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10 de octubre de 2001


Tribuna de opini�n

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GUILLERMO ROJO :
El lugar de las sintaxis en las primeras gram�ticas de la Academia
(Primera parte)

Breve historia de las Gram�ticas de 1771 y 1796
El tratamiento de la sintaxis en las ediciones de 1771 y 1796

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Se�ores Acad�micos:

Quiero que las primeras palabras de este discurso vayan dedicadas a dejar constancia p�blica de mi enorme agradecimiento por la generosidad que han mostrado al haberme elegido para ocupar un puesto entre ustedes. Para alguien que, como yo,  ha hecho del estudio de la estructura y el funcionamiento de las lenguas, especialmente  del espa�ol, el n�cleo de su actividad profesional, formar parte de esta Instituci�n representa, por supuesto, un gran honor, pero es tambi�n, y sobre todo, una inmejorable ocasi�n de aprender al contacto con los maestros y, al tiempo, conlleva la enorme responsabilidad que supone colaborar en las tareas que la Academia ha venido llevando a cabo a lo largo de sus ya casi trescientos a�os de historia.

S� muy bien que la modestia no se cuenta entre mis escasas virtudes y creo que la falsa modestia tampoco figura entre mis muchos defectos. Puedo decir por tanto con total convencimiento que soy muy consciente de que a la generosidad de todos ustedes se ha unido la afortunada actuaci�n del componente casual que hizo que yo estuviera en el lugar oportuno en el momento adecuado. Es esa conjunci�n de factores la que explica que hoy me encuentre yo aqu� en lugar de alguna otra persona con los mismos o mayores merecimientos que los m�os. Solo puedo decir que, en justa correspondencia, pueden ustedes estar seguros de que pondr� el mayor esfuerzo en aportar a las tareas colectivas todo lo que mis conocimientos puedan dar de s� y mi mejor voluntad en cumplir adecuadamente las tareas que se me encomienden. Los m�s que probables fallos se deber�n a mi torpeza o a lo escaso de mis conocimientos, pero nunca a falta de voluntad ni de deseo de colaboraci�n.

En ocasiones como esta, resulta inevitable hacer una revisi�n del contexto en que va a tener lugar la actividad que se inicia. No me refiero ahora al contexto sintagm�tico de las relaciones 'in praesentia' con los se�ores acad�micos que tan liberalmente me han aceptado y entre los cuales figuran muchos a los que, por haber iluminado mi actividad cient�fica y personal en diferentes �pocas de mi vida, me permito, quiz� con cierto atrevimiento por mi parte, considerar entre mis maestros. No. Me refiero m�s bien a las relaciones paradigm�ticas, relaciones 'in absentia', que se establecen en mi mente de funcionalista al repasar la relaci�n de acad�micos que han ocupado el sill�n N, desde la fundaci�n de la Academia. En su historia m�s pr�xima, muestra claramente esta silla la this site en formaci�n y procedencia que, unidas al inter�s com�n por la lengua, ha caracterizado siempre a esta Instituci�n. El sentimiento de temor a la responsabilidad contra�da a que he hecho alusi�n hace un momento se acrecienta al comprobar que, para no retroceder m�s all� del siglo XX, en este sill�n se han sentado personajes de la importancia de don Benito P�rez Gald�s, don Leonardo Torres Quevedo, don Manuel Machado, mi paisano don Francisco Javier S�nchez Cant�n y, hasta hace poco m�s de dos a�os, don Torcuato Luca de Tena, a cuya figura quiero ahora dedicar unas palabras.

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Torcuato Luca de Tena Brunet naci� en Madrid, en 1923. Fue nieto del fundador de Blanco y Negro y ABC e hijo de don Juan Ignacio Luca de Tena, que dirigi� este peri�dico entre 1929 y 1936, desempe�� cargos diplom�ticos despu�s de la guerra civil, escribi� numerosas obras de teatro y perteneci� a la Real Academia desde 1946 hasta 1974, a�o de su fallecimiento. Se trata, como es bien conocido, de una familia muy destacada por su actividad pol�tica y, sobre todo, por su dedicaci�n al periodismo, profesi�n y actividad que estas tres generaciones marcan a lo largo de todo el siglo XX, desde 1903 a�o en que Torcuato Luca de Tena, el abuelo, fund� el diario, hasta 1976, a�o en que mi antecesor abandona definitivamente su direcci�n.

Torcuato Luca de Tena, a quien no llegu� a tratar personalmente, desarroll� a lo largo de su vida (1923-1999), adem�s de su actividad pol�tica y period�stica, una labor literaria excepcionalmente intensa, tanto por el n�mero de obras publicadas como por la amplitud de g�neros en los que se adentr�, que fueron la mayor�a, por no decir la totalidad, de los habitualmente reconocidos. Comenzando por el periodismo, dirigi� el peri�dico familiar primero entre 1952 y 1954 y m�s tarde desde 1962 hasta 1975. Fue corresponsal permanente de prensa en Londres, Washington, Oriente pr�ximo y M�xico. Inici� su carrera literaria con dos libros de poes�a (Albor, publicado en Chile en 1941, a los dieciocho a�os, y Espuma, nube y viento, aparecido en 1945), pero, aunque nunca dej� de escribir poemas, sus publicaciones muestran un llamativo vac�o en este g�nero, puesto que no encontramos nada entre las obras que acabo de mencionar y la aparici�n, ya en 1990, de Poemas para despu�s de muerto. Sin embargo, su constante dedicaci�n a la poes�a queda patente en los Poemas in�ditos que la editorial Planeta public� el a�o pasado.

Figuran entre sus obras tambi�n colecciones de art�culos period�sticos, como El Londres de la postguerra, publicado en forma de libro en 1948, o Cr�nicas parlamentarias (1967) y ensayos sobre diversos temas, entre los que podemos mencionar ahora La prensa ante las masas (1952) o La literatura de testimonio en los albores de Am�rica, que fue su discurso de ingreso en la Real Academia Espa�ola el 3 de junio de 1973.

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Como resultado directo de su experiencia pol�tica podemos citar La monarqu�a del futuro, escrito en colaboraci�n con Jos� Mar�a Pem�n y Gonzalo Fern�ndez de la Mora (1960) y las dos entregas de sus memorias pol�ticas (Papeles para la peque�a y la gran historia y Franco, s�, pero... (1993), obra por la que obtuvo el Premio Espejo de Espa�a en este mismo a�o). Muestran estas dos �ltimas obras su visi�n de lo que ha sido la historia de Espa�a que �l pudo vivir personalmente. �Que nadie me culpe de escribir unas memorias distintas de las que est�n en mi memoria� dice al comienzo de ambas.

Dedic� tambi�n cierta atenci�n al teatro, como muestra la adaptaci�n a este g�nero, hecha en colaboraci�n con Juan Ignacio Luca de Tena, de su novela La otra vida del capit�n Contreras, estrenada en 1954, y las comedias Hay una luz sobre la cama, estrenada en 1968, por la que la Academia le otorg� el premio Fastenrath en 1971, o El triunfador, estrenada en 1971 y publicada ese mismo a�o. Sin que ello suponga minusvalorar su dedicaci�n y sus logros en los dem�s g�neros, es preciso reconocer que la novel�stica fue, sin duda, su preferido, aquel en que el propio autor confesaba sentirse m�s c�modo. Public� un considerable n�mero de novelas, entre las que destacan Embajador en el infierno, obra que le vali� el Premio Nacional de Literatura en 1956, Edad prohibida, publicada en 1958 y con la que obtuvo el premio de la Sociedad cervantina en 1960, La mujer del otro (1961), con la que consigui� el Planeta de este a�o, La br�jula loca (1964), Pepa Niebla (1970), Se�or ex ministro (1976), Los renglones torcidos de Dios (1979), Escrito en las olas (1983), Los hijos de la lluvia (1985), La llamada (1994), Primer y �ltimo amor (1997)  o Mercedes, Mercedes (1999).

Dos de esas novelas, Edad prohibida y Los renglones torcidos de Dios constituyeron y constituyen todav�a enormes �xitos de venta. Es de destacar el inter�s de nuestro autor por los problemas psicol�gicos y psiqui�tricos, por lo que no resulta extra�o que los pr�logos de estas dos novelas est�n firmados, respectivamente, por L�pez Ibor y Vallejo-N�gera. Cuenta este �ltimo la discusi�n que mantuvo con Luca de Tena cuando le comunic� su decisi�n de conseguir ser internado en un sanatorio psiqui�trico, un manicomio como se dec�a antes, para conseguir documentaci�n de primera mano que pudiera luego elaborar literariamente. Lo consigui� a pesar de la falta de colaboraci�n del psiquiatra y, seg�n he o�do, aunque carezco de apoyo documental serio para este dato, el Hospital Psiqui�trico de Nuestra Se�ora de la Fuentecilla, pr�ximo a Zamora, en que se ambienta la acci�n de la novela, tiene como referente real el de Conxo, en Santiago de Compostela, sanatorio en el que Luca de Tena �convivi�, como un loco m�s, entre los locos�, para usar sus propias palabras.

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Como he ido mencionando al hilo de la indicaci�n de las diferentes obras a que me he referido, Torcuato Luca de Tena recibi� numerosos premios por su actividad literaria en los diversos g�neros: el Nacional de Literatura, el de la Sociedad Cervantina, el Planeta, el Ateneo de Sevilla, el Fastenrath, el Premio Nacional de Teatro, el Espejo de Espa�a, el Julio Camba de periodismo  y muchos otros que no cito. Como muestra del �xito y la difusi�n que alcanzaron sus obras debe a�adirse a la cantidad de ediciones y el volumen de las tiradas de algunas de ellas, as� como los galardones recibidos, el no peque�o n�mero de adaptaciones y versiones. Por no citar ahora m�s que las novelas llevadas al cine, he podido encontrar referencias a La otra vida del Capit�n Contreras (1955), dirigida por Rafael Gil y protagonizada por Fernando Fern�n G�mez, Embajadores en el infierno (1956), dirigida por Jos� Mar�a Forqu�, La mujer del  otro, dirigida tambi�n por Rafael Gil y, en M�xico, Los renglones torcidos de Dios, dirigida por Tulio Demicheli. Adem�s, seg�n noticias de prensa, Antonio Gim�nez Rico comenz� el pasado mes de agosto el rodaje de la adaptaci�n cinematogr�fica de Primer y �ltimo amor.

El tema que voy a desarrollar a continuaci�n constituye un cap�tulo m�s, con toda seguridad no de los m�s importantes, de la historia de la Sintaxis en la Gram�tica espa�ola, esto es, del largo y complejo proceso a trav�s del cual el estudio de los fen�menos sint�cticos, relegados casi siempre a un lugar marginal en los tratados gramaticales, ha ido creciendo en importancia hasta alcanzar el lugar central de la Gram�tica que ocupa en la actualidad. Era mi intenci�n inicial estudiar la conformaci�n de la parte dedicada a Sintaxis de la que siempre me ha parecido la Gram�tica acad�mica mejor construida, la m�s adaptada a su tiempo, que es la de 1931 y que, como es bien sabido, supone el final de una fuerte reestructuraci�n que comienza precisamente por la realizada en los cap�tulos dedicados a Sintaxis en la publicada en 1917. Pens� que ser�a un buen complemento para ese estudio revisar las l�neas generales de lo que se encuentra en las primeras Gram�ticas de la Academia, pero lo que iba a ser un apartado inicial de pura contextualizaci�n hist�rica creci� hasta convertirse en la totalidad del trabajo. Hay tantas y tan importantes diferencias entre las ediciones de 1771 y 1796 que he tenido que tomar la decisi�n de suspender temporalmente el estudio para no incumplir los plazos fijados en los Estatutos y no aumentar todav�a m�s las ya excesivas dimensiones del discurso.

