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21 de noviembre  de 2001


Tribuna de opini�n

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PEDRO CAMILO:
Genio y figura

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Cuando la penumbra se diluy� y apareci� el claro verdor de los arrozales, ya Bruno Rosario Candelier y yo nos encontr�bamos en las inmediaciones de Bonao, a bordo de un destartalado pero generoso Wolkswagen que, con su cansado ruido de locomotora, nos transportar�a desde Moca a Santo Domingo, donde el cr�tico literario me presentar�a a Juan Bosch.

Con singular audacia, el Wolkswagen lleg� a la capital y se adentr� en ese s�rdido ambiente de ruidos, asfalto y cemento.  De esta manera, luego de atravesar calles y avenidas llegamos frente a un edificio envuelto en resplandores sagrados.  Entonces, Rosario Candelier me dijo, con su voz aflautada:

- aqu� vive don Juan.

Segundos despu�s, cuando camin�bamos hacia la entrada, experiment� una sensaci�n que entonces no pude comprender, pero ahora s�, sin lugar a dudas, que era una mezcla de gozo y de miedo.

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Sin dilaci�n, subimos por una escalera hasta la vivienda, donde nos recibi� el periodista Juan Del�ncer, quien era el secretario del escritor y pol�tico.  Tras una breve espera, apareci� don Juan, con su figura que yo ya conoc�a a trav�s de los peri�dicos y de la televisi�n.  Ahora se encontraba en mangas de camisa y con un talante que me result� francamente paternal, lo que diluy� enseguida mi tensi�n.

De inmediato, el profesor Bosch nos invit� a sentar, ah�, en la sala.  Recuerdo que empez� a hablar de los antiguos pleitos entre las familias Camilo y Pantale�n, explay�ndose en m�ltiples detalles que causaron mi asombro, pues ignoraba que el autor de La mujer conociera mejor que yo mi propia familia.

En un momento de la conversaci�n, el ex presidente, con su hablar pausado, fij� la mirada en los ojos de Bruno, y de una vez expres� que aquellas contiendas entre familias pod�an ser utilizadas como materia prima para escribir cuentos, relatos y novelas, como ciertamente los hicieron escritores tales como Shakespeare y Mark Twain.

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Tras concluir aquella conversaci�n, el autor de El Oro y la paz se levant� de su asiento y nos pidi� que lo aguard�ramos un rato, s�lo un momento.  El  pol�tico se alej� de la sala con su cuerpo erguido y con su marcha muy firme para luego entrar a una habitaci�n, de la que prontamente sali� y  regres� junto a nosotros.  Sin decir palabra, le entreg� a Rosario Candelier una funda de papel amarillo.  Luego hablamos de pol�tica y de literatura.  Por �ltimo, nos despedimos de Bosch, quien nos acompa�� hasta la puerta con una gran amabilidad.

Apenas nos montamos en el carro, le pregunt� a Bruno acerca del contenido de aquella funda arrugada, como sacada de una pulper�a.  El cr�tico abri� la bolsa y, sonriente, sac� una peque�a caja de medicamentos: eran multivitaminas con extracto de ra�ces de ginseng, sustancias qu�micas y naturales que vigorizan la mente y el cuerpo.

De improviso, a mi mente aflor� la idea de que Bruno cruzaba por un altibajo sexual.  Y not�, al momento, que Rosario Candelier ya no mostraba la sonrisa.  Sin vacilaci�n, me dijo que dos o tres meses antes, �l le hab�a confesado a don Juan que sus actividades intelectuales hab�an disminuido mucho, y ahora el autor de La Ma�osa le medicaba aquellas pastillas, en una actitud cargada de ternura y paternalismo y, sobre todo, en un gesto que resum�a el secular proceder del hombre llano, del vecino humilde que le aconseja al amigo ciertos afrodis�acos y medicamentos, con la intenci�n de evitarle las onerosas cuentas de los m�dicos y probablemente otras consecuencias peores.

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Y de este modo, con una impronta de virtudes, qued� en mi memoria la imagen de Juan Bosch.


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Pedro Camilo

Es escritor de la Rep�blica Dominicana.

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