10 de enero de 2001 |
| Tribuna de opini�n | ||
| NURIA
GREGORI TORADA y SERGIO VALD�S BERNAL La lengua espa�ola en los Estados Unidos de Norteam�rica
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| Durante
el siglo XIX los Estados Unidos de Norteam�rica adquirieron antiguos
territorios colonizados por Espa�a y en los que ech� profundas ra�ces
la lengua espa�ola, mediante la compra, como fue el caso de La Florida
en 1821, o mediante la conquista militar, como ocurri� con los otrora
territorios mexicanos de Texas, Nuevo M�xico y California en 1846. Por
otra parte, la continua emigraci�n desde nuestros pa�ses
hispanoamericanos y Espa�a hacia la Yuma, como llamamos
popularmente los cubanos a nuestro poderoso vecino del norte, ha
mantenido, fortalecido y expandido la vigencia de la lengua espa�ola en
ese pa�s, pues de lo contrario, hoy ser�a una lengua vestigial, como
ocurri� lamentablemente con el espa�ol en Filipinas (Lipski, 1987). Si bien es cierto que, como se�ala Betanzos (1991:14), �todos los pueblos que conquistan procuran imponer su lengua; pero en el caso que nos ocupamos, la imposici�n de la lengua del que conquista al conquistado no ha sido posible. Razones: la fuerza y universalidad de la lengua que se intenta suplantar�, no menos cierto es que sin una continua y numerosa inmigraci�n de hispanohablantes, la lengua espa�ola desaparecer�a a la larga en el oc�ano ingl�shablante de Norteam�rica, tal como est� ocurriendo con el habla de los isle�os de Luisiana, asentamiento fundado a finales del siglo XVIII y cuya poblaci�n de hispanohablantes se ha reducido dr�sticamente, al no contar con un flujo inmigratorio fortalecedor de las posiciones del espa�ol local (Craddock, 1981:199-201 y Lipski, 1990a y 1990b). | ||
�No
es el idioma, como suponen muchos, el lazo m�s consistente entre
Hispanoam�rica y Espa�a, sino la emigraci�n, sin la cual el propio
idioma espa�ol habr�a degenerado en dialectos o lenguajes diversos; y
si alg�n d�a en los pa�ses hispanoamericanos se hablaran dialectos o
lenguajes particulares originarios del castellano, siempre habr�a sido
la inmigraci�n espa�ola la retardataria de ese lamentable caso�. La Academia Norteamericana de la Lengua Espa�ola, fundada en 1973, ha realizado un serio intento por estudiar los cambios y evoluci�n que se producen en el espa�ol estadounidense, y se ha visto en la necesidad de dividir el pa�s en cuatro zonas, divisi�n que, aunque arbitraria, ya que m�ltiples comunidades de hispanohablantes no encajan en esas coordenadas, al menos es un intento loable por la sistematizaci�n de los estudios regionales sobre el espa�ol en este inmenso pa�s (Betanzos, 1985-1986:130). | ||
a)
Noroeste, con predominio de hispanohablantes mexicanos. b)
La Florida, con predominio de cubanos desde tiempos de la colonia y
engrosada su poblaci�n
por migraciones posteriores durante todo el siglo XX. c)
Este, donde predominan los hispanohablantes de origen puertorrique�o,
dominicano y cubano, aunque all� est�n representados todos los pueblos
hispanoamericanos. d)
Chicago, zona especial constituida por dos grandes minor�as, la
mexicana y la puertorrique�a. Independientemente
de este intento v�lido de ubicar regionalmente a los hispanohablantes
en el vasto territorio estadounidense, debemos reconocer que cada una de
estas zonas amerita un estudio que permitir�a hacer m�s precisiones. Por
