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13 de septiembre de 2000


Tribuna de opini�n

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ELVIRA NARVAJA DE ARNOUX
MAR�A IMELDA BLANCO
MARIANA DI ST�FANO
Las representaciones de la lengua y de la prensa
en los manuales de prensa en Argentina

El g�nero �manual de estilo�
�Por qu� publicar algo de uso interno?
Manuales de estilo: una intervenci�n sobre la lengua
Los manuales y su relaci�n con la norma
Conclusiones

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Durante el a�o 1997, los dos diarios de mayor tirada en la Argentina -Clar�n y La Naci�n- hicieron p�blicos sus manuales de estilo. No es que por primera vez hayan producido un material de este tipo: todos los diarios se han bajado siempre pautas de escritura, plasmadas generalmente en peque�as ediciones internas, m�s o menos cuidadas.

Lo novedoso es que las hayan sacado de la circulaci�n limitada de las redacciones, para ponerlas -esta vez en ediciones comerciales- en circulaci�n social y que hayan tenido un notable �xito de ventas. En esta decisi�n interviene posiblemente el deseo de imitar a los grandes diarios extranjeros que ya lo han hecho.

Pero m�s all� del impulso a la uniformaci�n globalizadora, �por qu� las empresas period�sticas argentinas han decidido hacer p�blicos sus respectivos manuales de estilo? Creernos que, por un lado, su publicaci�n constituye una operaci�n ideol�gica de los medios gr�ficos destinada a construir una representaci�n de s� mismos como instituciones responsables de un magisterio moral y ling��stico en el momento en que, de hecho, el conjunto de los medios period�sticos asume funciones sociales ejercidas antes por otras instituciones -escuela, iglesia, justicia, fundamentalmente- y en que los grandes diarios tienden a controlar otros medios gr�ficos y a ubicarse como cabezas de grupos medi�ticos. 

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Pero, adem�s de esta operaci�n, con la publicaci�n de sus manuales suministran una representaci�n de la lengua como espacio cuya codificaci�n permite regular las pr�cticas y asegura un uso transparente del lenguaje. La objetividad asociada, m�s que con la adecuaci�n al referente, con el respeto a las normas gen�ricas y gr�ficas y con la asignaci�n de significados estables a las unidades ling��sticas, constituye el ideal declarado.

Sin embargo, como todo discurso normativo, sus l�mites son impuestos por las pr�cticas efectivas de los usuarios que trabajan con materiales no estabilizados, habitados por voces sociales y ecos heterog�neos cuyo control subjetivo es, al menos, dudoso.

Estas dos representaciones, del medio y de la lengua, buscan instaurar confianza y seguridad en los lectores. Si bien la distancia entre las producciones ling��sticas reales y la norma deja entrever su intr�nseca arbitrariedad, la operaci�n ideol�gica a la que nos refer�amos la hace aceptable y con ello hace tambi�n aceptable la imposici�n de otras normas no ling��sticas.

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Por eso, m�s all� de las recetas que suministran, de indudable utilidad para determinadas pr�cticas escriturarias, su importancia social reside en el mecanismo de credibilidad y aceptabilidad que montan y que los manuales resaltan de diversas maneras.


El g�nero �manual de estilo�

Desde cierta perspectiva, anclada en el sentido com�n, el sintagma �manual de estilo� es casi un ox�moron puesto que articula un primer t�rmino que puede ser le�do como �compendio de indicaciones pr�cticas o pasos para realizar una tarea o hacer funcionar un aparato� con otro asociado con los rasgos personales de una ejecuci�n, la creatividad, lo peculiar de una obra.

El ox�moron se resuelve cuando se operan dos restricciones. La primera con el adjetivo �period�stico�, que permite concebir el estilo como �repertorio de convenciones ling��sticas supraindividuales y a disposici�n de los usuarios�. La segunda, cuando se lo vincula con un diario en particular. Los manuales de estilo aparecen as� como libros de divulgaci�n de las normativas internas de las empresas period�sticas. Si bien los sucesivos deslizamientos hacen olvidar las connotaciones primeras, tal vez la permanencia de sus efectos explique parte del �xito editorial de estos textos.

