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29 de noviembre de 2000


Tribuna de opini�n

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PAULINO ROMERO C.
Defender nuestra lengua es defender una concepci�n del mundo
 

Se requiere una mayor dedicaci�n en las escuelas
Tenemos tres maneras de educar
Hay que ubicar el espa�ol en su justa perspectiva

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Quienes practicamos la docencia por vocaci�n, con dedicaci�n y absoluta responsabilidad, tenemos que admitir y reconocer, que cada vez m�s se produce un empobrecimiento ling��stico en el habla, en la comunicaci�n de nuestra gente, que crece a trav�s de casi todos los grupos sociales del pa�s.

Y por empobrecimiento ling��stico no nos referimos tan s�lo a la toma de vocablos, o incluso frases, provenientes del ingl�s u otro idioma, lo cual en algunos casos puede ser l�cito.

Nos referimos a la disminuci�n bien marcada que solemos observar en el estudiantado de nivel medio y hasta universitario, de la capacidad expresiva, comunicativa, y de manejar los s�mbolos de su propia lengua por parte del hablante.

Ese empobrecimiento ling��stico tiene a su vez m�ltiples facetas, y debe ser motivo de mayor preocupaci�n de parte de los docentes de todos los niveles de ense�anza, de los padres de familia, las organizaciones c�vicas y gremiales, los propios estudiantes y, sobre todo, de las autoridades del Ministerio de Educaci�n.

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Se requiere una mayor dedicaci�n en las escuelas

Dicho con mayor precisi�n, lo que importa es, por lo tanto, dar la importancia necesaria a la ense�anza del espa�ol en las escuelas p�blicas �oficiales y particulares- de toda la Rep�blica, porque la evidencia revela que cada lengua contiene una visi�n o concepci�n determinada del mundo.

En cuanto a la educaci�n como proceso, tenemos primeramente que definir su significado. As�, podr�amos decir las diversas definiciones que sobre �sta se tiene y se dan, que la educaci�n �instrucci�n, capacitaci�n, formaci�n- consiste en la conducci�n de personas hacia un comportamiento final dado.

Educar es posible, pues, solamente, con vistas a un fin determinado: a uno lo educan para ser cort�s, para ser puntual, para ser tolerante, para ser independiente, para ser responsable, para tener una actitud cr�tica, etc.

Cierto es que los fines de la educaci�n se encuentran con frecuencia vagamente formulados; as� vemos que en la literatura pedag�gica se habla de educar en funci�n de la moral o de la madurez, de la emancipaci�n, de la sensatez, o en t�rminos muy generales, de formar hombres.

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Tenemos tres maneras de educar

Sin embargo, todos estos fines pueden ser interpretados casi a voluntad. Independientemente de la complejidad que implica el tratamiento te�rico-pr�ctico de la educaci�n (para el caso que nos ocupa), podemos afirmar que la misma, como reguladora del comportamiento humano, puede producirse de tres maneras: mediante el aprendizaje-no-dirigido, el aprendizaje dirigido y el manejo de situaciones-est�mulo.

Esta situaci�n compleja de la educaci�n nos informa de la importancia que tiene en su proceso formativo el hogar, en primer lugar, y el ambiente social generalizado, en segundo lugar.

Recordemos que el hogar, antes que la escuela, era el centro de trabajo, de distracci�n, de estudio y de m�ltiples otras actividades desarrolladas en el seno del ambiente familiar.

Pero a�n despu�s de establecida y organizada la escuela, como instituci�n social responsable de la educaci�n formal del hombre, subsiste el hogar. Por la funci�n muy importante que comparte con la escuela, en el proceso de ense�anza-aprendizaje.

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Gino Germani lo ha precisado muy bien: �La familia constituye en primer lugar el �nico mecanismo adecuado para transformar al ser biol�gico reci�n nacido en ser humano�.

�No se trata tan s�lo de las consabidas funciones materiales de protecci�n, alimentaci�n, etc., sino del desarrollo psicol�gico y espiritual del ni�o, de su importancia en la herencia cultural y de su transformaci�n en persona�.

En efecto, es en el seno del hogar donde el ni�o experimenta sus primeras experiencias; penosas y placenteras. Ese ambiente familiar es el que efectivamente le proporciona las primeras herramientas para su ingreso, m�s tarde, a otros medios de mayor amplitud y complejidad: la escuela, la profesi�n, la sociedad.

En pocas palabras, el hogar es en donde se plasman lentamente las bases concretas del car�cter y de la personalidad del hombre y la mujer, por supuesto.

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Hay que ubicar el espa�ol en su justa perspectiva

Hemos visto, pues, la estrecha relaci�n hist�rica que existe entre hogar y escuela en lo que a la educaci�n se refiere. Hemos comprobado tambi�n, que los seres humanos no somos entes meramente utilitarios y pecuniarios y que, por lo mismo, no solemos asumir la vida cortada en dos pedazos incomunicables.

Y, finalmente, este problema de nuestra lengua, la educaci�n, y el entendimiento, implica en este momento, para los paname�os, sin distinci�n alguna, una demanda, una exigencia cada d�a mayor de colocar el espa�ol �nuestra lengua- y la educaci�n bien servida en justa perspectiva de entendimiento como fundamento indispensable para el logro de una paz duradera que nos permita retomar en toda su pureza y vigor el cari�o, la afectuosidad, el respecto mutuo, la comprensi�n, la ternura, la tolerancia que hacen posible la convivencia familiar y social.

Y, por supuesto, nos permita superar otros sentimientos, de proyecciones m�s ingratas, aunque profundamente humanas, como la antipat�a, el desprecio, la rivalidad, el rencor, la envidia, la odiosidad, etc., cuya influencia en absoluto, ning�n ser humano puede eludir.

Los ejemplos podr�an multiplicarse a voluntad, y cada uno de ellos aportar�a algo nuevo a la comprensi�n, al entendimiento. Las circunstancias actuales imponen un objetivo com�n: trabajar unidos por un futuro mejor que el nuestro. (Panam�)


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Paulino Romero C.

es paname�o, pedagogo y escritor, colaborador habitual del diario El Panam� Am�rica.

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