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27 de marzo de 2002 | |
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| Tribuna de opini�n | ||
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JOS� ANTONIO PASCUAL RODR�GUEZ (segunda parte) La historia como pretexto La etimolog�a al rev�s: los nombres propios | ||
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3. La etimolog�a al rev�s: los nombres propios Pero los seres humanos, m�s que indagar el origen de las palabras, solemos actuar con esa forma de etimologizar al rev�s que consiste en crearlas. Cuando esto acontece, buscamos que su aspecto se deduzca del referente al que apuntan, aunque no se suele llegar a excesos como los que comet�a el padre de Tristram Shandy: Sobre la elecci�n de los nombres de pila mi padre se paraba a pensar mucho m�s de lo que las mentes superficiales puedan concebir. Su opini�n al respecto era que exist�a una m�gica correlaci�n entre los nombres buenos y malos �como �l dec�a� y los temperamentos y la conducta de las personas a las que se les impon�an tales nombres (L. Sterne, Tristram Shandy: 106). Estoy refiri�ndome, como se habr� visto, a los nombres propios. Algunos nos parecen euf�nicos, como me lo parecen a m� Epifan�a en espa�ol o Francesc en catal�n; pero la eufon�a no es
el �nico criterio que solemos tomar en consideraci�n para elegirlos, pues se pretende absorber, ocultos en los entresijos de la palabra, los atributos de un h�roe apreciado, ya fuera Rolando u Oliveros, ya se trate de Kevin o de Jonathan. Lo cual,
adem�s, hace que obtengamos el aplauso de un grupo social donde tal elecci�n se tomar� como elegante. Actuar de bautistas �o de baptizadores� nos acerca un poco m�s a los dioses, pues, como ellos, podemos convertir la vida de los dem�s en un
infierno. Nos lo daba a entender alguien cuya ausencia nos duele cada vez m�s a sus amigos, Francisco Tom�s y Valiente: Cuando naces, sin quererlo, y te bautizan, sin contar contigo, pueden ponerte en la pila Canuto o Mamerto, pongo por caso, y con tan discretos nombres te quedas para toda la vida (F. Tom�s y Valiente 1996: 273). Te quedas para toda la vida con ellos. Por eso no exageraba demasiado yo, al referirme al infierno, cuando he visto a alguien muy querido resignarse a diario con la carga de su nombre, Crescenciano, como se soporta un castigo inmerecido, frente a quienes pueden exhibir el suyo a diario, sin problema, por llamarse Eugenia o Marina; y no digamos nada cuando uno puede pasar desapercibido bajo un Carmen o un Miguel. | ||
En la literatura, el nombre de los personajes adquiere sentido en el azaroso vivir que tienen �stos en una obra: don Juan Tenorio aparece en la escena literaria universal respondiendo a la pregunta de la duquesa Isabela: ��Qui�n eres, hombre?�; y lo hace con: �Un hombre sin nombre�; nombre �e incluso apellido� que luego se convertir� en com�n, como ha ocurrido con muchos otros �un quijote, un otelo, una celestina, un hamlet, un romeo, un tarz�n, un superm�n, y hasta un sherlock holmes�. Pero puede ocurrir tambi�n que, como el paisaje, la designaci�n de los personajes adquiera una clara funci�n significativa, seg�n acontece en el pasado con muchos de los del Asno de oro (Apuleyo, El asno de oro: 122, n. 43) y en el presente con los apellidos de Los pilares de la tierra de Ken Follett, que hacen referencia a la profesi�n de los personajes. Entre uno y otro extremo, don Quijote hubo de dedicar cuatro d�as para dar con el nombre que le pudiera corresponder a su caballo: Fue luego a ver a su roc�n, y aunque ten�a m�s cuartos que un real y m�s tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareci� que ni el Buc�falo de Alejandro ni Babieca el del Cid con �l se igualaban. Cuatro d�as se le pasaron en imaginar qu� nombre le pondr�a; porque -seg�n se dec�a �l a s� mesmo- no era raz�n que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno �l por s�, estuviese sin nombre conocido; y ans�, procuraba acomod�rsele de manera que declarase qui�n hab�a sido antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces [�]; y as�, despu�s de muchos nombres que form�, borr� y quit�, a�adi�, deshizo y torn� a hacer en su memoria e imaginaci�n, al fin le vino a llamar Rocinante, nombre a su parecer alto, sonoro y significativo de lo que hab�a sido cuando fue roc�n, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo (M. de Cervantes, Don Quijote, I,1: 24). | ||
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso pon�rsele a s� mismo, y en este pensamiento dur� otros ocho d�as, y al cabo se vino a llamar don Quijote; de donde, como queda dicho, tomaron ocasi�n los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se deb�a de llamar Quijada y no Quesada como otros quisieron decir (id., I, 1: 42-43). Tras lo que bautiz� a su dama: Llam�base Aldonza Lorenzo, y a �sta le pareci� ser bien darle t�tulo de se�ora de sus pensamientos, y, busc�ndole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran se�ora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso; nombre, a su parecer, m�sico y peregrino y significativo, como todos los dem�s que a �l y a sus cosas hab�a puesto (id., I, 1: 44). Nombre m�sico y significativo, como corresponde a la entra�able realidad construida por Alonso Quijano el Bueno.
