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5 de septiembre de 2001


Tribuna de opini�n

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ELIZABETH MEDINA:
La Naci�n Filipina surgi� de la fusi�n entre lo ind�gena y lo espa�ol
(Primera parte)

Los primeros adeptos de los espa�oles fueron las tribus monta�esas
Ante la pirater�a, Los naturales se acercaron al rey espa�ol
Los primeros misioneros sentaron las bases de la occidentalizaci�n
Los ind�genas tuvieron que renunciar a su pasado
A fines del siglo XIX los religiosos ya eran terratenientes
Faltaban escuelas y profesores que difundieran el espa�ol

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Es en realidad una tautolog�a, una redundancia y una obviedad hablar de la importancia de la cultura hispana para el pueblo filipino, ya que la Naci�n filipina se form� dentro del contexto hist�rico, pol�tico, social y cultural del proceso de expansi�n geogr�fica del Imperio espa�ol, en las tierras nuevas de Am�rica y Ocean�a.

Sin embargo, el hecho es que en Filipinas, hoy por hoy, apenas se tiene conciencia de que  la Naci�n surgi� de la fusi�n entre lo ind�gena y lo espa�ol (en t�rminos sobre todo de matriz cultural, ya que hablando en t�rminos de raza habr�a que a�adir el elemento chino).

En este art�culo intentar� aclarar, dentro de mis limitados conocimientos, las profundas ra�ces hisp�nicas del ser filipino, as� como las razones de por qu� dichas bases pasan mayormente desapercibidas por casi todos los filipinos de hoy.

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Los primeros adeptos de los espa�oles fueron las tribus monta�esas

Al iniciarse la colonizaci�n espa�ola de las Islas filipinas en 1564 con la llegada de la expedici�n de Miguel L�pez de Legazpi a Ceb� y Panay, y la fundaci�n de Manila en 1571 como ciudad principal del reino de Nueva Castilla, los espa�oles se encontraron frente a dos tipos de poblaci�n ind�gena, hablando en t�rminos generales: hab�a musulmanes, s�bditos del sultanato de Borneo, del de Jol�, o de �multitud de jefes mahometanos�, quienes habitaban mayormente las costas de la isla grande de Mindanao. Tambi�n hab�a tribus monta�esas y asentamientos playeros y ribere�os de naturales, que rend�an culto a sus ancestros, sus �nimas y que cre�an en un dios �nico, Bathala.

Como todos sabemos, los moros no quisieron nada con los advenedizos, pero entre los segundos, los espa�oles encontraron desde un principio bastantes conversos, y celebraron pactos de amistad y alianzas militares.

Los naturales paganos viv�an en agrupaciones de familias, aut�nomas las unas de las otras. Escribi� el Dr. Antonio de Morga, oidor de la Audiencia de Manila y autor de la historia pr�ncipe del pa�s, Sucesos de las Islas Filipinas, publicada en M�xico en 1609: �En todas estas islas, no hab�a reyes ni se�ores que las dominasen�.

Los naturales viv�an de la pesca, de sus siembras y de la extracci�n de peque�as cantidades de oro y plata de sus minas.

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Viajaban de isla en isla comerciando productos tales como mantas, seda cruda, algod�n, arroz, algalia, madreperla, caracoles blancos y peque�os llamados siguei, utilizados por los camboyanos, siameses y otras naciones como moneda, jarros antiguos de misteriosa procedencia llamados tibores, muy apetecidos por los japoneses y chinos para guardar el t�, etc.

El mayor problema de estos pueblos paganos, sobre todo de los isle�os bisayas, era la pirater�a. Llegaban a sus playas los mindanaos, tanto musulmanes como los sangiles, caragas y camucones que eran gentiles, y se llevaban de vuelta a Mindanao, Jol� o Borneo, a modo de tributo de esclavos, partidas de hasta 2.000 cautivos para trabajar sus campos, cosechar perlas y servir en sus casas; en la mayor�a de los casos, para nunca m�s volver al hogar ni reunirse con sus familias.  Adem�s de cautivos, los piratas se llevaban todo lo que les serv�a de las casas y pueblos de sus v�ctimas, incluso dejando tras s� una estela de muertos cuando los pobladores les opon�an resistencia.

Ante la pirater�a, Los naturales se acercaron al rey espa�ol

Es as� que, seg�n el historiador y pol�grafo espa�ol Wenceslao Emilio Retana, los naturales aceptaron convertirse en vasallos del rey espa�ol, porque los espa�oles les llamaron �hermanos� y prometieron proteger y defenderlos contra los musulmanes, quienes los llamaban �cautivos�.

