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11 de abril de 2001


Tribuna de opini�n

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LIA VARELA
Mi nombre es nadie
La pol�tica ling��stica del Estado Argentino

El debate llega a los medios de comunicaci�n
El Estado ya no tiene derecho, pero interven�a en el pasado
Los cambios socioling��sticos son producto de la pol�tica estatal
Las lenguas extranjeras ganan terreno
El portugu�s es la lengua m�s solicitada
Las lenguas extranjeras constituyen una tabla de salvaci�n
El ingl�s comienza a ser sin�nimo de lingua franca
Proponen ense�anza pluriling�e a partir de los cuatro a�os de escolaridad
El Mercosur lleg� con el portugu�s de la mano
Los medios de comunicaci�n se apoderan del papel del Estado

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En los �ltimos a�os hemos visto afianzarse en la Argentina el r�gimen neoliberal. Como ha ocurrido en otros momentos de la historia, se puede suponer que este orden econ�mico, social y pol�tico se apoya en determinada organizaci�n del espacio simb�lico, y que esa organizaci�n �o reorganizaci�n- es producto de una pol�tica ling��stica. Y sin embargo, m�s que testimonios de tal pol�tica, encontramos a menudo se�ales de un vac�o. Veamos ejemplos.

Uno de los tres objetivos fundamentales del proyecto de Ley del Idioma que el diputado Vanossi presentara a la legislatura en diciembre de 1991 era �propiciar la generaci�n de una pol�tica ling��stica de orden nacional�. En junio de 1997, los ministros de Educaci�n de los pa�ses del Mercosur deciden entre otras cosas �crear un Grupo de Trabajo de especialistas para elaborar propuestas orientadas hacia el desarrollo de una pol�tica de lenguas para la regi�n� (Acta de la XII� Reuni�n de Ministros de Educaci�n de los pa�ses signatarios del tratado del Mercado Com�n del Sur, 11/6/97). El McyE convoca a equipos t�cnicos y funcionarios de la Naci�n y las provincias, acad�micos especialistas en ling��stica y afines, y a directivos y docentes �que atienden poblaci�n multiling�e� al seminario Multiling�ismo, planificaci�n ling��stica y equidad (Buenos Aires, 2 y 3 de diciembre de 1997). El primer objetivo del seminario es �promover �en el marco de la transformaci�n educativa- un espacio de reflexi�n que facilite la toma de decisiones en cuanto a pol�ticas ling��sticas apropiadas a contextos regionales espec�ficos�.

Estos enunciados tienen puntos en com�n: los tres sit�an la posibilidad de una pol�tica ling��stica oficial (o tal vez varias, seg�n el �ltimo ejemplo) en un futuro m�s o menos posible o lejano. Los tres suponen, entonces, que tal entidad a�n no existe en el espacio nacional o regional.

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El debate llega a los medios de comunicaci�n

El ex secretario de cultura Jorge As�s crey� tambi�n obrar con total originalidad cuando en 1994 lanz� un fallido proyecto de ley de preservaci�n de la lengua castellana.  �Es la primera vez dice en su exposici�n de motivos, que se plantea una iniciativa como la expuesta en el dilatado �mbito del idioma castellano�. Su intervenci�n origin� un amplio debate en los medios, que determin� la suerte del proyecto y de su autor. A�n desde diversos lugares de enunciaci�n, los argumentos m�s recurrentes coincid�an en atribuirle a la lengua las propiedades de un organismo vivo, que �evoluciona naturalmente� (La Naci�n, 7/9/94). �Las lenguas tienen un sistema que podr�amos llamar inmunol�gico para rechazar lo que no necesitan�, se�al� una fil�loga, autoridad en la materia (Clar�n, 11/9/94); �nuestro idioma sigue vivo y goza de buena salud�, apunt� Adolfo Bioy Casares (La Naci�n 11/9/94); �Es in�til querer modificar una lengua puesto que se trata de un organismo vivo que se nutre en y desde todos los �mbitos�, coincidi� la escritora Alicia Steimberg (Ibid.). Como cierre de una discusi�n que se hab�a resuelto en un pl�cido consenso, desde el diario con mayor autoridad ling��stica sonaron sentencias como �stas: �Querer imponer un idioma por ley es tan disparatado como ignorar que los usos y las costumbres van descartando aquello que s�lo tiene la fugacidad de la moda�, y m�s lejos,  �El idioma es un bien cuya preservaci�n est� ampliamente justificada, Pero es absurdo pensar en una ley o en una imposici�n para garantizarla� (La Naci�n, 7/9/94). Incluso se asombraba de la repercusi�n y los efectos �del principal debate de la semana�: ��Por qu� �se preguntaba-, si las pol�ticas sobre el idioma s�lo deber�an interesarle a acad�micos y escritores?� (La Naci�n, 11/7/94). La opini�n p�blica, entonces, es ajena por esencia a los problemas de pol�tica ling��stica, y la lengua, una entidad con vida propia, refractaria a la intervenci�n humana.

