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20 febrero de 2006


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Estela de emes por Ana M. Paruolo

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Y lleg� febrero, y con �l la necesidad de ordenar los trabajos y armar los proyectos o llevar a cabo los pendientes, en ese quehacer recuerdo a dos escritores por cuyas obras transito habitualmente, por razones de trabajo pero tambi�n, por razones y ligazones que van m�s all� de la profesi�n. Para hacer honor a sus memorias y rechazar todo olvido, aunque el olvido para algunos es una forma de resguardar la memoria, es que comenc� a esbozar la idea de vincular estos dos autores que tienen adem�s de una letra en com�n en sus nombres, y el mes en que dejaron de hacerse visibles por este mundo, 7 de febrero (2003) y 10 de febrero (1952) otros rasgos por los cuales su literatura se destaca y los hace excepcionales y vigentes, aunque no hayan estado relacionados cronol�gicamente ni por motivos editoriales.

Me refiero a Monterroso �Augusto- y a Macedonio �Fern�ndez- la pura coincidencia de las emes no es un capricho para encontrar semejanzas, ni un acomodamiento o excusa para la publicaci�n de esta nota, sino que guatemalteco el primero, se lo conoce por el apellido y argentino el segundo, se lo conoce por el nombre. Ambos son reconocidos por la estela literaria, tomo el t�rmino �estela� como met�fora de las marcas que va dejando una embarcaci�n cuya proa corta el agua sin prejuicio, marcas a medida que se aleja, surcos m�viles como cada lectura que, por repetida, no genera la misma escritura ni el mismo enfoque. 

En el tiempo, volviendo a Monterroso, recuerdo sus palabras acerca de las lecturas durante la infancia en su �biblioteca de ni�o pobre� con pocos libros pero buenos, y el sue�o de estar en los libros de las escuelas de su pa�s de nacimiento-  No s� si se le habr�n cumplido, pero algunos de nosotros, vinculados a la ense�anza y a la literatura nos encargamos de difundir y asediar sus textos una y otra vez, afortunadamente esto no alcanza para ocluir sentidos que son inagotables. Siempre est� a mano en la biblioteca, para tomarlo cuando tengo ganas y aunque no tenga mucho tiempo, siempre viene bien un Monterroso antes o despu�s de salir hacia el lugar de trabajo o antes de comenzar las tareas cotidianas, porque la brevedad -impronta monterrosiana- permite que se lean en corto tiempo. Esto no significa que nos abandonen, m�s bien continuamos pens�ndolos durante varios d�as y a veces, hasta generan alguna escritura montada a horcajadas sobre una f�bula o sobre un pal�ndroma ingenuo y ocurrente.  En estos d�as le� nuevamente algunos pasajes de P�jaros de Hispanoam�rica, y me detuve en la selecci�n y el pr�logo, esto me permiti� escoger algunos pasajes y repetir de alg�n modo la acci�n de Monterroso, no seguir al pie de la letra el orden determinado por la sucesi�n de nombres conocidos, sino leer al azar. Lo que se �presenta� en el libro seg�n es dicho en el pr�logo, no son retratos; ni siquiera bocetos o apuntes, sino tan s�lo el trazo de ciertas huellas que algunos p�jaros que me interesan han dejado en la tierra, en la arena y en el aire, y que yo he recogido y tratado de preservar. All� conviven escritores de habla hispana que pudieron haber sido agrupados por la cr�tica dentro de determinados g�neros pero que �l prefiere reagrupar seg�n su gusto y placer; es as� que podemos leer un texto sobre Cort�zar, otro sobre Onetti, otro sobre Carlos Mart�nez Rivas, desde all� ir a uno que lleva por t�tulo: Vallejo y luego pasar por el que habla de Ernesto Cardenal y por el de Carlos Illescas. El orden no implica la �nica direcci�n de la lectura y los lectores pueden jugar salteando p�ginas o ir del final al comienzo del libro o hacer m�ltiples combinaciones. Monterroso se puede �leer salteado� y esa singularidad me hace vincularlo a Macedonio, con quien comparte tambi�n el sarcasmo y gesto ir�nico.

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El humorismo conceptual

Macedonio, que no public� mucho mientras vivi�, ten�a una concepci�n particular sobre el arte de escribir, sus textos son propuestas est�ticas, pronunciamientos acerca del ser, de la vida, de la muerte que nos atrapan como lectores en una intrincada red.

Su concepci�n del humorismo metaf�sico, vinculada a la relaci�n epistolar que mantuvo con el fil�sofo William James a lo largo de cinco a�os- se delineaba en art�culos de revistas literarias de la d�cada de 1920.  El �humorismo conceptual�, como �l mismo lo llamaba, y el tratamiento del absurdo como un juego de relaciones, surca tangencialmente su literatura, concebida como ruptura de las convenciones y como creaci�n -la literatura por la literatura misma-. Entre las preocupaciones de Macedonio estaba la b�squeda de algo diferente, que no tuviera la inmediata referencialidad del realismo, contra el cual escrib�a. Macedonio no solo rompe el pacto de referencialidad, sino que fuerza la materialidad de la escritura hasta desdibujar los objetos del mundo, en el af�n de borrar la pretensi�n de verdad, de realidad, de sentido �nico. A�n cuando anuncie ir�nicamente, al final de Una novela que comienza: �preveo una Novela que no sigue [...] Menos suerte tuvo mi Novela impedida que no pudo empezar porque naci�le un impedimento can�nico no dirimible: una de las personas result� ser hermana del autor�.

Cualquier dato que despistara a los lectores, era pertinente para su est�tica de la novela que �l llamaba Belarte; era establecer una relaci�n entre ellos y el �hacerse de la literatura�, por esa raz�n, diferir hasta el absurdo el comienzo de una novela nos enfrenta con la multiplicidad de recorridos que ofrece la lectura, a la vez que cuestiona las categor�as de espacio, tiempo y causalidad �planteo que tambi�n se hab�a manifestado en las artes pl�sticas desde el cubismo- y que ver�amos m�s tarde en el film El a�o pasado en Marienbad de Alain Resnais (1961). Para la primera mitad del siglo veinte, este avance era un atrevimiento.

Tanto el escritor guatemalteco, como el argentino se adelantaron a su �poca, y pueden ser encuadrados dentro del estatuto de excepci�n, comparten adem�s, su latinoamericanidad, la lengua, el punto de vista acerca de la cosa literaria y el hacerse constante de la literatura y su posicionamiento frente al rol del lector.

Las caracter�sticas enunciadas, s�lo algunas entre otras, hacen que sus estelas sigan ampli�ndose, aunque el paso del tiempo nos impida compartir las presencias f�sicas, s� tenemos sus libros, en los cuales las palabras, cautivas entre las tapas se liberan para entablar di�logos interminables, cada vez que son le�das. 

Ana M. Paruolo, escritora, docente e investigadora argentina, es licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires y realiza su tesis doctoral sobre la obra de Augusto Monterroso.

 

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