He tenido ocasi�n al hacerlo de sumergirme de nuevo en un tema que me interes� profundamente hace ya algunos a�os: la historia de la Gram�tica. Y, dejando a un lado la angustia de los plazos y de la necesidad de combinar esta apasionante tarea con el resto de las actividades cotidianas, ha constituido una continua fuente de satisfacciones. La uni�n de viejas aficiones, como son la historia de la Gram�tica, en particular la espa�ola, y el proceso de conversi�n de los fen�menos sint�cticos en objeto aut�nomo y espec�fico de estudio, con la historia de la Academia, ha creado un marco de trabajo en el que me he recreado durante varios meses. Probablemente no habr� nada de inter�s en �l ni para los especialistas, que ya conoc�an todo lo que voy a contarles, ni para los legos, que no ver�n en estas minucias de que me ocupo nada que contribuya de modo importante a la mejor comprensi�n de la historia de la ciencia en Espa�a. Sin embargo, queda en estos temas mucho por estudiar todav�a y espero ser capaz de, cuando menos, hacer ver la importancia que tienen, de modo que otros, con m�s y mejores conocimientos, puedan ocuparse de ellos.

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Este trabajo ha supuesto para m�, adem�s, una experiencia nueva con la que confieso haber disfrutado enormemente. Para estudiar la g�nesis de las obras y los cambios realizados en ellas he le�do y rele�do las actas de las sesiones acad�micas celebradas entre 1740 y 1800. Muchas de ellas, por supuesto, se limitan a decir qui�nes asisten y que, entre ant�fona y ant�fona, se ocupan de discutir papeletas del suplemento del diccionario o de lo que iba a ser la segunda edici�n del llamado Diccionario de Autoridades. Pero algunas contienen datos relevantes para la historia de la Gram�tica y la Lexicograf�a espa�olas y otras, finalmente, muestran, siempre con contenci�n y mesura, las grandezas y las miserias de la vida de la Academia y los acad�micos. Durante las muchas tardes dedicadas a la lectura y an�lisis de las actas en el archivo de la Academia, fueron innumerables las ocasiones en que surgieron en mi mente las palabras con que �lvaro Cunqueiro titul� uno de los art�culos que escribi� para las p�ginas literarias de El Noticiero Universal en 1974 al hacer la rese�a de un inventario de documentos notariales de la �poca medieval y que da t�tulo a la selecci�n publicada por Xes�s Gonz�lez en 1994: Papeles que fueron vidas. Efectivamente, papeles envejecidos que ahora examinamos como estudiosos de la evoluci�n de las ciencias, de los cambios pol�ticos, sociales o culturales, pero que antes fueron aut�nticos fragmentos de la vida de las personas que protagonizaron esos peque�os acontecimientos que hoy, gracias a la afortunada conservaci�n de todos estos materiales, nos permiten a nosotros comprender mejor qui�nes somos y, sobre todo, de qu� modo hemos hecho el camino(1).

Breve historia de las Gram�ticas de 1771 y 1796

Como es bien sabido, los objetivos que la Real Academia Espa�ola se fij� a s� misma en el momento de su creaci�n alcanzaron su cumplimiento a muy diferentes distancias, tanto de la fecha de constituci�n de la corporaci�n como de la prevista por los propios acad�micos. Siempre se ha considerado especialmente significativa �y poco habitual en la historia de la Academia- la celeridad con que se elabor� y public� el llamado Diccionario de Autoridades en contraste con el retraso que experimentaron otros proyectos, como la Gram�tica, o la anulaci�n de obras previstas inicialmente como la Po�tica o la Historia de la lengua. En efecto, trece a�os �de 1713 a 1726- para la aparici�n del primer tomo del Diccionario y otros trece �de 1726 a 1739- para la finalizaci�n de la obra constituyen un per�odo realmente corto(2), especialmente si se tiene en cuenta la enorme cantidad de trabajo que los primeros acad�micos tuvieron que hacer desde cero o con muy escasos antecedentes aprovechables y, sobre todo, la gran calidad alcanzada, ya que result� una obra que, adem�s de un hito fundamental en la historia de la Lexicograf�a, sigue siendo todav�a hoy punto inevitable de referencia en la pr�ctica cotidiana de esta disciplina(3). Es la de su confecci�n una historia bien conocida gracias sobre todo al estudio que hizo don Fernando L�zaro Carreter en su discurso de ingreso en la Academia (cf. L�zaro, 1972 y 1980), lo cual nos permite evitar ahora toda referencia a esta parte de la historia de la Academia anterior a la que aqu� nos interesa(4).

Tambi�n conocemos suficientemente las l�neas generales del proceso de elaboraci�n de las primeras ediciones de la Gram�tica a partir del trabajo que con las actas de la Academia y los textos han hecho Dom�nguez Caparr�s (1976), Sarmiento (especialmente 1978a y 1978b, 1981 y 1984), Taboada (1981) y Fries (1989). Quedan, sin embargo, bastantes cuestiones por investigar con mayor profundidad en lo referente a las fuentes del texto(5), a las causas de las diferencias entre las ediciones de 1771 y 1796 e incluso en la historia externa de la obra. En los p�rrafos que siguen resumir� los hechos cronol�gicos y metodol�gicos fundamentales, entre los que puede haber lugar para algunas puntualizaciones con respecto a lo que se ha dicho hasta ahora.

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Seg�n indican los libros de actas, las sesiones de los primeros meses de 1740, impreso ya el �ltimo tomo del diccionario, se dedican a la lectura y discusi�n de papeletas del Suplemento y a dar los toques finales a la primera edici�n de la Ortograf�a(6). Es director en esta �poca don Andr�s Fern�ndez Pacheco, marqu�s de Villena y nieto del fundador de la Academia. Los d�as 11 y 12 de julio, los acad�micos, presididos por su director, entregan a Felipe V y a las dem�s �personas reales� el �ltimo tomo del Diccionario (vid. actas de las sesiones correspondientes; cf. tambi�n L�zaro, 1972: 99). El 9 de agosto(7), tres semanas despu�s de la finalizaci�n �oficial� de la primera tarea fijada por los Estatutos, Jos� Casani, que es quien preside habitualmente las sesiones durante todos estos meses por inasistencia del director(8), probablemente preocupado por el tiempo que iba a ser necesario para terminar la revisi�n del Suplemento, propone a la Corporaci�n que emprenda tambi�n la tarea de redactar simult�neamente �algunos particulares diccionarios que diesen lustre a la naci�n�(9). La propuesta de Casani no tiene �xito, ya que en la sesi�n siguiente, la del 11 de agosto, tras la discusi�n correspondiente, se acuerda seguir considerando la redacci�n del Suplemento como la tarea fundamental, aunque complement�ndola con �una Gramatica y Poetica espa�olas por ser estas las obras ya ofrecidas�(10). En la primera sesi�n de la semana siguiente (16 de agosto) acuerdan el m�todo que se va a seguir en la confecci�n de estas dos obras, consistente en designar a un acad�mico que se encargue del trabajo inicial, ayudado por otros dos con los que pueda discutir y consultar(17). Casani pide unos d�as para designar a las personas que se van a encargar de estas tareas y el jueves siguiente, 18 de agosto, nombra las dos comisiones: la correspondiente a la Gram�tica est� formada por los se�ores Francisco Antonio de Angulo, Carlos de la Reguera e Ignacio de Ceballos(18).

En el contexto optimista derivado de la reciente finalizaci�n del Diccionario y la inminente aparici�n de la Ortograf�a �ya en imprenta en aquel momento-, la perspectiva de publicar a continuaci�n una Gram�tica debi� de resultar muy atrayente para los acad�micos(19): en septiembre, seg�n el acuerdo adoptado el mes anterior, Ceballos lee una disertaci�n sobre algunos puntos de la gram�tica(20) y muy pocos meses despu�s, en marzo de 1741, presenta Angulo su Proyecto, que somete a la aprobaci�n del pleno (cf. Angulo, 1741)(21). Sobre ese documento y las breves notas que redact� Carlos de la Reguera(22) trabaj� Ignacio de Ceballos, que prepar� un proyecto que ha sido publicado tambi�n por Sarmiento (Ceballos, 1741). Seg�n Sarmiento (1978a: 444-5), en febrero de 1742 se encarg� a Casani que trabajase sobre estos tres textos, de los que extrajo una lista de treinta y una cuestiones que sirvieron de base para articular las disertaciones posteriores.

Sin embargo, el proceso result� bastante m�s lento de lo que estos veloces comienzos hac�an esperar. Los a�os transcurridos entre 1741 y 1747 fueron de gran actividad en la Academia. Adem�s de publicar la primera edici�n de la Ortograf�a (1741), los acad�micos elaboran y discuten una considerable cantidad de ponencias y disertaciones sobre muchos de los puntos, tanto generales como espec�ficos, que iban a entrar en la Gram�tica. La mayor parte de las disertaciones comprendidas en los seis tomos de documentos gramaticales de los siglos XVIII y XIX localizados en el archivo de la RAE hace algo menos de veinticinco a�os(23) corresponden precisamente a este per�odo y muestran la riqueza tem�tica y la consistencia te�rica que permite a Sarmiento (1984: 30) considerar que aqu� est�n �las verdaderas fuentes de la Gram�tica� de 1771. El 22 de junio de 1747 finaliza la discusi�n individual de las diversas partes preparadas para la obra y se acuerda �que los Sres. a quienes est� cometida su ordenaci�n se juntasen para proceder a formarla estableciendo entre si el motivo que tengan por mas adaptado a la conclusi�n de este asunto� (apud Sarmiento, 1984: 13).

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Curiosamente, a partir de ese momento, la dedicaci�n de los acad�micos a la elaboraci�n de la Gram�tica experimenta un descenso notable. Hay algunas disertaciones sobre temas gramaticales, pero el trabajo no parece progresar a pesar de los esfuerzos de Angulo, que elabora listas de temas pendientes para que los acad�micos elijan los que les interesen (cf. Taboada, 1981: 83; Sarmiento, 1984: 13). Seg�n Taboada (1981: 83), las actas no reflejan nada relacionado con esta actividad entre 1758 y 1766. Probablemente, los acad�micos estaban dedicados a trabajos que consideraban prioritarios, puesto que en 1753 decidieron no continuar elaborando el suplemento que hab�an proyectado (cf. L�zaro, 1972: 100) para emprender en cambio la preparaci�n de la segunda edici�n del Diccionario de Autoridades. Adem�s, en 1754 y 1763 publican dos nuevas ediciones de la Ortograf�a[i].

Por fin, a mediados de 1767, Fernando de Silva �lvarez de Toledo, duque de Hu�scar y tambi�n de Alba a la muerte de su madre (cf. Zamora, 1999: 83), director de la Academia desde 1754, decide impulsar de nuevo el proyecto, probablemente como consecuencia de su compromiso personal con la pol�tica de renovaci�n de la ense�anza que estaban desarrollando Carlos III y sus ministros (cf. Sarmiento, 1984: 14-17)(24). En la sesi�n del siete de julio de 1767(25), a la cual asiste el Director, se adopta el acuerdo de retomar los trabajos de redacci�n de la Gram�tica y el duque de Alba nombra para ello a Juan Trigueros y Juan de Aravaca, a quienes se da el encargo expl�cito de que revisen todos los materiales producidos con anterioridad(26).  En esta �poca, fuera de las escasas ocasiones, como la que acabo de rese�ar, en que asiste el duque de Alba, las sesiones son presididas por Angulo, que era Secretario de la Academia desde 1747, y act�a como Secretario precisamente Trigueros. Solo dos d�as despu�s Trigueros recibe de Angulo �los dos Legajos de Disertaciones pertenecientes a la Gramatica Castellana� (cf. Taboada, 1981: 84). A pesar de sus m�ltiples ocupaciones(27), Trigueros act�a con bastante rapidez y cuando, un a�o despu�s, el duque de Alba pregunta por la marcha de los trabajos de la Gram�tica, Trigueros ha le�do ya todos los documentos, los ha pasado a Aravaca, los ha recibido de nuevo y ha concluido el cap�tulo correspondiente al nombre(28). Una semana despu�s, Trigueros lee en la junta �todo lo perteneciente al nombre�. Se acuerda que lo pase a Aravaca y que contin�e trabajando con el mismo m�todo(29), que parece adecuado.

