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10 de abril de 2002


Tribuna de opini�n

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ALEXIS M�RQUEZ RODR�GUEZ
Elogio del diccionario

Herrero y poeta
Elogio del diccionario
La amante de Cela
Un prejuicio peque�oburgu�s
No hay un diccionario perfecto
No autoriza ni desautoriza
Una evoluci�n fascinante
Novedades y venezolanismos
La Real Academia se remoza

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En los ya lejanos d�as de mi infancia hab�a en mi pueblo un curioso personaje, cuya excentricidad comenzaba por su nombre: se llamaba Mag�n Jara. Nunca m�s he conocido a otra persona que se llame as�. Pero leo en los diccionarios de nombres propios que Mag�n se llam� un ermita�o espa�ol martirizado en el siglo IV, muy venerado en Catalu�a. Ese nombre puede ser una variante de M�ximo, aunque otros piensan que es derivaci�n de �magus�. Su onom�stico se celebra el 25 de agosto, d�a tambi�n de San Luis, rey de Francia, de Santa Patricia y de San Gin�s de Arles.
El personaje de mi infancia era aprendiz de telegrafista y al mismo tiempo atend�a una bodega de su padre, llamado Concho Jara (supongo que se llamar�a realmente Concepci�n, aunque nunca lo supe a ciencia cierta), que era, adem�s, el encargado de llevar, todos los d�as en horas de la madrugada, en un carro de mulas, la carne desde el matadero, en las afueras del pueblo, hasta el mercado.

Pero lo m�s interesante de Mag�n Jara es que un d�a decidi� aprenderse de memoria el diccionario. Desde entonces uno �en nuestra ingenuidad de muchachos, que los tiempos eran muy distintos a los de ahora� lo ve�a, no sin cierta admiraci�n, tras el mostrador de la bodega, literalmente sumido en las p�ginas de un Peque�o Larousse. Y de vez en  cuando, al toparse con alguien conocido en la calle, en la plaza o en cualquier otro lugar, le dec�a, entre orgulloso y risue�o: �Ya voy por la c�, o �Voy por la mitad de la j�, o �Ayer empec� la l�.

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Herrero y poeta  

Ignoro si Mag�n llev� a feliz t�rmino su prop�sito. Pero desde entonces empec� a sentir inter�s y admiraci�n por el diccionario. A lo cual contribuy� poderosamente mi padre, que era un hombre muy inteligente pero no muy cultivado, herrero de profesi�n, con un �nfimo nivel de escolaridad, aunque muy aficionado a la lectura, especialmente de obras literarias, y hasta escrib�a versos, muchos de ellos humor�sticos. A �l, principalmente, debo mi afici�n a leer, que �l me inculc� desde muy ni�o. Y entre las tantas cosas que me ense��, con su r�stica pero eficaz pedagog�a, estuvo en primer�simo lugar el manejo del diccionario. Para ello se vali� de un venerable lexic�n de la Editorial Sopena, con sencillas pero hermosas ilustraciones en blanco y negro, llegado a sus manos entre las cabillas y herramientas para la herrer�a, que peri�dicamente encargaba al agente viajero de una empresa importadora de Valencia, al cual le ped�a que junto con esos materiales le enviasen tambi�n algunos libros. Y era una verdadera fascinaci�n para nosotros, semanas despu�s de hecho el pedido, ver c�mo al abrir las cajas en que ven�a la mercanc�a solicitada, de entre los hierros, alicates, seguetas, martillos, limas y dem�s implementos de herrer�a,  saltaban libros, como ansiosos de ser le�dos: la novela Ivanhoe, de Walter Scott; las Obras Completas de Gustavo Adolfo B�cquer; una edici�n del Fausto de Goethe, que despu�s �l mismo encuadern� y empast� primorosamente en cuero; un tomito de Cuentos de vagabundos de M�ximo Gorki.