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El Estado ya no tiene derecho, pero interven�a en el pasado

En todos estos fragmentos de discursos sobre la lengua en la Argentina de hoy podemos leer una concepci�n difundida �y consagrada por los medios- sobre la lengua y su din�mica, seg�n la cual el Estado no tendr�a derecho o capacidad de intervenir. Y tal vez sea esa misma concepci�n la que lleva a abortar -o a situar en un improbable futuro- las iniciativas estatales en esta materia, si bien, por otro lado, algunos documentos oficiales referidos  a las lenguas han comenzado t�midamente a hablar de pol�tica ling��stica, sobre todo aquellos que se establecen en acuerdos con otros Estados.

Pero hay datos de la historia argentina que vienen a desmentir esta representaci�n. Los analistas siempre han coincidido en atribuir el perfil ling��stico pretendidamente homog�neo de la Argentina a la acci�n de una pol�tica de asimilaci�n asumida desde fines del siglo pasado por los gobiernos que se propusieron construir un Estado nacional centralista. A la distancia vemos que esa pol�tica se llev� a cabo mediante una cuidada planificaci�n, fundamentalmente a trav�s del apartado escolar. El Estado argentino, entonces, ha intervenido decididamente en el espacio de la lengua en otros momentos de su historia.

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Los cambios socioling��sticos son producto de la pol�tica estatal

Y si ahora tomamos como referencia aquella �identidad ling��stica argentina�, caracterizada por tradicionales h�bitos monoling�es, o la persistente actitud de respeto temeroso, generador de inseguridad, respecto de los dict�menes de la RAE (a la cual ser�a sacr�lego reconocerle un car�cter pol�tico), es forzoso reconocer hoy una transformaci�n notable en el plano del lenguaje, coherente en sus efectos, que no podr�amos sino atribuir a un cambio de rumbo en la pol�tica del Estado. Dicho en forma de hip�tesis: los cambios socioling��sticos en marcha son en gran medida efecto de la pol�tica ling��stica estatal.

Esta afirmaci�n parece ir en contra de las citas referidas poco antes, y sin duda ser�a discutida por profesionales iniciados en la reflexi�n pol�tico-ling��stica, o por los mismos funcionarios responsables de las decisiones que afectan la/s lengua/s. Y sin embargo, �puede un Estado no tener pol�tica ling��stica? Dicho de otro modo, �puede un Estado abstenerse de decidir? O en todo caso, �no ser�a ya una decisi�n el optar por no asumir una responsabilidad  indelegable? Adelantando las respuestas, quisiera demostrar que el Estado ha decidido y que, tal vez, la eficacia de su pol�tica resida en la estrategia de nunca revelarse como tal. Es por eso que, para emprender una caracterizaci�n, resulta improductivo (e incluso funcional a la estrategia oficial) precipitarse a la b�squeda de testimonios expl�citos de la pol�tica ling��stica del Estado, o de la acci�n de instituciones que se asuman como responsables de ese campo de decisiones. Intentaremos entonces un recorrido inverso: de los efectos a los principios, limitando nuestro an�lisis, por razones de espacio, al �mbito de las lenguas extranjeras y al de la determinaci�n de la norma ling��stica.

