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3 de abril de 2002


Tribuna de opini�n

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JOS� ANTONIO PASCUAL RODR�GUEZ (tercera parte)
La historia como pretexto
 

La etimolog�a como figura literaria
La seducci�n por la etimolog�a
Amor y pedagog�a
La historia y la l�gica del sentido com�n
Fin

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5. La etimolog�a como figura literaria

Existe entre las palabras una serie de relaciones �las que tradicionalmente se han considerado la materia etimol�gica� originadas por los procesos de derivaci�n y composici�n, responsables de que para descifrar el sentido de una palabra debamos guiarnos por el lugar que ocupa dentro de una familia; por eso se puede decir:

... seg�n Marco Tulio de la etymolog�a o derivaci�n del vocablo venimos en conocimiento de la cosa significada por el vocablo (A. Venegas 1546: f.� 115 v.�).

�sta es una de las razones por la que los hablantes podemos errar al interpretar algunos elementos del l�xico de una lengua: bien porque comprendamos mal estas relaciones, bien porque �stas no existan, como sucede cuando una voz se queda aislada en el universo l�xico. As�, ejemplificando lo primero, el latinismo contentible parece tener algo que ver con contentar, pero sin que pueda establecerse una proporci�n con temible y temer. Si alg�n fil�logo ha podido interpretar err�neamente contentible, como �contentadizo�, es por no haberse fijado en esa llamada de atenci�n que supone la forma -ible, con i, que impide que la derivemos de un verbo terminado en -ar. De igual modo, el aislamiento en el sistema explica que se llegue a interpretar inadecuadamente adolecer o detentarla primera vez que los o�mos, pues no resulta f�cil relacionar gen�ticamente estas voces con otras y no encontramos, por tanto, facilidades para poder deducir su significado del de sus parientes. De ah� que sea tan razonable la pregunta siguiente, como aceptables las respuestas, en las que se toman en consideraci�n las dos posibilidades a que acabo de referirme:

So what�s in a name? The answer, we have seen, is, a great deal. In the sense of a morphological product, a name is an intricate structure, elegantly assembled by layers of rules and lawful even at its quirkiest. And in the sense of a listeme, a name is a pure symbol, part of a cast of thousands, rapidly acquired because of a harmony between the mind of the child, the mind of the adult, and the texture of the reality (S. Pinker 1995: 157).

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En el l�xico de una lengua se agrupan distintas familias formadas por palabras que comparten un contenido b�sico com�n. Esto le permiti� a don Jos� Ortega y Gasset no sacarse de la chistera la voz deshumanizaci�n, aplicada al arte de su tiempo (J. Guill�n 1972: 191), pues la cre� bas�ndose en las posibilidades que le permit�a introducir como eslab�n de una cadena de formas emparentadas como: hombre �> humano �> humanizar �> humanizaci�n �> deshumanizaci�n, cada uno de cuyos elementos resulta comprensible, con tal de entender el valor del anterior. De ah� que las reglas de derivaci�n, que el hablante conoce de una manera impl�cita, sean las v�as m�s seguras para establecer significados previsibles entre las palabras de una lengua.

Adem�s de estas relaciones se establecen otras a trav�s del contenido de las palabras, como ocurre cuando G�ngora se refiere en el verso 192 del Polifemo �al sonoro cristal, al cristal mudo�. La tradici�n literaria en que se inserta la met�fora hace que la contraposici�n entre mudo y sonoro solucione la ambig�edad del valor que ha tomado cristal, y nos traslade, cuando se combina con sonoro, al agua del arroyo, mientras que enfocado el cristal en compa��a de mudo nos hace ver a Galatea dormida junto al agua. Son los enigmas de la lengua po�tica, en los que no se percibe a simple vista el blanco al que se dirige la flecha de la met�fora (J. Guill�n 1972: 46, 70; J. M. Mic� 2001: 47).

