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6 de marzo de 2002 | |
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| Tribuna de opini�n | ||
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FERNANDO L�ZARO CARRETER: El neologismo en el diccionario (Primera parte)
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La aparici�n de unos cuantos cientos de voces extranjeras en la vig�sima segunda edici�n del Diccionario acad�mico, aun impresas con la cursiva que las se�ala como forasteras, ha producido algunas reacciones poco complacidas, incluso entre quienes cada d�a se ponen un slip, y no unos calzoncillos, o se introducen en unos pantys y no en unas medias, sin sentir que, llam�ndolos as�, est�n ofendiendo gravemente el meollo de nuestras respectivas esencias encarnado en la lengua. Y lo hacen, a veces, haciendo gestos de esc�ndalo porque la Academia ha incrustado en las columnas de su diccionario esos hu�spedes inh�spitos, aunque los resalte con la se�al de alarma que son los caracteres it�licos. No se trata de una hipocres�a, ni, si se me apura, de una contradicci�n, sino de una manifestaci�n de c�mo vive el idioma en la cabeza de los hablantes, en nuestra alma. Vive, en efecto, dram�ticamente, entre el rechazo de lo alien�gena, porque nos desvirt�a, y la aceptaci�n resignada o entusiasta de cuanto lo renueva y lo hace m�s �til para vivir con los tiempos. Es f�cil predecir que esta pugna entre ambos extremos no acabar� nunca, al menos, mientras no cambie, y va para lejos, todo aquello que la civilizaci�n grecolatina leg� a nuestra civilizaci�n. Porque, en efecto, el problema ya se sent�a en Roma, con el griego flanque�ndolo por todas sus orillas: Horacio, nada menos que �l, canon de la latinidad, defend�a la licitud de emplear vocablos recientes en lugar de los viejos, aceptando con melancol�a que, dice, �la muerte ejerce sus derechos sobre nosotros y sobre nuestras cosas�. | ||
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�Cu�ndo comienza ese peque�o �o no tan peque�o- drama en Espa�a? No puede empezar, es claro, mientras no se sienta que el idioma est� plenamente constituido, reconocido as� expl�citamente o de hecho por los hablantes, y puedan sentir extra�eza, por tanto, ante las presencias no familiares. Y por supuesto, mientras no entre en contacto estable con otra u otras lenguas. Como era de esperar, esto acontece, dentro del romance hispano, a partir del Renacimiento. Durante la Edad Media, ese romance hab�a acogido miles de extranjerismos �germ�nicos, franceses y, sobre todo, �rabes- que eran necesarios para el vivir cotidiano y que coexistieron con el mal lat�n hecho ya romance, constituyendo una lengua l�bil, insegura, partida en m�ltiples manifestaciones locales y hasta personales, al servicio de poblaciones que necesitaban aquellas palabras porque eran �tiles o necesarias para ellas. La primera prueba de que, en siglo XVI, surge una conciencia cr�tica acerca de lo propio y lo ajeno en el idioma, la proporciona Juan de Vald�s, el cual, comentando en su Di�logo de la lengua la abundancia de arabismos, asegura que �el uso nos ha hecho tener por mejores los (vocablos) ar�bigos que los latinos; y de aqu� es que decimos antes alhombra que tapete, tenemos por mejor vocablo alcrevite que piedra sufre, y aze�te que olio�. He aqu�, pues, reconocida por Vald�s, una causa fundamental del neologismo: el tenerlo por mejor que el t�rmino propio, sin causa aparente. No olvida, como era de esperar, la otra causa, m�s evidente: la necesidad de servirse del t�rmino �rabe para �aquellas cosas que hemos tomado de los moros�, dice, sin tener manera neolatina de nombrarlas (1). M�s adelante, declara su posici�n ante las voces nuevas, las cuales en aquel momento, s�lo pod�an ser italianas, porque los cultismos latinos parec�an de casa. Vald�s, quien interviene con su nombre en el Di�logo, enumera algunas que el castellano deber�a adoptar (como facilitar, fantas�a, aspirar a algo, entretejer o manejar por lo cual sufre el reproche de otro de los coloquiantes, Coriolano, precoz purista: �No me place que se�is tan liberal en acrecentar vocablos en vuestra lengua, mayormente si os pod�is pasar sin ellos, como se han pasado vuestros antepasados hasta ahora�. Otro tertuliano, Torres, interviene con decisi�n: cuando unos vocablos ilustran y enriquecen la lengua, aunque algunos se le hagan �durillos�, dice, dar� su voto favorable y, �us�ndolos mucho�, prosigue, �los ablandar�. Un cuarto personaje, Marcio, toma la palabra: �el negocio est� en saber si querr�ades introducir �stos por ornamento de la lengua o por necesidad que tenga dellos� A lo que Juan de Vald�s contesta resolutivamente: �Por lo uno y por lo otro� (2). | ||