Casi todas las personas tienen un diccionario entre los recuerdos de su infancia. Como ha dicho Gabriel Garc�a M�rquez, el diccionario fue, al menos para la gente de nuestra generaci�n, como un juguete m�s, s�lo que un juguete lleno de sabidur�a, donde, como tambi�n �l lo confiesa, uno se asom� por primera vez al mundo a trav�s de las palabras, de las bellas ilustraciones y de los mapas que adornaban sus p�ginas. (Gabriel Garc�a M�rquez: �Pr�logo�. En: CLAVE. Diccionario de uso del espa�ol actual).

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Elogio del diccionario

De los diccionarios se ha hablado mucho, y no siempre bien. Alguien dijo una vez, y muchos lo han repetido, que el diccionario es el cementerio de las palabras. Como met�fora no est� del todo mal. S�lo que en este caso lo que se guarda en ellos no siempre son cad�veres. Y basta abrir sus p�ginas, por cualquier parte, al azar, para que, como en el afamado cuento de Julio Garmendia, muchos de aquellos �cad�veres� cobren vida.

No hay que fiarse demasiado de la sinceridad de los denuestos que mucha gente hace de los diccionarios. Sobre todo si se trata, como casi siempre ocurre, de escritores y dem�s gente de letras. Casi todos ellos, en realidad todos, por mucho que renieguen del diccionario, lo mismo que de la gram�tica, m�s de una vez terminan aterrizando en sus p�ginas, aunque muchos lo hagan de manera vergonzante,  a escondidas y furtivamente.

Por supuesto que no todos los diccionarios son iguales. Los hay muy aburridos, aunque de hecho cumplan, tambi�n ellos, una importante funci�n, como gu�a del hablante acerca de las palabras con que cuenta para expresar sentimientos e ideas, y para comunicarse con los dem�s, independientemente del prop�sito de su comunicaci�n, que puede ser muy diverso: reprender, elogiar, insultar, enamorar, pedir ayuda, expresar pena, trasmitir alegr�a, informar sobre hechos positivos o negativos, opinar sobre lo humano y lo divino.

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La amante de Cela

Lo importante es saber qu� tipo de diccionario es el que necesitamos en un momento determinado, y tener alguna idea sobre c�mo consultarlo. Una vez, y seguramente muchas veces m�s, ocurri� un divertido episodio por culpa de un mal empleo del diccionario. Est�bamos en Sof�a, la bella capital de Bulgaria, en el acto de clausura de un congreso internacional de escritores. En la recepci�n que sigui� al acto estaba, en una rueda de contertulios, Camilo Jos� Cela. Entonces se le acerc� una elegante dama b�lgara, escritora muy afamada en su pa�s, y le dijo, a un Cela absolutamente sorprendido �que es mucho decir trat�ndose de Cela�: �Se�or Cela, quiero decirle que la hija de nuestro embajador en Espa�a es su amante�. A lo que el novelista, sin vacilar, le respondi�: ��Caramba, d�me siquiera el n�mero de su tel�fono para llamarla!�. Pero la vistosa dama, sin escuchar la salida chusca de don Camilo Jos�, prosigui�: �Yo tambi�n soy su amante, y mi marido, aqu� presente, tambi�n es su amante�. La respuesta final de Cela nadie la oy�, ahogada por la estruendosa carcajada colectiva de todos los dem�s espa�oles e hispanoamericanos que est�bamos presentes.
D�as despu�s, la buena se�ora, convencida como estaba de que hablaba muy bien el Castellano, me invit� a su casa, y en su despacho me dijo: �Por aqu� es que yo he aprendido el Espa�ol�, mientras esgrim�a un inconfundible tomo del diccionario de la Real Academia. Yo, por supuesto, sonre�, entre divertido y misericordioso. Entonces comprend� por qu� aquella fastuosa dama b�lgara, excelente cuentista por lo dem�s, hablaba tan mal nuestro idioma.