La etimolog�a como figura literaria �evito �figura etimol�gica�, que no pertenece a las figuras literarias (F. L�zaro 1997: 543)� no tiene que ver con las relaciones en que se organizan los derivados a que me he referido m�s arriba, sino que se sit�a en el �mbito mismo de la met�fora, pues, como ella, trata de dotar a una palabra de un sentido traslaticio. Es una situaci�n que mostr� Ernst Robert Curtius (1955, II: 692 y ss.) al explicar c�mo la antigua ret�rica acogi� a la etimolog�a entre las figuras literarias, para cumplir la idea aristot�lica de destacar bajo los ojos lo designado. Ciertamente en esta utilizaci�n ret�rica de la etimolog�a no se ponen en relaci�n dos signos entre los que existe un cierto �aire de familia�, sino dos significados de un mismo signo: uno de los cuales est� situado en el pasado y el otro en el presente. Tales significados no tienen por qu� ser contiguos �y hasta puede ocurrir que el m�s alejado en el tiempo se trate en realidad de una mistificaci�n�, de forma que cuanto m�s dif�cil resulte ponerlos en relaci�n, m�s contribuir� ese deslizamiento de significado a reforzar lo que se dice. Descubrir la motivaci�n etimol�gica de una palabra es un acto de creaci�n sem�ntica paralelo al de creaci�n de una met�fora viva (P. Ricoeur 1975: 397; 253, 389; 388; 371).

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Claro est� que todo ello implica un amor a la lengua que no es monopolio de escritores y fil�logos. Las siguientes palabras del premio Nobel de qu�mica Roald Hoffmann no dejan ninguna duda con respecto a esta afirmaci�n:

Yo no tengo problema en hacer, o en intentar hacer, [...] ciencia y poes�a. Ambas surgen de mi inter�s de comprender el universo que me rodea, de mi personal regusto por la comunicaci�n al ense�ar lo que he aprendido, y de mi admiraci�n por el lenguaje. Amo las palabras, sus definiciones y etimolog�as, sus or�genes y relaciones, el poder que tienen sobre nosotros (apud A. Mart�n Municio 1993: 260).

5.1. La seducci�n por la etimolog�a

No por l�ricas son menos ciertas las aseveraciones con que se cierra el apartado anterior. Es un acto de amor a las palabras exhumar una acepci�n anticuada de �stas, como ocurre cuando Ortega y Unamuno utilizan acostarse con el valor de �acercarse� (R. Senabre 1964: 77, L. Gabriel-Stheeman 2000: 64, 65; M. de Unamuno 1958: 911, 1031) o el novelista vasco emplea deleznarse por deslizarse (id.: 647) o establece una relaci�n �jocosa� entre Parlamento y Palabramento (id.: 654) o divaga sobre propina (id.: 688) o pretende dar por v�a etimol�gica con la diferencia entre dialecto e idioma (id.: 716).

Pero Roald Hoffmann no se quedaba en el amor, se refer�a tambi�n al poder que ejercen las palabras sobre nosotros. De las mil maneras en que esto pueda lograrse, voy a fijarme s�lo en una, en que la etimolog�a busca dar una interpretaci�n aclaradora de la realidad. Es uno de los recursos que utiliz� don Jos� Ortega y Gasset, convirti�ndolo en una forma de argumentaci�n por medio de la cual captar la adhesi�n de los lectores (L. Gabriel-Steehman: 2000). El procedimiento es de un refinamiento extremo, por cuanto supone sustituir los hechos impl�citos con que se cuenta en la argumentaci�n �en �ltima instancia, hist�ricos� present�ndolos como evidencias del pasado y, como tales, compartidas por todos. Con este proceder se evita la confrontaci�n dial�ctica, en la que, aparte de los argumentos, suele destacar desmesuradamente el yo. El acuerdo que se logra con el lector no es en estos casos sino un espejismo, porque, seg�n ha expuesto Emilio Lled�:

Si, seg�n los m�s arriesgados principios de la metodolog�a, hay que partir siempre de lo m�s conocido y claro hacia lo desconocido y confuso, parece evidente que el conocimiento del presente puede servirnos de acceso al conocimiento del pasado. Sin embargo, esto no deja de presentar ciertas dificultades, porque la perspectiva hist�rica, la objetividad que presta la distancia, se opone, indudablemente, a la apasionada presi�n que el presente ejerce sobre nosotros (E. Lled� 1978: 77).

