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25 de noviembre de 2004


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La lengua de los argentinos: lectura y oralidad
Mempo Giardinelli

Un envilecimiento irrefrenable
En la Argentina hay que reconocer que se habla mal
La palabra es amor y conocimiento
Hay que aligerar las modas pedag�gicas
El problema no est� en el ingl�s
No hay que bajar los brazos frente al cyberespacio

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Este Congreso me parece una extraordinaria oportunidad para discutir la cuesti�n del habla de nuestros pueblos: c�mo hablan la lengua que hablan, y por lo tanto c�mo se comunican (c�mo escriben y c�mo leen).

En el caso de la Argentina, es evidente que el Castellano se ha empobrecido de manera dram�tica en las �ltimas d�cadas. Hace unos veinte a�os Juan Filloy se�alaba que siendo el Castellano una lengua de m�s de 70.000 vocablos resultaba ins�lito que en el lenguaje coloquial los argentinos utilizaran apenas entre 1.000 y 1.500 palabras. Dec�a que era como si el propietario de un fino guardarropa anduviera por la vida en calzoncillos y con una camiseta rotosa.

En los �ltimos a�os aquello que apuntaba el gran pol�grafo cordob�s se ha agudizado, porque ahora que nuestra lengua contabiliza casi 84.000 vocablos el habla del argentino medio no ha de superar el millar de palabras.

El problema del idioma de un pueblo no es una cuesti�n de buenas intenciones, como no es exclusivo asunto de especialistas, ni �uno de los precios de la globalizaci�n� (como se ha llegado a argumentar). De hecho, la lengua que habla cada sociedad es representaci�n fiel de su modo de vida, y muestra cabal de su calidad de vida.

Por eso no me interesa discutir formalidades burocr�ticas de la lengua, ni pedir ni dar permisos para transgredir o experimentar. Lo que yo quisiera de este congreso es que aporte a nuestra sociedad la conciencia de lo importante que es hablar y escribir correctamente nuestra riqu�sima lengua.

La lengua no es solamente un medio de comunicaci�n. Es un instrumento esencial de relaci�n, de cultura y de trabajo; es la vida misma de todo el pueblo. Nada puede hacerse sin la intervenci�n del lenguaje. Por ende, todo lo que degrada la lengua que se habla, todo lo que la deforma y envilece, afecta a la naci�n entera.

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Un envilecimiento irrefrenable

Es cierto que vivimos en un mundo en emergencia, pero en este pa�s la emergencia ha sido y es la vida cotidiana misma. Por eso el envilecimiento y deterioro de la lengua que hablan los argentinos ha sido irrefrenable en por lo menos las �ltimas tres d�cadas. Las causas son m�ltiples y comenzaron, sin dudas, con el miedo y el silencio que impuso la Dictadura, con la pr�ctica de la censura, el descr�dito del pensamiento y de los intelectuales, el deterioro de la capacidad lectora y, en general, la destrucci�n de la educaci�n p�blica. En este pa�s se han dilapidado no solamente recursos econ�micos, sino que entre el autoritarismo militar y la debilidad de la democracia nos hemos empobrecido tambi�n en materia ling��stica. Y ese empobrecimiento, aunque nuestro pueblo no lo advierte, ha producido y produce graves da�os en nuestra sociedad.

Por lo tanto, hay que alentar que la lengua se desarrolle y evolucione, pero de modo natural y dentro de los propios c�nones y reglas que, cada tanto, est� muy bien que se revisen. La evoluci�n natural del idioma que se habla diariamente obliga a aceptar que cambie y se adapte a cada nueva �poca. Y eso incluye, por supuesto, asimilar e incorporar vocablos extranjeros: hoy los anglicismos derivados del uso masivo de Internet, como ayer latinismos o galicismos.

Una comunidad que conoce y habla bien su lengua, siempre est� en condiciones no s�lo de expresar mejor sus propios deseos y de perfeccionar sus acciones; tambi�n est� capacitada para recibir sin riesgo los aportes de otras lenguas y otras tecnolog�as. Hay ejemplos de lo que sucede cuando ello no es as�, incluso en nuestra propia lengua. En Filipinas, tras la derrota de Espa�a en la guerra con los Estados Unidos (1898) el Ingl�s se impuso sobre el Castellano hasta eliminarlo. Y el otro caso es Puerto Rico, donde s�lo la resistencia cultural de los puertorrique�os �que es colosal� ha impedido que se pierdan totalmente sus costumbres, tradiciones y lengua.