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Un prejuicio peque�oburgu�s

Lo que muchos denostadores, reales o aparentes, del diccionario no saben, o no entienden, o no quieren saber ni entender, es que el diccionario no es algo abstracto, menos a�n un objeto muerto, inmutable, petrificado, ni siquiera una ordenanza o estatuto escol�stico r�gido e inflexible, con el que se pretende imponernos c�mo debemos hablar y escribir nuestra propia lengua. Parad�jicamente, muchos de quienes defienden el diccionario desde un purismo trasnochado y est�ril hacen m�s da�o que sus detractores. Porque, queri�ndolo o no, s�lo logran sembrar en mucha gente un sentimiento de animadversi�n, no  s�lo contra el diccionario, sino contra todo lo que tenga que ver con la gram�tica y, en general, con la normativa ling��stica.  El colmo de esa animadversi�n est� en lo que me ocurri� una vez en mi c�tedra de Castellano, en la vieja Escuela de Periodismo de la Universidad Central de Venezuela, cuando un alumno, que fung�a de dirigente de la ultraizquierda, a quien en un ejercicio le hab�a  corregido numerosos errores ortogr�ficos, me increp� dici�ndome que �l escrib�a as� a prop�sito, porque la ortograf�a era un prejuicio peque�oburgu�s. 

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No hay un diccionario perfecto 

Se ha dicho, y es cierto, que ning�n diccionario est� completamente  al d�a, porque cuando cualquiera de ellos sale de la imprenta, ya la lengua ha avanzado, se ha enriquecido, ha inventado o adoptado nuevos vocablos, que, obviamente, no pueden estar en sus p�ginas. Eso explica, en parte, que muchos diccionarios lleven al final un ap�ndice con nuevas palabras, que no aparecen en el cuerpo  principal, o aparecen con otras acepciones. En ello debe verse, sobre todo, el extraordinario dinamismo de la lengua, su constante movilidad, su naturaleza por definici�n cambiante, pues, como bien lo dec�a nuestro Andr�s Bello, �Una lengua es como un cuerpo viviente: su vitalidad no consiste en la constante identidad de elementos, sino en la regular uniformidad de las funciones que �stos ejercen, y de que proceden la forma y la �ndole que distinguen al todo�.
Agreguemos que de los tres elementos, o conjuntos de elementos  esenciales que forman un idioma, el vocabulario o l�xico, la sintaxis y la fon�tica, el primero es el m�s din�mico, el m�s susceptible a los cambios, el m�s expuesto a las influencias ex�genas. Y es aqu� donde hallamos, precisamente, la clave para entender la importancia del diccionario. Dos datos, por lo menos, justifican lo que digo. En primer lugar, el diccionario es el �nico instrumento id�neo para registrar, no s�lo la cantidad de vocablos de que un idioma dispone en un momento dado, incluyendo arca�smos y palabras en desuso, sino tambi�n la velocidad y las tendencias con que ese vocabulario se va renovando constantemente. En segundo lugar, el diccionario es un factor principal�simo para mantener la this site de la lengua. Esto �ltimo es particularmente importante en el caso del Castellano, que, por ser el idioma nacional de una treintena de pueblos y de unos cuatrocientos millones de hablantes desparramados por diversos continentes, debe encarar siempre el riesgo de la disgregaci�n y el fraccionamiento.