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Miguel de Unamuno se sirve igualmente de la etimolog�a, pero como ariete contra esto y aquello, de un modo particular contra el diccionario de la Academia y, si le viene en gana, contra su director. A lo que a�ade su complacencia en se�alar que estos asuntos sirven s�lo para pasar el rato, pues �hay cuestiones de m�s meollo en que ocuparse uno�. Remata todo con la exhibici�n de su erudici�n morfol�gica, desde la que critica cualquier voz que est� mal formada (as� encuesta, en Nuevo Mundo, 1920). Fil�sofo y novelista parten del mismo procedimiento: uno para seducir al lector; el otro para remachar sus propias ideas. Ortega prefiere presentar las cosas como si todos las compartieran, en un intento de atraernos con ese tono menor del buen conversador que nos toma por el brazo y nos mantiene atentos y ensimismados ante sus palabras. Es el punto m�s distante posible de la cr�tica que hac�a Baroja a quienes dec�an �Nosotros no hacemos ensayos, hacemos dogmas� (P. Baroja, �Peque�os ensayos�: 988); de este modo, nos dejamos raptar por esa verdad que parece emanar de lo obvio, para conducirnos a los mediterr�neos del sentido com�n, mientras doblamos con el escritor la esquina de la historia. Lo de menos es si all�, a lo lejos, �se que nos presenta es el significado real que tuvo una palabra en el pasado, pues lo importante es que a nosotros nos lo parezca y que sirva de argumento para dar un vuelco a la realidad presente y enfocarla de otro modo, dando por sentado que, tras este rodeo, la interpretaci�n resulta evidente.

Don Jos� Ortega y Gasset logra as� definir de nuevo algunos elementos de la realidad, cambiando simplemente el valor de las palabras, con el pretexto de la orientaci�n que encuentra en su pasado. Si en una met�fora como El hombre es un lobo, el significado no es el corriente, sino el que resulta de �un sistema de lugares comunes asociados� a �l (M. Black 1962: 40), nuestro fil�sofo act�a igual, pero poniendo en relaci�n dos sentidos de una sola voz: el actual y el originario. Dota de este modo a las palabras de un contenido deseable, el originario:

Es el Tiempo un poder, a la vez generoso y criminal. [...] El tiempo es creador y, por eso, es generoso. Generoso en su etimolog�a significa el que engendra (J. Ortega y Gasset 1983, I: 497. Vid. otros ejemplos en L. Gabriel-Stheeman 2000: 83-84).

El valor de generoso se acerca bastante �sin ser el mismo� al que esta palabra tiene, por ejemplo, en La Celestina:

Melibea, mujer moza, muy generosa, de alta y seren�sima sangre (Fernando de Rojas, Celestina: 23).

Pero en otros casos ejerce el fil�sofo una verdadera tiran�a sobre las palabras, al dotarlas en el pasado de un valor sem�ntico que nunca tuvieron, como vemos en el siguiente pasaje:

Y es obra de amor naturaleza, porque significa generaci�n, engendro de las unas cosas con las otras, nacer la una de la otra donde estaba premeditada, preformada, virtualmente inclusa (J. Ortega y Gasset 1983, I: 350).

Se recupera en este ejemplo en �l el valor positivo que engendro hubiera debido contener en sus ra�ces, igual que engendrar, que, a diferencia del derivado, no tiene una connotaci�n negativa. M�s que un buceo por el origen del significado es un acuerdo a que llega con el lector acerca de la posibilidad de limpiar la ganga que se ha ido pegando a la palabra a lo largo de su historia, a causa de lo que se conoce como �bloqueo� morfol�gico. De ese modo dota a una voz del contenido que no ha logrado alcanzar; meta a la que llegan otras personas, pero no intencionadamente, sino por mero desconocimiento de los hechos, dando lugar, de ese modo, a una equivocaci�n. La podemos encontrar en el doblaje espa�ol de La herencia del viento, de Stanley Kramer, donde un personaje, en lugar de referirse a las generaciones de la Biblia, lo hace a �estos engendros de la Biblia�.