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Las lenguas extranjeras ganan terreno

Considerando el destino que le hab�a reservado a las lenguas extranjeras una pol�tica casi centenaria, que tuvo como efecto m�s duradero reforzar la imagen y la pr�ctica monoling�e, la situaci�n actual de estas lenguas presenta cambios verdaderamente impactantes.

El ingl�s ha ido ocupando espacios cada vez m�s amplios, no s�lo ha salido de los tradicionales centros de formaci�n como �la cultura inglesa�, o las escuelas p�blicas, donde se impart�an rudimentos de gram�tica respetando siempre la norma brit�nica. Su aprendizaje se ha extendido, sobre todo en el �mbito privado, al punto de que �biling�e� refiere hoy, sin m�s aclaraciones (cf. por ejemplo secretaria biling�e, colegio biling�e, etc.) a cierto grado de conocimiento de un tipo de ingl�s: una lengua cuya norma se establece en t�rminos de eficacia comunicativa y cuyo repertorio (l�xico fundamentalmente) parece definirse estrictamente por dominios de actividad (empresario, t�cnico, cultura masiva).

En cuanto al portugu�s, las transformaciones resultan evidentes. Tres a�os atr�s eran contadas las instituciones que lo ense�aban, y escas�simos aquellos que decid�an emprender un estudio formal: s�lo algunos exc�ntricos movidos por amor a la cultura del Brasil. El resto, y me refiero particularmente a la clase media que desde los a�os 80 se volc� masivamente a las costas brasile�as, consideraba suficiente unos d�as de vacaciones para �aprender el idioma�; y para los m�s empecinados monoling�es, bastaba con pronunciar con �nfasis el rioplatense universal.

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El portugu�s es la lengua m�s solicitada

El portugu�s es actualmente, despu�s del ingl�s, la lengua extranjera m�s solicitada. Por todas partes florecen institutos que ofrecen cursos de una nueva variedad, el portugu�s Mercosur, con rasgos similares a los del ingl�s internacional (parentesco que confirma el hecho de que varias academias o colegios biling�es hayan agregado ahora cursos de portugu�s), dictados por docentes con escasa o nula formaci�n espec�fica. Varias universidades nacionales han reaccionado abriendo recientemente carreras de formaci�n docente en portugu�s, la m�s antigua, la del IESL, abierta en 1954, contaba hasta 1994 con cincuenta profesores egresados. En 1995, la matr�cula de primer a�o fue de 120 alumnos, cifra que se ha mantenido en los a�os siguientes. Remito al an�lisis que Patricia Franzoni hace de su experiencia como formadora de docentes en el �mbito p�blico. Seg�n su testimonio, la cuidada formaci�n que proponen estas instituciones p�blicas defrauda las ambiciones de los nuevos contingentes de alumnos, ansiosos por insertarse en un mercado cada vez m�s competitivo.

Las lenguas extranjeras constituyen una tabla de salvaci�n

Y es que, con toda evidencia, la demanda de cursos de idiomas, breves, eficaces, a medida del cliente, ha crecido enormemente: para el argentino medio, de vocaci�n monoling�e hasta hace no mucho tiempo y hoy amenazado por el desempleo, las lenguas extranjeras constituyen una imaginaria tabla de salvaci�n, o aquel bien cuya definitiva desposesi�n lo condena a la marginalidad.

Estos y otros cambios podr�an explicarse como meros efectos de procesos socioecon�micos (globalizaci�n e integraci�n regional, movimientos migratorios recientes), del desarrollo tecnol�gico en el campo de las comunicaciones, de la movilidad creciente de un sector de la poblaci�n. Pero la coincidencia entre este cuadro general y el horizonte de expectativas que construyen los documentos de la Reforma Educativa en curso invitan a leerlo como el resultado esperado de una pol�tica en marcha.