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En la Argentina hay que reconocer que se habla mal

Replantear el lenguaje coloquial como problema inmediato y urgente de nuestro pueblo es un modo de detener, primero, y enseguida contrarrestar, el embrutecimiento que es f�cil advertir en las �ltimas d�cadas. Basta escuchar lo mal que hablan las nuevas generaciones y leer lo peor que escriben.

De ah� que es urgente que todos los argentinos sean concientes de que aqu� se habla mal, con una utilizaci�n m�nima de las enormes posibilidades de nuestra lengua, lo cual tiene consecuencias indeseables concretas y cotidianas. Hablar bien, con propiedad y correcci�n, es el camino m�s seguro para pensar mejor. Y pensar mejor es la v�a m�s segura para obrar mejor. Pero para ello hace falta crear conciencia acerca del v�nculo estrecho entre lengua e identidad nacional. La identidad ling��stica es seguramente la primera se�al de identidad fuerte que tenemos los seres humanos en tanto sujetos que vivimos en sociedad. Sin lengua no podr�amos entendernos, discutir, intercambiar, crecer, desarrollarnos como seres inteligentes. En cualquier lugar y cualquier �poca de la Historia de la Humanidad, cada naci�n fue antes una lengua que un estado.

Por eso, elevar la calidad del Castellano que se habla en la Argentina y, en general, en toda Latinoam�rica es una tarea necesaria para que sea m�s propio y m�s fuerte, capaz de expresar cabalmente a nuestros pueblos, haciendo, a la vez, que se expresen mejor, y entonces piensen mejor y procedan mejor.

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La palabra es amor y conocimiento

Para m�, en tanto escritor que hace de esta lengua profesi�n, la transversalidad fundamental consiste en advertir que la lengua que hablamos entreteje nuestras vidas, diariamente y en todas las naciones que hablan el Castellano, permiti�ndonos entendimiento, comunicaci�n y expresi�n y otorg�ndonos a la vez una fuerte identidad. Se trata de un fenomenal tejido idiom�tico que, sin embargo, est� en peligro. Y si se contin�a entendiendo a la lengua meramente como un precario medio de comunicaci�n, el riesgo se incrementa porque se olvida que la lengua es, como dice Ivonne Bordelois en su libro La palabra amenazada, �ante todo un placer (�y�) una forma, acaso la m�s elevada, de amor y conocimiento�.

Personalmente, desde hace casi veinte a�os trabajo desarrollando estrategias y emprendimientos para difundir el uso apropiado de nuestra lengua. Cada uno de los multitudinarios encuentros que convocamos desde la Fundaci�n que presido en el Chaco se orienta, precisamente, a repensar c�mo dar de leer, y por qu� y para qu�. Buscar las respuestas adecuadas implica, desde luego, trabajar para la construcci�n de una sociedad conciente de la lengua que habla, y mucho m�s competente en el uso de la misma.

Puede sonar exagerado decir que s�lo la lectura salvar� a nuestros pueblos, pero estoy convencido de que realmente ning�n pa�s tiene destino si su gente no lee. No hay aprendizaje, crecimiento ni desarrollo cultural; no hay mejora educativa posible y no es posible una democracia s�lida e igualadora de oportunidades, si los habitantes de esa naci�n no leen. Por eso leer y hacer leer es el �nico camino �el �nico� para recuperar la capacidad de pensamiento y sensibilidad de un pueblo. Y el �nico camino para ello es hablar bien, porque se lee m�s cuando mejor se habla y se habla mejor cuando m�s se lee.