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Los manuales se originan en la instancia de correcci�n de los diarios. Intentan constituirse en textos de consulta permanente; en este sentido, se presentan como auxiliares necesarios de la pr�ctica de la escritura. Su contenido es de naturaleza heterog�nea. Describen las reglas de construcci�n de los diversos g�neros period�sticos, explican los procedimientos de diagramaci�n y composici�n y presentan detalles sobre la producci�n de fotograf�as, ilustraciones, infograf�as y toda clase de material gr�fico empleado para informar.

Adem�s, contienen art�culos de tipo enciclop�dico que comprenden �reas tem�ticas diversas, como conflictos b�licos, sistemas de pesas y medidas, monedas. Tambi�n exponen principios �ticos y de conducta profesional. El manual de La Naci�n, adem�s, incluye una breve historia del propio diario.

Ahora bien, la mayor parte de las p�ginas de los manuales de estilo de Clar�n y La Naci�n est� dedicada al tratamiento de temas normativos de la lengua castellana. Abarca aspectos ortogr�ficos, morfosint�cticos y l�xicos de manera asistem�tica y fragmentaria, cuya selecci�n depende de la experiencia de los autores en el medio. 

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Estos contenidos se distribuyen un tanto caprichosamente en diversas secciones. Algunos de estos cap�tulos presentan los temas por orden alfab�tico de modo de facilitar la consulta, pero la heterogeneidad de los criterios aplicados para establecer las entradas de estos art�culos no asegura la eficacia de la b�squeda.

Las cuestiones gramaticales y l�xicas planteadas se refieren a las dudas y dificultades m�s frecuentes que se les presentan a los periodistas en su pr�ctica cotidiana de redacci�n.

De este modo, ambos textos son manuales que sustituyen la consulta a gram�ticas, diccionarios, tratados de ortograf�a y enciclopedias o incluso a periodistas reconocidos en cada diario por sus conocimientos normativos.

Si bien en ocasiones se mencionan las fuentes que estos manuales reformulan -La Naci�n incluye la bibliograf�a consultada- las empresas period�sticas se autoasignan tareas de codificaci�n ling��stica:

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�ayatollah. Es la graf�a adoptada, no obstante las formas ayatol� o ayatola, del DRAE y otros lexicones, conque nombran a la autoridad religiosa chiita con magisterio p�blico. Lo mismo d�gase de mullah (cl�rigo islamita).� La Naci�n, p. 121.

�BIENAL: Bienal es un acontecimiento que se produce cada dos a�os. Si el acontecimiento sucede dos veces por a�o es semestral. bianual no existe.� Clar�n, p. 109.

Como instrumentos ling��sticos, estos manuales oscilan entre dos objetivos: por un lado, satisfacer necesidades pr�cticas de los redactores y, por otro, cumplir una funci�n orientadora de la sociedad en su conjunto, la que se autoasignan como producto de su creciente poder econ�mico e ideol�gico. Esta ambici�n los lleva a abordar campos tem�ticos muy heterog�neos, que tratan de un modo muy irregular.

Los manuales de estilo describen en las tapas, pr�logos e introducciones el destinatario previsto. En ambos casos, el p�blico de lectores esperado es amplio: periodistas, estudiantes, profesionales de la palabra, usuarios de la escritura, en general. 

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�Manual de estilo y �tica period�stica resultar� �til a periodistas, estudiantes, correctores, profesionales y a todos aquellos para quienes la escritura es un medio habitual de expresi�n. La Naci�n, contratapa.

�Este Manual de estilo es una herramienta de trabajo para los periodistas de Clar�n, y para otros colegas que quieran usarlo corno punto de referencia. Es, tambi�n, una herramienta para los estudiantes de periodismo y para los lectores.� Clar�n, p. 17.