3.1. La dependencia del g�nero literario Dotar de nombre a un personaje literario no es, sin embargo, tarea sencilla, debido, sobre todo, a la necesidad de que se adapte al g�nero en que ha de aparecer. Lo sab�a muy bien don Quijote cuando, decidido a seguir la vida pastoril, confiesa al cura y al bachiller: ... que �l se hab�a de llamar el pastor Quij�tiz; y el bachiller, el pastor Carrasc�n; y el cura, el pastor Curiambro; y Sancho Panza, el pastor Pancino (M. de Cervantes, Don Quijote, II, 73: 1213). | ||
Si mi dama, o, por mejor decir, mi pastora, por ventura se llamare Ana, la celebrar� debajo del nombre de Anarda; y si Francisca, la llamar� yo Francenia; y si Luc�a, Lucinda, que todo se sale all�; y Sancho Panza, si es que ha de entrar en esta cofrad�a, podr� celebrar a su mujer Teresa Panza con nombre de Teresaina (id., ibid.). Era normal que el Caballero de la Triste Figura se riera de este Teresaina, que entraba claramente en el dominio de la parodia. Se hab�a llegado demasiado lejos en este cambio de g�nero en el que para transformar un romance morisco en pastoril bastaba, como dec�a Wolf: Cambiar la marlota por el pellico, y cambiar Adulce y Gazul por Belardo y Lisardo, los cuales dirig�an las frases amorosas que antes hab�an sido para Zelindaja y Jarifa, a la querida Belisa o a la ingrata Filis (apud A. Castro y H. Rennert 1969: 537). Disfraz y nombre juntamente hacen que quien se llama Zaide en un romance morisco se convierta en Belardo en uno pastoril, que es el universo de Diana, Galatea, Timbrio, Tirsi, Dam�n; mientras que el de las novelas picarescas es el de L�zaro de Tormes, hijo de Tom� Gonz�lez y de Antona P�rez, y el de Pablos de Segovia, hijo de Clemente Pablo y de Aldonza de San Pedro, hija a su vez de Diego de San Juan y nieta de Andr�s de San Crist�bal. Hemos visto que este Aldonza era el nombre real de la amada de don Alonso Quijano �hija de Lorenzo Corchuelo y de Aldonza Nogales�, como tambi�n el de la Lozana andaluza, la cual, cuando se retira a la isla de L�pari, lo sustituye por Vellida, por huir del marchamo campesino de Aldonza (F. Delicado, La Lozana: 250). |
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Est�n bien delimitados, por tanto, los nombres rurales y los del idealizado mundo campesino de los relatos pastoriles. De este �ltimo pasaron al teatro: en �l prolifer� el de Diana, para designar a quienes estaban caracterizadas como desamoradas, en tanto que imitadoras de la diosa casta y desde�osa: as� Lope llama Diana a la condesa de Belflor en El perro del hortelano y a la protagonista en La boba para los otros y discreta para s�; del mismo modo que en El desd�n, con el desd�n, de Agust�n Moreto, deudor de El perro del hortelano (R. Navarro Dur�n 2001: 22), aparece de nuevo Diana, de manera que Marc Vitse (1998: 542) ha podido referirse al �complexe de Diane� en el teatro espa�ol del Siglo de Oro. Pero tambi�n del campo saltaron a la escena en una de las piezas m�s importantes de Lope de Vega nombres como el del labrador Pedro Perib��ez, que se tom�, seg�n indica don Marcelino Men�ndez Pelayo, de la Cr�nica del rey don Enrique Tercero de Castilla e de Le�n (Cr�nicas de los reyes de Castilla: II, 259), relaci�n que adapt� as�, poni�ndola en boca de Leonardo, el criado del Comendador: ... y el mayor Adelantado |
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Llegado aqu�, el Comendador lo para, diciendo: Detente. Ese nombre a secas, que aparece as� ya en la cr�nica citada, perdido entre los G�mez Manrique, Pero S�nchez del Castillo o Rodr�guez de Salamanca, le permite al dramaturgo crear un labrador, en franco contraste con el comendador don Fadrique. Por el nombre podemos saber si un personaje de una obra dram�tica es criado o se�or, como ocurre con opciones como las de Segismundo o Clar�n, Don Manuel o Cosme. Incluso en El s� de las ni�as, Rita, Sim�n y Calamocha son criados, mientras don Diego, do�a Irene, do�a Francisca y don Carlos son se�ores. Tampoco se ha de equivocar nadie con las etiquetas tan marcadas por medio de las que Calder�n designa a los graciosos: Chato, Juanete, Pasqu�n, Morlaco, Chich�n, Saba��n, Luquete� Cervantes, por su parte, elige nombres c�micos, del tipo de Chanfalla, la Chirinos, Benito Repollo (alcalde), Juan Castrado (regidor), Pedro Capacho (escribano), en el Entrem�s del retablo de las maravillas; pero incluso en el Persiles se funden la comicidad con la rusticidad cuando salen dos alcaldes campesinos, Pedro Cobe�o y Tozuelo. Se cumple, as�, por una parte, la igualaci�n entre r�stico y torpe o vulgar, y se hace paralelamente una alabanza impl�cita a la educaci�n como remedio contra la rusticidad. El mismo procedimiento se sigue para la construcci�n del mundo de los rufianes: Trampagos, Vademecum, Chiquiznaque, Repulida, Pizpita, Mostrenca, que aparecen en el Entrem�s del rufi�n viudo, llamado Trampagos, y son tan aclaradores de la situaci�n social en que se encuentran como lo hubiera sido que mostraran un chirlo en el rostro. |
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Incluso el �mbito de ficci�n de las novelas de caballer�as, ya desfasado, al que se acerca Cervantes, mantiene, con respecto a los nombres, unos fueros que don Quijote conoce bien: en un momento en que iban a chocar dos grandes ej�rcitos �dos reba�os de carneros en la realidad� ve una serie de personajes que son designados de una forma que no deja ning�n lugar a dudas, ni del g�nero �pico en que se inscriben ni de la iron�a de quien es capaz de crearlos: Laurcalco, se�or de la Puente de Plata; Micocolembo, gran duque de Quirocia; Brandabarbar�n de Boliche, se�or de las tres Arabias; Timonel de Carcajona, pr�ncipe de la Nueva Vizcaya �que lleva en el escudo un gato de oro en campo leonado, con una letra que dice Miau por Miulina, hija del duque Alfe�iqu�n del Algarbe�; Pierres Pap�n, se�or de las baron�as de Utrique; Espartafilardo del Bosque que trae por empresa en el escudo una esparraguerra, con una letra en castellano que dice as�: �Rastrea mi suerte� (M. de Cervantes, Don Quijote, I: 190-191).
