata�e en exclusividad, pues el verbo machinor contaba en el propio lat�n no s�lo con la acepci�n de �combinar, imaginar algo ingenioso�, sino tambi�n de �urdir, preparar un complot�. Y es razonable que as� fuera, cuando las m�quinas, los ingenios y los aparatos se utilizaron en el pasado ��y qu� decir del presente!� como artefactos para la poliorc�tica, o arte �t�rmino al que har�amos mal en buscarle una explicaci�n recurriendo a esta gen�tica particular para uso de ling�istas� de atacar y defender las plazas fuertes. No se requiere contar con un gen ling��stico para explicar que en los documentos medievales catalanes quienes pactan algo hayan de actuar �sen mal engien� (P. Russell-Gebbett 1965: 71), es decir, sin servirse del ingenio con malos fines; ni con otro gen para que �escoler� significara en gallego, si hacemos caso al Padre Sarmiento, �al que creen ser nubero y nigrom�ntico, o que es muy feo� (J. L. Pensado 1973: 268).

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Toda cautela es poca para abordar la interpretaci�n hist�rica del l�xico de una lengua, por una raz�n que los poetas entienden mejor que nadie: la p�rdida de la memoria, responsable, en �ltima instancia, de los cambios de significado:

Le langage est �tourdi �oublieux�. Les significations succesives d�un mot s�ignorent. Elles d�rivent par des associations sans m�moire et la troisi�me ignore la premi�re (P. Val�ry, �Tel quel�: 621).

Voy a fijarme s�lo en unas cuantas huellas del pasado, para mostrar de qu� forma se interponen las prevenciones y conveniencias entre nosotros y la realidad cuando pretendemos interpretarla. Lo hago con la perplejidad adem�s del t�cnico que suele acceder al pasado de la misma forma como Walter Benjamin (1971: 316, apud M. de Certeau 1975: 330, n. 34) se acerc� a la obra de Proust, sabiendo que �le souvenir est l�emballage, et l�oubli, le contenu�, una forma m�s desenga�ada a�n de ver las cosas de como las ve�a aquel gran desenga�ado que fue Mateo Alem�n, para quien �lo uno vemos, lo otro se nos olvida� (M. Alem�n, Guzm�n: 355). De hecho, organizamos nuestros enga�osos recuerdos con el apoyo de los olvidos y el refuerzo de las invenciones, pues creemos que basta con la intuici�n para llegar, sorteando las apariencias, a la verdad desnuda de las cosas.

1.3. Del mundo

As�, a lo largo de la historia, distintos escritores se han referido al origen de la voz mundus, sin resignarse, como nos resignamos los ling�istas, a optar prudentemente por un non licet. Isidoro explic� esta voz fij�ndose en un rasgo suyo que le conduce hasta motus �movimiento�, sustantivo al que nada le une:

Mundus est is qui constat ex caelo, et terra et mare cunctisque sideribus. Qui ideo mundus est apellatus, quia semper in motu est; nulla enim requies eius elementis concessa est (Isidoro de Sevilla, Etimolog�as, I: 456). [1]

Al santo etim�logo le interesaba el movimiento del universo, como clave de su interpretaci�n. A otros, en cambio, les parec�a significativa la posible relaci�n con el adjetivo mundus �limpio�, �exquisito�; se entiende as� que S� de Miranda se fijara en el limpio r�o Mondego y que Luis Vives se atreviera a relacionar esta palabra con el adjetivo latino hom�nimo:

Non inmerito vocatur opus hoc mundus, et a Graecis cosmos, quasi ornatus, et elegans (L. Vives 1780: 148). [2]

Se trata de una idea que ven�a ya de los cl�sicos, seg�n mostr� Herrera:

Pit�goras, seg�n Plutarco [...], fue el primero que a toda la complexi�n de todas las cosas universales llam� mundo por aquella elegante digesti�n de cosas que se ve en �l; porque los griegos lo nombraron cosmos por el ornato, y los latinos mundo por su limpieza (A. Gallego Morell 1972: 449).

Tampoco parece disentir de ellos Graci�n, quien al comienzo de la crisi VI de El Critic�n, dedicada al �estado del siglo�, explica:

Quien oye decir mundo concibe un compuesto de todo lo criado, muy concertado y perfecto, y con raz�n, pues toma el nombre de su misma belleza: que quiere decir lindo y limpio (B. Graci�n, El Critic�n: 562 a).

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Pero al finalizar esta crisi VI da la vuelta a la interpretaci�n para mostrar una forma antifr�stica de etimolog�a �a contrariis� que se remonta a los estoicos (E. R. Curtius 1955, I: 72; H. Arens 1976, I: 31), a la que hab�a conducido la propia historia de la humanidad:

��Que a �ste llamen mundo! �ponderaba Andrenio�. Hasta el nombre miente, calz�selo al rev�s: ll�mese inmundo y de todas maneras disparatado.

�Alg�n d�a �replic� Quir�n� bien le conven�a su nombre, en verdad que era definici�n cuando Dios quer�a y lo dej� tan concertado (B. Graci�n, El Critic�n:574 a).