ejemplo, C�rdenas (1970:28) llega a dividir el espa�ol del suroeste de
los Estados Unidos en cuatro regiones dialectales: (1) Texas, (2) Nuevo
M�xico y el sur de Colorado, (3) Arizona y (4) California. En otro de sus estudios, el propio C�rdenas (1975:1) explica que desde el R�o Grande hasta la Baja California, el constante contacto con las zonas septentrionales de M�xico infunde diariamente la vida ling��stica a esta regi�n, lo que permite mantener cierta homogeneidad, a lo que hay que sumar el hecho de que la aplicaci�n de la educaci�n biling�e har� su impacto en lo referente a la estandarizaci�n del espa�ol. | ||
Sin
embargo, surge el problema de la selecci�n de la norma para la
estandarizaci�n, ya que los chicanos �como se denomina a la poblaci�n
de ascendencia mexicana que radica en los antiguos territorios mexicanos
arrebatados por Estados Unidos en el siglo pasado- tienen sus propias
normas (Garc�a, 1977), mientras que el espa�ol de M�xico tiene las
suyas (para esta problem�tica, consulte a Garc�a y S�ller, 1985). Seg�n
explica S�nchez (1982:9), los chicanos en el �rea suroriental son una
minor�a nacional y ling��stica en contacto con la mayor�a de la
poblaci�n ingl�s-hablante, que constituye la clase dominante. En el
presente, la comunidad chicana comprende tres grupos: 8�) monoling�es
hispanohablantes, (b) monoling�es ingl�shablantes y El grupo biling�e es el m�s difundido y el m�s complejo, ya que sus componentes poseen varios niveles de eficiencia ling��stica en ambas lenguas. Adem�s, se�ala esta autora 81982:14), las ra�ces rurales de la poblaci�n y la presencia de numerosos y nuevos inmigrantes procedentes de las �reas rurales de M�xico, han servido para dar a la lengua oral de los chicanos un definitivo matiz rural. Asimismo, en este contexto hispanohablante, el ya mencionado C�rdenas (1979-80:18) destaca la importancia que tiene en California la nueva comunidad de cubanos y el grupo reducido de puertorrique�os. | ||
La
gran mayor�a de ellos radica en la inmensa babel neoyorquina,
Washington, Filadelfia y otras ciudades del nordeste. Lo m�s
interesante de esto, desde el punto de vista ling��stico, es que esta
poblaci�n hispanohablante se ha arraigado o ha nacido en esta �rea
desde 1945, �ltimo a�o de la Segunda Guerra Mundial. Esto explicar�a
parcialmente por qu� las minor�as todav�a se identifican con el espa�ol
de donde proceden ellos o sus padres, sobre todo cuando conversan con
amigos y familiares. As�,
las diversas modalidades del espa�ol que hablan, son un sello de la
identidad ling��stico-cultural presente a�n en ellos. No obstante
esto, Attinasi 81985:55 y ss.) acota que se generaliza en estas
comunidades la idea de que el ingl�s ofrece mejores opciones e ingresos
econ�micos que la lengua espa�ola. La
influencia sefard� es fuerte En
cuanto a los sefarditas, debemos explicar que se trata de comunidades
que hablan el ladino o dshudezmo, como lo llaman m�s com�nmente,
o sea, el castellano que fuera su lengua materna antes de la expulsi�n
de la Pen�nsula Ib�rica en 1492. Los sefarditas (del hebreo Safarad,
�Espa�a�, como se documenta en la Biblia, en el libro de Abd�as,
I, 20), hallaron refugio en el norte de �frica y el Asia Menor. | ||
Sin
embargo, la inmigraci�n masiva de sefarditas realmente se inici� a
principios del siglo XX, procedentes de los Balcanes y de Asia Menor.