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No autoriza ni desautoriza

En cuanto a lo primero, es preciso tener claro que el diccionario no es, como muchos pretenden, lo que da vida a las palabras. Mal servicio hacen a la cultura ling��stica �que deber�a ser objeto primordial de la escuela, pero desgraciadamente no lo es� quienes pretenden que una palabra no existe, o que su uso no est� autorizado, porque no aparece en el diccionario, tal como se oye con demasiada frecuencia. Es todo lo contrario: el diccionario no autoriza ni desautoriza el uso de vocablo alguno. El diccionario es s�lo un registro, lo m�s completo posible, pero siempre imperfecto, de palabras en uso. Las nuevas palabras entran al diccionario s�lo despu�s de un largo tiempo de uso pac�fico, hasta el punto de que ya aparecen documentadas por escrito, de modo que es l�gico deducir que se han generalizado y arraigado. A veces es un proceso largo, que tarda a�os para darle entrada a un nuevo vocablo. Sin embargo, precisamente por aquel dinamismo de la lengua que antes mencion�, esos procesos pueden acortarse enormemente, y entonces el diccionario acoge en su seno voces de aparici�n m�s o menos reciente, pero que han corrido velozmente en el l�xico de uso com�n. En lo cual influye mucho el extraordinario desarrollo de los medios de comunicaci�n masiva, que divulgan con inusitada velocidad vocablos que, de ese modo, se generalizan y arraigan mucho m�s r�pidamente que otros. Ejemplos de esto los tenemos en numerosos vocablos propios de la cibern�tica y de la computaci�n, que se han ido incorporando al diccionario en sus dos o tres ediciones m�s recientes. En la �ltima, que hoy presentamos, hallamos un ejemplo a�n m�s ilustrativo: la palabra talib�n, cuyo uso y conocimiento se ha generalizado y arraigado muy recientemente,  llevada a todas partes del mundo principalmente por los medios de comunicaci�n, y que ha sido incorporada a esta edici�n del DRAE con la siguiente definici�n: �Talib�n: adj. Perteneciente o relativo a cierta milicia integrista musulmana. || 2. com. Integrante de esta milicia�. Con esto, de paso, la Real Academia resuelve el problema de las dudas y vacilaciones, motivo de innumerables consultas, sobre todo por periodistas, acerca de c�mo debe emplearse ese vocablo cuando se refiere a varias personas. La definici�n del DRAE no deja lugar a duda sobre que el plural es talibanes.
El diccionario sirve, adem�s, para seguir la pista a la evoluci�n del l�xico, es decir, del conjunto de vocablos propios del idioma. Y es de advertir que, por la importancia del l�xico, la evoluci�n de �ste puede entenderse como la evoluci�n del idioma mismo. La Real Academia ha hecho hasta el presente veintid�s ediciones del diccionario, desde la primera, del conocido como Diccionario de Autoridades, en tres vol�menes, cuya publicaci�n se inici� en 1737, hasta �sta que hoy tenemos el honor de presentar ante ustedes. Entre una y otra ha habido siempre importantes cambios e innovaciones, a fin de ir haciendo que el diccionario refleje los cambios que el paso del tiempo va imponiendo a la lengua de todos los d�as.  Quiere decir que, en promedio, el diccionario oficial de nuestra lengua ha cambiado cada doce a�os, un ritmo bastante apropiado a la velocidad con que el idioma mismo se ha ido desarrollando. Ritmo que se ha acelerado notablemente en los �ltimos treinta a�os, pues entre 1970, en que apareci� la d�cimonovena edici�n, y este a�o 2001, en que entra en circulaci�n la vig�sima segunda, hemos tenido cuatro ediciones, a un promedio de 7,75 a�os entre cada una. Y no exagero ni les miento si les digo que ya en la Real Academia est�n en proceso los trabajos para la pr�xima edici�n.

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Una evoluci�n fascinante

Es realmente fascinante observar c�mo ha sido esa evoluci�n del diccionario oficial de nuestra lengua a lo largo de sus doscientos sesenta y cuatro a�os de existencia. Tomemos un ejemplo bastante ilustrativo. Recuerdo que hace muchos a�os le� una feroz cr�tica al diccionario de la Real Academia, en que, entre otras cosas, se hac�a mofa de la definici�n que en su edici�n entonces vigente tra�a de la palabra �perro�: �Mam�fero carnicero dom�stico, de tama�o, forma y pelaje muy diversos, seg�n las razas, pero siempre con la cola de menor longitud que las patas posteriores, una de las cuales suele alzar el macho para orinar. Tiene olfato muy fino y es inteligente y muy leal al hombre� (DRAE. 17� ed. 1947).