Es el mismo vuelco a la realidad que dio Cervantes en el Persiles, al justificar tambi�n por ant�frasis el nombre de Rosamunda, sirvi�ndose de las palabras del maldiciente Clodio:

��Oh Rosamunda o, por mejor decir, Rosa inmunda, porque munda, ni lo fuiste, ni lo eres, ni lo ser�s en tu vida, si vivieses m�s a�os que los mismos tiempos! Y as� no me maravillo de que te parezca mal la honestidad ni el buen recato a que est�n obligadas las honradas doncellas. Sabed, se�ores �mirando a todos los circunstantes, prosigui�, que esta mujer que aqu� veis, atada como loca y libre como atrevida, es aquella famosa Rosamunda, dama que ha sido concubina y amiga del rey de Inglaterra, de cuyas imp�dicas costumbres hay largas historias� (M. de Cervantes, Persiles: 215).

Y es que el autor del Persiles no ten�a m�s remedio que definir por los contrarios el nombre de una mujer que es la representaci�n de la lascivia y que ha de terminar muriendo avergonzada.

Graci�n no tiene inconveniente en contradecirse dentro de la propia contradicci�n, al deslizarse por el campo de la agudeza, para orientar la explicaci�n de mundo por otros derroteros, pues necesitaba aceptar la comparaci�n que el Tasso hab�a hecho entre Cosme de Florencia y el mundo:

Que eso significa el nombre de Cosme:

Cuesta � vita di Cosmo, an�i del mondo,
Per che un mondo fu Cosmo, etc.

(B. Graci�n, Agudeza, II: 43).

En nuestra �poca, Jorge Guill�n riz� el rizo de la etimolog�a que acerca el mundo al cosmos, igual�ndolos en un �mundo terso�, que lleva hasta la �mente monda�, en un choque con la realidad que es para el poeta el acto de conocimiento (J. Guill�n, �Rama de oto�o�, v. 4: 306).

1.4. Amor y conocimiento, una misma pasi�n

Claro est� que los jirones de la realidad pueden quedar prendidos en las palabras. Si hubo una persona que por primera vez tuvo la ocurrencia de decir �tengo la impresi�n de que�, lo hac�a porque participaba de la idea de que cualquier acto de conocimiento deja su huella impresa, como deja, por su parte, las suyas el amor, tras saltar la aduana de los ojos y llegar al alma o a sus potencias:

Desde la mi eterna edad
en mi alma se emprimi�,
y con el tiempo cres�i�
el amor.

(Cancioneiro de �vora, � 47).

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En el alma, en la memoria o en la mente, que vienen a ser casi lo mismo, queda impresa una realidad que abarca tanto los actos de amor como los del conocimiento:

... enprentaste
en sus mentes dichos tantos.
P. Marcuello, El rimado de la conquista: 326).
... enprentada
en la mente tra�ys cruz
(id.: 346).

Y esta impresi�n imborrable que deja, por ejemplo, la cara de la dama en el alma del poeta, puede compararse a la escritura, como se compara en el garcilasiano �escrito �sta en mi alma vuestro gesto� del soneto V, procedente, seg�n Bienvenido Morros, de Bembo (G. de la Vega, Obra: 17; cf. R. Lapesa 1968: 67) o en Francisco de S� e Meneses, que adapta as� el verso garcilasiano: �escrita bibir�s en mi memoria� (Cancioneiro de �vora, � 70, cf. pp. 126-128). Mientras que el Comendador Escriv� considera estas huellas im�genes esculpidas:

En aquel punto que os vi,
imagen en m� esculpida,
con mis ojos impremida
dentro en mi alma os met�

(Cancionero general, � 142: f.� 186 v.�).

Al igual que en La vita nuova de Dante o en las poes�as de Petrarca, encontramos en Jorge Manrique la clave de c�mo pueden penetrar las flechas del amor por las ventanas del conocimiento: venciendo a la voluntad y tomando por c�mplices a los sentidos �los ojos de una manera particular�. De ah� la irremediable situaci�n del poeta, que permanece indefenso ante las asechanzas del amor :

Estando triste, seguro,
mi voluntad reposava
cuando escalaron el muro
do mi libertad estava;
a escala vista subieron
vuestra beldad y mesura
y tan de rezio hirieron
que vencieron mi cordura.
Luego todos mis sentidos
huyeron a lo m�s fuerte,
mas ivan ya mal heridos,
con sendas llagas de muerte;
y mi libertad qued�
en vuestro poder cativa,
mas gran plazer ove yo
desque supe que era biva.
Mis ojos fueron traidores:
ellos fueron consintientes,
ellos fueron causadores
que entrassen aquestas gentes.
[...]

Despu�s que ovieron entrado
aquestos escaladores,
abrieron el mi costado
y entraron vuestros amores,
y mi firmeza tomaron,
y mi coraz�n prendieron,
y mis sentidos robaron,
y a m� solo no quisieron

      (J. Manrique, Poes�a, � 6: 64 y 65, vv. 1-20: 25-32).

