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10 de enero de 2001


Tribuna de opini�n

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NURIA GREGORI TORADA y SERGIO VALD�S BERNAL
La lengua espa�ola en los Estados Unidos de Norteam�rica

Cuatro grandes zonas
Hay m�s de una norma
La influencia sefard� es fuerte
Las cuatro etapas de La Florida
En Chicago hay dos modalidades contrastantes
Una visi�n valorativa y del conjunto
La influencia hispana sobre el ingl�s
El espa�ol norteamericano es heterog�neo
La this site de origen es determinante
No existe un ideal hispano compartido
Las diferencias var�an de una a otra generaci�n
El pachuco que naci� en El Paso
El carnal va a una cantina
El espa�ol dej� huellas en las lenguas ind�genas
Una pena hispanoamericana

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Durante el siglo XIX los Estados Unidos de Norteam�rica adquirieron antiguos territorios colonizados por Espa�a y en los que ech� profundas ra�ces la lengua espa�ola, mediante la compra, como fue el caso de La Florida en 1821, o mediante la conquista militar, como ocurri� con los otrora territorios mexicanos de Texas, Nuevo M�xico y California en 1846.

Por otra parte, la continua emigraci�n desde nuestros pa�ses hispanoamericanos y Espa�a hacia la Yuma, como llamamos popularmente los cubanos a nuestro poderoso vecino del norte, ha mantenido, fortalecido y expandido la vigencia de la lengua espa�ola en ese pa�s, pues de lo contrario, hoy ser�a una lengua vestigial, como ocurri� lamentablemente con el espa�ol en Filipinas (Lipski, 1987).

Si bien es cierto que, como se�ala Betanzos (1991:14), �todos los pueblos que conquistan procuran imponer su lengua; pero en el caso que nos ocupamos, la imposici�n de la lengua del que conquista al conquistado no ha sido posible. Razones: la fuerza y universalidad de la lengua que se intenta suplantar�, no menos cierto es que sin una continua y numerosa inmigraci�n de hispanohablantes, la lengua espa�ola desaparecer�a a la larga en el oc�ano ingl�shablante de Norteam�rica, tal como est� ocurriendo con el habla de los isle�os de Luisiana, asentamiento fundado a finales del siglo XVIII y cuya poblaci�n de hispanohablantes se ha reducido dr�sticamente, al no contar con un flujo inmigratorio fortalecedor de las posiciones del espa�ol local (Craddock, 1981:199-201 y Lipski, 1990a y 1990b).

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Para mayor abundamiento, me permito citar a Constantino Su�rez, quien en su libro La verdad desnuda (1924:129) destaca la importancia de la inmigraci�n como cord�n umbilical entre la metr�poli espa�ola y sus antiguas colonias ultramarinas americanas, que salv� y preserv� el legado ling��stico-cultural hisp�nico de este lado del Atl�ntico:

�No es el idioma, como suponen muchos, el lazo m�s consistente entre Hispanoam�rica y Espa�a, sino la emigraci�n, sin la cual el propio idioma espa�ol habr�a degenerado en dialectos o lenguajes diversos; y si alg�n d�a en los pa�ses hispanoamericanos se hablaran dialectos o lenguajes particulares originarios del castellano, siempre habr�a sido la inmigraci�n espa�ola la retardataria de ese lamentable caso�.

Cuatro grandes zonas

La Academia Norteamericana de la Lengua Espa�ola, fundada en 1973, ha realizado un serio intento por estudiar los cambios y evoluci�n que se producen en el espa�ol estadounidense, y se ha visto en la necesidad de dividir el pa�s en cuatro zonas, divisi�n que, aunque arbitraria, ya que m�ltiples comunidades de hispanohablantes no encajan en esas coordenadas, al menos es un intento loable por la sistematizaci�n de los estudios regionales sobre el espa�ol en este inmenso pa�s (Betanzos, 1985-1986:130).

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As�, en l�neas generales, tendr�amos las siguientes regiones:

a) Noroeste, con predominio de hispanohablantes mexicanos.

b) La Florida, con predominio de cubanos desde tiempos de la colonia y engrosada su

poblaci�n por migraciones posteriores durante todo el siglo XX.

c) Este, donde predominan los hispanohablantes de origen puertorrique�o, dominicano y cubano, aunque all� est�n representados todos los pueblos hispanoamericanos.

d) Chicago, zona especial constituida por dos grandes minor�as, la mexicana y la puertorrique�a.

Independientemente de este intento v�lido de ubicar regionalmente a los hispanohablantes en el vasto territorio estadounidense, debemos reconocer que cada una de estas zonas amerita un estudio que permitir�a hacer m�s precisiones.

Por ejemplo, C�rdenas (1970:28) llega a dividir el espa�ol del suroeste de los Estados Unidos en cuatro regiones dialectales: (1) Texas, (2) Nuevo M�xico y el sur de Colorado, (3) Arizona y (4) California.

