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15 de diciembre de 1999


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Luis A. Fern�ndez Hermana
Quintos en el campeonato y bajando

El espa�ol no crece al ritmo de la red
Estructuras deficientes
Producci�n insuficiente de contenidos
El mercadeo del despilfarro
Una red sin intelectuales org�nicos
La industria de la lengua

 

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Pedro Mestre, director del Centro Virtual Cervantes, achaca este descenso al "poco inter�s de los hispanohablantes por poner sus contenidos en espa�ol". Mestre apunta a la clamorosa carencia de una cultura informativa en los pa�ses hispanohablantes. Pero no es la �nica causa y, en la actual coyuntura, quiz� ni siquiera sea la m�s importante. Tras el previsible crecimiento cuantitativo del castellano en los �ltimos a�os en la red, debido al aumento de la poblaci�n conectada de los pa�ses hispanohablantes, ahora se experimenta un retroceso debido a que los factores determinantes comienzan a ser los "cualitativos". Y estos ya no son tan f�ciles de resolver.

Por ir�nico que parezca, si nos atuvi�ramos s�lo a los criterios cuantitativos -crecimiento constante de la poblaci�n internauta castellano parlante- la situaci�n deber�a ser muy diferente de la que expone ese Anuario (http://www.cvc.cervantes.es).


El espa�ol no crece al ritmo de la red

Por una parte, la poblaci�n biling�e ingl�s-castellano probablemente ha venido tocando techo en el �ltimo a�o, mientras que, por la otra, crec�a el n�mero de quienes s�lo hablan castellano o son biling�es pero no en ingl�s. A medida que se han ido abriendo nuevos espacios en Internet, como la salud, la educaci�n, la tercera edad, el arte o los sistemas de informaci�n locales, debiera haber aumentado la necesidad de disponer de m�s contenidos en castellano. Sin embargo, no est� sucediendo, o, al menos, no al ritmo de crecimiento de la poblaci�n internauta. Esto no quita, sin embargo, que las cifras del Anuario no cuenten toda la verdad, pues se refieren a p�ginas web. El uso del correo electr�nico ha experimentado en los �ltimos a�os un crecimiento notable y eso se trasluce en la proliferaci�n de listas de discusi�n. Pero la cuesti�n de la escasez de contenidos permanece como un dedo acusador de nuestra dificultad para convertir a la lengua en una industria de la informaci�n.

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Aqu� se est�n conjugando varios factores que, con el tiempo, cada vez van a pesar m�s en el destino del castellano en la red y, consecuentemente, en el desarrollo de una cultura digital adaptada a las necesidades que ya est� planteando la Sociedad de la Informaci�n. Aunque la lista es larga, mencionar� los cinco puntos que me parecen m�s evidentes (y urgentes de abordar) en Espa�a y Am�rica Latina, no necesariamente en orden de importancia.

 

Estructuras deficientes

Las deficientes infraestructuras de las redes telef�nicas y el alto precio por acceder a ellas, lo cual impide que la mayor�a de la poblaci�n hispanohablante incorpore Internet a su vida cotidiana. El informe de Forbes, sobre el estado de Internet en Europa, destacaba este aspecto en el caso de Espa�a. Telef�nica carga con una gran responsabilidad en este sentido. La falta de velocidad de las comunicaciones, la r�gida pol�tica de interconexi�n, una estructura tarifaria confeccionada para el enemigo, las escasas inversiones en mejorar las redes de telecomunicaci�n y la inflexibilidad de la arquitectura de �stas, conspiran contra las nuevas remesas del internauta, quienes navegan m�s con el ojo puesto en el tax�metro que en las oportunidades que les ofrece Internet. Y si para aprovechar estas oportunidades tiene que esperar tanto para verlas o sufrir cortes constantes de las comunicaciones, no deja de ser heroico el permanecer en la pantalla.