Es �se el proceso del amor y, seg�n he dicho antes, del conocimiento (cf., sin embargo, las precisiones de V. G. de la Concha 1978: 68-69, a prop�sito de la m�stica). Nuestro l�xico permite comprobar as� de qu� forma permanece latente la idea de que el mundo exterior se impone a esa mente monda ya citada de Jorge Guill�n, poeta para el que conocer supone una invasi�n de la realidad que deja sobre el sujeto su huella impresa. Si comparamos estas impresiones con la posibilidad de captar aquello que se nos dice, es decir, de asir desde nuestra mente la realidad (para comprender y concepto en Ortega y Gasset, vid. L. Gabriel-Stheeman 2000: 42, 45, 51), veremos, en efecto, que la lengua proporciona peque�as pistas de la manera de ver y entender las cosas de quienes se han servido de ella antes de nosotros. Es la sencilla aspiraci�n del quehacer etimol�gico.

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2. Cartas de nobleza y ejercicios de ingenio

Los seres humanos somos capaces de desprendernos del pasado invent�ndolo a nuestro gusto y convirti�ndolo en mito; se entiende as� bien que en la Primera cr�nica general de Alfonso X (6) o en las Sumas de historia troyana de Leomarte (339) o en El victorial de Gutierre D�ez de Games (160 y ss.; cf. xxxiii, xxxiv), se decidieran sus autores a seguir una tradici�n que hac�a venir Britania de Bruto; o que se haya puesto un toro en el escudo de la villa de Toro, aun cuando ese nombre nada tenga que ver con los toros, sino con los Campi Gothorum; o que, no habiendo existido leones por aqu�, tengamos en el escudo de mi comunidad castellano-leonesa rampando un le�n, en lugar de contemplar descansando en �l a toda una legi�n romana, a la que Le�n debe su nombre. De todas formas, qu� se nos da de que las cosas no sean as�, cuando ni resulta f�cil acceder al pasado de las lenguas ni se ve que lograrlo pueda reportar beneficio alguno, tal y como explica don Juan Valera, en un art�culo de 1905:

[No] se considere como agravio que hago a la gram�tica hist�rica el que yo la tenga [...] por poco �til. Por su inutilidad la venero y por su novedad me atrae, me seduce y me encanta (J. Valera, Obras, II: 1176).

M�xime cuando el fanatismo ha incitado a otros a justificar toda clase de barbaridades con el recurso al pasado. Por eso hay gente que comparte la idea de un detective privado alem�n, protagonista de una novela de la serie negra:

No me interesa mucho el pasado y, si quieren saberlo, es la obsesi�n de este pa�s por la historia lo que, en parte, nos ha metido donde estamos ahora (Ph. Kerr 2001: 77).

Palabras que parecer�n razonables a quienes hubieron de soportar la miseria intelectual de una serie de orates fascinados por determinados mitos que les abocaban a dirigir su mente a una memoria clarividente ancestral. Por desgracia, la barbarie se cuela tambi�n, imperceptiblemente, por algunos resquicios de las construcciones cient�ficas, incluso despu�s de que los ilustrados creyeran poder arrinconar las creencias en el almac�n de las f�bulas; pues estas �ltimas han llegado despu�s a ocupar a menudo el lugar del razonamiento. Hace unos a�os O. Szemer�nyi encontr� que en ugar�tico existe la forma 'ary- con el significado de �pariente, miembro de la propia familia, compa�ero�, relacionado a su vez con la forma egipcia 'iry �compa�ero� (F. Villar 1996: 16). De donde resulta, si no es un espejismo esta relaci�n, que el t�rmino ario, utilizado en su momento como bandera con que justificar el exterminio de la raza jud�a, se trata precisamente de un pr�stamo de procedencia semita en las lenguas indoeuropeas.

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2.1. Palabras

Claro est� que son muchas m�s las situaciones en que uno se inventa el pasado con otros fines m�s confesables, como dotar de cartas de hidalgu�a a la propia ciudad. Empezar� por la que me resulta m�s cercana en mis afectos, por Salamanca, cuya etimolog�a nos la presenta as� uno de sus historiadores:

Fue fundada, conforme a lo que dize Justino, por Teucro, capit�n griego, hijo de Telam�n, rey de la isla Salamina en el mar Eubeo, que despu�s de la p�rdida de Troya, no siendo admitido del padre de la isla, navegando mares, tom� puerto en Espa�a en el mar de Galicia y meti�ndose tierra adentro, en memoria de su patria Salamina, fund� esta ciudad, d�ndola nombre de Salamanca. La gente que tra�a consigo (dizen algunos) que eran salaminos y �ticos, y que de estas dos naciones tom� el apellido y se llamasse Salam�tica, enga��ndose los que atribuyen la fundaci�n desta ciudad a H�rcules, como no acertaron los que le dieron nombre de Selium y S�ntica (G. Gonz�lez D�vila 1606: 5).