Asimismo, se prev� un destinatario no escritor. Se trata del lector habitual del diario con quien se intenta renovar un pacto de lectura a trav�s de la explicitaci�n de las normas de construcci�n de la publicaci�n:

�Somos conscientes de que esta �ntima relaci�n del diario con sus lectores debe renovarse y alimentarse cada ma�ana. Este Manual de estilo responde a ese objetivo. Sintetiza el modo en que entendemos y asumimos nuestro rol de informar, y constituye -al mismo tiempo- una gu�a para ayudamos a mantener vivos esos principios.� Palabras preliminares de Ernestina Herrera de Noble, Clar�n, p. 13. 

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�Por qu� publicar algo de uso interno?

En primer lugar, es necesario considerar -como ya lo anticipamos- que para las empresas period�sticas la publicaci�n del manual de estilo propio se ha convertido en una exigencia internacional del mercado. Los grandes diarios de Estados Unidos y Europa --como tambi�n los de pa�ses sudamericanos, como M�xico, Venezuela, Colombia y Brasil- han dado a conocer al p�blico masivo, hace ya largo tiempo, sus normas para encarar la escritura de sus notas period�sticas.

Los primeros en publicar sus manuales de estilo fueron diarios norteamericanos. The New York Times, por ejemplo, lo edita por primera vez en el a�o 1976. Cuando La Naci�n y Clar�n sacan a la venta sus manuales ya existen en Am�rica latina 23 manuales de estilo de diferentes diarios.

La existencia del manual parece fortalecer la credibilidad del medio: en �l, el diario se compromete p�blicamente ante sus lectores a hacer lo que considera �un uso correcto del lenguaje�, como tambi�n a respetar una serie de pautas que exige la pr�ctica �tica del periodismo:

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�La Naci�n no admite discriminaci�n alguna por razones de raza, religi�n, nacionalidad, nivel cultural o posici�n social. Esa valoraci�n igualitaria de la dignidad personal se refleja en primer lugar en el uso del castellano, que en sus textos es llano, directo y correcto, inteligible por todos." La Naci�n, p. 45.

�Nuestro manual puede servirles para conocer aspectos esenciales pero poco conocidos de nuestro trabajo. Por ejemplo, las condiciones que nos fijamos para convertir un suceso en una noticia con la mayor objetividad posible; las normas que nos gu�an para considerar que un texto ya es apto para ser publicado; qu� sistemas de trabajo tenemos para abordar informaciones donde hay conflictos de intereses. En suma cu�les son los criterios de excelencia period�stica que nos fijamos.� Clar�n, p. 17.

Esta explicitaci�n de principios ling��sticos y �ticos, estrecha su vinculaci�n (recordemos que la correlaci�n es propia de otros objetos normativos, como las gram�ticas) y tambi�n la ilusi�n de transparencia del lenguaje y de transparencia de las intenciones period�sticas que el medio declara. 

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Los manuales de estilo son objetos caracter�sticos de las democracias occidentales de este fin de siglo, en las que se opera un desplazamiento de tareas del �mbito estatal-nacional al empresarial privado controlado por monopolios econ�micos.

Los editores hacen p�blicas sus �buenas intenciones�, se comprometen con valores considerados positivos para la sociedad, corno es, entre otros, el buen uso de la lengua, y simulan abrir el juego al lector, quien estar�a, entonces, en condiciones de se�alar al diario el incumplimiento de los compromisos p�blicamente asumidos.

Sin embargo, cabe destacar que la participaci�n del lector es limitada y est� muy poco pautada en los manuales argentinos. Aspecto que, por el contrario, atienden los manuales de diarios norteamericanos al crear la figura del Defensor de los Lectores y establecer, por ejemplo, los mecanismos de su elecci�n.