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Producci�n insuficiente de contenidos

El tama�o de nuestra industria de contenidos es insuficiente, tanto a escala individual como colectiva, por una parte, como desde su perspectiva mental, por la otra. Esto se debe, en gran medida, a un espectacular error de percepci�n sobre c�mo funciona esta industria en un contexto como Internet. Por una lado, la vasta mayor�a de las grandes empresas no han detectado todav�a cu�les son sus contenidos propios, ni c�mo deber�an prepararlos para competir en Internet. La globalizaci�n sigue siendo para ellas un fen�meno externo que no tiene que ver con su organizaci�n interna. Craso error.

Por el otro, las que han descubierto el ciberespacio adoptan de inmediato una curiosa actitud de "esto es m�o y no me lo va a quitar nadie porque soy la mejor". Desconocen que en la red las posiciones dominantes -con las que sue�an apenas inyectan Internet en sus discursos- duran tanto como un congreso de gacelas inspeccionado por una manada de leones. La econom�a digital se sustenta en la interrelaci�n de una amplia this site de actores y en flujos de comunicaci�n impredecibles. Si a esto unimos que la innovaci�n en Internet todav�a carece del prestigio social que le permita difundirse a trav�s de la red como productos de �xito (a menos que los mit�manos de siempre nos vendan todo cuanto llega desde EEUU), tenemos entonces un cuadro donde resulta bastante milagroso que siquiera tengamos algunos contenidos en castellano.

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El mercadeo del despilfarro

El apogeo de la cultura del mercadeo del despilfarro. Administraciones, empresas, entidades, corporaciones de distinto pelaje, etc., prefieren invertir en gestos medi�ticos para una posteridad de pocos d�as, que en el desarrollo de la industria de contenidos propios. Los grandes y espectaculares acuerdos ganan titulares en los medios de comunicaci�n de masas (Retevisi�n-Excite, portales de todos los colores, etc.), pero despu�s no se traducen en productos apreciables y apreciados en la red. Es pan para hoy, hambre para ma�ana.


Una red sin intelectuales org�nicos

Faltan "intelectuales org�nicos de la red", capaces de pensar y filosofar sobre las implicaciones del cambio social que se est� operando y, al mismo tiempo, de romper amarras con la nostalgia de un mundo que se va. Por otra parte, la administraci�n p�blica juega un papel ambivalente respecto a Internet. Por un lado, se felicita de las extraordinarias oportunidades que abre un mundo en red y, por el otro, o no pone los medios para crearlo o enfatiza los �ngulos m�s emparentados con pol�ticas de seguridad, censura o control, o sea con el miedo. Si se quiere que los contenidos en castellano se conviertan en los cimientos de una cultura digital sustentada en la lengua, intelectuales y figuras p�blicas deber�an conocer y alentar el tempestuoso alud creativo que est�n experimentando las redes y que afecta a la econom�a, a la pol�tica, al ocio, a todos los sectores sociales; a cuestiones como la marginalidad, la exclusi�n, o el paro, temas todos ellos que tanto espacio ocupan en discursos p�blicos vacuos de soluciones.

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La industria de la lengua

Finalmente, el destino de la lengua como industria, en un mundo donde la informaci�n actuar� como elemento organizador de la econom�a, estar� unida a su capacidad para expandir Internet hacia los aspectos m�s cotidianos de la vida ciudadana. Descubrir las nuevas oportunidades, enlazar comunidades cuyos intereses comunes permanecen envueltos en el velo opaco de la falta de interrelaci�n, invadir los terrenos que hasta ahora han permanecido cuidadosamente parcelados por un tipo de conocimiento elitista, son algunas de las tareas pendientes donde los contenidos en castellano apenas han incursionado. En el fondo, se trata de fundir la cultura de lo real en la cultura de lo virtual y vehicular este tr�nsito a trav�s de la lengua. Si no lo hacemos, otros lo har�n traduciendo sus productos, como ya viene sucediendo ante la parsimonia de quienes teniendo los resortes para plantar cara prefieren unirse a ese carro en aras del mercadeo medi�tico. Esta es una actitud m�s regalada que clavar los codos y desarrollar contenidos propios. Y es una de las tantas que contribuyen a mantenernos en el quinto puesto de la liga (o campeonato) de lenguas en Internet, a pesar de ser la segunda en la parte occidental del mundo real. (CHASQUI/Ciespal).


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Luis A. Fern�ndez Hermana

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