Con apocalipsis act�a Ortega del mismo modo, enfoc�ndolo seg�n el deber ser etimol�gico:

Descubrimiento, revelaci�n, propiamente desvelaci�n, quitar de un velo o cubridor (J. Ortega y Gasset 1983, I: 336).

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Y no podemos decir que no haya encontrado buenos continuadores:

Apocalipsis, en griego, significa revelaci�n, descubrir y poner de manifiesto las cosas escondidas; para nosotros la palabra evoca en cambio im�genes catastr�ficas de destrucci�n y ruina, de fin del mundo. No est� claro que los lectores, que llevan siglos leyendo este libro e interpret�ndolo a menudo sin respetar la etimolog�a ni la filolog�a, tengan que estar por fuerza tan s�lo equivocados (C. Magris 2001: 18).

La actitud etimologizante de Ortega conduce a un acto creativo en el que la palabra, con independencia de su verdadera etimolog�a (vid. L. Gabriel-Stheeman 2000: 204-207, a prop�sito de seriedad, deporte, carnaval) resurge con un nuevo significado, para ganarse la complicidad del lector (L. Gabriel-Stheeman 2000: 208); la misma complicidad que sigue buscando Luis Magriny� (Los dos Luises: 13 y ss.), en un alegato en favor de la pereza, cuyo mejor argumento es la presentaci�n de la �genealog�a innoble� de la palabra trabajo.

5.2. Amor y pedagog�a

Don Miguel de Unamuno �antes he aludido a ello� reflexiona, a su vez, sobre la historia de las palabras; si bien, �como ya lo he dicho tambi�n� se muestra m�s un pedagogo dispuesto a remover los esp�ritus que un seductor. Sabe que las palabras pueden dejar de ser mediadoras con la realidad y convertirse en parte de ella, desde el preciso instante en que se las define; y conoce el riesgo a�adido de que la emoci�n oscurezca los conceptos que las palabras delimitan, en casos como soberan�a, autonom�a, naci�n, estado, estatuto (1958: 663, 815). A este respecto las minucias etimol�gicas se le representan como algo in�til, seg�n le confiesa en una carta a su amigo Pedro de M�gica, fechada el 5 de abril de 1892:

Tomo la filolog�a como una gimn�stica espiritual que contrabalancee mi tendencia, acaso excesiva, a las generalizaciones y abstracciones, mis instintos metaf�sicos, y una distracci�n que me proporciona algunos buenos ratos. Que por lo dem�s (no se indigne usted) estimo la mayor parte de los trabajos ling��sticos ingeniosas investigaciones sobre asuntos balad�es, de que a la humanidad y a la verdadera cultura se le da una higa. �Le parece a usted una vida noblemente empleada la gastada en averiguar si este terminacho viene de aqu� o de all�? Le soy a usted franco, por mi parte prefiero remover cuatro o cinco grandes lugares comunes... (M. J. Mancho 1997: 277, n. 27).

Al comienzo de su art�culo titulado �Enquesta o enquisa� insiste en esta idea recurrente en sus obras:

Hay, as� como as�, quien cree que �sta es una tarea sustanciosa, y que con ello gana no s� qu� entereza espiritual de la casta.

Y lo cierra ir�nicamente:

�Verdad, lector, que no hay ahora cuestiones de m�s meollo en que ocuparse uno? (Nuevo Mundo, 1920; es una versi�n bastante cambiada del publicado en Mundo Gr�fico en 1913, recogido este �ltimo en M. de Unamuno 1958: 583-586).

