24 de mayo de 2000 |
| Tribuna de opini�n | ||
| V�CTOR
IZQUIERDO MORA La animalizaci�n del emigrante en el discurso period�stico
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| Por la calle se puede o�r todo tipo de
barbaridades, y no nos asombramos porque somos conscientes de que la
espontaneidad a veces juega malas pasadas al hablante. El receptor (o la
audiencia) perdona esos lapsus para que luego, cuando se cambie el papel de
receptor por el de emisor, se le disculpen los errores que tienen lugar en
sus mensajes debido a la espontaneidad del lenguaje oral, o porque la
situaci�n requiere el empleo de determinadas formas, alejadas de la norma,
para ser aceptado en un grupo. Pero en el empleo del lenguaje escrito estos
preceptos dejan de tener vigencia, y se impone el ser correcto con el
destinatario o destinatarios, y m�s a�n cuando se escribe en prensa, que
ser� le�do en esa misma ma�ana por miles de personas, o, aunque s�lo lo
sea, por cientos o por decenas. El que escribe (por supuesto, me refiero al
que lo hace profesionalmente) tiene el deber, desde el momento en que ocupa
tal puesto, de cumplir con la correcci�n, de evitar cualquier error que
dificulte la total comprensi�n de sus columnas, de informar (a no ser que
se trate de un redactor de propaganda) de la manera m�s objetiva posible. Y
si no desempe�a con eficacia esa funci�n, el p�blico que haya devorado el
peri�dico esa ma�ana habr� comprendido las noticias, pero el sesgo con
que pueden haber sido escritas esas columnas hablar� del periodista, cuando
de �l no se debe saber sino el nombre, localizado al principio o al final
de la noticia. | ||
La objetividad que debe mostrar un periodista se puede ver influida tanto por factores externos (como la publicidad de que se nutren los diarios, por lo que puede que no se le dedique el espacio suficiente a una noticia), como por factores internos (la ideolog�a que quiere encontrar el lector de ese peri�dico, o el mal conocimiento de la lengua en que se escribe, que no evita el empleo de adjetivos valorativos, o de estructuras como las atributivas en presente, que presentan un hecho como innegable, a modo de sentencia, cuando no es algo tan seguro).
Desde ahora mismo quiero aclarar que la
objetividad no es una meta f�cil, por la cantidad de factores que influyen
en ella, pero se ha de intentar alcanzarla mediante la reflexi�n y el
estudio de la lengua en que se escribe, al menos. Esta idea es la que me ha hecho sentarme
enfrente del monitor para redactar estas l�neas: cuando un escritor (como
persona que escribe y que ser� le�da por �y por lo tanto puede influir
en- algunas personas) se sienta -como he hecho yo hoy sin tantas
pretensiones- a escribir, debe plantearse que el trato que le d� a tal cual
o cual cosa har� que sus lectores se pregunten por su opini�n, y que, al
considerarle a �l como escritor, le atribuir�n una serie de t�tulos acad�micos
y conocimientos que le han legitimado a ocupar un puesto de privilegio: el
de dedicarse a informar a los dem�s desde su elevado pedestal de sabidur�a.
Esa consideraci�n (el escritor ocupa un lugar preeminente con respecto al
lector) har� a algunos lectores preguntarse por lo que ha llevado al que
escribe a redactar eso, pero a otros les convencer� como si su palabra
fuera la de una autoridad en el asunto. | ||
Pues bien, cuando un periodista narra una noticia, tiene el deber de poner todos los medios de que dispone para informar de un modo que no escriba algo que dificulte la convivencia, como es el caso de las noticias en que se habla de inmigrantes (que cada vez tienen m�s protagonismo en las p�ginas de los peri�dicos porque son una parte de la poblaci�n que vive en esta tierra llamada Espa�a, y esto, evidentemente, la prensa ha de reflejarlo), en las cuales se suele hacer referencia a estas personas de un modo valorativo, y la lengua deja marca en el comportamiento de la poblaci�n. Generalmente, se trata de personas de sexo masculino que han abandonado su pa�s de origen porque las circunstancias obligaban, y han venido a Espa�a bien porque �les han vendido� que el sue�o de riquezas de la tierra prometida estaba en Europa, o porque peor que en su pa�s no iban a estar en ning�n sitio. Y se encuentran con que la convivencia con los espa�oles no es tan f�cil, con que el trabajo no est� en las grandes ciudades y con que la gente los mira con malos ojos en determinadas partes.