Junto con la credibilidad, los manuales buscan acrecentar el prestigio de los peri�dicos que los editan. Fen�meno que se suma al prestigio adquirido por los medios masivos de comunicaci�n, tanto audiovisuales como gr�ficos, a partir de que cumplen una serie de funciones que -como ya se�alamos- tradicionalmente correspond�an a otros �mbitos, en especial, al estado.

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Los medios, por ejemplo, realizan tareas propias de la investigaci�n judicial (y que la justicia no concreta); algunos productos period�sticos, como las grabaciones con c�maras ocultas, pueden convertirse en pruebas procesales; el p�blico recurre a los medios para hacer confesiones y denuncias y para aportar pruebas porque los medios garantizan la puesta en debate y la condena social que en muchos casos logran desencadenar la investigaci�n y condena judiciales. De este modo, los medios masivos construyen y difunden una imagen de s� mismos que genera en el p�blico mayor �confianza� y �transparencia� en comparaci�n con las instituciones del Estado.

Pero no cualquier medio se autoasigna tareas de codificaci�n ling��stica. El hecho de que s�lo los diarios publiquen su manual de estilo es tambi�n un modo de reforzar la representaci�n social de que los medios gr�ficos hacen un uso m�s controlado y correcto del lenguaje, lo que implicar�a mayor seriedad y profundidad en el tratamiento de la informaci�n, en comparaci�n con la radio y la televisi�n.

En este sentido, la publicaci�n de los manuales es un modo de reforzar la representaci�n de que el medio gr�fico es prestigioso, tanto en el terreno ling��stico corno en el de la labor period�stica, y a la vez de agregar un nuevo rasgo a esa representaci�n: el que les confiere autoridad para intervenir en la fijaci�n de normas para ambas pr�cticas.

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Manuales de estilo: una intervenci�n sobre la lengua

Son muchos y diversos los procesos hist�ricos que dan significado a la publicaci�n de los manuales de estilo por parte de empresas period�sticas. Algunos de ellos, como acabamos de ver, est�n relacionados con el desarrollo del ejercicio del periodismo. Pero otros pertenecen al terreno de las pol�ticas ling��sticas, en la medida en que la publicaci�n del manual implica una intervenci�n sobre la lengua que se inscribe en los complejos procesos de normativizaci�n, en este caso. del castellano.

As�, no podemos dejar de contemplar que, en los �ltimos a�os, los recientes procesos de globalizaci�n econ�mica y de integraci�n regional han comenzado a trastocar la relaci�n entre lenguas y a producir oscilaciones en la selecci�n de criterios para fijar nuevas normas para sus usos. Las crisis derivadas de estos procesos -que han producido fragmentaciones internas, el borrado de algunas fronteras y la acentuaci�n de las migraciones hacia los n�cleos urbanos se han proyectado sobre las lenguas y han dado pie a debates p�blicos sobre pol�ticas ling��sticas, han convertido el tema en asuntos de estado e, incluso, han favorecido la gestaci�n de proyectos de ley de defensa de ciertos idiomas nacionales.

Recordarnos, por ejemplo, el caso de la ley Toubon en Francia y la pol�mica que desat�, el de oficialidad del ingl�s en los Estados Unidos, el de defensa del castellano frente a otras lenguas territoriales en Espa�a. 

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Y en el caso de la Argentina, el proyecto de Ley de Preservaci�n de la Lengua Castellana presentado por el entonces secretario de Cultura de la Naci�n, Jorge As�s, a quien le cost� el puesto el debate p�blico que gener� su propuesta.

Todos estos proyectos tienen en com�n proponerse la defensa del idioma, que se plantea como una forma de defensa de la identidad amenazada. Los mecanismos a los que se apuesta pasan por preservar la lengua del contacto con lenguas extranjeras, por reforzar las normas ya consolidadas y por extender su uso a todos los miembros de la comunidad. Ilusi�n de no contaminaci�n e ilusi�n de homogeneidad en el uso del c�digo rigen este movimiento de cierre normativo defensivo que, en el espacio de la lengua, acompa�a los procesos de integraci�n.

