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13 de marzo de 2002 | |
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| Tribuna de opini�n | ||
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FERNANDO L�ZARO CARRETER: El neologismo en el diccionario (Segunda parte)
La lengua tiene su propio vivir
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Durante el
siglo XIX, se producen hechos importantes en el vivir de todas las lenguas y,
como es natural, del espa�ol. Las convulsiones pol�ticas resultantes de la
Revoluci�n francesa y los exilios, motivan numerosos neologismos
correspondientes a un cierto modo de vivir y convivir. Los liberales y los
rom�nticos aportan entonces abundantes t�rminos ingleses y franceses. La
libertad en pol�tica y en arte instauran una nueva realidad, creo que antes de
que la Academia se enterase. En la lengua de un hispano culto y pol�glota como
fue Sim�n Bol�var, abundan muchos vocablos que tardar�an en entrar en el
Diccionario. Adopta del franc�s, numerosas voces, como digo, al par o
antes que en Espa�a. As�, emplea normalmente patriota, en documentos de
1812, vocablo al que no dar� entrada nuestro principal vocabulario hasta 1817;
del mismo modo, utiliza en 1813, terrorismo, t�rmino que un benem�rito
lexicogr�fico nuestro, N��ez de Taboada, en contacto profesional con idiomas
extranjeros, introduce en su diccionario de 1825; la Academia no lo hace hasta
1869, advirtiendo, con evidente desfase, que �es voz de uso reciente�; no iba
muy deprisa al se�alarlo, pues ya la hab�an acogido en sus repertorios
lexic�grafos muy integrados en la cultura gala, como fueron Vicente Salv� en
1846, o Ram�n Joaqu�n Dom�nguez en 1853. Bol�var usa liberticida en
1826, que no llegar� a nuestro Diccionario hasta 1931, m�s de un siglo
despu�s. Se refiere a cortes constituyentes en 1826; tardar� cuarenta y
tres a�os en ser oficialmente reconocido tal adjetivo. Recurre tambi�n a
diplomacia en 1825; aqu� s�lo tard� siete a�os en asomarse a nuestro
l�xico. Secretario de estado, que entra en nuestro archivo en 1936, era
voz usada por Bol�var en 1818. Y buen lector de ingl�s, emplea palabras de
aquel origen como congreso, rifle y complot bastante antes de
que fueran consideradas por esta Corporaci�n (4). Sin
embargo, �sta, como siempre, hizo lo que pudo y, en la edici�n de 1852, cuando
ya eran Acad�micos varios de los escritores que hab�an padecido destierro por
la represi�n absolutista, se hispanizaron numerosos extranjerismos, en �todos
los ramos de la instrucci�n p�blica�, seg�n se hizo notar en el pr�logo. La lengua tiene su propio vivir Fue muy liberal y hasta libertario en lengua el siglo XIX, y as� lo reconoc�a uno de los m�ltiples Coriolanos que, desde el Di�logo de Vald�s le han ido surgiendo al idioma hasta hoy, el padre Mir, que, en 1908, confesaba este piadoso prop�sito: �T�ngome puesta la penitencia de rogar a Dios nuestro Se�or por todos los galicistas, a fin de que, torciendo del mal camino, se conviertan de sus malos pasos a los de la pur�sima lengua, en honra, lustre y servicio de nuestra naci�n�. Pero, en fin, esta historia de criterios opuestos es interminable, y se ha agudizado, como dec�a al principio, al aparecer hace unos meses la nueva edici�n del Diccionario. Y es que la lengua tiene su propio vivir dentro de cada uno de nosotros, y lo que es afrentoso para unos es normal y conveniente para otros, lo cual suele producir desacuerdos con la Academia, a la que, hasta ahora, se ha solido tildar, con justicia, de retrasada respecto del uso, o, como en esta ocasi�n, de demasiado claudicante con todo lo nuevo, cualquiera que sea su estirpe, bien provenga del lenguaje suburbial, bien viva s�lo en un c�rculo de iniciados. Entre estos vocablos figuran, claro es, los xenismos, de que me ocupar� enseguida. Como el pr�logo de esta reciente edici�n hace notar, al DRAE le reconoce casi toda la gente hispana un car�cter oficial. Las palabras son v�lidas si figuran en sus filas; de lo contrario, aunque est�n en la boca de todos, piensan muchos que no valen; se exige, pues, a esta Corporaci�n que sea �rbitro del uso. Por otro lado, no debe �autorizar� -as� se dice con palabra odiosa: mejor dir�amos registrar- tosquedades, dichos de moda que pronto pasar�n, groser�as que hacen da�o a los sentidos� Y as�, se exige al Diccionario que sirva para descifrar lo escrito y lo hablado desde 1500 y, si ese material de extrarradio se omite, la Academia pasar� por ignorante o estrecha; pero si lo integra se la inculpar� por blanda. | ||