Sin pretenderlo, Troya result� ser una excelente cantera de fundadores de ciudades: de ah� sali� este Teucro que, tras erigir Pontevedra, vino a Salamanca jugando a ser Eneas; por Troya hab�a estado de paso el rey Rotas de Nubia, antes de fundar Toledo (E. de Villena, Glosas a la Eneyda, II: 140); y de all� procede incluso un triunfador como Ulises, si hemos de hacer caso a Lucas de Tuy, que le atribuy� la fundaci�n de Lisboa:

Hac etate Vlysses nauigio in Hispaniam uenit et ciuitatem Vlisbonam condidit, (Lucas de Tuy: Chronicon, Lib. I, cap. 42; p. 13 de la edici�n de Mariana).[3]

El Tudense era capaz de todo, incluso de hacer hispano a Arist�teles (F. Rico 1967). Alfonso X se mostr� m�s comedido, al resignarse a contar con un nieto y una biznieta del Odiseo para la empresa de la creaci�n de Lisboa (Primera cr�nica, I: 9). Pero aunque no todos fueron tan prudentes como �l, al menos se preguntaron si esto que �dizen las estorias� ocurrir�a �ante que fuese a Troya o despu�s� (Leomarte, Sumas: 281). Graci�n parece menos cauto en lo referente a esta historia, al dar por hecha la acci�n del capit�n griego, pero precisamente porque le ven�a bien para elogiar a nuestros buenos vecinos portugueses: �jam�s se hall� portugu�s necio, en prueba de que fue su fundador el sagaz Ulises� (El Critic�n: 611 b).

Pero continuemos hacia el norte, para llegar a otra ciudad en la que me siento como en casa, Zamora, que nos permite comprobar que por los cauces de la imaginaci�n cabe cualquier disparate, por grande que sea. Jim�nez de Rada lo hab�a explicado con los pies puestos �demasiado puestos� en tierra:

Cum rex ipse locum ascenderet ad uidendum, satelles quidem, qui inter ceteros regem cum spiculo precedebat, uacam nigram dicitur inuenisse, quam uolens rusticani aplausus uocabulo delinire, feertur dixise: �ce mora�; uacas enim eius coloris Hispani armentarii moras uocant; unde et rex Zemoram nomen indidit ciuitati (Roderici Ximenii de Rada: Historia de rebus: 139). [4]

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Tan �est�pida f�bula� indign� a Juan Gil de Zamora, quien prefiri� atenerse �a la verdad hist�rica que hab�an expuesto los historiadores romanos�, aunque para ello tuviera que andarse por las ramas de una m�s rancia alcurnia:

Zara, hija del mismo Pompeyo, al advertir [en la lucha contra Numancia, que era el nombre antiguo de Zamora] la valent�a de tan escasos ciudadanos [...], obtuvo la autorizaci�n de Pompeyo para dialogar con los habitantes de la ciudad asediada [...]. En cuanto Zara, la hija de Pompeyo, entr� en la ciudad y habl� a los ciudadanos, persuadi�ndolos con sus razonamientos, �stos volvieron a hacer las paces [...]. La ciudad numantina se llamar�a Zamora: esto es, de Zara y Roma, cambiando las letras de Roma en testimonio evidentemente de que la propia Zara, hija de Pompeyo, hab�a reducido a los numantinos a la paz con su padre y en se�al de que el c�nsul romano hab�a obtenido alguna victoria sobre los numantinos. As� pues, de Zara y Roma, que cambiando las letras se dice mora, por la hija de Pompeyo, Numancia fue llamada Zamora (J. Gil de Zamora, De preconiis: 149-150).

Algo m�s al norte encontramos a don Pedro de Junco superando a todos en imaginaci�n, para dotar a Astorga de unos antecedentes ilustres:

Asty (o astv, por la version de y en v que sienpre hizieron los latinos) es palabra griega; significa lo mismo que urbs vel ciuitas, ciudad en nuestro Castellano [...]. Asty, o astv, llamaron a Athenas por antonomasia, como urbs a Roma, y ass� comen�aron Astyr, y los astyros, el nombre de su fundacion con esta palabra: Astv, llamandola �ciudad� [...]. Y de las fundaciones griegas, aun suenan en Espa�a algunas con esta palabra: Asta, Asty, Astv.

Sea la primera nuestra Astorga en vulgar, y en lat�n Asturica [...]. Ya la tenemos Astv, que es averla dado titulo de ciudad, y virtualmente incluye el nombre de Astyr, y los Astyros fundadores.

Pues como los griegos fueron tan inclinados a las supersticiones, ritos y ceremonias de sus dioses, y las celebravan en su tierra en tiempos y d�as se�alados, y en muchas de sus ciudades, en particular las fiestas de el dios Baco, juntaron al nombre de ciudad, que es Astv, la palabra orgia, que significa en griego �ritos, ceremonias sacras�; y compuesto un nonbre de entrambas palabras, llamaron su fundacion Astorgia, que fue dezir, �ciudad para celebraci�n y culto de los Dioses� [...].

Y no es peque�o indicio dezir Estrab�n (y refierelo Morales) que las bodas de gente asturiana se celebravan al uso de los griegos...