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Proponen ense�anza pluriling�e a partir 
de los cuatro a�os de escolaridad

Nos remitimos entonces a los textos de la Reforma referidos a las lenguas extranjeras (Ley Federal de Educaci�n, CBC para EGB, Polimodal, Formaci�n Docente, documentos de trabajo sobre el cap�tulo de Lenguas Extranjeras para EGB, Polimodal y FD, textos de divulgaci�n en la revista Zona Educativa). A partir de este corpus, intentaremos reconstruir un sinuoso recorrido argumentativo.

Los primeros textos oficializados (CBC EGB) proponen para la ense�anza de LE �cap�tulo de Lengua- la �oferta pluriling�e y multicultural�, esto es, la ense�anza de m�s de una lengua extranjera a partir del cuarto a�o de escolaridad, debido a �la necesidad creciente de participar activamente en un mundo pluriling�e� y otros argumentos que parecen apuntar al car�cter formativo del aprendizaje de lenguas y culturas extranjeras. Se adjudica luego a la ense�anza de la lengua extranjera la finalidad instrumental: �En todos los casos, se ense�a la lengua para la (subrayado en el original) comunicaci�n�, tomada �sta en un sentido amplio. No se trata s�lo de la comunicaci�n interpersonal, �tambi�n hay interacci�n en el proceso de decodificaci�n de textos orales y escritos, para resolver problemas y tareas comunicativas� (Documento amarillo, 1996, p. 4). El conocimiento de una LE parece tener aqu� el valor de un instrumento que permite descifrar objetos opacos, abstra�dos de todo contexto social.

El ingl�s comienza a ser sin�nimo de lingua franca

Los �ltimos documentos ubican la problem�tica de la LE en un cap�tulo aparte, separado del cap�tulo general de Lengua, para lo cual se define la LE por oposici�n a la lengua materna y la lengua segunda. Aparece entonces una categor�a superadora: la lingua franca, sin�nimo de ingl�s: �la lengua de comunicaci�n internacional, que hermana e integra a una comunidad universal de usuarios (sic) sin fronteras geogr�ficas ni pol�ticas, que escucha, habla, lee y escribe en ingl�s. Es la lengua de la m�sica, la computaci�n y la comunicaci�n planetaria a trav�s de Internet y el correo electr�nico; la lengua de la bibliograf�a t�cnica que tiende redes  de conocimiento cient�fico; la lengua a la que recurren los hablantes de lenguas diferentes para resolver sus problemas de comunicaci�n.� Y remata: �El ingl�s se ha ido transformando en la lingua franca natural (�sic!) y, al hacerlo, se ha ido alejando de sus ra�ces culturales� (ibid). De esta declaraci�n de principios se deriva una serie de prescripciones did�cticas, aplicables a todos los alumnos a partir del cuarto a�o de estudios. El Estado se ha decidido finalmente por la ense�anza instrumental, obligatoria y generalizada �aun con recursos insuficientes, de un bien sobrevalorado, el ingl�s, dejando en un inc�modo lugar marginal a la lengua extranjera seleccionada, objeto dif�cilmente formulable e integrable en este nuevo discurso. Respecto de la concepci�n de lengua dominante, instrumento de decodificaci�n que sirve a objetivos pr�cticos particulares, aislado de su origen y funcionamiento social, ha perdido todo sentido aquel ideal de oferta pluriling�e multicultural.