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Hay que aligerar las modas pedag�gicas

Suelo insistir en la necesidad de oponernos a las modas pedag�gicas que hicieron del placer de leer un trabajo pesado. Es necesario y urgente despojar a la lectura de ejercitaciones obligatorias y trabajosas porque, m�s all� de las buenas intenciones que las alientan, en muchos casos s�lo entorpecen el simple y grandioso placer de leer. Los que trabajamos por una nueva Pedagog�a de la Lectura �esto es la formaci�n maciza y sostenida de lectores competentes, que a su vez sean capaces de formar a otros lectores� sabemos que la multiplicaci�n de los panes de la lectura es maravillosa y que s�lo as� se forman personas libres e imaginativas, capaces de discutir internamente con los textos porque los leyeron con placer, amor y ganas, y han alcanzado dimensiones superiores en el uso de la lengua.

En nuestra Fundaci�n estamos convencidos de que Leer y hacer leer es resistir. Y esa resistencia es ling��stica porque nosotros llegamos a estas labores alarmados por lo mal que se habla, lo p�simo que se escribe y lo comprometida que est� la identidad de nuestro pueblo.

No voy a relatar todo lo que hacemos, pero me parece inevitable alguna menci�n, porque tenemos una experiencia rica y compartible. Nosotros mismos nos sorprendemos de lo que vienen logrando las voluntarias de nuestro Programa de Abuelas Cuenta Cuentos. Han logrado crear una m�stica alrededor del entusiasmo desbordante que se produce cuando se lee por puro placer, por amor y por ganas. La respuesta es fenomenal. En los �ltimos diez a�os hemos contribuido a instalar la problem�tica de la lectura como asunto prioritario, tanto para el Estado como en los niveles familiar e individual. Hemos entrenado centenares de abuelas, docentes y bibliotecarios, y hemos producido miles de experiencias de lectura. Pero el nuestro es s�lo el esfuerzo de una peque�a ONG provinciana.

Lo que est� ocurriendo con el lenguaje coloquial de los argentinos es alarmante. Ya es tiempo de llamar la atenci�n de los gobiernos, las universidades, los legisladores y los jueces, los profesionales de la comunicaci�n y los medios de idem. Porque es un problema que afecta a toda la actividad humana y en �l se juega nuestra identidad como naci�n. Nada menos.

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El problema no est� en el ingl�s

Pero el problema no es, como suele decirse con liviandad, que el espa�ol est� sujeto a agresiones por parte del Ingl�s. Es cierto que por razones de dominaci�n esa lengua se difunde en el mundo desde hace siglos, primero por expansi�n brit�nica y luego norteamericana. Es una lengua �til y cumple una importante funci�n en el comercio, la industria, el turismo, la ciencia y la tecnolog�a. Pero no por eso va en contra del Castellano ni de ninguna otra lengua. Y es que cuando una lengua es fuerte (y es fuerte cuando est� arraigada en los ciudadanos que la hablan, y estos la hablan bien), no hay agresi�n que la invalide. Entonces, no se trata de una lucha entre lenguas. Lo que hay que hacer es hablar bien la propia, dejando de lado toda forma de chovinismo ling��stico o lexical. A m� personalmente me disgusta que en la Argentina hoy cualquier comerciante ofrece servicio de �delivery� y no de �env�o a domicilio�. Pero no me parece una batalla fundamental; creo que �sas son muestras de la estupidez humana, que como dec�a Jorge Luis Borges es muy popular.

Tampoco se trata de espa�olizar t�rminos que provienen del Ingl�s. Ni mucho menos de prohibirlos. Los pueblos, y en particular los usuarios de las nuevas tecnolog�as, traducen los t�rminos como mejor les parece y esto, adem�s de inevitable, puede resultar enriquecedor. No hay nada que temer: no son m�s de dos o tres centenares de vocablos, que, por otra parte, en las curiosas traducciones espont�neas terminan definiendo nuevas formas originales. Yo todav�a �reenv�o� textos, pero cuando me dicen que me lo �forwardean� lo entiendo y no me siento ofendido ni me dispongo a dar batalla.

Esta cuesti�n de la identidad tiene que ver, desde luego, con la creaci�n literaria. No es mi tema en este congreso, pero como es el tema de mi vida puedo decir, desde mi experiencia como escritor, que la creaci�n literaria es en s� misma una marca de identidad. Soy en tanto escribo, y soy lo que escribo, de modo que mi escritura me identifica. Pero si para m�, en lo individual, eso no es un problema, s� puede serlo en t�rminos colectivos. Y es que la problem�tica identitaria de una sociedad como la argentina trasciende, y holgadamente, la creaci�n literaria a la vez que tambi�n la incluye.