Teschner (1975:20) especifica que en la d�cada de los sesenta del
presente siglo se calculaba la comunidad sefardita en Estados Unidos en
unos quince mil individuos, asentados principalmente en las ciudades de
Rocheseter (Nueva York), Atlanta (Georgia), Cincinnati, Toledo y
Columbia (Ohio), Montgomery (Alabama), San Francisco (California) y
Seattle (Washington). Seg�n
Malinowski (1983:144), el judeoespa�ol, ladino o dshudezmo est� en v�as
de desaparici�n en los Estados Unidos, ya que no es la lengua materna
de las nuevas generaciones y ni siquiera se preserva como lengua lit�rgica
en la mayor�a de las comunidades, las que han adoptado el ingl�s,
aunque algunas tradiciones etnoculturales se preservan. En fin, aqu� nos hallamos ante la misma situaci�n del isle�o en Luisiana, que se encuentra en pleno retroceso, al no contar con un flujo constante de inmigrantes que fortalezca sus posiciones como lengua familiar y comunitaria. | ||
Caso
contrario es el del espa�ol de La Florida, hablado all� desde el siglo
XVI, del que se reconocen cuatro etapas. La primera, colonial, data
desde la fundaci�n de San Agust�n, en 1565, y de Pensacola, en 1559,
por los espa�oles. Su importancia ling��stico-cultural es
irrelevante. La segunda etapa comprende la primera emigraci�n masiva de
cubanos hacia Cayo Hueso a mediados del siglo XIX, como seguro refugio
pol�tico y laboral ante la situaci�n que se viv�a en la colonia espa�ola
que era Cuba. La tercera, de finales del siglo XIX, representa la
expansi�n de los inmigrantes hacia Tampa y el masivo n�mero de
inmigrantes, quienes hallaron en este pa�s, el m�s pr�ximo a Cuba,
las condiciones para lograr el apertrechamiento y los recursos econ�micos
para la �guerra necesaria� que preconizaba Jos� Mart� para la total
independencia del yugo colonial espa�ol. Por
�ltimo, la cuarta �poca comprende las nuevas olas migratorias de
cubanos a partir de 1959, que comprende desde los m�s cercanos
colaboradores de la derrocada tiran�a de Batista y representantes de
las m�s diversas clases sociales que no se adaptaron o no pudieron
conciliar sus intereses con los nuevos cambios socioecon�micos
impuestos en el pa�s, hasta la m�s reciente inmigraci�n de los
llamados �balseros�. Seg�n especifica Sol� (1985:257), las primeras oleadas de inmigrantes cubanos, en su mayor�a miembros de la clase media y con educaci�n t�cnica o universitaria, en breve tiempo (con un ventajoso apoyo de las autoridades estadounidenses con que otros inmigrantes hispanoamericanos no contaron, acotamos nosotros), en un tiempo relativamente r�pido lograron superar las dificultades creadas por el exilio y alcanzar una nueva condici�n socioecon�mica. | ||
En
Chicago hay dos modalidades contrastantes Especial
atenci�n amerita Chicago, que atrajo una considerable masa de mexicanos
y puertorrique�os despu�s de la Primera Guerra Mundial debido a las
opciones de trabajo en la �poca del desarrollo del transporte
ferroviario y, posteriormente, por el cultivo de frutos y hortalizas.
Atractiva es esta comunidad ling��stica, en la que conviven dos
modalidades tan contrastantes como son la mexicana, de tipo serrano, es
decir, con fuerte consonantismo y d�bil vocalismo, y la puertorrique�a,
de tipo coste�o, concretamente caribe�a, es decir, de d�bil
consonantismo y fuerte vocalismo. Por
ejemplo, Canfield (1979-1980) se�ala que el espa�ol mexicano del norte
y la meseta central representan un estado conservador en la evoluci�n
hist�rica de la lengua en la �poca colonial, mientras que el de los
puertorrique�os es un estado tard�o; es lo que llama este autor un �castellano
ruta comercial� (Canfield, 1979-80:29). | ||
Estas
diferencias en la pronunciaci�n obedecen al remoto pasado colonial,
pues mientras que para el virreinato de Nueva Espa�a (M�xico) el
modelo de habla a seguir era el de la corte espa�ola, con foco