(P. de Junco 1635: 25-27).

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Tenemos as� que en el territorio leon�s, donde existe una capa ling��stica c�ltica previa a la base latina, el sanctus amor patriae ha llevado a nuestros antepasados a tomar por un hecho normal que los griegos fueran los fundadores de nuestras ciudades. Aunque, cuando ha sido necesario, se ha sustituido a H�rcules por Geri�n o se ha buscado el prestigio del hebreo o el vasco, seg�n lo demuestra para esta �ltima lengua Mateo Luj�n de Sayavedra, recurriendo a las palabras de un lacayo vizca�no �apasionado por su tierra y su hidalgu�a� y �amigo de leer historias�, pues:

... Aunque obscura [...] el mayor blas�n e indicio de su nobleza, porque es una de las setenta que en la confusi�n de la torre de Babilonia por voluntad divina se inspir�; y es tan compendiosa, sentenciosa, significante, que casi en cada vocablo declara un grande concepto, lo que s�lo se halla en la hebrea, cimbria y esclav�nica; y v�ese que es la misma lengua sin que se haya mudado ni corrompido ni en un vocablo, porque los mismos con que se significaban cosas permanecentes, como son r�os, montes, ciudades y pueblos, duran agora desde antes de las guerras y monarqu�as de los romanos y cartaginenses, como se vee por historias graves (M. Luj�n de Sayavedra, Segunda parte, II, cap. 8: 178).

Con el pasado vale todo, incluso caer en el absurdo, como hemos visto que le ocurri� a un arzobispo toledano, que ocupado en defender los derechos de su sede, se hab�a despreocupado de buscarle a Zamora un origen m�s decoroso que el que supon�a recurrir a una vaca morucha que pasaba por all�. Tampoco Francisco Delicado deb�a tener ning�n inter�s en ennoblecer L�pari, pues la justificaci�n que le encontr� casi parece un chiste:

Porque antiguamente aquella �nsula fue poblada de personas que no hab�a sus pares, d�adonde se dijeron li pari �los pares�; y dicen en italiano: li pari loro non si trovano, que quiere decir �no se hallan sus pares�. Y era que, cuando un hombre hac�a un insigne delito, no le daban la muerte, mas condenabanlo a la �nsula de L�pari (F. Delicado, La Lozana: 250).

En cambio, para una ciudad que no pudo �ni puede� resultar ajena a casi nadie, bien se justifica una etimolog�a de campanillas, como la que le dio Fray Luis Escobar a la que:

...se llama Par�s la real.
Y nombre sin par tambi�n le meresce
por muchos doctores que de ella salieron
y por el primado que en sciencia le dieron
por la theolog�a que en ella floresce.
Y un ydolo av�a al qual adoravan
con mil cerimonias y formas y ritos
do est� el monesterio de monjes benitos,
que era una diosa: Ys la llamavan.
Ass� que a Par�s dos sillabas davan:
par es la primera, la segunda ys,
dando a entender que a par es Par�s
de la diosa Ys que tanto estimavan.

(Fr. L. de Escobar, Las quatrocientas: f.�s 161v.�-162r.�).

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Llegados aqu�, merece la pena copiar �ntegra la respuesta a la pregunta �� 319� que un religioso le hizo, que rezaba as�: �qu� nombres de pueblos han seydo mudados en Espa�a, siendo enagenada en diversos se�ores�:

�Porque es regla cierta y muy aprovada
que oyr y saber cobdician los hombres,
querr�a saber los primeros nombres
que ovieron tenido Xerez y Granada.
De todos los otros no pregunto nada,
que destos dos solos os oy hablar;
empero, si os plaze de m�s aclarar,
ser� la merced muy m�s estimada.
Respuesta del auctor.

Antes que Espa�a fuesse agenada,
Xerez era Sutis, Granada Liberia,
Almeria Urgi y Madrid Urseria,
y �cija Astigi era llamada;
la noble Toledo, cibdad estimada,
Serrezola era su antiguo nombre,
Le�n Sublancia, Flos por sobrenombre,
y X�tiva Setanis era nombrada.
Y Cabro primero a Cabra nombraron;
y a Badajos Pace, Metensa a Ja�n,
a Montages Calabria nombraron tambi�n
y el nombre de Roma en Astorga mudaron.
Guadix antes desto Acti la llamaron;
Lucena a Gitania all� se nombrava;
llam�vase Oreto la que es Calatrava
y el nombre de Numancia en �amora trocaron,
y otros Numancia a Soria aplicaron.
Pamplona Martua llamarse sol�a;
llam�vase �lbora la que es Talavera,
y D�minos Santos assimismo era
el nombre que all� Sahag�n posseya.
Valencia Coyanca por nombre ten�a,
digo Valencia del Conde llamada;
y Guadalajara C�mpluto nombrada,
y N�jera entonces Tracia se dez�a.
Yspalin Sevilla, que nombralla quiero,
y Castrotoraf Apriana nombrado,
y a Benavente llamavan Malgrado,
y C�rdova dicha Patricia primero,
y a Burgos Burguillos, que dex� rastrero,
y a Toro llamavan Campo de Godos,
a Montiel Selva; ass� que por todos
os he dicho treynta por n�mero entero.
En otros auctores tambi�n he leydo
que Omes llamavan a Talavera,
y de Gibraltar que su nombre era
Gelbafac Guelbatajes, si yo no me olvido.
Llamavan Bencayde a Alcal� la Real,
Labla a Niebla, Sidonia a Xerez,
Berlanga Tanilla nombrada otra vez,
y Medinaceli Segoncia otro tal.
Son otros siete, si bien es contado,
los nombres mudados aqu� en estos versos,
seg�n los ley en libros diversos,
mas pienso que algunos se abr�n olvidado.
Ass� que avr� hartos que yo no he nombrado
o por negligencia o por no trabajar;
quien m�s nombres destos pudiere hallar
no me condene, pues no soy culpado