Pero no es el �nico movimiento que se est� dando en la actualidad. Desde una perspectiva totalmente opuesta, el contacto ling��stico y la expansi�n de lenguas m�s all� de las fronteras tradicionales son percibidos tambi�n como la posibilidad de apertura de los l�mites de la propia lengua, de la integraci�n de variedades, usos, neologismos, pr�stamos, y de la necesidad de simplificaci�n normativa que facilite, al que no la habla, su aprendizaje. 

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Cierre normativo defensivo y apertura o simplificaci�n expansivo. Garc�a M�rquez -en el Congreso Internacional sobre la Lengua Espa�ola realizado en 1997 en M�xico- expresaba esta �ltima posici�n al proponer que � ... liberemos la lengua de sus fierros normativos ( ... ) humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas ind�genas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todav�a para ense�arnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos t�cnicos y cient�ficos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen coraz�n con los gerundios b�rbaros, el deque�smo parasitario,(...) jubilemos la ortograf�a ...�

Los manuales de estilo se sit�an en el otro extremo, mostr�ndose defensores de una norma consolidada, reguladores en�rgicos de las pr�cticas ling��sticas no s�lo para el uso period�stico sino tambi�n para otros �mbitos de escritura, como lo se�ala la distribuci�n p�blica de este material y el �xito de la publicaci�n.


Los manuales y su relaci�n con la norma

Los manuales de estilo exceden los objetivos habituales de los textos normativos de divulgaci�n. La b�squeda de un �uso disciplinado del lenguaje� los lleva no s�lo a determinar los rasgos gen�ricos aceptables (�El cuerpo de la cr�nica debe articularse como una this site, con principio, desarrollo y fin�; �La cabeza debe ser directa, concisa y contundente y desarrollar un concepto, a lo sumo dos� sino a -como ya se�alamos- intervenir en la fijaci�n de la norma ling��stica.  

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En esta tarea, declaran criterios, reformulan fuentes y se autoinstituyen como codificadores capaces de cuestionar los instrumentos ling��sticos a los que ellos mismos han conferido autoridad, como se desprende de la confrontaci�n de estas citas:

�En todo diario existen guardianes del lenguaje. En general, son periodistas de gran experiencia, con a�os de oficio, cultores del idioma y seguidores de las ediciones de la Real Academia Espa�ola.�  La Naci�n, p. 10.

�acuatizaje, acuatizar. El DRAE da amerizaje, amerizar (una mala adaptaci�n del franc�s amerrir, amerrissage), que se deben utilizar, en lugar de acuatizaje, acuatizar. Formas, �stas, que prefieren dram�ticos y fil�logos (y nosotros), junto con amarar/amaraje y amerizar, amerizaje, al tiempo que desaconsejan las incluidas en el DRAE.� La Naci�n, p. 113.

Con respecto a los criterios, La Naci�n dice respetar a la Real Academia Espa�ola y a prestigiosos lexic�grafos y gram�ticos del mundo hispano (Bello, Moliner, Seco, Corominas). Sin embargo, es notoria la reiteraci�n del uso del �nosotros� (como acabamos de ver en el ejemplo) que toma decisiones en la elecci�n de las normas, aun cuando �stas difieran de las adoptadas por las autoridades que ellos citan. Clar�n, por su parte, se muestra m�s partidario de una gram�tica que contemple los usos m�s extendidos, de modo tal de facilitar la comprensi�n de sus lectores: �Es preferible, en general, no utilizar palabras en otro idioma. 

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Existe, sin embargo, una importante cantidad de t�rminos que por su uso generalizado o su imposibilidad de ser traducidos corresponde utilizarlos en su idioma de origen. Ej.: la city; joint-venture (asociaci�n de empresas); ranking; gueto; matriushka (mu�ecas rusas); strip-tease; el green de golf, geisha; kamikaze; favela; el boom�.