irradiador en Madrid, en Puerto Rico, que pertenec�a a la capitan�a
general de Cuba (�sta comprend�a a la pen�nsula de La Florida, Cuba,
Santo Domingo y Puerto Rico), el modelo de habla era el del mediod�a ib�rico,
con foco irradiador en Sevilla y C�diz. As�,
pues, si nos regimos por la clasificaci�n de Montes (1987:216), el
habla de los mexicanos pertenece al tipo de habla calificada como superdialecto
A, o sea dialectos del centro-norte peninsular y dialecto
continental o interiores de Am�rica; mientras que la de los
puertorrique�os est� comprendida dentro del concepto de superdialecto
B, que Engloba
el andaluz, las hablas meridionales de Espa�a, el extrapeninsular
canario y el espa�ol insular y costero de Am�rica. Una
visi�n valorativa y del conjunto Canfield (1976) ha hecho el intento por ofrecer una visi�n de conjunto y valorativa del espa�ol estadounidense, a partir de los rasgos m�s sobresalientes de la pronunciaci�n. Seg�n este autor, el espa�ol m�s conservador es el de Arizona, California y Texas, llevado a estas regiones por gente de la Meseta de M�xico y ya formado sobre la base del espa�ol del siglo XVI, de fuerte raigambre andaluza. | ||
El
castellano de La Florida y de Nueva York, en t�rminos generales,
representa el pleno desarrollo del andaluz-extreme�o hasta la �poca de
la independencia, aunque realmente se hab�a formado antes de 1700. Este
autor se�ala el dato interesante de que los inmigrantes espa�oles de
los siglos XVIII, XIX y XX eran norte�os mayoritariamente, es decir,
gallegos, leoneses, castellanos, vascos, pero se ha podido establecer
que se adaptaron a la forma de hablar hispanoamericana que rige en el
lugar de asentamiento estadounidense en una generaci�n, y que s�lo en
su l�xico se percibe su lugar de origen. Indiscutiblemente,
es interesante y necesario estudiar a fondo las caracter�sticas del
espa�ol de cada una de las cuatro regiones en que tentativamente se ha
dividido el espa�ol hablado en los Estados Unidos, para tener una idea
m�s concreta respecto de sus caracter�sticas regionales e hist�ricas. Por
ejemplo, Alvar (1993:18) recuerda que, en cuanto el espa�ol de
California, bas�ndose en Moreno de Alba (1988), en sus or�genes fue
peninsular, pero que debido a la fiebre del oro, que comenz� en 1842,
llegaron oleadas de norteamericanos que redujeron la cultura y lengua
espa�olas a su m�nima expresi�n. | ||
Lo
mismo es v�lido para Texas, donde se puede hablar m�s bien sobre el
espa�ol en Texas, que sobre el espa�ol de Texas.
Realmente, existen informaciones valiosas sobre ese complejo dialectal
que llamamos el espa�ol de los Estados Unidos, sobre las que nos ofrece
una visi�n panor�mica Alba (1993). No obstante esto, todav�a falta
mucho por hacer, como, por ejemplo, lo que tienen com�n entre s� estas
modalidades y el influjo de la interferencia del ingl�s, la lengua
oficial del pa�s. La
influencia hispana sobre el ingl�s Si
bien esto es �til e interesante saberlo, no menos necesario es poder
apreciar el influjo del espa�ol en las cinco regiones o modalidades del
ingl�s norteamericano, pues puede ser que el mayor peso del legado hisp�nico
del ingl�s estadounidense contempor�neo radique m�s en los contactos
hist�ricos anteriores al siglo XXX que en los actuales, como se
desprende del estudio realizado por Beardsley (1985-1986). Por
ejemplo, este autor se�ala que la influencia l�xica espa�ola del ingl�s
norteamericano se hered� del ingl�s brit�nico de fines del siglo XVI
y comienzos del XVII, entre los a�os 1580 a 1629, per�odo durante el
cual el ingl�s recibi� 45 por ciento de tal vocabulario por influjo
del espa�ol peninsular. En fin, ameritar�a la pena saber, si, por
ejemplo, el ingl�s del suroeste est� m�s permeado de hispanismos que
el del noreste o del sureste. | ||
Adem�s,
los c�lculos por regiones del National Center for Educative Statistics
