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1 de noviembre de 2000


Tribuna de opini�n

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AUGUSTO MONTERROSO
Si la vida es triste, un buen cuento tambi�n lo ser�

Un campo vasto en el que caben las cosas m�s peque�as
En un buen cuento se encuentra toda la vida
No s�lo pl�tanos y derrotas en la historia centroamericana

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Deseo, ante todo, dar las m�s cumplidas gracias al honorable Jurado que me concedi� este Premio Pr�ncipe Asturias de las Letras, correspondiente al a�o 2000. Sin su benevolencia, por no decir su valent�a, no estar�a yo hoy en situaci�n que tanto me honra, ni junto a tan destacados artistas, hombres de ciencia, dignatarios y acad�micos de diversas nacionalidades, igualmente premiados, a quienes saludo con mi admiraci�n y respeto.

En la prensa de estos d�as se ha dicho que en m� se premiaba no s�lo a un escritor centroamericano, sino tambi�n un g�nero literario, el cuento, un g�nero que ha venido siendo relegado por las grandes editoriales, por algunos cr�ticos, y aun por los mismos lectores. Pues bien, no tiene nada de extra�o que as� suceda.

Las leyes del mercado son inexorables, y no somos los escritores de cuentos ni los poetas

-hermanos en este negativo destino- quienes vamos a cambiarlas. Pero como dec�a el Eclesiast�s, refiri�ndose a la Tierra, generaci�n va y generaci�n viene: mas el cuento siempre permanece.

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Un campo vasto en el que caben las cosas m�s peque�as

Como quiera que sea cierto que pr�cticamente toda mi obra ha consistido en el acercamiento a dos especialidades hoy alejadas de los reflectores y el bullicio, si bien nada modestas en cuanto a su prosapia: el cuento y el ensayo personal, variando en ocasiones de tal manera sus formas y sentido que algunos comentaristas hablan, refiri�ndose a aqu�lla, de transposici�n de g�neros, cuando no de invasi�n de unos a otros, lo que vendr�a a dar un nuevo sesgo a nuestros acostumbrados modos de expresi�n literaria.

Algo se ha dicho tambi�n de la brevedad en esta obra y, como si lo anterior fuera poco, del humor y la iron�a en ella, haciendo que yo me pregunte: �de verdad cabr� todo eso en el reducido espacio que ocupa?

Bueno, el campo de la literatura es tan amplio que en �l caben las cosas m�s peque�as.

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No he pretendido nunca erigirme en defensor del cuento com�n, o del cuento brev�simo, ni mucho menos en detractor de las novelas, cortas o largas, que me han deleitado y ense�ado tanto desde Cervantes a Flaubert y Tolstoi y Joyce; es m�s, en diversas ocasiones he confesado que aprend� a ser breve leyendo a Proust. El cuento se defiende solo. Por otra parte, no soy un te�rico, y s� que a pesar de innumerables tentativas de definici�n aventuradas por los que saben, hoy d�a es un problema insoluble establecer lo que constituye un cuento.

No obstante, ciertos cuentistas a�n no se han enterado de su evoluci�n, y al escribirlos todav�a siguen el cumplimiento de antiguas reglas, como aquello de la exposici�n, el nudo y el desenlace, cuando no la del final sorpresivo; y hay quienes piensan con honestidad que el cuento es un g�nero intrascendente y entonces escriben -declaran, a manera de descanso entre su verdadera labor creativa, es decir, sus importantes novelas. Y tampoco ser� yo quien trate de sacarlos de idea. La verdad es que en idioma nuestro basta pensar en Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti o Julio Cort�zar formarse una idea de lo lejos que estamos ya del cuento convencional. 

En un buen cuento se encuentra toda la vida

En 1992 Barbera Jacobs y yo publicamos en Espa�a una Antolog�a del cuento triste. Toda vez que la tarde en que lo escribimos est�bamos m�s bien taciturnos, nos permitimos aseverar en el Pr�logo: �La vida es triste. Si es verdad que en un buen cuento se encuentra toda la vida, y si la vida es triste, un buen cuento ser� siempre un cuento triste�. 

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No pocos reaccionaron contra de este pensamiento claramente melanc�lico; y yo no s� si la vida es triste para todos �cosa que dejo a los expertos--; pero se da la circunstancia que los cuentos que escogimos, casi al azar de nuestras respectivas memorias, no s�lo son tristes de verdad sino que resultaron ser obra de algunos de los mejores y m�s profundos escritores del �ltimo siglo y medio, como lo pueden ser desde Herman Melville y William Faulkner, o Leopoldo Alas Clar�n, hasta Salarru� y, Rulfo, pasando por James Joyce, Thomas Mann y Corrado Alvaro, quienes retrataron v�vidamente el hondo dramatismo que encierran las existencias cotidianas de hombres y mujeres de cualquier pa�s, pobre o rico, o centro de Europa o del centro de Am�rica, a trav�s de este g�nero, que en sus breves dimensiones y su aparente humildad recoge la vida con penetraci�n, verdad y belleza.

Quisiera considerar tambi�n este Premio un reconocimiento a la literatura centroamericana, de la que, guatemalteco, formo parte. Centroam�rica, como bien pudiera haber dicho Eduardo Torres, ha sido siempre vencida, tanto por los elementos como por las naves enemigas: me refiero a los desastres naturales de �ltimos a�os, y a los econ�micos y pol�ticos a que nos sometido los intereses de poderosas compa��as extranjeras productoras de ese fruto por el que nuestros pa�ses son llamados rep�blicas bananeras.

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No s�lo pl�tanos y derrotas en la historia centroamericana

Pero es m� deber se�alar una vez m�s que a lo largo de los siglos no ha sido s�lo pl�tanos lo que producimos. Recordar� que nuestros ancestros mayas, refinados astr�nomos y matem�ticos que inventaron el cero antes que otras grandes civilizaciones, tuvieron su propia cosmogon�a en lo que hoy conocemos con el nombre de Popol Vuh, el libro nacional de los quich�s, mitol�gico y po�tico y misterioso; a Rafael Land�var, autor de la Rusticatio mexicana, el mejor poema neolatino del siglo XVIII; a Jos� Batres Mont�far, cuentista sat�rico en verso, cuyas octavas reales vienen en l�nea directa de Ariosto y de Casti y cierran brillantemente la narrativa mundial en esta estrofa; y, por �ltimo, para no acercarme peligrosamente a nuestro tiempo, a Rub�n Dar�o, renovador del lenguaje po�tico en espa�ol como no lo hab�a habido desde los tiempos de G�ngora y Garcilaso de la Vega.

Tres herencias, la ind�gena, la latina y la espa�ola, que la mayor�a de los escritores centroamericanos, estoy seguro, tratamos de merecer, pero tambi�n, �por qu� no? de mantener y acrecentar con dignidad y decoro.

En un momento de optimismo manifest� hace algunos a�os, en ocasi�n parecida a �sta, que mi ideal �ltimo como escritor consist�a en ocupar alg�n d�a en el futuro media p�gina en el libro de lectura de una escuela primaria de mi pa�s.

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Acaso esto sea el m�ximo de inmortalidad a que pueda aspirar un escritor. Estoy seguro de que haber sido merecedor de este Premio Pr�ncipe de Asturias de las Letras, contribuir� en gran medida a que aquel deseo, m�s vanidoso de lo que parece, se convierta en realidad.

Discurso pronunciado al recibir el Premio Pr�ncipe de Asturias de Letras, en Oviedo, Espa�a, el 27 de octubre de 2000. 


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Augusto Monterroso.

Escritor guatemalteco, premio Pr�ncipe de Asturias de las Letras 2000.

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