�Cuando las palabras en otro idioma pertenecen a campos t�cnicos Joint-venture, stand by, link) o no son de uso frecuente (matriushka, perestroika, etc.) conviene aclarar su significado.� Clar�n, p. 77.,

Sin embargo, el seguimiento de estos criterios no se sostiene a lo largo de toda la obra. La norma que buscan construir remite err�ticamente a autoridades distintas y se aplica desordenadamente a diferentes niveles del lenguaje. As�, los manuales de estilo desarrollan una hipertrofia normativa al pretender fijar las fronteras de la lengua correcta y controlar su territorio.

Como en otros instrumentos normativos, en estos manuales se produce, tambi�n, un deslizamiento de su objeto hacia la regulaci�n del buen gusto y la elegancia:

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�Debe evitarse el uso de clis�s o lugares comunes, as� como expresiones que por su abuso se han vaciado de significado. Ej. nosocomio, occiso, sexagenario, espect�culo dantesco, tensa calma, golpe de tim�n, helarse la sangre, asumir el protagonismo, montar en c�lera, salir al ruedo, estar bajo la lupa, fogonear, abroquelarse, pisotear la crisis. Clar�n, p. 79.

�Hay muletillas, expresiones estereotipadas y mon�tonas, que restan elegancia al lenguaje, sin a�adir nada a la informaci�n. Tales: en otro orden de cosas, por otra parte, de otro lado, de alguna manera, no hay que olvidar, de cara a, a nivel de, de entrada, para empezar-. Ninguna es incorrecta, pero su abuso les quita eficacia. Aunque sirven de nexo entre p�rrafos, nunca son imprescindibles.� La Naci�n, p. 215.

Un segundo desplazamiento homologa -como resultado de una vieja identificaci�n entre norma ling��stica y norma �tica- los errores ling��sticos y las faltas morales. Los manuales de estilo period�stico ubican en un mismo nivel "lengua correcta" y "conducta �tica":

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�Creemos que a la hora de escribir un diario no es suficiente tener hechos que contar. Es imprescindible tambi�n respetar normas gramaticales y de estilo, e imponerse los interrogantes �ticos que plantea su  publicaci�n.� La Naci�n, p. 10.

�El diario procura tratar con imparcialidad y respeto a las personas; las instituciones, los problemas y los acontecimientos. Ello exige una b�squeda atenta y lo m�s amplia posible de datos precisos; un uso disciplinado del lenguaje y de las t�cnicas de producci�n period�stica, incluidos los elementos visuales, infograf�as y fotograf�as.� Clar�n, p. 19.

Como acciones defensivas de las fronteras ling��sticas, los manuales de estilo de los principales diarios de la Argentina vigilan la producci�n de neologismos y(des)autorizan su circulaci�n:

�dinamizar: no se emplee por desarrollar, aumentar, desenvolver, activar, reactivar, estimular, animar, vitalizar, promover, verbos que, corno se ve, en nuestro idioma precisan acciones con m�s riqueza y exactitud que aquel neologismo innecesario.� La Naci�n, p. 140. 

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�cesantear: no existe corno verbo; s� como adjetivo o sustantivo. La gente queda cesante, hay cesantes. Como verbo: echar, despedir.� Clar�n, p. 110.

Tambi�n denuncian filtraciones, especialmente del franc�s y del ingl�s. Al hablar de condicional de suposici�n, por ejemplo, se se�ala:                      

�... este solecismo es inadmisible, pues se trata de una mala traducci�n del condicional hipot�tico o de suposici�n que, en franc�s, sirve para se�alar un hecho dudoso, eventual; en particular, cuando este hecho se presenta como rumor, como aserci�n que no se puede garantizar y que en castellano se expresa as�: `SE DICE (SE CALCULA) QUE EN LA MARCHA HAN PARTICIPADO M�S DE CIEN MIL DOCENTES' o con giros an�logos. Pero nunca con el condicional de suposici�n: 'habr�an participado', 'estar�an dispuestos'; lo mismo que expresiones tales como posible','probable','no se descarta','al parecer' que trasuntan inseguridad informativa." La Naci�n, p. 237 y 238. 