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El Mercosur lleg� con el portugu�s de la mano

La consistencia de esta estrategia vuelve a aparecer si analizamos la pol�tica seguida con el portugu�s. Desde el protocolo de intenciones firmado en diciembre de 1991, y luego en las sucesivas reuniones de ministros del Mercosur, se ha ido delineando el Programa Aprendizaje de los idiomas oficiales del Mercosur, que tiene como objetivo �implementar la ense�anza del espa�ol y del portugu�s en instituciones de los diferentes niveles y modalidades del sistema educativo, para mejor la comunicaci�n entre los pa�ses que conforman el Mercosur�. El gobierno argentino ha firmado, pues, un compromiso internacional de difundir el portugu�s en su sistema educativo, y en ese marco se ubica el anuncio del gobernador de Buenos Ares (marzo de 1995) sobre la obligatoriedad de la ense�anza del portugu�s en las escuelas secundarias. El anuncio no tuvo m�s efecto inmediato que el de confirmar la inviabilidad de la medida: sin profesores ni materiales suficientes era imposible llevarla a la pr�ctica. Y sin embargo, como en el caso del ingl�s, el sector privado tom� debida nota de la se�al: una nueva necesidad se abr�a en el mercado que el Estado era incapaz de satisfacer. Con el s�lido respaldo del discurso pol�tico-ling��stico estatal, se inici� la �poca dorada del negocio del ingl�s y el portugu�s.

Estos ejemplos revelan un funcionamiento complementario entre el Estado y el sector privado; podr�a decirse incluso que la pol�tica del Estado es llevada adelante por agentes privados. Veamos ahora c�mo est�n las cosas fuera del �mbito educativo.

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Los medios de comunicaci�n se apoderan del papel del Estado

Hemos asistido a otro fen�meno interesante que podr�a insertarse en esta serie: la puesta en circulaci�n de dos manuales de estilo aparecidos simult�neamente, el de las empresas Grupo Clar�n y La Naci�n, S.A., responsables de los diarios hom�nimos. En este caso sorprende, m�s que el �xito editorial de ambos emprendimientos, el hecho de que estas empresas � m�s notoriamente La Naci�n- se atribuyan funciones intr�nsecamente estatales como la de velar por el respeto de la norma ling��stica �disputando y aceptando a la vez la autoridad de a RAE en este terreno-, o a�n, la de �contribuir a la this site idiom�tica, responsabilidad primordial del periodismo, en su inexcusable vocaci�n cultural y docente, puesta a LA NACI�N por su fundador, Bartolom� Mitre�. Y aqu� la homonimia puede dar lugar a confusi�n. No se trata de la naci�n argentina y su primer presidente, sino de la empresa period�stica y su primer director. El mismo enunciador que poco tiempo atr�s se escandalizaba ante la posibilidad de que el Estado asumiera alg�n tipo de control sobre la lengua.

Una vez m�s, entonces, empresa y Estado se unen para borrar las huellas de la intervenci�n pol�tica sobre la lengua. El Estado da de s� la imagen democr�tica y pluralista de quien abre un espacio y luego deja hacer, gracias a un discurso que integra, por mera yuxtaposici�n, fragmentos de procedencias muy diversas (cf. Bein y Varela, 1996), logra hacer coexistir l�neas de acci�n incompatibles entre s� (obligatoriedad del portugu�s, o del ingl�s lingua franca y la oferta pluriling�e y multicultural) mientras alienta a trav�s de la propaganda una orientaci�n bien definida: ingl�s y computaci�n, seg�n lo han sancionado la naturaleza y las leyes del mercado. Como lo ha hecho en otros �mbitos, el Estado ha optado por la privatizaci�n. En el dominio de las lenguas esto implica que las empresas imprimen su propio sentido al desarrollo �y a la representaci�n- de las lenguas, ahora sometidas a la ley de la oferta y la demanda, instrumento deshistorizado, bien que se adquiere en el mercado y crea diferencia.

Pol�tica liberal, o neoliberal, o privatista, que a veces se quiere pura t�cnica, otras, inocente naturaleza; es, en definitiva, la pol�tica que tenemos y tratar de darle un nombre ya es todo un desaf�o para la teor�a y la acci�n pol�tico ling��stica. (Buenos Aires, Congreso Internacional de Pol�ticas Ling��sticas).


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L�a Varela 

es profesora del Instituto de Ling��stica de la Universidad de Buenos Aires

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