(Fr. L. de Escobar, Las quatrocientas: f.�s167 r.�-167 v.�).

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No deber�amos tomarnos a broma a nuestro buen fraile, pues nos proporciona una lista de alg�n inter�s, en la que las explicaciones dadas a los top�nimos, tanto las disparatadas como las razonables, han de tomarse como ideas adquiridas poco a poco, a lo largo del tiempo, compartidas con �l por los eruditos de la �poca.

La explicaci�n etimol�gica de los apelativos suele adolecer de la misma falta de rigor que los top�nimos, pero, adem�s, en la mayor parte de los casos, los escritores son m�s libres de imaginar por su propia cuenta y riesgo una etimolog�a. Lucas de Tuy explica magi por magni, trat�ndose de los Reyes Magos:

Sapientes enim dicebantur magi quasi maiores uel magni (Lucas de Tuy, Chronicon mundi: 29). [5]

Habr� que reconocerle, al menos, que pone en relaci�n formas que mantienen una peque��sima �si bien decisiva� discrepancia fon�tica. Porque hay excesos mayores, como el de Juan Arce de Ot�lora cuando da �no sin una pizca de iron�a� con la raz�n por la que los longobardos se llaman as�: �por las largas barbas que ten�an� (Coloquios: 157) o la que anima a Juan de Vald�s a hacer una pirueta, tanto del lado sem�ntico como del etimol�gico, para explicar sage:

Sage por cruel he visto usar, pero yo no lo usar�a, aunque al parecer muestra un poco m�s de crueldad el sage que el cruel y debe ser derivado de sagax latino (J. de Vald�s, Di�logo: 207).

Sorprende menos que la pirueta la haga un estudiante, para explicar la voz alm�stiga:

... a muchos mandan los m�dicos mascarla para desflemar [...] por eso se llama alm�stica, porque masticar es mascar (Viaje de Turqu�a: 312).

Aunque Mateo Luj�n de Sayavedra supera a todos en imaginaci�n al dar con el porqu� de la palabra infanz�n, si bien sirvi�ndose de nuevo de J�uregui, el lacayo vizca�no:

... la palabra infanz�n significa en lengua tudesca y de los godos �la profesi�n, gajes y honra militar�, porque vaen fan significa �la bandera� y zone �el hijo�, y ein �uno�, y todos estos tres vocablos juntos hacen infanzones, con el cual nos muestran �el hijo o prohijado de la bandera�; y en la frasis de aquella lengua significa el soldado; no as� cualquiera, sino el aventajado. Y de aqu� vino que los infanzones siempre han sido m�s aventajados que los otros hidalgos ordinarios (M. Luj�n de Sayavedra, Segunda parte, II, cap. X: 186).

Comparada con esta explicaci�n, no va a conmovernos Pedro Mex�a con la suya para el �rey de la selva�:

�Qu� animal puede ser m�s poderoso y fuerte que el le�n, pr�ncipe de todas las bestias y que por esso tiene este nombre? Porque, seg�n algunos dizen, leo, en griego, quiere dezir rey; aunque, seg�n otros, este nombre leo quiere dezir ver y, por ser este animal de excelente vista, tiene tal nombre (P. Mex�a, Silva, I: 541)

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Ni cuando se adentra por el origen de la palabra ovaci�n:

Us�vase tambi�n en Roma otra manera de rescebimiento solemne, que era menos que triumpho, a quien llamavan ovaci�n; el qual se dava por las victorias, seg�n dize Aulo Gelio, quando faltava alguna de las calidades que tenemos dicho que se requer�an por el triumpho. [�] Llam�vase ovaci�n este rescibimiento, seg�n Plutarcho, porque el sacrificio que aquel d�a el capit�n haz�a era oveja, y no toro, como el que triumphava; y de oveja, se dec�a ovaci�n. Otros dizen que por la boz y aplauso ohe del pueblo tom� este nombre. En esto poco va; ello se llamava ovaci�n, o sea por la oveja o por las bozes ohe o ove (id.: 209-210).