En agosto de 1770(30), el mismo a�o en que aparece el primer y �nico volumen de la segunda edici�n del Diccionario de Autoridades,  Juan Trigueros ha terminado la Gram�tica y desde entonces hasta octubre va leyendo al pleno la totalidad de los cap�tulos, a los que se han incorporado ya las observaciones de Aravaca(31). En diciembre se solicita el permiso real para la edici�n y la Academia aprueba  en enero de 1771 el pr�logo de la obra, preparado tambi�n por Trigueros(32). Finalmente, en la sesi�n del 7 de marzo, Trigueros presenta un ejemplar impreso de la obra(33), que unos d�as despu�s es presentada al Rey (cf. Taboada, 1981: 88). Curiosamente, Trigueros, que es sin duda la persona que ha tenido a su cargo la responsabilidad fundamental de la redacci�n del texto, no figura en la comisi�n designada a tal efecto(34). Han transcurrido casi sesenta a�os desde la fundaci�n de la Academia y treinta desde la adopci�n del acuerdo formal de elaborar y publicar la Gram�tica.

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La primera edici�n(35) se agota r�pidamente y solo un a�o despu�s Trigueros presenta una lista de correcciones y modificaciones, que son incorporadas a la reedici�n de 1772(36). Transcurren despu�s unos a�os llenos de acontecimientos de importancia que inciden sobre la Academia y sus obras. Francisco de Angulo, autor del primer proyecto de Gram�tica, muere en 1775 y, como era de esperar por su larga labor en el desempe�o real de este puesto, es sustituido en la secretar�a de la Academia por Juan Trigueros, redactor inicial del texto que finalmente fue aprobado y publicado treinta a�os despu�s. De otra parte, el duque de Alba, de nuevo en la corte, hace constar en septiembre de 1776 los deseos del marqu�s de Santa Cruz, Jos� Baz�n de Silva y Sarmiento, de ingresar en la Academia, ante lo que �fue admitido en la [clase] de Supernumerario por aclamaci�n� (acta de 19 de septiembre de 1776) . En la sesi�n siguiente, en la que el marqu�s de Santa Cruz toma posesi�n de la plaza, el Director propone emprender los trabajos de confecci�n de una Po�tica y una Ret�rica(36). Apenas dos meses despu�s muere el duque de Alba. Los acad�micos prescinden de algunos requisitos formales, hacen miembro numerario al reci�n incorporado marqu�s de Santa Cruz(37) y a los dos d�as, lo eligen director(38). Es precisamente Baz�n de Silva y Sarmiento quien decide complementar la labor de publicaci�n de la nueva edici�n del Diccionario (hab�a salido ya un tomo en 1770 y se estaba corrigiendo el segundo en este momento) con la publicaci�n de un diccionario m�s reducido y manejable(39). Poco despu�s, en octubre de 1777, muere Juan Trigueros.

Todo ello explica la falta de atenci�n a la Gram�tica durante estos a�os. En 1780, ante la constancia de que quedan ya muy pocos ejemplares de la obra, se acuerda proceder a su reimpresi�n(40), que sale a la luz en 1781(41). Es necesario tener en cuenta que en 1780 se public� el decreto de Carlos III por el que la Gram�tica de la Academia fue declarada de uso obligatorio (cf. L�zaro, 1949: 189).

Los a�os que siguen se dedican fundamentalmente a la correcci�n de papeletas de los nunca publicados vol�menes segundo y tercero de la segunda edici�n del Diccionario. En 1786, quiz� preocupados por algunas cr�ticas, los acad�micos deciden corregir el texto de la Gram�tica antes de reeditarla, aprovechando para ello la existencia de la segunda sala, creada unos a�os antes(42). Algo m�s de un a�o despu�s, en abril de 1787, comienzan a discutir en sesi�n conjunta las propuestas de los acad�micos encargados de la revisi�n(43). Las propuestas deb�an de ser de bastante importancia, puesto que las actas de las sesiones celebradas entre abril de 1787 y mayo de 1788 contienen indicaciones sistem�ticas de los puntos discutidos en cada reuni�n(44). Por fin, en mayo de 1788 deciden abandonar temporalmente la revisi�n conjunta de la Gram�tica y dedicar todos los esfuerzos de la primera sala a la nueva edici�n del Diccionario(45).

Como era de esperar, pronto surge la necesidad de disponer de m�s ejemplares de la obra y, ante la evidencia de que el tiempo necesario para ultimar la revisi�n que estaban llevando a cabo �temporalmente suspendida- era excesivo, la Academia decide �que desde luego se haga una reimpresion sin alterar nada y se tiren mil y quinientos exemplares�(46). Se tata, pues, de una reimpresi�n exacta de la tercera edici�n, la de 1781, y probablemente se hizo sin alterar siquiera el a�o, puesto que no hay referencias a ella ni en la relaci�n de Cotarelo (1928: 39) ni en los dem�s cat�logos citados habitualmente(47).

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Bastante tiempo despu�s, en julio de 1793, vuelven a ocuparse de las correcciones de la Gram�tica(48) y siguen haci�ndolo con regularidad hasta septiembre del a�o siguiente, momento en que finalizan la revisi�n(49) y vuelven a dedicarse exclusivamente al Diccionario. Por fin, en enero de 1796, Alamanz�n(50), que act�a regularmente en esta �poca en funci�n de secretario cuando no puede asistir Manuel de Lardiz�bal, elegido en sustituci�n de Trigueros, da cuenta a la Junta de la publicaci�n de la obra(51), reiteradamente mencionada como 'cuarta edici�n, corregida y aumentada'(52).

Como hemos visto ya en otras ocasiones, el final de un proceso da paso autom�ticamente al inicio de otro. Ya en marzo de 1796, Alamanz�n lee unas observaciones sobre dos cap�tulos de la Gram�tica, que se pasan a estudio(53). En febrero de 1800 se hace patente la necesidad de reeditar la obra �solo quedan 1.300 ejemplares en ese momento- y de nuevo Alamanz�n recuerda que se hab�a acordado corregir ciertos defectos(54). Se acuerda entonces proceder a la reedici�n, corrigiendo lo que sea necesario y emprendiendo al tiempo una nueva revisi�n de mayor profundidad, por lo cual designan una junta formada por los se�ores Cabrera, Fl�rez Canseco, Valbuena, Berguizas, �lvarez Cienfuegos y, para suplir ausencias, el propio Ram�rez Alamanz�n(55).

Por muy diversas circunstancias, entre las cuales ocupa sin duda un lugar destacado la azarosa y compleja situaci�n pol�tica que vive el pa�s durante todos estos a�os, nada o muy poco de lo acordado lleg� a ser realidad. En los a�os siguientes se hicieron varias reimpresiones de la Gram�tica, pero sin siquiera modificaci�n de la fecha de portada(56). La de 1852, donde s� consta ese a�o, que es, seg�n Cotarelo (1928: 39), reproducci�n �a plana y rengl�n de la anterior�, contiene una advertencia en la que se justifica el retraso en la aparici�n de la nueva Gram�tica por la larga enfermedad de Juan Nicasio Gallego, Secretario de la Academia en esa �poca y persona especialmente encargada de preparar el texto(57). Hay que esperar a 1854 para encontrar un texto realmente diferente del de 1796.

Este rapid�simo repaso cronol�gico a los hitos fundamentales de la elaboraci�n y publicaci�n de la primeras ediciones de la Gram�tica, muestra que estamos ante un proceso largo y complicado, sometido a numerosos avatares de toda �ndole, procedentes tanto del mundo exterior como del propio funcionamiento de la Academia y el modo de pensar de quienes la compon�an en aquella �poca. Los treinta a�os que transcurren desde la adopci�n del acuerdo hasta que se publica la primera edici�n de la obra est�n formados por dos per�odos, relativamente cortos, de gran actividad, situados en los extremos y separados por veinte a�os de abandono del trabajo en esta obra. Veinticinco a�os despu�s aparece un texto que, como espero poder mostrar a continuaci�n, es bastante diferente del primero. Este texto permanece luego invariable durante algo m�s de medio siglo, precisamente en los a�os en que, por no citar m�s que dos autores de especial relieve, se publican las obras de Vicente Salv� y Andr�s Bello, que no tienen sobre el texto acad�mico la incidencia que cabr�a esperar por la importancia que poseen en la historia de la Gram�tica espa�ola.

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Las ediciones de 1771, 1772, 1781 (y, si existe, la de 1788) presentan diferencias de escasa entidad, como han mostrado los estudios de Uruburu (1975), Dom�nguez Caparr�s (1976) y Taboada (1981). No es eso lo que sucede con la publicada en 1796, que difiere en bastantes aspectos de las tres primeras, como ha puesto de relieve tambi�n Dom�nguez Caparr�s (1976). Sin embargo, en su estudio no presta demasiada atenci�n a un tema que creo de la mayor importancia en la historia de la teor�a gramatical: la concepci�n de la sintaxis, el papel que juega en el conjunto de la gram�tica, las herramientas de an�lisis utilizadas en cada caso. En mi opini�n, las ediciones de 1771 y 1796 muestran fuertes e interesantes divergencias en estas cuestiones. Ponerlas de relieve y estudiar sus implicaciones es el objetivo que me he fijado para esta ocasi�n(58).

El tratamiento de la sintaxis en las ediciones de 1771 y 1796

Las partes de la Gram�tica y sus denominaciones

De acuerdo con el panorama general trazado por G�mez Asencio (1981) para los textos gramaticales pertenecientes al per�odo comprendido entre 1771 y 1847, hay tres posibilidades principales de consideraci�n de las partes en que se divide la Gram�tica. En primer lugar, la m�s frecuente  y mejor enraizada en la tradici�n, que es la representada por aquellos autores para los que la Gram�tica se divide en cuatro apartados (o bien estiman que los tratados gramaticales deben estar estructurados en cuatro bloques): Ortograf�a, Prosodia, Analog�a (o Etimolog�a) y Sintaxis(59). En segundo t�rmino se encuentran los que consideran la existencia de �nicamente dos partes en la Gram�tica (o bien, como antes, de dos apartados en los tratados de Gram�tica): Analog�a (o Etimolog�a) y Sintaxis. Por fin, aquellos para quienes la Gram�tica no es susceptible de divisiones, tendencia representada en esta �poca �nicamente por Andr�s Bello.

Valorar de forma correcta el alcance de las opciones que se ofrecen en este punto no resulta casi nunca tarea f�cil debido a los muchos problemas que normalmente trae consigo la comparaci�n de terminolog�as distintas, originadas a partir de presupuestos te�ricos diferentes o formuladas en �pocas distanciadas entre s�. Conviene tener en cuenta, adem�s, que lo que nos es presentado habitualmente como �el problema de las partes de la Gram�tica� oculta en los autores cl�sicos dos aspectos distintos que, aunque suelen aparecer entremezclados, conviene diferenciar adecuadamente.

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El primero de ellos, sin duda el de mayor importancia, tiene que ver con el �mbito de la Gram�tica, con lo que se considera en cada caso su zona de competencia. Dado que no hay dudas acerca de que las que hoy llamamos Morfolog�a y Sintaxis forman parte de la Gram�tica �o, sencillamente, son la Gram�tica- y la Ling��stica de esta �poca, que apenas se refiere a la oraci�n, no considera la existencia de unidades superiores, el problema del �mbito de la Gram�tica se concreta en las discrepancias en torno a si la Ortograf�a y la Prosodia forman parte o no de los estudios gramaticales. Entender correctamente esta cuesti�n requiere tener en cuenta que, en la �poca que estamos examinando, los estudios fon�ticos se encuentran bastante atrasados y, sobre todo, no han alcanzado todav�a el grado de autonom�a necesario para convertirse en una aut�ntica disciplina ling��stica nuclear. En la medida �m�s bien escasa- en que los gram�ticos se ocupan de estas cuestiones, lo que hoy atribuimos a la Fon�tica y a la Fonolog�a se distribuye en esta �poca entre la Ortograf�a y la Prosodia. La Ortograf�a, centrada en la �letra�, se conecta con aquello que la letra representa, con el sonido(60). La Prosodia, por su parte, se ocupa de la s�laba, pero le son atribuidos tambi�n aspectos que hoy consideramos propios de la M�trica y ajenos, por tanto, a la Gram�tica(61).