En otro de sus estudios, el propio C�rdenas (1975:1) explica que desde el R�o Grande hasta la Baja California, el constante contacto con las zonas septentrionales de M�xico infunde diariamente la vida ling��stica a esta regi�n, lo que permite mantener cierta homogeneidad, a lo que hay que sumar el hecho de que la aplicaci�n de la educaci�n biling�e har� su impacto en lo referente a la estandarizaci�n del espa�ol.

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Hay m�s de una norma

Sin embargo, surge el problema de la selecci�n de la norma para la estandarizaci�n, ya que los chicanos �como se denomina a la poblaci�n de ascendencia mexicana que radica en los antiguos territorios mexicanos arrebatados por Estados Unidos en el siglo pasado- tienen sus propias normas (Garc�a, 1977), mientras que el espa�ol de M�xico tiene las suyas (para esta problem�tica, consulte a Garc�a y S�ller, 1985).

Seg�n explica S�nchez (1982:9), los chicanos en el �rea suroriental son una minor�a nacional y ling��stica en contacto con la mayor�a de la poblaci�n ingl�s-hablante, que constituye la clase dominante. En el presente, la comunidad chicana comprende tres grupos: 8�) monoling�es hispanohablantes, (b) monoling�es ingl�shablantes y

El grupo biling�e es el m�s difundido y el m�s complejo, ya que sus componentes poseen varios niveles de eficiencia ling��stica en ambas lenguas. Adem�s, se�ala esta autora 81982:14), las ra�ces rurales de la poblaci�n y la presencia de numerosos y nuevos inmigrantes procedentes de las �reas rurales de M�xico, han servido para dar a la lengua oral de los chicanos un definitivo matiz rural.  Asimismo, en este contexto hispanohablante, el ya mencionado C�rdenas (1979-80:18) destaca la importancia que tiene en California la nueva comunidad de cubanos y el grupo reducido de puertorrique�os.

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Por otra parte, en el nordeste estadounidense se concentra diez por ciento de los m�s de 20 millones de hispanohablantes de Estados Unidos, representado por casi un mill�n de puertorrique�os, medio mill�n de cubanos, m�s de doscientos mil dominicanos, cientos de miles de colombianos, ecuatorianos, centroamericanos y otros suramericanos, a los que hay que sumar a miles de sefarditas (Chang-Rodr�guez, 1979-1980:24).

La gran mayor�a de ellos radica en la inmensa babel neoyorquina, Washington, Filadelfia y otras ciudades del nordeste. Lo m�s interesante de esto, desde el punto de vista ling��stico, es que esta poblaci�n hispanohablante se ha arraigado o ha nacido en esta �rea desde 1945, �ltimo a�o de la Segunda Guerra Mundial. Esto explicar�a parcialmente por qu� las minor�as todav�a se identifican con el espa�ol de donde proceden ellos o sus padres, sobre todo cuando conversan con amigos y familiares.

As�, las diversas modalidades del espa�ol que hablan, son un sello de la identidad ling��stico-cultural presente a�n en ellos. No obstante esto, Attinasi 81985:55 y ss.) acota que se generaliza en estas comunidades la idea de que el ingl�s ofrece mejores opciones e ingresos econ�micos que la lengua espa�ola.

La influencia sefard� es fuerte

En cuanto a los sefarditas, debemos explicar que se trata de comunidades que hablan el ladino o dshudezmo, como lo llaman m�s com�nmente, o sea, el castellano que fuera su lengua materna antes de la expulsi�n de la Pen�nsula Ib�rica en 1492. Los sefarditas (del hebreo Safarad, �Espa�a�, como se documenta en la Biblia, en el libro de Abd�as, I, 20), hallaron refugio en el norte de �frica y el Asia Menor.

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Hoy el ladino se habla fundamentalmente en Marruecos, Mauritania y T�nez, as� como en las regiones del litoral balc�nico (Vald�s Bernal, 1993). Seg�n explica Azevedo (1992:382), los primeros sefarditas arribaron a la otrora Nueva Amsterdan en 1564, hoy Nueva York, donde fundaron la primera congregaci�n jud�a de Norteam�rica.

Sin embargo, la inmigraci�n masiva de sefarditas realmente se inici� a principios del siglo XX, procedentes de los Balcanes y de Asia Menor. Teschner (1975:20) especifica que en la d�cada de los sesenta del presente siglo se calculaba la comunidad sefardita en Estados Unidos en unos quince mil individuos, asentados principalmente en las ciudades de Rocheseter (Nueva York), Atlanta (Georgia), Cincinnati, Toledo y Columbia (Ohio), Montgomery (Alabama), San Francisco (California) y Seattle (Washington).

Seg�n Malinowski (1983:144), el judeoespa�ol, ladino o dshudezmo est� en v�as de desaparici�n en los Estados Unidos, ya que no es la lengua materna de las nuevas generaciones y ni siquiera se preserva como lengua lit�rgica en la mayor�a de las comunidades, las que han adoptado el ingl�s, aunque algunas tradiciones etnoculturales se preservan.

En fin, aqu� nos hallamos ante la misma situaci�n del isle�o en Luisiana, que se encuentra en pleno retroceso, al no contar con un flujo constante de inmigrantes que fortalezca sus posiciones como lengua familiar y comunitaria.