He aqu�, pues, planteado ya el problema a la altura de 1535, bien manifiestas las actitudes fundamentales en torno al neologismo, que habr�n de ser constantes con el correr de los siglos, hasta hoy. El Di�logo de la lengua ofrece, adem�s, un testimonio muy importante acerca de otro fen�meno que induce la mutaci�n en los idiomas: la sensaci�n de vejez que rodea a ciertas palabras, y la necesidad que sienten las generaciones j�venes de sustituirlas por otras de faz m�s moderna, la que hab�a llevado, por ejemplo, a cambiar ayuso por abaxo, cocho por cocido, ca por porque, o dende por de a�. Durante el siglo XVII, el prurito innovador fue m�ximo en la literatura, aunque las novedades apenas si fueron asimiladas por el pueblo com�n, al que, como es natural, no llegaban las osad�as de Herrera o de G�ngora, y ni siquiera de Paravicino: el goteo de sus novedades apenas si cal� en la lengua de todos, a veces ridiculizadas en papeles de regocijo. Pero sobre esa lengua de todos, he aqu� lo que pensaba fray Her�nimo de San Jos�, en su Genio de la Historia, de 1651; aunque la decadencia espa�ola era ya patente, a�n se mantiene el orgullo imperial: en Espa�a, dice, �m�s que en otra naci�n, parece que andan a la par el traje y el lenguaje: tan inconstante y mudable el uno como el otro. Lo cual, si con moderaci�n y elecci�n se introdujese, no calumnia sino loa podr�a conciliar. Porque el br�o espa�ol no s�lo quiere mostrar su imperio en conquistar y avasallar reinos extra�os, sino tambi�n ostentar su dominio en servirse de los trajes y lenguajes de todo el mundo, tomando libremente lo que m�s le agrada y de que tiene m�s necesidad para enriquecer y engalanar su traje y lengua, sin embarazarse en o�r al italiano o franc�s: este vocablo es m�o; y al flamenco o alem�n: m�o es este traje. De todos con libertad y se�or�o toma, como de cosa suya (�); y, as�, mejorando lo que roba, lo hace con excelencia propio� (3). Los neologismos, lejos de causar aprensi�n, constitu�an, pues, un honroso bot�n. El franc�s, es bien sabido, impone su yugo al resto de los europeos durante el siglo XVIII en coincidencia con la instalaci�n de la dinast�a borb�nica en Madrid y de una aflictiva depauperaci�n cultural de Espa�a, especialmente patente en el cultivo de la filosof�a y de las ciencias naturales, porque no se ha contado con nadie comparable a un Descartes, a un Pascal, o Kepler o Galileo; los �novatores� del XVII, cualquiera que sea su importancia indicativa de una conciencia m�s l�cida que la dominante, no pod�an contrarrestar la infecundidad de �sta. Los franceses marcan la pauta de la modernidad, y nuestros hombres m�s reflexivos se�alan el camino que deben seguir los espa�oles para instalarse en ella. Como paso previo, hay que asimilar el saber de nuestros vecinos, estudi�ndolo. Para lo cual, deben vencerse creencias s�lidamente arraigadas. El siempre benem�rito P. Feijoo lanzar� una proposici�n escandalosa: que los j�venes no sean obligados a estudiar lat�n y griego, pues las obras maestras escritas en tales lenguas ya est�n traducidas a los idiomas modernos. Que aprendan, en su lugar, lenguas vivas, y, en primer t�rmino, el franc�s, en el cual, afirma, �hablan y escriben todas las ciencias y artes sutiles�. Fue enorme el revuelo que produjo esa Carta erudita de 1756 por su car�cter revolucionario, y porque ca�a en medio de un fuerte afrancesamiento de las costumbres y de la parla diarias, sometido a fuertes pol�micas. Es por entonces cuando el problema del neologismo sale de los c�rculos minoritarios de escritores y letrados, para dar lugar a un verdadero y secular debate p�blico. | ||
Cobran cuerpo, en efecto, aquellas actitudes que ve�amos tan bien esbozadas en el Di�logo de la lengua; las posturas resistentes se agrupan por entonces en torno de dos t�rminos que deben distinguirse: casticismo y purismo. El casticismo hab�a surgido en la primera mitad del siglo XVIII, apoyado por la Academia, que, al determinar cu�les eran las palabras leg�timamente castellanas, patrocinaba directa o indirectamente su empleo y, en su caso, la resurrecci�n de las que eran de casta. La Academia no se fund�, en realidad, para combatir los galicismos, porque a�n no constitu�an problema en 1713; su prop�sito fue s�lo el de �fijar� la lengua, que, seg�n ella, hab�a alcanzado su perfecci�n en los Siglos de Oro. Ser� m�s tarde, ya en la octava d�cada del siglo, cuando la Academia abandone aquella actitud, en cierto modo neutral, hostigada por una opini�n muy extendida que la juzgaba inoperante. Al convocar en 1781 el concurso para premiar una s�tira contra los vicios introducidos en la poes�a espa�ola, la Instituci�n se incorpora al otro movimiento, gemelo, pero no coincidente. Porque si el casticismo limita su aspiraci�n a mantener activo el caudal l�xico castizo, el purismo es una fuerza que pugna contra la novedad. Jos� Cadalso encarna la actitud casticista cuando asegura que, si ha de traducir alg�n texto extranjero, lo lee atentamente y se pregunta: �Si yo hubiese de poner en castellano la idea que he le�do, �C�mo lo har�a?