3.2. Permanencia, cambio y despersonalizaci�n en los nombres propios Por diversos caminos va confeccionando la literatura su propio santoral, con estos peculiares signos ling��sticos que son los personajes de ficci�n. Si �stos adquieren un sentido en el contexto, luego la historia destaca unos cuantos de ellos, convirti�ndolos en verdaderos conceptos generalizados �es decir, en significados� dentro del proceso de exteriorizaci�n que acaece en la creaci�n art�stica. Cuando esto sucede, el nombre de un personaje libresco �don Quijote, por ejemplo, significativo en principio s�lo en la trama concebida por un autor� llega a condensar el sentido de la obra en que aparece, al pasar a ser un hecho literario (Vygotsky, apud A. Kozulin: 27). |
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De los dem�s, unos permanecen fijados tal y como hab�an sido concebidos en su primer momento, pero sin adquirir el car�cter de arquetipos, como sucede con esa Preciosilla, que tiene el mismo nombre que la Gitanilla de Cervantes y est� en el aguaducho del t�o Paco templando una guitarra, en el Don �lvaro o la fuerza del sino del Duque de Rivas; o con la Preciosa con que Lorca designa a la gitana que aparece en el segundo romance del Romancero gitano. Otros no resisten el paso del tiempo, ni siquiera el que se sucede en el acto mismo de la creaci�n literaria, como le pasa a quien es objeto de la siguiente broma de Calder�n:
Yo conoc� un tal por cual, (P. Calder�n, El ingrato, apud B. J. Gallardo 1835: 69). |
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Pero el cambio puede serlo s�lo de registro, como el que se da en el juego tan sencillo y expresivo a que se dedica Lope, trastocando los usos en las Rimas de Tom� de Burguillos, llamando al cantor Tom� y Juana a su amada, en burla con los nombres �literarios� de los poemas amorosos que utiliza �l mismo, aunque en ese caso lo hubiera hecho con la intenci�n de encubrir bajo ellos los reales:
Celebr� de Amarilis la hermosura (L. de Vega, Obras po�ticas: 1338). |
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Cervantes no reduce al Quijote la caracterizaci�n de sus personajes por medio de la etimolog�a de sus nombres; tambi�n act�a as� en el Persiles y de una manera consciente, como lo prueba que en esta �ltima novela el ayo del protagonista, Serafido, al referirse a �l diga: Persiles, que este nombre le adquiri� la crianza que en �l hice (M. de Cervantes, Persiles: 716). Los nombres parecen en esta obra un disfraz de la vida de sus protagonistas. De hecho, Persiles se llama Periandro �personaje de la Historia de los amores de Clareo y Florisea, de Alonso N��ez de Reinoso� a lo largo del relato, y s�lo tras su peculiar peregrinaci�n a Roma recobra su papel �cambi�ndose de hermano en enamorado� y con �l su nombre Persiles, a la vez que Auristela recobra el suyo, Sigismunda. Al recurrir a Periandro, posiblemente Cervantes pensara en una cierta relaci�n �con la de Andrenio o Andr�s� con �hombre� (cf. B. Graci�n, Agudeza: 44), mientras que en su sustituto Persiles deb�a estar patente sileo �callar�. Igual que en Sigismunda (cf. sigillum), a�ad�a adem�s el recuerdo de munda �limpia�; �sta, cuando era a�n Auristela, pod�a ser interpretada siguiendo las pistas de auris �o�do� y posiblemente de telum, i, �espada, flecha, arma arrojadiza�, quiz� porque pod�a seducir con su hermosura y desenga�ar hablando, siguiendo los pasos de la pastora Marcela, quien al referirse a su propia belleza y a sus palabras, afirmaba: Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desenga�ado con las palabras (M. de Cervantes, Don Quijote, I, 14: 154). |
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Es como si todo sirviese para la exaltaci�n del silencio en una obra en la que precisamente al final se hace un elogio de �l, cuando Auristela se lamenta de haber hablado y dice: Mientras call�, en sosiego estuvo mi alma; habl� y perdile (M. de Cervantes, Persiles: 709). Los dramaturgos han de defenderse del cambio, buscando que las designaciones dadas a las personas se adapten a distintas situaciones, como hace Lope en El perro del hortelano, al bautizar al secretario, criado por el momento, pero que al final ha de casarlo con la condesa; de ah� que diera con la soluci�n de Teodoro, el mismo de su fuente boccaccesca, con el que llama as� tambi�n al hijo raptado del conde Ludovico, a quien convence el gracioso Trist�n de que aquel no es otro que el secretario de la condesa. Lope, que se inventa una anagn�risis, juega con la coincidencia de los nombres que est� a su disposici�n, adapt�ndolos al desarrollo que le conviene de la trama. Logra as� solucionar el conflicto, manteniendo genialmente esa falsedad, para que, siendo noble Teodoro, pueda casarse con �l la condesa. Pero por encima de la permanencia o cambio de los nombres est� el desapego de la persona que los lleva, capaz de sustituirlos por otros. Aqu� surge el comienzo de un recorrido hacia la despersonalizaci�n, connatural con la literatura. Pero tal proceso de �desrealizaci�n� se logra tambi�n, como hace Graci�n, construyendo �falsos� nombres, con los que unos personajes a los que se ha hecho renunciar a vivir y a ser personas pasan a ser arquetipos, como Falsirena, Felisinda o Hipocrinda. Algo recuerda esto al Persiles, por el que est� influido el escritor aragon�s, tambi�n en bautizar con nombres �significativos� a los protagonistas de la peregrinaci�n aleg�rica de El Critic�n: Andrenio y Critilo (el hombre natural, el juicioso), puntos de vista m�s que seres aut�nticos, que, mientras se vac�an de existencia, van reforzando su valor simb�lico, hasta quedarse en meros conceptos. Aparecen en el Persiles un padre e hijo, llamados ambos Antonio y complicando as� la tarea a Cervantes, que se ve obligado a precisar en cada caso si se trata del mozo o del padre; el jesuita lo soluciona llam�ndolos de forma distinta, aunque luego, como necesitaba que los dos fueran de la misma edad para que entraran a la vez en la vejez �Vejecia� y muerte, hubo de recurrir a decir que eran m�s o menos uno mismo: �otro yo� le llama Critilo a Andrenio. |
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Hay, ya lejos del Barroco, otra manera de despersonalizaci�n de los papeles que representan los personajes, particularmente en las obras teatrales, que no conducen a los conceptos, sino que se quedan en los �tipos�: Garc�a Lorca da a la protagonista de una de sus obras el nombre inexistente de Yerma; con �l hace convivir a otros personajes, que lo son por antonomasia de su funci�n, como Mar�a, la madre, o Juan, el marido; �stos y muchos m�s, como las cu�adas, muchacha primera, etc., ahuyentan la vida propia que pudiera existir fuera de su papel teatral. Del mismo modo Mihura, con fines muy distintos, busca sobre todo tipos, alternando en Tres sombreros de copa �el guapo muchacho�, �el anciano militar� o �la mujer barbuda� con personas como Dionisio, Paula, o los que en gran parte de Espa�a sorprenden, aplicados a hombres, como don Sacramento o don Rosario. Aunque ya Qui�ones de Benavente, en el Entrem�s del Gorigori, hab�a inventado a �don Estupendo� o a �don Melidoto�, junto a �un criado�, �tres mujeres� y �unos sacristanes� y en el de Las civilidades, al doctor Alfarnaque, al que viste �con anteojos, sombrero de halda grande, ropa negra y guantes doblados� (Q. de Benavente, Entremeses: 503-504).