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Las cuatro etapas de La Florida

Caso contrario es el del espa�ol de La Florida, hablado all� desde el siglo XVI, del que se reconocen cuatro etapas. La primera, colonial, data desde la fundaci�n de San Agust�n, en 1565, y de Pensacola, en 1559, por los espa�oles. Su importancia ling��stico-cultural es irrelevante. La segunda etapa comprende la primera emigraci�n masiva de cubanos hacia Cayo Hueso a mediados del siglo XIX, como seguro refugio pol�tico y laboral ante la situaci�n que se viv�a en la colonia espa�ola que era Cuba. La tercera, de finales del siglo XIX, representa la expansi�n de los inmigrantes hacia Tampa y el masivo n�mero de inmigrantes, quienes hallaron en este pa�s, el m�s pr�ximo a Cuba, las condiciones para lograr el apertrechamiento y los recursos econ�micos para la �guerra necesaria� que preconizaba Jos� Mart� para la total independencia del yugo colonial espa�ol.

Por �ltimo, la cuarta �poca comprende las nuevas olas migratorias de cubanos a partir de 1959, que comprende desde los m�s cercanos colaboradores de la derrocada tiran�a de Batista y representantes de las m�s diversas clases sociales que no se adaptaron o no pudieron conciliar sus intereses con los nuevos cambios socioecon�micos impuestos en el pa�s, hasta la m�s reciente inmigraci�n de los llamados �balseros�.

Seg�n especifica Sol� (1985:257), las primeras oleadas de inmigrantes cubanos, en su mayor�a miembros de la clase media y con educaci�n t�cnica o universitaria, en breve tiempo (con un ventajoso apoyo de las autoridades estadounidenses con que otros inmigrantes hispanoamericanos no contaron, acotamos nosotros), en un tiempo relativamente r�pido lograron superar las dificultades creadas por el exilio y alcanzar una nueva condici�n socioecon�mica.

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Sin embargo, la llegada de otras oleadas de inmigrantes cubanos, a partir de 1980, produjo un impacto adverso en esa situaci�n, aclara Azevedo (1992:382). No obstante esto, como se�ala Beardsley (1980:21), el nivel de estos inmigrantes, comparado con el de otros hispanohablantes que arriban masivamente al territorio estadounidense, y el aprendizaje del ingl�s y la r�pida adaptaci�n a las condiciones imperantes, han dado como resultado la ausencia en gran parte del dialecto inmigratorio llamado spanglish, que es muy com�n entre otras minor�as de hispanohablantes en Estados Unidos.

En Chicago hay dos modalidades contrastantes

Especial atenci�n amerita Chicago, que atrajo una considerable masa de mexicanos y puertorrique�os despu�s de la Primera Guerra Mundial debido a las opciones de trabajo en la �poca del desarrollo del transporte ferroviario y, posteriormente, por el cultivo de frutos y hortalizas. Atractiva es esta comunidad ling��stica, en la que conviven dos modalidades tan contrastantes como son la mexicana, de tipo serrano, es decir, con fuerte consonantismo y d�bil vocalismo, y la puertorrique�a, de tipo coste�o, concretamente caribe�a, es decir, de d�bil consonantismo y fuerte vocalismo.

Por ejemplo, Canfield (1979-1980) se�ala que el espa�ol mexicano del norte y la meseta central representan un estado conservador en la evoluci�n hist�rica de la lengua en la �poca colonial, mientras que el de los puertorrique�os es un estado tard�o; es lo que llama este autor un �castellano ruta comercial� (Canfield, 1979-80:29).

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As�, mientras el mexicano en Chicago pronuncia una /s/ con mucha tensi�n y la �arrastra� tanto que a veces se pierden las vocales �tonas, el puertorrique�o suprime (�se come�) o aspira la /s) final de s�laba, tendencia que var�a seg�n los factores morfol�gicos y sociales, confunde la /l/ y /r/ finales de s�laba, y velariza considerablemente la /r/, llegando a pronunciar Jam�n por Ram�n.

Estas diferencias en la pronunciaci�n obedecen al remoto pasado colonial, pues mientras que para el virreinato de Nueva Espa�a (M�xico) el modelo de habla a seguir era el de la corte espa�ola, con foco irradiador en Madrid, en Puerto Rico, que pertenec�a a la capitan�a general de Cuba (�sta comprend�a a la pen�nsula de La Florida, Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico), el modelo de habla era el del mediod�a ib�rico, con foco irradiador en Sevilla y C�diz.

As�, pues, si nos regimos por la clasificaci�n de Montes (1987:216), el habla de los mexicanos pertenece al tipo de habla calificada como superdialecto A, o sea dialectos del centro-norte peninsular y dialecto continental o interiores de Am�rica; mientras que la de los puertorrique�os est� comprendida dentro del concepto de superdialecto B, que

Engloba el andaluz, las hablas meridionales de Espa�a, el extrapeninsular canario y el espa�ol insular y costero de Am�rica.