Las reglas de la lengua no proh�ben que se las quebrante, pero primero hay que conocerlas y respetarlas. S�lo entonces cabe la experimentaci�n literaria y es aceptable su validaci�n. La lengua que hablamos est� viva y en renovaci�n permanente, porque es una lengua que se recrea d�a a d�a puesto que la hablan y escriben m�s de 400 millones de personas. Es una lengua en expansi�n y los escritores, periodistas, ensayistas e intelectuales en general, que trabajan y se expresan en esta lengua, contribuyen de manera principal a las modificaciones peri�dicas que acepta la Academia de la Lengua. Que a la corta o a la larga las acepta. Y m�s a�n: las que no acepta no por eso quedan desautorizadas. De manera que es una lengua maravillosa, que siempre est� m�s all� de lo can�nico.

Esto recoloca sobre la mesa la provocadora opini�n de Gabriel Garc�a M�rquez, cuando en Valladolid propuso la jubilaci�n de la ortograf�a. En aquella oportunidad, fui uno de los que respondi� al Maestro y dije entonces �y digo ahora� que la cuesti�n no pasa por determinar cu�l regla anulamos, ni por igualar la ge y la jota, abolir las haches o exterminar los acentos. No, la cuesti�n central est� en el creciente desconocimiento de reglas ortogr�ficas y hasta sint�cticas que impera en las comunicaciones actuales, particularmente Internet y el llamado Cyberespacio.

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No hay que bajar los brazos frente al cyberespacio

Frente a ellas, �debemos bajar los brazos y entregarnos sin luchar? �Por el hecho de que el cyberespacio est� lleno de ignorantes, vamos a proponer la ignorancia como nueva regla para todos? �Dado que tantos millones hablan mal y escriben peor, entonces vamos a �democratizar� alegremente hacia abajo, es decir hacia la ignorancia?

A m� me parece que el verdadero porvenir de una lengua no requiere la eliminaci�n de sus reglas sino, al contrario, exige su cumplimiento. Las reglas siempre est�n para algo: tienen un sentido y �ste es hist�rico, filos�fico y cultural. La falta de reglas o el desconocimiento de ellas es el caos y la disgregaci�n. De ah� que las propuestas ligeras y efectistas de eliminaci�n de reglas son, por lo menos, peligrosas. Y esto es particularmente cierto para quienes vivimos en sociedades donde casi todas las reglas se dejaron de cumplir o se cumplen cada vez menos, y donde se aplauden est�pidamente las transgresiones, que hoy son el eufemismo popular para designar a la impunidad.

Es urgente que este pa�s cumpla las reglas de la lengua que habla. Y es urgente que no se ignoren los quebrantos. Desde luego que no pretendo ni propongo que vivamos prisioneros de las reglas, pero tampoco acuerdo con la idea de que la gente debe hablar y escribir como le da la gana. El desaf�o mayor es m�ltiple y consiste en impedir que nuestra lengua permanezca est�tica en la academia, perfecta e inmutable en los c�dices, y moribunda en la realidad de los que la hablan.

El Castellano, que es el Espa�ol que se habla en Am�rica, ha sido a la vez lengua de encuentro y lengua de sometimiento. Desde hace a�os tengo escrito que la lengua que hablamos en Am�rica es el resultado de un choque cultural. Cuando en 1992 se �celebr� �entre comillas� el Quinto Centenario de la llegada de Col�n a Am�rica, sostuve que no correspond�a hablar de conquista ni de encuentro, sino de �encontronazo�. Y cuando sucede algo as�, tan traum�tico, el resultado incluye sometimientos y reconciliaciones, o sea s�ntesis. Que es lo que en mi opini�n debiera surgir de este Congreso: s�ntesis y sentido com�n para el ejercicio de una libertad responsable con aceptaci�n de la evoluci�n natural de la lengua; reforma de las reglas pero s�lo a partir del previo cumplimiento de las existentes; y, ojal�, la puesta en marcha de un plan hispano-americano de revalorizaci�n de esta lengua que es parte fundamental de nuestra identidad.

Mempo Giardinelli es escritor y periodista argentino

 

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