No dudemos de que, desde cierto punto de vista, la mofa pareciera justificarse. La Real Academia fue sensible a la cr�tica, y ya en la siguiente edici�n se hab�a suprimido la referencia al levantamiento por el perro de la pata trasera para orinar, principal motivo de la censura antes se�alada.

Pero, para que se vea c�mo los cambios en el diccionario obedecen a diversos factores, casi siempre relacionados con la forma como los usuarios manejamos el lenguaje, aunque no podemos descartar la posible intervenci�n caprichosa y desnortada de alg�n acad�mico trasnochado, pero m�s o menos influyente, veamos cu�l fue la definici�n que del perro se escribi� en el Diccionario de Autoridades, que, como ya dije, es el primero elaborado por la Real Academia: �Perro: animal dom�stico y familiar, de que hay muchas especies y todos ellos ladran. Unos sirven para la guarda de las casas y ganados, y otros para la caza; y seg�n sus cualidades, tama�os y propiedades, tienen diversos nombres, que se explican en sus lugares� (Autoridades; 1737).

Lo sencillo y certero de esta definici�n de nuestro primer diccionario oficial, adem�s de contrastar con la cuasihumor�stica del diccionario de 1954, compagina muy bien con la sobriedad y precisi�n que nos ofrece la de esta nueva edici�n, id�ntica a la que tra�a la edici�n anterior: �Perro: Mam�fero dom�stico de la familia de los c�nidos, de tama�os, forma y pelaje muy diversos, seg�n las razas. Tiene olfato muy fino y es inteligente y muy leal al hombre�. (DRAE: 21� y 22� ediciones. 1992 y 2001).

El Diccionario de Autoridades es, pues, el primero elaborado por la Real Academia. Pero antes hubo otros, incluso cuando la Academia, fundada en 1713, a�n no exist�a. El primer diccionario de nuestro idioma fue el Tesoro de la lengua castellana o espa�ola, del Licenciado Don Sebasti�n de Covarrubias y Orozco, Capell�n de Su Majestad, Maestrescuela y Can�nigo de la Santa Iglesia de Cuenca y Consultor del Santo Oficio de la Inquisici�n, publicado en 1611. Se trata de una preciosidad, que lleva muy bien puesto el nombre de Tesoro, tanto porque era costumbre en diversos pa�ses llamar de ese modo a los diccionarios, como porque son verdaderas joyas las que se re�nen en sus p�ginas. Trabajo tanto m�s admirable cuanto que fue un esfuerzo individual, sin los recursos que m�s tarde fueron apareciendo en orden a dotar de rigor cient�fico la labor lexicogr�fica, convertida adem�s en tarea de equipos, pero tambi�n a facilitarla. Ejemplo es, este magn�fico Tesoro �favorecido ello, quiz�s, precisamente por tratarse de un trabajo individual�, de c�mo un diccionario no tiene por qu� ser un aburrido repertorio de voces escrito con la tiesura y la frigidez que ciertamente hallamos en muchos diccionarios. En �ste, en efecto, Cobarruvias ejercita con largueza la galanura y la gracia que desde siempre ha exhibido la lengua castellana, lo mismo en el habla com�n y coloquial, que en el estilo inconfundible de sus creaciones literarias. Preciosa muestra de ello la hallamos, justamente, en la definici�n que nos da de la palabra perro:

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Animal conocido y familiar, s�mbolo de fidelidad y de reconocimiento a los mendrugos de pan que le echa su amo. Desta materia hay libros enteros escritos, con casos muy particulares. La etimolog�a del perro declararemos por una pregunta que se suele hacer en las aldeas: �Por qu� el perro cuando se quiere echar da vueltas a la redonda? Resp�ndese por v�a de pasatiempo que anda a buscar la cabecera.  El perro es de naturaleza muy seca, y para echarse recogido no puede doblar el espinazo de golpe, y as� a cada vuelta que da dobla un poco hasta que a su parecer est� para poderse echar recogido, y por esta su calidad �gnea se llam� perro de pur, puros, ignis. Hay muchas diferencias de perros. Unos perritos, que llaman de falda, que cr�an las se�oras, dichos antiguamente meliteos, porque se tra�an de Malta. Otros que son para la caza, y otros para la guarda de la persona. Los perros del ganado, que son de tanta importancia a los pastores, y otros muchos g�neros de perros. Proverbios. �A perro viejo, nunca tus, tus�. �Por dinero baila el perro�. �Perro ladrador, nunca buen cazador�. �El perro con rabia a su amo muerde�. �El perro del hortelano, que ni come las berzas, ni las deja comer a otro�. �El perro del herrero, que duerme a las martilladas y despierta a las dentelladas�. �A otro perro con ese hueso�. �Ni padre ni madre ni perro que le ladre�. �Perrillo de muchas bodas�. Los perros de Zurita; �ste es un refr�n com�n, y dicen haber nacido de que un alcaide de Zurita ten�a unos perros muy bravos que estaban de d�a atados, y solt�ndolos a la noche, no hallando a qui�n morder, se mord�an  unos a otros.


M
�s parece de poeta, esta definici�n, que de lexic�grafo aficionado, como era el genial don Sebasti�n.

Muy consciente estaba Cobarruvias de la importancia de su obra, tanto como para prever futuras nuevas ediciones. Pero tambi�n de las fallas que pudiera tener, sobre todo por haber sido una labor solitaria. Por ello remat� el pr�logo de su Tesoro con estas sabias palabras, paradigma de discreci�n y comedimiento: �Yo pido con toda humildad y reconocimiento de mi poco saber, que todo aquello que yo errare, se me enmiende con caridad y se me advierta para otra impresi�n�.

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Novedades y venezolanismos

Esta vig�sima segunda edici�n de nuestro diccionario trae importantes cambios y novedades respecto de los anteriores. No pretendo aburrirlos enumer�ndolos o coment�ndolos, pues cada quien los podr� ir descubriendo a medida que lo vaya utilizando seg�n sus necesidades. Dir�, sin embargo, que de los 83.014 art�culos de la edici�n anterior, en �sta se han suprimida 6.008, por haber perdido vigencia y disminuido su uso casi hasta cero. Tambi�n, de las 154.480 acepciones registradas en aqu�l, se ha prescindido en �ste de 17.337 por la misma raz�n. Y en 55.442 art�culos se han introducido importantes correcciones mayores o menores.
Quiz�s lo m�s importante sea que se han agregado 11.425 nuevas entradas, y a�adido 24.819 nuevas acepciones a vocablos que ya estaban en el diccionario. Especial inter�s tiene para nosotros el dato de que se ha m�s que duplicado la presencia de americanismos, tanto con la adici�n de nuevos art�culos, como de nuevas acepciones para art�culos que ya estaban incorporados. Lo que eleva a 28.000 la suma de americanismos presentes en el diccionario.
En el caso espec�fico de nuestro pa�s, ha sido numeroso el contingente de venezolanismos incorporados en esta nueva edici�n del DRAE, bien sea en forma de nuevas voces que no estaban antes, bien mediante el agregado de nuevas acepciones, propias de nuestra habla nacional, que faltaban en algunos  art�culos. Tambi�n se han hecho importantes enmiendas a venezolanismos que ya hab�an sido incluidos en ediciones anteriores, pero cuya redacci�n no era satisfactoria. Entre los venezolanismos aceptados en esta ocasi�n figuran los siguientes: acuseta, amellar, apendejearse, apurru�ar (apurru�arse), autobusete, azulillo, bachaco, bandola, b�quiro, brollo, cacharra, cachito, carraplana, cayapa, chamo, charrasca, ch�cora  (y su variante ch�cura), choreto, curucutear, derrape, curru�a, empatucar, empavar, empichar (se), engalletar (se), entr�pito, espaldero, furruco, gandola, gandolero, guachafita, guaral, jamaquear, jamaqueo, jaquetoner�a, lechina, lidioso, liencillo, majunche, malandro, manguarear, mapire, nepe, noticiero, �inga, pachotada, palt�, pantaleta, pasapalo, poceta, rebulicio, rel�fica, seib�, s�cate, tarajallo, voltear, zagalet�n, zaperoco�  No todos estos vocablos est�n descritos de manera precisa y satisfactoria, seg�n su peculiar uso venezolano, pero el que ya est�n en las p�ginas del diccionario es importante, y ya habr� ocasi�n de proponer las enmiendas que sean procedentes en ediciones posteriores. Adem�s, algunos de ellos ya aparec�an en ediciones anteriores, pero, o bien debi� enmendarse su redacci�n, por no ser la apropiada,  o bien se les agregaron acepciones que antes no se contemplaban.
Es curioso, por cierto, observar que, aunque nuestra Academia no solicit� la incorporaci�n del vocablo anzoatiguense como gentilicio de los nacidos en el Estado Anzo�tegui, la Real Academia lo incorpor� motu proprio esta vez, aunque conservando tambi�n la forma anzoateguiense, aparentemente propia, pero en realidad artificial, que ya hab�a sido incluida en la vig�sima edici�n, de 1984.