3.3. El nombre como motor de la acci�n novelesca: Gald�s. La insulsa, apasionante o triste vida de muchos de los personajes de las obras de ficci�n se desenvuelve en un mundo peculiar de la literatura presidido por la fatalidad. Como una consecuencia de �sta, muchos nacen con un significado previo que condicionar� el sentido de su vida a lo largo de una obra, aunque a veces los signos pueden hacernos equivocar, como ocurre cuando la madre de Tristana bautiza a su hija llevada por la pasi�n que sent�a por el Trist�n de las comedias. El narrador habla en el cap�tulo tercero de Josefina, la viuda de Reluz y madre de Tristana: |
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La madre act�a con la convicci�n de que sus deseos se han de convertir en realidad, sin reparar en que por encima de ella est� la decisi�n del demiurgo que ha concebido la novela relacionando el nombre de la protagonista con su triste vida. La propia Tristana se lo explica a Horacio, su amante: A veces se me ocurren ideas tristes; por ejemplo, que ser� muy desgraciada, que todos mis sue�os de felicidad se convertir�n en humo. Por eso me aferro m�s a la idea de conquistar mi independencia y de arregl�rmelas con mi ingenio como pueda (id.: 118). Y vuelve a repet�rselo cuando Gald�s, para cumplir la fatalidad contenida en la etimolog�a de Tristana, decide cortarle las alas dej�ndola coja. Se entrev� en las palabras que la triste mujer comunica por carta a Horacio: Es que estoy muy triste, muy desalentada, y la idea de andar con muletas me abruma. No, yo no quiero ser coja. Antes� (�d.: 152). |
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Con los nombres propios a�ade Gald�s una capa significativa m�s a sus novelas, orientando al lector sobre el destino que aguarda a quienes los llevan. �Qu� pod�an hacer contra su estrella etimol�gica los hu�spedes que don Juan Cris�stomo recibi� en la playa de Castro, tras el naufragio del Britannicus? Esto ocurre en una novela que Gald�s no lleg� a rematar: Rosal�a, y esos hu�spedes se llaman Miss Sherrywine �solterona y marimacho de cincuenta a�os [�] inteligente en vinos y toda clase de licores� (id.: 54 y ss.), cuyo exquisito gusto en esta espiritosa materia ser�a probado m�s adelante (id.: 57-58); Mister Trifles: �anticuario, rebuscador de vasijas, trozos de mosaicos, manuscritos, objetos prehist�ricos, retazos de sepulcros, relicarios y dem�s preciosos objetos��, cuyo significado aclara el propio novelista en una nota en el manuscrito: �Baratijas� (id.: 55); Mister Pimp y su esposa Mistress Pimp, �ambos tan peque�os que parec�an enanos� (id.: 55). �Se sorprender� el lector de que se presente m�s adelante a Pedro Picio como �un joven [...] de extrema fealdad� (id.: 237)? Pocas dudas pueden quedar sobre la dureza de una novela cuyo t�tulo es Torquemada en la hoguera, que adem�s empieza: �Voy a contar c�mo fue al quemadero el inhumano que tantas vidas infelices consumi� en llamas...�, por m�s que la hoguera y el inquisidor lo sean en esta obra en sentido figurado. Del mismo modo quien lea La desheredada y se tope all� con don Jos� de Relimpio no pensar� que se llama as� por casualidad: A la mano se viene ahora, reclamando su puesto, una de las principales figuras de esta historia de verdad y an�lisis. Reconoced al punto el original del retrato exacto y breve trazado con tanta destreza por Isidora. El bigotito de cabello de �ngel, de un dorado claro y h�medo; los ojos como dos uvas, blandos y amorosos; la cara arrebolada, fresca y risue�a, con dos p�mulos te�idos de color rosa, marchita; el mirar complaciente, la actitud complaciente, y todo �l labrado en la pasta misma de la complacencia (barro humano, del cual no hace ya mucho uso el Creador), formaban aquel conjunto de inutilidad y dulzura, aquel ramillete de confiter�a, que llevaba entre los hombres el letrero de Jos� de Relimpio y Sastre, natural de Muchamiel, provincia de Alicante (B. P�rez Gald�s, La desheredada: 177). |
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Uno de los m�s siniestros personajes galdosianos lleva el apellido de �Pez�; es uno de los miserables que contribuyen a la destrucci�n de La de Bringas. En el cap�tulo duod�cimo de la primera parte de La desheredada ��los peces (serm�n)� (219-231)� se remonta el novelista ir�nicamente hasta el G�nesis, para situar en el momento de la creaci�n de las aguas, la aparici�n de esta especie corrupta con la que entroncaba don Ram�n del Pez, que se hab�a hecho: Indispensable en las comisiones, necesario en las juntas, la primera cabeza del orbe para acelerar o detener un asunto, la mejor mano para trazar el plan de un empr�stito, la nariz m�s fina para olfatear un negocio, servidor de s� mismo y de los dem�s, enciclopedia de chistes pol�ticos, ap�stol nunca fatigado de esas venerandas rutinas sobre que descansa el noble edificio de nuestra gloriosa apat�a nacional, maquinilla de hacer leyes, cortar reglamentos, picar ordenanzas y vaciar instrucciones, orde�ador mayor por juro de heredad de las ubres del presupuesto [�], m�s que un hombre es una generaci�n, y m�s que una persona es una era, y m�s que un personaje es una casta, una tribu, un medio Madrid, cifra y compendio de una media Espa�a (id.: 219-220). Virtudes a las que se a�ade el mantenimiento de uno de los peores defectos de los espa�oles, el despecho: Todos los Peces, confirmando la antigua idea de que en Espa�a el despecho es una idea pol�tica, se alegran de las ventajas de los carlistas (id.: 299). |
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Es �ste un mundo obsesivo conformado por una red tupid�sima de parientes, que da lugar a �una infinita familia de los Peces� (id.: 221), en esta especie de arca de No� a la inversa, donde caben funcionarios, militares, magistrados, promotores fiscales, obispos, capataces, recaudadores de contribuciones, empleados de Sanidad, vistas de Aduanas, inspectores de Consumo, jefes de Fomento, oficiales cuartos, s�ptimos y quincuag�simos de Gobiernos de provincia. Especie de depredadores que cada vez se extiende m�s: ... el n�mero era tal que ya no se pod�a contar. Invoquemos el texto divino: Crescite et multiplicamini, et replete aguas [sic] maris (id., ibid.). A la que Augusto Miquis llega a situar as� en el orden zool�gico: Sac� la clasificaci�n siguiente: Orden de los malacopterigios abdominales. Familia, barbus voracissimus. Especie, remora vastatrix (id.: 222). Voraces con los dem�s, ciertamente, pero bien dispuestos a ayudar a los miembros de la tribu: Introduzc�monos en el hogar Pez; nademos un momento en el agua de esta redoma de felicidad, donde brillan las escamas de plata y oro de este matrimonio dichoso y de esta prole dichos�sima (id.: 223). |