De igual modo, casi atentar� contra nuestro propio tesoro, si da cabida a novedades recientes, y m�s, si se presentan vestidas con uves dobles y kas. Nuestra instituci�n ser�, pues, aduana. Sin embargo, en nuestro tiempo est� pujando una realidad nueva y cambiante que habla, y con cu�nta fuerza, a la que es casi imposible no escuchar. Por si fuera poco, y por diferencias de cultura y talante de los hablantes, cada uno de nosotros opina acerca de lo que �est� bien� en el idioma y no lo est�. Todo ello, y m�s que no puedo abordar, se abate sobre el lexic�grafo a la hora de confeccionar el elenco de su diccionario; y es especialmente dif�cil de afrontar cuando se trata de construir y reconstruir el Diccionario por antonomasia, el de esta Real Academia, tarea, como es bien sabido, en la que participan todas las Academias de Am�rica �Cu�les han de ser sus l�mites por arriba y por abajo, por los s�tanos idiom�ticos donde pulula lo malsonante, trivial o jergal, y por su �tico, donde se recluyen las voces para pocos? Evidentemente, si se quisiera acentuar el car�cter r�gidamente normativo, lo convertir�amos en ser un cat�logo de antig�edades, como es el de la Academia francesa, con s�lo unas 30.000 entradas, el cual sirve para poco m�s que para leer a Moliere. Dejar�amos fuera del lenguaje a los millones de hablantes que van al cine, a la discoteca, al f�tbol, que se expresan en los peri�dicos, ante los micr�fonos o las c�maras, y hablan en juzgados, en c�maras legislativas, en aulas o, incluso, en las sesiones acad�micas. Quede este arduo problema para otro momento; voy a ocuparme, en los pocos y �ltimos minutos que me he fijado, de la incorporaci�n de vocablos nuevos, lo cual constituye un escollo m�ximo en la elaboraci�n de un diccionario al cual se el reclama la acci�n normativa, que, por su misma naturaleza, debe poseer. Pero �cu�l es la fuente de que debe nutrirse de novedades? A esta pregunta parece razonable contestar que el Diccionario acad�mico debe registrar los vocablos conocidos por un hablante ideal, tanto en lo hablado como en lo le�do, que conozca o tenga los medios para conocer todos los aspectos diastr�tico y diat�pico del idioma. | ||
Para confirmar que los vocablos nuevos se han introducido en el uso, se apela a la lengua escrita; pero esta es insuficiente: la existencia de la Academia est� justificada por cuanto se supone que el consenso de los Acad�micos espa�oles y de Am�rica constituye ese �hablante ideal�, sin que ello suponga que no poseen tal condici�n millones de hablantes. Nosotros la tenemos oficialmente, y por ello se respetan nuestras decisiones o se impugnan. Y esa especie de conciencia idiom�tica com�n representada por los Acad�micos ha de contar con su propia personal para detectar las innovaciones o creaciones neol�gicas, y resolver sobre ellas. Limitarnos a lo que poseemos en nuestros registros ser�a tanto como renunciar a lo que justifica una instituci�n como esta. A la cual se ha reprochado con justicia, repito, la lentitud en enterarse de las novedades. Antes hemos visto el sustantivo patriota; muchos se sorprender�n tal vez al advertir que una palabra �tan espa�ola� es un galicismo, y que lo usaba Bol�var �pero no era el primero- en 1812. Lo hac�a, sin duda, acomod�ndose al lenguaje de la emancipaci�n, pero de patriota en su sentido actual, hab�a hablado ya Cadalso cuarenta a�os antes, el hispano-peruano Concolorcorvo en 1775, y Mel�ndez Vald�s al filo del ochocientos. Desde Cadalso a la inclusi�n de patriota en el DRAE de 1817 median cuarenta y cuatro a�os, en que la palabra fue vagando extramuros, y, sin embargo, empleada por escritores tan importantes como los nombrados. Parece claro que nuestra Corporaci�n, tradicionalmente, ha sido muy cautelosa a la hora de registrar neologismos; ante patriota la contuvo seguramente el que ese vocablo significaba �compatriota� desde el siglo XVI. Pero la fuerza de la novedad es a veces tanta, como ya constataba Vald�s, que puede con todo. Y aqu� desplaz� lo viejo. Nadie discute el registro de vocablos que designan cosas nuevas; m�s reticentes son ante much�simas a las que alg�n prestigio las hace tambi�n