Una visi�n valorativa y del conjunto

Canfield (1976) ha hecho el intento por ofrecer una visi�n de conjunto y valorativa del espa�ol estadounidense, a partir de los rasgos m�s sobresalientes de la pronunciaci�n. Seg�n este autor, el espa�ol m�s conservador es el de Arizona, California y Texas, llevado a estas regiones por gente de la Meseta de M�xico y ya formado sobre la base del espa�ol del siglo XVI, de fuerte raigambre andaluza. 

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El de Nuevo M�xico y Colorado, por su parte, representa una continuidad desde 1600, pero con gente que llega directamente y con tendencias andaluzas de �ltima hora �aspiraci�n far�ngea en lugar de velar, aspiraci�n de /s/, etc�tera.

El castellano de La Florida y de Nueva York, en t�rminos generales, representa el pleno desarrollo del andaluz-extreme�o hasta la �poca de la independencia, aunque realmente se hab�a formado antes de 1700.

Este autor se�ala el dato interesante de que los inmigrantes espa�oles de los siglos XVIII, XIX y XX eran norte�os mayoritariamente, es decir, gallegos, leoneses, castellanos, vascos, pero se ha podido establecer que se adaptaron a la forma de hablar hispanoamericana que rige en el lugar de asentamiento estadounidense en una generaci�n, y que s�lo en su l�xico se percibe su lugar de origen.

Indiscutiblemente, es interesante y necesario estudiar a fondo las caracter�sticas del espa�ol de cada una de las cuatro regiones en que tentativamente se ha dividido el espa�ol hablado en los Estados Unidos, para tener una idea m�s concreta respecto de sus caracter�sticas regionales e hist�ricas.

Por ejemplo, Alvar (1993:18) recuerda que, en cuanto el espa�ol de California, bas�ndose en Moreno de Alba (1988), en sus or�genes fue peninsular, pero que debido a la fiebre del oro, que comenz� en 1842, llegaron oleadas de norteamericanos que redujeron la cultura y lengua espa�olas a su m�nima expresi�n.

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Sin embargo, s�lo a comienzos del siglo XX llegaron los mexicanos de nuevo y su penetraci�n no se ha interrumpido, por lo que este autor se�ala que no se puede pensar en un espa�ol patrimonial de California, sino en un espa�ol importado recientemente desde las diversas tierras mexicanas que dan los contingentes de emigraci�n.

Lo mismo es v�lido para Texas, donde se puede hablar m�s bien sobre el espa�ol en Texas, que sobre el espa�ol de Texas. Realmente, existen informaciones valiosas sobre ese complejo dialectal que llamamos el espa�ol de los Estados Unidos, sobre las que nos ofrece una visi�n panor�mica Alba (1993). No obstante esto, todav�a falta mucho por hacer, como, por ejemplo, lo que tienen com�n entre s� estas modalidades y el influjo de la interferencia del ingl�s, la lengua oficial del pa�s.

La influencia hispana sobre el ingl�s

Si bien esto es �til e interesante saberlo, no menos necesario es poder apreciar el influjo del espa�ol en las cinco regiones o modalidades del ingl�s norteamericano, pues puede ser que el mayor peso del legado hisp�nico del ingl�s estadounidense contempor�neo radique m�s en los contactos hist�ricos anteriores al siglo XXX que en los actuales, como se desprende del estudio realizado por Beardsley (1985-1986).

Por ejemplo, este autor se�ala que la influencia l�xica espa�ola del ingl�s norteamericano se hered� del ingl�s brit�nico de fines del siglo XVI y comienzos del XVII, entre los a�os 1580 a 1629, per�odo durante el cual el ingl�s recibi� 45 por ciento de tal vocabulario por influjo del espa�ol peninsular. En fin, ameritar�a la pena saber, si, por ejemplo, el ingl�s del suroeste est� m�s permeado de hispanismos que el del noreste o del sureste.

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Seg�n los datos del censo de 1990, en 1988 el porcentaje de poblaci�n hispanohablante con respecto de la poblaci�n total de los estados del suroeste norteamericano fue el siguiente, por orden decreciente: Nuevo M�xico (29,4 por ciento), Texas (19,2), California (14,5), Arizona (13,3) y Colorado (6,7) (ver Bureau of the Census, 1990). En este caso, se tratar�a del influjo del espa�ol en las dos modalidades del ingl�s estadounidense conocidas como Northern General American y el Midland English.

Adem�s, los c�lculos por regiones del National Center for Educative Statistics (1976) arrojan que en el suroeste 64 por ciento de la poblaci�n extranjera es hispanohablante, en el noreste es 32 por ciento, en el noroeste es 23 por ciento, en el centro-norte es quince por ciento y en el sureste es diez por ciento.

En cuanto al ingl�s del nordeste, representado en este caso por el neoyorquino, con 8,6 por ciento de hispanohablantes, y el sureste, representado por el Southern General American English, este �ltimo hablado en el sur de La Florida, donde 8,6 por ciento de la poblaci�n es hispano-hablante, te�ricamente debiera haber menos influjo debido al menor peso de los hispanohablantes.