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El apellido llega en este caso a condicionar el aspecto de la persona que lo lleva: Algunos ten�an con �l parentesco, es decir, que eran algo Peces. En el Gobierno provisional tampoco le faltaban amistades y parentescos y dondequiera que volv�a mi amigo sus ojos, ve�a caras pisciformes (B. P�rez Gald�s, La de Bringas: 304). A la vez que se convierte en nombre com�n, referido a unos seres cuya voracidad hace que les resulte estrecho el medio en que viven: Espa�a, que no es m�s que una pecera. Somos aqu� muchos peces para tan poca agua (B. P�rez Gald�s, El caballero encantado: 85). Y crea una nueva acepci�n con el significado de �ganancia�: ... mientras en el agua corrompida no vean los Gaitanes peces, quiero decir negocio (id.: 248). Se entiende que con este vigor significativo de la palabra pez en el l�xico de Gald�s, se llegue a contaminar el propio adjetivo ict�neo de una connotaci�n negativa: ... donde f�cilmente se limpiar�an de aquella piel ict�nea, pues no era decente presentarse en el mundo como escapados de un acuarium (id: 337). No es, sin embargo, Pez el �nico personaje pluriempleado en distintas novelas galdosianas; Sen�n se pasea tambi�n con su aire siniestro en El abuelo y en Misericordia (B. P�rez Gald�s, Misericordia: 78); y nos topamos con un m�dico, importante en la trama de Marianela, que act�a en varias obras m�s. Se presenta a s� mismo con lo que podr�amos llamar iron�a �etimol�gica�, al buscar un origen ingl�s a su apellido Golf�n, tan f�cil de explicar desde el castellano; aunque se justifica esta huida a otra lengua por el deseo de sentirse lo m�s ajeno posible al duro terru�o en que se encuentra: |
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Del terru�o es, en cambio, la pobre Canela, a la que los lugare�os la llaman con la forma truncada, Nela. Y no sabemos si ella se queja o se resigna cuando, con la mayor naturalidad, le espeta al m�dico: �Dicen que �ste es nombre de perra� (B. P�rez Gald�s, Marianela: 30). El recurso a la etimolog�a no termina en la elecci�n de nombres de persona, sino que sirve tambi�n para explicar los lugares en que se desarrolla la acci�n de una novela: Fic�briga, villa que no ha de buscarse en la geograf�a [...]. Silvestres zarzas cercan una y otra heredad, y madreselvas llenas de arom�ticas manos blancas, �rgomas espinosas, enormes pandillas de helechos que se abaniquean a s� mismos, algunos pinos de verde copa y multitud de higueras, a quienes sin duda debe su nombre Fic�briga (B. P�rez Gald�s, Gloria: 515 a y b). No le cost� mucho a Teodoro Golf�n colaborar con el novelista para bautizar Villafangosa: all� detr�s de m�, queda esa apreciable villa a quien yo llamar�a Villafangosa por el buen surtido de lodos que hay en sus calles y caminos (B. P�rez Gald�s, Marianela: 8). |
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Y no es preciso esforzarse demasiado para suponer c�mo deb�a ser el apeadero de Villahorrenda, donde baja del tren don Jos� de Rey, cuando va a visitar a su t�a (B. P�rez Gald�s, Do�a Perfecta: 69), �que parece ha recibido al mismo tiempo el nombre y la hechura� (id.: 74). Sin embargo, el novelista puede mantener una distancia ir�nica con la realidad, haciendo entonces que las cosas sean a�n peores de lo que parecen: �C�mo abundan los nombres po�ticos en estos sitios tan feos! Desde que viajo por estas tierras me sorprende la horrible iron�a de los nombres. Tal sitio, que se distingue por su �rido aspecto y la desolada tristeza del negro paisaje, se llama Valleameno. Tal villorrio de adobes, que miserablemente se extiende sobre un llano est�ril y que de diversos modos pregona su pobreza, tiene la insolencia de nombrarse Villarrica; y hay un barranco pedregoso y polvoriento, donde ni los cardos encuentran jugo, y que, sin embargo, se llama Valdeflores (id.: 73). Aunque la fuerza que adquiere la realidad construida por el novelista origina que lo ir�nico termine convirti�ndose en dram�tico, como en el caso de Orbajosa, donde sucede la acci�n de Do�a Perfecta. Este nombre explicado en broma, como �corrupci�n de Urbs augusta [aunque] parece un gran muladar� (id.: 83), �si bien algunos eruditos modernos, examinando el ajosa, opinan que este rabillo lo tiene por ser patria de los mejores ajos del mundo� (id.: 194), al ser la tenebrosa guarida de unas peligrosas alima�as con apariencia de personas, termina convirti�ndose en el paradigma de la villa incapaz de dar el menor paso hacia el futuro. No es una casualidad que Clar�n eligiera el nombre de Vetusta para la heroica ciudad que dorm�a la siesta. |
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Hay una novela de P�rez Gald�s construida sobre cimientos etimol�gicos, El caballero encantado, donde se presenta una visi�n noventayochista de la historia de Espa�a, si bien aderezada con algunas bromas hist�ricas, para hacerla m�s digerible. El intermediario en que se apoya el novelista es un estudioso de los libros de becerro: Becerro, cuyo �apellido era una predestinaci�n� (id.: 83) y cuya vida �toma jugo de la pura erudici�n� (id.: 321). Tambi�n deb�a estar predestinado alguien que �alegra la vida�, aunque por ant�frasis, llam�ndose B�lsamo (id.: 94) o Jos� Mantec�n, que �pon�a gran empe�o en mostrar un genio absolutamente contrario a su apellido� (id.: 161). Con estos y otros muchos nombres de persona y lugar organiza don Benito P�rez Gald�s una red de etimolog�as en las que acierta, cuando le conviene, como con �Clunia, la ciudad romana que est� soterrada en un poblacho que llaman Coru�a del Conde� (id.: 191) o con Hispalis o Gades (id.: 201); pero cuando no le interesa acertar, enlaza con el tipo de pensamiento etimol�gico del Siglo de Oro y explica Su�rez a partir de Asur (id.: 83), Osma de Hotzema (id.: 138), �Graecuris, nombre que pasando como canto rodado por bocas de godos, �rabes y cristianos, vino a ser �greda� (id.: 160), se burla de �los pelendones, donde hicieron asiento [unas hetairas], vulgarizando el nombre de pilindongas� (id.: 201), y atribuyendo la culpa a Becerro, explica que �la ciudad que yace debajo de Numancia es una de las que Geri�n, natural de Caldea, fund� en esta comarca, ocupada siglos despu�s por los ar�vacos... Y aqu� fue donde los hijos de Geri�n mataron, como ustedes saben, a Trif�n, hermano de Osiris� (id.: 202) y contin�a con Atlas o Hespero, G�rgoris, rey de los Curetos (id.: 204).