En definitiva, la reacci�n de una parte de
la poblaci�n no es muy positiva, sobre todo entre algunos sectores. Esos
sectores emplean unos t�rminos despectivos
para referirse a ellos: el negro, el
moreno, por ejemplo. La procedencia de estos hombres ha adquirido
ciertas connotaciones negativas, y s�lo por la procedencia son
clasificados. Pero a todos, y esto es de lo que quer�a hablar desde el
principio (perd�n por la demora) se
les niega la condici�n de HUMANO, desde el momento en que se les define
con gentilicios, referencias a la religi�n que profesan o al color de su
piel (de modo que establecemos una oposici�n entre el hombre blanco
y los dem�s) o mediante sintagmas adjetivos como braceros.
Yo comprendo que es algo que tenemos interiorizado, adquirido de manera
cultural, pero que no por ello ha de ser lo mejor (el concepto de
etnocentrismo juega un papel muy importante). Tenemos que derribar de
nuestros esquemas esta oposici�n. Cuando a una persona se le niega la
calidad de persona se convierte en: un marroqu�, un polaco, un
ecuatoriano, un colombiano. | ||
De este modo, una persona es s�lo de d�nde procede, igual que un coche o un bolso, pero esto s�lo sucede con algunas nacionalidades. Veamos: el sueco, o el alem�n no tienen las mismas connotaciones negativas. Por otro lado, cuando leemos en una columna que a cuatro hombres marroqu�es un juez los considera inocentes ante la denuncia de un particular que les acus� de haber dormido en un edificio abandonado pero de su propiedad (El Pa�s, Madrid, Espa�a, 14 de Marzo de 2000), uno no puede sino alegrarse: primero, porque ese juez ya consider� a esos hombres como seres humanos, y segundo, porque Rosa Montero (al d�a siguiente, en el mismo peri�dico) ya les concedi� algo que desde siempre les ha pertenecido: la calidad de humanos.
Yo entiendo que repetir constantemente hombre
(o mujer), resulta
antiecon�mico, redundante y adem�s ocupa m�s espacio, con lo importante
que es en un peri�dico, pero el simple hecho de emplearlo s�lo en la/-s
primera/-s referencia/-s ya predispondr�a a hablar de personas, no s�lo de
procedencias que, adem�s, est�n muy viciadas. Me parece bastante
importante el esfuerzo que desde la prensa hacen algunos periodistas con
este tipo de variaciones. Y es sencillo: la lengua nos da esos recursos, y
debemos emplearlos con la eficacia que puede ser posible, igual que hacen
los publicistas. Si todos los que conocen que sus palabras pueden afectar a
muchas personas pensaran como publicistas, las cosas ser�an diferentes. Tengo que se�alar, antes de continuar, que
cuando se trata de una mujer (cuya presencia entre el colectivo inmigrante
es bastante menor), se especifica en todos los casos mujer.
Resulta claramente despectivo leer una
ecuatoriana, una colombiana, y ese desprecio me parece que se evita en
cierta medida a�adiendo el sustantivo mujer;
con el masculino deber�a emplearse el mismo procedimiento: la
procedencia s�lo como especificaci�n, y �nicamente cuando sea
especialmente relevante para la noticia, y no como algo gratuito. Si una
persona sencilla con una cierta sensibilidad en lo atinente a la lengua
puede darse cuenta de esto, los profesionales deber�an mostrar su capacidad
mediante este tipo de reflexiones. | ||
Veamos la diferencia entre la omisi�n y la presencia del sustantivo hombre en dos ejemplos: Un hombre marroqu� result� agraciado con el premio de la loter�a. Un marroqu� result� agraciado con el premio de la loter�a. Y un segundo ejemplo no tan positivo: Fueron arrestados dos hombres rumanos por... Fueron arrestados dos rumanos por... Al leer unos y otros enunciados, no s� los dem�s, pero yo aprecio una diferencia clara: las noticias (ficticias las dos) ya no tienen como protagonista a un ser que proviene de otro pa�s, sino de una persona que ha tenido que marcharse de un lugar y venir a este otro para poder vivir. La prensa deber�a percatarse de esto, y procurar no echar m�s le�a al fuego de la dif�cil situaci�n del colectivo de emigrantes en nuestro pa�s. Es preciso recordar que nadie tiene derecho a usurpar a otro la condici�n de ser humano, y menos a�n por un cambio de lugar al que seguramente se ha visto obligado por unas circunstancias pol�ticas o econ�micas determinadas. Nadie deja su tierra por gusto. | ||
Es Fil�logo de la Universidad Complutense de Madrid, Espa�a. | ||
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