Con independencia de la distribuci�n exacta de competencias entre las cuatro partes, es importante recordar que, en su formulaci�n inicial, la organizaci�n cuatripartita pretende lograr el paralelismo total, la correlaci�n expl�cita entre las unidades ling��sticas que considera y las partes de la Gram�tica que han de ocuparse de cada una de ellas: la letra (es decir, tanto el sonido como su representaci�n gr�fica), la s�laba, la palabra y las agrupaciones de palabras (oraciones) son estudiadas por, respectivamente, la Ortograf�a, la Prosodia, la Analog�a (o Etimolog�a) y la Sintaxis(62). Esa distribuci�n evoluciona posteriormente en el sentido de ir reduciendo la Ortograf�a al estudio de los aspectos puramente gr�ficos, dejando a la Prosodia todo lo relacionado con la cara f�nica.

Por tanto, plantear la cuesti�n de si Ortograf�a y Prosodia deben formar parte de la Gram�tica es tambi�n, al menos en parte, preguntarse acerca de si la Gram�tica debe ocuparse del estudio de los elementos del componente f�nico, con lo que llegamos a un problema no excesivamente alejado de nuestras discusiones actuales, ya que nos sit�a ante el doble sentido de �Gram�tica�, que provoca que algunos tratados que llevan este nombre en el t�tulo comprendan el estudio de los aspectos f�nicos, mientras que otros los excluyen. De acuerdo con los datos proporcionados por G�mez Asencio (1981), en la �poca estudiada por este autor, la postura mayoritaria es la que utiliza la divisi�n cuatripartita, mientras que la exclusi�n de Ortograf�a y Prosodia est� reducida a la GRAE-1771, Saqueniza y Mart�nez L�pez (cf. G�mez Asencio, 1981: 38-39).

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El segundo aspecto se relaciona no ya con el �mbito de competencia de la Gram�tica, sino con la estructuraci�n de sus contenidos, incluyendo su organizaci�n por razones pedag�gicas. Desde esta perspectiva, los gram�ticos -tras haber decidido en cada caso cu�les son los fen�menos de que van a ocuparse- tienen que decidir cu�l es la forma m�s adecuada de exponerlos. Han de resolver si, por ejemplo, deben tratar lo relacionado con la forma del sustantivo en un apartado de la Gram�tica pr�ximo o totalmente alejado del dedicado al estudio de las funciones (los oficios) que puede desempe�ar esta clase de palabras. Esto es, no se trata de decidir si el estudio de los aspectos que hoy llamamos morfol�gicos �o sint�cticos- de, por ejemplo, los sustantivos pertenece o no a la Gram�tica, sino de saber en qu� secuencia hay que estudiarlos: con los fen�menos morfol�gicos de las dem�s clases de palabras o, por el contrario, con los dem�s aspectos de los sustantivos. El caso de Bello, considerado por G�mez Asencio como autor partidario de la inexistencia de divisiones en la Gram�tica (con S�nchez de las Brozas como antecedente en la tradici�n espa�ola(62)) me parece ilustrativo. Como es bien sabido, la organizaci�n de la Gram�tica de Bello resulta bastante diferente de la habitual en su �poca y tambi�n en los a�os posteriores, pero su visi�n de los fen�menos de que deben ocuparse los gram�ticos no parece muy distinta de la general:

�El bien hablar comprende la estructura material de las palabras, su derivaci�n y composici�n, la concordancia o armon�a que entre varias clases de ellas ha establecido el uso y su r�gimen o dependencia mutua.

La concordancia y el r�gimen forman la construcci�n o sintaxis� (Bello, 1847: � 6)(63).

No se trata, por tanto, de si un determinado fen�meno est� comprendido o no dentro del �mbito que corresponde a la Gram�tica(64), sino de la estrategia m�s aconsejable para el estudio de las lenguas. Este enfoque queda perfectamente claro, a mi modo de ver, en la nota que segu�a a este apartado en la primera edici�n de la obra y que desapareci� en las siguientes:

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�He omitido la divisi�n de la Gram�tica en Analog�a y Sintaxis, porque la separaci�n es imposible. �Qui�n no ve, por ejemplo, que si ha de darse idea de lo que significa la palabra declinaci�n, es preciso dar a conocer lo que es complemento directo y lo que es dativo? �Qui�n no ve que el g�nero supone el conocimiento de la concordancia� (cf. Bello, 1847: 785).

Como se ha se�alado repetidamente, en la primera edici�n de su Gram�tica, la Academia adopta la divisi�n bipartita:

�La Gram�tica es arte de hablar bien. Div�dese en dos partes: la primera trata del n�mero, propiedad y oficio de las palabras: la segunda del �rden y concierto que deben tener entre si, para expresar con claridad los pensamientos� (GRAE 1771:1-2)(65).

No entran, pues, ni la Ortograf�a ni la Prosodia, con lo que, de acuerdo con G�mez Asencio (1981: 38), esta obra

�es, dentro de la tradici�n espa�ola, la primera en adoptar esta estructuraci�n bimembre de la gram�tica y en rechazar, aunque impl�citamente, la Ortograf�a y la Prosodia como partes integrantes del estudio gramatical del lenguaje, exponiendo, as�, una concepci�n de la Gram�tica mucho m�s cercana a la de nuestros d�as�.

Resulta, en efecto, realmente inesperada la adopci�n de una perspectiva tan apartada de la tradicional y no menos sorprendente es el hecho de que la soluci�n adoptada no sea ni siquiera mencionada en el pr�logo, donde, como muestra G�mez Asencio (2000a), est�n destacados precisamente aquellos aspectos que los acad�micos consideraban que pod�an justificar tanto la publicaci�n de la obra como las soluciones adoptadas (el n�mero de clases de palabras, por ejemplo) y la organizaci�n del texto.

Por supuesto, la divisi�n bipartita tiene antecedentes en la tradici�n. G�mez Asencio (1981: 38) alude a Pierre de la Ram�e (Petrus Ramus) [1515-1572] (cf. Kukenheim, 1932: 154-155(66); Padley, 1976: 84) y Sarmiento (1981: 47-48) destaca a  Bilstein (Bilstenius) [1543-1583], que aparece citado entre los autores manejados en algunas de las disertaciones preparadas en el curso del proceso de elaboraci�n de la Gram�tica(67). A estos ilustres antecedentes se han a�adido factores de diferente entidad  como, por ejemplo, la posibilidad de que, llevados de una definici�n de la Gram�tica como 'arte de bien hablar', la Academia �haya cedido [...] a la creencia de que la lengua escrita no es m�s que la mera transcripci�n de la hablada y que, por consiguiente, haya considerado innecesario ocuparse en ella de la ortograf�a y prosodia� (Sarmiento, 1981: 61) o bien �la concepci�n te�rica de la gram�tica y el m�todo sint�tico de elaboraci�n adoptados� (Sarmiento, 1981: 62-64;1984: 47).

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No parece que razones de este tipo puedan explicar lo que sucede en el texto acad�mico, sobre todo si tenemos en cuenta que, como es bien sabido, la edici�n de 1796 defiende con toda claridad la divisi�n de la Gram�tica en cuatro partes, aunque la obra solo trata dos de ellas. En cualquier caso, la conciencia de la novedad y lo escasamente habitual de esa postura deber�a llevar m�s bien al inter�s en justificarla, como se hace, por ejemplo, con el problema de las diferentes partes de la oraci�n (es decir, de las clases de palabras). No sucede eso en el texto de 1771, sino que, por el contrario, no hay alusi�n alguna a este tema. Parece que estamos no ante un problema te�rico, sino m�s bien ante una cuesti�n de estrategia. Considero m�s probable, por tanto, que la postura adoptada tenga su justificaci�n en el hecho, apuntado igualmente por Sarmiento (1984: 48), de que la Academia hab�a publicado ya una Ortograf�a y ten�a adem�s el compromiso, presente en los Estatutos y renovado en 1740 (cf. supra), de elaborar una Po�tica, a la que sin duda corresponder�an tambi�n al menos algunos de los  contenidos propios de la Prosodia. Se trataba, por tanto, de no interferir en los planes trazados inicialmente por la Instituci�n y manifestados ya en la existencia de la Ortograf�a desde hac�a treinta a�os(68).  En 1771 los acad�micos ocultan esta cuesti�n movi�ndose (aparentemente) en la l�nea de una divisi�n bipartita de la Gram�tica.

Igualmente sorprendente resulta el hecho de que la primera parte de la Gram�tica, la dedicada al estudio �del n�mero, propiedad y oficio de las palabras� (GRAE-1771: 1) no reciba denominaci�n en el texto acad�mico, mientras que de la segunda se dice que es aquella �en que se trata de la sint�x�s � construcci�n� (GRAE, 1771: 231). Como es bien sabido, la parte que coincide a grandes rasgos con lo que hoy llamamos Morfolog�a recibi� tradicionalmente los nombres de Analog�a primero, Etimolog�a despu�s y comenzaba a denominarse de nuevo Analog�a precisamente por los a�os en que se gestaba la primera Gram�tica de la Academia(69). Dado lo que sabemos acerca del largo per�odo de gestaci�n de la obra y la existencia de un gran n�mero de disertaciones de orientaci�n diversa, la primera hip�tesis que surge es, naturalmente, la de considerar que no se da nombre a esa parte precisamente para evitar tomar decisiones en un tema con respecto al cual probablemente hab�a divisiones entre los acad�micos, l�nea en la que parece moverse Sarmiento (1984: 48-49). Sin embargo, en los casos de conflicto, conceptual o simplemente terminol�gico, el texto acad�mico tiende habitualmente a extenderse en la exposici�n del problema y la justificaci�n de la soluci�n adoptada, como sucede con el n�mero de partes de la oraci�n, aludido en el pr�logo, o en lo que puede verse acerca de los verbos llamados reflexivos o rec�procos(70). No parece congruente, por tanto, pensar en que se ha optado por eliminar el nombre de esta parte como un simple recurso �escasamente justificable en una obra de este car�cter- para obviar el problema de la falta de acuerdo o el deseo de no tomar decisiones en un punto conflictivo, aunque, por supuesto, no hay argumentos definitivos para excluir definitivamente esa hip�tesis de trabajo.

Existe, adem�s, otro factor que, en lo que yo conozco, no ha sido tenido en cuenta. Seg�n la presentaci�n habitual, la primera edici�n del texto divide la Gram�tica en dos partes: a la primera no le da nombre alguno y a la segunda la llama, de acuerdo con el t�rmino establecido generalmente, 'Sintaxis'. Sin embargo, el an�lisis detenido del texto no parece autorizar esta interpretaci�n. En realidad, ninguna de las dos partes recibe nombre. La presentaci�n general del contenido de la obra indica que la Gram�tica es �arte de hablar bien� y se divide en dos partes:

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�la primera trata del n�mero, propiedad, y oficio de las palabras: la segunda del �rden y concierto que deben tener entre si, para expresar con claridad los pensamientos� (GRAE-1771: 1-2).