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�ANGLICISMOS: los m�s usuales y aceptados: Living (habitaci�n en el hogar); camping (salida al campo); destroyer (destructor); weekend (fin de semana); match (competencia deportiva); test (prueba o ensayo); soft (programas de computaci�n); hard (computadoras y accesorios); printer (impresora). Conviene en general utilizar el equivalente en espa�ol en todos los casos que pueda evitarse la versi�n inglesa.� Clar�n, p. 108.

Adem�s, juzgan sobre la castellanizaci�n, o no, de algunos nombres propios:

�Es conveniente respetar la graf�a de los nombres extranjeros, tanto de personas como de ciudades o pa�ses, excepto en los casos en que el uso extendido haya generalizado una determinada forma. Ej.: (...) no es Sim�n Peres sino Shimon Peres, no es Isaac Rabin sino Yitzjak Rabin. Pero, en cambio: no es New Delhi, sino Nueva Delhi; no es New York, sino Nueva York, no es S�o Paulo, sino San Pablo; no es New Orleans, sino Nueva Orleans. � Clar�n, p. 70.

Los manuales de estilo tambi�n distinguen significados arbitrariamente:

�disolver. Los manifestantes, las manifestaciones, las aglomeraciones, las multitudes, se dispersan, no se disuelven. V�ase desconvocar.� La Naci�n, p. 140. 

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�disolver: Acci�n de diluir un cuerpo s�lido. Tambi�n se la utiliza cuando, por ejemplo, la polic�a carga contra una manifestaci�n y la disuelve. Se disuelven marchas y se dispersa a los manifestantes. Es err�neo decir, por ejemplo: 'La polic�a disolvi� a los manifestantes.� Clar�n, p. 111.

Esa arbitrariedad se percibe dentro de un mismo texto. Por ejemplo, el manual de La Naci�n pretende fijar significados correctos:

�deshonesto. No es falto de honradez, falso, fraudulento, sino imp�dico, falto de honestidad, dice el DRAE. La honestidad se refiere al sexo y la honradez, a la moral.� La Naci�n, p. 139. Sin embargo, el uso les juega malas pasadas. En el mismo texto se hab�a afirmado antes:�� el ciudadano puede exigir que las noticias publicada por los medios sean veraces y las opiniones honestas y libres de presiones provenientes del sector p�blico o del privado.� La Naci�n, p.45

Tambi�n imponen designaciones:

�Se considera beb� a toda persona menor de un a�o. Ni�o, hasta los trece a�os. Adolescente, hasta los 16 a�os. Joven, de modo gen�rico, a partir de los 16 a�os y hombre, desde los 30 a�os. Anciano a partir de los 70 a�os.� Clar�n, p. 73

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En relaci�n con la gram�tica, los manuales de estilo llevan a cabo una intervenci�n normativa fijando reglas morfol�gicas, sint�cticas y ortogr�ficas:

�No se debe comenzar una oraci�n con adverbio, locuci�n adverbial o complemento circunstancial. Los adverbios modifican al verbo de la oraci�n, por lo tanto no es conveniente comenzar una frase con una expresi�n que condiciona el sentido de lo que todav�a no se dijo.� Clar�n, p. 66

�santafesino/santafecino. Con s lo escriben los habitantes de esa provincia �y as� quieren que los medios lo hagan-, mientras nosotros decimos santafecino, hasta que no se decida lo contrario, por tradici�n.� La Naci�n, p. 167

Conclusiones

Los manuales de estilo de las empresas period�sticas constituyen un nuevo objeto de circulaci�n social en nuestro pa�s que se suma al complejo proceso de dramatizaci�n de nuestra lengua. Como vimos, tanto La Naci�n como Clar�n intervienen sobre ella retornando normas ya consolidadas o imponiendo nuevas.