El propio Graci�n explica, a medio camino entre su tendencia etimologizante y su capacidad para hacer juegos de palabras, las razones de voces como sol o tirano: �Ll�mase sol porque en su presencia todas las dem�s lumbreras se retiran; �l solo campea�; �tal es el tiempo con propiedad, de tirano, pues que de todo tira� (J. M. Enguita 2001: 133); y de otras muchas m�s: �coraz�n [...] ll�mase as� de la palabra latina cura, que significa cuidado, que el que rige y manda siempre fue centro dellos� (B. Graci�n, El Critic�n, 608 a); �Y a�adi� que con raz�n se llam� el rostro faz, porque �l mismo est� diciendo lo que haces y facies en lat�n, lo que fac�es� (id.: 592 a).

No pretendo hacer una antolog�a del disparate etimol�gico, por lo que presentar� un par de ejemplos m�s del Diosc�rides de Laguna, s�lo para mostrar por medio de ellos que tambi�n se disparata sobre el origen de las palabras en campos ajenos a la literatura:

Como la relativa a la genciana [...] que habr�a recibido el nombre de Gentio, Rey de los esclavones, o la del polemonio, cuyo �timo se pone en relaci�n con el griego polemos y se justifica de manera tan curiosa como inveros�mil. Divertida es la que recuerda lo indigestos que resultan los madro�os, como manifestar�a su nombre latino, unedo (arbutus unedo), que Laguna lee como una recomendaci�n de �comer solo uno�. Hilarante verdaderamente es el �timo de ese par�sito vegetal que es la hierba tora u orbanca, llamada de ese modo �porque luego que la vaca le come, va bramando y ardiendo a presentarse al toro� (A. G�mez Moreno 2000: 120).

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2.2. Los juegos

Todo es posible cuando las condiciones de la realidad �font du langage la trace toujours r�manente d�un commencement aussi impossible � retrouver qu�� oublier�. Esta afirmaci�n de Michel de Certeau (1975: 61), escrita con otro prop�sito, podr�amos aplicarla a la etimolog�a, al menos hasta el nacimiento de la ling��stica como disciplina cient�fica, en la segunda mitad del siglo XIX. Porque antes faltaban las condiciones metodol�gicas que permitieran romper con este tipo de explicaciones; por ello, todo era posible en materia etimol�gica: buscar las cartas de nobleza de una ciudad, de un apellido o de un idioma o simplemente tratar de sorprender al lector, seg�n la capacidad imaginativa de cada uno. Y hasta tomarse las cosas a broma, a la manera como Quevedo hace de los vizcondes �unos condes bizcos� o como P�rez Gald�s se atreve a jugar con alguien que pretende ser conde, recurriendo a una broma que ya hab�a hecho don Francesillo de Z��iga y est� en los cuentos de Juan de Arguijo: ��Conque dice que es conde? Querr� decir que esconde algo...� (B. P�rez Gald�s, El caballero encantado: 320). Son bromas parecidas a las de Juan Timoneda que se atreve a ilustrar el significado de novela de la siguiente manera:

Y as�, semejantes mara�as las intitula mi lengua natural valenciana rondalles, y la toscana, novelas, que quiere decir: �T�, trabajador, pues no velas, yo te desvelar� con algunos graciosos y asesados cuentos, con tal que los sepas contar como aqu� van relatados, para que no pierdan aquel asiento ilustre y gracia con que fueron compuestos� (J. Timoneda, El Patra�uelo, �Ep�stola al amant�simo lector�: 41).

Tales juegos han tenido �xito en la literatura, en �ltima instancia, por la convicci�n de que el recurso etimol�gico se aleja de lo racional, para apoyarse exageradamente en los fueros de la imaginaci�n. Esto explica que Sterne pensara que:

La inestabilidad en los significados de las palabras [...] ha ofuscado a las mentes m�s preclaras y exaltadas (L. Sterne, Tristram Shandy: 138).

�C�mo no iba a pensar esto, cuando muchas de las etimolog�as construidas en serio parece que se hubieran hecho en broma? Por ejemplo, en una gram�tica biling�e se explica que: �Boticario se llama en castellano por los botes, que tiene en la botica� o que �M�scara se dio en castellano destas dos palabras, m�s, y cara�, (L. Franciosini 1769: 434). �En qu� se diferencia este calambur, de la siguiente broma sobre el origen de la voz gram�tica?:

Se compone de grama, gramae, y ago, agis: y agere grammam quiere decir sacar grama: y como �sta sea una ra�z � yerba inagotable, y que se esparce mucho; de aqu� se ha acomodado con toda propiedad este nombre � este arte � ciencia (M. I. Vegas y Quintano 1790: 29).

Y lo que es m�s grave, no podemos decidir si basta para aceptar una etimolog�a con que parezca razonable, como ocurre con las que cita Baroja. Unas no pueden pasar la aduana de la ciencia etimol�gica; es el caso de golfo �pillo�:

Es curioso que, al cabo de miles de a�os, en Espa�a se haya comenzado a usar la palabra golfo con un sentido de merodeador y de b�rbaro, palabra que puede proceder del alem�n wolf (lobo) (P. Baroja, �Peque�os ensayos�: 1011).