La discrepancia aparente reside en que el t�tulo general de la primera parte dice �del n�mero, propiedad, y oficio de las palabras� (GRAE-1771: 1), mientras que de la parte segunda se dice que es aquella �en que se trata de la sint�x�s, � construccion� y su cap�tulo primero se titula �de la sint�x�s, � construccion en general� (GRAE-1771: 231). El paralelismo es claro: el n�mero, propiedad y oficio de las palabras por un lado y la sintaxis o construcci�n por otro son los objetos de que se ocupan las dos partes en que �seg�n los acad�micos- se divide la Gram�tica. 'Sintaxis' no est� utilizado aqu�, por tanto, como una parte de la Gram�tica, sino que es el nombre de un fen�meno gramatical (tambi�n llamado 'construcci�n') del que trata la Gram�tica (en una disciplina que recibe habitualmente ese mismo nombre). Por razones que no soy capaz de entender todav�a, parece existir inter�s deliberado en evitar dar nombre a estas subdisciplinas ling��sticas, lo cual obliga a utilizar reiteradamente las denominaciones �primera parte� y �segunda parte�:

�En la primera parte se ha tratado separadamente de cada una de las partes de la oraci�n. En esta segunda se ha de tratar del modo de unirlas, trabarlas, � enlazarlas entre s� de manera que formen la misma oraci�n de que son partes. Esta union, trabazon, � enlace, se llama entre los gram�ticos sintax�s, � construccion, y su reglas se reducen � declarar el  �rden con que deben juntarse las palabras para expresar con claridad los pensamientos� (GRAE-1771: 231-232).

En clar�simo contraste con los problemas e indecisiones que acabamos de observar en la primera edici�n, la que publica la Academia veinticinco a�os despu�s presenta soluciones muy claras y, al menos en apariencia, diferentes de las adoptadas inicialmente, aunque, como vamos a ver, la organizaci�n de la obra no sufre grandes cambios. Consideran cuatro partes en la Gram�tica, bien delimitadas entre s� y con las denominaciones m�s habituales en la tradici�n gramatical espa�ola(71):

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�La Gram�tica es el arte de hablar bien. Consta de quatro partes, que son Ortograf�a, Analog�a, Sint�xis y Prosodia. La Ortograf�a ense�a el n�mero y valor de las letras de que se forman las s�labas y palabras: la Analog�a el conocimiento de las palabras, que son partes de la oraci�n, con todos sus accidentes y propiedades: la Sint�x�s el �rden y dependencia de estas palabras en las oraciones, con que explicamos nuestros pensamientos: la Prosodia el sonido propio y verdadera pronunciacion de las letras, s�labas y palabras, de que se compone el lenguage. Al presente solo se trata de la Analog�a y Sint�xis, omitiendo la Ortograf�a, porque anda en tratado separado, y la Prosodia, por no haber fixado todav�a la Academia las reglas de la verdadera pronunciacion de las voces castellanas� (GRAE-1796: 1-2).

Frente a lo que ocurr�a en la primera edici�n, �Sintaxis� es ahora, como veremos con m�s detalle en el apartado siguiente, tanto la denominaci�n del fen�meno como la que corresponde a la disciplina que se ocupa de su estudio. Al primer sentido corresponden, por ejemplo, el t�tulo de la segunda parte (�de la sint�xis�) o su primer p�rrafo, en el que se afirma que �sint�xis es el orden y dependencia que deben tener las palabras entre s� para formar oraci�n� (GRAE-1796: 273). Muestra el segundo valor, en cambio, el p�rrafo siguiente, que se puede contrastar con el equivalente de la primera edici�n:

�Explicada ya en la Analog�a la naturaleza, propiedades y accidentes de las palabras, [...] lo primero que ense�a la Sint�x�s es a concertar unas palabras con otras [...]� (GRAE-1796: 275-276).

El uso de la min�scula para el fen�meno (sintaxis) y de la may�scula para la disciplina (Sintaxis) parece consistente en la edici�n de 1796 y proporciona, con toda la inseguridad asociada a la falta de fijeza en este punto, un argumento que refuerza la argumentaci�n anterior acerca de que sintaxis se usa en la edici�n de 1771 sistem�ticamente como denominaci�n del fen�meno ('sintaxis o construcci�n') y no de la disciplina que se ocupa de su estudio.


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Guillermo Rojo, es catedr�tico de Lengua Espa�ola en la Universidad de Santiago de Compostela y experto en Ling��stica Inform�tica, y miembro de la RAE.

Discurso pronunciado el 7 de octubre con motivo de su ingreso en la Real Academia Espa�ola.

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Notas :

1. En la preparaci�n de este trabajo he recibido la ayuda inestimable del personal de la Biblioteca, el Archivo y el Servicio de reprograf�a de la Real Academia Espa�ola. Quiero expresar aqu� mi agradecimiento a las personas que componen estos servicios y hacerlo extensivo a todas las que, en los m�s diversos departamentos t�cnicos y administrativos de la Academia me han ofrecido su colaboraci�n generosa a lo largo de los �ltimos siete a�os. Mi gratitud tambi�n a Francisco Garc�a Gondar y Domingo Yndur�in, que han librado una versi�n anterior de este texto de no pocos errores y descuidos. Los que hayan podido permanecer son, por supuesto, de mi exclusiva responsabilidad.

2. El tiempo necesario para la terminaci�n de la obra contrasta notablemente no ya con los a�os empleados por la Academia francesa (desde su creaci�n en 1634 hasta la aparici�n de la primera edici�n de la obra, en 1694) para publicar un diccionario de alcance considerablemente menor, sino tambi�n �y quiz� sobre todo- con la historia posterior del propio Diccionario de Autoridades: despu�s de muchos a�os de trabajar en el suplemento, en 1753 se abandona la idea y se opta por emprender los trabajos de una nueva edici�n, de la que solo lleg� a aparecer, en 1770, el primer tomo. Con palabras de L�zaro Carreter (1972: 100),  �desde 1753, en que se decide reeditar la obra, hasta la aparici�n de su tomo inicial, transcurren diecisiete a�os, es decir, cuatro m�s que los empleados por los primeros Acad�micos. Si llamo la atenci�n sobre el hecho, es s�lo para que resplandezca el m�rito de estos �ltimos�.

3. Para �lvarez de Miranda (1995: 192), su publicaci�n supuso una �asombrosa proeza que de nuevo coloc� por unos a�os a la lengua espa�ola a la vanguardia de la lexicograf�a europea�.

4. De la abundante  bibliograf�a dedicada a diferentes aspectos del Diccionario de Autoridades, me limito a mencionar, por su inter�s para lo que aqu� nos ocupa, el estudio de Val �lvaro (1992) sobre los t�rminos gramaticales definidos en la obra.

5. Como acaba de se�alar G�mez Asencio (2000a: 39), �nadie ha rastreado [...] cu�nto debe exactamente la GRAE-1771 a cada uno de esos tres conocidos gram�ticos, ni en el apartado te�rico, ni en el aspecto descriptivo, ni en la faceta normativa�. Alude, naturalmente, a Nebrija, Jim�nez Pat�n y Correas, que el pr�logo menciona expl�citamente entre los autores de obras �de que se ha valido la Academia para componer esta Gram�tica� (GRAE-1771: vi).

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6. En enero est�n leyendo la Ortograf�a. En marzo reciben la propuesta de correcciones que hace la Academia de la Historia. Deciden aceptar algunas de ellas y ordenan la impresi�n de la obra (cf. libros de actas de estos meses).

7. No he logrado documentar en las actas el protagonismo que Sarmiento (1978a: 440; 1979: 63) y Taboada parecen atribuir a Fern�ndez Pacheco en la decisi�n de emprender los trabajos de redacci�n de la Gram�tica. Tampoco le corresponde a Casani, miembro de la Academia desde sus inicios, que es el  acad�mico m�s antiguo en esta �poca y, en consecuencia, quien preside las sesiones cuando no asiste a ellas el Director. Como indico a continuaci�n, la decisi�n surge del conjunto de los acad�micos, y supone el rechazo, respetuoso pero firme, de una propuesta de Casani.

8. En efecto, el marqu�s de Villena apenas asiste a las sesiones. En la mayor parte de los casos, las actas dicen que �se junt� la Acad.a en la Posada del Ex.mo S.r Marq.es de Villena, nr)o Director, y por ausencia de S. Ex.a presidi� el R. P. M. Jph Casani y asistieron (...)� (acta del 19 de julio de 1740). Las dos sesiones de julio mencionadas parecen ser, en un an�lisis no exhaustivo de este punto, la excepci�n a lo largo de todos estos meses.

9. �El R. P. M. Joseph Casani propuso q.e aunq.e conoce lo indispensable q.e es la formaz.on del suplem.to q.e se esta trabajando se hace cargo dela lentitud precisa desta obra, y cree q.e en este tpo. seria mui proprio de la estudiosa condici�n (?) delos se�ores q.e componen esta Junta la aplicasen en disponer algunos particulares diccionarios q.e diessen lustre a la nacion en veneficio del p.co. Y habiendose conferido digeron algunos S.res Academ.os necesitaban algun tpo. para meditar esta proposicion, y discurrir con la posible madurez los medios de su execz.n reflexionando si acaso esta resoluz.n incluye algunos incomben.tes q.e sean dignos de algun prudente reparo, a cuyo fin se difirio la resoluz.n de este asunto para el primer dia de Acad.a q.e sera el juebes proximo� (acta del 9 de agosto de 1740).

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10. El acuerdo consiste en �q.e por ahora solo entienda la Acad.a en completar el Suplem.to proyectado del Diccionario y que para q.e no sea este solo el intento dela Acad.a se trabaje al mismo tpo. una Gramatica y Poetica espa�olas por ser estas las obras ya ofrecidas, reserbando para la Acad.a inmediata nombrar los se�ores que han de ocuparse en estos trabajos los que se han de reveer y corregir en una de las dos Academias de cada semana, ocupando la otra en los q.e correspondan a la formacion del Suplem.to� (acta del 11 de agosto de 1740).

N�tese, al tiempo, que la adopci�n de este acuerdo supone dejar en el olvido la tarea de preparar la 'Historia de la lengua espa�ola' a que se alude en el cap�tulo quinto de los Estatutos de la Academia, que, como es bien sabido, figuran en la 'Historia de la Academia Espa�ola' que aparece en el volumen primero del Diccionario de Autoridades (p�gs. xxiv-xxx):

�Fenecido el Diccionario (que como va expressado en el Cap�tulo prim�ro, debe ser el primer obj�to de la Acad�mia), se trabajar� en una Grammatica, y una Po�tica Espa��las, � Historia de la l�ngua, por la falta que hacen en Espa�a. Y en quanto � la Rhetorica, podr� excusarse de trabajar de nuevo, porque hai bastante escrito� (Dic. Aut.1: I, xxix).

Al tiempo, parece indicar cierta falta de atenci�n a la Ortograf�a, cuya primera edici�n estaba en imprenta en el momento en que adoptan este acuerdo.

11. �Se trato sobre la materia pend.te de c�mo se habia de trabajar la Gramatica, y Poetica espa�ola, y havi�ndose conferido por todos los S.res Acad�micos se pass� a votar y resolvi� por mayor parte de votos q.e para cada una de d)h)as obras se nombre uno q.e la trabaje se�alando otros dos para que con ellos confiera las dudas que se le ofrecieren en su formaz.n y que antes se traiga a la Junta un Proyecto del m�todo q.e en cada una de d)h)as obras han de seguir los se�ores que las hayan de trabajar para q.e visto se apruebe o enmiende seg�n parezca� (acta del 16 de agosto de 1740).

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12. �El R. P. M. Joseph Casani en conseq.a de lo resuelto en 16 del presente nombr� p.a q.e trabajassen la Gramatica a los S.res D. Fran.co de Angulo, R. P. M. Carlos de la Reguera y D.n Ignacio de Ceballos, y para la Poetica a los S.res D. Diego Suarez de Figueroa y el R. P. M. fr. (?) Anton.o Ventura de Prado [y D. Antonio de Pinedo �a�adido-] (acta del 18 de agosto de 1740). Todos ellos aceptan el encargo. El se�or de la Reguera no est� presente, pero se deja constancia de que ha sido puesto en antecedentes y ha dado su conformidad a la designaci�n. En su transcripci�n del acta, Sarmiento (1984: 10, nota 5) escribe err�neamente �Francisco de Ceballos� y con este mismo nombre alude en el texto a este personaje.