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Aunque lo expuesto en estos textos se compadece mal con otros en que afirma que:

�ste es un campo vast�simo y que exige a�n gran laboreo. Porque todo lo que con nuestra lengua y su vida �ntima se refiere tiene excepcional importancia (M. de Unamuno 1958: 478).

La contradicci�n no es sino aparente, pues se trata de que Unamuno no acepta el excesivo foneticismo con que se aborda el estudio hist�rico de las lenguas, paralelo para �l, en ling��stica, al materialismo dial�ctico aplicado a la historia. S�lo hay por eso, a su juicio, una forma de adentrarse por el pasado del espa�ol: sin que �nuestra labor [...] se pierda en minucias etimol�gicas y gramatiquer�as� (M. de Unamuno 1958: 1030, 1006), que entorpecen la posibilidad de atender a los asuntos que interesan m�s a sus coet�neos. No pretende el rector salmantino mostrarles la historia de las palabras, sino incitarlos, por medio de ellas, a actuar; de ese modo, al interpretar el presente acudiendo a la etimolog�a de voces como agon�a, conciencia, herej�a o conchavarse [sic] (relacionando esta �ltima, a mi juicio, con buen criterio, con confabular, vid. J. L. Moralejo1995 y cf. DECH, s. v.), el recurso a la historia le sirve para crear, m�s que vocablos, conceptos que permitan, por ejemplo, que los espa�oles tengamos una visi�n compartida �que no uniforme� de las cosas. Con tal fin propone crear consabidur�a, en el sentido de �conciencia colectiva�, contonter�a, connecedad y desconsabidur�a (M. de Unamuno 1958: 646-649), neologismos cuya formaci�n pretende ser consecuencia de la moral social; como se fija tambi�n en ella, al echar la vista atr�s y dar cuenta de que dial�ctica est� emparentada con di�logo (id.: 647) o que en catal�n se da el hecho de valor positivo de que �a hablar le llaman razonar: enraonar� (id.: 656).

Pasado y futuro se enlazan para lograr por medio de la creaci�n l�xica �llegar a la this site del sentimiento �y por tanto del consentimiento [un caso m�s del significativo prefijo con-]� de un com�n destino hist�rico de los pueblos de lengua hisp�nica�. El mejor camino para lograrlo es �zahondar en la venera de expresiones en que se integran nuestros dialectos todos, y entre ellos el castellano. En el son com�n integral est� la visi�n com�n, integral, y el consentimiento de la convivencia� (id.: 720). Las intenciones no pueden ser mejores; pero no logro encontrar la manera de c�mo puedan conducir a esa this site de sentimiento de un com�n destino hist�rico de los pueblos hisp�nicos la intraducibilidad de una expresi�n como �no le d� la gana� o el hecho de que �nuestra palabra nada suen[e] en lo hondo de la conciencia a otra cosa que el franc�s rien o que el italiano niente� o el �ahondamiento� a que �se prestar�a el cavilar sobre la relaci�n entre las ganas y la nada� (id.: 719).

6. La historia y la l�gica del sentido com�n

Fuera del predio en que los ling�istas mantenemos aislada a la etimolog�a como disciplina cient�fica, es normal que muchos la tomen como trampol�n para acceder a una especie de realidad conceptual basada en los significados pr�stinos �reales o inventados� de las palabras. Se justifica esta actitud porque se piensa que en ese estadio inicial de cualquier voz est� contenida una explicaci�n del presente; e interesa poco la verdad hist�rica, pues se suele confiar m�s en la capacidad de lograr una explicaci�n del mundo a trav�s de la intuici�n que por la fuerza de los m�todos de que disponemos para bucear en la historia. Todo lo cual no tiene por qu� faltar a la elegancia. No falta a ella Alejo Venegas cuando explica lo m�s valioso del hombre, su raz�n:

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Raz�n [...] desciende deste verbo reor, reris, que quiere dezir pensar o ymaginar y del participio ratus viene ratio. Como de cogitatus, cogitatio. En romance se dir� pensamiento. Este nombre pensamiento se dize en lat�n pensamentum deste verbo penso, as, que quiere dezir pesar o ponderar a menudo, porque �l viene de pendo, is por pesar. De manera que raz�n es un pensamiento o peso con que discurrimos m�s que de una vez, porque si de una vez discurriese sin tornar a pesar o ponderar lo que el entendimiento propone, podr�a ser que se enga�asse la raz�n. Por esso como quien pesa en un peso de dos balan�as, en la una pone los bienes y en la otra los males y da�os y pesa qu�l pesa m�s. De modo que la raz�n es una ponderaci�n de lo que la memoria conserva y el entendimiento tra�a y dessea la voluntad. Y quando esta ponderaci�n passa del fiel a una parte o a otra, va fuera de la raz�n. De aqu� dezimos que no tiene raz�n el que no dize o haze conforme al peso y ponderaci�n de las cosas que pesa en las balan�as de la raz�n (A. Venegas 1546: f.� 115 v.�).

El recurso a la historia es solo aparente en esta explicaci�n, de la que, de hecho, lo m�s importante es su sentido com�n. Pero no debi�ramos cometer en su nombre el atropello de olvidar injustificadamente la historia, en las formas extremas de aplicaci�n de lo que se conoce como pol�tica o l�gicamente correcto. Cualquier tipo de imposici�n en este terreno supone ejercer un poder sobre los dem�s que �es siempre una usurpaci�n�, por decirlo con las palabras de un oscuro archivero de Coimbra, F. de Paula A. G. Duarte (F. Ayala, Los usurpadores: 342). Una usurpaci�n y, adem�s, una tonter�a, como la que nos llevar�a a tomar en serio la pregunta siguiente:

Dime, inventor de frase tan maldita,
�C�mo se pone el sol, cuando se quita?
(Sol�s, cit. por B. J. Gallardo 1835: 73).

O las que se hace el doctor Alfarnaque, ya citado aqu� con otro fin, en el entrem�s de �Las civilidades�:

�Por qu� a un hombre que tiene mala lengua
le llamas mal hablado? Di, barbado,
que ese es mal hablador, no mal hablado.
Suele decirle un hombre al m�s amigo:
mire lo que le digo;
y puede arrepentirse:
que oiga lo que le digo ha de decirse.
�Qu� ser� de pe a pa y una sed de agua?
�Qu� es estarse erre a erre, aunque le pese?
�Tiene m�s erre erre que ese ese?
Sueles decir furioso
que ni teme ni debe a un desalmado.
Con esto le has honrado;
porque, para abatille,
que ni teme ni paga has de decille�
(Q. de Benavente, Entremeses: 504)

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Si valor�semos la lengua como una serie de teoremas encadenados en forma de palabras no se entender�a, en efecto, ese ponerse el sol ni el mal hablado que acabamos de ver; pero la historia puede darnos una explicaci�n de estos usos y de muchos otros, como en olor de multitud (F. L�zaro 1997: 544, 547) o de las causas de una equivocaci�n como llamar curas�n al croissant (id.: 546) o de por qu� se ha de elegir chupa de d�mine en lugar de ch�pame d�mine (id.: 664) o de qu� motivo existe para preferir Oriente Pr�ximo, en lugar de Oriente Medio o Medio Oriente (id.: 567).

Este tipo de problemas debiera animarnos a servirnos m�s a menudo del diccionario, ese refugio contra las inclemencias de la realidad al que podemos acogernos en casi todos los lugares, incluso en la misma Vetusta, en cuyo casino:

El gabinete de lectura, que tambi�n serv�a de biblioteca, era estrecho y no muy largo. En medio hab�a una mesa oblonga cubierta de bayeta verde y rodeada de sillones de terciopelo de Utrecht. La biblioteca consist�a en un estante de nogal no grande, empotrado en la pared. All� estaban representando la sabidur�a de la sociedad el Diccionario y la Gram�tica de la Academia. Estos libros se hab�an comprado con motivo de las repetidas disputas de algunos socios que no estaban conformes respecto del significado y aun de la ortograf�a de ciertas palabras (L. Alas, La Regenta, I: 254).