�. Trata de recordar si alg�n cl�sico nuestro ha dicho algo parecido, y, si lo encuentra, reviste con sus frases inmaculadas el texto traducido. Representa, en cambio, la obstinaci�n purista �Jorge Pitillas�, con su S�tira contra los malos escritores de este siglo (1741), donde censura numerosos galicismos. Y, junto a �l, los feroces antagonistas de Feijoo, que no dejaron de zaherirlo por su lenguaje afrancesado. Por supuesto, nada imped�a a un purista ser a la vez casticista: en realidad, se trata de posturas casi necesariamente complementarias. Son, como es de rigor, los m�s inquietos esp�ritus del siglo quienes intentan romper tan estrechos cors�s. Feijoo hab�a emitido opiniones tajantes: �!Pureza! Antes se deber� llamar pobreza, desnudez, miseria, sequedad�; (Los puristas) �hacen lo que los pobres soberbios, que quieren m�s hambrear que pedir�; para introducir un neologismo, no es preciso que nos falte un sin�nimo: �basta que lo nuevo tenga o m�s propiedad, o m�s hermosura, o m�s energ�a�. Jovellanos desde�a a las personas �escrupulosas�, dice, que se han alarmado por la impureza idiom�tica de su tragedia Pelayo. El primer Capmany asegura que �todos los puristas son fr�os, secos y descarnados�. Jos� Reinoso, en la Academia de Letras Humanas de Sevilla, en 1798, reconoce el derecho que tiene toda persona instruida a innovar con tiento. Alvarez Cienfuegos un a�o despu�s, hablando con el lenguaje de la Revoluci�n francesa en sesi�n solemne de la Academia Espa�ola, expone que lo humanitario, lo fraternal, anula todas las diferencias de castas, pueblos y lenguas, y se pregunta: ��Por qu� no ha de ser l�cito a los presentes introducir en la lengua nuevas riquezas tra�das de otras naciones? � �No es una preocupaci�n b�rbara el querer que cada lengua se limite a s� sola, sin que reciba de la otras los auxilios que pueden darle y que tan indispensables son para los adelantamientos cient�ficos?�. |
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Pero los puristas y casticistas dieciochescos, y sus sucesores hasta hoy, no opusieron nunca dificultad te�rica a la introducci�n de t�rminos t�cnicos. En la pr�ctica, ya fue otra cosa; algunos supusieron que en los viejos oficios, en las antiguas artesan�as exist�a un l�xico ignorado que urg�a rescatar para no admitir innecesarias novedades. La Academia quiso realizar esa labor, pero hubo de aplazarla para no retrasar la publicaci�n del Diccionario de Autoridades. Campomanes propone que acometan tal empe�o las sociedades econ�micas provinciales. Por fin, el P. Terreros hizo el trabajo: su Diccionario, no ultimado por �l a causa de la expulsi�n de los jesuitas, apareci�, en 1786. Pero ya resultaba un pante�n de formas muy escasamente rentables para la modernizaci�n de la ciencia y la t�cnica espa�olas. Eran las cosas nuevas las que hab�a que nombrar, y aquel Diccionario no dejaba de obedecer a un impulso casticista. Hab�a que orientar el trabajo por otro camino, el que emprendi� Antonio de Capmany, en 1776, con su Arte de traducir el idioma franc�s al castellano, en cuyo pr�logo reconoce que �el ge�metra, el astr�nomo, el f�sico, el cr�tico, el fil�sofo, no hablan ya el lenguaje del vulgo, con el cual se explicaban todos cien a�os atr�s. Tienen otro vocabulario tan distante del usual como el de Newton lo es del de Ptolomeo�. Est� por estudiar lo que represent� en la historia de nuestra lengua ese libro de Capmany, as� como su posterior Diccionario franc�s-espa�ol, de 1801. Una enorme valent�a, que contrasta con el apocamiento general ante la superioridad t�cnica del idioma vecino, informa toda su acci�n: por vez primera, un espa�ol se impone la misi�n seria y cient�fica de comparar ambas lenguas, intentando hallar una justa correspondencia, cuando se trata de palabras patrimoniales, o fijando una forma que corresponda al tecnicismo franc�s. Quiz� sea muy prematura esta afirmaci�n, pero creo que la entrada o consagraci�n de algunos centenares de palabras hoy de uso general, hay que referirla al Diccionario de Antonio de Capmany. Por lo dem�s, le bast� ��l mismo lo declara- formar las palabras como hab�an hecho en Francia: como all�, pod�amos acu�ar palabras y decir antrop�fago, cosmopolita o filantrop�a. Otras muchas palabras t�cnicas, pero tambi�n abstractas del tipo de simultaneidad, aerost�tico, ideolog�a, estad�stica, etc., penetran con su perfil definitivo en nuestra lengua por obra de aquel gran patriota catal�n, tan poco reconocida, por cierto. (FLC/15/02/2002). |
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