De las tres personas a las que Casani encarga inicialmente la Gram�tica �nicamente Carlos de la Reguera era acad�mico de n�mero en 1740. Angulo era supernumerario y Ceballos, honorario. No pueden ser correctas las fechas que Molins (1870: 39) da en su �Lista general de los acad�micos� para estos dos �ltimos. En esa lista indica que Angulo fue honorario desde el 12 de agosto de 1745, pero en la relaci�n por sillones afirma que �era ya supernumerario desde abril de 1739� (Molins, 1870: 75). Esta es la fecha que da Zamora (1999: 66) y la que encaja con la historia que podemos reconstruir a trav�s de las actas. Tampoco vale la que da Molins (1870: 39) para la aceptaci�n de Ceballos como honorario: 13 de noviembre de 1742. Dif�cilmente podr�a entonces haber recibido este encargo en agosto de 1740. Desde, al menos, junio de 1740, las actas aluden a la asistencia ocasional del �S.r D.n Ig.o de Zeballos, Acad.o hon.o� (acta del 9 de junio de 1740). Angulo y Ceballos pasaron a ser acad�micos de n�mero en junio de 1746 y noviembre de 1747, respectivamente.

13. En la introducci�n de su Proyecto de Gram�tica, editado por Ram�n Sarmiento, Angulo lo sit�a perfectamente: �En el a�o pr�ximo pasado complet� V.E. la grande obra del Diccionario de la Lengua Castellana con el �ltimo 6.� tomo (...); y apenas lo logr� V.E. quando su infatigable zelo puso inmediatamente la mira en las util�simas obras de la Gram.ca y la Po�tica Espa�olas, que para este caso se hallan ordenadas en el Cap.� 5.� de los estatutos de V.E., sin desviarse por esto del Suplemen.to del Diccionario, en que est� entendiendo, como primero, y principal objeto de sus tareas� (Angulo, 1741: 497).

14. Seg�n las actas, Ceballos �en Cumplim.to del estatuto que manda se lea en una Junta de cada mes un discurso Academico, leyo una disertazion en que se propuso las dificultades de escribir la Gramatica espa�ola, haziendo presentes algunas reglas que juzga conbenientes para su formazion por cuio trabajo le dio la Academia las debidas grazias, y se mando guardar en la S.ria para que se tenga presente para quando combenga� (acta del 27 de septiembre de 1740). Aunque no he podido contrastar el dato, quiz� sea este el discurso de Ceballos al que se refiere L�zaro (1949: 192) con valoraci�n claramente negativa. La descripci�n del manuscrito citado por L�zaro (Discurso sobre la importancia y dificultad de la Gram�tica Espa�ola) puede verse tambi�n en Aguilar Pi�ol (1981, ref. 2998).

15. No muy expresiva en esta ocasi�n, la Junta acuerda, sin m�s indicaciones, que se pase una �copia a los se�ores que estan entendiendo en ella� [la Gram�tica] (acta del 28 de marzo de 1741).

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16. El P. de la Reguera falleci� en octubre de 1742.

17. Dom�nguez Caparros (1976: 82), que encontr� continuas referencias a ellos en las actas acad�micas, confesaba no haber podido localizar estos documentos �que arrojar�an bastante luz sobre el m�todo empleado en la formaci�n del cuerpo gramatical acad�mico�. Muy poco tiempo despu�s, Sarmiento (1977b) da noticia de ellos y publica su inventario; Taboada (1981: 85-87) hace la transcripci�n del �ndice de los dos legajos; Sarmiento (1984: 32-38) da el �ndice, enumera los documentos consistentes en disertaciones preparadas para la primera edici�n de la Gram�tica y a�ade un index auctorum realmente valioso para poder juzgar los antecedentes y materiales manejados por los acad�micos, pero que, desgraciamente, no contiene m�s que el nombre de los autores citados (con los datos biogr�ficos a�adidos), sin indicaci�n de cu�ntas veces son mencionados y en qu� documentos figuran.

18. El pr�logo a la segunda edici�n del primer volumen del Diccionario de Autoridades, al que no se ha prestado atenci�n a este respecto, presenta el proceso con toda claridad, aunque probablemente de forma un tanto sesgada por el inter�s en dar relieve a esta obra, publicada en 1770, cuando la Gram�tica todav�a no ha aparecido:

�Hecho y presentado el plan, tuvo por conveniente la Academia para el mayor acierto tratar en sus juntas de todas las partes de la Gram�tica y de sus muchas y espinosas q�estiones, se�alando para el ex�men de cada una el competente t�rmino � los Acad�micos, lo que empez� en 13 de Febrero de 1742, y prosigui� con peque�as interrupciones hasta 22 de Junio de 1747. Este trabajo produxo un copioso n�mero de disertaciones, pero al mismo tiempo di� � conocer que eran menester muchos a�os mas para concluir esta obra, con la extension que se habia propuesto: por lo que pareci� � la Academia que no debia divertirse tanto tiempo de la correccion y aumento del Diccionario que habia ofrecido en el �ltimo tomo y era su principal obra, y as� suspendi� tratar de la Gram�tica, reservando para adelante los trabajos hechos en ella� (Dic. Aut.2: xxix-xxx).

19. M�s tarde, sin embargo, cay� en desgracia y tuvo que alejarse de la corte (cf. Zamora, 1999: 84), lo cual explica su ausencia f�sica de las sesiones y los actos protocolarios de entrega de los primeros ejemplares de la Gram�tica.

20. El pr�logo al primer volumen de la segunda edici�n del Diccionario de Autoridades alude err�neamente a la sesi�n celebrada el 17 de julio de 1767:

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�En cuyo estado el zelo de su actual Director el Excelent�simo Se�or Duque de Alba promovi� en Junta de 17 de Julio de 1767 la continuaci�n de la Gram�tica, como obra en que se interesa al P�blico, y el cr�dito de la Academia�  (Dic. Aut.2: xxx).

21. Seg�n indican las actas, �hizo presente el S.r Director la mucha falta q.e hace una Gramatica completa en nr)a lengua para aprenderla con metodo y sobre principios y reglas seguras: que esta obra no solo sera de utilidad publica, sino de gran credito ala Academia saliendo con la perfeccion que se debe esperar de ella; y que habiendola emprendido tiempo ha, y hecho sus individuos muchas y muy utiles observaciones, seria lastima que queden sin fruto y en olvido. Y hecho cargo S.E. de que hoy est� ocupada la Academia y ha de estarlo largo tiempo en la correccion y aumento del Diccionario, propuso que se podia encargar el trabajo de la Gramatica a dos S.res para que aprovechandose delas observaciones hechas y delas suyas formen y llenen su Plan presentandole para su reconocimiento y aprobacion ala Academia. Y habiendose aprobado por ella elpensamiento y la propuesta del S.r Director como propios de su notorio zelo por el bien publico y honor dela Academia, nombr� S.E. en conseq�encia de ello para el referido encargo a los S.res D.n Juan Trigueros y D.n Juan de Aravaca, a quienes se mandaron pasar (sic) los papeles que hay en la Secretaria pertenecientes a la Gramatica� (acta del 7 de julio de 1767; cit. tambi�n en Taboada (1981: 84)).

22. Seg�n consta en la relaci�n de acad�micos que figura en la segunda edici�n del Diccionario de Autoridades, en 1770 Juan Trigueros era �del Consejo de S.M. su Secretario y Oficial mayor de la Secretar�a de la C�mara por lo tocante � los Reynos de la Corona de Aragon� (Dic. Aut.2: xxxvii); cf. tambi�n Aguilar Pi�ol, 1981, VIII: 195). Ingres� como supernumerario en 1755, �en la abundante hornada que acarre� la direcci�n del duque de Alba� (Zamora, 1999: 64). Las actas muestran que fue un hombre muy activo en la vida de la Academia y colabor� estrechamente con Angulo, a quien sucedi� en la secretar�a a la muerte de este en 1775. Trigueros falleci� en octubre de 1777.

Juan de Aravaca pas� a ser acad�mico numerario en abril de 1767 (al tiempo que Tom�s Antonio S�nchez) como consecuencia de la vacante producida al ser expulsado de Espa�a, con toda su orden, el jesuita Jos� Velasco. No consta que su participaci�n en la redacci�n de la Gram�tica fuera realmente importante.

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23. En la sesi�n del 21 de julio de 1768, el Director pide informaci�n sobre �el estado de la correccion del Diccionario, en que est� trabajando la Academia, y el de la Gramatica castellana que se encarg� a los S.res Trigueros y Aravaca en la Junta de 7 de Julio de 1767. De la Correccion se inform� a S. E. se estaban leyendo los ultimos legajos de cedulas de la A: y en quanto ala Gramatica expuso el S.r Trigueros que despues de haber visto los dos legajos de Disertaciones que sele entregaron hechos por diferentes S.res Academicos, los paso al P.e Aravaca y que habiendolos vuelto a su poder, empezo a trabajar, y tenia ya evaquado lo perteneciente al Nombre que presentaria ala Academia antes de proseguir, por si en quanto al metodo tenia que corregir o alterar�.

24. Trigueros, que, como es habitual cuando no asiste el Director y, por tanto, ha de presidir Angulo, act�a de Secretario, indica: �Entregu� y lei lo que tenia trabajado de la Gramatica que es todo lo perteneciente al nombre; y en su vista mand� la Academia que pasase al P.e Aravaca Comisionado conmigo para esta obra, como se hizo en esta Junta, para que reconocido lo vuelva a mi poder con las notas y advertencias que se le ofrecieren: y asi mesmo acordo la Academia que yo prosiga esta obra siguiendo el metodo que lleba la parte que tengo trabajada� (acta del 28 de julio de 1768; cf. tambi�n Taboada, 1981: 87). De aqu� el comprensible error de Dom�nguez Caparr�s (1976: 82) que indica que �habla en primera persona por ser Trigueros entonces Secretario�.

25. Trigueros, actuando de Secretario como casi siempre, indica que �en cumplimiento del encargo que se me hizo en Junta de 7 de Julio de 1767 present� en la de hoy la Gramatica que he formado dela Lengua Castellana, y he hecho ver antes al P.e Aravaca, a quien se me dio por compa�ero en esta Comision: devolviendo los dos Legajos de disertaciones que a este fin seme entregaron. Y en su conseq�encia empez� a leer este tratado, que se prosiguio hasta fin del Cap.o 1� que trata del pronombre� (acta del 30 de agosto de 1770; cf. tambi�n Taboada, 1981: 87).

26. En el acta del 23 de octubre de 1770 dice Trigueros: �Se acabo de leer la Gramatica, y la Academia acordo se imprima solicitando para ello la licencia del Rey en viniendo la Corte�.

27. En la sesi�n del 15 de enero de 1771, Trigueros se�ala que �lei el Prologo y la Dedicatoria para la Gramatica, y lo aprob� la Academia, poniendo ami cuidado el encargo de corregir la impresi�n de esta obra y lo demas que pertenezca a ella�. Unos d�as antes, una comisi�n de acad�micos (Angulo, Abreu, Montoya y Hermosilla) ha presentado al Rey el primer tomo de la nueva edici�n del Diccionario. Como el Director �se mantiene� en Andaluc�a (acta del 20 de diciembre de 1770), son acompa�ados por el marqu�s de Villafranca (cf. acta del 8 de enero de 1771). En la sesi�n del 15 de enero, Angulo da cuenta de una carta del duque de Alba en la que dice que queda enterado �y con mucha satisfaccion� de que se ha presentado al Rey el Diccionario y del permiso para imprimir la Gram�tica.

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28. �Hice presente un exemplar impreso dela Gramatica Castellana, y la Academia acord� se enquadernasen desde luego los exemplares de ella que fuesen necesarios�.