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En cambio otras s�, y holgadamente, como anguarina:

Este gab�n largo, que aseguran que primitivamente se llamaba hungarino, por proceder de Hungr�a, no ten�a cuello ni se�al de talle... (id.: 1079).

De ah� que la broma etimol�gica, en cuanto procedimiento estil�stico, sea tanto m�s eficaz cuanto m�s incre�ble resulte, como incre�ble es la relaci�n que se atribuye al oro y orificio en la boca de un m�dico, cuya oscuridad en la expresi�n se corresponde bien con sus opacos conocimientos:

Prosigui� el m�dico: �D�zenme que su Se�or�a est� malo del orificio�. El conde, que ten�a estremado gusto de bueno, conociole luego y preguntole: ��Qu� quiere dezir orificio? �Platero de oro o qu�?�. �Se�or �dixo el doctor�, orificio es aquella parte por donde se inundan, exoneran y expelen las inmundicias interiores, que restan de la decocti�n del mantenimiento�. �Declaraos m�s, doctor, que no os entiendo�, dixo el conde; y el m�dico: �Se�or, orificio se dice de os, oris y facio, facis, quasi os faciens, porque como tenemos una boca general, por donde entra el mantenimiento, tenemos otra, por donde sale el residuo�. El conde, aunque enfermo, pereciendo de risa, le dixo: �Pues esse deste modo se llama en castellano �nombr�ndolo�, andad, que no soys buen m�dico, pues lo ech�is todo en ret�rica vana [...]�. Y yo creo cierto que es alivio para los enfermos que el m�dico hable en lenguage que le entiendan, para no poner en cuidado al pobre paciente (V. Espinel, Marcos de Obreg�n: f.� 15 r.� y 27 r.�).

Los artilugios que nos rodean o, si se prefiere, que nos amenazan, propician, m�s a�n que nuestro cuerpo, una versi�n ir�nica de la realidad; lo que sabe aprovechar Mairena:

El autom�vil es un coche semoviente; el �mnibus, un coche para todos, sin distinci�n de clases. Se sobreentiende la palabra coche, sin gran esfuerzo por nuestra parte. Un autob�s pretende ser un coche semoviente para uso de todos. Reparad en la econom�a del lenguaje y del sentido com�n en relaci�n con los avances de la democracia. �Qu� opina el oyente?

�Que la palabra autob�s no parece etimol�gicamente bien formada. Pero las palabras significan siempre lo que se quiere significar con ellas. Por lo dem�s, nosotros podemos emplearlas en su acepci�n erudita, de acuerdo con las etimolog�as m�s sabias. Por ejemplo: Autob�s (de auto y ob�s, del gr. aut�s: uno mismo, y del al. haubitze, de aube: casco), el ob�s que se dispara a s� mismo, sin necesidad de artillero (A. Machado, Obras: 555).

La broma puede conducir, en fin, a un novelista a montar una interpretaci�n del mundo sobre bases etimol�gicas, como ocurre con aquel zapatero fil�sofo de P�rez de Ayala, Belarmino, cuya capacidad deductiva nadie le negar�:

Despu�s de una revelaci�n no poco dif�cil de interpretar, Belarmino hab�a definido as� aquellos tres t�rminos: metemps�cosis es lo mismo que intr�ngulis indescifrable, lo incognoscible, das ding an sich de Kant, y viene de psicosis, o sea intr�ngulis, y mete, introduce, esconde; meter intr�ngulis en las apariencias sencillas. Escol�stico es el que sigue irracionalmente opiniones ajenas, como la cola de los irracionales sigue el cuerpo. Escorb�tico vale tanto como pesimismo, y viene de cuervo, p�jaro sombr�o y de mal ag�ero. �Era mucho hombre aquel Belarmino! (R. P�rez de Ayala, Belarmino: 172-173).

�Cierto que era mucho hombre! (RAE/10-03-2002)

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NOTAS

[1] �Mundo es el conjunto integrado por el cielo, la tierra, el mar y todas las estrellas. Y se llama mundo porque siempre est� en movimiento: a sus elementos no se les permite descanso alguno� (Isidoro de Sevilla, Etimolog�as, I: 456: 457).
[2] �Con raz�n se llama esta obra mundo, y los griegos la llaman cosmos, como si dij�ramos adornado, y pulido� (L. Vives 1780: 149).
[3] �En esta �poca Ulises lleg� por mar hasta Hispania y fund� la ciudad de Lisboa�.
[4] �Uno de la escolta que lo preced�a [...] encontr� una vaca negra, y queriendo apartarla con una voz de las que usan los campesinos, se cuenta que dijo: �Ce, mora�, pues los pastores hispanos llaman �moras� a las vacas de este color; por lo que �l dio a la ciudad el nombre de Zamora� (R. Jim�nez de Rada: Historia de los hechos: 183).
[5] �Estos sabios se llamaban magos, es decir �mayores� o �grandes��.


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Jos� Antonio Pascual Rodr�guez.

Es miembro de la Real Academia Espa�ola.

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