(1976) arrojan que en el suroeste 64 por ciento de la poblaci�n
extranjera es hispanohablante, en el noreste es 32 por ciento, en el
noroeste es 23 por ciento, en el centro-norte es quince por ciento y en
el sureste es diez por ciento. En
cuanto al ingl�s del nordeste, representado en este caso por el
neoyorquino, con 8,6 por ciento de hispanohablantes, y el sureste,
representado por el Southern General American English, este �ltimo
hablado en el sur de La Florida, donde 8,6 por ciento de la poblaci�n
es hispano-hablante, te�ricamente debiera haber menos influjo debido al
menor peso de los hispanohablantes. Sin
embargo, Varela (1983) en un art�culo sobre el intercambio entre el
ingl�s y el espa�ol en Miami, se�ala una serie de expresiones y
frases en el habla estudiantil universitaria de individuos monoling�es
en ingl�s y biling�es, como es el caso de The monkey is whistling,
calco de una expresi�n muy usual en Cuba para indicar que �hace mucho
fr�o�. Adem�s, la voz carajo se ha popularizado entre los ingl�shablantes,
as� como su traducci�n, debido a su etimolog�a popular, de garlic
face (face, �cara�, y garlic, �ajo�). | ||
En
cuanto al espa�ol en los Estados Unidos no podemos hacer grandes
generalizaciones, pues si bien es cierto que los cubanos predominan de
forma aplastante en Miami, tambi�n es cierto que son numerosos en
Boston y Nueva Orle�ns; mientras que los mexicanos y sus descendientes
son predominants en el sureste, pero tambi�n se les halla concentrados
en grandes cantidades en ciudades del medioeste, como Cleveland, Detroit
y Chicago. Por
tanto, resulta f�cil imaginarse la inmensa heterogeneidad dialectal, la
gran diferenciaci�n regional e incluso dentro de una misma comunidad de
hispanohablantes de diversa procedencia. Esta
gran heterogeneidad se debe a tres factores principales (a) la condici�n
de nativos o de inmigrantes de los hablantes seg�n las zonas, (b) la
this site de procedencia de la poblaci�n hispana inmigrante y Por
ejemplo, en Nuevo M�xico y La Florida nos hallamos ante un espa�ol
patrimonial, mientras que en otras regiones, como Nueva York y
Filadelfia, fue introducido �recientemente�. Otro
ejemplo que podemos traer a colaci�n es el que ofrece Hart-Gonz�lez
(1985), al analizar la poblaci�n hispanohablante de la ciudad de
Washington y los suburbios colindantes de Maryland y Virginia, donde se
pueden distinguir dos grupos. El primero, constituido por el personal
diplom�tico hispanohablante, temporalmente asignado a las oficinas en
la capital de la Organizaci�n de los Estados Americanos, el Banco
Mundial, el Banco de Desarrollo Interamericano y organizaciones
similares, a lo que sumar�amos los estudiantes que cursan sus estudios
en los principales centros de superaci�n universitaria, como la de
Georgetown University y la George Washington University. | ||
La
this site de origen es determinante Por
otra parte, la this site de procedencia de los inmigrantes
hispanohablantes crea situaciones en extremo heterog�neas en los
grandes centros urbanos como Nueva York, Chicago, Detroit, pues
convergen usuarios de diversas modalidades regionales hispanoamericanas.
As�, se pueden crear grandes grupos de modalidades macrorregionales que
poseen rasgos comunes, como los cubanos y puertorrique�os, de la amplia
zona dialectal caribe�a, frente a los salvadore�os, guatemaltecos y
mexicanos que comparten rasgos del espa�ol centroamericano. Por
otra parte, sobre la base del peso demogr�fico microrregional puede
establecerse una norma de comunicaci�n. Por ejemplo, parece que en las
comunidades de cubanos en La Florida y California predomina la modalidad
de habla cubana occidental, que tiene como foco irradiador a La Habana,
sobre la central, con Santa Clara y Camag�ey, y la oriental, con
Santiago de Cuba como normativa. Algo similar puede suceder con los