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Por otro lado, los padres misioneros iniciaron, codo a codo con los soldados, pero en muchos casos recorriendo los nuevos territorios enteramente solos, la gran labor de la evangelizaci�n.

Seg�n los Libros Reales de M�xico, �desde 1605 hasta 1632 pasaron a las islas, de todas las religiones, 554 religiosos�. Esta cita aparece en el libro Historia Sobrenatural de las Islas Bisayas, escrito por el misionero jesuita P. Francisco Ignacio Alzina y publicado en Gand�a, Valencia en 1668.

El Padre Alzina lleg� a la isla de Samar a los 25 a�os en 1632, junto a otros 24 de la Compa��a de Jes�s, y dedic� 35 a�os a la labor misionera en Samar, Leyte, Bohol y Ceb�.

Alzina describe en minuciosa detalle, a partir de sus propias observaciones y de las historias orales de otros misioneros, el doloroso proceso de la renuncia de los indios a sus hogares ancestrales para poco a poco acostumbrarse a vivir en los pueblos parroquiales: �... los indios fueron sacados de sus comunidades peque�as para crear pueblos y esto cost� mucho por su casi violento amor a su rinc�n�.

Esto se hizo para facilitar el adoctrinamiento de los naturales, ya que la labor de conversi�n y catequismo fue sumamente dif�cil, sacrificada y peligrosa para los misioneros, quienes debieron viajar continuamente a lugares aislados, generalmente navegando en peque�as embarcaciones por el mar, lidiando con vientos contrarios y fuertes corrientes, y recorriendo caudalosos r�os infestados de �carniceros� caimanes. Con frecuencia sus embarcaciones zozobraban, perd�an valiosos materiales y objetos necesarios para las misas y los sacramentos, y a veces hasta perd�an a sus asistentes, si no sus propias vidas.

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Los primeros misioneros sentaron las bases de la occidentalizaci�n

La obra del Padre Alzina me ha hecho comprender que fue la labor misionera de los primeros religiosos la que sent� las bases de la occidentalizaci�n de los ind�genas filipinos, mediante la cristianizaci�n.

Los misioneros se encontraron con gentes sencillas que viv�an en absoluta libertad, muchos sin haber experimentado jam�s la vida en com�n. Y los Padres lograron persuadirlos a dejar atr�s sus �huroneras�, su desnudez y sus pr�cticas religiosas sencill�simas, porque ganaron su confianza y con aut�ntica dedicaci�n lograron mejorar las vidas de sus conversos; por ejemplo, curando sus enfermedades y ense��ndoles mejores pr�cticas agr�colas.

Los misioneros jesuitas llevaron a cabo su labor con asombroso fervor y sistematicidad.  En 1668 Alzina escribi�:

�Sesenta a�os ha, ya cumplidos, que se comenz� a fundar esta nuestra cristiandad de los bisayas (que 100 ha que comenz� la primera vez en Zibu), y desde el principio estuvo, y est�, debajo de la ense�anza de los Padres de Nuestra Compa��a con tan buen efecto que...muchos a�os ha que no se halla en las islas de nuestro ministerio un solo infiel que por la gracia divina y diligencia de los primeros [misioneros], en 20 a�os se baptizaron todos sino cual o cual que se escondi� en los montes.  Fueron a los principios los baptizados en este ministerio, en dicho espacio de tiempo, entre chicos y grandes, unos 60 mil, poco m�s o menos� (147).

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Los ind�genas tuvieron que renunciar a su pasado

En el proceso de trasladarse poco a poco de los montes a los pueblos y al ir adoptando la vestimenta, los usos y costumbres de villanos que los padres misioneros les iban ense�ando, los bisayas, luzonianos y mindanaos se transformaron a lo largo de muchas generaciones, en el Pueblo hispanofilipino.

Fue un cambio de cultura, de visi�n del mundo, de comportamiento colectivo de magnas proporciones, con consecuencias profund�simas; un cambio que fue posible gracias a la compenetraci�n humana y espiritual entre el sacerdote y sus parroquianos, en que los filipinos aceptaron al padre misionero, y m�s adelante el fraile, como el centro gravitacional del nuevo patr�n social, cultural, econ�mico y pol�tico; y fue as� que se pudo arraigar en el suelo filipino todo un mundo colonial espa�ol de gran estabilidad y continuidad en el tiempo.