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Operan del mismo modo que otros instrumentos normativos: a) tienden a seguir un criterio (en el caso de La Naci�n, la autoridad que reconocen en las gram�ticas y diccionarios de la Real Academia Espa�ola; en el caso de Clar�n, lo que denominan �el uso m�s difundido� de un t�rmino o expresi�n (y que en realidad es el uso que los sectores cultos -en especial porte�o- hacen de ellos), con lo cual se insertan en tradiciones gramaticales espec�ficas y diversas: La Naci�n, en la de las gram�ticas de Estado, y Clar�n, en las gram�ticas de uso; b) no siguen en todos los casos el mismo criterio, por lo que caen en una hibridaci�n en la selecci�n de normas, aspecto muy acentuado en estos manuales; c) se deslizan de la regulaci�n ling��stica hacia la regulaci�n �tica y est�tica.

Pero un aspecto resulta novedoso: sus anunciadores no son instituciones oficiales sino privadas. En sus or�genes, el proceso de gramatizaci�n que se desarroll� durante el Renacimiento, acompa�ando el surgimiento de los estados nacionales, tuvo como objetivo marcar las fronteras y delimitar el territorio de cada una de las lenguas, las cuales cumplieron una funci�n identitaria decisiva. Para ello, algunos estados nacientes fueron creando instituciones oficiales a las que se asign� la tarea de codificaci�n.

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En este fin de siglo, en el que asistimos a la desintegraci�n de los Estados-naci�n, los instrumentos ling��sticos en circulaci�n que buscan cumplir la misma funci�n de cierre normativo que los producidos hace cinco siglos no dependen de instituciones oficiales. Por primera vez en la historia, son instituciones privadas las que se autoasignan el papel de fijar las normas del �buen uso� de la lengua. La aparici�n de los manuales de estilo de La Naci�n y Clar�n -junto a la ausencia de intervenciones oficiales en este terreno- debe leerse, tambi�n, corno parte del proceso de privatizaci�n de las funciones e instituciones del Estado que se est� dando en los �ltimos a�os en nuestro pa�s.

Las pol�ticas ling��sticas que expresan sus manuales consolidan intereses de las empresas comerciales involucradas. En la selecci�n de criterios normativos, cada diario refuerza la relaci�n con su p�blico: compromiso con las normativas �castizas�, supuestamente m�s �aut�nticas� y �apropiadas� del castellano para el lector tipo de �lite del diario La Naci�n; pragmatismo normativo de Clar�n, el diario que apunta �a todos� , aunque, como es obvio, el �todos� incluye s�lo a los letrados.

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Como toda privatizaci�n, ha de dejar beneficios para los propietarios, pero no necesariamente para el conjunto de la comunidad. Incluso, se observa otro paralelismo entre el rumbo de los procesos de privatizaci�n de las econom�as y los de fijaci�n de normas ling��sticas: la tendencia a la concentraci�n rnonop�lica. Ya en 1990, la agencia de noticias espa�ola EFE auspiciaba la unificaci�n de las normas de escritura para todas las agencias de prensa que redactan noticias en espa�ol. 

Por �ltimo, si bien el presente trabajo no se ha propuesto estudiar el grado de acatamiento de las normas seleccionadas por los diarios en sus propias pr�cticas period�sticas cotidianas, es notorio el desfase entre ambos aspectos. De esta manera, cabe se�alar que estos manuales de estilo contribuyen, adem�s, a generar inseguridad ling��stica en nuestra comunidad, en la medida en que el c�digo exhibe una arbitrariedad anclada en representaciones heterog�neas de la norma y difiere del que se emplea en las pr�cticas ling��sticas reales. (Buenos Aires).


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Elvira Narvaja de Arnoux, Mar�a Imelda Blanco y Mariana di St�fano.

Son profesoras y ling�istas argentinas.

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