dominicanos, entre los que posiblemente predomine el habla de la capital
sobre el dialecto de Cibao. El �ltimo de los factores mencionados que contribuye a la heterogeneidad del espa�ol hablado en los Estados Unidos de Norteam�rica es el relacionado con el nivel sociocultural de los hablantes. A muchas zonas arribaron oleadas de inmigrantes hispanoamericanos de bajo nivel educacional, principalmente de origen rural o de los estratos sociales urbanos m�s bajos; mientras que en otros casos se trata de inmigrantes que pertenecen a niveles sociales y educativos m�s altos. | ||
No
existe un ideal hispano compartido En
fin, que no podemos hablar del �espa�ol estadounidense� o �norteamericano�,
pues su situaci�n es muy diferente a la de los pa�ses de habla materna
hisp�nica, cuya lengua oficial y estatal es la misma, y en los que, a
pesar de la this site dialectal, existe cierto sentido de �this site� o
de identidad ling��stica nacional (por ejemplo, espa�ol de Cuba, Per�,
Colombia, etc�tera; o regional como el espa�ol caribe�o, andino,
centroamericano, etc�tera), que se define por un conjunto de
actividades consciente ante su modalidad de la lengua espa�ola. O sea,
existe un �ideal compartido�. Este �ideal compartido�, aclara Alba (1993:100), no existe entre los hispanohablantes de los Estados Unidos, precisamente por su gran variedad de procedencia etnocultural. El �nico rasgo importante, y probablemente el �nico que caracteriza o diferencia al espa�ol en los Estados Unidos del que se habla en los pa�ses hispanoamericanos es la fuerte influencia que ha recibido del ingl�s (sobre este aspecto existe una rica bibliograf�a, ver Ornstein, 1975 y Lope, 1990), la lengua oficial de ese pa�s, y que var�a mucho de grupo a grupo, de acuerdo con m�ltiples causas, como el grado de integraci�n a la comunidad ingl�s-hablante, el tiempo de residencia en el pa�s, el nivel educacional del individuo y el desarrollo o no de una conciencia ling��stica en lo referente a una valoraci�n positiva o negativa de la lengua espa�ola, o de la variante del hispanohablante en su constante competencia con el ingl�s. | ||
Por
ejemplo, las investigaciones de James y Appelbaum (1986) demuestran que
el dominio del ingl�s tiene un efecto decisivo y m�s importante en las
oportunidades de empleo e ingreso econ�mico de los hispanos que su
nivel de escolaridad; mientras que las de Borjas y Tienda (1985) indican
que el manejo del ingl�s es tan importante como la educaci�n formal
para el logro de mayores ingresos y mejores empleos. Las
diferencias var�an de una a otra generaci�n En
fin, como se�alan Grenier (1984); McMannus, Gould y Welch (1983),
existen evidencias de que un ingl�s deficiente limita los ingresos de
los latinos de manera sustancial (ver Guarnizo, 1993). Esta realidad
pone en desventaja al espa�ol, cuya funci�n se limita al habla
familiar o a determinadas esferas de la vida comunitaria de los barrios
latinoamericanos. En fin, uso limitado. Sin
embargo, este uso limitado tambi�n puede fungir como elemento
preservador del espa�ol, siempre y cuando factores econ�micos, como la
demanda de mano de obra, asegure la sobrevivencia de la comunidad. Un
ejemplo de ello nos lo ofrece Pedraza (1985) en su estudio sobre la
pervivencia ling��stica entre los puertorrique�os de Nueva York. | ||
Por
otra parte, Hudson-Edwards y Bills (1980:143) realizaron una encuesta,
en 1975, en 55 hogares de Mart�neztown, un barrio de Albuquerque, Nuevo
M�xico, donde 87 por ciento de los encuestados de segunda generaci�n
identific� al espa�ol como su lengua materna, mientras que s�lo 44
por ciento de la tercera generaci�n manifest� ese mismo sentimiento. El