necesarias: es casi seguro que una cl�nica se quedar�a sin clientela si en lugar de anunciar liftings ofreciera estiramientos de piel. Por tanto, lifting es palabra precisa. El comportamiento del Diccionario acad�mico es en esto sumamente irregular; best-seller, cuyo uso se documenta en nuestros archivos desde 1976, con 176 registros, no se considera palabra espa�ola, porque, en efecto, no lo es; sin embargo, eslogan, con una e- prot�tica, s� se considera nuestra desde 1992. Al definirla se advierte, como es natural, de su procedencia inglesa. Pero se la ha nacionalizado por el simple expediente de ponerle esa e- delante, lo cual le confiere cierto parentesco con voces nuestras antiguas de igual comienzo, como eslab�n, eslavo y eslora. |
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Pero ese l�cito subterfugio no siempre puede aplicarse. Se concede los honores de la letra redonda, que es como un certificado de nacionalidad, a crucial, por ejemplo, o a informal o a puntual, como se le dio en el XIX a madre patria, porque se dejan pronunciar. Se acogen con singular benepl�cito anglicismos como prefabricado o inflaci�n (el DRAE dice err�neamente que esta �ltima procede del lat�n). Pero se niegan los caracteres redondos a flash o a bridge, y ni siquiera los cursivos se conceden a kleenex o a stop, que ni siquiera est�n; y son voces tan no espa�olas como cibern�tica, ordenador, o l�der. �Cu�l es el motivo de una conducta tan distinta? Sencillamente, que con el neologismo moderno se ha producido una situaci�n muy nueva, ante la cual el diccionario acad�mico ha reaccionado por vez primera en esta edici�n. La situaci�n nueva e inc�moda es la que crean los neologismos con su ortograf�a de origen: ahora las voces nuevas se nos meten por los ojos, y, adem�s, se emiten con una pronunciaci�n imitadora de la de origen. Durante el siglo XIX, como en las centurias anteriores, se adoptaron m�ltiples vocablos s�lo o casi s�lo por el o�do. Entr�, por ejemplo tricotosa (del franc�s tricoteuse), porque es as� como se hispaniz� oy�ndola en los talleres textiles, con una pronunciaci�n que no pretend�a remedar la del original. El l�xico del ferrocarril ofrece testimonios claros de que esto fue as�: voces como vag�n, ra�l, compartimento, t�nel o t�nder se incorporaron al espa�ol desentendi�ndose de la escritura inglesa. En el f�tbol, que empez� a jugarse en Espa�a hace un siglo, se procedi� igual: ah� est�n f�tbol mismo, golf, penalti o c�rner; pero, en deportes m�s modernos, el extranjerismo perdura, alentado por el prurito de parecer m�s culto quien los usa o m�s experto. As�, para llamar al balonvolea, muchos relacionados con ese juego prefieren volleyball; el golf no agradar�a si se hipanizaran fairway, green, putt o drive; ni el tenis sin el smash, ni el waterpolo sin ese nombre. Como les dec�a, esto ha afectado al trabajo acad�mico, pues hubo que reconocer la presencia de los xenismos, esto, de los extranjerismos con toda su crudeza ortogr�fica y f�nica, incorporando algunos a sus columnas del modo que he dicho. Fue una decisi�n que yo mismo apoy�, con cierto escr�pulo por verlos en la vecindad de vocablos castizos, esto es, de casta, y de otros tan poco castizos pero ya hispanos como, por ejemplo, los que nombran cosas del tren. Con timidez, digo, porque son muchos m�s los que empleamos hablando y escribiendo, pero molesta tener que reconocerlo. Pienso, y lo someto al juicio de ustedes, que el problema debe afrontarse con toda decisi�n. |
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Por supuesto, el problema no es de ahora; Unamuno, con su rudeza idiom�tica, llamaba mitingues a lo que hoy denominamos m�tines. Pero es ahora cuando la toma de decisiones se hace apremiante. Los xenismos en el Diccionario, aunque alertando topogr�ficamente de que lo son, han provocado esa divisi�n de opiniones a que alud�a. Pero no parece recomendable retirarse de este combate a que nos fuerza la realidad ling��stica, antes el contrario. Por un lado, creo que conviene hispanizar cuando sea posible, haci�ndolos aptos para nuestra habla cuantos extranjerismos usamos. Pero con mucho tacto, y siempre promoviendo iniciativas ajenas, sobre todo de los medios de comunicaci�n. No me parece que es misi�n de las Academias inventar, sino discernir y consolidar. Invent�ndolo, introdujo en el Diccionario