Sin embargo, Varela (1983) en un art�culo sobre el intercambio entre el ingl�s y el espa�ol en Miami, se�ala una serie de expresiones y frases en el habla estudiantil universitaria de individuos monoling�es en ingl�s y biling�es, como es el caso de The monkey is whistling, calco de una expresi�n muy usual en Cuba para indicar que �hace mucho fr�o�. Adem�s, la voz carajo se ha popularizado entre los ingl�shablantes, as� como su traducci�n, debido a su etimolog�a popular, de garlic face (face, �cara�, y garlic, �ajo�).

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El espa�ol norteamericano es heterog�neo

En cuanto al espa�ol en los Estados Unidos no podemos hacer grandes generalizaciones, pues si bien es cierto que los cubanos predominan de forma aplastante en Miami, tambi�n es cierto que son numerosos en Boston y Nueva Orle�ns; mientras que los mexicanos y sus descendientes son predominants en el sureste, pero tambi�n se les halla concentrados en grandes cantidades en ciudades del medioeste, como Cleveland, Detroit y Chicago.

Por tanto, resulta f�cil imaginarse la inmensa heterogeneidad dialectal, la gran diferenciaci�n regional e incluso dentro de una misma comunidad de hispanohablantes de diversa procedencia.

Esta gran heterogeneidad se debe a tres factores principales (a) la condici�n de nativos o de inmigrantes de los hablantes seg�n las zonas, (b) la this site de procedencia de la poblaci�n hispana inmigrante y

Por ejemplo, en Nuevo M�xico y La Florida nos hallamos ante un espa�ol patrimonial, mientras que en otras regiones, como Nueva York y Filadelfia, fue introducido �recientemente�.

Otro ejemplo que podemos traer a colaci�n es el que ofrece Hart-Gonz�lez (1985), al analizar la poblaci�n hispanohablante de la ciudad de Washington y los suburbios colindantes de Maryland y Virginia, donde se pueden distinguir dos grupos. El primero, constituido por el personal diplom�tico hispanohablante, temporalmente asignado a las oficinas en la capital de la Organizaci�n de los Estados Americanos, el Banco Mundial, el Banco de Desarrollo Interamericano y organizaciones similares, a lo que sumar�amos los estudiantes que cursan sus estudios en los principales centros de superaci�n universitaria, como la de Georgetown University y la George Washington University.

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En el segundo tenemos a la poblaci�n hispanohablante radicada en esta ciudad, de primera y segunda generaci�n, compuesta por dominicanos, nicarag�enses, salvadore�os, colombianos, venezolanos, ecuatorianos, peruanos, chilenos, bolivianos, paraguayos y cubanos.

La this site de origen es determinante

Por otra parte, la this site de procedencia de los inmigrantes hispanohablantes crea situaciones en extremo heterog�neas en los grandes centros urbanos como Nueva York, Chicago, Detroit, pues convergen usuarios de diversas modalidades regionales hispanoamericanas. As�, se pueden crear grandes grupos de modalidades macrorregionales que poseen rasgos comunes, como los cubanos y puertorrique�os, de la amplia zona dialectal caribe�a, frente a los salvadore�os, guatemaltecos y mexicanos que comparten rasgos del espa�ol centroamericano.

Por otra parte, sobre la base del peso demogr�fico microrregional puede establecerse una norma de comunicaci�n. Por ejemplo, parece que en las comunidades de cubanos en La Florida y California predomina la modalidad de habla cubana occidental, que tiene como foco irradiador a La Habana, sobre la central, con Santa Clara y Camag�ey, y la oriental, con Santiago de Cuba como normativa. Algo similar puede suceder con los dominicanos, entre los que posiblemente predomine el habla de la capital sobre el dialecto de Cibao.

El �ltimo de los factores mencionados que contribuye a la heterogeneidad del espa�ol hablado en los Estados Unidos de Norteam�rica es el relacionado con el nivel sociocultural de los hablantes. A muchas zonas arribaron oleadas de inmigrantes hispanoamericanos de bajo nivel educacional, principalmente de origen rural o de los estratos sociales urbanos m�s bajos; mientras que en otros casos se trata de inmigrantes que pertenecen a niveles sociales y educativos m�s altos. 

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Todos estos factores dificultan considerablemente cualquier intento de describir en sentido general el �espa�ol estadounidense�. Por tanto, sencillamente no existe el �espa�ol estadounidense�, sino un amplio conjunto de distintas modalidades hisp�nicas diseminadas a lo largo y ancho de los 44 estados de la Uni�n (no contamos entre �stos a Alaska, las islas de Hawai y el estado libre asociado de Puerto Rico).

No existe un ideal hispano compartido

En fin, que no podemos hablar del �espa�ol estadounidense� o �norteamericano�, pues su situaci�n es muy diferente a la de los pa�ses de habla materna hisp�nica, cuya lengua oficial y estatal es la misma, y en los que, a pesar de la this site dialectal, existe cierto sentido de �this site� o de identidad ling��stica nacional (por ejemplo, espa�ol de Cuba, Per�, Colombia, etc�tera; o regional como el espa�ol caribe�o, andino, centroamericano, etc�tera), que se define por un conjunto de actividades consciente ante su modalidad de la lengua espa�ola. O sea, existe un �ideal compartido�.

