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12 de noviembre de 2003


Los viajes del 
se�or Johnson

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El ingl�s se deslumbra por la belleza de Acapulco
M. Jes�s Herrero Smith

Cuando se echa a las madres es mala se�al
Los mariachis enchinan el cuero a cualquiera

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Robert Johnson, protagonista de tantas historias por Am�rica Latina, estaba encantado con el viaje a M�xico que rezalizaba en compa��a de su novia Luc�a. Hac�a pocos d�as que hab�a llegado a Acapulco y ya conoc�a muchos sitios, como Playa Condesa, Playa del Secreto y Playa Hornos, y �sta le gustaba especialmente por su ambiente familiar.

Pero adem�s de realizar actividades acu�ticas, deportivas y de tomar sol, Luc�a quer�a conocer la ciudad y por eso le pidieron a Jacinto, uno de los empleados del hotel donde se alojaban, que los acompa�ara y les explicara cu�les eran los lugares m�s importantes.

As� fue que visitaron el fuerte de San Diego, que fue construido durante el siglo XVII por orden de un marqu�s para proteger la bah�a de los ataques de los piratas y en la actualidad es uno de los monumentos hist�ricos m�s importantes del puerto y alberga al Museo Hist�rico de Acapulco. Cuando sal�an del lugar para dirigirse la Plaza del Z�calo y la Catedral, vieron c�mo un ni�o se resbalaba y ca�a al lado de ellos.

- ��Cuidado, ni�o!! Grit� Johnson.

- ��Tremendo guamazo en la cabeza que te diste!! Exclam� Jacinto y ayud� al peque�o a levantarse.

Pese al golpe fuerte que se hab�a dado, el muchachito continu� corriendo y se reuni� con su madre, que agradeci� con una sonrisa el gesto de los se�ores. Cuando Bob se repuso del susto, no pudo con su genio y le pregunt� a su gu�a qu� era eso de guamazo.

- ��Ah!! Es un golpe, como el que se dio el ni�o.

El ingl�s asinti� y escribi� esa palabra en su cuaderno rojo.

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Cuando se echa a las madres es mala se�al

Despu�s de visitar el Z�calo y recorrer sus tiendas de curiosidades, artesan�as y folklore, Bob, Luc�a y Jacinto se dirigieron a la Catedral de Nuestra Se�ora de la Soledad, que fue construida por Pedro Pelladine y Jorge Madrigal en 1959 para venerar a la patrona de Acapulco.

Visitaron el recinto y a la salida observaron que Jacinto estaba un tanto nervioso.

- �Pasa algo? Quiso saber Luc�a.

- Es que se me acerc� un viejo loco y se puso a echar madres�

- �De d�nde las ech�, de la plaza? Pregunt� Johnson, intrigado.

Jacinto lanz� una sonora carcajada y cambi� su rictus serio.

- ���Qu� dice!!! Echar madres es maldecir� El hombre no ech� a nadie, se puso a decir obscenidades a todo el mundo� Fue un momento muy feo�

El ingl�s tom� del brazo a su gu�a y le dijo que olvidara el mal momento� Los tres ir�an a tomar una cerveza bien helada con unos ricos tacos y seguir�an disfrutando de la excursi�n.

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Los mariachis enchinan el cuero a cualquiera

Johnson eligi� un lugar muy t�pico para descansar y reponer fuerzas que estaba decorado con artesan�as t�picamente mexicanas. La comida era muy buena y la conversaci�n tambi�n, porque Johnson y Luc�a disfrutaban de las an�cdotas de Jacinto sobre la Revoluci�n Mexicana.

En un momento de la charla, cuando estaban por terminar de comer, el gu�a hizo silencio porque oy� a lo lejos los sones inconfundibles de los mariachis y al rato un grupo de diez m�sicos se acerc� a la mesa y dedic� dos o tres boleros a Luc�a.

- Se me enchina el cuero cada vez que oigo a los mariachis� Le dijo Jacinto al ingl�s, en tono de confidencia.

Johnson le puso tal cara de duda a su acompa�ante, que �ste con un gesto le explic� todo: le mostr� su brazo, con los pelos de punta, y se dio cuenta de que �enchinar el cuero� era sin�nimo de poner la piel de gallina.

Pero el ingl�s se dio cuenta de que el efecto emotivo que le causaba a Jacinto la presencia de los mariachis era muy parecido al que le causaba a su novia y no dud� en contratar a los m�sicos para que dentro de una semana se dirigieran a su hotel para darle una serenata a Luc�a. (Comunica. 12-11-03).

 

 

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