pachuco que naci� en El Paso Otros aspectos interesantes del espa�ol en los Estados Unidos es el surgimiento de hablas conocidas por las denominaciones de pachuco y spanglish. Seg�n Barker (1975), el pachuco es una variante del espa�ol que utilizan los hispanohablantes asentados en Tucson, Arizona, que toma muchos pr�stamos de la jerga o del slang mexicano, as� como de la inglesa, a lo que hay que sumar que muchas palabras en el pachuco proceden del espa�ol coloquial de Nuevo m�xico y del Norte de Texas, por lo que no son muy conocidas en Arizona. | ||
Como
fen�meno social, el pachuquismo del per�odo postb�lico se
diferenci� en dos formas. En primer lugar, existe una gran tendencia
a ver a los pachuchos como una especie de Robin Hood urbano. Por
otra parte, la jerga formada por los pachuchos del bajo mundo de El
Paso-Ciudad de Ju�rez, se convirti� en parte importante de la jerga
coloquial, la llamada �habla fina� o fine talk, y ha devenido s�mbolo
de la forma de vivir y las actitudes de los pachuchos y de la juventud
mexicano-estadounidense, en general, de la zona. En
fin de cuentas, acota el ya citado Barker (1975:200), la jerga conocida
por pachuco transmite una serie de valores que da this site a estos
grupos y aisla a sus usuarios en una sociedad en que los contactos
sociales permitir�an su asimilaci�n a la vida estadounidense. La
segunda funci�n del pachuco estriba en representar un s�mbolo
de sofisticaci�n entre los miembros de las j�venes generaciones. Su
uso da al joven un matiz de modernidad de la sociedad, y de seguridad,
pues es el tipo �listo�. Una
de las caracter�sticas del pachuco, como la de toda jerga, es el
r�pido cambio del l�xico. Por ejemplo, el concepto de �muchacha� es
muy representativo, pues en Tucson, en diferentes �pocas, se han
utilizado las siguientes palabras para referirse a ellas: chavala,
guisa, haina, cuerpo, jedionda, c�cara. Sin embargo, la palabra m�s
estable es bata. Otras palabras caracterizadoras del pachuco son
cant�n (casa), entabicar (encarcelar), jando (dinero), jefe
(padre), mono (cine), rolar (dormir), filerar
(acuchillar) y otras. | ||
Hule,
pues sabe, carnal, me fui a una cantina, see. (Bueno/web/,
pues sabe, amigo, me fui a una cantina, ve/see). Ese,
Crow, ond� st� su rampla? (Oye,Crow,
d�nde est� su carro?) Sabe
que el bato que me la hizo chillar no anda aqu�. (Sabe
que el muchacho que me caus� problemas no vino por aqu�). En
cuanto al spanglish, este realmente es una mezcla de espa�ol
e ingl�s, que en parte surgi� en las comunidades puertorrique�as,
aunque se ha generalizado bastante en otros grupos de inmigrantes. Esta
denominaci�n hace alusi�n a ese fen�meno que es el intercambio de c�digos
entre dos lenguas, como se aprecia en la frase �Si t� eres
puertorrique�o/ you shopuld at las t/ de vez en cuando/ you
know/ hablar espa�ol�,
as� como en oraciones con interferencia sint�ctica del ingl�s: �Lo
que hac�a era limpiando ventana�, como indica Alba (1993:122). Lo interesante de todo esto es que el spanglish es una de las variedades hisp�nicas estadounidenses m�s estudiadas desde el punto de vista socioling��stico (ver Fishman et al., 1971). | ||
Por
�ltimo, no queremos dejar de mencionar que la presencia de la lengua
espa�ola en el actual territorio de los Estados Unidos de Norteam�rica
ha dejado su huella en determinadas lenguas ind�genas de ese pa�s. Por
ejemplo, Gamble (1989) recoge una serie de vocablos de procedencia
hispana usuales en la lengua wikchammi, perteneciente a los
yokuts de California sur central: awoxa (aguja), alosha
(arroz), palaxa (baraja), paka (vaca), kaxa (caja),
khulush (cruz), pilholesh (frijoles), layetha
(galleta), japhuna (jab�n), alina (harina), xalu
(jarro), mivel (miel). Seg�n
este autor, se trata de pr�stamos directos del espa�ol, y no a trav�s
del ingl�s. El contacto m�s temprano entre estas comunidades abor�genes
y los espa�oles data de 1772. Por
otra parte, Kiddle (1989) recoge todos los resultados de investigaciones
sobre el legado hisp�nico en lenguas indoamericanas, por lo que podemos
hacer el siguiente resumen: Yusus o Yuhsut (Jes�s) en