Es evidente que cada d�a son mayores el inter�s y la atenci�n que la Real Academia presta al Castellano de Am�rica. Incluso hay importantes acad�micos espa�oles que han dicho que es en Am�rica donde est� el futuro de la lengua castellana. En todo caso, no puede soslayarse el hecho de que en Am�rica est� la gran mayor�a de los hablantes de nuestro idioma, as� como tambi�n de que entre nosotros se ha venido desarrollando una de las literaturas m�s fascinantes y vigorosas del mundo contempor�neo. Lo cual justifica el prop�sito reiterado de la Real Academia de llegar, lo m�s pronto posible, a la elaboraci�n de un verdadero diccionario panhisp�nico, con la activa colaboraci�n, cada d�a m�s estrecha y cordial, de las academias nacionales de Hispanoam�rica, Filipinas y los Estados Unidos.

Pero no son s�lo estos agregados la �nica novedad en esta nueva edici�n. Tambi�n se han introducido importantes modificaciones de tipo t�cnico, que hacen del DRAE un instrumento mucho m�s �til y eficaz en su funci�n de auxiliar al hablante en el uso de su lengua. Ello obligar� a los usuarios a detenerse un poco para asimilar esas innovaciones t�cnicas, nada complejas por lo dem�s, lo cual podr� hacer f�cilmente con la eficaz ayuda de las copiosas pero sencillas advertencias para su uso que se ponen al comienzo del texto.