Este �ideal compartido�, aclara Alba (1993:100), no existe entre los hispanohablantes de los Estados Unidos, precisamente por su gran variedad de procedencia etnocultural. El �nico rasgo importante, y probablemente el �nico que caracteriza o diferencia al espa�ol en los Estados Unidos del que se habla en los pa�ses hispanoamericanos es la fuerte influencia que ha recibido del ingl�s (sobre este aspecto existe una rica bibliograf�a, ver Ornstein, 1975 y Lope, 1990), la lengua oficial de ese pa�s, y que var�a mucho de grupo a grupo, de acuerdo con m�ltiples causas, como el grado de integraci�n a la comunidad ingl�s-hablante, el tiempo de residencia en el pa�s, el nivel educacional del individuo y el desarrollo o no de una conciencia ling��stica en lo referente a una valoraci�n positiva o negativa de la lengua espa�ola, o de la variante del hispanohablante en su constante competencia con el ingl�s.

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Indiscutiblemente, son muchos los factores que propician que el ingl�s influya constantemente en el espa�ol estadounidense, pues es el idioma oficial, y m�s importante que eso, es la lengua nacional de ese pa�s, por lo que es la lengua que cubre todas las funciones necesarias para sobrevivir y avanzar en esa sociedad.

Por ejemplo, las investigaciones de James y Appelbaum (1986) demuestran que el dominio del ingl�s tiene un efecto decisivo y m�s importante en las oportunidades de empleo e ingreso econ�mico de los hispanos que su nivel de escolaridad; mientras que las de Borjas y Tienda (1985) indican que el manejo del ingl�s es tan importante como la educaci�n formal para el logro de mayores ingresos y mejores empleos.

Las diferencias var�an de una a otra generaci�n

En fin, como se�alan Grenier (1984); McMannus, Gould y Welch (1983), existen evidencias de que un ingl�s deficiente limita los ingresos de los latinos de manera sustancial (ver Guarnizo, 1993). Esta realidad pone en desventaja al espa�ol, cuya funci�n se limita al habla familiar o a determinadas esferas de la vida comunitaria de los barrios latinoamericanos. En fin, uso limitado.

Sin embargo, este uso limitado tambi�n puede fungir como elemento preservador del espa�ol, siempre y cuando factores econ�micos, como la demanda de mano de obra, asegure la sobrevivencia de la comunidad. Un ejemplo de ello nos lo ofrece Pedraza (1985) en su estudio sobre la pervivencia ling��stica entre los puertorrique�os de Nueva York.

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No obstante eso, lo cierto es que mientras las primera y segunda generaciones de inmigrantes hispanohablantes preservan la lengua espa�ola, ya la tercera generaci�n la retiene menos. Por ejemplo, L�pez (1978:271), en su estudio sobre 890 mujeres chicanas en Los �ngeles, California, pudo precisar que 87 por ciento de las encuestadas de la primera generaci�n usan primariamente el espa�ol, mientras que 84 por ciento de las de tercera generaci�n utilizan el ingl�s. Este autor considera inevitable la p�rdida del espa�ol entre los chicanos en el futuro.

Por otra parte, Hudson-Edwards y Bills (1980:143) realizaron una encuesta, en 1975, en 55 hogares de Mart�neztown, un barrio de Albuquerque, Nuevo M�xico, donde 87 por ciento de los encuestados de segunda generaci�n identific� al espa�ol como su lengua materna, mientras que s�lo 44 por ciento de la tercera generaci�n manifest� ese mismo sentimiento.

El pachuco que naci� en El Paso

Otros aspectos interesantes del espa�ol en los Estados Unidos es el surgimiento de hablas conocidas por las denominaciones de pachuco y spanglish. Seg�n Barker (1975), el pachuco es una variante del espa�ol que utilizan los hispanohablantes asentados en Tucson, Arizona, que toma muchos pr�stamos de la jerga o del slang mexicano, as� como de la inglesa, a lo que hay que sumar que muchas palabras en el pachuco proceden del espa�ol coloquial de Nuevo m�xico y del Norte de Texas, por lo que no son muy conocidas en Arizona. 

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Este autor apunta que muchos estudiosos consideran la denominaci�n de �pachuco� como la forma coloquial para referirse a El Paso, el famoso cruce fronterizo entre el norteamericano estado de Arizona y el mexicano de Chihuahua. Al parecer, en 1942 unos muchachos de El Paso emigraron hacia Los �ngeles, donde durante la Segunda Guerra Mundial estos pachuchos se vincularon estrechamente con muchos filipinos y negros del �rea metropolitana, quienes fueron identificados como zootsniters, debido a la costumbre de usar zoot snits, un tipo de ropa masculina compuesta por sacos largos, sombreros en forma de panqu�, pantalones de dobladillos estrechos y zapatos de suela gruesa. Esta indumentaria se �enriquec�a� con gruesas cadenas y manillas de oro y un peinado que terminaba con un mech�n de cabellos que recordaba la cola de un pato.