29. Dado que el Director no puede asistir por estar apartado de la corte, forman esta comisi�n Angulo, Secretario de la Academia y acad�mico m�s antiguo, Abreu, Montoya y Aravaca (cf. actas del 21 y 26 de marzo de 1771; cf. tambi�n Taboada, 1981: 88)

30. Vid. detalles sobre costes y algunos otros aspectos de la impresi�n en Taboada (1981: 88-89).

31. En el acta del 2 de julio de 1772 dice Trigueros: �Habiendo manifestado el S.r Tesorero en la Junta Anterior que se iba acabando la primera impresi�n dela Gramatica traxe un exemplar con algunas leves correcciones y adicciones, y leidas en la Academia acordo loque tuvo por conveniente, y que con ellas se procediese a la reimpresion, y se sirvio encargarme de cuidarse de ella�. En realidad, del control del proceso de impresi�n tuvo que encargarse Angulo por enfermedad de Trigueros, seg�n consta en el acta de 28 de julio de 1772: �El S.r Trigueros con motivo de su enfermedad se ha escusado del cuidado dela reimpresion dela Gramatica Castellana que la Academia le habia encargado: el S.r Angulo se ofrecio a correr con la reimpresion, y la Academia lo tuvo a bien�.

32. �El S.r Director, considerando de quanta importancia ser� una buena Po�tica, y una buena Retorica Castellana, propuso su formacion en la Junta de hoy, y habiendo parecido bien esta proposicion, encarg� S.E. la formacion dela Poetica a los S.res Pedro de Silva y Marques de S.ta Cruz: y la dela Retorica a los S.res D.n Joseph Vela y D. Man.l de Lardizabal para que vayan trabajando estas obras, y den cuenta a su tiempo a la Academia. Estos S.res aceptaron el encargo� (acta del 24 de septiembre de 1776).

33. Seg�n indica el acta del 19 de septiembre de 1776, en la que se da cuenta del fallecimiento del duque de Alba el d�a 15, el paso del marqu�s de Santa Cruz a numerario tiene lugar �dispensando la antiguedad y requisitos que previene el Acuerdo de 25 de febrero de 1755 (?)�. Se convoca la elecci�n de director para la sesi�n siguiente.

34. Seg�n Zamora (1999: 101), todo este proceso fue dise�ado por Pedro de Silva, hermano del marqu�s de Santa Cruz y acad�mico desde 1771, ya que �viendo pr�ximo su propio nombramiento como director (...) a la muerte de Alba, hizo entrar en la Corporaci�n a su hermano Jos� Joaqu�n, marqu�s de Santa Cruz, y hacerle director antes de que se plantease el dilema�.

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35. En la sesi�n de 10 de abril de 1777, Trigueros deja constancia de que �atendiendo a la necesidad que tiene el Publico del Diccionario dela Lengua Castellana por la escasez que hay de juegos completos, y a lo que se dilatara la correccion y aumento en que la Academia est� trabajando, acord� a proposici�n del S.r Director se reimprima en menor numero de tomos, tama�o y letra, haciendose la reimpresion del tomo primero por la segunda edicion: la del segundo por el manuscrito corregido por la Academia, y la de los quatro restantes segun los tomos ya impresos, poniendo la voz y su calificacion, su definicion y correspondencia latina; pero sin etimologias ni autoridades: en cuya forma aunque no pueda ir por ahora corregido y aumentado el Diccionario como se desea, se lograra que el Publico le tenga con facilidad y a poca costa, y que no carezca de �l mientras se acaba y publica la correccion y aumento con toda su extension y en tomos grandes. Que de todo se de razon en el Prologo, y a su tiempo se pida licencia a S.M. por la via reservada si se considerase necesario�.

Silva, Lardiz�bal, Murillo y Guevara, que est�n ya tambi�n a cargo de la edici�n del Quijote, m�s Magall�n y S�nchez, quedan encargados de �arreglar la impresion de este compendio�. En la sesi�n anterior la revisi�n hab�a llegado hasta corazonada.  Para m�s detalles sobre la que se considera habitualmente primera edici�n del DRAE, vid. Seco (1991).

36. �El S.r Tesorero hizo presente que han quedado ya muy pocos exemplares de la Gramatica castellana. La Academia acord� que se reimprima y tiren dos jornadas y para la correccion nombr� al S.r Huerta� (acta del 10 de octubre de 1780).

37. Para el an�lisis de las diferencias entre las tres ediciones, cf. Uruburu (1975) y Taboada (1981), as� como las indicaciones ocasionales de Dom�nguez Caparr�s (1976).

38. �Habiendose tratado sobre si se hab�a de corregir la Gramatica antes de hacer otra impresi�n, acordo la Academia que los S.res de la segunda Sala ex�minen los puntos que necesiten de correccion, y d�n cuenta en Academia plena para resolver sobre ello� (acta del 9 de febrero de 1786). La segunda sala hab�a sido creada a propuesta del Director en la sesi�n del 11 de julio de 1777. En la del 22 de ese mes, el acta indica que �se dividieron las Salas; presidio el S.r She)z) la segunda; y el S.r Director nombr� para que la formasen a los S.res Sanchez, Vela, Silva, Murillo y Lardizaval�.

39. �Los se�ores encargados de la revision y correccion de la Gramatica presentaron las correcciones y adiciones que les ha parecido conven.te hacer, las quales se acord� que se ex�minen por la Academia, suspendiendo entre tanto el trabajo del Diccionario, lo que se empez� a hacer desde esta Junta y se ley� hasta el Art�culo 3, p�g. 8. y habiendose acordado lo que parecio conveniente se dixo la oracion ....� (acta del 19 de abril de 1787).

Seg�n Sarmiento (1979: 71, nota 19) y Taboada (1981: 96), los encargados de elaborar la propuesta de correcciones y adiciones fueron Bernardo Iriarte y Baltasar Porcel, pero no he podido confirmar este dato en las actas. Podr�a tratarse de un error de interpretaci�n, puesto que el acta de la sesi�n celebrada el 17 de abril de 1787, a la que alude directamente Sarmiento para establecer esa vinculaci�n, dice, en el margen del p�rrafo en que se indica que comienza el trabajo de an�lisis de las propuestas de correcciones de la Gram�tica, que �leyeron los S.res Uriarte y Porc�l�. No se trata, pues, de los encargados de hacer el trabajo previo de examinar los aspectos de la obra necesitados de revisi�n, sino de las personas que, como en todas las sesiones, leen para los dem�s el trabajo preparado previamente. De otra parte, no se trata de Bernardo Iriarte, sino de Manuel Uriarte de la Hoz, acad�mico de n�mero entre 1780 y 1812. He podido comprobar que Antonio Porcel, que fue elegido acad�mico numerario en la sesi�n del 7 de marzo de 1787, para la vacante producida por el fallecimiento de Mart�n de Ulloa (cf. acta de la sesi�n de 8/3/1787), asisti� con bastante regularidad a las sesiones de esta �poca.  Bernardo Iriarte, en cambio, no est� presente ni en una sola de las sesiones celebradas a lo largo del proceso de revisi�n de las propuestas de adiciones y correcciones. Seg�n Zamora (1999: 147), Iriarte era en 1787 director de la Compa��a de Filipinas, lo cual puede explicar su inasistencia a las sesiones acad�micas durante todo este per�odo.

40. El 8 de mayo de 1787 llegan hasta el cap�tulo cuarto del pronombre. El 31 de julio est�n en la p�gina 207. El 17 de enero de 1788 comienzan la lista de palabras y el 29 de abril dicen haber terminado la �lista de los verbos, participios, adjetivos y adverbios que rigen preposici�n�. Cf. libros de actas.

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41. �Se separaron las salas, y suspendido por ahora el ex�men de la Gramatica, se continuo en la primera el trabajo del tomo 3.� del Diccionario hasta Famosisimo� (acta del 8 de mayo de 1788).

42. �Habiendose tratado de reimprimir la Gramatica, teniendo presente la Academia, que si se aguarda a q.e se concluyan las correcciones q.e se est�n haciendo, seg�n el corto numero que hay de exemplares, llegarian a faltar enteram.te acord� que desde luego se haga una reimpresion sin alterar nada y se tiren mil y quinientos exemplares� (acta del primero de julio de 1788).

43. Cf. Taboada (1981: 97, nota 38). Este autor indica que �a pesar de las gestiones realizadas no he podido ver ning�n ejemplar de la edici�n de 1788� (Taboada, 1981, 96, nota 34). Bas�ndose en Sarmiento (1977a: I, 89), Fries (1989: 189) la considera �reedici�n sin alteraciones� de la edici�n de 1781). A pesar de lo que indica Sarmiento (1979: 72, nota 21), parece claro que, si lleg� a realizarse, fue una reimpresi�n en el sentido estricto del t�rmino. Buena prueba de ello es, precisamente, que la propia Academia considera la de 1796 como la cuarta edici�n de la Gram�tica, seg�n consta en la portada. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, la existencia de un ejemplar de la obra mencionado por Uruburu (1975: xiv), cuyo texto �coincide con los ejemplares de C [esto es, la edici�n de 1781, G.R.], pero contiene abundantes erratas. Su principal peculiaridad es que mantiene el grupo culto latino �bs- en palabras como 'substancia' y 'substantivo' y sus derivados. Difiere tambi�n en distribuci�n de las p�ginas�. Todo ello lo lleva a indicar en el 'resumen' que acompa�a a la edici�n en microficha que �el ejemplar que denomino D es posible que pertenezca a la supuesta edici�n de 1788� (Uruburu, 1989: 4).

44. �En conformidad de lo acordado anteriormente se empezaron a leer las correcciones de la Gramatica, y se ley� hasta la regla 6, de los generos y preteritos� (acta del 4 de julio de 1793).

45. Es la sesi�n del nueve de septiembre, a la que asisten muy pocos acad�micos: �nicamente Vela, Silva, Canseco, Valbuena �que ley�- y Villanueva, de modo que �no se form� la Academia por no haber asistido mas que los Se�ores del margen, y se concluy� la lectura de la Gramatica� (subrayado en el original; acta del 9 de septiembre de 1793).

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46. As� es mencionado habitualmente en las actas. Se trata de Juan Cris�stomo Ram�rez Alamanz�n, miembro de n�mero desde 1794 y fallecido en 1814. Para m�s detalles sobre este laborioso acad�mico, cf. Zamora (1999: 80).

47. �D� cuenta que de la casa � imprenta de la viuda de Ybarra se habian trahido � estos almacenes 150 exemplares marquilla de la quarta edicion de la Gramatica espa�ola, y la Academia teniendo presente lo que anteriorm.te habia conferenciado con el S.r Director de que convendria regalar un exemplar a las personas Reales, y los cuerpos y sujetos a quienes es regular, por haberse aumentado y corregido notablem.te, acord� que inmediatam.te se enquadernen en la forma que corresponden (sic) los exemplares que se necesitaren y se distribuyan � los Academicos los que se acostumbran� (acta del 7 de enero de 1796).

48. Vid., por ejemplo, acta del cuatro de febrero de 1796, en que presentan las cuentas de la impresi�n y toman la decisi�n de vender �cada exemplar � 8. rs en papel�.

49. �Lei un papel con unas muy ligeras observaciones sobre dos capitulos de nuestra gram�tica, y la Academia determin� que se pasasen al S.r Valbuena, y encarg� � los demas Academicos hiciesen lo mismo con las que encontrasen, y les ofreciere su lectura y reflexion� (acta del 22 de marzo de 1796).

50. Con sus propias palabras, �haciendo presente que anteriorm.te estaba mandado, entre otras cosas, que se corrigiesen ciertos defectos que se habian notado� (acta del 4 de febrero de 1800).

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51. Seg�n el acta de esta sesi�n (4 de febrero de 1800), los acuerdos son los siguientes:

1. �Que se haga la impresi�n desta gram�tica con toda la economia posible, con arreglo al fin y objeto que se tiene en la publicacion desta obra, y atendiendo � la mayor comodidad del p�blico, conferenciando a su tiempo con el Acad�mico encargado de la impresi�n.�

2. �Que se pongan las adiciones, correcciones y observaciones que parecieren oportunas y que permitiese la estrechez del tiempo.�

3. �Que se propongan las q�estiones � materias que piden mayor ex�men para trabajar sobre ellas disertaciones, y encargarlas a los individuos, y juntas con otras que hay en el archivo de la Acad.a se publiquen las que se creyesen convenientes.�

4. �Que para todo esto se forme una Junta compuesta de los S.res Cabrera, Canseco, Valbuena, Berguizas, y Cienfuegos, y que yo asista � ella quando faltase alguno de los expresados S.res; y que si alg.e no tuviese de estos S.res el libro intitulado: fundam.tos de la eloq�encia espa�ola, se le d� de nr)a librer�a si le hubiese � se le compre�.