de 1984 el vocablo clipe para hispanizar el ingl�s clip; no s� si alguna vez se ha empleado clipe en los �mbitos del idioma antes y despu�s de su oficializaci�n, de hecho, no aparece en nuestros archivos, frente a la abundancia de clip, sobre todo como formante de videoclip, y diecisiete a�os m�s tarde ha sido forzoso excluirlo de nuestras listas. Hay que hispanizar, entre otras cosas, para disponer los vocablos para recibir los morfemas de n�mero; esa intenci�n gui� seguramente hasta clip. Pero no es ese el buen camino sino, repito, el de apoyar a quienes han anticipado soluciones sensatas. Cuando, en 1984, se dio entrada en el Diccionario al sustantivo est�ndar, provisto de e- inicial y despojado de la �d final, la Academia no hac�a sino sancionar lo que se ven�a haciendo desde a�os antes en Am�rica, Argentina sobre todo, y en Espa�a; los �ltimos datos que poseemos del uso de la voz inglesa son de 1992; desde entonces carecemos de datos. Parece que la hispanizaci�n ha triunfado cuando la Academia no hizo sino respaldar una feliz iniciativa ajena. | ||
Pero hay xenismos que resisten a cualquier retoque que los haga menos extra�os; su faz gr�fica inconfundible, repetida por la televisi�n y en vallas publicitarias, en productos comerciales y apareciendo en art�culos period�sticos y libros, y reforzada su presencia por las pronunciaciones sui generis de los medios orales, las protege de cualquier actuaci�n. Ah� tenemos s�ndwich, con sus letras estrafalarias, como ejemplo de aguante a los embates hispanizadores. Acogi� el t�rmino ingl�s El�as Zerolo en su diccionario editado en Par�s en 1895, pero la Academia tard� hasta 1927 en incluirlo, y precisamente con su forma gr�ficamente inglesa; era, pues, un m�nimo precedente de lo hecho ahora. Pero no figuran en estas nuestras columnas, supuestamente mancilladas por extranjerismos, palabras tan usuales en espa�ol como bridge (ya presente en el Diccionario de Rodr�guez Torres en 1918), timing, crowl, jeans, jeep, mailing, recordman, western, cash-flow, y docenas m�s que pudieran figurar en el Diccionario con el mismo derecho que blazer, boiserie o hobby, que s� figuran entre los cientos de xenismos t�midamente incorporados ahora. Creo que sobre la timidez: los empleamos y los usan nuestros compatriotas; no debe excluirse ninguno, pero sac�ndolos del cuerpo central del Diccionario, elaborando una lista de extranjerismos que s�lo tenga su l�mite de nomenclaturas t�cnicas de empleo restringido. Aunque sean �durillos� como Torres dec�a en el Di�logo, a ver si como �l tambi�n dec�a, se ablandan con el uso. Las Academias no pueden sentir recelo alguno al elaborar esas p�ginas especiales, ayudando al uso e interviniendo discretamente en su adaptaci�n, calco o sustituci�n, mediante el Diccionario de Dudas que est�n preparando. Discretamente, digo, porque el idioma es un condominio de muchos millones de propietarios. Y no escasean las veces en que el idioma tiene sus fuerzas depuradoras que hubieran hecho in�til cualquier intervenci�n. En mi juventud, era muy popular el ambig� adonde tomar un refresco en los descansos del cine; es palabra ya abolida por los hablantes. El f�tbol mismo ofrece muestras claras de hispanizaciones que los hablantes han realizado sabiamente, sin intervenci�n acad�mica alguna; han expulsado del uso off-side, que, en Espa�a al menos, se transform� en orsay, el cual por fin, fue sustituido por fuera de juego; incluso se va prefiriendo saque de esquina a c�rner. Parodiando a Horacio, y lo menciono otra vez como remate, debe reconocerse que no s�lo los libros: tambi�n las palabras tienen sua fata, su propio destino. Y la lexicograf�a o arte de entender ese misterioso proceso constituye una aventura excitante. Yo me lanc� a ella hace casi sesenta a�os en esta Casa, cuando un maestro inolvidable, don Julio Casares, me puso a hurgar como prueba en el verbo empe�ar. Ojal� este cursillo los confirme a ustedes, como me confirm� a m�, en una vocaci�n tan rara como apasionante. (Discurso le�do en la Real Academia Espa�ola (RAE), el 15 de febrero de 2002, d�a en que se present� oficialmente la Escuela de Lexicograf�a Hisp�nica). | ||
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Fernando L�zaro Carreter es miembro de n�mero de la Real Academia Espa�ola. | ||
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