4. Otra forma de etimolog�a al rev�s: la creaci�n de apelativos Junto a estos actos creativos que llevan a los escritores a dotar a un nombre propio de contenido, lo normal es que, ya fuera del marco de la literatura, los apelativos nos inviten a desafiar la arbitrariedad de los signos ling��sticos, no siempre con fortuna. |
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4.1. El momento de la creaci�n Cada tiempo tiene su af�n y �ste condiciona el modo como se crean tecnicismos: en la actualidad intentamos facilitar la comprensi�n de una misma realidad desde distintas lenguas, lo que origina que aterricen en la nuestra �como en muchas otras� palabras como meme, modem, moletr�nica, nimby, quiral, rob�tica, start-up y hasta logoteta; mientras que antes se pretend�a hacer inteligibles los neologismos, recurriendo a construcciones �por poner ejemplos de la medicina� del tipo de �cuello de b�falo�, �olor a paja mojada� o �diarrea en agua de arroz�. Aunque los tiempos est�n muy revueltos, no se encuentran demasiadas justificaciones para que en las creaciones menos t�cnicas se calquen obsesivamente las formaciones creadas en otras lenguas; pero eso no significa que uno pueda hacerse ilusiones sobre la posibilidad del triunfo de lo razonable. Arturo Capdevila no logr� impedir que prendiera fuerzas de choque en nuestra lengua, a pesar de que: Proced�an de la pura y simple versi�n literal [...], de la forma inglesa shock-troops, que si ha de traducirse a buen castellano se har� poniendo tropas escogidas, y no de choque, ya que para nuestro idioma todas lo son (A. Capdevila 1967: 133), Sus prevenciones no impidieron que entraran estas fuerzas en el Diccionario acad�mico poco despu�s, en el ap�ndice a la edici�n de 1970. Y supongo que terminar�n col�ndose, si Dios no lo remedia, formaciones que resultan mucho m�s imprudentes que �sta. Una que nos ha venido no ya de una lengua determinada, sino impuesta por la jerga comunitaria, que en nuestra lengua va contra los dictados de la l�gica, tal y como muestra Rafael S�nchez Ferlosio: |
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Otras formaciones se justifican menos a�n, como el calco de se�ores de la guerra, salvo que queramos dotar de aire m�s �pico a los que son meros funcionarios contra la paz, en forma de comandantes o caudillos, o esa otra barbaridad tanques de pensamiento, a los que hay que reconocerle mucha m�s fuerza que la que puedan tener los ins�pidos comit�s asesores. Estas creaciones disparatadas se explican por la precipitaci�n con que nos apropiamos de los t�rminos ajenos, mostrando en ello unos c�nones est�ticos m�s cercanos al Pok�mon �ya no me atrevo a referirme a �Haza�as B�licas�� que a los del Ariosto. �Nos va a sorprender que esto suceda en una sociedad en la que el prestigio no emana del rigor con que se conciben las cosas, ni amengua por el apresuramiento con que se montan? Una sociedad que adem�s se permite el lujo de vivir de espaldas al magisterio de los escritores, que han de rivalizar con quienes escribieron en el pasado, para ense�arnos a innovar en los usos, pero conservando, como en un palimpsesto, un di�logo con las palabras que inventaron sus predecesores (G. Steiner 1996: 149-150; 120,-121). Nunca ha sido tan necesaria como hoy la mediaci�n de los poetas, dramaturgos y novelistas, porque nunca como hoy han tenido tanto poder los magos del pensamiento apresurado. Para innovar deber�amos fijarnos en los experimentos de los buenos escritores. Son los que pueden ense�arnos a evitar las falsas monedas puestas apresuradamente en circulaci�n, a las que le damos el valor que nos conviene, tan distinto al que realmente tienen. El remedio suele estar en gustar de las cosas, no en adherirse precipitadamente a una novedad, por el hecho de serlo. Exactamente lo contrario de lo que ha ocurrido entre nosotros, por ejemplo, con el �xito de estructura profunda en nuestra sociedad, totalmente ajeno al uso t�cnico con que se empleaba en un determinado modelo ling��stico: |
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Muchas creaciones l�xicas act�an como si de paracaidistas que se hubieran arrojado sobre nuestra lengua se tratase, para adaptarse luego a las condiciones de existencia de los dem�s elementos, lejos ya del momento m�gico de su adopci�n. Si bien en la convivencia con ellos pueden darse algunos problemas de integraci�n. son los que dan lugar a la etimolog�a popular, a la que me referir� sirvi�ndome de un par de ejemplos cultos.
El primero de ellos tiene una larga historia, por otro lado f�cil de comprender, en la que se ha trastocado el significado de dos palabras complementarias: dintel y umbral; y todo porque se ha llegado a creer err�neamente que esta �ltima voz ten�a algo que ver con el lat�n umbra. De ah� se ha inducido que si umbral hac�a referencia a la parte de la entrada de una casa donde da la sombra, que es el significado de dintel, �ste deber�a de ocupar el de umbral. Se ha se�alado tal confusi�n en varios lugares de Arag�n (R. M. Casta�er Mart�n 1990: 94-96), Ricardo Senabre la ha criticado en escritores, como Ram�n Serrano, Ignacio Vidal-Folch y �ngela Vallvey (Abc cultural, 26.3.93: 10; 1.3.96: 10; El cultural [de El mundo], 13.2.2002: 13) y han tropezado en esta misma piedra algunos traductores. Entre ellos don Mat�as de Velasco y Rojas, Marqu�s de Dos Hermanas, quien en el acto I, escena 5� de su traducci�n de Julieta y Romeo �este exquisito caballero rompi� con el que, dej�ndonos llevar por la pereza, podr�amos denominar �binomio irreversible�, en que Romeo va delante de Julieta� hace que la joven pregunte si el hijo de Tiberio es �el que pasa ahora el dintel de la puerta�; el propio don Rufino Jos� Cuervo se arrepent�a de haber cometido esta misma equivocaci�n al traducir un texto de Lord Byron (1987: � 621: 637-639); y he encontrado en una novela reci�n traducida, que he citado antes: �Ella cruz� los brazos y se apoy� en el dintel� (Ph. Kerr 2001: 135). |