Como fen�meno social, el pachuquismo del per�odo postb�lico se diferenci� en dos formas. En primer lugar, existe una gran tendencia  a ver a los pachuchos como una especie de Robin Hood urbano. Por otra parte, la jerga formada por los pachuchos del bajo mundo de El Paso-Ciudad de Ju�rez, se convirti� en parte importante de la jerga coloquial, la llamada �habla fina� o fine talk, y ha devenido s�mbolo de la forma de vivir y las actitudes de los pachuchos y de la juventud mexicano-estadounidense, en general, de la zona.

En fin de cuentas, acota el ya citado Barker (1975:200), la jerga conocida por pachuco transmite una serie de valores que da this site a estos grupos y aisla a sus usuarios en una sociedad en que los contactos sociales permitir�an su asimilaci�n a la vida estadounidense. La segunda funci�n del pachuco estriba en representar un s�mbolo de sofisticaci�n entre los miembros de las j�venes generaciones. Su uso da al joven un matiz de modernidad de la sociedad, y de seguridad, pues es el tipo �listo�.

El carnal va a una cantina

Una de las caracter�sticas del pachuco, como la de toda jerga, es el r�pido cambio del l�xico. Por ejemplo, el concepto de �muchacha� es muy representativo, pues en Tucson, en diferentes �pocas, se han utilizado las siguientes palabras para referirse a ellas: chavala, guisa, haina, cuerpo, jedionda, c�cara. Sin embargo, la palabra m�s estable es bata. Otras palabras caracterizadoras del pachuco son cant�n (casa), entabicar (encarcelar), jando (dinero), jefe (padre), mono (cine), rolar (dormir), filerar (acuchillar) y otras.

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En su aspecto sint�ctico, la estructura de la oraci�n del pachuco recuerda m�s el dialecto meridional de Arizona que el espa�ol mexicano est�ndar.

Hule, pues sabe, carnal, me fui a una cantina, see.

(Bueno/web/, pues sabe, amigo, me fui a una cantina, ve/see).

Ese, Crow, ond� st� su rampla?

(Oye,Crow, d�nde est� su carro?)

Sabe que el bato que me la hizo chillar no anda aqu�.

(Sabe que el muchacho que me caus� problemas no vino por aqu�).

En cuanto al spanglish, este realmente es una mezcla de espa�ol e ingl�s, que en parte surgi� en las comunidades puertorrique�as, aunque se ha generalizado bastante en otros grupos de inmigrantes. Esta denominaci�n hace alusi�n a ese fen�meno que es el intercambio de c�digos entre dos lenguas, como se aprecia en la frase �Si t� eres puertorrique�o/ you shopuld at las t/ de vez en cuando/ you know/  hablar espa�ol�, as� como en oraciones con interferencia sint�ctica del ingl�s: �Lo que hac�a era limpiando ventana�, como indica Alba (1993:122).

Lo interesante de todo esto es que el spanglish es una de las variedades hisp�nicas estadounidenses m�s estudiadas desde el punto de vista socioling��stico (ver Fishman et al., 1971).

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El espa�ol dej� huellas en las lenguas ind�genas

Por �ltimo, no queremos dejar de mencionar que la presencia de la lengua espa�ola en el actual territorio de los Estados Unidos de Norteam�rica ha dejado su huella en determinadas lenguas ind�genas de ese pa�s.

Por ejemplo, Gamble (1989) recoge una serie de vocablos de procedencia hispana usuales en la lengua wikchammi, perteneciente a los yokuts de California sur central: awoxa (aguja), alosha (arroz), palaxa (baraja), paka (vaca), kaxa (caja), khulush (cruz), pilholesh (frijoles), layetha (galleta), japhuna (jab�n), alina (harina), xalu (jarro), mivel (miel).

Seg�n este autor, se trata de pr�stamos directos del espa�ol, y no a trav�s del ingl�s. El contacto m�s temprano entre estas comunidades abor�genes y los espa�oles data de 1772.

Por otra parte, Kiddle (1989) recoge todos los resultados de investigaciones sobre el legado hisp�nico en lenguas indoamericanas, por lo que podemos hacer el siguiente resumen: Yusus o Yuhsut (Jes�s) en Keres (Spencer, 1947:137), Y�:s (Jes�s) en chiricagua (Heijer, 1969:111), Yorsi (Jes�s) en tewa (Harrington, 1914:112); as� como en coahuitleco (Swanton, 1940:14); kalte (alcalde) se usa en nisenan (Shipley, 1962:171), haw�n (jab�n) en wappo y h�won en miwak (Shipley, 1962;19); begashi (vaca) en navajo (Franciscan Fathers, 1910:143), p�ka en maddu (Preston, 1950:191), wakac, wakaci en zuni y wakocac en heres (Boaz, 1925), wa:s�, wag� en tewa (Henderson y Harrington, 1914:31-32), bakes en coahuliteco (Swanton, 1940:48), wakah en wapoo (Shipley, 1962:21), pajk�, pa:k en misenan (Shipley, 1962:21).