Confieso que antes de leer al Dr. Morga y al Padre Alzina cre�a que mis antepasados gentiles s�lo agregaron la fe cat�lica a sus creencias paganas, sin renunciar a la antigua religi�n. No fue as�: renunciaron al pasado, a sus viejas pr�cticas religiosas y se integraron a la nueva fe a tal punto que P. Alzina escribi� que los bisayas eran m�s y mejores cristianos que muchos en Espa�a del m�s a�ejo linaje cat�lico.

Sin embargo, hubo ind�genas que se mantuvieron alejados de los pueblos y que rehusaron abandonar su original modo de vivir, un ejemplo siendo los Igorrotes del norte, quienes adem�s guardaron celosamente el secreto de d�nde se hallaban sus minas de oro y plata.

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A fines del siglo XIX los religiosos ya eran terratenientes

Para fines del siglo XIX, las corporaciones religiosas ya se hab�an convertido en terratenientes que viv�an de sus cuantiosas rentas. Los jesuitas continuaban evangelizando en Mindanao; las dem�s �rdenes sucumbieron al peligro que P. Alzina previ� era peor que las tentaciones contra el voto de castidad: la tentaci�n del dinero.

Con el correr del tiempo, las generaciones de hispanofilipinos se fueron sucediendo en los centros urbanos, en las cabeceras provinciales.  En todo pueblo de importancia hab�a un cura p�rroco y una autoridad c�vico-militar instalados para presidir el uno y vigilar el otro la buena marcha de las cosas de la rep�blica.

Sin embargo, el equilibrio y la estabilidad de la estructura pol�ticosocial de la colonia descansaban sobre bases extremadamente endebles y llenas de fisuras por todas partes. Aquellas fisuras se llamaban: Juventud y Cambio.

Bastaba salir un poco de los pueblos para verificar la presencia de tulisanes o remontados.  El crecimiento econ�mico que result� al abrirse Manila al comercio internacional a mediados del siglo XIX redund� en mayor riqueza, la elevaci�n del nivel de vida y de cultura, sobre todo en las ciudades y entre la principal�a.  Una clase media joven e ilustrada empez� a hacer sentir su presencia en la Universidad de Manila, pidiendo mejores profesores y un contenido m�s acorde con los tiempos.  Pero se reprim�a duramente todo reclamo, por m�s razonable que fuera, por el progreso, tach�ndolo de subversivo e irreligioso.

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Faltaban escuelas y profesores que difundieran el espa�ol

El espa�ol no se difund�a libremente por la sencilla raz�n de que faltaban escuelas y profesores.  En 1881, seg�n el jurista y economista filipino Gregorio Sancianco Goson, s�lo 50 pueblos ten�an escuelas, y ��qu� pueden hacer 50 profesores para 9 millones de habitantes cristianos?� (32).

Sin embargo afirm�: �Apenas se habla el espa�ol en Filipinas, pero el pa�s es absolutamente espa�ol� (225).

En otras palabras, la gente crec�a y el pa�s tambi�n, pero el r�gimen colonial actuaba obstaculizando en vez de facilitando el desarrollo y el progreso.

La juventud �o mejor dicho las nuevas generaciones�empez� a luchar por los cambios. Una juventud hispanofilipina llena de brillantes y esforzados hombres y mujeres.

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Fueron primero el clero nativo que presion� por la secularizaci�n de las parroquias, seguido por los propagandistas de Madrid, y finalmente los fundadores del Katipunan (la sociedad secreta que desencaden� la Revoluci�n de 1896), los propulsores de la decisi�n final del pueblo hispanofilipino de separarse de la Madre patria.

En otras palabras y de acuerdo con la visi�n procesal, en las distintas etapas del proceso revolucionario, primero actuaron los religiosos filipinos, seguidos por los ilustrados francmasones, y finalmente los trabajadores urbanos y el campesinado del Katipunan.

Y se produjo el quiebre entre los ilustrados, abogando pac�ficamente en Espa�a por la reivindicaci�n de los derechos civiles y la dignidad humana de su raza por medio de v�as legales y el pueblo que lleg� al extremo de la desesperanza y la p�rdida absoluta de fe en toda posibilidad de que el gobierno espa�ol lo protegiera de la tiran�a frailuna por un lado, y que los espa�oles reconocieran alguna vez a los filipinos como hermanos por el otro.


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Elizabeth Medina es escritora filipina, radicada en Chile desde 1983.

Discurso pronunciado en el Ateneo Obrero de Gij�n (Asturias, Espa�a), el 28 de junio de 2001

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