Keres (Spencer, 1947:137), Y�:s (Jes�s) en chiricagua (Heijer,
1969:111), Yorsi (Jes�s) en tewa (Harrington, 1914:112); as�
como en coahuitleco (Swanton, 1940:14); kalte (alcalde) se usa en
nisenan (Shipley, 1962:171), haw�n (jab�n) en wappo y h�won
en miwak (Shipley, 1962;19); begashi (vaca) en navajo (Franciscan
Fathers, 1910:143), p�ka en maddu (Preston, 1950:191), wakac,
wakaci en zuni y wakocac en heres (Boaz, 1925), wa:s�,
wag� en tewa (Henderson y Harrington, 1914:31-32), bakes en
coahuliteco (Swanton, 1940:48), wakah en wapoo (Shipley,
1962:21), pajk�, pa:k en misenan (Shipley, 1962:21). | ||
En
l�neas generales, como hemos podido observar, las hablas de los yaqui,
tewa, zuni, keres y otros muestran la influencia del espa�ol. No
podemos olvidar que el primer y largo contacto de estas comunidades
etnoling��sticas fueron con los espa�oles, y que los misioneros
peninsulares influyeron considerablemente en sus vidas, como se�ala
Craddock (1981:202 y ss.). Por
ejemplo, se calcula que 65 por ciento de las palabras relacionadas con
aspectos de la vida social, religiosa y de la cultura material de los
yaqui de Arizona es de origen hisp�nico. Adem�s, como acota Spicer
(1943), la mayor�a de los yaqui es biling�e yaqui-espa�ol. Sin
embargo, entre los koresano, tao y tewa solamente se ha hallado cinco
por ciento de pr�stamos procedentes del espa�ol, seg�n el ya citado
Craddock (981:203). Incluso los hopi no escaparon a este influjo, como
atestiguan Hochstader (1955) y Newman (1958). Pero,
indiscutiblemente, el pr�stamo del espa�ol m�s generalizado entre las
lenguas ind�genas del suroeste norteamericano es la voz caballo, como
lo demuestra Kiddle (1977). (Para mayor informaci�n general, consulte
a: Trager, 1944; Dossier, 1957, y Kroskritz, 1978). | ||
Para
finalizar, nos vemos obligados a reconocer que, como se�ala Varela
Cuellar (1988), a medida que avanzan los a�os de residencia en los
Estados Unidos de Norteam�rica, el ingl�s va ganando terreno en el
habla y en la escritura de las nuevas generaciones de
hispanonorteamericanos. Esto es l�gico que as� suceda, pues el espa�ol
no es la lengua nacional de los estadounidenses, y mucho menos la lengua
oficial de ese poderoso pa�s. El espa�ol es la lengua de una minor�a
muy numerosa. No podemos cerrar los ojos ante esta realidad, pues como
hispanoamericanos que somos, no nos agradar�a que el ingl�s se
impusiera en nuestros respectivos pa�ses, donde no es la lengua
nacional, ni oficial. El
estudio de Burunat (1983) sobre prejuicios ling��sticos, demuestra que
entre los estudiantes de origen hispanoamericano existe la convicci�n
de que el ingl�s es una lengua superior a la espa�ola, por ser m�s
universal, por ser la lengua de la tecnolog�a y del comercio, del poder
y de la influencia. En
fin, el proceso asimilador de la sociedad estadounidense conlleva la
imposici�n del ingl�s como lengua vehicular por excelencia en ese
medio, y el espa�ol sobrevivir� a ese combate y continuar� siendo la
segunda lengua m�s importante en ese pa�s, mientras el flujo
inmigratorio de hispanohablantes contin�e con ese ritmo. | ||
Mientras
m�s se fortalezcan las posiciones del espa�ol en el poderoso vecino
del norte, m�s se debilitar�n nuestras econom�as, incapaces de
satisfacer las necesidades de quienes se ven obligados a emigrar. Desde
este punto de vista, ni me alegra ni me alienta que Estados Unidos en el
primer cuarto del pr�ximo siglo se convierta en el segundo pa�s
hispanohablante del planeta, como se pronostica. Esto, en vez de
enorgullecerme como hispanohablante, me apena. | ||
| Nuria
Gregori Torada es fil�loga y presidenta del Instituto de
Literatura y Ling��stica de Cuba. Sergio Vald�s Bernal, fil�logo, es investigador titular del Instituto de Literatura y Ling��stica de Cuba. | ||
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