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No es �ste, de todas formas, un hecho grave o, al menos, no tiene la gravedad de aquellos disparates que se toman como un mal del siglo, cuando comprobamos que ya don Jos� Zorrilla explicaba por boca de la abadesa una dif�cil postura de do�a In�s:
Dichosa mil veces vos! (J. Zorrilla, Don Juan: vv. 1446-1453). Un anotador del aut�grafo del Don Juan Tenorio que se conserva en la Real Academia Espa�ola hace el siguiente comentario ir�nico al verso 1451: �muy alto y en muy mala posici�n pis�. No es �ste, sin embargo, un error pasajero, sino abundante en sus obras suyas. As� se repite en �El desaf�o del diablo�: Jam�s de su parte (J. Zorrilla, �El desaf�o del diablo�: 847). |
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Y en la leyenda �La pasionaria�: Nacida en el dintel de su ventana, (J. Zorrilla, �La Pasionaria�: 649). M�s adelante, en esa misma leyenda, los m�dicos han de realizar una verdadera proeza para lograr apoyarse en un dintel: Abriose al fin la puerta (id.: 658). |
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La misma dificultad para distinguir el dintel del umbral la tiene un seguidor de Zorrilla, Gustavo Adolfo B�cquer (vid. la edici�n de P. Izquierdo 1986: 173, 231): Mi primer movimiento fue arrojarme a la puerta para cerrar el paso; pero al asir sus hojas sent� sobre mis hombros una mano formidable, cubierta con un guantelete, que despu�s de sacudirme con violencia, me derrib� sobre el dintel. All� permanec� hasta la ma�ana siguiente, que me encontraron mis servidores falto de sentido (G. A. B�cquer, �La cruz del diablo�: 173). En el reloj de la catedral sonaba en aquel momento una hora�, no s� cu�l�, pero las campanadas eran trist�simas y muchas�, muchas..., estuvieron sonando todo el tiempo que yo permanec� clavado en el dintel y aquel tiempo me pareci� un siglo (G. A. B�cquer, �Maese P�rez el Organista�: 231). Cuando lleg� el d�a, las macizas puertas del arco que daba entrada al caser�n, y sobre cuya clave se ve�an esculpidos los blasones de su due�o, giraron pesadamente sobre los goznes, con un chirrido prolongado y agudo. Un escudero apareci� en el dintel con un manojo de llaves en la mano, estreg�ndose los ojos y ense�ando al bostezar una caja de dientes capaces de dar envidia a un cocodrilo (G. A. B�cquer, �El rayo de luna�: 242). Con ese mismo sentido emplea dintel en sus poemas: Las ropas desce�idas, (G. A. B�cquer, Rimas, � 74, vv. 1-4: 346). Incluso en un espacio tan reducido como el que ocupa una puerta, no resulta f�cil situar con precisi�n todos sus elementos; de ah� que se pueda confundir umbral con dintel o que, ayud�ndose de lo que se conoce como sentido figurado, haya quien se atreva a estar �apoyado en el quicio de la manceb�a� o, lo que resultaba m�s dif�cil a�n, dispuesto a sentarse en el quicio de la puerta, que es lo que sol�a hacer, cuando sal�a del trabajo, un �picador en la mina�, abuelo de un maduro cantante de nuestros d�as. |
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4.2.2. Apalancarse Si los escritores pueden cometer equivocaciones al interpretar el significado de una palabra, a causa de la interferencia de una falsa etimolog�a, los propios lexic�grafos estamos sometidos a estos mismos riesgos. No tengo absoluta seguridad sobre la validez de la hip�tesis que presento a continuaci�n, pero creo que es una interpretaci�n atendible y merecedora, al menos, de ser discutida. Se trata de la segunda acepci�n del verbo apalancar. La primera, la tradicional que tra�a el diccionario acad�mico, era: �tr. Levantar, mover alguna cosa con palanca�, cuya relaci�n con la voz de que procede est� expresada en la propia definici�n. En la vig�sima primera edici�n del Diccionario (de 1992) se introduce una segunda acepci�n para esta voz: �prnl. fam. Acomodarse en un sitio, permanecer inactivo en �l�. Debe de ser un uso bastante reciente en una parte de Espa�a, seg�n la informaci�n que nos brinda un novelista: Ya estaban instalados, o apalancados, como se dice ahora en Espa�a (A. Mu�oz Molina, Carlota Fainberg: 25). Al aparecer en el Diccionario estas dos acepciones de apalancar se da por supuesto, siguiendo el modo normal de proceder en lexicograf�a, que ambas coinciden en su etimolog�a y son, por tanto, derivadas de palanca. Sin embargo, el significado de la segunda acepci�n resulta m�s f�cil de entender si la suponemos una variante fon�tica del verbo apalencarse, derivado del sustantivo palenque �empalizada en que se celebra una justa�. Los mexicanos conoc�an bien el significado de este palenque, al que Jorge Negrete sol�a llevar �un gallo retador�; mientras que muchos espa�oles tuvieron que esperar hasta la �Expo�92� de la inolvidable ciudad sevillana, para descubrir all� palabra y referente. Dado que una gran parte de los hablantes que o�a emplear apalencar no era consciente de la relaci�n que manten�a con palenque, se explica este peque�o cambio fon�tico, propiciado por la atracci�n que la voz palanca ejerci� sobre el verbo. Apalencar hab�a existido en el siglo XIX, en algunos lugares de Am�rica, con un sentido particular, a partir del cual se entiende bien la segunda acepci�n de apalancar que estoy comentando: |
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La historia del trabajo en Cuba fue hasta el �ltimo tercio del siglo XIX casi totalmente la historia de la esclavitud rural. Contra la opini�n, a�n muy generalizada, de que el negro aceptaba pasivamente su servidumbre, est�n en cada siglo las reiterad�simas noticias de los alzamientos y palenques de negros cimarrones y hasta de los suicidios colectivos a que acud�an los infelices esclavos en su desesperaci�n. Tuvieron fama los mandingas por suicidarse en grupo, libert�ndose as� del trabajo y burlando al amo con su huelga eterna y su inacabable cimarroner�a por el otro mundo. Aquellos infelices, apalencados bajo tierra en las tumbas, cre�an que resucitaban en carne y esp�ritu all� en sus pueblos nativos del Africa (F. Ortiz 1987: 87). Al alterar apalencarse en apalancarse nos hemos olvidado del palenque para sujetarnos -�y ya es dif�cil hacerlo!- a una palanca. Aunque hemos de reconocer tambi�n que no por ello se ha hundido el mundo.