5. �Que tambien se encarguen � Paris las obras de gram�tica y literatura publicadas ultimam.te y se compren las que parecieren conducentes para el adelantm.to y perfeccion de nuestras obras.�  

Sarmiento (1979: 74) reproduce estos acuerdos en forma no literal y con alg�n error en los nombres de los miembros de la comisi�n ('Berguises' por Berguizas).

52. Seg�n Fries (1989: 189), que se basa en Sarmiento (1977a: 89 y sigs.), hay reimpresiones en los a�os 1800, 1802, 1817, 1822 y 1831.

53. �La Academia se promet�a publicar ya en este a�o la nueva edici�n de su Gram�tica; pero la grave y larga enfermedad de su digno Secretario, encargado muy especialmente de la redacci�n, ha impedido que pueda verificarlo al tiempo en que mas falta hace en las escuelas p�blicas, como libro de texto designado por el Gobierno. Para atender a este servicio tan urgente ha acordado reimprimir el n�mero de ejemplares que ha cre�do necesario, en la misma forma y car�cter de letra que se emple� en la edici�n precedente� (GRAE-1852, advertencia preliminar). T�ngase en cuenta que, en este momento, han transcurrido ya cincuenta y seis a�os desde la �ltima edici�n modificada.

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54. Aunque no es probable que existan variantes textuales de importancia para los aspectos estudiados aqu�, dejo constancia de los ejemplares con que he trabajado. Para la Gram�tica de 1771 he utilizado, como es l�gico, el facs�mil publicado por Editora Nacional en 1984, que reproduce el ejemplar de la Biblioteca Nacional con referencia 3/60029 (cf. Sarmiento, 1984: 77, nota), que es tambi�n uno de los tres ejemplares de esta edici�n utilizados por Uruburu (1975: ix). Para la Gram�tica de 1796, he trabajado sobre una fotocopia del ejemplar existente en la Biblioteca de la Real Academia Espa�ola que lleva el registro 50.334 y la signatura 35-G-1-D y cuya descripci�n es la siguiente:

                Portada:      GRAM�TICA / DE LA LENGUA / CASTELLANA / COMPUESTA / POR / LA 
                             REAL ACADEMIA / ESPA�OLA / QUARTA EDICION / CORREGIDA Y
                                    AUMENTADA. / (Dibujo con el lema LIMPIA, FIJA Y DA ESPLENDOR) / CON
    
                                SUPERIOR PERMISO / POR LA VIUDA DE DON JOAQUIN IBARRA, /  
                                   
IMPRESORA DE LA REAL ACADEMIA. / MADRID MDCCXCVI.
                Tama�o:     
8�
                Paginaci�n:  5 + XXV + 479 p�gs.
                Distribuci�n: Dedicatoria:             * 1 rto. - * 3 rto.
                Tabla:           * 3 vto. - * 4 rto.
                Pr�logo:        * 4 vto. - ** 8 vto.
                Texto:          A 1 rto. � Ee 7 vto.
                �ndice:          Ee 8 rto. � GG 8 rto.

55. Naturalmente, reflejo �nicamente el contenido general de esta propuesta de organizaci�n. Para detalles sobre variantes, autores que las defienden, etc., cf. G�mez Asencio (1981: 34 y sigs.).

56. Su punto de arranque en la Gram�tica espa�ola es, por supuesto, Nebrija, para quien la �gram�tica doctrinal� �en cuatro consideraciones se parte: la primera los griegos llamaron Orthograf�a, que nos otros podemos nombrar en lengua romana, sciencia de bien & derecha mente, escribir. A �sta esso mesmo pertenece conocer el n�mero & fuer�a de las letras, & por qu� figuras se an de representar las palabras & partes de la oraci�n� (Nebrija, 1492: 105).

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57. �La segunda los griegos llaman Prosodia; nos otros podemos la interpretar acento, o m�s verdadera mente, quasi canto. �sta es arte para al�ar & abaxar cada una de las s�labas de las diciones o partes de la oraci�n. A �sta se reduze esso mesmo el arte de contar, pesar & medir los pies de los versos e las coplas� (Nebrija, 1492: 105).

58. Es la organizaci�n utilizada por Nebrija (1492: 105-106), que Angulo, partidario de mantenerla en la Gram�tica de la Academia, reproduce del modo siguiente (1741: 500):

�Ortographia, aque dice corresponde letra: Prosodia, aque corresponde s�laba: Etymologia: a que corresponde diccion; y Syntaxis, a que corresponde la construcci�n de las partes de la oraci�n�

59. El caso del Brocense resulta, sin duda, un tanto m�s complicado, puesto que no se trata de una simple cuesti�n de organizaci�n, sino de jerarqu�a y tambi�n terminolog�a: en su opini�n, la Gram�tica tiene como fin la oraci�n o sintaxis, de modo que la sintaxis no puede ser parte de la Gram�tica. Puesto que la oraci�n se compone de palabras, las palabras de s�labas y las s�labas de letras, tampoco pueden ser partes de la Gram�tica las disciplinas que se ocupan de estas unidades:

Alii uero diuidunt grammaticam in litteram, syllabam, dictionem et orationem, siue, quod idem est, in ortographiam, prosodiam, etymologiam et syntaxim. Sed oratio siue syntaxis est finis grammaticae, ergo igitur non pars illius [�]. Tum deinde littera pars est syllabae, syllaba dictionis, et dictiones ipsae partes orationis, non igitur partes grammaticae. Et cuiscumque rei pars alius rei pars esse non potest (S�nchez de las Brozas, 1587: 46).

60. Este p�rrafo no aparece hasta la cuarta edici�n de la Gram�tica. Por otro lado, las notas manuscritas de Bello a un ejemplar de la segunda edici�n muestran con bastante claridad las vacilaciones que tuvo el maestro venezolano en este punto, tanto en lo correspondiente a la terminolog�a como a la organizaci�n de la divisi�n (cf. Trujillo, 1988: 166).

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61. �La gram�tica de una lengua es el arte de hablarla correctamente, esto es, conforme al buen uso, que es el de la gente educada� (Bello, 1847, � 1).

62. No cabe decir, por tanto, que �la primera gram�tica de la Academia omite toda referencia a su configuraci�n y divisi�n� (Sarmiento, 1984: 47), afirmaci�n que Sarmiento utiliza incluso como t�tulo de un ep�grafe. Se habla de dos partes y se hace expl�cito el contenido de cada una de ellas, como muestra la cita.

63. Seg�n Kukenheim, �Avant Ramus aucun grammarien ne fait de la syntaxe une partie sp�ciale de son ouvrage; les grammaires de Palsgrave, de Meigret, de Pillot et de Garnier n'en contiennent pas moins d'excellentes observations de d�tail sur cette partie de la grammaire, mais elles son �parpill�es par-ci par-l� dans le livre. La grammaire de Ramus est divis�e en deux parties, 'Etymologie & Syntaxe'.� (Kukenheim, 1932: 154-155).

64. Tambi�n aparece Ramus; cf. Sarmiento (1984: 36-38).

65. Ya Angulo, al presentar su Proyecto en 1741, parece perfectamente consciente del posible conflicto:

[...] mi dictamen es, que una perfecta Gram.ca (como se pretende sea la espa�ola) debe constar de las quatro partes, que estos Autores la consideran, esto es, de Ortographia, Prosodia, Etymologia, y Syntaxis [...]. Esto supuesto debo hazerme cargo que la Orthographia Castellana ha sido por mucho tiempo, y aun es oy empleo de la erudicion, estudio, y observacion de V.E., y sera norte de la ense�anza publica en el especialisimo tratado de ella, que esta para dar a luz; por lo que seria temeridad que me introduxese en el examen de lo que es, y debe comprehender la Orthographia; pero como V.E. esta haciendo este tratado, como Arte por libre, � independiente de otro, y no con relacion ala Gram.ca no debo dexar de hazer prn.te que es principal y esencialissima parte de ella la Ortographia, por que siendo sufin el de ense�ar a escribir rectam.te, esto lo abraza tambien la Gram.ca como parte suya [...] (Angulo, 1741, 500).

66. Seg�n Padley (1976: 121; cf. tambi�n G�mez Asencio, 1981: 36, nota 52), fue Vossius (1635) el primero en recuperar el t�rmino cl�sico, precisamente por su creencia de que �the whole of this part of grammar, the particulae excepted, is explicable in terms of analogy and anomaly�. De acuerdo con L�zaro (1968: s.v.), la denominaci�n �Analog�a� fue utilizada por vez primera en la tradici�n gramatical espa�ola por Benito de San Pedro en su Arte de romance castellano (1769), inmediatamente antes, por tanto, de la publicaci�n de la Gram�tica de la Academia. En l�nea con lo insinuado por Padley, el an�lisis de esta cuesti�n que realiza Lliteras (1996) muestra con toda claridad que el cambio de denominaci�n se debe a un cambio en lo que constituye el centro de inter�s de esta disciplina: la Etimolog�a ('busqueda de lo verdadero en la palabra') tiene que ver fundamentalmente con lo que 'significan' las clases de palabras y las categor�as gramaticales; la Analog�a, en cambio, se relaciona con los modelos de flexi�n de las palabras variables. Aunque no de forma exclusiva, puesto que hay que tener en cuenta siempre el peso de la tradici�n en lo que al empleo de los t�rminos se refiere, el paso de Analog�a a  Etimolog�a primero, de Etimolog�a a Analog�a despu�s y de Analog�a a Morfolog�a m�s tarde tiene su origen en un desplazamiento del centro de inter�s de la disciplina.

67. Tras se�alar que �el verbo se divide en activo, neutro, y rec�proco�, el texto de 1771 se introduce en una interesante discusi�n acerca de las implicaciones del uso de cada t�rmino en la que, salvo en la soluci�n final, muestra una postura muy acorde con lo que podr�amos decir en la actualidad:

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�Rec�procos, o reflex�vos llaman � los verbos, cuya significacion no solo no pasa � otra cosa, sino que retrocede por medio de algun pronombre personal, � la que d� accion � movimiento al verbo, como: ama�arse, arrepentirse, abroquelarse [...]. Estos verbos que nunca se usan sin pronombres personales, no debieran llamarse rec�procos, ni reflex�vos, sino pronominales.

Rec�procos ser�an los que por s� solos expresasen la accion reciproca entre dos, � mas personas, como si en esta oracion: �manse los hombres, se pudiese entender sin ambig�edad de sentido, que los hombres se aman unos � otros [...]. Reflex�vos serian aquellos verbos que significasen la accion de dos agentes, de los quales el uno fuese solamente movil de ella, y el otro la recibiese, y al punto la rechazase, � despidiese de s� [...]. No siendo, pues, estos verbos ni rec�procos, ni reflex�vos, debiera aplic�rseles otra denominacion, y ninguna les convendria mas que la de pronominales, porque no pueden usarse sin pronombres.

No obstante estas razones ha prevalecido el uso de llamarlos rec�procos; y entendido as� no hay inconveniente en usar de esta denominacion, pues por verbos rec�procos entender�mos lo mismo que por verbos pronominales� (GRAE-1771: 58-61).

68. Tanto la divisi�n como las caracterizaciones de cada una de las partes son las que ha mantenido la Academia en sus Gram�ticas hasta la edici�n de 1931:

�Gram�tica es el arte de hablar y escribir correctamente. Prop�nese, por tanto, ense�ar a conocer el valor y oficio de las palabras, el modo de formar con ellas oraciones y el de pronunciarlas o escribirlas; y se divide en cuatro partes, llamadas Analog�a, Sintaxis, Prosodia y Ortograf�a, las cuales corresponden a los cuatro indicados finales de conocer (Analog�a), ordenar (Sintaxis), pronunciar (Prosodia) y escribir correctamente (Ortograf�a)� (GRAE-1931: 7).

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