Aunque solemos acudir al diccionario no s�lo para entender las palabras que lo componen, sino para organizar el mundo, sin dejar de lado los deseos, los temores, las prevenciones, y hasta la necesidad de imponer nuestras propias ideas a los dem�s: todo aquello que Norbert Elias inclu�a dentro de los mitos que distorsionan nuestra visi�n de la sociedad y de las quimeras que la ocultan (A. J. Heerma van Voss y A. van Stolk 1991: 51). A se�alar esto es a lo que he querido dirigir la mayor parte de estas distendidas reflexiones sobre el l�xico espa�ol; pero tambi�n me he referido a que los escritores pueden convertir tales riesgos en retos estil�sticos si saben implicar a los lectores en su soluci�n y �stos aceptan la condici�n de dar un salto al pasado. A algunos de estos retos me he referido ya, pero he querido dejar para el final uno que muestra por s� solo el placer que se deriva de encontrar la soluci�n a los enigmas que nos proponen nuestros escritores preferidos, en este caso Pedro Salinas, con esos �seiscientos colores� de un poema de La voz a ti debida:

�Ma�ana�. La palabra
iba suelta, vacante,
ingr�vida, en el aire,
tan sin alma y sin cuerpo,
tan sin color ni beso,
que la dej� pasar
por mi lado, en mi hoy.
Pero de pronto t�
dijiste: �Yo, ma�ana...�.
Y todo se pobl�
de carne y de banderas.
Se me precipitaban
encima las promesas
de seiscientos colores,
con vestidos de moda,
desnudas, pero todas
cargadas de caricias
(P. Salinas, La voz a ti debida: 229)

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Son esos �seiscientos colores�, que nos sorprenden a cada nueva lectura del poema, la prueba de que la palabra ha tomado por fin cuerpo; aunque sin que lleguemos a saber la raz�n exacta de por qu� el poeta se acoge a esta expresi�n. Es preciso esperar hasta que la historia decida desvelarnos sus misterios y sacar a la luz tantos colores como permanecen encerrados bajo seiscientas llaves en el pasado, en el libro tercero de Los amores de Te�genes y Cariclea, referidos a lo que les ocurri� a los amantes la primera vez que se miraron:

Y luego, como si tuvieran verg�enza de haberlo hecho, se pararon colorados y, al proviso, cuando la pasi�n, como yo pienso, les lleg� al coraz�n, se tornaron p�lidos y descoloridos. Y finalmente en poco espacio de tiempo seiscientas maneras de colores se les iban y ven�an a los rostros, significando por la mudanza ans� de la color como de los ojos, el desasosiego del coraz�n (Heliodoro, Historia eti�pica: 123).

Basta poner juntos los dos textos para entender el sentido preciso con que Salinas emplea esas promesas visuales, indicio de muchos placeres m�s para quien tenga su mirada atenta a la historia.

7. Fin

Comenc� mi discurso, Se�ores Acad�micos, refiri�ndome a las dos caras con que se representaba a la memoria en el Renacimiento, reparti�ndose entre ellas el pasado y el presente. Voy a cerrar ahora esta exposici�n con otra representaci�n, de doble faz tambi�n: la de las palabras, que como el dios Jano, miran al espacio, para hacer posible el di�logo, seg�n la interpretaci�n que da al mito Paul Val�ry:

La parole est Janus. Tourn� vers le Moi, et tourn� vers l�Autrui. Me parle et te parle (P. Val�ry , �Moralit�s�: 324).

Porque el di�logo es la clave del quehacer de esta docta instituci�n, s� que no me faltar� al incorporarme a los trabajos que la Academia est� realizando. Gracias. (RAE/10-03-2002)

 

 

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REFERENCIAS
 

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Jos� Antonio Pascual Rodr�guez.

Es miembro de la Real Academia Espa�ola.

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