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Un ejemplo m�s, relacionado tambi�n con el espa�ol americano, servir� para dejar claro c�mo muchas veces los etim�logos aportamos al conocimiento del pasado de las palabras m�s dudas y problemas que soluciones. En el DECH, s. v. tecla, se se�ala el empleo de tecle �viejo tembl�n y caduco� y teclear �estar moribundo� en Chile, R�o de la Plata y Colombia. G. Haensch y R. Werner (1993) registran estar tecleando �encontrarse en una situaci�n cr�tica o insegura, especialmente en lo econ�mico� y �estar muy d�bil o muy delicado de salud�, en un uso marcado como coloquial: en la Argentina (t. II) y en el Uruguay (t. III ). M. A. Mor�nigo (1993) daba teclear como argentino, colombiano, chileno, paraguayo y uruguayo; y el propio diccionario acad�mico en su vig�sima segunda edici�n (de 2001) ha introducido teclo �anciano� como del Per�. Orientados autor y colaborador del DECH por la relaci�n que pudieran tener estos tecle y teclear con la palabra tecla, com�n a todo el dominio del espa�ol, llegamos a explicar su origen por el uso metaf�rico de teclearle a uno los dientes �temblar, tiritar� y se nos pas�, en cambio, por alto un ejemplo antiguo que nos hubiera podido conducir por otros caminos explicativos: la palabra tecle, empleada por Bernal D�az del Castillo: Y quando el cacique las present� dixo a Cort�s: tecle, que quiere dezir en su lengua �se�or� (B. D�az del Castillo: Historia verdadera, t. I: f.� 41 v.� [facs�mile del manuscrito aut�grafo]). He encontrado esta voz en documentos inquisitoriales mexicanos del siglo XVI, referida a ancianos revestidos de una dignidad casi sacerdotal entre los ind�genas; Manuel Alvar Ezquerra (1997: 341 b) cita m�s casos del propio Bernal D�az del Castillo y de Gonzalo Fern�ndez de Oviedo, y formas emparentadas, como tecuitli (tecuhtli �se�or� lo cita M. Lucena Salmoral 1987: 371), tecuitlatoque �juez�. |
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En el texto de Bernal D�az del Castillo se atribuye a un hablante totonaco, pero Manuel Alvar (1990: 98) le da origen n�huatl. El hecho es que tecle �se�or�, �anciano�, podr�a ser la base de estos usos suramericanos de tecle, -o �viejo�, teclear �estar moribundo�, estar tecleando �estar en mala situaci�n econ�mica o d�bil�, a que me he referido, mejor que el castellano teclear �mover las teclas�, cuyo cambio de significado no resulta f�cil de entender, ni tampoco la formaci�n del derivado tecle. Pero para esto se ha de suponer que algunas voces totonacas, aunque no tuvieron la difusi�n de las ta�nas, se expandir�an por Am�rica del Sur en boca de los colonizadores, igual que ocurri� con un peque�o n�mero de palabras del n�huatl (vid. DECH, s. v. tiza y cf. H. A. Mej�as 1980: 30, 31, 37); suposici�n que deber� confirmar un especialista. Los tres ejemplos anteriores sirven para comprobar c�mo una mala interpretaci�n etimol�gica de una palabra puede crear distintos tipos de problemas. La falsa relaci�n de umbral con umbra �sombra� lleva a algunas personas a cambiar el referente de esta voz y consiguientemente el de su complementario dintel; la creencia seg�n la cual apalencar tiene que ver con palanca es responsable de la peque�a alteraci�n de la palabra y su acercamiento al significado de aquel sustantivo; en teclear �estar moribundo�, simplemente se da una mala orientaci�n etimol�gica, a pesar de que se busca una justificaci�n de su significado en una explicaci�n sem�ntica que no se sostiene bien. El hecho es m�s importante de lo que parece a simple vista, pues no se reduce a tropiezos en los planos del significante o del significado. Don Valent�n Garc�a Yebra ha estudiado la peculiar forma con que se ha incorporado un n�mero importante de voces al espa�ol, tomada la mayor parte de ellas de las lenguas cl�sicas, en las que el franc�s ha servido de intermediario. Es, por tanto, esta lengua la responsable de la acentuaci�n de que se ha dotado a voces como a acm�, agon�a, anodino, ateo, crisantemo, diatriba, esqueleto, filosof�a, hemostasis, hidropes�a, man�a, patena, sidecar, transistor, verm�, yogur y muchas m�s. Como a muchas otras las ha condicionado en su forma: bolet�n, botica, capell�n, capit�n, cipr�s, cristal, eclipse, jaspe, ocre, pasqu�n, poes�a, teor�a, viril �vidrio� (V. Garc�a Yebra 1999: s. vv.). Estas cosas ocurren cuando las palabras no han salido a�n del campo en que las cultivan escritores y fil�logos. Cuando saltan al palenque del uso normal y se quedan all� a disposici�n de los hablantes, se dan m�s motivos para la equivocaci�n, porque el desconocimiento de su origen propicia que se empleen mal voces como asequible o adolecer (F. L�zaro 1997: 48; 383, 490). Por eso es imprescindible implicar a los hablantes para que traten de hacer a su lengua menos opaca, llegando a comprender la motivaci�n hist�rica de usos como en pelotas (id.: 67), panfleto (id.: 453), em�rito (id.: 466), esquirol (id.: 482, 484), lindo (id.: 515), chiste verde (id.: 526), para que una persona no llegue a creer que los pasos de la Semana Santa se llaman as�, �porque en ellos se representa la pasi�n de Cristo� (id.: 494). |
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Ni el pueblo llano ni los escritores ni los lexic�grafos nos libramos de errores que tiene su origen en el desconocimiento de la historia de las palabras. S� que no es peque�a la tarea que tenemos por delante los etim�logos, cuando adem�s podemos actuar con la misma torpeza con que he actuado yo en un caso como el de tecle, que acabo de citar. Pero he de a�adir en nuestro descargo que, ante cualquier equivocaci�n, no siempre disponemos en el momento oportuno de la informaci�n necesaria para dar con el origen de algunas palabras; sobre todo las que pertenecen a ese �mbito alejado del l�xico m�s com�n. Sin esa informaci�n no resulta f�cil encontrar la explicaci�n de palabras como cursi, magdalena, sical�ptico (Unamuno 1958: 1030), chirucas o loro �aparato reproductor de m�sica�, pues con este tipo de t�rminos fallan las t�cnicas de reconstrucci�n y sobran tantas leyendas etimol�gicas tan f�ciles de inventar como dif�ciles de aquilatar por los etim�logos. Precisamente los etim�logos nos diferenciamos del resto de los mortales en la desconfianza que mantenemos ante historias, aparentemente tan sencillas y evidentes, como la que le sirve a Cabrera Infante para justificar la formaci�n de Cantinflas: Guillermo Cabrera Infante [...] escribi� que [a Cantinflas] su nombre se lo dio un espectador �m�s amigo del mezcal que del agua bautismal�, del circo en el que el c�mico hac�a sus primeros pinitos como payaso, con m�s pena que gloria, y que, tratando de insultarle, le grit�: ��Que te inflas, mano, quetinflas� (R. Franco, El pa�s, 23.12.95, �Babelia�: 5). �Qu� medio tenemos para aceptar esta explicaci�n y no otra parecida? De la pregunta que acabo de hacerme quiz� se pueda inferir por qu� algunos historiadores resultamos tan aburridos; pero la insatisfacci�n que muestro da la raz�n, por otro lado, del porqu� del avance imparable que ha experimentado esta parcela de la ling��stica hist�rica que estudia la evoluci�n del l�xico de una lengua. |
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Jos� Antonio Pascual Rodr�guez. Es miembro de la Real Academia Espa�ola. | ||
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