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La Real Academia se remoza

Lo m�s resaltante de todo lo dicho es que con esta edici�n del DRAE la Real Academia reafirma y ampl�a en la pr�ctica su prop�sito, ya manifestado y comenzado a cumplir desde hace algunos a�os, de actualizarse, de ponerse al d�a, de entrar de lleno en una verdadera y leg�tima neomodernidad �que nada tiene que ver con eso que pomposa, pero impropiamente, se ha dado en llamar posmodernidad, palabra �sta que tambi�n ha ingresado esta vez al diccionario�. Esa acci�n renovadora de la Real Academia pasa, por supuesto, por el hecho de haber abierto sus puertas a las llamadas nuevas tecnolog�as, aprovechando las enormes ventajas de la inform�tica y la computaci�n para realizar sus labores de investigaci�n y rastreo, acerca de las tendencias y hechos concretos que caracterizan la evoluci�n de nuestro idioma en los tiempos que corren. Fen�meno extremadamente complejo, que s�lo con el auxilio eficac�simo de esos recursos puede llevarse exitosamente a cabo. Los convenios y realizaciones que en ese sentido ha adelantado la Real Academia, que recientemente se pusieron en evidencia en el II Congreso Internacional de la Lengua realizado en el pasado mes de octubre en Valladolid, y de los cuales es tambi�n en buena parte un feliz resultado esta nueva edici�n del DRAE, contribuye enormemente a despejar la imagen de la Academia, a despojarla de los ribetes de acartonamiento, vetustez y cerril conservadurismo que, no siempre sin raz�n, tradicionalmente se le ha endilgado.
Pero, con ser eso enormemente importante, lo es m�s a�n el hecho de que esta nueva actitud de la Real Academia apunta a lo que realmente es su justificaci�n hist�rica y su raz�n de ser: su acercamiento al pueblo hablante, en busca, en su propia y �nica fuente primigenia, de un conocimiento verdaderamente  cabal de nuestro idioma. Bien lo dicen los redactores del �Pr�ambulo� de esta nueva edici�n del DRAE: �En el Arte po�tica dec�a Horacio que �al igual que los bosques mudan sus hojas cada a�o, pues caen las viejas, acaba la vida de las palabras ya gastadas, y con vigor juvenil florecen y cobran fuerza las reci�n nacidas. [�] Renacer�n vocablos muertos y morir�n los que ahora est�n en boga, si as� lo quiere el uso, �rbitro, juez y due�o en cuestiones de lenguaje�.

Bien est� esa cita de Horacio. Mas, sin que esto implique una censura a los autores del �Pre�mbulo�, no ten�an que haber ido tan lejos en busca de autoridad que justificase su sabia posici�n. Que lo mismo dijo, en nuestra propia y llana lengua, nuestro amado don Miguel de Cervantes, por boca de Nuestro Se�or Don Quijote. En un pasaje de la singular novela se suscita entre Don Quijote y Sancho el siguiente di�logo:

�Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos, ni de erutar delante de nadie.
�Eso de �erutar� no  entiendo �dijo Sancho.
Y Don Quijote le dijo:
�Erutar�, Sancho, quiere decir �regoldar�, y �ste es uno de los m�s torpes vocablos que tiene la lengua castellana, aunque es muy significativo; y as�, la gente curiosa se ha acogido al lat�n, y al �regoldar� dice �erutar�, y a los �reg�eldos�, �erutaciones; y cuando algunos no entienden estos t�rminos, importa poco; que el uso los ir� introduciendo con el tiempo, que con facilidad se entiendan; y esto es enriquecer la lengua, sobre quien tiene poder el vulgo y el uso.
(Quijote. I; XLIII).   

Ya termino. Pero no antes de expresar mi gratitud a mis compa�eros de la Academia Venezolana de la Lengua, y en particular a su digno Director, mi querido amigo Jos� Luis Salcedo Bastardo, por haberme encomendado el honroso compromiso de hablar en este acto. Gratitud que hago extensiva a mis queridos amigos del Grupo Planeta, copatrocinante de esta amable reuni�n. Y en nombre de ellos, y de nuestra Academia, agradecer tambi�n a la Real Academia Espa�ola por habernos honrado al delegar su representaci�n entre nosotros, en esta ocasi�n, en la persona de don �ngel Mart�n Municio, ilustre Miembro de N�mero y Tesorero de esa docta Corporaci�n, a quien igualmente le expreso nuestro regocijo por su estimable presencia esta ma�ana. Y finalmente, por supuesto, agradecer asimismo a todos ustedes, por enaltecer con su asistencia este sencillo acto. (Academia Venezolana de la Lengua. Discurso de presentaci�n del DRAE, 3/12/2001).


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Alexis M�rquez Rodr�guez es miembro de la Academia Venezolana de la Lengua.

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