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Tambi�n tenemos karawash (cabra) en keres (Spencer, 1947:141) y kapera en cotonac (Swanton, 1948:119). Asimismo, hallaremos opeah (oveja) en keres (Spencer, 1947:141), bichu en navajo (Franciscan Fathers, 1910:143) y obea en yankui (Spencer, 1943:414); igoxa (aguja) en chiricahua (Heijer, 1939:110), a:u:x en yuma (Halpern, 1946:148), auha en patwin (Bright y Wright, 1959:163), awoha en wappo (Shipley, 1962:17), abuuha en miwak y aw�ka en chico (Shipley, 1962:17).

En l�neas generales, como hemos podido observar, las hablas de los yaqui, tewa, zuni, keres y otros muestran la influencia del espa�ol. No podemos olvidar que el primer y largo contacto de estas comunidades etnoling��sticas fueron con los espa�oles, y que los misioneros peninsulares influyeron considerablemente en sus vidas, como se�ala Craddock (1981:202 y ss.).

Por ejemplo, se calcula que 65 por ciento de las palabras relacionadas con aspectos de la vida social, religiosa y de la cultura material de los yaqui de Arizona es de origen hisp�nico. Adem�s, como acota Spicer (1943), la mayor�a de los yaqui es biling�e yaqui-espa�ol.

Sin embargo, entre los koresano, tao y tewa solamente se ha hallado cinco por ciento de pr�stamos procedentes del espa�ol, seg�n el ya citado Craddock (981:203). Incluso los hopi no escaparon a este influjo, como atestiguan Hochstader (1955) y Newman (1958).

Pero, indiscutiblemente, el pr�stamo del espa�ol m�s generalizado entre las lenguas ind�genas del suroeste norteamericano es la voz caballo, como lo demuestra Kiddle (1977). (Para mayor informaci�n general, consulte a: Trager, 1944; Dossier, 1957, y Kroskritz, 1978).

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En fin, estos pr�stamos l�xicos en todas estas lenguas indoamericanas son un indicador del impacto de la cultura espa�ola y de su influencia, que se mantuvo vigente por cerca de trescientos a�os en la porci�n suroeste de los Estados Unidos de Norteam�rica. Por �ltimo, no quisi�ramos pasar por alto que, debido al uso del espa�ol como lengua franca en La Florida, Texas y el suroeste, surgi� un pidgin de base hisp�nica utilizado por los indios de Bodega Bay, al norte de San Francisco, por los a�os de 1792 a 1793. Incluso en 1960 se logr� entrevistar a una mujer miwok que a�n recordaba este tipo de pidgin: you no entvende ust�e. Nosotros tiv�en j�mre. Biy�me con nosotros (Taylor, 1981:181).

Una pena hispanoamericana

Para finalizar, nos vemos obligados a reconocer que, como se�ala Varela Cuellar (1988), a medida que avanzan los a�os de residencia en los Estados Unidos de Norteam�rica, el ingl�s va ganando terreno en el habla y en la escritura de las nuevas generaciones de hispanonorteamericanos. Esto es l�gico que as� suceda, pues el espa�ol no es la lengua nacional de los estadounidenses, y mucho menos la lengua oficial de ese poderoso pa�s. El espa�ol es la lengua de una minor�a muy numerosa. No podemos cerrar los ojos ante esta realidad, pues como hispanoamericanos que somos, no nos agradar�a que el ingl�s se impusiera en nuestros respectivos pa�ses, donde no es la lengua nacional, ni oficial.

El estudio de Burunat (1983) sobre prejuicios ling��sticos, demuestra que entre los estudiantes de origen hispanoamericano existe la convicci�n de que el ingl�s es una lengua superior a la espa�ola, por ser m�s universal, por ser la lengua de la tecnolog�a y del comercio, del poder y de la influencia.

En fin, el proceso asimilador de la sociedad estadounidense conlleva la imposici�n del ingl�s como lengua vehicular por excelencia en ese medio, y el espa�ol sobrevivir� a ese combate y continuar� siendo la segunda lengua m�s importante en ese pa�s, mientras el flujo inmigratorio de hispanohablantes contin�e con ese ritmo.

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Pero eso significar� que nuestros pa�ses no habr�n logrado hallar las v�as para ofrecer una vida m�s atractiva y segura a sus ciudadanos, quienes buscan en los Estados Unidos de Norteam�rica la supuesta tierra prometida, la del bienestar y del desarrollo.

Mientras m�s se fortalezcan las posiciones del espa�ol en el poderoso vecino del norte, m�s se debilitar�n nuestras econom�as, incapaces de satisfacer las necesidades de quienes se ven obligados a emigrar.

Desde este punto de vista, ni me alegra ni me alienta que Estados Unidos en el primer cuarto del pr�ximo siglo se convierta en el segundo pa�s hispanohablante del planeta, como se pronostica. Esto, en vez de enorgullecerme como hispanohablante, me apena. (La Habana, Cuba).


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Nuria Gregori Torada es fil�loga y presidenta del Instituto de Literatura y Ling��stica de Cuba.
Sergio Vald�s Bernal, fil�logo, es investigador titular del Instituto de Literatura y Ling��stica de Cuba.

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